Sabía que acababa de prometer guardar un secreto importante y bastante desagradable, pero en el momento en el que Bella se levantó de su silla, decidió irse derechita a la oficina de Rosalie. Podía confiar en Rose. Y tenía que contárselo a alguien o no podría sobrevivir a todo aquello.
Cuando salió del despacho de Aro, con los ojos puestos en el suelo, su mirada recayó en un par de botas negras masculinas, con pequeñas hebillas plateadas a cada lado. Se detuvo, y lentamente subió la cabeza y se encontró con el mismísimo Edward Cullen delante de ella. Sintió cómo se le helaba la sangre de las venas, al mismo tiempo que le temblaba el cuerpo con una sensación de lujuria absoluta. Aparte de lo de las venas, que se debía a la inminente mentira, aquella era la reacción que normalmente tenía cuando se encontraba con él.
Por supuesto, había aprendido a disimularla muy bien. Solo era cuestión de sentido común. Todas las mujeres de la oficina —o del planeta, en realidad— se volvían locas cuando Edward Cullen entraba en una habitación, con sus atractivos vaqueros desgarrados y sus camisetas vintage, con su pelo negro y ondulado rozándole los hombros, y un par de ojos negros que parecían un lugar fácil en el cual ahogarse. No tenía sentido disfrutar de ello, así que simplemente había aprendido a mirar a otro sitio, de esta forma evitaba perderse en aquella mirada intensa e imaginar cómo sería la sensación de notar la presión de aquella protuberancia que se escondía tras su cremallera.
E incluso después de esos tres años, apenas lo conocía. Él trabajaba desde casa —o desde discotecas, o lugares de exploración varios; —solo paraba una vez a la semana para encontrarse con Aro detrás de una puerta cerrada. No asistía a las horas felices de la oficina, ni a las comidas, ni a las fiestas de Navidad, simplemente se pasaba por allí, como una estrella de rock segura y atractiva, sin apenas mirarla cuando pasaba por su lado. Claro que normalmente, ella le dedicaba un corto y simpático «Eh». Justo lo que él le decía ahora, en el momento en el que ella se encontraba con sus ojos y se le humedecían las bragas.
—Eh —dijo ella como respuesta, intentando ocultar su reacción.
—¿Está dentro? —pasó por delante de ella, y se dirigió a la oficina de Aro.
—Sí—fue la contestación más compleja que pudo articular.
Él hizo una leve inclinación de cabeza como respuesta y se coló dentro, cerrando la puerta tras él.
Y ella se quedó allí parada, observando el trozo de madera que acababa de separarlos; el corazón le latía todavía con demasiada rapidez.
Pronto, habría muy poco que los mantuviera separados. Iba a pasar una semana entera muy cerca de aquel hombre —Edward Cullen, dios griego—, empapándose de su conocimiento, respirando prácticamente el mismo aire que él.
Y probablemente su lujuria. Mucho de ella.
Porque le iba a resultar muy difícil disimularla cuando estuviera con él todo el tiempo, y mirara esa magnífica cara, y quisiera recorrer con sus dedos aquella suave melena suya.
Pero tenía que ser una profesional con todo aquello. Y a veces, cuando sabes que un hombre está completamente fuera de tu alcance, es simplemente más fácil —más saludable— no pensar en él sexualmente y concentrarse en el asunto que tienes entre manos. En aquel caso, robarle su trabajo sin que él se diera cuenta.
Sintió vergüenza, al acordarse del pacto que acababa de hacer con el mismo demonio, y se dio cuenta de lo sorprendentemente fácil que le resultaba pensar en su jefe de aquella manera. Después, hizo lo que había planeado y se dirigió hacia la oficina de Rosalie por el pasillo; ahora era Bella la persona que cerraba la puerta.
—¿Te has hecho con la exclusiva? —Rose la miraba desde la pantalla de su ordenador; todavía parecía perfecta con su traje ajustado de color rojo, y el pelo rubio recogido hacia arriba.
Bella parpadeó nerviosamente como respuesta.
—Oh, sí, la he conseguido.
—Entonces, suéltala.
—Es un secreto.
—Pero vas a contármelo de todas maneras, ¿verdad?
Bella se inclinó hacia delante.
—Solo prométeme que no vas a decírselo a nadie, Rose. Es muy probable que Aro me despida si esto sale a la luz, de ambos trabajos —puso los ojos en blanco al darse cuenta de la locura que suponía todo aquello.
Rosalie enarcó las cejas.
—¿Que te despida de ambos trabajos?
Bella dejó escapar un suspiro, después se sentó en una esquina de la ordenada mesa de despacho de Rosalie y se lo contó todo, terminando con su inminente viaje a Las Vegas, en el que se embarcaría en tan solo cuatro días ridículamente cortos.
Se dio cuenta con sorpresa que cuando acabó Rosalie estaba sonriendo.
—Problema resuelto —dijo su amiga. —Un amante instantáneo. Solo lujuria y excitación.
A Bella se le abrió la boca.
—Ya me has oído. Edward es el amante perfecto para ti. Sin jaleos, sin preocupaciones, nada que implique la complicación del afecto. Lo que pase en Las Vegas se queda en Las Vegas. Es el polvo perfecto.
Bella volvió a parpadear, apenas sabía qué aspecto de todo aquello debía abordar primero.
