Esta por demás decir que ni los personajes ni la historia me pertenecen son de Meyer y Alexander respectivamente.


LA QUINTA NOCHE

El placer es el cebo que te pone el pecado.

Platón

Capítulo 1.

Al día siguiente, Edward informó a Bella de que necesitaba hacer unas cuantas llamadas telefónicas a algunos de los artistas que llevaba para Twilight y que iba a poner las manos libres para que ella pudiera escuchar cómo trataba él con «los talentos».

Así que ella se limitó a escuchar mientras él aliviaba los temores de una banda de rock alternativa cuyo primer CD no estaba causando mucha sensación, como ellos habían esperado. Y mientras él le explicaba a la cantante de Rythm & Blues la razón por la que el anuncio de su próximo y anhelado CD debía ser retrasado otros dos meses. Y cuando la gran estrella de Twilight, el roquero británico Laurent Thomson, se quejó con Edward porque la selección de la canción de su próximo CD no le había gustado al fotógrafo que había hecho las fotos para la carátula.

Bella se dio cuenta de que Edward hablaba con cada persona de manera diferentee, dependiendo de la personalidad de cada uno y las cuestiones que les preocupaban, hasta que parecían adecuadamente calmados, aunque para Laurent Thomson "calmado probablemente era un término demasiado optimista.

Después de presionar el botón de fin de llamada por última vez, levantó la cabeza del sofá donde se acomodaba con los vaqueros que solía llevar y una camiseta, para mirar a Bella, que había estado sentada en una silla con tapizado de satén.

—Ahí lo tienes —le dijo. —El lado oscuro del representante de A&R. ¿Crees que podrás hacerte con ello?

«Ni en el mejor de mis días», se sintió tentada a decirle.

Sabía cómo tratar con Vulturi cuando estaba saturado de trabajo y estresado. Y sabía que cuando Rosalie tenía un mal día, lo mejor que podía hacer era estar de acuerdo con ella en todo y al final se calmaría. Sabía cómo arreglar las fotocopiadoras y tenía mucha habilidad con el Microsoft Word, y podía llevar con eficiencia una oficina con una mano atada a la espalda. Aun así, a pesar de que Aro y Edward creyeran en ella, no tenía ni idea de cómo iba a encargarse de la gente que probablemente tuviera buenas razones para estar preocupada con unos problemas que posiblemente no tuvieran solución.

Y estaba segura de que había hablado con la mayoría de esas personas antes por teléfono, pero solo para pasarles con Aro o para asegurarles que ya se había dado la orden de pago, y eso era completamente diferente. La vieja Bella era una buena guía, pero no con estrellas de rock enfadadas e histéricas.

—Tengo que admitir que estoy intimidada con todo lo que acabo de oír —le contestó ella e intentó no sonar tan alucinada como lo estaba.

—Y yo tengo que admitir que normalmente no tengo que hacer tres llamadas telefónicas como estas de golpe. Pero estar fuera supone que se te acumulen un poco las cosas, y parte de la razón por la que están tan enfadados es porque no les he devuelto la llamada cinco minutos después de que hayan intentado contactar conmigo. Los artistas son temperamentales, eso es un hecho en este negocio. Solo tienes que abordar sus necesidades lo mejor que puedas.

Ella asintió y esperó no parecer demasiado preocupada. Como se había asegurado a sí misma cuando él había estado estableciendo contactos con el personal de las discotecas, Edward tenía un don de gente natural, y ella no estaba del todo segura de que pudiera verse a sí misma tan desenvuelta al iniciar una relación, o al tratar con personas que eran difíciles, justo como acababa de hacer Edward.

—¿Sabes lo que necesitas para animarte? —le preguntó él.

De acuerdo, así que estaba claro que sus miedos se le reflejaban todavía en la cara. ¿Qué?

—Ropa interior nueva.

Ella le dedicó una mirada coqueta; se sentía mucho más cómoda con su actual vida social que con la profesional.

—Tienes razón, me debes un par de braguitas, ¿verdad? O dos pares —añadió ella, después de recordar su encuentro en el Fetiche.

—Por suerte para ti, el centro comercial Fashion Show está lo suficientemente cerca como para acercarnos dando un paseo.

—Por suerte para mí, estoy acostándome con un hombre que sabe cosas como esas —le contestó ella con una carcajada.

—Bueno, espero que esto no vaya a conmocionarte mucho, pequeña señorita Bella —le dijo con un guiño de ojos—, pero no será mi primera vez en una tienda de lencería.

Ella soltó un grito burlón, y le dio una palmada en el pecho.

—Y no es solo que no sea el tipo de hombre que se queda ahí de pie en la puerta con los brazos cruzados, mirándose los pies. Voy a ayudarte a elegir tus braguitas.

Ella rió con suavidad.

—No puedo esperar a ver lo que eliges. Y solo para que lo sepas, no soy fácil. Necesito que mi ropa interior sea a la vez cómoda y sexy.

En respuesta, él chasqueó los dedos y murmuró:

—Mierda.

Dos horas más tarde, estaban atravesando Las Vegas Boulevard y hacían su pequeña caminata hasta el elegante y sofisticado centro comercial. Aparte de reemplazar el tanga rojo que habían destrozado la noche anterior, Edward había elegido un tanga negro, un tanga de leopardo con un lazo negro delante, un sujetador bordado y una caja de braguitas de encaje y seda de color lavanda.

Iban cogidos de la mano, se besaban mientras caminaban y compraban, se besaron aún más cuando se detuvieron para comprar un par de bocadillos en la cafetería para comer. Después, se abrieron camino de vuelta al Venecia, y Edward cargaba con la pequeña bolsita rosa del centro comercial con una seguridad natural que hizo que Bella se deleitara en la masculinidad de su gesto.

—No a todos los hombres les gusta llevar bolsitas rosas —señaló, impresionada.

Él se limitó a contestar.

—Yo no soy como todos los hombres.

«De eso puedes estar seguro». Era fácilmente el hombre más sexy, más seguro y más seductor que ella había conocido. Y le había dado besos ante los escaparates de ropa interior y entre bocados de sus sándwiches de pavo y —oh, Dios— estaba empezando a resultarle realmente fácil pensar en él como... su novio.

Lo que era un suicidio emocional, ella lo sabía con seguridad.

Él le había dicho que aquello era temporal.

Y ella le estaba mintiendo de todas maneras, por lo que era bueno que aquello fuera temporal.

«Así que deja de pensar en él como si fuera tu novio, como si fuera alguien con el que puedes comprometerte».

Ojalá fuera tan fácil.

El hecho era que ella nunca había sido aquel tipo de mujer, el tipo como Rose, quien podía involucrarse con alguien en el plano físico sin que eso empezara a preocuparla demasiado. Y se había estado engañando los últimos días, pensando que quizás la nueva Bella sí fuera ese tipo de mujer. Pero ahora que la nueva Bella parecía ser la verdadera Bella... bueno, estaba empezando a comprometerse con Edward. E iba a salir herida de todo aquello y se iba a sentir sola y vacía cuando acabara, de eso no le cabía ninguna duda.

La única solución, por el momento, era la misma en la que había estado confiando toda la semana.

«Deja esas ideas a un lado. No pienses en ello. Solo siente».

El la besó cuando se detuvieron en la puerta de su habitación —ya que él tenía más llamadas que hacer y correos que mandar, ella había decidido echarse una siesta— y cuando su lengua bailó con la suya e hizo que su cuerpo se estremeciera desde la cabeza hasta los dedos de los pies, justo como pasaba con cualquier cosa que hacía con él, definitivamente sintió. Lo sintió todo. El placer. La emoción. La necesidad de estar con él.

La triste realidad era que ni siquiera le gustaba realmente que tomaran caminos separados para el resto de la tarde. Se había acostumbrado tanto a estar con él casi todo el tiempo durante aquellos últimos días, que era eso lo que la hacía sentirse como la nueva y verdadera Bella. La presencia de Edward, su influencia, las cosas que él le hacía pensar, sentir.

—Arréglate para esta noche —le dijo él, aún cogiéndole la mano.

—¿Que me arregle cómo?

Él se encogió de hombros.

—Con un vestido sexy, si tienes.

—¿Por qué?

—Ya lo verás.

Ah, su sorpresa. Casi se había olvidado de ello. Y no podía imaginar dónde había planeado exactamente Edward follársela aquella noche que requiriera que llevara un buen vestido, pero tampoco podía esperar a descubrirlo.

Capítulo 2.

—Vaya —dijo Edward cuando ella contestó a la puerta a las seis en punto de aquella tarde. Cuando él la miró rápidamente de arriba abajo, sintió cómo le cosquilleaban los senos y le palpitaba la vulva.

Se mordió el labio, se sentía sexy y sofisticada a la vez.

—¿Te gusta?

—Nena —le dijo, como si aquella fuera una pregunta ridícula. —Ese vestido es... increíble. El aspecto que tienes... seré un hombre con suerte si logro hacer negocios antes de entregarme al placer.

El vestido negro de satén colgaba perfectamente sobre sus curvas y revelaba más de su cuerpo que cualquier cosa que hubiera llevado nunca, con unas copas semicirculares en lugar del sujetador que le levantaban el pecho, dejando mucha piel al desnudo. El dobladillo llegaba hasta medio muslo, pero había una abertura a un lado que lo hacía incluso más picante.

Rosalie había insistido en que Bella se comprara aquel vestido, pero ella había dejado puesta la etiqueta, porque pensaba que quizás era mejor devolverlo, hasta que Edward le había pedido llevar un vestido sexy antes, lo que había hecho que ella supiera que era perfecto para pasar una noche en Las Vegas, del brazo del hombre vivo más excitante.

Había completado el atuendo con unas sandalias negras de tacón que llevaban unos pequeños diamantes falsos cubriéndole los dedos de los pies, y los pendientes largos de diamantes que había llevado en su boda. Echando la vista atrás, le pareció de mejor utilidad en aquel momento.

