Gracias a: Evelin M, Isabel, Mundosentrelibros, Priscilla, BarbieRamos11, Tepyta.
Un Momento en la mente de Elijah.
Se sumergió en la bañera con una copa de vino tino en su mano derecha. Pocas veces usaba la bañera y cuando lo hacía era porque había tenido un día de los mil demonios, lo cual, raras veces pasaba. Así que viendo su copa llena de vino se sumergió en pensamientos fríos, débiles, amargos y sombríos. Tambaleó la copa fina y el líquido rojo se fue de ahí para allá. Pensó en el pasado, en el presente y en un futuro.
La recordaba; eran tan hermosa, era una muchacha preciosa y era la más bella que nunca había conocido. Tenía un cabello negro hermoso y unos ojos almendra del tamaño de la luna. Su cuerpo era exquisito y era un arma mortal para cualquier hombre ahí afuera. Tatia Petrova había sido su perdición, Tatia Petrova había sido la ruina y la separación entre su hermano Niklaus y él. Su actitud juguetona, sus ganas de poseerles a ambos, sus ojos lascivos y su carácter seductor eran por sobre todas las cosas, lo que le había hecho verse enredado en las telarañas de la bruja que Tatia Petrova era en realidad.
Se había dado cuenta demasiado tarde y se había vuelto loco por una imaginación de su mente. Era tan vulnerable y crío en aquel entonces que no pudo evitar no caer rendido ante lo que Tatia era; bonita, aparentando una inocencia inhumana, ojos de muerte y besos de sirena. Tatia había sido una sirena que le había arrastrado hasta lo más profundo del mar, lo revolcó, lo uso, lo maltrató y por último, lo enterró en el fondo del mar más negro y oscuro de todos. Elijah Mikaelson nunca había vuelto a ser el mismo desde entonces. Si ya era serio y callado, se volvió lo peor y era un ser frío y déspota. La vida se le había vuelto gris y amarga, no recordaba al Elijah que había sido antes de Tatia.
Y ahora… ella había llamado. ¿Para qué?, se había preguntado él. Recordó su voz de seda… era tan peligrosa como una hoja de acero.
―Elijah… ―sonó más a una orden que a su nombre llamado por el simple placer de poder saludarle.
―Tatia ―respondió frio.
Por un momento no supo que hacer, que decir, como reaccionar. Pero a los tres segundos se repuso y reguló su respiración. Después de tantos años seguía sintiendo un sabor acido al recordarle.
―Elijah… te extraño ―soltó a la nada―. A ambos.
Elijah se mantuvo lo más tranquilo que pudo y aunque sabía que ella no le podía ver, se imaginaba a una Tatia muy suspicaz y atenta al otro lado de la línea. Esa mujer había aprendido a manejar e interpretar sus emociones, todo a la vez.
―Quiero volver a ustedes, a nosotros. A lo que éramos, querido.
Su acento seguía siendo el mismo y su voz se había vuelto más ronca.
―No quiero que vuelvas a buscarme nunca más. Adiós, Tatia.
Y cortó la llamada, dejó su celular sobre la mesita de estar con mucho cuidado porque aunque ardía en enojo, era un hombre que no se daba el lujo de perder el control por nada del mundo.
Acostado ahí en su bañera y con un poco de ebriedad sobre sus hombros, se sintió el hombre más miserable del planeta. ¿Cómo una mujer tan corriente, vulgar, manipuladora, sucia y mala como Tatia Petrova había hecho de él un hombre ruin y miserable? Ya había sufrido demasiado con lo de su padre y ella llegó a empeorar las cosas después de haberlas alegrado un poco. Por lo menos, la presencia de Tatia le había dado algo en que pensar a parte del hecho de que su vida se había visto envuelta en sangre y misiones suicidas para sobrevivir y mantener a una familia de la cual él se había sentido responsable desde que Mikael les había dejado.