—De acuerdo, para empezar, Edward Cullen ni siquiera me ha mirado a los ojos, así que estoy bastante segura de que no se muere por irse conmigo a la cama. Y para terminar, ¿estás escuchando lo que te digo? ¡Aro pretende que mienta de mala manera a Edward durante toda una semana durante la cual estaré con él cada segundo! Eso hace siete días y noches repletos de mentiras.
Rose parecía como si tal cosa.
—Concentrémonos en las noches. Y en el polvo, no en la mentira. Porque confía en mí, con unos cuantas modificaciones, estará muñéndose por irse contigo a la cama. Eres una chica muy afortunada, Bella —le dijo su amiga con una sonrisa reconfortante, como si aquello fuera dado por hecho. —Vas a tener sexo puro y duro con Edward Cullen, algo con lo que la mayoría de las mujeres tan solo sueñan. Quiero decir, ¿acaso ese hombre no hace simplemente que te tiemble el cono?
Bella se limitó darse un manotazo en la frente.
—Estás loca. No, espera, me estás volviendo loca a mí. Necesito que me ayudes con un dilema moral y todo lo que haces es hablarme de sexo.
Pero era como si Rosalie estuviera en su propio y diminuto mundo en aquel momento.
—Te voy a llevar de compras esta semana. Cancela todo lo que hayas planeado para el sábado y organízate para salir temprano por la Third Street Promenade (N.A: Avenida de Santa Mónica por tener gran variedad de tiendas de ropa, café etc.). Lleva el sujetador más alentador que tengas. En realidad no importa. Compraremos sujetadores nuevos, vas a necesitar un montón de lencería sexy. Y concertaré una cita para ti con mi peluquero. Tiene siempre la agenda apretada, pero por mí, la estrujará aún más.
Bella solo suspiró. Se sentía agotada a pesar de que ni siquiera habían dado las nueve de la mañana.
—Yo no puedo permitirme ir a tu peluquero. ¿Y qué tiene de malo mi ropa?
—Nada. Es perfecta para difundir el mensaje «Estoy atravesando un mal divorcio, déjame tranquila». Aunque no es que sea muy útil para el mensaje de «Háztelo conmigo».
Bella contuvo la respiración.
—Yo no quiero que se lo hagan conmigo. E incluso si lo hiciera, Edward no sería el hombre —él era completamente excitante, pero ella no estaba a la altura. No estaba a la altura de todo su universo. Hasta el punto de sentirse intimidada. Le avergonzaba incluso la idea de expresar algo de interés en él, ya que seguramente se lo tomaría a risa. O quizás lo encontrara patético.
Entonces, negó con la cabeza; se sentía completamente enfadada.
—Pero volviendo al punto que tenemos entre manos, no estoy preocupada por el sexo. No necesito un hombre, ¿recuerdas? Lo que me preocupa es... es lo de estar robándole el trabajo y mintiéndole mientras lo hago, haciendo que me ayude a robarle su trabajo. Es despreciable.
Rosalie se encogió de hombros, y finalmente desvió su atención al problema que tenía Bella.
—Quizás sí, quizás no. Todo depende de cómo se mire. Por un lado, es él quien se lo ha buscado. No es que realmente esté haciendo algo que no hagan otros, pero ni siquiera se ha molestado en tener un mínimo de discreción y ahora le está trayendo problemas. Por otro lado, tú vas a participar en una gran mentira que te beneficia, lo que te hace culpable —entonces, se inclinó hacia delante ligeramente, mirando a Bella con los ojos entrecerrados. —Dicho esto, estamos hablando acerca de un trabajo de ensueño y Aro quiere que seas tú quien lo haga. Es una oportunidad enorme, y serías una estúpida si la dejaras pasar. Por eso necesitas mantener la cabeza fría con todo esto. Tienes que comprometerte con la mentira, comprometerte con el pecado.
Bella aspiró el aire, sentía el pecho oprimido.
—Odio las mentiras —ahora que lo pensaba, había sido mucho más fácil escuchar los planes de Rosalie para llevar a cabo una seducción imaginaria que recordar que iba a tener que mentirle a un hombre que no le había hecho daño alguno.
—A ver qué te parece esto —sugirió Rose. —¿Qué te parece si no lo vemos como una mentira? En lugar de eso, podemos verlo como... ambición. Ir detrás de una buena oportunidad. Conseguir algo que realmente deseas. Porque por muy apacible que seas, mi querida Bella, puedo verlo en tus ojos. Quieres este trabajo... más que nada en el mundo.
Que Dios la ayudara, Rosalie tenía razón. Le encantaba la música. Había llegado incluso a adorarla más desde que había aterrizado en Twilight. Sería genial ayudar a decidir qué personas merecían la pena ser escuchadas, y tener el poder de darles a los músicos una oportunidad real de alcanzar el estrellato, hacer que sus sueños se convirtieran en realidad. Y ya podía incluso saborear la emoción, y la satisfacción, que aquello le traería.
—Ojalá no me sintiera tan culpable acerca de cómo voy a conseguirlo.
Una vez más, Rosalie se encogió de hombros.
—Míralo de esta manera. ¿Dónde mejor que la Ciudad del Pecado para hacer algo que está mal?
Y hasta aquí les dejo por hoy mañana les subo su primera noche en la Ciudad del pecado, ustedes qe opinan a lo que dice Rose hay algún lugar mejor que la ciudad del pecado para hacer algo que esta mal? ¿que pasara? ni se lo imaginan.
en el proximo capitulo ya aparece Edward y comenzamos con toooooooooooooodo lo que le hace ser M
nos leemos mañanita
bzoz y mordidaz