Edward también se había vestido muy elegante —más de lo que le había visto antes: —llevaba una camisa blanca lisa, desabrochada, bajo una chaqueta de cuero de color caramelo, con los pantalones vaqueros que llevaba normalmente debajo. Como siempre, la cruz de su abuela descansaba cerca de su garganta, visible entre los botones abiertos.

—Tú también estás muy guapo —le dijo, mientras lo miraba de arriba abajo, como él había hecho con ella y no dudó en rezagar la mirada en su entrepierna donde, sin erección, aparecía un bulto muy agradable.

Un enorme espejo con marco dorado colgaba de la pared cerca del ascensor y mientras lo esperaban, Bella no pudo evitar mirarse a los dos y pensar que aquella noche, más que antes incluso, parecía pertenecerle a él, como si fuera alguien fabulosa que se dirigía a una noche de glamorosa diversión; y lo mejor de todo era que, en aquel instante, era verdad.

Edward la llevó al Bouchon, un restaurante francés que había en el Venecia, donde se sentaron en un bonito patio enlosado cerca de la piscina. Después de la cena, compartieron una mousse de chocolate bajo un ambiente de dulce música, del sonido de vasos que brindaban y de elegantes columnas y arcos de piedra. Y Bella intentó con todas sus fuerzas no sentir todo lo romántico que había en ello, aunque era muy difícil de ignorar.

Por un lado, sabía que Edward era un hombre de mundo, y un amante de las mujeres, por lo que el hecho de que él hubiera elegido un restaurante terriblemente romántico seguramente no se debía a otra cosa que a una medida respetable de cariño, una buena cena con alguien de cuya compañía disfrutaba.

Pero cuando lo miraba a los ojos... ¿veía ella algo más?

¿O solo se lo estaba imaginando?

A veces, podía jurar que Edward también estaba enamorándose de ella. Pero entonces... recordaba que un hombre como Edward era tan agradable de forma natural, alguien al que se le daba tan bien hacer que otra persona se sintiera especial, que sabía que era probable que aquellos gestos no significaran nada.

«Y eso está bien —se recordó a sí misma. —Esto es solo una aventura, y es exactamente lo que tú querías que fuera. Sexo sin compromiso».

De la cena se dirigieron al Strip para disfrutar de la velada. Aquella noche, le había explicado Edward, iban a ir a ver a cantantes que trabajaban en los mega resorts que se alineaban en Las Vegas Boulevard.

La idea la impactó. «Oh, esa es la razón por la que me ha pedido que me vistiera elegante». Aquello prometía ser una noche más en la ciudad, como tantas otras que habían compartido hasta el momento, e hizo que la sensación de sorpresa cuando él le habló de no acostumbrarse demasiado a la cama se volviera más un misterio.

Su primera parada fue en uno de los pocos espectáculos tradicionales que quedaban en Las Vegas: un lugar lleno de chicas en topless cubiertas por toneladas de pieles y lentejuelas. Era una mezcla variada de entretenimiento, y Edward señaló a la cantante que habían ido a ver, recomendada por un camarero que había hablado con él a principios de la semana. Pero Edward declaró rápidamente que al chico le gustaba demasiado «el sonido de Broadway», con lo cual Bella estuvo de acuerdo y después de aquello, simplemente se sentó y disfrutó del llamativo espectáculo de todo ello, maravillándose con la cantidad de pechos desnudos en el escenario.

Después, mientras se mezclaban con el resto de espectadores que abandonaban el lugar, Edward le dijo:

—Siento si esto te resulta algo inútil, pero el chico con el que hablé me dijo que la vocalista era espectacular, por lo que pensé que merecía la pena echar un vistazo.

Bella abrió los ojos de par en par.

—¿Estás bromeando? ¡Me ha encantado! Ha sido completamente el espectáculo clásico de Las Vegas. Me lo he pasado genial —y lo había hecho. Dado que la mayoría de las showgirls estaban hoy día muertas o retiradas, le encantó tener una pequeña porción de la vieja Ciudad del Pecado.

Edward solamente sonrió, y después le pasó el brazo por la cintura y la acercó a él para darle un beso.

—¿Tienes idea de lo bonita que eres?

Ella bajó la barbilla y le concedió una mirada juguetona.

—Pensaba que era excitante.

—Eres bonita y excitante —le aseguró él. —Y si no te habías dado cuenta, todos los hombres con los que nos hemos topado esta noche tenían los ojos puestos en ti.

En realidad, sí que se había dado cuenta. Y aquello la había hecho sentirse sexy y excitante, y despreocupada... y también le había hecho pensar si la miraban porque pensaban que era una prostituta con aquel vestido tan descarado. Estaba claro que si todos los hombres pudieran ver las cosas que había hecho ella los últimos días, creerían lo segundo, pero ella sabía que solo podía haberse comportado de aquella manera con Edward, y con nadie más.

Y cuando él la llevó de la mano hacia el casino y después salieron juntos a la calle, la cálida brisa de la noche invadió sus sentidos, y supo que no podía negar que estaba enamorándose de él.

Pero también, desde luego, que toda aquella situación era imposible, no importaba cómo lo viera ella.

Y eso significaba que tenía que aprovechar todo lo que pudiera de él en aquel momento, aquella noche, y las noches que estaban por llegar. Tenía que empaparse de él, absorberlo, su cuerpo, su mente, aquellos hermosos ojos, todo él.

Así que cuando se subieron a un taxi y Edward le dijo al conductor que los llevara al Caesars Palace, ella levantó la mano hacia su cara y lo besó, descarada, apasionada y sin disculparse, sin importarle lo más mínimo si el taxista podía observarlos a través del retrovisor. Ahora que la acompañaba el amor, su deseo sexual por él adoptaba una necesidad nueva que ella temía que no tuviera límites.

—Genial —le dijo él cuando el beso terminó.

En respuesta, ella bajó la mano hacia su muslo, en un gesto atrevido, después se deslizó hacia dentro, sobre su verga, la cual se endureció en cuestión de segundos.

Su mirada llevaba una mezcla de diversión y de excitación.

—Debes estar deseando saber cuál es tu sorpresa.

—Mucho —admitió ella.

En el Caesars Palace, se abrieron camino a través del casino hacia a un elegante bar temático llamado Cleopatra's Barge, donde cruzaron un pequeño puente de madera hasta llegar al club flotante y en forma de barco. La oscuridad cayó sobre ellos, era hora de bailar, las luces se arremolinaban en el suelo donde veinte o treinta personas se movían al ritmo de un grupo que tocaba canciones del Top 40 Hits. (Colección de cuarenta canciones que forma parte del álbum de Anal Cunt, una banda de Grindcore, famosa en los Estados Unidos por la obscenidad y mordacidad de sus letras. (N. del T.)

—Estos son a los que venimos a ver —le dijo él mientras se colaban a través de la multitud para llegar a la barra. —Se llaman Razor's Edge.

La banda estaba liderada por una bonita rubia, la única mujer del grupo. Con copas de vino en la mano, observaron y escucharon, y Bella fue consciente otra vez de la atención que recibía por parte de los hombres, y si no estaba equivocada, incluso algunas mujeres parecieron lanzarles miradas de admiración. Estaba empezando a pensar que debería llevar ropa atrevida más a menudo y se recordó a sí misma darle las gracias a Rose por hacer que se comprara el vestido.

De hecho, se acordó otra vez que tenía que darle las gracias a Rose por un montón de cosas: no solo por ayudarla a comprar y por pedirle una cita en la peluquería, sino también por todo el concejo de seducir a Edward. Quizás hubiera ocurrido de todas formas, pero de alguna manera sentía que las varias formas de consejos de Rosalie habían ayudado a que todo pasara.

Después de media hora, Bella dejó su copa vacía en la barra y se inclinó para decirle a Edward por encima de la música:

—No sé... parecen un buen grupo de bar, pero no hay nada nuevo en ellos. Sé que aún no hemos escuchado música original suya, pero hay algo en ellos que me hace sentir... que estoy escuchando algo de los noventa. ¿Estoy equivocada?

Edward vació su propia copa y negó con la cabeza.

—En realidad, has acertado por completo. Llevo aquí un rato esperando a que me dejen alucinado con algo, pero no lo han conseguido. Buen oído, nena.

Después de dejar el Cleopatra's Barge cogidos de la mano, tomaron un taxi en lo alto del Strip y se dirigieron hacia otro enorme hotel, Bella ni siquiera sabía cuál era. Tras el sinfín de paradas que habían hecho durante aquella y las demás noches, hubo un momento que se olvidó de prestar atención.

Se pasearon por otro casino donde las máquinas tragaperras zurraban y tintineaban y la ruleta daba vueltas, y Edward la llevó a una discoteca oscura y tranquila donde su mirada cayó instantáneamente en el joven hombre que había en el escenario, que estaba sentado en un taburete, cantando y tocando una simple guitarra de madera. Con un pelo ligeramente desgreñado y una complexión suave y aceitunada, no podía tener más de diecisiete años, pero su voz y su instrumento afirmaban lo contrario, porque sonaba como si pertenecieran a una vieja alma. El sonido era pop alternativo —pegadizo pero moderno, ingenioso pero lleno de significado— y después de solo unos segundos, Edward y Bella se miraron en silencio y dijeron: «Este chico es bueno».

—Estoy sorprendido —le dijo Edward.

En respuesta, Bella cayó en su nueva costumbre de hacer comparaciones con un ojo comercial.

—Es como... un joven John Mayer, pero con el atractivo de un ídolo adolescente. Cualquier chica de instituto podría derretirse por él.

—La carátula del CD será un primer plano de su cara —meditó Edward, con los ojos puestos en el escenario, claramente pensando en el futuro. —Solo con su nombre encima. Seth Clarewater.

—Como en los antiguos álbumes —dijo Bella —podíamos poner un póster de él en el interior.

Edward no parecía convencido.

—Todavía podemos trabajar en esa idea. Para eso es para lo que están las páginas web. Sin embargo, podemos lanzar una oferta, un póster gratis para las primeras mil personas que manden el recibo que encontrarán en el CD, algo parecido.

