Hola niñas!
lo se, lo se, las he tenido muuuy abandonadas pero he tenido algunos problemillas familiares por ahi, uno de mis tios se electrocuto, afortunadamente esta estable pero tene el 23% del cuerpo quemado. y a eso sumenle mi trabajo pus como que me deja muuuuuy poco tiempo para esto, lo siento
pero bueno no ablemos de cosas tristes mejor les dejo aqui completita la 2da noce les aviso que va subiendo la temperatura conforme avanza las historia jijiji
pero bueno disfruten
LA SEGUNDA NOCHE
Si fuera posible vivir una vida completamente libre de
cualquier sensación de pecado,
¡Vaya un terrible vacío en el que se convertiría!
Cesar Pavese
Capítulo 1.
La buena noticia era que Bella, sorprendentemente, había conseguido pasar una buena noche de descanso, después de todo lo ocurrido. Un orgasmo podía ayudarte a conseguir algo así.
La mala noticia era que se despertó horrorizada pensando en lo que había pasado la noche anterior. Una vez más, se sintió aliviada de haber estado ella sola. Aunque aquello no ayudó a despejar su sensación de horror. Se escurrió hacia la ventana para coger rápidamente sus braguitas y se las puso, y después se dirigió hacia el cuarto de baño, pensando en sus necesidades primarias. Y finalmente comprendió que el sexo podía hacer que alguien se comportara de una manera alocada y desesperada en ciertas ocasiones. Nunca había pensado en eso hasta aquel momento. Sin embargo, la pasada noche, el sexo la había hecho hacer algo que le hubiera parecido inconcebible un día antes.
«Pero es tu pequeño secreto. Tu pecado secreto».
«Nadie lo sabrá nunca». ¡Gracias a Dios!
No estaba muy segura de si debía culpar a Edward Cullen o a aquel lugar. En un momento, se había sentido conmocionada y horrorizada por la sordidez de aquella ciudad, pero justo después había deseado formar parte de ella, disfrutar de ella de alguna manera. Unas emociones tan opuestas no le parecían sensatas en absoluto.
A pesar de todo, tenía que vencer aquella sensación y estudiar el problema que le ocupaba en aquel instante. Que era el hecho de tener que pasar una semana entera por delante con Edward y aquella ciudad, por lo que no importaba cuál de ellos fuera el culpable de sus erráticas reacciones. Debía dejar detrás de ella lo que había ocurrido la noche anterior y concentrar toda su atención en el trabajo, y en nada más.
Por supuesto, cuando se metió en la ducha, se dio cuenta de que su cuerpo estaba todavía... demasiado sensible. A medida que se pasaba el jabón sobre la piel del pecho, del vientre, de los muslos, notó que también deseaba frotárselo entre las piernas. El agua caliente cayendo sobre ella la hacía sentirse demasiado bien. Mientras se bañaba, sentía sus propias curvas demasiado exuberantes.
Mierda. Aquello no era nada bueno. Pero todavía tenía que tratar con ello, tenía que tratar seriamente con ello.
Así que lo tuvo en mente, y cuando salió de la ducha no se puso ninguna de la ropa nueva que había traído con ella. De hecho, se vistió todo lo sencilla que pudo, con un par de pantalones vaqueros y una camiseta rosa que había guardado en la maleta para utilizarla más para dormir que para salir. Y después, se secó su pelo rojizo nuevo, en lugar de pasarse la plancha, y se lo recogió hacia atrás en una cola de caballo.
Consideró la idea de no ponerse maquillaje, pero luego pensó que eso sería llegar demasiado lejos. Quería ir sencilla, pero tampoco quería no sentirse atractiva en absoluto, aunque se limitó a pintarse lo mínimo: se aplicó solo un poco de maquillaje, algo de rimel y pintalabios.
Salió del cuarto de baño y se encogió y sonrojo de vergüenza ante la vista de la botella de vino abierta, que todavía estaba en la mesa al otro lado de la habitación. Corriendo a toda prisa hacia ella, agarró la parte más estrecha de la botella, volvió a ponerle el tapón y la dejó en la papelera que vio más cerca. ¡Puaj!
Luego, miró hacia la puerta y tomó una gran bocanada de aire. «La estupidez de anoche se acabó. Ya está hecho. Es parte del pasado. Hoy tienes que concentrarte en la cuestión de aprender tu nuevo trabajo. Así que ve a la habitación de Edward, pero no pienses más en él en términos sexuales». Con suerte, puede que no estuviera tan guapo recién levantado.
Cogió el portafolio de cuero que había traído para apuntar notas, y la tarjeta de la habitación. Después se dirigió hacia la puerta, mientras empezaba a murmurar:
—No necesito un hombre. No necesito un hombre. No necesito un hombre.
Capítulo 2.
Edward abrió las puertas dobles de su habitación de lujo y se encontró con Bella al otro lado. No tenía el aspecto de la noche pasada, pero todavía estaba condenadamente preciosa con aquella pequeña y ajustada camiseta que se adhería a sus pechos lo suficiente como para que él pudiera ver los pezones sobresaliendo hacia fuera. Por supuesto, aquello le hacía preguntarse acerca de su sujetador. ¿Qué tipo de sujetador llevaría exactamente Bella Swan? Dado que cada vez que la veía tenía un aspecto completamente diferente, era imposible de adivinar, lo que hacía que la pregunta fuera incluso más intrigante aún.
—Eh —dijo ella, dedicándole una breve sonrisa, y con una expresión avergonzada y el rostro sonrojado. Él no tenía ni idea de a qué se debía aquello. ¿Tan solo porque había existido algo de química entre ellos la pasada noche? Aquello era innegable, pero ninguno de los dos había hecho nada al respecto, por lo que no veía nada de qué avergonzarse.
—Eh —le dijo él relajadamente. —Entra.
Al poner el pie en el recibidor embaldosado, ella abrió los ojos de par en par, y estudió detenidamente el lugar.
—Oh, Dios mío.
—¿Qué? —le preguntó él, con una ligera risita. Ella se dio la vuelta para mirarlo, un mechón de pelo rojizo cayó libre de su cola de caballo para enmarcarle la cara.
—Pensaba que mi habitación era genial, pero la tuya es... condenadamente fabulosa.
Ella tenía razón, pero él se alojaba allí tan a menudo que a veces olvidaba que la habitación de ciento cincuenta metros cuadrados, que poseía una mesa de comedor y un enorme salón, además de una habitación y un cuarto de baño de lujo, no se parecía a la habitación de cualquier hotel normal.
—Lo creas o no, necesito el espacio. Si encontramos algún artista que querramos estudiar o contratar, necesito un buen lugar en el que hablar de negocios con él. Y además, antes de que acabe el día, vamos a tener todo el suelo cubierto de contratos —había traído una carpeta que contenía cada variedad de contrato posible y que él pensaba que sería útil enseñarle.
—Aun así... vaya —dijo ella, y él no pudo evitar deleitarse con su inocente exuberancia. Aquel atisbo de inocencia se había revelado brevemente la pasada noche, también, cuando habían estado hablando acerca de Las Vegas, del sexo, incluso aunque ella hubiera intentado esconderla bajo la frialdad profesional. Quizás fuera eso lo que le había gustado tanto de ella la noche anterior: que pudiera ser tan profesional al mismo tiempo que se comportaba de una manera verdaderamente genuina.
—Encima de la mesa está el menú del servicio de habitaciones —señaló a la zona del salón. —Dime qué te apetece tomar y llamaré para pedir. Después, nos pondremos a trabajar.
—Suena divertido —dijo ella, con una expresión llena únicamente de sinceridad.
—¿Estudiar contratos... divertido? —enarcó una de sus cejas y negó con la cabeza. —No es que lo sea precisamente. Esta es la parte tediosa y aburrida. Pero te prometo que es el peor aspecto del trabajo. Esa es la razón por la que pensé que deberíamos empezar primero con ello, para que después, todo te pareciera mucho mejor en comparación.
Ella ladeó la cabeza, con una expresión juguetona en la cara, y escondió el mechón de pelo detrás de una oreja.
—Tengo que decirte que he leído la mayoría de los contratos, solamente por diversión, cuando los procesaba, así que no va a ser algo completamente nuevo para mí. Aunque no sé a qué se refieren todas las partes, en realidad estoy bastante interesada en ellos, lo que significa... que si el resto es incluso mejor que esto, estoy en perfecta forma.
El la miró boquiabierto.
—¿Lees contratos por diversión?
Ella asintió con entusiasmo, y él pensó que estaba condenadamente guapa.
—No me extraña que Aro quiera promocionarte.
A él le apetecía besarla. Como lo había deseado la noche pasada, cuando había estado con ella en la puerta de su habitación, y había mirado a sus preciosos ojos chocolate, sintiendo cómo el calor fluía entre ellos. Sin pretenderlo, dejó que su mirada bajara otra vez hacia sus pechos, hacia la apetecible visión de sus pezones que presionaban contra aquella tela rosa, y sintió cómo se le endurecía la verga.
Pero entonces, volvió a señalar al menú.
—Elige algo para desayunar —le dijo otra vez para romper la tensión que acababa de crecer tan rápidamente e invisible entre ellos. Porque follarte a alguien con el que trabajas de cerca nunca es una buena idea. Aquella era la única razón que le había impedido invitarla a su habitación la noche anterior, y también le parecía una razón suficientemente buena aquella mañana. Mierda, ¿cuándo se había convertido Bella, la chica de la oficina, en Bella la excitante nena? ¿Cómo demonios no se había dado cuenta antes?
Dio una ligera sacudida a su cabeza, intentando deshacerse de la lujuria que lo invadía, y se alejó de ella para coger algunos archivos.
La verdad era que no tenía mucha práctica a la hora de reprimir sus deseos. Era soltero, le gustaba pasárselo bien, y nunca había visto ninguna razón por la que no permitirse el lujo de disfrutar de una buena relación sexual cuando se le presentaba la oportunidad —lo cual, en el mundo en el que se movía, ocurría a menudo. —Lo que nunca había comprendido era por qué esas cosas tenían que salir en la prensa. ¿Cuándo se había convertido en toda una celebridad? ¿Por qué le importaba a nadie con quién se acostaba él o con quién se lo pasaba bien?
