Disclaimer: Ni la historia ni los personajes me pertenecen yo solo juego con ellos.

Capitulos dedicados a Klaudia T. gracias por las buenas vibras y el apoyo, bzoz espero te guste

DISFRUTENLO


LA TERCERA NOCHE

Pecar en secreto no es en absoluto un pecado.

Moliere

Capítulo 1.

La primera cosa de la que se dio cuenta Bella al despertar fue que estaba tumbada desnuda, con una sábana tapándola hasta la cintura. Nunca había dormido desnuda, así que aquello era un poco impactante. Y además, no recordaba exactamente cómo había llegado a estar desnuda. Maldita bebida.

Pero entonces, giró la cabeza, vio al magnífico hombre cuya cabeza descansaba en la almohada justo al lado de la suya y lo recordó todo. No había sido un sueño. Y la segunda cosa de la que se dio cuenta era que realmente había mantenido relaciones sexuales con Edward Cullen en un almacén.

Sin la sensación de atontamiento que había provocado el alcohol y que le nublaba la cabeza, todo le parecía más increíble aún. ¿Quién había sido la noche anterior? La nueva Bella, definitivamente. Pero al parecer, la nueva ella estaba deseando llegar a extremos que nunca antes había imaginado.

No sufría remordimiento alguno. Solo un atisbo de tristeza cuando lo miró.

Porque él era como el juguete con el que no podía quedarse. Así que jugaría con él tanto como le fuera posible mientras lo tuviera, pero sabía que cada segundo del juego se estropearía ante el conocimiento de que pronto tendría que renunciar a él.

«Tonta», se reprendió a sí misma. Estaba actuando como si realmente lo conociera, como si todo aquello se tratara de emociones.

Pero no era así, no podía ser así, porque ella no lo conocía. No lo conocía en absoluto. Y porque ella sí pensaba en las relaciones, y Edward Cullen no. Y en el caso de que sí lo hiciera, aquello no importaría cuando él descubriera que ella había estado mintiéndole todo el tiempo.

«Dios, no puedo permitir que él se entere de eso». Fuera lo que fuera lo que pasara, todo aquello se vendría abajo, debía guardar silencio acerca de su implicación. Porque quizás no lo conociera realmente, pero lo conocía lo suficiente como para morirse si él se enteraba de la persona ruin, conspiradora y poco limpia que había sido, todo para conseguir un puesto de trabajo atractivo.

Por lo que ella podía ver, él también estaba desnudo, no llevaba otra cosa que los pendientes y la pequeña cruz que ella vio en la cadena que había llevado al cuello la pasada noche. Mmm, estaba muy guapo.

Incluso mejor cuando se dio la vuelta para mirarla, con el pelo revuelto y los ojos ligeramente abiertos.

—Eh —dijo él, con una somnolienta sonrisa que le agraciaba la cara, la mitad de la cual estaba cubierta por una barba de pocos días, oscura y sexy.

Ella le devolvió la sonrisa.

—Eh.

—Ven aquí —dijo él, con un tono de voz bajo y persuasivo. Ella no dudó ni un momento en lanzarse hacia su acogedor abrazo. Era extraño lo fácil que le parecía, lo normal que se sentía, presionando su cuerpo desnudo contra el de él, incluso aunque no lo hubiera hecho antes. Su calor despertó en ella un nuevo deseo cuando le dio su beso de buenos días.

Dios, era perfecto, ni siquiera tenía el aliento típico de recién levantado.

Lo que le hacía temer que ella sí lo tuviera. Se retiró ligeramente, esperando estar equivocada, y deseando que él no pudiera notar su angustia. Ella no estaba acostumbrada en absoluto a tener sexo esporádico ni a despertarse con un tipo al que apenas conocía.

—Tengo que hacerte una confesión —le anunció ella.

El enarcó una de sus somnolientas cejas.

—¿De verdad?

—Yo, eh... no recuerdo exactamente qué ocurrió después de que regresáramos aquí la pasada noche. No... no me sienta muy bien el alcohol fuerte.

Él le lanzó una mirada atrevida.

—Te equivocas, nena, te sentó muy bien —después, le guiñó el ojo. —Pero no ocurrió nada después de que llegáramos, por desgracia. Solo nos metimos en la cama y nos dormimos.

Ella bajó la barbilla ligeramente, mirándolo desde la almohada.

—Lo siento.

Sus ojos brillaron tan cálidos y sexuales como siempre lo hacían, pero ella ni siquiera había empezado a acostumbrarse a ello.

—Quizás puedas compensármelo.

De repente, se acordó del almacén, de sus manos, de la dura entrada de su verga y de su vulva temblando ante el impacto.

—Haré lo que pueda.

En respuesta, él le puso la mano en la cadera, excitándola aún más, y se olvidó de la posibilidad de que le oliera el aliento mientras instintivamente se acercaba más y más a él, hasta que sus bocas se encontraron.

El beso aumentó tanto su deseo que se encontró a sí misma deseando tocarle el pene, rodearlo con sus dedos, hacerlo endurecer. Pero se sentía un poco más tímida que la pasada noche, así que se limitó a desplegar la mano sobre su torso musculado, deleitándose con lo fuerte que también estaba allí.

Se sucedió un cálido beso tras otro hasta que Edward comenzó a deslizarse hacia abajo, con su boca recorriéndole el cuello. Y justo como había ocurrido la noche anterior, aquel simple gesto de cariño provocó una sensación de placer que se extendió por todo su interior, incluso aunque la barba de su barbilla le irritara ligeramente la piel, añadiendo más sensación aún.

Pronto, su lengua pasaba por su pezón, mientras una de sus manos se cerraba sobre el otro pecho. Ella comenzó a jadear e instintivamente, empujó el pecho hacia arriba, contra su mano y su boca. Los círculos que hacía él con la lengua alrededor de la húmeda punta de su seno la hicieron sentirse loca de lujuria y se encontró a sí misma balanceando una de sus piernas sobre la de él para arrastrarlo más cerca. Lo que unos segundos antes habían sido unos lametones se convertían ahora en succiones y él absorbió más profundamente su pezón, dentro de su boca, un gesto que hizo que una sensación de cálido deleite estallara en su vulva.

Fue entonces cuando la mirada de Bella recayó en el reloj digital que había a un lado de la cama.

— Edward —le dijo entre jadeos, mientras enredaba su denso pelo con los dedos. —Edward, ¿a qué hora tenemos la reunión con las de Blush?

El liberó el pezón de su boca, calentando el brote rosa con su aliento, cuando le dijo:

—A las ocho, ¿por qué?

Su deseo sexual se desinfló por completo.

—Son menos veinte.

—Mierda —susurró él y ambos se quedaron quietos, hasta que él dio un suave y tierno beso en la piel que había cerca del pezón y le dijo: —Continuará.

Con rapidez, la hizo sentirse tan fiera y salvaje como se había sentido la noche anterior.

—Definitivamente. Tengo todavía un montón que compensarte y espero que cuentes conmigo para hacerlo.

—Puedes estar bien segura de eso —le gruñó.

Cuando se dio la vuelta para salir de la cama, Bella sintió la necesidad de apagar su frustración a gritos, pero se contuvo. Oh, Dios, cómo lo deseaba. Solo que es vez deseaba que todo fuera más lento. Quería explorar su cuerpo, desde la cabeza a los pies, quería besarlo más. Tocarlo. Dejar que él la tocara. Deseaba experimentar más de aquellos placeres suntuosos que él le provocaba cuando le besaba los senos. Lo deseaba entre las piernas. Lo deseaba todo.

Pero aun así, el deber llamaba y ambos eran conscientes de ello. Así, momentos más tarde, se encontraba de vuelta en su propia habitación, y se deshacía del albornoz blanco que había cogido del enorme cuarto de baño de Edward, preparada para darse una ducha. Edward le había ofrecido su cuarto de baño, pero ya que se les iba a hacer tarde y ella tenía todas sus cosas allí, había rechazado la oferta.

Solo cuando pasó por el amplio espejo del cuarto de baño se dio cuenta de que todavía llevaba las joyas de la noche pasada. Aquello la hizo detenerse en el lugar. Desnuda, con el pelo revuelto, pensó que tenía un aspecto... increíblemente excitante. Dado que aquello era una sensación completamente nueva para ella, disfrutó del momento, tanto que casi deseaba quedarse allí de pie, estudiarse durante un rato y olvidarse de la ducha.

Pero el sentido común prevaleció, junto con la idea de que cuanto antes se duchara, antes podría volver a ver a Edward. Después de haberse enjabonado y enjuagado con rapidez, se vistió con sencillez, unos pantalones vaqueros y una blusa ajustada, aunque todavía esperaba poder encajar con el papel de representante de A&R.

Cuando golpeó la puerta de la lujosa habitación de Edward unos minutos más tarde, él la recibió con un beso de bienvenida. Podría acostumbrarse perfectamente a trabajar de aquella manera.

Pero se alegraba de no haberlo dicho.

Porque se recordó a sí misma que lo que ocurriera en Las Vegas debía quedarse en Las Vegas.

Y aquello le parecía realmente bien sobre todo por el pequeño y desagradable engaño que se cernía sobre ella y el objeto de su afecto.

Cuando el grupo apareció en la habitación de Edward a las ocho en punto, Bella comprendió finalmente por qué necesitaba tanto espacio. A pesar del número de personas que allí se reunían, la suite todavía parecía grande y cómoda y fue fácil ver cómo las jóvenes mujeres quedaban impresionadas por la habitación y por Twilight Records.

Durante un enorme desayuno del servicio de habitaciones a base de huevos, beicon, magdalenas y muchas cosas más, Bella escuchó cómo Edward trataba los términos que estaban ofreciendo. Hasta que se estableciera bien en el trabajo, ella tendría que hablar con él o con Aro acerca de los acuerdos antes de llevarlos a cabo, pero Aro había confiado esa tarea a Edward desde hacía años.

Escuchó atentamente los acuerdos, y se dio cuenta de que, como Edward le había dicho que aquello era lo que solía suceder, el grupo pareció contento por la sola idea de que le pagaran para grabar un CD, y aunque las chicas tenían un montón de preguntas que hacer, fueron agradables y fáciles de resolver, al menos por el momento.

Por supuesto, de vez en cuando, la mente de Bella divagaba, y se perdía en los recuerdos de la pasada noche: su mano alrededor de aquella increíble verga, la boca de Edward succionando con tanta fuerza e intensidad su seno, la poderosa manera en la que embestía dentro de ella. Todavía le parecía difícil de creer. No solo que Edward Cullen la deseara, sino que también se lo hubiera follado en un almacén. ¡En una discoteca!

Y mientras intentaba volver a concentrar la atención en el negocio que tenían entre manos, mantenía la sonrisa en su interior, pensando que Rosalie se sentiría muy orgullosa de ella.

Capítulo 2.

Bella aprendió que los contratos de grabación contenían un montón de detalles y requerían mucha explicación, al menos con chicas tan inteligentes como las que componían el grupo de Blush, que le hicieron a Edward probablemente cientos de preguntas antes de que se llegara a un trato y acabara la reunión, justo antes del mediodía.