—¿Cuántos años tiene? —preguntó Bella.

—No lo suficiente como para entrar aquí, solo lo suficiente como para actuar aquí —le explicó. —Me envió un CD hace unos pocos meses, y supe que era bueno, pero no sabía que era tan bueno, o me hubiera olvidado de los demás y hubiera arrastrado mi culo hacia aquí a toda prisa.

Luego encontraron una mesa, pidieron una botella de vino y simplemente se pusieron cómodos y disfrutaron de la música conmovedora y sincera de Seth Clarewater. Hasta que él se tomó un descanso. Lo que le permitió a Bella ser testigo, una vez más, de la parte divertida de aquel trabajo, observar la cara del chico iluminarse cuando Edward se presentó y le dijo lo impresionado que estaba.

Acordaron una reunión con Seth y su madre para el día siguiente, pero Edward organizó una comida en lugar de un desayuno.

—Porque —le había explicado a Bella con un guiño cuando salieron de la discoteca—, vamos a estar fuera hasta tarde. Ella sonrió.

—Eso implica mi sorpresa, desde luego.

Él asintió, en un gesto claro y conciso.

—¿Y cuándo exactamente voy a recibir esa sorpresa?

—En nuestra próxima parada.

Muy a su pesar, la vulva de Bella tembló con la expectación. Por supuesto, haber tenido tantos ojos lujuriosos puestos en ella durante toda la noche la había mantenido en un estado de excitación toda la velada, como durante el provocativo espectáculo de topless, solo estando con Edward. Por lo que no era solo la promesa de lo que estaba a punto de suceder lo que la emocionaba. Era todo, todo lo que Edward y la Ciudad del Pecado podían ofrecerle.

Y ella estaba más que preparada para cualquier cosa que le deparara la noche.

Capítulo 3.

El siguiente taxi los llevó con rapidez a través del bullicioso Las Vegas Boulevard, donde todo lo que Bella podía ver alrededor de ellos eran limusinas y tranvías y más de esas vallas publicitarias en movimiento que ofrecían en venta a una mujer vestida solo con lencería. Mirando a través de las ventanas, recayó en los letreros de neón que señalaban el hotel casino MGM Grand, el París, el Monte Cario, y otros que pasaban ante sus ojos a toda velocidad y la hacían sentir —junto con el vino que había tomado— completamente consumida por las mareantes luces y el ritmo acelerado del Strip. Lo siguiente que supo fue que el taxi se había detenido en la avenida, en un camino rodeado de arbustos que llevaban a otro resort gigante y otro casino iluminado con luces brillantes, pero otra vez, había olvidado fijarse en el nombre.

Mientras Edward la llevaba a través de las puertas principales y entraban en otro enorme vestíbulo, sintió más ojos puestos en ella, sintió la mano de su hombre sobre la suya, sintió que su corazón latía con fuerza por la emoción de preguntarse qué iba a pasar a continuación y cómo podría agradecérselo por la noche.

Después de entrar en el ascensor, Edward esperó hasta que la mayoría de las personas que estaban dentro hubieran salido en sus respectivas platas, y después presionó el botón de arriba, marcado simplemente con una E.

—¿Qué significa esa letra? —le preguntó ella. —¿Lleva a la azotea?

La boca de Edward se curvó en una sonrisa traviesa.

—No. Lleva a una discoteca. Se llama Eclipse.

Por lo que iban a otra discoteca, una que estaba situada en lo alto de un hotel de Las Vegas Strip.

—¿Esa es mi sorpresa? —le preguntó ella despreocupada. —¿Otra discoteca? —no había querido sonar como decepcionada, pero ya había estado en un montón de discotecas con Edward, por lo que había esperado algo más... único.

Cuando las dos últimas personas que había con ellos en el ascensor se bajaron, las puertas se cerraron y Edward le lanzó una mirada oscura y seductora.

—No te preocupes, nena. Nunca antes has estado en una discoteca como esta.

—¿A qué te refieres?

En aquel momento, se abrieron las puertas del ascensor y el aura de la glamurosa vida nocturna le invadió los sentidos. Ante ellos se desplegaba una habitación con una tenue iluminación, con destellos rojos y púrpuras que giraban y resplandecían sobre los cuerpos escasamente ataviados que había en la pista de baile. La fragancia del alcohol y el perfume caro inundaba el ambiente. Cada cara que pudo ver ella era... hermosa, no había otra manera de describirlo. Estaba claro que era allí adónde iba la gente guapa que quería salir de fiesta.

Pero antes de llegar al interior de la discoteca, tuvieron que ser admitidos por un portero, y ella observó la fila de personas que estaban esperando para entrar, mientras Edward la llevaba por delante, directo al hombre que sostenía una cuerda roja de terciopelo en las manos.

—Señor Cullen —le dijo él tranquilamente, después desató la cuerda, y les hizo un gesto para que entraran. Edward le pasó discretamente al portero un fajo de billetes doblados mientras atravesaban la entrada.

Dentro, pudo ver a la gente guapa más de cerca. Las mujeres tenían un aspecto seguro y atractivo, la mayoría llevaban vestidos de cóctel que rivalizaban con el suyo propio por sexualmente atrevidos, y los hombres eran como Edward, claramente modernos, elegantes, cómodos en su ambiente.

La iluminada pista de baile estaba compuesta por plataformas e incluso por unas pocas jaulas enrejadas. Sobre las plataformas había más gente guapa bailando, la mayoría de las chicas no parecían tener problema alguno por frotar sus cuerpos mientras se movían. Las jaulas, sin embargo, estaban ocupadas por lo que ella pensó que serían gogós, todas vestidas con tops negros de lentejuelas y faldas minúsculas también de color negro, bajo las cuales llevaban ligüeros que sujetaban unas medias de rejilla negras y unas sandalias de plataforma «tacones de stripper». Todo en lo que pudo pensar ella fue... Vaya. Edward tenía razón, ella nunca había estado en un lugar como aquel antes.

Justo entonces, una mujer rubia y delgada pasó delante de ella y se dio la vuelta para mirarla y le dijo a Edward:

—¿Estoy loca o esa que acaba de pasar es Paris Hilton?

—No estás loca.

—Vaya.

El aura sexual del ambiente era completamente palpable. La gente que había en la pista de baile se movía en ondulaciones líquidas, claramente estaba más interesada en el sexo que en la danza. Las camareras en topless servían las copas en la barra mientras otras camareras se pasaban por la discoteca llevando bandejas de copas y botellas, con el mismo top y medias que llevaban las mujeres que bailaban en las jaulas. A cualquier parte que mirara, Bella veía a personas besándose, y aquellos que no estaban besando a alguien parecían querer estarlo.

—Edward —otra rubia de escándalo se dirigió a él, tendiendo la mano y curvando sus uñas rojas alrededor de su brazo. Llevaba un vestido blanco ceñido con un corpiño en forma de V que llegaba hasta su ombligo, resaltando el abultamiento de sus pechos. —¿Qué haces en la ciudad, querido?

—Hola, Chelse —le dijo él con una sonrisa sosegada. —Solo estoy dando una vuelta en busca de algún nuevo talento, como de costumbre.

—Yo puedo ser nueva, y definitivamente poseo ciertos talentos —estaba siendo directamente depredadora y Bella intentó calmarse y no dejar que la pudieran los celos, pero al mismo tiempo se encontró agarrándose al otro brazo de Edward más posesivamente de lo que había pretendido.

—Esta es mi pareja, Bella, la nueva representante de A&R de Twilight —le dijo él, soltando el brazo de las garras de Chelse para señalar a Bella.

—Chica con suerte —dijo Chelse con una timidez afectada, a modo de saludo.

—Sí, lo soy —le contestó Bella, dándose cuenta de que aquello parecía ser el consenso universal: cualquier chica que estuviera con Edward Cullen, aunque fuera por una noche, tenía que ser envidiada.

—Un placer volver a verte, cariño —le dijo a Chelse cuando se iban, y Bella no pudo evitar sentirse feliz de dejar a Miss Vestido Blanco detrás, mientras ellos avanzaban hacia la sala oscura.

Aun así, se vio obligada a observar que muchas más chicas sexys ponían los ojos en su hombre, pero cuando también se dio cuenta de que los hombres le dedicaban a ella la misma mirada, se olvidó de sus preocupaciones. ¿Eran todos aquellos ojos puestos en ella, la sexualidad que flotaba en el ambiente, lo que la hacía sentir cómo le dolían los pechos y se le dilataba la vulva? ¿O era solo porque había estado deseando a Edward toda la noche?

A pesar del sexo que emanaba aquel lugar, ella estaba al límite de preguntarle por qué razón exactamente el Eclipse era su sorpresa, cuando llegaron a una zona completamente nueva de la discoteca. La pista de baile quedó visible detrás de ellos, pero el ambiente acababa de cambiar, sumergiéndose incluso más en un ritmo más lento, más sofocantemente sensual.

La gran sala que los rodeaba estaba llena de... camas. Bueno, no camas reales, sino otomanos y divanes grandes, lujosos y adornados de joyas que hacían un papel perfecto. Los clientes estaban tumbados sobre ellos vestidos con un sofisticado atuendo, bebiendo, hablando, algunos de ellos besándose. Como en el Fetiche, observó a dos chicas dándose el lote, pero a diferencia del Fetiche, ahí nadie parecía particularmente interesado, aparte de un hombre que estaba tumbado con ellas en el diván esmeralda, acariciando la pierna de una de las chicas.

La música también era diferente, aunque la pista de baile todavía estaba a la vista, con un ritmo rápido y fuerte que ya no podía oírse, solo podían escuchar canciones más lentas y eróticas que resonaban desde los ocultos altavoces. La iluminación era suave, invitadora, sensual.

Y alrededor del perímetro de la sala... «oh, Dios mío». Al principio no se había dado cuenta de ello, solo había visto unas cortinas oscuras de color azul zafiro que rodeaban la zona, pero ahora había caído en que algunas de las cortinas estaban retiradas, y se revelaba un gran compartimento en forma de U que tenía una cama hecha a la medida y que se encajaba contra la pared curvada. Eran como cabinas semicirculares en un restaurante, pero en lugar de cabinas, ella pudo ver más lugares pomposos en los que acostarse.