Aunque, fuera cual fuera la razón, parecía que su vida social reunía las condiciones necesarias para el entretenimiento de masas por aquellos días, así como un buen material para alimentar los rumores, y sabía que su imagen necesitaba un repaso. A Edward no le importaba lo que la gente pensara de él, pero sentía que Aro temía que estuviera empezando a darle a la firma una mala reputación, y si había algo que no quería poner en riesgo, eso era su puesto de trabajo.
Y follarse a la chica a la que estaba formando probablemente no ayudaría mucho para convencer a la gente de que era un hombre decente que no exigía el sexo de las artistas femeninas antes de contratarlas.
No es que Bella le pareciera el tipo de persona que echa un polvo y se lo cuenta a todo el mundo. El supo eso instintivamente. Volvió a concentrarse acerca de lo que había sentido por ella la pasada noche, una madurez profesional mezclada con una subyacente... autenticidad que era casi dulce.
Pero aun así no podía hacer nada. Y pasar esa semana con ella sin hacer nada sería una buena práctica para él.
—¿Sabes ya lo que quieres? —le preguntó él, dándose la vuelta para mirarla.
—Tortitas con arándanos —le dijo.
Y sus ojos se encontraron. Y él volvió a experimentarlo otra vez, aquella necesidad de acercarse a ella, inclinarse y presionar la boca contra la suya, presionar su verga endurecida sobre el lugar en el que se encontraban sus muslos. Todavía no podía creer que aquella fuera la misma chica que había estado sentada fuera del despacho de Vulturi durante todos esos años.
—Suena bien —dijo él, mientras intentaba que su voz no sonara ronca. —Creo que voy a pedir lo mismo.
Caminó a grandes zancadas hacia el teléfono, y pensó que lo que realmente deseaba en aquel momento no estaba en el menú del servicio de habitaciones.
Capítulo 3.
También pidieron la comida. Registraron todos los contratos, Edward los comentó, Bella hizo preguntas, y a veces él le hacía un pequeño examen para repasar lo que había aprendido. Y para cuando terminaron de trabajar, ya a altas horas de la tarde, Bella tenía muchas cosas claras: comprendía los contratos de Twilight mejor de lo que pensó, estaba poniéndose al día rápido, se divertía trabajando con Edward y pensó que era un hombre mucho más agradable de lo que había esperado, «y que era imposible no pensar en él en términos sexuales».
Después de todo, aquel hombre desprendía sexo por todos los poros de su piel. Desde su belleza misteriosa y sus ojos seductores hasta un cuerpo perfectamente cincelado que su ropa no podía ni empezar a ocultar. Desde el momento en el que había ido a abrirle la puerta aquella misma mañana, había estado impregnada de una bruta lujuria que sobrepasaba cualquier cosa que ella hubiera experimentado nunca. Y esta vez no podía echarle la culpa al vino. O al ambiente. O cualquier cosa que no fuera el puro y animal magnetismo.
Cada vez que él le sonreía, le llegaba directamente al alma. Cada vez que sus ojos brillaban al mirarla, podía sentirlo entre sus piernas. Y la manera en la que sus músculos tonificados llenaban una camiseta en la que aparecía el grupo de las Violent Femmes y su «Gone Daddy Gone» la había hecho entrar en calor. Se había sentido excitada por su mera presencia todo el maldito día. Y se daba cuenta, más de lo que lo había hecho la noche pasada, de que en realidad le gustaba mucho —creía que era inteligente, astuto y amable—, y todo aquello no ayudaba a mejorar la situación. Hubiera sido mucho más fácil ignorar el magnetismo animal si él hubiera sido el imbécil engreído que ella había imaginado que era.
«Pero has conseguido superar el día sin problemas», se recordó a sí misma, mientras se cambiaba de ropa y se preparaba para la noche. Iban a ir a un club llamado Fetiche, que según le había prometido Edward con un guiño no era tan espeluznante como su nombre indicaba.
—Entonces, no hace falta que vaya de cuero negro de los pies a la cabeza para encajar bien, ¿verdad? —le había preguntado.
Se acordaba de cómo él había ladeado su preciosa cabeza, mirándola con una expresión coqueta en los ojos.
—No, aunque... a mí no me importaría verte alguna vez vestida de cuero negro.
No hace falta decir que en cuestión de segundos se había excitado por completo, incluso aunque un cálido rubor le coloreara las mejillas cuando había intentado quitarle importancia con una carcajada.
«Has conseguido superar el día sin problemas, y también superarás la noche. Y después, superarás sin problemas todos los días que están por llegar». Y creía realmente poder hacerlo. Porque, por muy excitada y molesta que se hubiera sentido durante aquel mismo día, se las había arreglado para concentrar su atención —casi toda su atención— en el trabajo, y además, había aprendido un montón de cosas.
Aparte de explicarle qué suponían todos aquellos contratos, Edward también le había enseñado cuándo se debía y cuándo no proponer ciertas cosas, cuáles de esas cosas eran las últimas que debería prometer a un artista, y cómo de entusiasmada debería estar con ellos antes de ceder a unas exigencias en particular.
—Pero —también le había dicho él— lo más bello de trabajar con una casa discográfica independiente reside en el hecho de que la mayoría de nuestros artistas son primerizos, están abiertos a cualquier propuesta, y se mueren por devorar lo que podamos ofrecerles. No tendrás que tratar con muchos artistas que pongan sobre la mesa sus exigencias en el contrato, y en el caso contrario, tienes que fijarte si realmente merecen la pena.
Por lo que en aquel momento, estaba doblemente entusiasmada por ver cómo empezaba realmente todo aquel proceso, y sería testigo de ello aquella misma noche. Había una banda alternativa compuesta por chicas llamada Blush que actuaba en el Fetiche —el grupo le había enviado un CD a Edward, quien por casualidad lo había elegido de los montones que recibía regularmente quedando impresionado. —La banda no tenía ni idea de que Edward iba a estar presente por la noche, él simplemente le había echado un vistazo a su página web, donde se detallaban las fechas de las apariciones en los clubs. Le había explicado a Bella que normalmente le gustaba acercarse sigilosamente a una actuación y observarla tranquilamente, sin ser observado, por si se daba el caso de que no le gustara lo que estaba viendo.
—Lo hace más fácil para todo el mundo —dijo él. —No hay ni expectativas frustradas ni cantantes con el corazón destrozado. Además, puedo ver cómo actúan en una noche normal.
Daba la casualidad de que Bella llevaba cuero negro para salir aquella noche, al menos un poco. Una minifalda negra de cuero, unas botas de tacón de aguja y, sobre la camiseta, una blusa de leopardo, ligeramente transparente y que dejaba entrever un sujetador negro. Todo era nuevo, lo había comprado en su excursión de tiendas con Rose, incluyendo el sujetador y el tanga negro de seda que llevaba bajo la falda. No había elegido su conjunto por el sitio al que iban a ir, y tampoco lo había elegido para parecerle a Edward más sexy, lo había elegido por la misma razón por la que había seleccionado su ropa la noche anterior: porque tenía que tener el aspecto de una representante de A&R moderna y tranquila si pretendía representar a Twilight Records.
E incluso aunque la idea de tener un aspecto atractivo mientras estaba con Edward le llamaba la atención y la hacía sentirse animada, tenía que ignorarla. Tendrían que recorrer montones de discotecas aquella semana, esa era la razón por la que estaban en Las Vegas, y ella no podía simplemente llevar una sencilla camiseta cada vez que se encontraba con él.
Su miedo más grande era que una noche sintiéndose sexy con Edward y deseando a Edward la llevara derechita adonde la había llevado la pasada noche: a una sesión desesperada de masturbación, sola y en su habitación. Y francamente, ahora que el día había acabado y que su cuerpo llevaba descansado durante horas, aparte de la excitación por encontrarse junto a Edward, estaba empezando a recordar exactamente lo que había hecho permitirse una forma tan extrema de auto-placer.
Oh, bueno, si era ahí adonde conducía la noche, ahí sería adonde conduciría. Pero mientras terminaba de aplicarse el maquillaje, y se atrevía a ponerse algo de lápiz de ojos, decidió dejar de preocuparse y en lugar de eso, volvió a concentrarse en esperar con emoción lo que fuera a suceder.
Justo entonces, un golpecito sonó en la puerta. Edward.
Sintió cómo se le humedecía la vulva tan solo con la idea de volver a verlo. Lo que estaba mal. Muy mal.
Pero tomó una gran bocanada de aire y se apresuró para abrir la puerta. Él se levantaba delante de ella, con un aspecto... masculinamente hermoso. No había otra manera posible de describirlo. Su pelo cobrizo caía en preciosas ondas sobre sus hombros. Sus bellos ojos la cautivaban con su mirada. Y su cuerpo divinamente musculoso hizo que una simple camisa negra sobre unos pantalones vaqueros negros pareciera un traje de alta costura. Una pequeña cruz de plata colgaba de una cadena de su garganta.
Ella se mordió el labio y bajó la mirada, intentando ocultar así la reacción física que se extendía por su cuerpo en una corriente de calor.
—Nada de camisetas vintage esta noche, ¿eh? —le preguntó ella, esforzándose por levantar los ojos hacia su cara.
Él sonrió como respuesta, después le echó un vistazo no demasiado sutil.
—Menos mal que me he puesto una camisa real, si no hubiera parecido un auténtico dejado a tu lado.
Su mirada se rezagó en la falda de Bella, que acaba a medio camino de sus muslos, y aquel contacto hizo que a ella le temblara todo el cuerpo.
—Genial —dijo él.
—He decidido llevar... algo de cuero —le explicó ella.
—Me gusta —después su mirada volvió a centrarse en sus ojos. —¿Estás preparada?