Cuando el grupo se fue, Bella admitió que le podrían ser de ayuda algunas explicaciones adicionales sobre algunas cláusulas en particular, por lo que Edward sugirió que podían hablar de ellas en la zona de la piscina, ya que no había más trabajo apremiante hasta la noche, cuando deberían pasarse por unas cuantas discotecas más. Como un golpe de suerte, Rosalie había insistido en que Bella llevara un bikini sexy en su nuevo vestuario, lo cual Bella pensó que era algo estúpido y frívolo, pero acabó cediendo y ahora tenía un bikini atrevido de color rosa con un pequeño pareo a juego.

Regresó a su habitación para cambiarse, y también se sintió agradecida de haber ido a gastar dinero a la cama de bronceado un par de veces a la semana. No era devota del sol, pero un poco de color la hacía parecer y sentirse más saludable, especialmente cuando se vio con su nuevo traje de baño.

Se echó un vistazo en el espejo del cuarto de baño, no podía negar que estaba muy sexy. Como el nuevo sujetador que se había comprado, los triángulos de copa rosas alzaban su pecho y les daba un aspecto más bonito y regordete, y la escasa tela de la parte de abajo dejaba también al descubierto su bronceado vientre. Miró su reflejo, e hizo una nota mental para ponerse de rodillas ante Rosalie y darle las gracias la próxima vez que la viera. Al parecer, necesitaba un hombre, necesitaba un pene y necesitaba un bikini fucsia, y a partir de aquel momento, había planeado seguir todos los consejos que Rose le había dado.

Se puso las sandalias brillantes de cuña que Rosalie había sugerido para completar el conjunto de baño, salió de su habitación, y encontró a Edward acercándose a ella. Él llevaba un elegante traje de baño negro con bandas rojas a cada lado, junto con los pendientes que normalmente llevaba y la cruz de plata que había visto la primera noche.

—Joder, nena —le dijo él con apreciación, dejando que su mirada recorriera su cuerpo desde la cabeza hasta los dedos de los pies. Un rubor intenso le coloreó las mejillas, no estaba acostumbrada a recibir un elogio tan abierto de su cuerpo, sin mencionar el hecho de que aquello le gustara.

Cuando atravesaron la piscina cubierta y salieron al calor del desierto, Bella se sintió abrumada por la lujuria. La piscina era enorme pero simple, y por el contrario, los alrededores eran magnificentes. Cientos de sillones elegantes se colocaban entre enormes tiestos de piedra que acunaban árboles perfectamente podados y unas columnas inmensas de piedra sostenían arcos forjados en hierro y cubiertos por enredaderas. Más allá de la zona de la piscina, se veía la torre de reloj del Venecia que se elevaba hacia arriba entre el Mirage y el Caesars Palace, en la distancia.

Mientras se acomodaban en dos sillas al borde de la piscina, Bella empezaba a recaer en toda la «gente guapa» que allí se encontraba. Oh, estaba claro que había gente de todo tipo —ancianos de vacaciones, unas cuantas familias jóvenes— pero inmediatamente se sintió superada en número e intimidada por todas las chicas elegantes con escasos bikinis y por los chicos modernos que escondían su mirada tras gafas de sol de Versace y de Prada. Se podría pensar que después de haber vivido en Los Ángeles y haber trabajado en el negocio de la música durante tres años, ella ya se habría acostumbrado a ese tipo de gente, pero aquello era diferente, porque de repente, estaba entre ellos, con un hombre que era uno de ellos, y supuso, que para mantener su cariño, quería ser uno de ellos también, algún día.

No muy lejos de donde se habían acostado sobre las toallas desplegadas encima de sus tumbonas, había una morena que llevaba un estrecho sombrero negro de cowboy y un tanga negro que estaba tumbada boca abajo sobre un enorme pilar de hormigón que había dentro de la piscina y que se elevaba justo por encima de la superficie. Llevaba un sol tatuado en la región lumbar y se apoyaba sobre los codos, enseñando tanto escote que a Bella le sorprendió no poder verle los pezones. Otra chica ligera de ropa, una rubia con un bikini de lame dorado y con unos pechos firmes que sobresalían de unos triángulos demasiado pequeños, se levantaba sobre el agua cerca de ella, poniéndose algo de bronceador en la espalda.

La chica de negro que estaba bebiendo un brebaje con aspecto afrutado de una copa de plástico, subió la cabeza de repente hacia ellos, con unas gafas de sol carísimas que le ensombrecían los ojos.

—Vaya, ¿no es ese Edward Cullen? ¿Ni siquiera vas a decir hola, cariño?

«Oh, mierda». No le extrañaba que se hubiera sentido intimidada. Ya que Edward era uno de la gente guapa y eso significaba que también conocía a la gente guapa y al parecer, conocía a aquella chica en particular, cuyo trasero perfectamente redondo y moreno hacía que Bella no pudiera evitar sentir envidia.

Edward se dio la vuelta hacia donde venía la voz.

—María. ¿Qué estás haciendo aquí?

La morena le sonrió.

—Solo cogiendo unos rayos de sol, cariño. ¿Y tú?

Oh, Dios, se llamaba María. Y ahora estaba presentando a su amiga, cuyo nombre era Dídime, y cuando Edward le preguntó a Marís cómo iban las cosas en la discoteca y ella le contestó que debería pasarse por allí, tuvo la inconfundible sensación de que ambas chicas eran bailarinas de striptease. Y que Edward conocía a Jane por su trabajo, lo que significaba, desde luego, que la había visto desnuda. Y que probablemente ella le hubiera dedicado un baile. O veinte. Y que muy probablemente hubieran mantenido relaciones sexuales, ya que cualquier mujer en su sano juicio lo haría con Edward si se le presentaba la oportunidad.

Estupendo.

«Pero no puedes dejar que esto te afecte. Después de todo, sabes perfectamente bien que él sí que tiene sexo esporádico». Todo el mundo sabía eso de Edward, e incluso si no se sabía con certeza, un solo vistazo de él te lo confirmaba. Y de todas maneras, aquello no iba a tener importancia al final de la semana, porque lo que ocurriera allí iba a quedarse allí.

Aunque si lo que ocurría en Las Vegas tenía que quedarse en Las Vegas... bueno, Bella iba a aprovechar de todo el placer que pudiera antes de largarse de allí.

Fue entonces cuando escuchó que Edward estaba presentándosela y se aseguró de esbozar una sonrisa tan engreída como la que María le estaba concediendo a ella. María le dijo hola con la boca pequeña, y Bella le respondió de la misma manera.

No era que deseara rebajarse y comportarse como una zorra solo porque María y Dídime lo estuvieran haciendo, pero tampoco quería comportarse como una ingenua total y dejar que ellas pensaran que podían robarle a su hombre. De hecho, iba a ir un paso más allá.

Se levantó de su tumbona y se acercó a Edward, poniendo el trasero a su lado y bloqueándole eficazmente la vista de las dos buitres con bikini, y le pasó la botella de bronceador que había metido en la maleta junto a su traje de baño.

—¿Me echas bronceador en la espalda, Edward? —le preguntó ella, con la más coqueta de sus miradas. Aunque, si era realista, no estaba muy segura de tener una mirada coqueta, pero al menos lo estaba intentando y Edward la excitaba tanto con una sola mirada que aquello la inspiró.

—Por supuesto —dijo él, y cogió la botella, haciéndola sentir sumamente victoriosa.

Mientras pasaba la tarde, pidieron carne a la parrilla para comer —y que acompañaron con un par de aquellos brebajes afrutados— y estudiaron el contrato que Blush acababa de firmar, deteniéndose en los detalles.

De vez en cuando, se acercaban otras mujeres que conocían a Edward, y Bella se esforzaba por evitar que le hirviera la sangre, y en su lugar se limitaba a sacar pecho hacia fuera, inclinarse sobre una de sus rodillas e intentar parecer tan sexy y sofisticada como sus competidoras. Aun así, con cada atractiva chica que hablaba con Edward, Bella no podía evitar ponerse más y más celosa, y sentirse excesivamente posesiva con su nuevo hombre.

Ella sabía que aquello estaba muy mal. Puede que todo ello no condujera a nada e incluso si lo hacía, tenía la sensación de que nadie podría jamás poseer a Edward Cullen. El hecho era que había tenido suerte de estar con él durante aquel corto espacio de tiempo. Pensó que era como un regalo. Un regalo del destino. La excitante manera que tenía el universo de compensar los engaños de su marido.

Pero cuantos más cócteles de pera bebía, menos capaz era de razonar y más estúpidos celos la invadían. Hasta que finalmente, justo después de que una rubia explosiva con un provocativo bañador se fuera, Bella hizo lo que estaba empezando a acostumbrarse a hacer últimamente: seguir sus necesidades.

Consciente de que María y Dídime todavía estaban observándolos desde sus tumbonas, no muy lejos de ellos, Bella dejó la copa de su cóctel en el suelo, se puso de pie y se dirigió hacia la tumbona de Edward. Él estaba todavía hablando de ventas y distribución cuando ella se estiró a su lado.

Él le ofreció una sonrisa suave pero erótica, sus caras estaban ahora muy cerca.

—¿Qué es esto?

—Soy yo pensando que tanto trabajo y nada de diversión hace que Edward sea un chico aburrido.

Él enarcó una de sus cejas, con una expresión escéptica.

—¿Aburrido? ¿Yo? Venga ya, nena.

Él tenía razón. Así que ella dejó que sus labios hicieran un gesto provocador, como un puchero.

—De acuerdo. Quizás no sea así. Pero tanto trabajo y tan poca diversión hace que Bella sienta ganas de divertirse —y con aquello le pasó un brazo por el hombro y dejó que el otro descansara sobre su amplio torso ensombrecido por el vello oscuro, y después se inclinó para besarlo.

¿Era malo saber que María y Dídime y muy probablemente la mitad de las mujeres que había en la piscina y que los observaba le hacía incluso sentirse más sexy aún? En aquel momento, no le importaba en absoluto. Y a Edward no parecía importarle su gesto de cariño, ya que le estaba devolviendo el beso, y movía su exuberante boca sobre la de ella, derritiendo la parte que se escondía tras la parte de debajo de su bikini.

—Metámonos en el agua —le dijo él, en voz baja y cerca del oído.

Ella hubiera preferido extenderse un poco más, pero si él estaba con ella y le prestaba atención a ella y solamente a ella, aceptaría cualquier cosa que le pidiera.

Descendieron las escaleras que había cerca de ellos y que llevaban al interior de la piscina, con paso lento, y Brenna se quedó sin aliento cuando entró en contacto el agua fría.

—Vamos, nena, métete —le dijo él, y su mirada fue hacia abajo, con una expresión traviesa. —¿No quieres mojarte conmigo?

Aquellas palabras tiraron de ella directamente hacia la piscina con solo un jadeo en respuesta al frío, después su cuerpo se ajustó rápidamente con el calor que le producía la expectación del encuentro con su chico.