Las zonas que estaban visibles le daban la oportunidad de espiar a la gente que había tumbada allí. En algunas, pudo ver a parejas, mientras que otras camas estaban ocupadas por tres, cuatro o incluso cinco personas. Como en las camas que había en la zona abierta de la sala, la gente que había en la especie de cabinas estaba bebiendo, riendo a carcajadas, y algunos estaban dándose el lote.

La mera presencia de tantas camas elaboradas, con tanta gente reclinadas sobre ellas, la hacían sentirse más excitada aún, hacían que se le humedeciera un poco más la vulva. ¿De verdad tenía la gente relaciones sexuales en aquel lugar? ¿Era esa la razón por la que algunas cortinas estaban echadas?

Mientras intentaba ajustarse al seductor ambiente, una atractiva mujer madurita con otro vestido tan provocador como el suyo —el de la mujer de un bonito color coral— se acercó a ellos, y puso la mano encima del brazo del amante de Bella.

—Edward.

—Kate, hola —le cubrió la mano ligeramente mientras se inclinaba para darle un beso en la mejilla.

Aquella mujer parecía más amistosa que ligona, así que Bella no se sintió celosa como antes, pero estaba empezando a pensar que Edward conocía a cada persona del planeta.

—He visto tu nombre en la lista de reservas —dijo Kate— así que he reservado mi cama favorita para ti.

Oh, trabajaba allí.

Y... había reservado una cama especial para él. El estómago de Bella se revolvió con una extraña expectativa, todavía estaba asombrada y conmocionada por aquel lugar.

Cynthia los condujo a través de varias cortinas cerradas y un par de zonas abiertas, después tiró hacia debajo de una cuerda azul de terciopelo para revelar... la cama más seductora que Bella había visto en su vida. Una tela gruesa de terciopelo rojo cubría la cama en forma de U, mientras afelpadas almohadas de color negro y púrpura, de toda forma y tamaño, alineaban el borde redondo. La pared en forma de U estaba tapizada de más terciopelo rojo, hacia arriba, cubierto con un lujoso papel de pared. El compartimento privado se completaba con repisas para colocar bebidas encima, y espejos con marco dorado que colgaban desde varios ángulos, claramente diseñados para encajar con las paredes curvadas.

—Esto es genial, Kate —dijo Edward tan informalmente como si fuera la camarera que le trae la comida.

—¿Puedo traeros algo de beber?

Él miró a Bella.

—¿Más vino?

—Claro —se sentía tan fuera de su elemento que temía que su voz hubiera salido con un sonido parecido al de un ratón. Incluso si parecía formar parte de la noche, no estaba acostumbrada a estar rodeada de tanta elegancia.

Edward le pidió Kate que trajera una botella de su mejor Pinot Grigio y, cuando se fue, cogió a Bella de la mano y la llevó hacia el cubrecama de terciopelo rojo.

Le dio una sensación indiscutiblemente extraña cuando se echó hacia atrás y se acomodó contra las cómodas almohadas llevando aquel vestido de satén, con las piernas desnudas extendidas ante ella, con las rodillas flexionadas, especialmente en una sala llena de gente, y aun así al mismo tiempo, la hizo sentirse repentinamente como una parte más de la abierta sensualidad del ambiente. Edward estaba tumbado a su lado, apoyado en uno de sus codos, mirándola a la cara.

—Entonces, ¿esta es mi sorpresa? —le preguntó ella.

Él asintió brevemente.

—Es... bastante salvaje. Todavía estoy intentando adaptarme.

—¿Adaptarte?

—Estoy acostumbrada a las discotecas que tienen mesas, no camas.

Justo entonces, un suave gemido sonó en algún lugar cerca de ellos; ella supuso que venía de una de las otras camas. Señaló vagamente hacia el sonido.

—¿De verdad hay gente que está manteniendo relaciones sexuales aquí? ¿Justo aquí? ¿En la discoteca?

La lascivia inundó su sonrisa.

—Por eso están aquí las camas.

Ella le puso los ojos en blanco, y le ofreció una sonrisa apologética.

—Ya entiendo esa parte. Pero... ¿por qué salir fuera para tener sexo cuando puedes hacerlo en tu casa o en tu hotel? Especialmente desde que supongo que tienes que pagar por una de esas camas.

Edward tendió la mano para tocarle la rodilla, y utilizó su dedo pulgar para acariciarla.

—Algunas de estas personas vienen aquí esperando a conocer a alguien con el que deseen echar un polvo. Y la gente como nosotros, que ya saben a quién desean tirarse... venimos por la emoción.

De repente, ella lo comprendió.

—Está... prohibido.

A él le brillaron los ojos.

—Exacto.

—Como hacerlo en la Torre Eiffel —continuó ella. —O en la góndola.

Su mano ascendió cálida por su muslo.

—¿Te acuerdas de lo que me dijiste en la góndola la pasada noche? Dijiste que si pudieras, me follarías en aquel momento, y no te importaría que nadie nos estuviera observando.

Un pequeño atisbo de vergüenza combinado con la sensación de excitación se apoderó de ella. En realidad, sí le había dicho aquello. Era difícil de creer, pero era verdad. Incluso más difícil de creer era que lo hubiera dicho en serio. Edward la había transformado en una desvergonzada adicta al sexo, por lo visto.

Y hacía justo un momento, ella se había sentido preparada para cualquier cosa que él hubiera querido que ella hiciera, cualquier cosa que ella hubiera hecho. Y quizás se había quedado desconcertada por la grosería de aquel lugar, donde el sexo estaba tan «a la vista», pero mientras la cálida caricia de Edward se deslizaba suavemente más hacia arriba, y las yemas de sus dedos jugueteaban ahora bajo el dobladillo de su falda, quizás su conmoción empezaba a desvanecerse. Se desvaneció casi por completo cuando él la besó, su lengua coqueteando dulcemente con la de ella, en un encuentro sensual y suave de sus bocas.

Justo en aquel instante, una de las camareras en top apareció al borde de su cama, llevando dos copas y un cubo con hielo con una botella de vino abierta dentro.

—Su Pinot Grigio —dijo ella cuando ambos la miraron.

Y a Bella se le ocurrió que quizás la camarera se sintiera algo incómoda, pero no lo estaba.

Porque ese tipo de cosas solían suceder allí, personas que se tumbaban, que se daban el lote, delante de todo el mundo.

—Gracias —dijo Edward, después se levantó para sacarse la cartera y le pasó unos billetes a la chica.

Cuando la camarera se fue y Edward empezó a servir el vino, Bella dijo:

—Tengo algunas preguntas que hacerte.

Él se detuvo para destellarla con una mirada divertida.

—No puedo esperar a escucharlas.

Ella sonrió, sabía que a él le parecía entretenida su ingenuidad.

—De acuerdo, ¿cómo has pagado por la cama? Quiero decir, ¿Cuándo? No te he visto darle dinero alguno a Kate.

—Sueles dar el número de la tarjeta de crédito cuando llamas para hacer las reservas.

—Oh —aquello tenía sentido, supuso ella. Aunque la siguiente pregunta no era tan divertida como la primera. —Y si la gente mantiene relaciones sexuales en estas camas, ¿están, eh... limpias?

—Sí, nena, están limpias. La cubierta de terciopelo se puede quitar. Cada vez que se libera una cama, todo el compartimento es desinfectado.

—Bien —dijo ella, después ladeó la cabeza. —¿Pero cómo sabes eso?

—Porque así lo dicen los folletos.

Bella sintió cómo se le abrían los ojos de par en par.

—¿Tienen folletos? ¿Que hablan acerca de la limpieza después de que la gente folle sobre las camas?

Edward dejó escapar una carcajada gutural.

—Se explica con mucha más delicadeza que esa, pero sí, así es. Están en la puerta de la discoteca y probablemente en la barra. Y...

¿Y qué?

—Si estás preguntándote si la gente podrá escucharte, los compartimentos están diseñados para que el ruido se quede dentro. Sé que has escuchado un gemido hace unos minutos, así que sí, algo se escapa, pero casi todo se queda dentro.

—¿He de suponer que eso también está descrito con delicadeza en el folleto?

Él inclinó la cabeza, en un gesto conciso y juguetón.

Y ella no pudo evitar juguetear con él cuando le pasó la copa de vino.

—Parece que eres todo un experto de este lugar.

—No es la primera vez que estoy aquí —le dijo con un guiño. Después levantó la copa para hacer un brindis. —Por las experiencias nuevas.

Ella se mordió el labio, y se sintió a la vez tímida y aventurera, y la sensación de aventura se hacía más poderosa por momentos. Tintineó suavemente su copa contra la de Edward.

—Por las experiencias nuevas.

Capítulo 4.

Bebieron sus copas de vino y conversaron durante un rato más, luego Edward se quitó la chaqueta y la dejó en el borde de la cama. Se besaron, se abrazaron, escucharon la música y observaron a la gente a través de sus cortinas abiertas.

Cuando Edward vació su copa, se acercó un poco más a ella, y descansó la palma de la mano sobre su vientre, apenas rozando con el pulgar la parte inferior de su pecho, y con aquel gesto, hizo que Bella deseara más. Se había vuelto agradablemente embriagada durante la noche, y ahora estaba empezando a intoxicarse agradablemente de aquel lugar, de los colores vivos, de las telas lujosas, de la coqueta gente que había alrededor de ellos.

—Te deseo —le susurró ella.

El inclinó la cabeza hasta rozarle la frente con la suya, con una mirada deliberada e intencionada. —Vas a tenerme.

Justo en aquel momento, Bella captó la imagen de un sexy vestido de leopardo que pasaba por el borde de su cama, y que se detuvo delante de ellos. Edward y ella levantaron la cabeza.

—Edward Cullen —dijo la chica del vestido con una sonrisa.