—Mucho —oh, mierda, ¿realmente acababa de decir eso? —Estoy muy emocionada por hacer una exploración oficial —añadió, intentando ocultar su lascivia.
—Dijiste que te gustaba la comida mexicana, así que he hecho reserva en Taquería Cañonita, abajo, con vistas al Gran Canal. Se puede observar a la gente desde allí —añadió él con un guiño de ojos.
Pero mientras se dirigían por el pasillo, Bella no pudo evitar pensar que quizás fueran ellos las personas a las que estarían observando. Se había sentido tranquila y segura de sí misma en Las Vegas mientras estuvo vistiéndose, pero la verdad era que nunca había llevado puesto nada tan picante en su vida. Y no podía negar que algo acerca de aquel atrevimiento la hacía sentirse más segura con el hombre que iba a su lado, porque quizás, solo quizás, la pequeña Bella Swan de Forks fuera realmente una acompañante perfecta para él.
Diez minutos más tarde, estaban sentados en una mesa para dos al borde del canal, que se veía a través de las ventanas de la zona de comercios interior del hotel Venecia. Pero la luz y el techo cubierto de nubes blancas y cielo azul que tenían sobre las cabezas hicieron que Bella se sintiera como si estuvieran sentados en cualquier otra terraza de un restaurante.
—Esto es una locura —dijo ella, echándose hacia atrás para mirar al «cielo».
—Es Las Vegas —dijo él, y le dio un sorbo al vino que acababan de servirles en las copas.
Justo entonces, escucharon un chasquido y se sobresaltaron ante el brillante flash de una cámara de fotos. Bella giró la cara para mirar.
—No lo hagas —le avisó Edward antes de que ella pudiera divisar al fotógrafo, y se inclinó para tocarle la mano que descansaba encima de la mesa. Ella sintió un escalofrío ante el contacto. —Si los ignoras, se irán.
Fue entonces cuando ella se dio cuenta, Dios mío, algunos miembros de los paparazzi de Las Vegas acababan de hacer una foto de ella porque estaba con él. Qué completamente extraño era todo aquello.
—No te sorprendas si te encuentras mañana en Internet sobre algún encabezamiento como «La misteriosa mujer que acompaña a Edward Cullen». Lo siento.
La verdad era que a ella no le importaba. En realidad, encontró la idea algo excitante. Pero no se lo dijo, claro, se limitó a negar con la cabeza.
—Está bien. No es nada grave —después bajó la barbilla. —¿Pero a ti no te resulta raro? ¿Tener extraños que hacen fotos de ti todo el tiempo? ¿O ya te has acostumbrado a ello?
—Si te digo la verdad, es todavía jodidamente extraño —le contestó él, con una expresión irónica. —Y todavía no lo pillo. Este tipo de mierda no parece pasarle a otro tipo de representantes, ¿por qué tengo yo tanta suerte?
«Porque eres hermoso». Todo se remitía a eso. Seguramente él era consciente de cuan agradable era de mirar. Pero gracias a Dios, no se le había escapado, y estaba claro que no iba a plantear la cuestión.
—Te codeas con muchas estrellas de rock y aspirantes a estrella —le recordó ella con una sonrisa. —Quizás eso te haga una celebridad por asociación.
Él se encogió de hombros.
—Aun así, es extraño cuando la gente que no conoces piensa que sabe algo acerca de ti —después, ladeó la cabeza y la miró intensamente con sus ojos verdes. —Supongo que has oído los rumores.
—¿Acerca de que eres un mujeriego? ¿O lo del sexo a cambio de un contrato? —hizo una mueca con los labios y respondió con determinación. —Sí —no veía la razón por la que mentir sobre eso.
Él asintió, después le concedió una sonrisa relajada.
—Lo positivo de todo esto es que estoy ahorrando un montón de dinero en camisetas. La gente que no conozco sigue mandándome camisetas con logos de bandas de rock en ellas. Supongo que me ven llevándolas en las fotos. Ahora tengo una camiseta en el correo cada pocos días.
Ella sonrió.
—¿De admiradoras? ¿O de bandas de rock que quieren que vayas por ahí llevando sus camisetas?
—Ambas cosas, vienen de cualquier parte. Joder, la gente de Hugh Hefner me envió una camiseta de Playboy la semana pasada con una nota en la que me daban las gracias por haber pasado por la mansión.
Bella parpadeó y se sentó erguida.
—¿Has estado en la mansión de Playboy?
Él se encogió de hombros otra vez.
—Sí.
—¿Y qué aspecto tiene?
Él tomó otro sorbo de su vino y Bella decidió que podría aguantar un poco de alcohol en su sistema también, así que extendió la mano hacia el pie de su propia copa. Porque la nueva y moderna Bella no debería sentirse intimidada o alucinada por la idea de lo que probablemente le aguardaría detrás de esas puertas en particular, pero la vieja Bella sí, y a ella se le había olvidado ocultarla.
—Parece que hay bastante diversión —dijo él, y sus ojos brillaron de nuevo, un poco lascivos esta vez.
A ella se le revolvieron las entrañas en una mezcla confusa de repulsión y excitación al imaginarse qué tipo de diversión habría experimentado él en aquella casa. En realidad, parecía que Edward Cullen tenía el mismo efecto en ella que la ciudad de Las Vegas.
—Yo no tendré... eh, no me pedirán que vaya a lugares como ese, ¿verdad? —preguntó ella.
Él bajó la barbilla.
—No van a pedirte que lo hagas, pero es el tipo de lugar en el que se reúne la gente del espectáculo, así que... si recibes una invitación, sería muy inteligente de tu parte que la aceptaras.
—Ah —dijo ella, todavía encerrada en el mundo de la vieja Bella. Después, empezó a tragar nerviosamente. Una cosa era ponerse una falda de cuero y una blusa transparente. Pero cuando llegara eso de predicar con el ejemplo, ¿sería capaz de hacerlo? Ella nunca había pensado tener que asistir a sitios donde puede que estuviera incómoda. Incluso aquel bar aquella noche, ¿se sentiría cómoda yendo a un lugar llamado Fetiche, sin Edward como acompañante?
—¿Va algo mal? —le preguntó él; claramente estaba leyendo la preocupación que se le reflejaba en la cara.
Ella pensó en fingir, afirmar que nada iba mal, disfrazarse como alguien tranquila y segura, como la nueva Bella otra vez. Pero había pasado todo el día con Edward, y le gustaba realmente, así que no pudo evitar hablar con sinceridad.
—Quizás no debería contarte esto, pero... no estoy segura de que pueda encargarme de bien todo esto.
Edward le contestó poniendo el codo en la mesa y apoyando la barbilla en su puño y después, clavándola en el sitio con una de sus miradas.
—Oh, apuesto a que puedes encargarte de las cosas mucho mejor de lo que crees, nena.
Capítulo 4.
El Fetiche era un edificio oscuro aunque no muy grande que había a las afueras de la ciudad. Habían tomado un taxi para ir hacia allí y en aquel momento, entraban en un aparcamiento iluminado por la luz tenue de las farolas. Un rótulo de neón de un color rojo gótico anunciaba el nombre del bar sobre la puerta, bajo la cual colgaba una señal con letras de plástico negro que decía simplemente: «BLUSH».
A pesar de la nueva y atrevida Bella que había estado intentando en convertirse, los nervios le revolvían el estómago. Había ido a un montón de garitos en su día, pero nunca a uno como aquel. Podía ver que Edward había acertado al hablarle de aquel lugar —mucha gente que entraba y salía, gente con una increíble variedad de estilo— al menos la mitad de los clientes lucían un aspecto gótico y aquello hizo que se sintiera contenta de haber elegido la falda de cuero. Solo esperaba que el terror de sus ojos no la delatara.
Cuando Edward pagó el precio de la entrada a un hombre grande y calvo que había en la puerta y que llevaba una araña tatuada en el cuello, este último lo miró con los ojos entrecerrados y le dijo:
—Eh, ¿no eres tú... ese tipo?
Edward simplemente le sonrió un poco y le contestó: —No, no soy él —y colocó la mano en la espalda de Bella para conducirla hacia dentro.
El interior del Fetiche era incluso más oscuro, apenas podía ver a la gente que se agolpaba en el lugar mientras Edward y ella pasaban tras ella, bajo una música ensordecedora que impedía cualquier posibilidad de mantener una conversación. Y fue entonces cuando se dio cuenta: ahora aquella era su vida, aquel era su nuevo puesto de trabajo. Ir a discotecas. Escuchar música alta. Y se sorprendió ante la sensación de sentirse repentinamente más que a la deriva, sin estar segura de hacia dónde dirigirse o qué hacer.
Fue entonces cuando la palma de la mano de Edward se cerró cálida sobre uno de sus hombros.
—Escucha —le dijo al oído.
Y una vez más, le recordaba por qué razón estaban allí. La música. Blush. Miró por encima del hombro a Edward. —¿Son ellos los que están tocando ahora? Él asintió.
El sonido era rápido, intenso, funky y —cuando se olvidó del hecho de que estaba sonando con fuerza— indiscutiblemente atractivo.
—¿Cuál es tu primera impresión? —otra vez, él se inclinaba hacia ella para que pudiera escucharlo, y el calor de su aliento le golpeaba la nuca.
—Son buenos —contestó ella. —Tienen un sonido que de alguna manera es a la vez moderno y... un poco new wave retro (N.A: New wave se refiere a un estilo de música cuyo origen está en el rock de los años setenta).
Su inclinación de cabeza, junto con el brillo de sus ojos, le hizo pensar que le había gustado su respuesta.
—Vayamos a pedir una copa —dijo él.
Mientras se hacían camino a través de la multitud, ella pudo echar un vistazo a la banda que había en el pequeño escenario que quedaba a su derecha.