Edward la tomó de las manos para tirar de ella más hacia dentro, hasta que el agua le llegó al nivel del pecho. Después, se inclinó hacia delante para cubrirle la boca con sus labios, con unos besos lentos y largos que la hacían sentir escalofríos por todo el cuerpo, y las palmas de sus manos se moldearon cálidamente a sus caderas bajo el agua. Cuando sus pechos le rozaron el torso y la caricia provocó una nueva chispa de excitación en su interior, él miró hacia abajo, y así lo hizo ella, para ver sus pezones erectos y sobresaliendo de la licra de color rosa oscuro.

Su voz se volvió ronca y ahumada.

—¿Sabes lo que quiero hacerte en este preciso momento?

Ella se esforzó por no temblar con los escalofríos que le daba su sensación de lascivia.

—Dímelo —era la primera vez que compartía una charla sexual con un hombre. Bueno, estaba la noche anterior. Y ahora quería hacerlo otra vez. —Dímelo —dijo ella de nuevo, con una voz más ronca esta vez.

—Quiero apartar ese sexy bikini de tus tetas y lamer esos pezones duros y rosados.

Ella tragó saliva, y sintió cómo aquellas palabras le llegaban directamente a su vulva, y cuando él sacó la mano del agua solo lo suficiente como para poder acariciarle el pezón con el pulgar, sintió un placer tan intenso que pensó que iba a tener un orgasmo allí mismo.

Oh, Dios, ¿acababa de hacer él eso, allí? Lo había hecho, y a ella le había encantado.

—¿Qué más? —le preguntó ella, se sentía ansiosa por oír más.

El tono ronco de su voz era totalmente embriagador.

—Quiero también deshacerme de esa escasa parte de abajo, abrirte bien las piernas, y saborear tu dulce vulva.

Como por instinto, dejó que sus brazos colgaran de su cuello y movió el pecho contra su torso una vez más, hambrienta por más sensaciones como las que provocaban sus palabras. A pesar de la gente que había en la piscina, no había nadie que estuviera lo suficientemente cerca de ellos en el agua, y cuando ella echó un vistazo a su alrededor se sintió sola a pesar de la multitud.

—Ojalá pudieras hacerlo justo aquí y ahora —le dijo con suavidad. Sus ojos recayeron en otro punto espléndido de la piscina, una de las varias camas que se situaban a lo largo del perímetro, flanqueadas por columnas, cubiertas por un dosel de enredaderas de hierro forjado. Aunque estaban todas vacías, ya que debían ser alquiladas, las camas le parecieron un artículo de decoración más que erótico y hedonista. —Ojalá pudieras tumbarme sobre la cama y lamerme hasta que me corriera.

El escalofrío que pareció recorrer el cuerpo de Edward fue para ella más satisfactorio que cualquier reacción que hubiera imaginado.

—¿Tienes idea de lo duro que me estás poniendo?

Ella tenía los ojos fijos en él.

—Déjame sentirlo.

Él no dudó ni un momento, se agarró a su trasero y tiró de ella hacia él hasta que su verga se extendió larga y dura sobre la parte delantera de su bikini. Incluso después de la lascivia de la noche anterior, después del alivio de llegar a aquel almacén y que él la tomara, con fuerza, ella no pensaba que fuera posible sentir una excitación tan profunda.

—Todas tus novias van a ponerse celosas —le dijo ella con un tono de voz descarado—, si se enteran de lo que está ocurriendo ahora mismo debajo del agua.

A él no le molestó que ella las llamara novias.

—Creo que ya están celosas —le dijo él en lugar de eso, con una voz juguetona mientras empezaba a moverse suavemente contra ella, y creaba solo un poco de gloriosa fricción.

—Tienes razón —le ronroneó ella prácticamente, mientras seguía frotando sus pechos contra él. —Quieren hacer lo que estoy haciendo yo ahora mismo, pero no pueden.

Él hizo una inclinación de cabeza, en un gesto sexy y juguetón.

—¿No te gustaría compartirlo?

Ella le concedió una sonrisa desdeñosa.

—De ninguna manera.

—Oh, lo olvidaba —echó la cabeza hacia atrás. —Te gusta hacerlo en privado, también. La pequeña Bella correcta y remilgada.

Ella soltó una carcajada, después un suave gemido cuando sintió cómo su dureza se frotaba contra ella en el punto exacto.

—¿Todavía piensas que soy correcta y remilgada? —¿estaba diciéndolo en serio?

—Solo es la primera impresión que das —reconoció él. Después, estudió la zona de la piscina. —Pero para tu información, este no es que sea un lugar muy privado.

Ella tragó saliva, se sentía un poco nerviosa, porque tenía razón. Puede que, de alguna manera, le diera la sensación de que estaban solos, pero en realidad estaban rodeados por montones de gente, algunos de los cuales seguramente estarían observando su pequeño baile acuático, sobre todo las mujeres que deseaban a Edward tan desesperadamente. Incluso si no podían verlos moviéndose juntos bajo el agua, seguro que sabían lo que estaba sucediendo.

—Quizás entonces sea que me vuelvo menos correcta y remilgada cuando estoy contigo —se jactó ella.

Él presionó con más fuerza su vulva debajo de la superficie de la piscina; la rígida columna de su verga empujaba a la perfección en su clítoris y en el mismo instante, ella sintió cómo una mano masculina descendía a su lado, rápida y suavemente, y empezaba a acariciarla entre las piernas.

—Oh... —se escuchó a sí misma gemir.

—Si de mí dependiera —le dijo él en voz baja—, y si no me fueran a arrestar por ello... te llevaría sobre aquella cama ahora mismo y te follaría hasta hacerte gritar, te guste o no hacerlo en privado.

Su respiración se volvió superficial y todo el cuerpo empezaba a sentirse debilitado.

—Lo creas o no —dijo ella, con la voz desigual—, si de mí dependiera y no me arrestaran por ello... simplemente dejaría que lo hicieras.

Una sonrisa lasciva se desplegó en la cara de Edward.

—¿Quién sabe? —le susurró cerca del oído. —Quizás antes de que acabe este viaje me convenzas de que no eres en absoluto una mujer correcta y remilgada.

Capítulo 3.

Aquella noche, Edward llevó a Bella a tres pequeñas discotecas, todas ellas situadas al sur, en las afueras de la ciudad. En las dos primeras habían visto a dos tipos que tocaban la guitarra y cantaban, y en la tercera a un dúo, un hombre que tocaba el piano y su mujer, que cantaba a voz en grito canciones pop. Ninguno de los conciertos le transmitió nada a Edward, pero todos ellos le habían sido recomendados.

—Conozco a gente, les pido que echen un vistazo por los bares y me lo hagan saber cuando escuchan algo que les gusta —le explicó en el taxi que los había llevado a la primera discoteca. Le había dicho también que sabía de las figuras más destacadas de la música a través de muchas personas, desde propietarios de discotecas hasta camareros y porteros.

Aunque ella no se lo había dicho, se había sorprendido de lo socialmente intenso que era aquel trabajo. Ya le habían comentado que Edward se movía entre gente del jet set, pero ahora estaba dándose cuenta de que también tenía que tener buenas relaciones con los propietarios de las discotecas y sus camareros. A ella le gustaba mucho conocer gente, pero nunca había sido muy extrovertida, por lo que temía que aquella parte del trabajo pudiera suponer todo un reto. Se le revolvía un poco el estómago ante la idea aunque, al igual que un montón de cosas que habían sucedido los últimos dos días, procuró olvidarse de ello por el momento.

A medida que recorrían las discotecas, ninguno de los artistas a los que iban a ver aquella noche captaba particularmente su atención o tenían un sonido que ellos pensaran que mereciera la pena estudiar. Y en realidad, ella no tenía muchas ganas de escuchar música aquella noche. Oh, todavía podía ser capaz de reconocer algo fabuloso si lo escuchaba, pero pasó la mayoría de la noche deseando regresar al hotel con Edward.

Después de haber estado pasándoselo en grande en la piscina aquella misma tarde, habían estado a punto de ir a la habitación de Edward y apagar su lujuria, pero entonces sonó el teléfono móvil de Edward y este había pasado bastante tiempo hablando con una artista de Twilight, Jane Wyndham, una cantante de folk prometedora. Y así se les había escapado la tarde.

Y en aquel momento, justo como en la piscina, él seguía haciéndole promesas. Unas promesas realmente tentadoras. Dónde iba acariciarla. Cómo exactamente. Le prometió que iba a hacerlo con suavidad e iba a ser minucioso.

—La pasada noche fue muy excitante —le había dicho cuando se habían sentado en una de las mesas de la última discoteca. —Pero fue como una comida que se come con prisa, solo hace que sientas más apetito. Y hoy en la piscina, ha sido un juego, un aperitivo. Y eso me hace estar condenadamente hambriento, nena.

Y entonces, cambiaba la conversación a un tono más profesional, y le decía qué tipo de carencias tenían los artistas que habían visto durante la noche.

Al principio, a ella le pareció divertida la manera en la que él era capaz de hablar de sexo y justo después de trabajo; le gustaban las dos charlas con la misma pasión. Pero a medida que avanzaba la noche, descubrió que, en realidad, aquello la excitaba. Parecía dejarle claro que la vida de Edward era una mezcla de música, sexo y pecado. Él no se guardaba nada, no mantenía nada en secreto, ponía sus ideas y sus deseos sobre la mesa, y a ella le parecía una sinceridad completamente excitante.

Aunque había algo en todo aquello que la hacía preguntarse... Si él podía discutir acerca de la música y el sexo casi simultáneamente, ¿podría eso crear confusión de alguna manera y contribuir a que las mujeres lo acusaran de hacerles soborno sexual?

—¿Puedo preguntarte algo? —le dijo ella, cuando se subieron a otro taxi y se dirigieron de vuelta al Venecia.

—Claro, nena —hizo una pausa para decirle al taxista su destino, y después se dio la vuelta para mirarla. —¿Qué pasa?

Ella esperó que no la odiara por la pregunta que estaba a punto de hacerle, pero de repente sintió deseos de conocer la respuesta.

—¿Qué pasó con Heidi Stuart?

Edward no pareció sorprendido por la pregunta, pero su respuesta sonó un poco intensa de más.

—¿Te refieres a si me la follé? Sí.

—¿Y quería ella?

—Sí.

—¿Y tenía algo que ver con firmar un contrato?

—No.

—¿Te has enfadado conmigo por preguntártelo?

Él negó con la cabeza.

—Después de todo, supongo que es obvio que pasó algo con ella —las acusaciones de Heidi habían sido exhibidas en programas de entretenimiento como el Entertainmet Tonight y el Access Hollywood, sin mencionar el artículo en la revista People.

—Te creo cuando dices que sus acusaciones son falsas —Bella sintió la necesidad de asegurárselo. —Pero supongo que simplemente sentía curiosidad... si había inventado esa historia para conseguir dinero de Twilight, o había algo más. Como si fuera posible que ella, de alguna manera, simplemente. .. malentendiera lo que ocurrió entre tú y ella.

Él suspiró.