Joder, otra admiradora más. Y esta última era incluso más atractiva que todas las demás, con su pelo largo y lacio de un color llamativo cobrizo y una complexión perfecta y aceitunada, con unos labios carnosos y húmedos, con las curvas de sus respingones pechos sobresaliendo de la tela de la parte de arriba del vestido.

—Bree —dijo Edward y se sentó para saludarla con una sonrisa más sincera que las que le había dedicado al resto de mujeres que se habían acercado a él. —¿Cómo estás?

La espectacular chica echó la cabeza hacia atrás y puso los ojos en blanco, en un gesto juguetón que a Bella le sorprendió que le pareciera tan sensual. Así de rápido, parecía más simpática y menos afectada que la mayoría de las mujeres del «club de fans de Edward».

—Estoy bien —dijo ella, pero su voz la delataba. —He roto con James.

Edward ladeó la cabeza, con una expresión de reprimenda en la cara.

—Ya te avisé acerca de ese tipo.

—Sí, debí haberte escuchado. Esa rata bastarda me ha engañado. Con Victoria.

—Oh, mierda —dijo Edward, parecía verdaderamente conmocionado.

En aquel momento, Bree desvió su atención hacia Bella.

—Victoria es mi mejor amiga —le informó como si los tres fueran ya amigos. —Bueno, era mi mejor amiga —luego, se inclinó para tenderle la mano al otro lado de la cama. —Soy Bree.

—Bella —se presentó y tendió la mano para recibir brevemente la suave mano de la chica. —Y... siento lo de tu novio.

Bree hizo un leve gesto con la cabeza, como si estuviera intentando quitarle importancia al asunto, aunque era obvio que había sido algo relevante para ella.

—No me merecía —dijo, intentando esbozar una sonrisa. —Lo que me dijo Edward cuando lo vi la última vez, hace ya seis meses, ¿pero le hice caso yo? No. Aunque ya sabes lo que pasa con algunos tíos, lo simplemente excitantes que son y que se cuelan bajo tu piel de alguna manera, haciéndote perder la cabeza, ¿sabes a qué me refiero?

Bella no solía conocer a aquella clase de tíos, pero lo había aprendido todo aquella semana. Así que le concedió una sonrisa que le decía que podía entenderla.

—Sí, claro.

—El ex marido de Bella era el mismo tipo de rata bastarda —le dijo Edward a Bree, después giró la cabeza para mirar a Bella. —Espero que no te importe que acabe de decir eso.

Ella negó con la cabeza.

—No, en absoluto —Jacob era ya agua pasada, aunque le gustaba que Edward entendiera cómo de horrible era engañar a una persona y también supo que Bree estaba de acuerdo.

—¿Tu marido te engañó? —la cara de Bree adoptó una expresión de verdadera repugnancia, como si fuera la primera vez que escuchaba algo tan terrible.

Bella asintió, después lo resumió en pocas palabras.

—Era un imbécil.

Bree se sentó al borde de la cama y se inclinó hacia ella.

—Dios, pobre chica. Quiero decir, fue más que horrible lo que me pasó con James, pero no puedo imaginar cómo de terrible tiene que ser que te engañe la persona con la que estás casada.

Brenna suspiró.

—Bueno, definitivamente es un asco. Pero la buena noticia es que ya es historia.

—Y ahora estás pasando el rato en el Eclipse con el bombón de Edward —Bree sonrió.

—Sí, de hecho así es —contestó Bella, y en aquel momento no lamentó que Jacob la hubiera llevado a acabar con su matrimonio, dado que Edward era una mejora incuestionable. Tendió la mano para apretujarlo con ternura la rodilla, sobre sus pantalones vaqueros azules, y él se la cubrió con su gran mano.

—Así que estás aquí fuera, disfrutando la vida de soltera otra vez, ¿eh? —le preguntó Edward a Bree.

Como antes, la atractiva chica suspiró pero intentó quitarle importancia y sonrió mientras le contestaba.

—Podríamos llamarlo como un intento de volver a subir al caballo. Pero estoy un poco confusa —arrugó la nariz. —He salido sola esta noche, pensé que me toparía con alguien al que conociera, o quizás conocería a alguien interesante, pero básicamente he estado dando vueltas por ahí sintiéndome completamente sola.

Edward ladeó la cabeza, en un gesto dubitativo.

—No me digas que no hay hombres que no se te han echado encima con ese vestido, cariño, o sabré que estás mintiéndome.

Ella volvió a poner los ojos en blanco ligeramente.

—Oh, sí, lo han hecho. Pero eran simplemente... bah. Demasiado insistentes. O presuntuosos. O vulgares. Ese es el problema cuando se sale para echar un polvo. Puedo disfrutar del sexo esporádico como cualquier chica de aquí, pero solo es divertido cuando sucede con naturalidad. ¿Sabéis a qué me refiero?

Ella miró a Bella al hacer la pregunta, y como el único sexo esporádico que había tenido en la vida había sido con Edward, y como el sexo con Edward estaba empezando a convertirse en algo más que esporádico, le dijo:

—Completamente.

—Así que creo que me iré a casa y ahogaré mis penas en una botella de vino, después me iré a dormir y empezaré de nuevo mañana —con aquello, se puso de pie. —Me alegro de haberte conocido —le dijo a Bella—, y ha sido genial cruzarme contigo, Edward. Llámame la próxima vez que vengas a la ciudad y quedaremos a comer o cualquier cosa. Estoy escasa de amigos ahora mismo porque todos los que tenían salen ahora con Victoria y James, los idiotas.

A pesar de querer estar sola con Edward, bueno, tan sola como se podía estar en el Eclipse, Bella sintió verdadera pena por Bree. Una cosa era perder a tu hombre, pero otra completamente diferente era perder al mismo tiempo a todos tus amigos.

—Si vas a volver a casa solo para beber algo, aquí tenemos vino —hizo gestos hacia el cubo de hielo, y la botella que sobresalía de él. —Quédate un rato.

Bree ladeó la cabeza y esbozó una sonrisa de complicidad.

—Es muy amable de tu parte, pero no creo que ustedes dos hayáis venido hasta aquí solo para socializar, excepto quizás el uno con el otro —guiñó un ojo.

—Tenemos toda la noche —le dijo Bella, ya ni siquiera se sentía avergonzada porque la gente asumiera que Edward y ella estaban allí para mantener relaciones sexuales. Y aunque ya era tarde, se había dado cuenta de que las noches en Las Vegas duraban incluso hasta más tarde (por lo menos para ella) que las noches en otros lugares. Llegó incluso a dar una palmada en el terciopelo rojo que había a su lado. —Siéntate y tomemos una copa.

Bree se mordió el labio, parecía tentada y Bella se sintió una vez más sorprendida por su belleza.

—¿Están seguros de que no les importa? No voy a quedarme mucho tiempo.

—Sí, estamos seguros —e incluso aunque le parecía una idea inconcebible que estuviera invitando a una chica tan despampanante a «su cama», Bella siguió insistiendo porque Bree era mucho más agradable que la mayoría de las mujeres atractivas, y porque al oír los planes que tenía para aquella noche, Bella se dio cuenta de que quizás la vida no fuera siempre tan bonita para la gente bonita. En realidad, quizás incluso apestaba algunas veces.

—Bien, entonces —dijo Bree. —Voy a la barra a por otro vaso, y pediré otra botella de vino ya que voy. ¿Qué vino quieren?

—Pinot —contestó Edward, después sacó la botella del cubo para que Bree pudiera ver la etiqueta.

—Ahora mismo vuelvo —les dijo Bree por encima del hombro con una sonrisa, antes de que desapareciera con su vestido de leopardo.

Después de aquello, Edward giró hacia Bella, sus ojos brillaban con sorpresa.

—¿Te ha molestado? —le preguntó ella. —¿Que le haya dicho que se quede?

Él sonrió suavemente.

—No, tienes razón, tenemos toda la noche por delante. Pero me ha pillado por sorpresa.

Bella se encogió de hombros.

—Parece agradable. Y algo a la deriva también. Quizás simplemente esté echando la vista atrás, cuando mi matrimonio se rompió. Realmente es una situación difícil, sobre todo cuando los amigos que tienes en común se ven obligados a elegir bando.

El asintió.

—Es agradable.

—¿De dónde la conoces?

—Es una showgirl, ahora es bailarina en el MGM, pero cuando la conocí bailaba en el Tropicana, en una fiesta después de un concierto. Hace años que la conozco.

—¿Te has acostado con ella?

—Hace mucho tiempo. Solo una vez.

—¿Baila en topless, como las chicas del espectáculo que hemos visto esta noche?

—Solía hacerlo. Pero la última vez que la vi, acababa de ser ascendida a un papel más prominente donde los uniformes no son tan atrevidos. En realidad, apuesto a que sus problemas han venido por eso. Victoria estaba en el mismo espectáculo que ella, y no creo que se alegrara mucho cuando a Bree la ascendieron de puesto

Bella hizo una mueca de desprecio.

—Entonces, ¿crees que Victroa se lió con el novio de Bree por venganza?

Edward se encogió de hombros.

—Quién sabe, pero parece muy probable.

Bella no podía evitar pensar en lo desagradable de todo aquello. Y cómo de competitivo y animado era el mundo en el que Bree vivía.

—¿Qué hace que alguien quiera ser una showgirl aquí? —se preguntó en voz alta.

—Bree me dijo una vez que había hecho todo lo posible por intentar triunfar en Broadway, pero que no pudo, su voz no era lo suficientemente potente. Todo lo que ella quería hacer en la vida era bailar, así que este parece ser el segundo mejor sitio para conseguirlo.

Justo en aquel instante, reapareció Bree, con una botella descorchada de vino en una mano y una copa en la otra.

—Ya estoy aquí.

—Entra —Bella le hizo gestos para que se metiera dentro.

Bree se acomodó a un lado de Bella, y sostuvo la copa en el aire para que Edward se la llenara. Con Bree repentinamente tan cerca, la atención de Bella se dirigió sin darse cuenta hacia los pechos de la mujer; su escote parecía bronceado y perfecto. Y por primera vez, también se fijó en los pies de Bree, cubiertos por unos zapatos rojos, de tiras y con tacones de aguja. Aunque Bella no pensaba que pegaran mucho con el vestido de leopardo, Bree tenía más que el estilo suficiente como para permitirse combinar algo así.