—No los mires todavía —le aconsejó él, gritando para que pudiera escucharlo por encima de la música. La otra noche le había explicado que en el mundo de las discográficas independientes, el sonido lo era todo. —No estamos buscando a una Britney Spears o a una Jessica Simpson, gente que se convierten en estrella de pop principalmente debido a su aspecto —le dijo. —Si tienen ese tipo de atractivo, perfecto. Pero nos preocupa más lo que puedan hacer —había continuado diciéndole que a él le gustaba a veces escuchar un rato a alguien antes de echarle un vistazo, no le gustaba dejar que las apariencias lo influyeran demasiado pronto. Ella creía que aquellos sonaban bien, y decidió respetar la música, así que lo siguió hacia la barra, sin ni siquiera molestarse en mirar hacia el escenario.
Cuanto más los escuchaba —mientras pedían dos tés helados Long Island— más les gustaba. El sonido de Blush llegaba hacia ella como algo moderno, seguro, divertido y muy sexy.
De hecho, había ciertas palabras en la letra que empezaban a quedarse en su memoria. «Cremoso». «Suave». «Sucio». «Noche». Palabras que quizás significaran poco por sí solas, pero que de alguna manera aquella voz femenina y autoritaria las convertía en algo sexual, y Bella empezó a ser consciente de una humedad entre sus muslos que no había sentido antes.
Por supuesto, quizás se debiera también a que la sala estaba tan abarrotada que Edward y ella debían avanzar en el bar muy cerca el uno del otro, y sus brazos se rozaban, y también sus caderas. Él olía muy bien, una mezcla de jabón y almizcle y una pizca justa de sudor.
Y aunque todavía podía escuchar la música, de alguna manera, había dejado de escucharla muy atentamente, dejando que la siguiente canción con un sonido algo más lento y sensual le infundiera una especie de sensación de cosquilleo cálido y tranquilo. El alcohol que contenía la bebida contribuyó rápidamente a una sensación que ella solo pudo describir como una... lujuria relajada. Ella no estaba muy segura de si aquello tenía sentido alguno siquiera, pero se volvía extrañamente tranquila con sus deseos, y dejó que afloraran hacia la superficie, sin intentar ya ocultarlos.
Todavía estaba apretujada contra su mentor cuando una especie de enorme motorista pasó a su lado y ella se inclinó un poco más hacia Edward, absorbiendo el puro placer cuando uno de sus pechos presionó contra su brazo. Al mismo tiempo, deslizó la mano hasta colocarla encima de su hombro, para ayudarse a mantener el equilibrio sobre sus tacones. Pero también para poder tocarlo. Tan caliente, tan sólido.
Y cuando el motorista pasó y liberó algo más de espacio, ella no se alejó, y no retiró la mano hacia atrás. Edward le hacía sentirse bien. Aquello era demasiado agradable.
Él giró la cabeza para mirarla, sus ojos solo estaban a unos centímetros de distancia y tan cautivadores como nunca. Su mirada decía que él era consciente de ello. De lo que ella sentía. De lo que ella quería.
Fue entonces cuando ella se retiró.
De repente todo le pareció un poco demasiado inmediato, íntimo.
E incluso con todo lo guapo que estaba él, con lo cálida que era la expresión de su cara, ella no podía hacerlo. Por muchísimas razones. Tenía que trabajar con él de cerca en aquel momento, tenía que aprender un puesto de trabajo. Y estaba robándole su trabajo, más o menos a base de mentiras. Y dejando a un lado la blusa transparente y la nueva seguridad en sí misma, en lo más profundo de su ser estaba todavía la vieja Bella, y era triste, pero quizás simplemente no se creyera realmente que estaba a la altura de Edward Cullen.
Ella parpadeó y desvió su mirada, después tomó un largo sorbo de su bebida.
—Esto está fuerte —dijo ella sin pensar, mientras el líquido caliente se hacía camino a través de su pecho.
—Es difícil pedir un Long Island que no lo sea —le record él con una sonrisa juguetona.
Por supuesto que era fuerte, ella lo sabía. ¿Por qué demonios había pedido algo con cuatro o cinco tipos diferentes de alcohol en la mezcla? Porque él lo había hecho y a ella le había parecido fácil decir «Lo mismo», pero estaba empezando a arrepentirse de su elección si aquello la hacía emborracharse con esa rapidez. Y por supuesto, había tomado vino en la cena, también.
—Vayamos ahora a ver al grupo —sugirió él, y mientras ella lo seguía, dejando que la guiara a través de la multitud enloquecida, se dio cuenta de que tenía ganas de tocarlo otra vez, deseaba curvar las manos sobre sus hombros, presionar el cuerpo contra su sólida espalda.
Entonces, pensó: «Dios bendito, ¿desde cuándo te excita la espalda de un hombre?». Demasiado té helado, de eso no le cabía duda, los nervios la habían hecho tragar demasiado en poquísimo tiempo. Dejó la bebida encima de una mesa cubierta por vasos vacíos.
Justo entonces, Blush salió a la vista y Edward tiró de su mano hasta meterla en la masa que se concentraba delante del escenario. Al instante, estudió a la banda con una sola mirada: eran magníficas, incluso convencionalmente vistosas, eran sexys y lo sabían. Estaban sumergidos en un ambiente seguro, en su música.
Las cuatro mujeres jóvenes variaban en aspecto, pero todas ellas rondaban los veintitantos y llevaban unas camisetas escasas que revelaban un amplio escote. La cantante líder tenía el pelo rubio, largo y liso, con un flequillo dramáticamente chillón que encajaba a la perfección también con su maquillaje dramáticamente chillón. Cantaba a voz en grito una vieja canción de Joan Jett, «Do You Wanna Touch Me (Oh, Yeah)» mientras se movía de manera provocativa con el erguido micrófono. Llevaba un top sin manga y de cuero negro y una minifalda vaquera desgarrada que empezaba en la parte más baja de sus caderas y se detenía en la parte más alta de sus muslos.
—¿Qué te parece? —le preguntó Edward a Bella al oído, ahora estaba de pie justo detrás de ella.
Ella mantenía los ojos puestos en la cantante, le daba miedo mirar a Edward, en caso de que lo besara accidentalmente o algo parecido. Todo el cuerpo le hervía de deseo.
—Un poco duras de tono, pero seguras y condenadamente sexys. Tienen el control del público y saben cómo surtir efecto en ellos —a pesar de la intoxicación que corría por sus venas, su cerebro continuaba trabajando. —Podríamos sacarlos al mercado como una Courtney Love más elegante, más marchosa y más moderna.
Pero entonces, giró la cabeza para mirarlo, porque no tenía ni idea de si estaba hablando en la dirección correcta o si, por el contrario, parecía una auténtica novata, y quería saber cuál era su honesta reacción.
Sus ojos brillaban cálidos sobre ella.
—Muy bien.
Pero entonces, él llevó la mirada hacia su boca.
Y ella sintió cómo su vulva sufría espasmos.
Así que se mordió el labio y movió la cabeza de nuevo hacia delante, para observar a la banda.
—Aunque —dijo ella, todavía dándole voz a sus pensamientos. —¿No es Blush un nombre demasiado suave para ellas?
Miró por encima del hombro para ver cómo Edward sacudía rápidamente la cabeza, expresando la negación.
—Es irónico —le dijo. —O quizás sea porque quieren hacer que te ruborices. Pero de una manera u otra, dice algo acerca de ellas. La mayoría de los nombres de las bandas de estos días son solo palabras que alguien pensó que quedaban bien juntas, pero que no dicen absolutamente nada ni acerca de la banda ni acerca de su música. Su nombre dice algo acerca de su imagen y eso hace que sea una herramienta de marketing incorporada.
—Ah —dijo ella, comprendía lo que decía. —Genial.
Todo lo que los rodeaba era la mezcla de gente corriente y gótica que se movía al ritmo de la música, y sin pensarlo ni decidirlo, Bella se dio cuenta de que sus caderas empezaban a balancearse de un lado a otro, también. Mantuvo la mirada fija en la cantante rubia, y observó cómo empujaba hacia delante el pecho o cómo balanceaba el pelo dramáticamente sobre uno de sus hombros.
—¿Qué te dice la multitud acerca de la banda? —le preguntó Edward cerca del oído. Pero su voz se había vuelto un poco más baja ahora, algo más ronca. La sensación de su respiración sobre la piel le daba escalofríos más abajo.
Ella desvió su atención de la cantante líder hasta la gente que la rodeaba, e intentó pensar. Pero era difícil, porque la sala estaba todavía repleta de gente y aquello la mantenía muy cerca de Edward, y ahora que había empezado a moverse con el ritmo de la música, también estaba moviéndose ligeramente contra él.
A un lado de ella había una pareja joven que hubieran podido vivir perfectamente en la puerta de al lado de su casa —una pareja normal, de clase media— y que bailaban salvajemente. Al otro lado encontró una chica que llevaba el pelo rosa, y estaba envuelta de negro de la cabeza a los pies. Y ella supo enseguida la respuesta.
Solo que esta vez, en lugar de girar la cabeza hacia Edward, simplemente la echó hacia atrás y la apoyó sobre su hombro para hablarle al oído.
—Fanáticos que rinden culto a un tipo de música que convertirán en comercial, una música que llama la atención de diferentes grupos de personas.
Una vez más él le dijo:
—Muy bien —pero también otra vez, su voz se hizo más baja y sus ojos se oscurecieron cuando bajó la mirada hacia ella, y hubiera sido condenadamente fácil besarlo en aquel momento porque sus caras, sus bocas, estaban peligrosamente cerca.
Así que Bella volvió a levantar la cabeza rápidamente, y observó al grupo. No quería hablar más. Hablar, aunque fuera de negocios, le parecía peligroso en aquel momento. Solo quería quedarse quieta, escuchar la música, absorber el ambiente. Y quizás sacar el alcohol fuera de su sistema a base de bailes antes de que hiciera algo estúpido.
Aunque todavía observaba la multitud, su mirada se quedó rezagada en dos chicas que estaban besándose apasionadamente, dándose el lote muy cerca del escenario. Ambas eran jóvenes y guapas, no particularmente góticas y, si ella tenía que suponer, no eran realmente lesbianas. De hecho, sospechaba que los dos chicos guapos que había a su lado y que estaban mirándolas con lujuria eran sus respectivos novios.