—Puede que haya habido un malentendido, pero no tiene nada que ver con un contrato de grabación. Pasamos juntos una semana en Seattle, la descubrí en un viaje de exploración como este, y nos acostamos. Nos lo pasamos bien, pero yo lo consideré acabado una vez que culminó la semana, solo que ella se sintió un poco como la de Atracción Fatal. No reaccionó asesinando a ningún conejo, pero no le gustó recibir un no como respuesta. Creo que eso, combinado con el hecho de que la discográfica no quisiera contar con ella, la volvió más fiera de lo normal. No es una buena persona, Bella. Debería haberme dado cuenta de eso antes.

Bella asintió en los oscuros confines del taxi. La voz de Edward había sido más calmada ahora, y ella le respondió con suavidad.

—Gracias. Por contármelo.

Él le apretujó el muslo, desnudo bajo su minifalda vaquera, después le habló con un tono de voz más juguetón.

—Deja que eso sea una lección para ti, joven Bella. No te tires a los artistas. Puede volverse contra ti.

—No pretendo hacerlo. Pero también... bueno, no es que pretendiera exactamente irme a la cama contigo —incluso si Rasalie le hubiera asegurado que aquel era su destino. —Así que supongo que nunca sabes cómo van a acabar las cosas.

Su mirada reflejaba algo entre la coquetería y la arrogancia.

—La diferencia entre todos los otros chicos con los que puedas acostarte en el negocio y yo... es que yo soy el bueno. Ella ladeó la cabeza.

—Entonces, ¿cualquier otro hombre en la industria musical es el demonio y va detrás de mí?

Su mirada cayó hacia sus pechos, ocultos en su camiseta ajustada.

—¿El demonio? Probablemente. ¿Detrás de ti, nena? Definitivamente.

Capítulo 4.

Mientras paseaba por el lujoso vestíbulo del hotel Venecia con la mano de Edward cálidamente agarrada a la de Bella, uno de los porteros, en su uniforme de gondolero, le dijo educadamente:

—Buenas noches, señor Cullen —y después, le hizo a Bella una leve inclinación de cabeza.

Cuando atravesaron el suelo embaldosado que había bajo el enorme techo decorado divinamente por frescos, la gente se los quedó mirando, bien porque sabían quién era él o bien porque era una auténtica belleza, ella no estaba segura de cuál era la razón.

Por una razón u otra, ella no podía evitar preguntarse qué es lo que pensaba la gente cuando los veían juntos, ella del brazo de un hombre devastadoramente atractivo. Incluso si no conocían su reputación, todavía seguía emanando sexo por los poros. ¿Se daban cuenta ellos de que ella estaba a punto de echar un polvo con él? ¿Sentirían de alguna manera desprecio hacia ella? ¿Tendrían celos?

Aunque la parte más hermosa de sus meditaciones era que honestamente a ella no le importaba mucho. Estaban en Las Vegas, después de todo. Y estar con Edward la hacía sentir casi como si, de repente, la hubieran ascendido de una oficinista educada a una novia de un famoso de la jet set. También se sentía completamente diferente en su interior. Más libre. Más segura. Como si estuviera viviendo, como si estuviera viviendo realmente, quizás por primera vez en su vida.

Cuando entraron en la gigantesca habitación de Edward, él le soltó la mano y se dirigió al fax que estaba en la amplia repisa que descansaba entre la zona del comedor y el salón.

—Mierda —dijo él con suavidad.

—¿Qué?

—Nada importante. Solo es que antes intenté mandar a Aro el contrato de Blush por fax, pero no ha funcionado correctamente. Aunque me gustaría que lo tuviera sobre la mesa de su despacho mañana por la mañana, así que voy a intentarlo de nuevo.

—Déjame a mí —se ofreció ella. —Tengo mucha mano con los faxes.

—Si insistes —le contestó él, con una mirada que decía que no le importaba deshacerse de aquella rutinaria tarea. Después, fue hacia el equipo de música y puso algo de rock suave.

—Una vez que eres oficinista, lo eres para toda la vida —le dijo ella cortésmente por encima del hombro, mientras Edward desaparecía en la habitación. Fue entonces cuando se le ocurrió la idea. —Me pregunto si ya está entrevistando a gente para que ocupe mi puesto —había estado tan atrapada por su nuevo mundo que ni siquiera había pensado en qué sería de su viejo trabajo.

—Sí, lo está haciendo —la voz de Edward resonaba a través de la entrada. —Me dijo en un correo que tiene a tres personas para entrevistar mañana.

—Oh. Bien —aunque no estaba muy segura de por qué aquellas noticias la hacían sentir un poco propietaria de su viejo trabajo. Después de todo, alguien debería hacer las tareas de las que se solía encargar ella.

Fue cuando las páginas entraban por el fax, una por una, cuando escuchó el sonido del agua cayendo junto con la música que había invadido el ambiente, y que ahora era la seductora canción de Norah Jones «Turn Me On».

—¿Qué estás haciendo ahí? —gritó ella.

—Preparando un baño.

Oh. Le dolió la región lumbar ante la posibilidad que abría aquello. ¿Qué tipo de baño sería? ¿Para uno o para dos?

—Ven aquí cuando hayas terminado con lo del fax.

De acuerdo, era ese tipo de baño. Su cuerpo comenzó de nuevo a sentir calor y a prepararse, y ella deseó que el contrato pudiera pasar con más rapidez por el fax. Una vez que terminó de hacerlo, caminó con soltura por la habitación y entró en el cuarto de baño, aun así no se había preparado ni remotamente para lo que vio.

Los espejos cubrían el espacio embaldosado y descomunal, se extendían a lo largo del tocador doble y abarcaban las paredes que rodeaban la enorme bañera, donde Edward estaba sentado, entre una magnificencia de burbujas blancas y espumosas, con un vaso de vino blanco en la mano, y con una expresión coqueta en la cara que le daba un aspecto delicioso, lo suficiente como para darle ganas de comérselo. Se quedó sin respiración ante aquella escena.

—Quítate la ropa —le dijo, con un tono de voz profundo y repentinamente autoritario.

Ella dejó escapar una bocanada de aire, pero todavía le faltaba mucho para sentirse relajada.

Porque nunca había estado de pie y desnuda delante de un hombre. Y aquello era muy diferente al apareamiento frenético del almacén, o incluso a los juegos de la piscina. Pensó que aquellos actos eran algo salvajes, decadentes, por el lugar en donde estaban sucediendo. Pero de alguna manera, aquello, estar de pie delante de él, en una habitación bien iluminada, mientras empezaba a desvestirse y él vigilaba cada uno de sus movimientos, aquello le parecía decadente. Extremo. Íntimo.

Llevó la mano hacia su cuello, y lentamente desató el lazo negro que ceñía su camiseta y se dio cuenta de que dejarlo caer hasta su cintura no era algo tan difícil, porque llevaba un sujetador negro sin tirantes bajo ella.

—Precioso —dijo él, con una expresión completamente sexual, desprovista ya de cualquier tono juguetón. —Ahora más.

Bella empujó la camiseta por el tirante sobre la minifalda vaquera y lo dejó caer alrededor de sus sandalias rojas de tiras. Después, se pasó la mano por la espalda y con suavidad, se desabrochó el sujetador de encaje, dejándolo caer también.

Los ojos de Edward se cerraron en su pecho, y ella sintió cómo sus pezones, que ya estaban tensos, se estremecían bajo su lectura. Él ya los había visto antes —en el almacén, claro— y después, cuando habían dormido juntos y desnudos la noche anterior, pero otra vez, aquello era más intenso, desnudarse para él, desvestirse ella misma. Era como si estuviera dejando al desnudo su propia alma.

—Jodidamente hermosa —le dijo.

Y mientras un lento calor comenzaba a extenderse en su interior, a medida que los nervios dejaban lugar a una pura lujuria, Bella se encontró a sí misma rozando con las palmas de las manos su vientre desnudo y sus dos montes de piel. Ella nunca se había tocado antes de aquella manera, delante de un hombre, pero el instinto la había empujado a hacerlo. Hacer lo que le hacía sentir bien. Hacer lo que ella sabía que a él le gustaría.

Primero se cubrió la parte de abajo de sus senos, dejando que su peso se estableciera sobre sus manos. Después dejó que las palmas se cerraran completamente sobre ellos, y los estrujó sensualmente mientras recibía la mirada de Edward, y ella veía el fuego que desprendía y sentía el resultado en sus braguitas que ya se habían humedecido para él.

—Es tan bonito lo que haces, nena —le dijo él, en una voz que era más un gruñido.

Ella se lamió el labio superior y se sintió poderosa, el deseo estaba apoderándose de ella. Todavía estaba masajeando con suavidad sus senos, cuando se pellizcó los pezones con los dedos pulgar e índice, y sintió su dureza y cómo se alargaban incluso más con su caricia.

—Sigue —le ordenó él.

Y ella se dio cuenta de que sus deseos eran órdenes, y se sorprendió al saber que realmente le gustaba que él la mandara, que le dijera qué hacer. Le gustaba la idea de ser su juguete, su juguete sexual, la mujer a la que quería follarse.

Levantó un pie hacia el escalón enlosado que llevaba al interior de la bañera, y se inclinó para desabrocharse la pequeña hebilla de su zapato.

—Todavía no —le dijo Edward.

Ella levantó la cabeza para mirarlo.

—Déjatelos puestos hasta el final.

Una nueva ráfaga de sucio placer se apresuró por sus muslos y golpeó su región más baja. Él deseaba verla desnuda pero con los zapatos puestos. Era su juguete sexual. Y a ella le gustaba más de lo que podía comprender.

Puso el pie de nuevo en el suelo y se desabrochó el botón de la falda, que descansaba justo bajo el ombligo. Después, se bajó la cremallera y deslizó la minifalda vaquera por sus caderas hasta que cayó al suelo, dejándola solo con un tanga negro de encaje y con bordados. Levantó los pies para salir de la falda y se quedó allí de pie, delante de él, empapándose de su mirada depredadora y completamente masculina.

Había tenido cuidado de no beber demasiado aquella noche —en total dos vinos con gaseosa en toda la noche— pero de todas maneras se sentía mareada, embriagada por lo que solo pudo describir como un deseo animal. Crecía desde su interior, una fuerza terrible que desafiaba la lógica y la emoción.

Recorrió sus muslos con las palmas de las manos y después, las dejó pasearse por sus caderas y dirigirse hacia su trasero, que empujó hacia atrás contra las manos mientras sacaba el pecho hacia fuera. Los pocos nervios que había tenido hasta entonces parecieron desvanecerse: estaba completamente metida en aquello, con él.

Volvió a dirigir las manos hacia delante e introdujo juguetonamente el dedo corazón en la parte delantera de sus braguitas y entonces, dejó que se colara dentro. La yema de su dedo frotó ligeramente su clítoris húmedo y dilatado antes de que lo sacara.

—Dios santo —articuló Edward, con los ojos vidriosos por el deseo.

Ella se mordió el labio; de repente se sentía completamente seductora, como alguien que nunca había sido antes, alguien totalmente nueva.