—Este vestido es precioso —le dijo Bree, y tendió la mano para recorrer el suave satén sobre la cadera de Bella.

Espontáneamente, la vulva de Bella se estremeció ante el contacto, dejándola completamente desconcertada. Tomó un gran sorbo de su vino e intentó actuar con normalidad.

—Gracias.

—Te hace un pecho precioso —añadió Bree, todavía con la mano en el vestido de Bella.

—Mmm, sí, son geniales, ¿verdad? —Edward contribuyó a la conversación y se inclinó para plantar un pequeño beso en la parte de arriba del pecho de Bella. Un escalofrío recorrió su región lumbar, no solo por aquella caricia sino por el hecho de que la cortina estuviera todavía abierta, y Bree aún tuviera la mano sobre ella, con tanta informalidad y facilidad, como si aquel contacto fuera lo más normal del mundo. Quizás lo era en su mundo.

—Las tuyas son también preciosas —Bella se oyó a sí misma decirle aquello a Bree.

Dios, ¿qué estaba haciendo? ¿Por qué había dicho algo así? Tenía unos pechos preciosos, pero ¿desde cuándo hacía cumplidos sobre los pechos de otras mujeres?

Aun así, ni Bree ni Edward parecieron desconcertados. En lugar de eso, Bree zarandeó juguetonamente sus pechos en el vestido de leopardo y contestó:

—Esa es la razón por la que compré el vestido.

En aquel momento, Bella se acordó de lo que Bree hacía en la vida y decidió que era probable que fuera completamente normal en su círculo de amistades que las mujeres hablaran acerca de sus pechos.

Pero todavía tenía una sensación de pesadez en el punto en el que se unían sus muslos, y le daba vueltas a la cabeza. Estaba confusa. Ahora casi deseaba no haber invitado a Bree a quedarse. Porque lo único que deseaba era lanzarse a los brazos de Edward y besarlo, acariciarlo, conseguir lo que quería de él. La necesidad había estado creciendo durante toda la noche, y ahora, con una brusquedad alarmante, se estaba volviendo más animal aún, como la pasada noche cuando habían paseado en góndola.

—Entonces díganme, ¿de dónde se conocen ustedes dos? —preguntó Bree.

Edward contestó, y le explicó a la chica el cambio de trabajo de Bella y la razón por la que los dos estaban en Las Vegas.

—Vaya, es genial —dijo Bree, retirando finalmente su mano de donde la había dejado al principio. —Enhorabuena.

Bella se esforzó por fingir que la lujuria estaba quemándola por dentro.

—Gracias. Estoy muy emocionada, y Edward es un profesor excelente —lo miró a los ojos y una vez más no pudo evitar darle voz a lo siguiente que se le vino a la cabeza. —En más de un sentido.

—¿En serio? —Bree bajó el tono de voz y concedió una sonrisa que decía «Cuéntamelo todo».

—Bueno —empezó Bella, mientras intentaba pensar en cómo responder, porque no iba a admitirles a ninguno de los dos que nunca había tenido una aventura esporádica antes. —No he estado con nadie desde que me divorcié. Y Edward... me ha ayudado a salir de la rutina.

A su lado, Bree suspiraba.

—Estoy tan celosa... Necesito a alguien que me saque a mí de la rutina. Hace un mes que no me he acostado con nadie —dijo ella como si llevara cinco años de sequía.

Pero Bella estaba empezando a comprender algo. Quizás no se echa el sexo tanto de menos si lo que has experimentado es lo normal o incluso simplemente aceptable. Ahora que había estado con Edward, sin embargo, sabía que iba a echarlo locamente de menos cuando todo aquello se acabara. Una vez que experimentas unas relaciones sexuales alucinantes, es muy difícil que puedas vivir sin ellas, y supuso que Bree había tenido un montón de experiencias parecidas.

Jenelle quería escuchar más acerca de lo que habían estado haciendo desde su llegada a Las Vegas, a qué bares habían ido, cuántos artistas contrataron, en qué restaurantes cenaron. Ambos proporcionaron las respuestas, y Bella acabó la que probablemente sería la quinta copa de vino en la noche, y se sentía agradecida de que hubieran pasado tantas horas entre toma y toma o seguramente estaría desmayada en aquel momento.

—Hoy —continuó Edward—, no tenía muchos negocios de los que encargarme, solo una pocas llamadas telefónicas que hacer, así que me llevé a Bella de compras.

—Oooh, ¿qué has comprado? —preguntó Bree, enarcando sus cejas perfectamente arregladas.

Bella no pudo evitar esbozar una pequeña sonrisa.

—Braguitas.

Bree ladeó la cabeza, en un gesto de conspiración.

—Y apuesto a que las llevas puestas ahora mismo.

—Así es —le confirmó Bella, que se sentía más bebida a medida que pasaba el tiempo.

—¿Cuáles llevas? —preguntó Edward.

—Es... una sorpresa —dijo ella, jugando de la misma manera que él lo había hecho.

—Apuesto a que vas con... un negro clásico —dijo Bree—, que encajan a la perfección con ese atractivo vestido.

—Compramos un tanga negro, pero yo creo que lleva puesto el rojo —decidió Edward. —Ya que yo le destrocé el último rojo que tenía.

Bella soltó una pequeña carcajada, ya que ambos estaban equivocados, pero no dijo nada.

Hasta que finalmente Breeextendió la mano hacia Bella, deslizando sus uñas rojas y pulidas bajo la abertura lateral del vestido de Brenna y tirando hacia fuera para revelar un pedazo de tejido de la tela, la parte de delante de su tanga de leopardo.

—Oh, Dios mío, este va genial con mi vestido —exclamó Bree, y Bella intentó luchar contra la aparición de la humedad entre sus muslos, mientras Edward reía a carcajadas y Bree continuaba hablando. —Las mías también pegan con el tuyo, quizás deberíamos intercambiarlas —dijo entre risas. —¿Ves? —después se puso de rodillas, y se levantó el vestido hasta revelar su propio tanga, que era de un bonito encaje negro.

Edward también se cambió de lugar, acercándose a las cortinas para cerrarlas.

—¿Qué estás haciendo? —le preguntó Bella. Edward arqueó una de sus cejas.

—Bueno, si vamos a empezar a enseñar la ropa interior que llevamos cada uno, probablemente sea hora de echar las cortinas. A no ser que quieras que las deje abiertas.

—No —dijo Bella. Porque aquello tenía sentido. Porque los vestidos de Bree y el suyo estaban echados hacia arriba lo suficiente como para enseñar sus respectivos tangas. Incluso aunque ella no estuviera muy segura de cómo habían llegado a ese punto.

Cuando Edward ajustó la cortina al pie de la cama, el espacio pareció hacerse más pequeño, más íntimo. E incluso aunque todavía podían escuchar la música de fondo, a la gente riendo, y los gemidos o jadeos ocasionales que venían de la otra cama, daba la sensación de que los tres estuvieran solos en aquel lugar.

Fue entonces cuando Bree, que todavía estaba sobre las rodillas, se inclinó por encima de Bella para coger la botella de vino, porque necesitaba llenarse la copa, pero perdió el equilibrio y se cayó hacia delante, descansando justo sobre el regazo de Bella.

Los tres estallaron a carcajadas, pero Bella se sintió más excitada que entretenida con la situación. Nunca antes se había sentido atraída hacia otra mujer, pero el cuerpo esbelto de Bree tendido sobre ella hacía que le temblara la vulva todavía más enloquecedoramente. ¿Acaso no se había sentido antes inconscientemente excitada cada vez que había visto aquellas vallas publicitarias en movimiento donde se anunciaban mujeres casi desnudas? ¿No se había excitado observando a todas aquellas showgirls con Edward antes, pensando una vez más lo expuesto que estaba el sexo en aquel lugar? Cuando estabas tan rodeada de gente guapa, hombres y mujeres, ¿no se mezclaba y cuajaba todo de alguna manera? ¿No era excitante todo aquello? Joder, le gustara o no, incluso el roce de Rose el día que habían estado levantando los pechos de Bella hacia arriba la había excitado un poco.

—Lo siento —dijo Bree, todavía riéndose, apoyando los brazos en el terciopelo rojo para levantarse.

Pero cuando lo hizo, sucedió algo extraño. Se detuvo a medio camino, colgando directamente sobre Bella, y dejó que su mirada se desviara hacia sus pechos. Y cuando Bree volvió a hablar, su voz había adoptado un tono mucho más bajo.

—¿Son esas... tan bonitas como yo pienso que son?

Bella pudo oler la fragancia del champú de Bree cuando un mechón del pelo largo y voluminoso de la chica rozó la parte de arriba de sus pechos. Aquella pregunta le causó problemas para responder, pero aun así le dijo al final:

—Tendrás... tendrás que preguntárselo a Edward.

Ambas lo miraron y Bella observó el calor puro y animal que había invadido su mirada.

—Sí, lo son —dijo definitivamente. Y cuando Bree volvió a tumbarse en la cama, con las piernas estiradas a su lado, Edward se inclinó hacia Bella, y deslizó la palma de su mano por su pecho. —¿Por qué no te las enseño? —sugirió él.

Bella pensó en protestar, pero la verdad era que no quería hacerlo. Se dijo a sí misma que estaba preparada para cualquier cosa que le aguardara la noche y no podía negar que sentía curiosidad, intriga, por ver adonde llegaba aquel encuentro prohibido. Así que simplemente se quedó mirando, mientras Edward utilizaba ambas manos para bajarle el vestido por los hombros, después introdujo los dedos en el satén negro que sujetaba su pecho, y lo bajó hasta desnudarlos por completo, descubriendo unos pezones rosados y erectos.