Tenían los ojos cerrados, y sus lenguas se encontraban en un abandono lánguido mientras sus manos recorrían acariciadoras el cuerpo de la otra. Bella no quería seguir mirando, pero había algo en aquella escena que la hipnotizaba. Y a pesar de su conmoción, no podía evitar sentirse un poco excitada por la descarada sexualidad del acto. Justo como aquellas estúpidas vallas publicitarias en movimiento, no quería sentirse excitada por ello, pero para asombro suyo, realmente lo estaba.
Demasiada suavidad. Demasiado sexo. Justo ahí fuera.
Y de alguna manera, aquel era el momento.
¿Se deleitarían aquellas dos jóvenes mujeres con ellas si hubieran estado solas? ¿O dependía del hecho de hacerlo delante de sus novios y en público? Bella no sabía con seguridad las respuestas, pero sentía —hasta la médula— que comportarse tan escandalosamente sin ir a un sitio privado era un importante ingrediente en su deseo.
Un rápido vistazo por encima del hombro revelaba que Edward había seguido sus ojos y también había visto a las dos chicas.
La vieja Bella se sentía totalmente avergonzada. La habían pillado observando algo como aquello. Y fue Edward entre toda aquella gente. Al instante, se preguntó si él podría notar cuánto lo excitaba todo aquello, y sintió la vulva realmente enorme bajo la falda, como si, en aquel momento, fuera la parte más grande de ella.
Pero la nueva Bella se limitó a preguntarle:
—¿Te excita eso?
Dios, ¿qué estaba haciendo? Después de todo, había decidido que era más seguro no volver a hablar más. Aun así no podía evitar sentir algo de curiosidad. Quería saber lo que él sentía, anhelaba comprender la manera en la que él veía las cosas. Las cosas sexuales.
—Sí —dijo simplemente. Directo, como lo había hecho durante su conversación la noche anterior.
Ella se mordió el labio, sus pechos parecían abultarse dentro de las copas de su sujetador. Él también estaba excitado, en aquel momento, en aquel lugar, cerca de ella.
¿Significaba eso que estaba empalmado? Ella sufrió la necesidad de comprobarlo por sí misma, alargar la mano y presionarla delante de sus pantalones vaqueros.
—Dime por qué —le murmuró en lugar de eso.
Él observó a las chicas durante un momento más, lo que hizo que Bella volviera también a dirigir su mirada hacia ellas, y finalmente giró la cabeza para mirarla directamente a los ojos.
—Hay dos pares de todo. Dos pares de labios suaves y femeninos. Dos pares de pechos redondos. Todas esas curvas... moviéndose al unísono.
Oh. Quizás aquello tuviera sentido. Y quizás explicaba la razón por la que ella también se sentía excitada. Su mirada se quedó rezagada en los ojos de Edward, pero no pudo encontrar respuesta a eso, así que él continuó hablando.
—Me gustan las mujeres que son lo suficientemente libres como para seguir sus necesidades, perder sus inhibiciones.
Ahora ella encontraba la voz para responderle:
—No estoy segura de que tengan inhibiciones —y ambos rieron a carcajadas, pero se desvanecieron pronto porque el ambiente en el bar estaba volviéndose dominante.
A la izquierda de Bella, la pareja que había visto bailando antes estaba ahora también besándose. Sus cuerpos se movían rítmicamente con la música, sus bocas se encontraban tan sensualmente como lo hacían sus pelvis. Y un chico gótico le mordisqueaba ahora el cuello a la chica del pelo rosa que había a la derecha de Bella. La chica sonreía, y dejaba que su lengua se deslizara lentamente a través de su labio superior. Era como si el sexo estuviera llenando la sala, flotando en el ambiente, casi como si de alguna manera, estuviera entrando en el edificio de la misma manera que en los casinos, donde se rumoreaba que se añadía oxígeno extra en las áreas de juego. A Bella le picaba la piel, unas sensaciones suaves pero poderosas le recorrían el cuerpo, y la hacían desear poder perderse en todo aquello.
Volvió a dirigir su atención hacia el escenario cuando Blush comenzaba una nueva canción con un ritmo erótico y sexy. No la conocía, así que supuso que era original. Y como la última canción, al parecer como la mayoría de sus canciones, hablaba de sexo.
Junto con el bombeo de un coro, la banda repetía las palabras «las mejores manos» una y otra vez, dejando que Bella concluyera lo que debería ser el título. La rubia cantaba acerca de las manos haciéndose camino a través de su piel, sobre dedos que se sumergían en lugares privados y finalmente sobre unas manos que provocaban y provocaban el éxtasis. Toda la multitud pronto se concentró en la joven mujer, que había empezado a moverse contra el micrófono, como había hecho antes.
Bella se dio cuenta de que no solo estaba observando a la cantante, que deslizaba el micrófono bajo sus piernas, empujando suavemente al ritmo de la canción, sino que también estaba observando la escena junto con Edward. Estaban siendo testigos de ello, juntos, estaban experimentándolo juntos. De hecho, estaban experimentando aquello con todas las personas que había en la sala. «Más sexo descarado y expuesto».
Y mientras pasaba el tiempo, se sentía menos asqueada de lo que se había sentido la noche anterior, y más fascinada.
Todo el bar parecía palpitar con el ritmo ahora, y Bella seguía moviendo las caderas hacia delante y hacia atrás, rodeándose de los embriagadores acordes.
Debería haberse sentido alarmada cuando sintió las manos de Edward sobre sus caderas, pero no lo hizo.
Era demasiado increíble sentirse acariciada por él, incluso justo de aquella pequeña manera, el placer la invadió con rapidez.
Y entonces, entonces, «oh, sí», estaba presionándola desde detrás, lo suficiente como para que ella se diera cuenta de que estaba excitándose contra su trasero. Aquello le parecía un sueño, una fantasía, pero era escandalosamente real.
En el oído, él le habló con un tono de voz áspero:
—Baila conmigo, Bella. Muévete conmigo.
Hubiera sido más inteligente apartarse, o decirle que estaban en aquel lugar por cuestiones profesionales, haciendo un trabajo. Que todo aquello era un error.
Pero simplemente no podía hacerlo. El sonido de la canción la embriagaba cada vez más. El alcohol que consumió le hacía cada vez más efecto. Estaba embriagada de Edward Cullen, y lo estuvo durante las últimas veinticuatro horas. Y había intentando comportarse con inteligencia, ser más fuerte que la lujuria, pero todo aquello la estaba consumiendo.
Así que se movió con él, bebió del calor de su cuerpo mientras él se inclinaba más cerca de ella, y sintió el poder de su caliente erección contra su trasero.
¿Le había hecho sentirse tan bien algo en toda su vida?
No lo creía.
No creía que ninguna sensación física la hubiera llevado a un estado tan rápido y profundo, dejándola sin fuerzas para luchar contra la situación.
Se balancearon juntos, mientras la rubia que había en el escenario ronroneaba las provocativas letras que añadían más combustible al fuego que los invadía. Bella no lo miró después de aquello, se limitó a mantener sus ojos justo hacia delante, y sentir todo lo que la rodeaba, intentando sobrevivir a ello, intentado creérselo, y preguntándose qué era lo próximo que iba a ocurrir.
Pero ella sabía lo que iba a ocurrir, desde luego que sí. La canción terminaría. La canción terminaría y entonces, dejarían de moverse al unísono, y fingirían que las cosas volvían otra vez a la normalidad, que él no la había tocado, que ella no había experimentado el profundo y crudo placer de su endurecida verga presionando contra su trasero.
Y fue justo cuando ella estaba llegando a aquella conclusión... cuando algo más sucedió.
La mano cálida y masculina que se había curvado a la derecha de su cadera, comenzaba avanzar hacia arriba, sobre la tela diáfana que le cubría el vientre y más y más alto, hasta detenerse a descansar bajo su pecho, y después, su pulgar se curvó sobre la redonda piel mientras sus otros dedos jugaban con la parte de abajo de su sujetador. El intenso deleite junto con la intensa necesidad de hacer que el contoneo de sus caderas fuera aún más sensual, hizo que su respiración comenzara a dificultarse y le temblara la vulva frenéticamente.
Fue entonces cuando su otra mano se deslizó hacia abajo sobre su muslo y acabó colándose debajo de su falda. Tan rápido, tan suave. Sus dedos se abrieron camino entre sus piernas, y acariciaron la sedosa piel que había allí.
Ella comenzó a respirar con más rapidez e involuntariamente se movió de una manera completamente nueva, haciendo ondas, como si estuviera manteniendo una relación sexual en aquel mismo momento. Recibió su caricia delante y presionó su trasero contra la excitación que la empujaba desde atrás. Entonces, él le rodeó la cintura con el brazo derecho para mantenerla estable, debía haberse dado cuenta de que estaba debilitándola, de que todo su cuerpo empezaba a convulsionarse a causa de las cálidas caricias que le proporcionaban sus dedos.
¿Vería alguien de los que estaban allí lo que estaba sucediendo en aquel instante, la manera en la que él estaba tocándola? Seguramente no, la multitud seguía apretujada, el espacio que había entre los cuerpos era casi oscuro, privado incluso dentro de lo público.
Había pasado ya un rato desde que había dejado de prestarle atención a la canción, pero levantó la cabeza hacia el escenario justo en el momento para captar la última línea: mis manos son las mejores. Era el giro imprevisto del final de la canción, la letrista no tenía amante alguno, se estaba tocando a sí misma.
Entonces, Edward le besó el cuello a Bella, lo que hizo que nuevas espirales de placer invadieran su ser. Oh, Dios. Oh, Dios.
Y cuando la canción terminó, la multitud estalló en vítores, y Edward se inclinó hacia ella para hablarle con un tono de voz ronca:
—Ven conmigo.
Ella se dio la vuelta y vio que su mirada era ahora diferente, más paralizante aún. Porque tenía las manos en ella. Porque la deseaba tanto como ella le deseaba a él. Y las palabras de Rosalie resonaron de nuevo en su cabeza. «Un amante instantáneo. Solo lujuria y excitación». Nunca había soñado que algo así pudiera suceder realmente.