—¿Quién es correcta y remilgada ahora? —le preguntó. No se había dado cuenta de que la conversación en la piscina le había dado ganas de demostrarle que estaba equivocado, pero quizás era así.

Edward negó brevemente con la cabeza.

—No tú, cariño. Ya no.

Ella dejó que una sonrisa coqueta se extendiera por su cara.

Y él le concedió también una pequeña y juguetona sonrisa en respuesta.

—Eres una chica sucia, ¿verdad?

¿Lo era? ¿O era aquello simplemente parte del juego?

—Cuando quiero serlo —le contestó. Pero al final, decidió que la verdadera respuesta era: «Cuando estoy contigo».

—¿Está mojada tu vulva?

Ella asintió.

—¿Se ha humedecido tu dedo?

Ella volvió a asentir, después dio unos pasos hacia delante, sus tacones provocaban chasquidos sobre la losa, y se inclinó hacia abajo para meterle a Edward la yema de su dedo en la boca.

Ambos gimieron cuando él cerró los labios alrededor del dedo y ella sintió su lengua, y después la ligera y suave succión, hada que él estuviera saboreándola realmente. La sensación descendió en espirales directamente hasta el punto en donde se estaba empapando más a cada segundo que pasaba.

Cuando finalmente le soltó el dedo, le dijo:

—Ahora quítate las bragas. Enséñame esa bonita y pequeña vulva tuya.

Ya no se sentía tímida por estar en cueros delante de él y bajo aquel brillante resplandor de las luces del cuarto de baño, por lo que se dio la vuelta, metió los pulgares en el elástico que rodeaba su cintura y suavemente tiró del tanga hacia abajo hasta que se le cayó a los tobillos. Sacó los pies de él y volvió a girarse hacia él, completamente desnuda.

Justo como había pasado al principio de aquel striptease, Edward no dudó ni un instante en llevar la mirada exactamente adonde a él le interesaba, y en aquel momento, se quedó estudiando su entrepierna. Ella sintió como si sus ojos le estuvieran quemando realmente la piel y, como cada vez que lo había visto desde que había llegado a Las Vegas, él tenía una manera de hacer que su vulva fuera la parte más importante de ella, la parte que dominaba cada una de sus acciones, cada uno de sus pensamientos. Y por mucho que le gustara tenerlo observándola, también deseaba sentirlo dentro.

—¿Y ahora los zapatos? —le preguntó. Quería meterse en la bañera con él. Quería cabalgarle, con fuerza.

El asintió ligeramente con la cabeza, y cuando ella se inclinó para quitarse uno de los zapatos, él le dijo:

—Pero no de esa manera.

Ella lo miró, confusa.

—Siéntate al borde de la bañera —señaló hacia el extremo opuesto, al lado del grifo.

Cuando ella siguió la instrucción, sin estar muy segura de lo que él pretendía, él le dijo:

—Dame tu pie derecho.

Mmm. Era él quien iba a quitarle los zapatos. ¿Por qué le resultaba eso tan condenadamente excitante?

Prestando atención para no perder el equilibrio, extendió su pie hacia él. Edward dejó a un lado su copa de vino, y por primera vez, Bella vio que había otra copa para ella en el suelo. Con una de sus masculinas manos, le cubrió la parte de atrás del tobillo, con la otra, acarició con los nudillos el interior de sus pantorrillas. Ella se estremeció ante el placer que se extendía hacia arriba, pero siguió mirándolo, no quería perderse ninguna de las expresiones de su cara.

Él estudió su pie y recorrió con las frías yemas de sus dedos la correa de cuero rojo que sujetaba el zapato al tobillo, después recorrió más tiras de cuero que se cruzaban sobre su pie antes de acariciarle la piel más abajo, al lado de las uñas, que ella se había pintado de rojo para que hicieran juego con sus zapatos.

Después, con una excitante lentitud, desató la correa del tobillo y suavemente le quitó el zapato. Ella dejó el pie en el suelo, mientras él dejaba la sandalia cerca de las copas de vino y se preparó para ofrecerle el otro pie, pero desde aquel ángulo le resultaba más difícil mantener el equilibrio.

Edward despejó su dilema.

—Dobla la pierna derecha y descansa el pie en el borde trasero de la bañera.

Ella hizo lo que él le pidió. Y se dio cuenta de que aquel movimiento le extendía las piernas y dejaba su vulva completamente expuesta. Sus ojos se encontraron, conscientes de ello, justo antes de que Edward bajara la mirada.

—¿Sabes cuál es mi color favorito? —le preguntó.

¿Qué? ¿Iban a ponerse ahora hablar de sus gustos?

—Eh, no. ¿Cuál?

Él estudió la piel que había entre sus piernas, desvergonzadamente.

—El rosa.

Ella bajó la cabeza para mirarla por sí misma. En aquella posición, su hendidura se había abierto y dejaba al descubierto los pliegues rosas de su vulva. Un calor sofocante la consumía.

—Oh.

—El otro zapato —le dijo él, y cuando ella volvió a mirarlo, vio que tenía una pequeña y traviesa sonrisa en el rostro, por haberla pillado mirándose de aquella manera.

Con cuidado, ella le ofreció el pie izquierdo y se embriagó del placer mientras Edward repetía los mismos movimientos que había hecho previamente, acariciándole la piel, y deslizando la yema de sus dedos sobre el zapato y la carne, antes de quitarle finalmente la sandalia de tiras y tacón alto. Aquella vez, cuando se deshizo del zapato, no dejó su pie hasta que le dio un beso en la parte de arriba, haciendo que una sensación de hormigueo se abriera paso por todo su cuerpo.

—¿Puedo entrar ya en la bañera? —le preguntó ella.

Él enarcó una ceja, con un gesto arrogante.

—¿Por qué tienes tantas ganas de entrar en la bañera?

Aquella pregunta juguetona, había sido claramente diseñada para que ella declarara su lujuria, pero en lugar de eso le ofreció una respuesta coqueta.

—Quizás simplemente necesite un baño. Después de todo, dijiste que era una chica sucia.

Él la miró con los ojos entrecerrados, excitante.

—Muy sucia —después, fue hacia ella en la bañera. —Quédate dónde estás. Haber degustado tu pequeña vulva me ha hecho desear más.

—Oh —murmuró ella, justo cuando él se inclinaba hacia delante para pasar la lengua firmemente sobre el centro de sus pliegues abiertos. Después: —Oooh...

El placer fue casi abrumador cuando él la lamió una y otra vez, desde abajo hacia arriba, como si su vulva fuera un cono de helado.

—Dios, oh Dios —se escuchó a sí misma jadear mientras empezaba a moverse involuntariamente contra su boca. —Dios, sí.

En cuestión de segundos, Edward levantó la mano del agua e introdujo dos de sus dedos en la abertura que ya estaba empapada, y aquello la hizo sentir como si le tuviera a él dentro. No era su verga, desde luego, pero sus dedos lo hacían bien, demasiado bien, especialmente cuando él empezó a desrizarlos dentro y fuera al mismo tiempo que ella marcaba el ritmo.

Ella lo observó. Estaba sorprendida por la crudeza de lo que estaba viendo, otra vez. Solía hacer ese tipo de cosas en la oscuridad, y no estaba acostumbrada a mirar mientras sucedía, mirar al hombre que estaba comiéndole la vulva. No estaba segura de si alguna vez había sido testigo de una escena tan erótica.

Fue entonces cuando la vista de Edward, con la cara enterrada tan sensualmente entre sus piernas, le recordó los espejos que había rodeando las paredes a dos lados de la bañera. Le ofrecían una visión no solo de su amante, sino también de ella misma, con la cabeza de un hombre moviéndose entre sus muslos abiertos, y sus caderas levantándose ligeramente para recibirlo. Al observar la pasión que se grababa en su propia cara, se sintió como si estuviera metida en una película porno.

Lo próximo que hizo fue mirar al otro lado de la habitación, hacia el espejo más grande que había sobre el tocador. Y entonces, vio algo diferente. El denso y cobrizo cabello de Edward. Sus piernas completamente extendidas. Sus pechos balanceándose ligeramente con sus movimientos.

Cuando la atención de Edward se concentró más específicamente en su clítoris, la respiración de Bella se volvió más pesada, mientras el placer crecía en su interior. Su hábil lengua daba vueltas sobre la dilatada protuberancia, cada uno de los movimientos le provocaba una nueva explosión de calor que le recorría todo el cuerpo. Aquello hizo que apartara la mirada del espejo y bajara la cabeza hacia Edward, cuyos ojos estaban en ella. La había estado mirando mientras ella se veía en el espejo.

Entonces, su boca se pegó a su clítoris y colándose dentro, empujó su lengua con más fuerza. Oh, Dios, aquel brusco movimiento la hizo apretar los dientes, y sintió cómo le flaqueaban las piernas y los brazos. Ahora estaba mirándolo a él, y sin dudarlo, sin ni siquiera planearlo, empezó a mostrarle exactamente cómo de sucia era.

—Chúpame, cariño —le susurró apasionadamente. —Chúpame el clítoris. Hazlo con fuerza. Chúpalo. Chúpalo.

Sus descaradas peticiones fueron lo último de lo que se acordó antes de que la golpeara el orgasmo, duro y rápido, que apareció antes de que ni siquiera lo hubiera visto acercarse. Arqueó el cuello en respuesta a las intensas olas de sensación, gritó suavemente mientras conducía su vulva contra su boca —sí, sí, sí—, impregnándose con cada palpitación de placer que él le daba.

Cuando finalmente disminuyó, todavía siguió moviéndose y él se hizo hacia atrás.

—Estás jodidamente guapa cuando te corres —le dijo él, entre las burbujas, con un brillo oscuro en los ojos.

Todavía respiraba con dificultad, pero se las arregló para esbozar una sonrisa.

—Entonces, deberías hacer que ocurriera a menudo.

—Eso es lo que pretendo.

En aquel momento, le impactó la idea de que aquellas palabras eran las típicas que se podían intercambiar cuando la gente mantenía una verdadera relación, una que fuera a durar, pero ella sabía que aquello solo significaba que él pretendía hacerlo mientras estuvieran en Las Vegas, y dejó a un lado la pizca de decepción que le había producido aquello y volvió a concentrarse en el hombre sexy y desnudo que tenía delante de ella.

—¿Puedo ahora entrar en la bañera? —le preguntó, y permitió que una nota juguetona de sarcasmo coloreara su voz.

Él le concedió una sonrisa lenta y sexy, y después le tendió la mano.

—Entra, chica sucia, y déjame que te limpie.

Una vez estuvo en la bañera, delante de él, le rodeó el cuerpo con las piernas. Edward cogió las dos copas de vino que había al lado de los zapatos y le pasó una.

—¿De dónde lo has sacado? —le preguntó ella.

—Del mini-bar —le contestó él, y después levantó la copa para hacer un brindis. —Por mi pequeña y sucia Bella, que me sorprende cada día más.