Bella desvió la mirada hacia Bree, pero no se encontró con sus ojos. Bree estaba ya estudiando su pecho desnudo, y la punta de la lengua salía para deslizarse por su labio superior. El corazón de Bella latía enloquecedora y apasionadamente.

Solo después de un largo momento paralizante, los ojos de Bree se dirigieron finalmente hacia la cara de Bella.

—¿Puedo besarlos?

Bella se sintió perdida en un mar de confusa lascivia. No sabía cuán lejos debía llevar todo aquello o lo que deseaba, o cómo se sentiría después de que ocurriera lo que iba a ocurrir.

Impotente, miró a Edward, pero él no parecía estar confuso en absoluto. Encontró su oscura mirada y él movió los labios para articular una palabra: «sí».

Edward deseaba aquello. Quería verla con otra chica.

Y lo que Edward deseaba, lo deseaba ella.

Porque le encantaba agradarle, le encantaba excitarlo, y en aquel preciso momento —aquella noche, aquel instante— no le importaba nada más.

—Sí —dijo y escuchó el leve gemido de satisfacción que salió de la boca de Edward cuando Bree se inclinó hacia ella.

La lengua de Bree lamió dulcemente uno de los turgentes pezones, ligero y airoso, y excitante.

Bella gimió de placer, el lametón le había dado la misma sensación que cuando Edward lo había hecho, solo que más suave de alguna manera, y era extrañamente emocionante saber que había venido de otra mujer.

Entonces, Breehizo como había prometido, y le concedió un simple y dulce beso al pezón de la misma teta, antes de cerrar la boca sobre él para succionar tiernamente. El tirón de los labios femeninos fue directo hacia la vulva de Bella y cuando ella desvió la mirada hacia Edward y sus ojos se encontraron, la dejó clavada en el sitio con más fuego del que había visto antes. Dios, era como entrar en un paraíso prohibido.

Bree cambió al otro pecho y cerró sus suaves manos alrededor de la curva exterior de los senos de Bella, masajeando con suavidad, y Bella todavía seguía mirando a Edward, incluso mientras suspiraba, mientras gemía, hasta que cerró los ojos y se dejó llevar al placer que le proporcionaba Bree.

Edward tendió la mano para retirar hacia atrás el pelo de Bree; estaba claro que deseaba ver cómo lamía y succionaba el pecho de Bella. Y Bella lo quería... todo. Quería cada sensación, cada caricia, deseaba sentir todo lo que podía sentir una persona. Deseaba a Edward. Deseaba a Bree. Deseaba dejar de pensar y perderse en las sensaciones.

Y eso fue exactamente lo que hizo.

Edward se inclinó para besarle el otro pecho, por lo que los dos estaban siendo estimulados al mismo tiempo. Oh, Dios, ella nunca había experimentado tal descarga de pura alegría física y cuando arqueó los pechos hacia arriba, más profundo en sus bocas, intentó tirar de las calientes sensaciones hacia sí.

Los besos de Edward eran más intensos, más masculinos, el pelo de su barbilla arañaba suavemente su tierna piel, mientras que los labios de Bree trabajaban con dulzura y suavidad, cada movimiento más femenino. Bella escuchó cómo su respiración se volvía más irregular a medida que el deleite físico la invadía, y se extendía hacia abajo hasta colarse en sus braguitas.

Cuando finalmente Edward soltó su pecho de la boca, sus exuberantes labios brillaron por la humedad, sus ojos se entrecerraron por la pasión. Se puso de pie, la besó en los labios y... mmm, sí, necesitaba recibir la misma atención que habían tenido sus pechos, pero en otros lugares.

Después, Bree se levantó otra vez, y se inclinó para besar la calurosa bienvenida de la boca de Bella mientras Edward las observaba. Justo como lo había sentido en el pecho, los labios de Bree eran inexorablemente más suaves cuando plantó sus labios en los de Bella primero a un lado y después al otro.

Fue entonces cuando Edward se hizo hacia adelante y comenzó el excitante ménage á trois y Bella sintió un escalofrío recorriéndole el cuerpo hasta los dedos de los pies. Todas las lenguas se encontraron a la vez, lamiéndose con delicadeza la una a la otra, hasta que Bella sintió unas manos abriéndose camino por el ribete de su vestido. ¿Serían las de Edward o las de Bree? Era emocionante no estar segura de quién se trataba, pero llegó a la conclusión de que pertenecían a su hombre, ya que pronto se dio cuenta de la rugosidad de la mano, ligeramente más grande.

Sus dos compañeros se hicieron hacia atrás después, y se pusieron de rodillas. Bree se inclinó para levantarle el vestido a Bella, y se mordió el labio mientras estudiaba sus braguitas, que ahora estaban completamente expuestas.

—Qué sexy —jadeó ella, pasando las yemas de los dedos por la parte de delante, justo sobre el monte de Bella.

Ésta aguantó la respiración ante la sacudida de sensaciones y se escuchó a sí misma suspirar:

—Por favor.

«Por favor, dense prisa. Por favor, no se detengan. Por favor, hagan que me sienta bien».

—Puedes tener cualquier cosa que desees, nena —le dijo Edward, con un tono de voz suave y profundo, y añadió después: —Levanta tu trasero para mí.

Ella puso los tacones sobre la cama, se levantó, y dejó que Edward le bajara sus nuevas braguitas, mientras Bree estudiaba la vulva que acababan de revelar, suspirando de forma audible ante la escena.

—Mmm, qué bonita.

Bella no estaba segura de que ella hubiera pensado nunca en su vulva de aquella manera, pero Edward había utilizado la misma palabra para describirla, y decidió que sí, que era bonita. A su propia y especial manera.

Edward retiró a un lado su tanga de leopardo y suavemente le extendió las piernas, y la hizo sentir su propia humedad mientras él la exponía lascivamente.

—Bonita y rosada —arrulló Breee, con una voz llena de coquetería.

—Bonita y rosada, y deliciosa —añadió Edward, con la mirada puesta en los ojos de Bella y después, miró a Bree. —Mantenía abierta para mí.

El corazón de Bella latió más fuerte ante aquella petición, sobre todo cuando Bree utilizó ambas manos para separar con delicadeza los labios de la vulva de Bella más de lo que ya estaban.

Y cuando Edward hundió su boca allí... Oh cielos, fue casi como recibir más placer del que podía aguantar. Se encontró a sí misma estrujando el terciopelo entre sus manos, a su lado, clavando las uñas en él mientras levantaba la vulva para recibir los lametones minuciosos de Edward.

Al poco tiempo, Bree dejó solo a Edward y volvió a concentrarse en los pechos de Bella, recorriéndolos con sus suaves manos, atormentando las cimas sensibles y rosadas con las yemas de sus dedos, y otra vez más se inclinó para lamerla y succionarle.

Ella pudo escuchar sus propios gemidos de placer y vagamente se preguntó si podría resonar más allá del compartimento, pero aquello no le preocupaba lo suficiente como para dejar que parasen. Recibir placer por dos personas realmente proporcionaba el doble de deleite y llevaba sus pasiones a increíbles y nuevas alturas. Todo su cuerpo se ondulaba con deseo, sus pechos se levantaban para recibir las manos y la boca de Bree, su vulva ascendía para encontrar la hábil lengua de Edward. Había perdido el control y tenía la sensación de que la lanzaban a un mar de placer puro, que tiraban de ella desde todas las direcciones.

—Oh, Dios, oh Dios —se escuchó a sí misma jadear. Ahora Edward succionaba su clítoris e incluso había introducido dos de sus dedos en su humedad. —¡Oh! —sollozó ella ante la cálida entrada, y después se los folló a los dos, a la boca de Edward, y a los absorbentes y calientes lametones que Bree le daba en los pezones.

—Oh... oh, Dios, cariño, sí, sí—estaba muy cerca de alcanzar el orgasmo y casi ni siquiera quería hacerlo, porque deseaba sentirse así para el resto de su vida. Al mismo tiempo, mientras miraba la caída del pelo cobrizo de Bree hasta donde sus labios se cerraban alrededor del dilatado pezón y su mano femenina le cubría el otro pecho, bajó los ojos hasta Edward, que recibió su mirada incluso mientras su boca estaba enterrada entre sus piernas; entonces, supo que no podía reprimirlo. —Oh, cariño —ronroneó ella, mirando a sus ojos verdes y sexys.

No dijo nada más. Pero al mismo tiempo, pensó que lo acababa de decir todo. «Quiero esto. Te quiero a ti. Te necesito. Haz que me corra. Haz que me corra».

Y entonces, el clímax surgió dentro de ella a la velocidad de la luz, latiendo salvajemente por todo su cuerpo, obligándola a cerrar los ojos, haciéndola gritar incluso más alto que nunca, a medida que cálidas olas de placer la llevaban a algún lugar nuevo, antes de que finalmente descansara la espalda sobre el terciopelo rojo de la cama donde acababa de entregarse al encuentro más escandaloso de su existencia.

Breeestaba besándole la boca con ternura, sonriendo sensualmente mientras la miraba, y Edward le daba diminutos besos justo por encima de los rizos negros que cubrían su vulva, hasta su ombligo.

—Mmm, ¿te ha gustado? —le preguntó Bree.

Simplemente no existían las palabras que pudieran describir lo que acababa de experimentar. Y ahora que el orgasmo se estaba desvaneciendo y volvía a poner los pies en la tierra, todo le pareció... surrealista. ¿Ella con otra mujer? ¿Y con Edward? ¿Al mismo tiempo?

Pero la vuelta a la cordura no hizo más fácil que ella pudiera negar que se había divertido con aquel atrevido capricho más de lo que podía comprender.

—Dios, sí —se las arregló finalmente para decir.

Bree acarició los pechos de Bella un poco más y parecía sinceramente agradada.

—Mmm, me alegro.

Y a Bella seguía gustándole mucho, pensaba que era muy dulce, incluso aunque vivieran en mundos completamente diferentes, porque, después de todo, el mundo de Bella parecía estar cerca del de Bree con cada día que pasaba. Así que le pareció justo decirle a su nueva amiga:

—Ahora me toca a mí.