La mano de Edward se cerraba con firmeza sobre su espalda, mientras tiraba de ella a través de la multitud. No podía ver a la gente a medida que la pasaba, no podía escuchar el principio de la siguiente canción, no podía concentrar su atención en otra cosa que no fuera él, y la necesidad que había crecido dentro de ella y que la estaba abrasando.
Salieron de la masa de gente casi al llegar a la parte trasera de la discoteca, y él la condujo rápidamente lejos de allí, hacia un pasillo iluminado con una luz tenue. Giró el pomo de una puerta sin letrero, pero estaba cerrada con llave.
—Mierda —murmuró en voz baja, y después intentó abrir otra de las puertas que había en el pasillo. Aquella sí se abrió y él tiró de ella hasta colarse dentro. Cerró la puerta detrás de ellos. Encendió el interruptor de la luz que salía de una tenue bombilla que había sobre sus cabezas.
Estaban en un pequeño almacén, entre cubos y escobas y estanterías llenas de productos de limpieza. A ella le latió el corazón con fuerza cuando se encontraron sus miradas. Ambos estaban excitados y preparados.
Edward levantó las manos hacia su cara y la besó, dirigiendo su cálida y húmeda lengua hacia el interior de sus labios. La boca de Bella, todo su cuerpo, respondió ante aquella caricia, ya no era consciente de lo que hacía, seguía sus necesidades, apenas se acordaba de cómo le había dicho Edward que estaba excitado. Presionó las palmas de las manos contra su pecho, y clavó las uñas en su camisa cuando uno de aquellos cálidos besos dio paso a muchos más.
Entonces, él bajó la boca hacia su cuello y llevó las manos hacia su falda. La música de Blush hacía que todo el cuarto vibrara, pero el sonido que Bella podía distinguir con claridad era el de su propia respiración irregular a medida que Edward se abría camino con sus dedos bajo el cuero, en busca de sus braguitas. Con un solo tirón su tanga cayó al suelo y una ráfaga de aire frío impactó contra su vulva.
Él respiraba también con dificultad, los dos estaban ocupados intentando deshacerse apresuradamente del cinturón y los pantalones de Edward. Parte de ella no podía creer que estuviera permitiendo que aquello ocurriera, aunque no podía hacer nada para detenerlo.
Y cuando se abrió la cremallera de sus pantalones y Edward también se bajó los calzoncillos, Bella se sintió más débil aún ante la vista de su verga. ¡Oh, cielos, era grande! Tan gruesa, larga y dura como una roca... por ella.
Ella la rodeó entera con su mano, haciendo que Edward soltara un gemido. No solía comportarse de forma agresiva cuando mantenía una relación sexual, pero también era cierto que no solía estar en un almacén dándose el lote con Edward Cullen.
Miró hacia abajo, a su erección y aquello la hizo sentirse más fuerte, y la manera en la que la sentía entre su mano, seda sobre acero, hacía que sintiera ganas de acercarla hacia su cuerpo, más y más cerca, hacía que necesitara sentirla dentro con más ansia de la que ella podía comprender.
—Espera —le susurró Edward, y el pánico la dejó paralizada, «¡Por favor, no te detengas ahora!». Pero él solo se sacó la cartera del bolsillo trasero de sus pantalones para coger un cuadrado de papel de aluminio.
—Ah —dijo ella aliviada. Después, añadió: —Date prisa.
Ella le sujetó su enorme verga hacia arriba y entre ellos, para que él pudiera enfundarse el preservativo.
La siguiente cosa de la que fue consciente fue de sus manos cerrándose sobre su trasero desnudo, y ella rodeándole la cintura con una de sus piernas, y él embistiendo con fuerza dentro de su hambrienta vulva.
—¡Oh! —gritó ella ante el impacto, y sus ojos se encontraron a medida que él empezaba a moverse en su interior.
Ella nunca había hecho algo tan animal en toda su vida, pero aquello era precisamente lo que le apetecía en aquel momento: un polvo animal, fuera de control y temerario. Tampoco había estado nunca con alguien que la tuviera tan grande, y la sensación de plenitud era casi abrumadora, especialmente estando de pie.
—Estás tan húmeda —le gruñó él, y ella le rodeó el cuello con los brazos y se sujetó con fuerza, mientras él embestía dentro de ella, y su piel lo recibía.
—Todo el día —admitió ella entre jadeos. —Y la pasada noche. ¡Oh, Dios! —gritó mientras él la llenaba una y otra vez. —Fóllame —le susurró ella al oído.
Era la primera vez que decía aquel tipo de cosas durante una relación sexual, pero como había pensado antes, era la primera vez que estaba con Edward Cullen. Estaba claro que la llevaba a nuevas alturas, o quizás a nuevas profundidades.
—Fóllame —le dijo otra vez. —Fóllame.
—Estoy follándote, nena —le aseguró él. —Estoy dándote duro.
Se movieron al unísono, con golpes firmes que resonaban en cada centímetro del cuerpo de Bella y ella las recibía, presionando hacia abajo, haciendo que sus movimientos frotaran su clítoris contra él.
—La siento tan grande —le jadeó ella. —La siento tan grande dentro de mí.
—Oh, nena, sí —le dijo él, con un tono de voz que denotaba una cierta arrogancia que ella sintió que le llegaba al alma. Y entonces, él empujó incluso más profundamente, y ella supo que él quería sentir cada centímetro de su cuerpo, quería que ella supiera con exactitud cómo de grande era.
Una sensación de intenso placer resonó en su espalda y descendió por sus muslos, y la debilidad que sentía amenazaba con dejarla caer al suelo. Edward la besó con fuerza y sus respiraciones irregulares casi apagan el eco de la música que se filtraba a través de la puerta.
—Déjame ver tus tetas —le pidió él, en unas palabras que atravesaron su ser. Él no podía llegar hacia ellas ya que tenía que sujetarla con ambas manos para que sus cuerpos siguieran entrelazados, y ella nunca había pensado poder sentir una orden tan excitante, pero así era. Se apresuró a tirar de los botones de su blusa, después levantó las manos para bajar los tirantes de su sujetador. Las copas cayeron hacia abajo y sus pechos saltaron libres, y al instante se deleitó con el hecho de haberlos revelado para él.
Él dejó escapar un gemido cuando sus ojos cayeron hacia sus senos, y ella notó que involuntariamente, su cuerpo se arqueaba hacia delante.
—Chúpalos —le dijo.
Otro gruñido salió de su boca cuando se inclinó para tomar uno de los turgentes pezones entre sus labios, tirando con fuerza de él.
—Oh, Dios —murmuró ella. —Oh, Dios, sí.
Ella estaba acercándose al límite, más y más, iba a alcanzar el éxtasis.
—Fóllame —le rogó otra vez. —Fóllame.
Él siguió dirigiendo su verga a más profundidad y lamiendo su pecho a medida que ella se movía contra él, y hacía cálidos y cerrados círculos con su cuerpo para obtener más placer aún.
—Oh... —gimió ella, perdida ya en las sensaciones, con los ojos cerrados. Se olvidó de que los dos estaban medio desnudos dentro de un pequeño almacén, se olvidó de que apenas lo conocía, se olvidó de que aquella era la relación sexual más ilícita que nunca antes había tenido, y explotó en un orgasmo. Gritó cuando la inundó, saliendo directamente de su vulva y extendiéndose hacia los dedos de sus manos y sus pies. —Sí, sí, sí—dijo ella entre sollozos, hasta que finalmente las olas de placer empezaron a calmarse y una debilidad total se apoderó de su cuerpo.
Abrió los ojos y pudo atisbar un vistazo de la bombilla que había sobre ellos, y luego vio otro de sus puntiagudos pezones abajo, brillando por la saliva que él había dejado y se sintió como alguien diferente. Hasta que lo miró a los ojos, y vio que sus brazos le rodeaban el cuello, fue entonces cuando se sintió como ella misma, viviendo una de sus fantasías más atrevidas, más atrevida en realidad de lo que nunca antes había escenificado.
—Oh, Dios —dijo.
—¿Te ha gustado? —le preguntó él, con aquellos ojos verdes y excitantes que todavía estaban llenos de sofocante calor.
—Sí —suspiró ella, con una inclinación de cabeza lenta y agradecida. —Ahora... Fóllame más. Fóllame hasta que te corras —Bella no había sido ella misma desde que había llegado a la Ciudad del Pecado y no veía razón alguna por la que debía cambiar en aquel momento.
Todavía mirándose a los ojos, él la agarró con más fuerza del trasero y hundió los dedos ligeramente en su interior. Entonces, con los dientes apretados, comenzó a moverse, una vez, dos veces, una y otra vez, con embestidas lentas pero intensas que llegaron a lo más profundo de su interior. El cuerpo de Bella se sacudía con cada una de aquellas embestidas y sus pechos se mecían de un lado a otro. Por momentos, retiraba la cabeza hacia atrás, con los ojos cerrados, pero cuando los abría de nuevo, siempre encontraba la mirada de Edward y un acto tan íntimo hacía más poderosa cada sensación. Y fue entonces cuando él dijo:
—Dios, Dios, ahora —cuando cerró sus propios ojos en éxtasis.
Bella observó cómo lo inundaba el clímax, lo transformaba, observó cómo el placer y el dolor se reflejaba en la expresión de su cara, y casi vuelve a alcanzar el éxtasis solo de la pura alegría que sentía por haber hecho que él se sintiera de aquella manera.
Pero en el momento en el que él abrió los ojos y ella fue consciente de que se había acabado el sexo, empezó a sentirse de la misma manera en la que se había sentido al llegar al club aquella noche: un poco a la deriva, un poco insegura.
—¿Te ha gustado? —le preguntó ella, tal y como él lo había hecho.
—Ha sido perfecto.
Y entonces... nada. Ella no tenía ni idea de qué debía decir, cómo iban a ir las cosas a partir de aquel momento.