Ella pensó que le gustaba aquello, al brindar con su copa. Le gustaba sorprenderlo. Y deseaba seguir haciéndolo. Así que, sin tomarse un momento para pensarlo, hizo la pregunta que había estado dándole vueltas a la cabeza hacía unos minutos, cuando lo había observado mientras la comía.

—¿A qué sabe?

Él pareció confuso y al parecer pensó que estaba hablando del vino.

—Toma un trago y verás.

Pero ella negó con la cabeza.

—No. Mi vulva. ¿A qué sabe?

Una vez más, se le oscureció la mirada, y ella supo que había tenido éxito al intentar sorprenderlo, y excitarlo, otra vez más.

En respuesta, simplemente tendió la mano que le quedaba libre, hacia su boca.

—Así —llevó dos dedos hacia sus labios, y empujó, y después de solo un segundo de duda, ella los abrió y dejó que él los metiera dentro.

El sabor que notó en la lengua le pareció extraño, un poco salado, un poco dulce, de alguna manera algo agrio, y muy persuasivo. No le gustó, pero aun así la excitó compartir algo tan sumamente íntimo con él.

—¿Y bien? —preguntó él.

—Francamente... puaj —hizo una mueca de repugnancia y después tomó un gran sorbo de vino.

Él rió tranquilamente.

—Supongo que se parece un poco a la cerveza. Un gusto adquirido.

—¿Pero sinceramente te gusta? —ella sentía curiosidad, y un poco de fascinación.

Sus ojos le dijeron que aquella pregunta estaba haciéndola pensar de una manera que nunca antes había hecho.

—Definitivamente me excita —dijo él—, así que, sí, sinceramente me gusta. Pero... si igualo el sabor con el sexo... bueno, digamos que probablemente no lo utilizaría como una salsa para mi hamburguesa.

Ella soltó una carcajada rápida y fuerte, después le informó:

—Te estás poniendo un poco vulgar.

Él se inclinó hacia delante, todavía con aquella sonrisa sexy en los labios.

—Has sido tú quien ha empezado la conversación.

Ella dejó a un lado el vino, le pasó los brazos por el cuello y le dijo:

—Bueno, ahora voy a terminarla —y lo besó.

Por supuesto, ella también pudo saborearse en su boca, pero una vez más, la crudeza de todo aquello solo hacía añadir más a su deseo. Acababa de tener un orgasmo y sin embargo, todavía deseaba mucho más de él, particularmente la parte que había debajo de las burbujas. Y ya hacía mucho que había dejado de sentirse tímida.

Sumergió las manos en la espuma y rodeó con la mano toda la longitud de su dura verga y entonces, lo escuchó gemir y vio cómo cerraba con fuerza los ojos. Ella había hecho lo mismo cuando habían estado en el almacén, pero una vez más, aquello era diferente.

Ahora tenía el tiempo de recorrer su pene con el puño arriba y abajo, apretujarlo, acariciarlo, explorarlo. Mmm, vaya, era enorme. Se había dado cuenta de aquello la pasada noche, pero aun así, un pene de aquel tamaño no era el tipo de cosa al que una chica pudiera acostumbrarse fácilmente.

—Esto es tan diferente de la última vez —dijo ella, dándole voz a sus pensamientos. —Aquello fue tan precipitado, tan apasionado. Y esto es tan... lento. Mejor.

Una expresión lasciva se dibujó en su cara.

—Esto es todavía apasionado, nena. Mucho.

Era verdad, por lo que se limitó a asentir, pero aun así seguía pensando que aquello era... mucho más fácil. Le daba la impresión de que todo era menos pecaminoso. Solo porque estaban en su habitación, en algún lugar en el que no había riesgo de que la descubrieran.

Por supuesto, estaba pensando demasiado acerca de ello, era consciente. No es que fuera mejor o peor que habérselo follado en el almacén. Era simplemente igual de sucio, simplemente igual de descarado; mucho más, en cierto modo. Pero le parecía mejor. Solo poder disfrutar de aquel momento en privado con él. Tener tiempo para jugar. Tener tiempo para ser sexy.

Y en aquel momento, supo que era hora de cabalgarle, de cabalgar sobre aquella excitante y dura erección, llenarse de él, demostrarle todo el deseo libertino que había estado creciendo dentro de ella.

Dejó que su lengua se deslizara con sensualidad a lo largo de su labio superior, encontró su mirada, y se dirigió hacia él para sentarse a horcajadas.

—¿Has encontrado algo que te guste ahí abajo, mi chica sucia?

—Mmm —ronroneó ella, y se colocó bien hasta que sintió la cabeza de su mango justo donde ella quería.

—Entonces, voy a dejar que juegues con ella —tras aquello, él le puso las manos en las caderas y empujó hacia abajo para enfundarla.

Ambos gimieron ante el impacto y Bella supo que nunca antes se había sentido tan llena ya que, en aquella posición, le daba la impresión de que la tenía más grande que la noche anterior.

—Es tan grande —murmuró.

—Dime que te gusta.

—Me encanta —le dijo ella entre suspiros, y empezó a moverse sobre él.

Edward dejó que las palmas de sus manos se cerraran alrededor de su trasero y bajo las burbujas, y después, se inclinó para darle un sensual beso con lengua que casi la derrite. Un beso que dio lugar a un segundo y luego a más y más, mientras Bella seguía el instinto de su cuerpo, moviéndose sobre él en círculos rítmicos que estimulaban su clítoris con cada excitante giro.

Pronto, comenzó a moverse más y más rápido.

Él la miró directamente a los ojos, y le susurró las mismas palabras que ella le había dicho la noche anterior.

—Fóllame, nena. Oh, sí. Fóllame. Justo así.

Aquello sobrealimentó cada sensación que ya palpitaba en su cuerpo, volviéndola incluso más hambrienta y salvaje aún. Cuando la boca de Edward se cerró sobre uno de sus sensibles pezones, ella se encorvó contra él y gritó. Él le succionó con más fuerza, con más intensidad, y ella empujó el pecho hacia su boca, de alguna manera deseando tener parte de ella en el interior de Edward, como ella lo tenía de él.

Mientras se movía sobre su cuerpo, se dio cuenta de que el agua que había en la bañera estaba siguiéndoles el ritmo, que ella estaba provocando olas enfurecidas, algunas chapoteaban contra las paredes de la bañera y las burbujas se derramaban por los bordes. Pero estaba demasiado perdida en el placer como para que aquello le importara o le hiciera detenerse, o ni siquiera aminorar la marcha.

Clavó ligeramente las uñas en su torso, mientras gemía su placer, y se deleitaba con la decadencia de aquel momento y con la sensación de libertad que todo aquello le daba, hasta que escuchó a Edward decir:

—Bella. Para.

Asombrada —y ligeramente devastada— se quedó quieta.

—¿Estás a punto de correrte? Porque si lo estás no pasa nada. Yo ya...

—No, nena. Es que estás ahogándome.

Oh, Dios. Se había olvidado completamente del hecho de que él se había ido hundiendo poco a poco en la bañera mientras ella le cabalgaba con tanto vigor, que ahora la cara le asomaba ligeramente sobre la superficie del agua, enmarcada por las burbujas. Ella ahogó un grito.

—Lo siento. Ni siquiera me he dado cuenta... —entonces, salió de él, ya que le pareció la única manera para que él pudiera sentarse.

Después de hacerlo, él le sonrió indulgentemente, con el agua cayéndole de las puntas de su largo pelo.

—No quería interrumpirte, pero temía que me empujaras completamente hacia abajo y que no te dieras cuenta.

El calor le coloreó las mejillas.

—Soy una idiota.

Levantó una húmeda mano hacia la cara.

—No, eres una mujer salvaje. Lo cual me gusta mucho. Pero... quizás esta bañera en particular no sea el mejor lugar para esta posición.

Ella lo consideró y no pudo evitar sentirse un poco desanimada, y completamente frustrada.

—Estaba... acercándome mucho.

La mirada de Edward se volvió más sexy aún, decidida.

—No te preocupes, nena, te llevaré de vuelta a ese preciso punto.

Ella se mordió el labio cuando él subió las manos por sus caderas y las llevó hacia arriba, hasta cubrirle los laterales de los senos, y acariciarle los húmedos pezones con los pulgares, una y otra vez.

—Oh... Dios... qué bueno.

Él dejó que se le cerraran los ojos, y luego, se inclinó para recorrer uno de sus turgentes pezones con la lengua. Después, sopló ligeramente sobre él —y aquello mandó otra ligera ráfaga de placer a su vulva— y se inclinó hacia delante para hablar en voz baja y profunda en su oído.

—¿Quieres mi verga dura, Bella?

—Oh, Dios, sí.

Todavía seguía jugueteando con sus pezones, y sentía su aliento cálido en el cuello.

—¿La quieres con todas tus ganas? ¿Con fuerza? ¿En lo más profundo?

Oh, Dios, había estado en lo cierto, aquel sexo más lento y exploratorio era extremadamente agradable, pero las palabras dentro y profundo le parecían ahora atraerla aún más. Quería sentirlo dentro de ella, como lo había hecho en el almacén, impactando contra ella, haciendo que cada embestida resonara por cada centímetro de su cuerpo. Y no estaba exactamente segura de cómo iban a hacer aquello en la bañera, pero estaba deseando averiguarlo.

—Sí, cariño, sí.

Edward bajó las manos hacia su cintura y le dijo:

—Date la vuelta.

Con cuidado de no resbalarse, Bella dejó que la guiara hasta que le dio la espalda, y se apoyó sobre las rodillas. Como antes, pudo captar un atisbo de ellos en el espejo de la pared que había justo delante de ella, un atisbo de sus pechos desnudos, de sus firmes manos en ella desde detrás, de sus ojos llenos con una oscura intención.

—Inclínate sobre el borde de la bañera. Levanta el trasero.

Bella lo hizo y se observó en el espejo para ver cómo Edward estudiaba su trasero, o más probablemente, lo que había entre sus muslos. A pesar de que estaba dentro de una bañera, sintió cómo su vulva se humedecía todavía más, y se preguntó qué aspecto tendría desde aquel ángulo. Instintivamente, hizo un contoneo juguetón con las caderas, lo que provocó que él le diera un suave beso sobre la nalga.

—Mmm —dijo ella, aquel diminuto gesto de cariño recorrió su cuerpo con una onda de placer.

—¿Te gusta eso? —le susurró.

—Sí.

Pudo escuchar, más que ver, su traviesa sonrisa.

—No entraba en mis planes, pero seré bueno contigo y te daré algunos más.

—De acuerdo —su tono de voz se volvió suave, casi infantil, estaba conmovida por unas caricias tan tiernas de su boca.

Sus besos sobre su trasero que ya de por sí estaba mojado le hicieron sentir el placer más tierno que nunca antes había experimentado y que resonó con dulzura a través de cada una de sus extremidades. Y entonces, ¡oh!, vinieron los dedos, que le daban golpecitos desde abajo, donde estaba más que preparada para él. Un grito se escapó de su boca cuando él le introdujo dos dedos y ella se movió por instinto contra ellos. Había dejado de observar su reflejo en el espejo y ahora tenía los ojos cerrados y se limitaba a sentir, a absorber, a experimentar.