Elijah era un hombre inteligente, demasiado inteligente para su propio bien; había estudiado la misma carrera que Niklaus y además, era un genio en las matemáticas y ciencias. No se había especializado en nada de eso, pero aun así, las clases que había tomado habían sido la suficiente alentadoras para que él sé auto-enseñara y se diera clases profesionales acerca del tema.
Además de ser un hombre de ciencia y de educación, era un ser que se preocupaba por su familia como un maniaco y los amaba con fervor. Veía en Henrik y Rebekah a dos pequeños que no habían podido vivir la infancia que cualquier chiquillo hubiese podido vivir. Henrik estaba bien, era un chico centrado, inteligente, amable, propio y cuerdo. Pero Rebekah… Rebekah era un caso perdido; su hermana de apenas dieciocho años, era una chica rebelde que se creía dueña del mundo y que se la pasaba tomando y metiéndose en problemas innecesarios. A pesar de que la amaba más que a su propia vida, no sabía que hacer al respecto, no sabía cómo hablar con ella sin que ella saliera gritando y reclamándole cosas que nada tenían que ver. A veces, sentía que nadie conocía a Rebekah como lo hacía Niklaus, esos dos eran como uña y mugre y a pesar de todo, Rebekah seguía siendo grosera y desconsiderada con el hermano que le había aguantado todo y que le había soportado por más que nadie. Inclusive, sabía que ni el propio Klaus comprendía a la pobre de su hermana menor y sentía lastima por ella.
Kol era otro problema que tenía bajo la manga; era peor que Rebekah, más impertinente, inoportuno, grosero, atrevido, sádico y descarado. Kol causaba problemas en donde no le llamaban y era un muchacho que se había ganado la mala fama de molestar a mujeres inocentes y de hacerles cosas que a nadie le gustaba hablar de. Elijah no podía nada más que suspirar rendido cada que le veía o que Kol hacía una de sus tonterías. El chico estaba arriba cinco puntos de Rebekah, se daban un tiro y aun así Kol parecía sacar más y más trucos bajo la manga y todos eran un desastre total. Él y Klaus siempre terminaban limpiando los desastres del hermanito menor que muchas veces habían mandado lejos para poder tener un poco de paz en sus vidas.
Había llevado una vida dura, tal vez no tan dura como la de Niklaus, pero muchos golpes también le habían tocado a él. Admiraba a su hermano en secreto, Niklaus deseaba ser como uno de ellos y el deseaba ser como Niklaus. Elijah no podía creer que a sus veintiséis años de edad deseara ser un chiquillo como lo era Kol y ser un hombre como lo era Niklaus. Niklaus no tenía que cargar con el apellido Mikaelson de aquí para allá, no tenía el deber de ser un Mikaelson, había tomado el apellido de soltera de su madre. Pero él tenía que ser Elijah Mikaelson y aunque lo hubiese cambiado por uno y un millón de apellidos más, siempre llevaría sangre Mikaelson en las venas. La sangre de esa bestia le recorría cada milímetro del cuerpo y deseaba más que nada poder arrancársela así como sabía que sus hermanos de sangre sentían lo mismo. Elijah había sido el hermano preferido, sabía que su padre lo prefería y no sabía porque, pero lo trataba diferente a los demás, a veces hasta le invitaba a hacer cosas como cazar y cosas por el estilo. A pesar de que Elijah odiase a su padre por maltratar a su madre y a su medio hermano, no podía desobedecer sus órdenes; era un ser tan impotente que él y todos sus hermanos le temían.
Y ahora, llegaba la chiquilla Forbes a demostrarle que Klaus tenía, una vez más, algo que él deseaba: una persona común y corriente, una compañía aunque no fuese amorosa. Una muchacha que se veía inocente, que era normal, y que no tenía nada que ver en sus mundos, y que por encima de todo, parecía disfrutar de la compañía que Nik le ofrecía. Estaba seguro que su hermano estaba más que interesado en ella y que ella, a pesar de no demostrarlo, tenía un cierto interés en él. Por primera vez en años Niklaus sonreía, y no era de ironía ni de sadismo… era de felicidad, una felicidad que el añoraba.
Él necesitaba eso, un amigo, una compañera.