Suavemente, él salió de ella, dejándola de pie por sí sola. Dios, le temblaban las piernas. Y de repente, sintió el cuerpo completamente vacío. Luchó por mantener el equilibrio sobre sus pies, y recogió el sujetador para ponérselo de nuevo.
—Mierda —dijo él y luego añadió: —Lo siento.
Ella dudó un momento.
—¿Lo sientes?
—Es una mala idea follarse a alguien con el que trabajas.
—Oh. Sí. Yo pensaba lo mismo —se abotonó la blusa, y observó cómo él se quitaba el preservativo y lo dejaba caer en una papelera vacía, que descansaba convenientemente en el suelo, detrás de él.
Aquello estaba empezando a parecerle un poco surrealista. Acababa de hacerlo con Edward Cullen.
Pero no, espera... antes ya le había parecido surrealista. Aquello era mucho más que eso. Irreal. Inimaginable.
—Aunque —añadió ella, pensando en voz alta—, no es que sea la primera vez que tienes relaciones sexuales con alguien con el que trabajas, ¿no? —se refería a las cantantes.
Una pequeña y cínica sonrisa se le dibujó en la cara.
—Todo completamente consensual y sin promesas de contrato, por cierto.
—Te creo —le dijo ella suavemente. Y era verdad que lo hacía. No podía imaginar que Edward tuviera que hacer promesa alguna para llevarse a cualquier mujer a la cama.
—Y... era una costumbre que estaba intentando romper.
Ella se mordió el labio.
—Entonces, ¿qué te ha hecho cambiar de idea? Él se subió la cremallera de los pantalones y la miró a los ojos.
—Eres condenadamente sexy.
Se sentía completamente absorbida por aquel hombre y por lo que acababa de hacer con él, y puede que aquello demostrara que tenía un importante problema con su personalidad, pero no podía evitar sentirse deleitada con la idea de que Edward Cullen realmente la viera como una mujer condenadamente sexy. Bella se consideraba una chica normal, bonita cuando tenía uno de esos días buenos, por lo que las palabras de Edward la hicieron temblar de los pies a la cabeza, la hicieron sentir por primera vez en su vida como si verdaderamente fuera una mujer atractiva y excitante.
—Quizás deberíamos dar la noche por acabada —le sugirió él.
—¿Qué pasa con el grupo?
—¿Tú qué dices? Si estuvieras aquí sin mí, ¿estarías preparada para ofrecer un contrato?
Ella no dudó y asintió con la cabeza.
—Sí.
—Bien. Porque eso es exactamente lo que voy a hacer. A la salida, nos presentaremos y acordaremos una reunión —agarró el pomo de la puerta, pero se detuvo para mirar hacia atrás. —¿Estás preparada?
Ella se miró de arriba abajo y se dio cuenta de que tenía las bragas alrededor de uno de sus botines.
—Sí, excepto por esto.
Vio cómo a Damon lo invadía un nuevo calor en su mirada, mientras se agachaba para quitárselas, y las dejaba caer también en la papelera. Antes de levantarse, miró su falda y murmuró:
—Sí, genial, nena.
Aquello fue suficiente para que ella se sintiera de nuevo completamente excitada, y rápido.
Así que cuando él se levantó y volvió a agarrarse al pomo de la puerta unos segundos más tarde, ella cerró la mano sobre su muñeca y le preguntó:
— Edward, acerca de lo que acaba de ocurrir...
—¿Sí?
—Ya que los dos estamos de acuerdo en que esto ha sido un error, será mejor que...
—¿Que no lo hagamos otra vez? —le dijo y ladeó su cabeza en un gesto sexy y la destelló con aquellos ojos seductores. —Mira, nena, no podemos decir que no volveremos a hacerlo y torturarnos durante los próximos días. Pero ya sabes lo que se suele decir.
—¿Qué se dice?
—Se dice que lo que pasa en Las Vegas, se queda en Las Vegas —y terminó con un seductor guiño.
—Oh —dijo ella, en un tono de voz demasiado suave.
Rosalie había dicho las mismas palabras cuando habían estado discutiendo la idea de que Bella se acostara con Edward, una idea que entonces le parecía imposible. Y lo que él estaba diciéndole ahora era que quería pasárselo bien con ella mientras estuvieran en aquel lugar, pero olvidarse de todo lo que había ocurrido una vez que llegaran a Los Ángeles. Y quizás había algo en todo aquello que ofendiera a la vieja Bella, pero que en el mundo de la nueva Bella, parecía una idea perfectamente aceptable. Y entonces, más palabras de Rosalie llegaron a su mente. «Sin jaleos, sin preocupaciones, nada que implique la complicación del afecto».
Por supuesto, la verdad era que después de aquello era muy probable que trabajar con él a largo plazo le pareciera algo imposible. Porque cada vez que lo mirara, recordaría que se lo había tirado. Y que quería volver a hacerlo.
Pero también era muy probable que no tuviera que preocuparse por eso. Porque era muy factible que él perdiera su puesto de trabajo.
Una idea que hacía que el estómago le diera vueltas y por una razón completamente diferente: el engaño.
Pero simplemente no podía pensar sobre aquello en ese instante. No había respuesta ni solución acertada, así que ¿para qué molestarse? No tenía intención alguna de dejar que el comportamiento poco limpio de Aro arruinara el mejor sexo que había tenido en su vida con el hombre más excitante que nunca antes había conocido.
Y dada su precaria situación, disfrutar de ello en aquel momento y cortarlo al final de la semana le sonaba... bueno, como el plan perfecto.
Capítulo 5.
Edward guió a Bella por el pasillo, y avanzaban cogidos de la mano, cuando la voz ahumada de la cantante líder de Blush resonó en los altavoces que había en la discoteca, diciendo «Vamos a tomarnos un pequeño descanso, pero no se vayan a ningún sitio porque esto acaba de empezar». Se dirigieron hacia el escenario, lo único que Edward anhelaba era interceptar al grupo y salir de allí.
Mierda, Bella lo había excitado mucho, y rápido. Demasiado para no follarse a la chica a la que estaba formando. Joder, suponía que ese era el tipo de hombre que era, pensaba que la vida era demasiado corta como para no ceder al placer, siempre y cuando aquello no le hiciera mal a nadie. E incluso si aquello le parecía una mala idea, quizás no lo fuera después de todo. Ya que ella no era una artista en potencia de Twilight, estaba claro que aquello de pasar un buen rato juntos no le causaría a él ningún daño, ni a cualquier otra persona.
Por fortuna, se encontró cara a cara con la cantante de Blush cuando ésta bajaba los pocos escalones que había a un lado del escenario. Él le tendió la mano.
—Hola. Soy Edward Cullen, de Twilight Records.
La descarada rubia, tan brillante y moderna en el escenario, parecía de repente desfallecer, abrió los ojos de par en par y lo miró boquiabierta.
—Oh, Dios. Eres tú.
—Esta es mi socia, Bella Swan, y hemos estado disfrutando del espectáculo de esta noche —«tanto que hemos acabado haciéndolo en un almacén».
Edward sabía que el ambiente que había creado el grupo con su música era solo parte de lo que lo había arrastrado a Bella aquella noche, pero no podía negar que el estilo particular del espectáculo de Blush también había incitado a Bella, creando una atracción mutua a velocidad de vértigo.
Cuando la cantante, Jane Smith, se presentó a sí misma y al resto del grupo, Edward vio cómo se encendían los ojos de todas las chicas, y después fue directamente al grano y les dijo que quería contratarlas. Unos pocos miembros del grupo se pusieron a dar saltos, gritando por la emoción que le producía aquello, mientras que Jane Smith hizo lo que pudo para comportarse de manera profesional y le dio las gracias por haber ido al club para verlas. Él le pasó una tarjeta en la que ya había escrito el número de la habitación en el hotel Venecia, y después, acordó una reunión para el desayuno de la siguiente mañana en su suite.
A él todavía le encantaba aquella parte de su trabajo, darle a alguien la oportunidad de hacer que sus sueños se volvieran realidad. Había sido formado —y debía formar también a Bella— para recordar que aquello eran negocios, que se hablaba de beneficios y dinero, pero también le parecía importante actuar con el corazón en el trabajo.
Cinco minutos más tarde, se deslizaba dentro del taxi junto a Bella, contento por volver a estar solo con ella, aunque no estaba muy seguro de a qué se debía aquello. De acuerdo, no habían tenido tiempo para mantener una conversación agradable después de copular frenéticamente, pero no era especialmente el tipo de persona a la que le gusta hablar mucho después de tener relaciones sexuales. Quizás era la pequeña y sexy sonrisa que resplandecía en los oscuros confines de aquel taxi lo que le hacía disfrutar tan solo de su presencia.
—¿Por qué la sonrisa? —le preguntó, mientras el taxi se alejaba del Fetiche. —¿Estás emocionada por la oferta del contrato?
Ella se mordió el labio y a él le pareció que estaba condenadamente atractiva, incluso bajo aquella tenue luz, y le respondió con un tono de voz bajo para que solo ellos pudieran escucharla.
—Oh, eso ha sido emocionante, pero la verdad es... que estaba pensando en el hecho de que no llevo bragas.
Notó cómo se le tensaba la ingle y no pudo evitar concederle una pequeña sonrisa.
—¿Sueles sonreír cuando no llevas bragas?
—Nunca he ido sin ellas hasta ahora —le confió ella.
Aquello lo sorprendió un poco. Porque ella parecía completamente despreocupada. Y a pesar de la conversación que habían tenido la noche anterior acerca de tener relaciones sexuales en un lugar privado, aquella noche parecía una chica que... bueno, que ya hubiera tenido relaciones en un almacén una o dos veces antes de aquello.
—¿Nunca? —le preguntó.
—Jamás.
Él ladeó la cabeza, todavía estaba intentando llegar al fondo de lo que él sabía que era una sonrisa atrevida. ¿Y...?
Ella sopesó su respuesta, parecía extrañamente joven e inocente y contenta consigo misma.