—Más —se escuchó a sí misma. —Fóllame.

Un suave gruñido salió de la garganta de Edward, el calor de su aliento flotaba sobre su trasero mientras le daba el último de sus suaves besos, antes de que el agua comenzara a girar con violencia.

—¿Qué es...? —le preguntó ella, y abrió los ojos.

Se encontró con la mirada negra de Edward en el espejo.

—He encendido el jacuzzi —le dijo.

—Oh —suspiró ella en respuesta, y notó el fuerte chorro de agua que se arremolinaba alrededor de sus muslos; parte de ella chapoteaba sobre su vulva, lo que le daba la impresión de que lo iba a hacer todo incluso mejor aún.

La siguiente cosa que supo, fue que la verga de Edward se arqueaba hacia arriba a través del valle que formaba su trasero, deliciosamente dura cuando la deslizó hacia delante y detrás, e hizo que ella empujara hacia detrás, simplemente con la necesidad de sentir aquella cálida erección en cualquier lugar, en todo lugar.

Entonces, finalmente, hundió toda la longitud de su erección dentro de ella. Justo como había pasado antes, ambos gritaron ante la entrada inicial, pero no había descanso, no había periodo de ajustamiento para tener aquella columna de piedra dentro de ella, antes de que empezara a moverse dentro de ella, fuerte, fuerte, fuerte, exactamente como le había prometido.

Ella escuchó sus propios gritos, sintió el duro placer estallar como cohetes en su interior, escalofríos que se abrían camino hacia los dedos de sus manos y pies con cada una de las poderosas embestidas. Más abajo, el agua le empujaba en tumultuosas olas y las burbujas empezaban a subir, crecían como montañas blancas y espumosas alrededor de ellos.

—¡Sí! ¡Sí! —gritó ella, apenas era incapaz de formar palabras, solo quería con todas sus ganas que él supiera cuánto adoraba que su pene entrara dentro de ella, cuánto adoraba lo duro y salvaje que era el sexo con Edward, lo dura y salvaje que la hacía sentirse a ella.

Las burbujas de la bañera seguían volviéndola loca, ascendían en ondas hasta ser todo lo que Bella podía ver. Era como follar dentro de una nube blanca y brillante, y sintió que las burbujas se derramaban por todos los bordes de la bañera.

—¿Eres una chica mala? —le preguntó Edward, que todavía la embestía, resbaladizo y profundo.

—¡Sí! —gritó ella.

—¿Necesitas que te den un castigo?

—¡Sí! ¡Oh, sí!

Con aquello, él llevó la palma de la mano hacia abajo para darle una palmada en el trasero mientras seguía embistiéndola.

— ¡Oh! —chilló ella, aquella sensación superaba a las otras.

Su mano regresó una y otra vez, azotándola mientras seguía follándosela, toda aquella escena la debilitó por completo, incluso aunque se empapara de cada segundo de deleite. Nunca en su vida había experimentado una reacción física tan abrumadora que bloqueaba cada movimiento, cada pensamiento, y dejaba que su cuerpo solo se revelara en la alegría pura y carnal de ello.

Se escuchó a sí misma gritando, sintió cómo su trasero empujaba contra él, su cuerpo respondía sin pensarlo ni consentirlo. No es que ella no lo consintiera. Nunca había disfrutado de algo parecido en su vida.

Hasta que los azotes pararon y él deslizó la mano sobre su cadera y hacia su vulva.

Un profundo gemido salió de su boca cuando sus dedos se hundieron en sus pliegues, y la frotaron tan expertamente que a ella ni siquiera le importaba cuántas mujeres más hubiera tocado él para llegar a hacerlo tan bien. Ningún hombre la había acariciado nunca con tanta destreza, tanto como ella se podía tocar a sí misma, en cálidos y pequeños círculos, provocando el placer perfecto cada vez que las yemas de sus dedos pasaban sobre su clítoris.

Su cálida verga todavía seguía guiándola desde detrás, justo como hacían sus dedos, dando golpes perfectos.

La música todavía resonaba en la sala de fuera, pero todo lo que escuchaba Bella en aquel momento eran los gemidos de Edward mientras se la follaba y el sonido de su propia respiración, más pesada, más intensa, y se perdió a sí misma en las sensaciones.

—Oh, Dios —se escuchó a sí misma murmurar. —Estoy cerca, cariño. Estoy cerca.

Estaba a punto de alcanzar el orgasmo. Estaba muy, muy cerca.

Su verga, sus dedos, trabajando al unísono, casi como uno, empujando con más y más fuerza.

—¡Oh! —gritó ella cuando la golpeó el clímax, haciéndola rodar en cálidas y envolventes olas que la impactaron y le hicieron desear desplomarse allí mismo. Edward tuvo que ser consciente de ello, porque mientras una de sus manos todavía le acariciaba la abertura, su otro brazo la rodeaba por la cintura, sujetándola.

Y fue justo cuando las dulces palpitaciones empezaban a decrecer cuando Edward —que todavía la embestía profundamente— también alcanzó el orgasmo. Sintió el cálido estremecimiento de su cuerpo contra el suyo, el intenso gemido de la satisfacción última, el placer susurrado:

—Ah... ah, joder sí... sí.

Se quedaron inmóviles unos segundos después de aquello, y solo entonces le golpeó a Bella el hecho de lo extrañas y pervertidas que se habían vuelto las cosas con lo del azote. Después esbozó una amplia sonrisa en su cara al darse cuenta de que lo extraño y pervertido podía ser divertido.

Y aquello ni siquiera le parecía tan extraño ni pervertido... con Edward.

Vaya una semana de formación. Estaba segura de que cuando Aro la había enviado a aquel viaje no tenía ni idea de que además de recibir una educación profesional iba a recibirla también sexual.

Cuando finalmente, después de su orgasmo, puso los pies lo suficiente sobre la tierra como para mirar a su alrededor, se sintió horrorizada por el lío que habían armado. «Oh, Dios mío».

—¡Mira este sitio!

Montañas de burbujas blancas se habían caído al suelo, algunas se abrían camino hacia el tocador. Al otro lado de la bañera, en los rincones enlosados, el mal había ascendido varios centímetros.

Detrás de ella, Edward solo reía a carcajadas a medida que salía suavemente de su cuerpo y apagaba el jacuzzi.

—No te preocupes, nena —dijo él. —Las burbujas acabarán derritiéndose. Y estoy seguro de que las mujeres de la limpieza habrán visto cosas peores.

Capítulo 5.

Mientras Bella sacaba el cuerpo de las burbujas, Edward rescataba sus zapatos, los cuales, le anunció él, estaban empapados pero no parecían estar estropeados. Ella encontró su ropa bajo una pila de espuma que había en el suelo, y también estaba húmeda, lo que era previsible. Después de que se secaran el uno al otro con las toallas, ella miró hacia atrás, al recinto enlosado que todavía estaba cubierto de blanco:

—¿Qué hay del vino?

—Olvídate del vino, quiero que nos acostemos en la cama.

Ella no podía discutirle algo así, especialmente cuando se metieron en la enorme y lujosa cama y Edward tiró de su cuerpo desnudo más hacia él y le dio un beso en la frente.

Después, él se quedó dormido, pero a ella no le importaba, en realidad, casi pensó que era muy mono que incluso Edward Cullen, el dios del sexo, cayera presa del sueño después de un orgasmo.

Lo observó dormir, respiró la fragancia fresca pero todavía masculina de su cuerpo, observó la manera en la que sus largos mechones empezaban a secarse y a hacerse pequeños rizos, un pelo que ella misma había mojado cuando casi lo ahoga en la bañera con su entusiasmo... no podía evitar reflexionar sobre la miríada de experiencias que aquel hombre le provocaba. Y la miríada de emociones que la hacía sentir. Se había dado cuenta en la bañera de que el sexo era tan abrumador como las emociones más oscuras, pero incluso que aquello en sí mismo, la idea de que todo lo que deseabas o por lo que te preocupabas era de un pene embistiéndote... ¿no era acaso una emoción en sí misma?

Ella se encontró acordándose también de los otros encuentros. El deseo que sintió aquel día en la piscina había sido completamente intenso. Tan intenso como en el Fetiche, pero incluso más extremo de alguna manera. En la discoteca, se había comportado como una descarada, pero había necesitado un lugar privado para dar rienda suelta a su descaro. Mientras que en la piscina, había hablado en serio cuando le había dicho aquello a Edward: lo deseaba con tanta fuerza que había dejado de preocuparse por los espectadores.

Y quizás, y solo quizás, una parte de ella realmente pervertida se había sentido excitada con la idea de ser observada por las mujeres que deseaban hacer lo que ella estaba haciendo. Había admitido eso en la piscina, pero la verdad era que había seguido pensando acerca de que le gustaría que la hubieran visto hacer algo más que besarlo. Hubiera sido consciente del deseo fugaz de tenerlas mirándola mientras se lo follaba, mirándola mientras ella recibía la verga que ellas codiciaban pero no podían tener.

Nunca antes había sabido mucho de la intimidad real y verdadera. Suponía que ni Jacob, ni los otros pocos hombres con los que había estado, le habían inspirado nunca unos sentimientos como aquellos. Aun así, sabía que aquella noche lo había experimentado con Edward.

Bella todavía estaba observándolo cuando, unos segundos más tarde, su mano se movió sobre su cadera bajo las sábanas y sus ojos se abrieron.

—Eh —dijo él, con una somnolienta sonrisa.

—Eh.

—Siento haberme quedado dormido.

Ella le concedió una sonrisa paciente.

—El orgasmo puede ser el causante.

—Follarte con tanta intensidad me ha dejado agotado —admitió con una pequeña sonrisa lasciva. Después, meditó: —Las luces están todavía encendidas. La música también.

Era verdad, no se había dado cuenta, tan ensimismada había estado con Edward y con la sensación sexual y abrumadora que le había dado en las últimas veinticuatro horas.

—Me siento demasiado cómoda como para levantarme ahora mismo —y además, las luces de la habitación estaban apagadas, solo la luz del cuarto de baño y las del salón se filtraban a través de las puertas, dándole una luz tenue y romántica al ambiente.

Él se acurrucó más cerca de ella.

—Yo también.

Cuando su mirada recayó en la cruz que llevaba en la garganta, tendió la mano suavemente y deslizó la yema del dedo sobre la suave superficie de plata.

—¿Es especial para ti? Nunca me había dado cuenta de que la llevabas hasta la pasada noche, pero la llevas puesta desde entonces.

—La llevo todo el tiempo. Simplemente acaba bajo mi camiseta la mayoría de los días.

—Entonces, sí es especial.

Él asintió ligeramente contra la almohada.

—Mi abuela me la regaló en mi confirmación, cuando tenía doce años. La trajo con ella desde Italia y la tenía desde que era pequeña.

—Vaya —su respuesta la había sorprendido a muchos niveles. Le sorprendió darse cuenta de que la cruz fuera tan antigua. Y que Edward Cullen fuera el tipo de hombre que apreciara tanto a su abuela. Y que Edward Cullen tuviera un lado religioso. —No suponía que fueras un buen chico católico.