—Me hace sentir... salvaje. Sexy. Libre.
Mierda, ahí estaba otra vez, aquella parte genuina de ella. La parte de ella que era tan real que él casi podía saborear. Y le gustaba. Un montón. En sus treinta y cinco años de vida, había pasado el mayor parte del tiempo disfrutando con las mujeres, y no estaba muy seguro de que alguna vez hubiera conocido a alguien como ella.
Sin planearlo, se inclinó hacia delante en el taxi y la besó.
—Quédate en mi habitación esta noche —le dijo al oído en voz baja.
Ella se hizo hacia atrás para poder mirarlo y le ofreció una sonrisa juguetona.
—Tengo que advertírtelo, esa bebida, después del vino que he tomado en la cena, me ha dejado algo atontada. Puede que me quede dormida pronto.
—No me importa, siempre y cuando lo hagas desnuda.
Capítulo 6.
Bella estaba tumbada en su cama y se le cerraban los ojos. Él se levantó sobre ella, sonriéndole. Al parecer, habló en serio acerca de que la bebida la había dejado algo atontada.
—¿Estás despierta?
—Mmm —murmuró ella.
—¿Quieres dormir con la ropa puesta? —al ver que no le respondía, añadió—, ¿o quieres que te desnude yo? —Mmm, sí eso.
Edward prefería como mucho desnudar a las mujeres cuando estaban despiertas y podían disfrutar de ello, pero tenerla dormida y desnuda a su lado le parecía todavía una buena idea y había desnudado ya a suficientes mujeres para que aquello le supusiera reto alguno.
Empezó con sus botas. Les bajó la cremallera y se las quitó, revelando unas finas medias de color negro que le llegaban a las rodillas, las mismas que hubiera llevado una colegiala católica. El contraste entre las medias y el resto del conjunto le hizo esbozar una sonrisa. Ella no era ninguna colegiala, pero incluso después de lo que habían compartido en el almacén, sentía una cierta inocencia en ella que lo atraía.
Dejó caer con suavidad las botas a la moqueta, a los pies de la cama gigante, y después fue hasta su blusa, y empezó a desabrocharle los botones del pecho, hacia abajo. Apenas había tenido la oportunidad de ver el sexy sujetador que llevaba; lo había visto a través de la tela de leopardo y echado un vistazo cuando estaba dentro de ella, pero en aquel momento se fijó en los bordes afestonados de las copas de corte bajo y la manera en la que elevaban sus pechos hacia arriba, creando unos montes redondos y firmes.
Mierda. Deseaba besarlos, masajearlos.
Pero ella estaba dormida, o lo suficientemente cerca de estarlo, así que todo lo que podía hacer era mirar, y sufrir cómo su excitación crecía bajo la cremallera de sus pantalones.
Necesitaba algo de ayuda para quitarle la blusa.
—Vamos, nena, levántate para mí —le susurró, mientras deslizaba uno de los brazos bajo su espalda. Ella cooperó, dejando escapar un gemido ligeramente gruñón, y él pudo quitarle la blusa pronto. Y, dejando ahora las dos manos bajo su espalda, desabrochó a ciegas el sujetador y también se lo quitó.
Por supuesto, le miró los pechos, porque no podía desvestir a una mujer y no mirarle los pechos.
No tenían un aspecto tan firme como cuando llevaba puesto el sujetador, pero todavía eran preciosos, amplios, con unos pezones rosas, tensos y alargados. Mierda, deseaba chupárselos, como lo había hecho en el almacén. Pero aquella vez quería que todo fuera mucho más lento, para poder explorar cada una de sus delicadas curvas, su vientre suave y plano, sus sedosos hombros, toda la longitud de su cuello. Sintió cómo se endurecía solo pensando en aquello, y aún más cuando su mirada volvió a recaer en su pecho. Copas C, supuso él, y después recordó que tenía el sujetador en la mano. Observó la etiqueta y, como había pensado, encontró marcado 90C.
Llevaba un collar muy sexy, de color negro y decorado con abalorios, como sus pendientes, pero decidió que iba a dejarlo todo donde estaba, por puro interés personal. Le gustaba el aspecto que tenía con él, casi desvestida por completo pero todavía llevando joyas.
Dejó su blusa y su sujetador sobre el banco tapizado que había al final de la cama, y después regresó para deshacerse de la última pieza de ropa que le quedaba. Era un ensueño de belleza erótica, tumbada desnuda excepto por su falda, con los brazos colgando ahora sensualmente sobre la cabeza, y aquel collar rodeándole su esbelto cuello, pero él sintió que había estado engañándose a sí mismo si negaba no querer verla completamente desnuda, incluso aunque estuviera dormida.
Con suavidad, le bajó la cremallera de la falda, y deslizó el cuero alrededor de sus caderas.
—Levanta las caderas, cariño —insistió él, tirando suavemente hacia debajo de la tela hasta que su trasero se levantó ligeramente.
Llevó la falda hacia las rodillas y más abajo, pronto la dejó también sobre el banco, al mismo tiempo que estudiaba su bonita vulva. Cubierta con oscuros rizos, todavía podía ver la abertura que marcaba una línea hacia abajo por el centro.
La bestia que había en él quería extenderle las piernas, observarla abierta, ver la piel de color rosa en donde había estado no hacía tanto tiempo.
Aun así él tenía sus límites. No sobornaba a las cantantes para que mantuvieran relaciones sexuales con él y tampoco manipulaba a una mujer que estaba dormida.
Pero todavía pensaba en ello, en abrirle los muslos, en estudiar su vulva, en lamerla, en saborear sus dulces jugos, y tenía la sensación de que iba a tener que estar despierto un rato, para luchar contra una erección que todavía estaba creciendo.
¿Por qué demonios estaba tan excitado? Hacía menos de una hora que había tenido un orgasmo. Y la escena de una mujer desnuda en su cama no era exactamente algo extraño.
«Ella confía en ti».
Aquellas palabras vinieron inesperadamente, como si fueran una respuesta a todas sus preguntas. Apenas conocía a Bella, y junto con su autenticidad sentía una cierta confianza en su sinceridad. Una sensación que le decía ahora que quizás fuera verdad que nunca antes se hubiera follado a un hombre en un almacén. Después de todo, incluso las sugerentes vallas publicitarias la hacían sentirse incómoda. Por lo que puede que la persona que hubiera sido aquella noche, con él, no hubiera existido antes.
Y en aquel momento, había confiado en él lo suficiente como para que le quitara la ropa y la metiera en la cama. Por supuesto, estaba borracha, pero aun así, cuando él se ofreció para desvestirla y ella había aceptado, advirtió una pequeña sonrisa de alegría en sus labios, casi como si hiciera muchos años que los dos se conocían.
Edward nunca había estado con una mujer durante años, por lo que no solía sentir aquella especie de confianza ciega y sincera.
Pero espera, aquello no era verdad. Hubo una vez que estuvo con una chica durante bastante tiempo, cuando era joven y vivía todavía en Nueva York e intentaba hacerse camino en la vida. Y ella había sido una mujer dulce y bonita, y alguien en la que también se podía confiar, y él acabó rompiéndole el corazón.
Él venía de una familia de gente que se sentía satisfecha llevando una vida corriente. Su padre acababa de retirarse después de cuarenta años como vendedor de seguros en Brooklyn. Su madre había sido ama de casa, el tipo de mujer de los anuncios antiguos con joyas y vestidos nuevos cada día, un vestigio de una época completamente diferente. Su hermana mayor daba clases en el colegio, otra de sus hermanas llevaba una tienda de animales en Manhattan y la otra era una madre que se queda en casa todo el día. No es que hubiera nada de malo en todo aquello, pero él se había dado cuenta pronto de que una vida tan simple y establecida tenía poco atractivo para él. Y dos semanas antes de su boda con Tanya, una buena chica griega del vecindario con la que estuvo saliendo desde el colegio, recibió una oferta de trabajo en Los Ángeles y se fue de casa.
Su sentimiento de culpabilidad no había podido más que la sensación de libertad que había experimentado al subir al avión y al haber dejado su existencia en Brooklyn detrás. Y desde aquel momento, fue consciente de que él no era el tipo de hombre que se establece en un lugar determinado. No tendría una mujer, ni hijos, ni un perro, ni siquiera una mini-caravana o una valla. A sus padres les había costado mucho aceptar aquello, pero a medida que los años fueron pasando, dejaron de luchar contra ello, llegando a comprender que Edward era distinto del resto de la familia Cullen, que quería una vida completamente diferente.
Y siempre le había gustado llevar la vida que llevaba, donde todos los elementos claves encajaban bien. Trabajo y fiestas. Música y sexo. Vivía y respiraba con ellos.
Y era feliz. Estaba satisfecho. Una satisfacción que le llegaba al alma y que no podía haber encontrado en casa, casado con Tanya.
Pero había pasado muchísimo tiempo desde la última vez que había estado cerca de una mujer que aparentara ser tan inocente y real como Bella. Parecía toda una contradicción. Podía rogarle que la follara en un momento y confesarle después que nunca antes había ido sin bragas.
Y entonces, aparecía esa confianza que ella parecía sentir con él, algo tan tangible como la ropa que le acababa de quitar del cuerpo.
Era extraño, era la primera vez que sentía algo así luego de haberse metido en la escena musical de Los Ángeles y después de haber llegado a comprender cómo de despiadado podía ser el negocio del espectáculo. Y quizás aquello le hiciera sentir la necesidad de confiar en ella también.
Espero que les haya gustao y con esto aberme reivindicado, jijiji
espero sus comentarios niñas que les parece la historia la continuo o no?
solo les digo que esto va a ir subiendo poquito a poco
nos leemos pronto y gracias por leerme
bzoz y mordidaz
Klaudia T: tienes tooooooooooooooda la razon nada de "pobre pobre" y como vez que no fue necesario llamarlo el solito llego! jiji y ahora fueron más de 3 eh! espero te siga gustando yo ame la historia original nos leemos gracias por tus rewies espero q sigan llegando jiji bzoz