La miró de reojo.

—Católico, sí. No necesariamente bueno.

Ella le sonrió en respuesta.

—¿Está tu abuela... todavía viva?

Su expresión se convirtió en una acalorada, quizás algo de alivio, que ella no había visto nunca.

—Tiene ochenta y cinco años y todavía está fuerte. Está de vuelta en Brooklyn con el resto de mi familia.

—Vaya —le dijo ella otra vez. Nunca había pensado en la familia de Edward. —Apuesto a que están muy orgullosos de ti.

Dejó escapar una carcajada corta y cínica.

—Sí, es el sueño de todo padre tener un hijo al que lo acusan de mala conducta sexual en un canal nacional de televisión.

Ella parpadeó.

—Lo siento... no estaba pensando en ello. Estaba pensando en tu trabajo.

—Me quieren y aceptan lo que hago, pero esa no fue exactamente su primera opción.

—¿Y cuál era?

Él suspiró.

—Hasta su jubilación hace unos pocos meses, mi padre era médico en el mismo consultorio y en la misma calle de Brooklyn desde antes de que él naciera. Tengo tres hermanas mayores, pero mis padres siguieron intentándolo hasta que tuvieron un chico, alguien que algún día pudiera encargarse del negocio familiar.

—Oh —no podía imaginar la presión que aquello podría suponer para un chico. —¿Y ninguna de tus hermanas podía hacerlo?

Él sonrió.

—Son muy tradicionales. Y también muy orgullosos, condenadamente orgullosos de que mi abuelo emprendiera el negocio siendo un inmigrante y que mi padre hubiera podido seguir con él. Así que desde pequeño me prepararon para ser el siguiente hombre de la consulta Cullen. El problema era que a mí me gustaba mucho la música, mucho más que atender enfermos. Me metí en un grupo cuando iba al instituto, pero cuando me di cuenta de que no tenía mucha madera de músico, conseguí un trabajo en CBGB. Así que para cuando cumplí los dieciocho años, me encontré trabajando en el consultorio como enfermero de día y en el bar por la noche.

Bella estaba impresionada, como era de esperar, porque el CBGB, un pequeño club de música underground de Manhattan, había sido el lugar del lanzamiento del punk y de los grupos alternativos de los setenta. Grupos como los Blondie, los Ramones, y los Talking Heads se habían abierto camino a la fama desde el escenario del CBGB.

—Debió de ser fabuloso.

—Fue jodidamente increíble —dijo él. —Estuve allí a principios de los noventa y trabajé duro para pasar de ayudante de camarero a encargado de sonido y a coordinador de eventos. Vi a grupos como Soundgarden, Pearl Jam, y Smashing Pumpkins antes de que ni siquiera fueran conocidos por nadie. De hecho —le dijo él, lanzándole una mirada que le decía que sabía que aquello iba a sorprenderla— fue allí donde conocí a Aro.

Ella echó la barbilla hacia atrás.

—No es posible.

—Sí. Twilight era entonces una discográfica nueva y era él quien estaba haciendo su propia exploración aquel día. Empezamos a hablar de música, y él pensó que yo tenía un buen dominio del campo. Llegamos a conocernos bien y me ofreció un puesto de trabajo.

—¿Te resultó difícil hacer las maletas y mudarte a Los Ángeles? ¿Decirle a tu padre que abandonabas la medicina? —antes, hacía unos minutos, ella no podía haber imaginado que hubiera algo difícil para Edward Cullen, pero escuchar todo aquello de su familia, imaginarlo como un chico joven de Brooklyn, lo cambiaba todo.

—Sí y no —le dijo él, suavizando el tono de voz. —No me gustaba la idea de decepcionarlos, pero me sentía asfixiado allí. Dejarlo todo para perseguir lo que realmente quería hacer en la vida era muy... liberador. En más de un sentido.

—¿Qué quieres decir?

Su mirada se alejó del techo para centrarse en ella, y después volvió a mirar hacia arriba. —Estaba prometido.

Se esforzó todo lo que pudo para no quedarse mirándolo boquiabierta. —¿En serio? El asintió ligeramente.

—Su nombre era Angie, era una buena chica griega del barrio. Llevábamos saliendo juntos desde los dieciséis años y...

—¿Y qué? —le preguntó ella cuando él se detuvo. —Era como lo de estudiar medicina. No quería estar en esa situación, pero me sentía obligado. —Oh.

Él volvió a mirarla.

—Una vez la amé, pero tenía que irme. Fue la cosa más inteligente que he hecho nunca. Y una lección aprendida. Bella se mordió el labio. —¿Y cuál era la lección?

—Que sentirme atado me hace sentir de alguna manera... en fin, atado. Así que desde entonces, simplemente me limito a no hacerlo. Me siento más feliz así. Y no me arriesgo a hacerle daño a nadie.

—Suena inteligente —le dijo ella, intentando ignorar el leve retortijón en su estómago. Y en realidad, sonaba inteligente, entonces, ¿por qué se sentía tan nerviosa? No era exactamente algo nuevo que Edward no se comprometiera ni tuviera relaciones serias con alguien. Básicamente le estaba contando lo que ella ya sabía.

Solo que quizás escucharlo de su propia voz le parecía un poco diferente.

Porque quizás a ella le gustara realmente.

No es que solo le gustara el sexo con él, sino que le gustaba él. Estar con él, hablar con él, aprender con él, reír con él.

—Háblame de tu ex marido —le dijo Edward, y ella se sorprendió ante aquella petición. Cuando no le respondió enseguida, añadió: —A no ser que prefieras no hacerlo.

Ella negó con la cabeza.

—No, no me importa. Yo... conocí a Jacob de toda la vida, y siempre me pareció que había encontrado al hombre de mis sueños. Nos casamos después de terminar el instituto y un año saliendo juntos (una boda grande y tradicional, con todos los detalles) y un año después, su compañía lo trasladó desde Forks a Los Ángeles. Así que nos mudamos y todo nos pareció genial. Supongo que a medida que pasaba el tiempo, nos separamos un poco, pero yo lo achaqué a lo ocupados que nos mantenían nuestros trabajos, yo con el puesto en Twilight y él con su trabajo de desarrollo de sistemas, y además se había apuntado al gimnasio y pasaba mucho tiempo fuera de casa. Entonces, una noche se fue al gimnasio pero se olvidó el teléfono móvil. Me di cuenta de que había una llamada perdida y pensando que quizás fuera algo importante, escuché el mensaje que le habían dejado. Escuché a una mujer diciendo que llegaba tarde, pero que estaría allí pronto y que llevaba un nuevo conjunto de ropa interior bajo el chándal.

—Mierda.

Ella asintió con un gesto indiferente, perdida en aquel ensueño.

—Sí, mierda.

—¿Y qué hiciste entonces?

—Me fui al gimnasio. Y los encontré trabajando juntos y me enfrenté a él. Me lo contó todo, que la había conocido allí, que se habían caído bien, que una cosa había llevado a la otra. Que ella estaba casada también y que era madre de tres hijos.

Bella agradeció la sonrisa de Edward.

Le animaba a compartir sus sentimientos en aquel tema en particular.

—Creo que el sexo es genial y todo eso, pero para mí hay un par de cosas que son sagradas: el matrimonio y la familia. Quiero decir, ¿por qué molestarse con esas cosas si uno no las desea realmente?

Él asintió.

—Exactamente. Esa es la razón por la que yo no las tengo.

—Entonces, entiendes por qué no pude perdonarlo.

Él la miró, sorprendido.

—¿Pretendía que lo hicieras?

—Eso es lo que quería él. Pero... una vez que la confianza estuvo tan completamente destrozada, supe que nunca volvería a sentir por él lo de antes.

—No te culpo, nena —le dijo él; después se inclinó para darle un pequeño beso, lo que ella necesitaba realmente en aquel preciso momento. —Pero te contaré un secreto.

Ella se acercó más, contenta de que estuvieran dejando atrás la historia de su ex marido. Su ruptura no podía haber contrastado más con la nueva Bella.

—¿Qué es?

—Su pérdida me ha venido definitivamente bien.

Se besaron otra vez, y Edward cerró los ojos, dejando que Bella volviera de nuevo a sus propios pensamientos, y a sus propias palabras: «una vez que la confianza estuvo tan completamente destrozada, supe que nunca volvería a sentir por él lo de antes». ¿No sería así como se sentiría Edward si se enteraba de su engaño, de que estaba robándole un puesto de trabajo que adoraba y que había hecho tan bien durante tanto tiempo? De alguna manera, casi se había olvidado de ello aquel día: había existido tanta excitación entre ellos que le resultó muy fácil dejar apartado cualquier pensamiento negativo.

Ella sabía que estaba cometiendo muchos pecados con Edward, pero aquella mentira era mucho peor que todo lo demás y ella se apartó de él y se bajó de la cama, caminó desnuda para apagar las luces y el equipo de música, y sufrió un sincero sentimiento de culpa que no había sentido hasta aquel momento. Porque ahora lo conocía. Y porque ahora todo aquello le parecía más que una simple cuestión de sexo. Como mínimo, se habían hecho amigos. Bueno, amigos con derecho a roce.

Cuando se dirigió hacia la amplia pared de ventanas que había en la espaciosa zona de la salita, miró las luces de la ciudad, y se obligó una vez más a dejar a un lado el sentimiento de culpabilidad. Después de todo, ¿no le había dicho él que lo que pasara en Las Vegas se quedaba en Las Vegas?

Así que el sexo se quedaría en Las Vegas.

Y con algo de suerte, también lo haría el sentimiento de culpa.


Hola mis niñas!

que les parecio? quien quiere un baño con Edward? ustedes que creen dejara caer sus barreras y dejara entrar al amor o de verdad solo sera una semana y "lo que pasa en las vegas se queda en las vegas"?

Chicas necesito su ayuda en los proximos capitulos habra un trio pero aun no se quien sera la afortunada a quien quieren ver enrollandose con Edward y Bella? Alice? Bree? Victoria? dejenmelo saber con sus rewies y la que tenga mayoria sera la elegida

Tengo que advertirlo esto esta subiendo de nivel cada noche un poco mas y lo que se viene esta aun mas fuerte erotico y explicito ok?

Gracias a todas las nuevas que se añaden a la historia, por sus alertas rewiews y favoritos de verdad gracias espero seguir contando con su apoyo y que me dejen saber que les parece la historia quieren que siga?

Gracias tambien a las que se han pasado por mi OS, "BIENVENIDO A CASA", espero que les haya gustado, y las que no se han pasado espero que puedan darse el tiempo tienen unos horrores garrafales de ortografia que prometo corregir proximamente pero espero que puedan leerlo y dejarme su opinion

gracias por seguirme y nos leemos la proxima semana, porque de ahora en mas las actualizaciones seran por semana y una noche completita lo que es practicamente equivalente a que subiera un cap por dia espero puedan entenderlo, nos leemos la proxima semana

bzoz y mordidaz