Bree se mordió el labio, le lanzó una sexy sonrisa y besó a Bella una vez más.

Por supuesto, Bella no tenía ni la más mínima idea de cómo proceder, solo sabía que quería darle a Bree el placer que había venido buscando aquella noche, y que Edward iba a ayudarla.

Subió suavemente la mano y la llevó hasta la nuca de Bree y cuando Bella localizó un lazo de tela, tiró de él e hizo que el vestido de Bree le cayera suavemente sobre la cintura.

—Oh, vaya —susurró Bella al ver los perfectos pechos de Bree. Eran grandes y redondos, y no había ninguna marca de bikini en ellos y se levantaban perfectamente por sí solos. Supuso que probablemente estaban operados, y si era así no había duda alguna de que Bree había invertido bien su dinero.

Aunque fue más la curiosidad que el deseo lo que empujó a Bella a llevar sus manos hacia arriba, hacia la dulce curva que había alrededor de la parte exterior de sus pechos. Suaves y firmes en las palmas de sus manos, la caricia hizo que una nueva sensación de lujuria se apoderara de Bella. No podía afirmar con seguridad si le gustaba otra mujer o no, pensó que mucha de su excitación se debía simplemente al hecho de atreverse a hacer algo tan salvaje, o de ver cuánto disfrutaba Edward con aquello.

Una idea que la hizo concentrar la mirada en él.

—Bésalos —le dijo él.

Y ella obedeció, una respuesta natural que consistía en darle placer a él, a costa de lo que fuera.

Levantó la cabeza de las almohadas negras y púrpuras, y con dulzura besó la punta del pezón color malva de Bree; escuchó el pequeño suspiro de su nueva amiga y el suave gemido de Edward, y dejó que los sonidos recorrieran todo su ser. La sensación de la pequeña y dura gota de piel contra sus labios le hizo sentir una nueva ráfaga de electricidad que le atravesó la piel.

«Sé más atrevida», le decía una pequeña voz interior. «Hazlo por Edward. Impresiónalo. Impresiónale más de lo que él cree que eres capaz».

Bella se mordió el labio y se sentó erguida, curvó las manos alrededor de los hombros de Bree y la empujó suavemente hasta acostarla sobre la cama, invirtiendo las posiciones. Después hizo una pausa, solo durante un segundo, conmocionada por la belleza de Bree tumbada en topless con su pelo desplegado sobre el terciopelo.

Bella tomó aliento, después se convirtió sin dudarlo en la agresiva criatura en la que deseaba convertirse por su hombre. Ahora estaba apoyada sobre las rodillas, con el vestido todavía en sus caderas, y sus pechos expuestos aún, e inclinándose hacia Bree, cerró la boca sobre el turgente y rosado pezón del pecho de la encantadora chica. La satisfacción se apoderó de ella cuando Bree jadeó y después gimió, con intensidad. Todo el cuerpo de Bella tembló cuando empezó a succionar de ella, suavemente al principio, y después saboreando la sensación del pezón erecto con la lengua, la carne que lo rodeaba llenándole la boca.

Mientras succionaba, dejó que su otra mano se cerrara alrededor del pecho de Bree, y exploró, y masajeó. Era extraño y excitante estar con otra mujer de aquella manera, pensó, todavía tirando del pezón con intensidad. El pecho de Bree en su mano era suave y perfecto, como una pequeña montaña perfectamente redonda cuya cima era una dura perla que raspaba la palma de Bella mientras amasaba la piel de alrededor.

Detrás de ella, Edward las observaba. Lo sabía por los gemidos bajos y cálidos que emitía él, incluso mientras sus manos se moldeaban sobre su trasero, y sus pulgares se extendían hacia dentro, hasta el centro, haciéndola sentir un nuevo tipo de deseo, algo profundo, extraño y desenfrenado.

Y en aquel momento supo que deseaba a otra mujer. Sí, aquello estaba sucediendo porque quería complacer a Edward, pero independientemente de aquel deseo, el placer que recibía del cuerpo de Bree era más que solo secundario. Los pechos de Bree eran tan encantadores, que la sumían en un estado febril que solo antes había experimentado con un hombre. Y ella deseaba más de aquel deseo, necesitaba cosechar más del cálido placer de ella, por lo que dejó de chuparle, cesó de acariciarla y en lugar de eso, cambió ligeramente de posición y se irguió hacia arriba, bajando después sus propios pechos sobre los de Bree y frotándole los pezones con los suyos.

El suspiro apasionado de Bree llenó su lujoso compartimento, y pronto se le unieron los propios suspiros de Bella. Había demasiado suavidad, la suya mezclada con la de Bree. Pero, interrumpido por pequeños trozos de dureza, sus pezones, rozándose los unos con los otros, creando diminutos pinchazos de sensación que llegaban directamente a la vulva de Bella.

Detrás de ella, Edward besaba su trasero y el tumulto de sensaciones que recibía por ambos lados la hizo sentirse loca de deseo. Se movían juntos, su cálida fricción con Bree delante estableciendo el ritmo con el que arqueaba su trasero hacia Edward por detrás. Bella se perdía en todo aquello... hasta que Edward fue hacia ellas dos y comenzó a acariciarles los pechos, y susurró al oído de Bella: —Quítale las bragas.

El estómago se le contrajo. Una cosa era que su vulva se sintiera complacida por Edward y ella, pero otra completamente diferente era invitar a Bree a la refriega.

Aun así, no dudó un momento. La pasión era demasiado poderosa, y junto con los deseos de Edward, la empujaban hacia delante. Fuera lo que fuera lo que Edward quisiera, ella estaba dispuesta a dárselo. Nunca había pretendido convertirse en una especie de persona sumisa, pero el deseo por agradarle era simplemente demasiado fuerte como para querer luchar contra él. Se había convertido en parte de su sexo, parte de lo que los dos compartían.

Edward llevó las palmas de vuelta a las caderas desnudas de Bella y suavemente la apartó de Bree, imponiendo su voluntad incluso aunque ella se rindiera a él, ansiosa por dejar que él la guiara.

Justo como Bree y Edward habían estado sobre su cuerpo hacía solo un rato, ahora él y ella lo hacían sobre el cuerpo de Bree. Lentamente, Edward deslizó las manos por la parte exterior de los muslos de Bree, levantando lentamente su vestido de leopardo. Bree parecía sentirse tan intensa como lo había hecho Bella, masajeándose sus propios pechos desvergonzadamente ahora que Bella se había ido.

Bajo el ribete, encontraron un tanga de encaje negro que se curvaba bajo el piercing del ombligo de Bree y el tatuaje de un corazón rojo a un lado del pendiente. Justo como le había pasado con los pechos de Bree, Bella pensó que aquella parte de su cuerpo también parecía perfecta, tanto que era difícil no sentir envidia, especialmente viendo cómo Edward lo estudiaba detenidamente. Y por una décima de segundo aquello la hizo sentirse cohibida, angustiada, como si nunca pudiera llegar a medirse con una chica tan perfecta y con un cuerpo tan tonificado por el baile, hasta que la mirada de Edward se levantó hacia ella.

—Quítaselo para mí.

Y entonces la golpeó la realidad. A él no le importaba. O quizás no podía verlo. Pero en cualquier caso, era todavía Bella a quien deseaba. Si hubiera deseado a Bree, le hubiera quitado el tanga él mismo. Aunque quería que Bella lo hiciera. Quería seguir guiándola a través de la intensa educación sexual que le había proporcionando aquella semana. Todo aquello seguía siendo por ella.

Reprimió los nervios, esperando que Edward no pudiera verlos, y tendió la mano hacia abajo para pasar los dedos pulgares por la cinta que había en las caderas de Bree. Cuando esta levantó el trasero de la cama, permitiendo que Bella tirara de las bragas suavemente hacia sus rodillas, su mirada se desvió naturalmente hacia la vulva de Bree. La vista de lo cual la hizo quedarse sin respiración, porque ¡Bree se había depilado todo el vello púbico!

Supuso que ya había visto algo así antes, en una revista Playboy que Jacob había comprado una vez, o cuando accidentalmente había abierto un correo electrónico spam que contenía fotos obscenas, pero nunca había pensado que aquello pudiera hacerlo cualquier tipo de mujer.

Y ahora, mientras estudiaba la abertura sedosa y desnuda que había entre las esbeltas piernas de Bree, no pudo evitar sentirse al mismo tiempo desconcertada y... asombrada. Por cómo parecía haber mucho más expuesto —como todo en la Ciudad del Pecado— y lo excitante que le parecía.

Ella nunca había pensado que pudiera tener interés en la vulva de otra mujer, pero de repente, hubo más curiosidad que tiraba de ella, y la hizo tender la mano y acariciar suavemente con su dedo corazón los pliegues, haciendo que Bree gimiera y le dejara húmeda la yema del dedo.

Oh, Dios, ¿acababa de hacer lo que acababa de hacer? ¿Tocarle la vulva a otra chica? ¿Sin que ni siquiera Edward se lo pidiera?

Miró al otro lado del cuerpo de Bree para ver a Edward, sabiendo que debía parecer conmocionado. Pero la mirada de Edward era toda calor, toda voracidad. Ella ni siquiera se había dado cuenta de que tenía la mano tendida, los dedos separados, el húmedo dedo corazón sobresaliendo ligeramente, hasta que Edward cerró su cálida mano sobre la de ella y tiró de su dedo húmedo hasta su boca.

Su propia vulva emergió con la idea de que estaba lamiendo los jugos de otra mujer de su propia mano. Y aunque los celos podían haber entrado en escena en aquel momento, no lo hicieron, solo tenía la extraña sensación de que habían invitado a otra mujer en sus relaciones y que de alguna manera aquello los acercaba incluso más. No entendía muy bien cómo había llegado a pasar, pero cuando miró a Edward a los ojos, lo sintió en el alma, y en las cálidas pulsaciones de su vulva.

Se sintió tan fuerte que se inclinó por encima de Bree, le cubrió a Edward la cara con las manos y le besó con intensidad. Cerró los ojos e introdujo la lengua en su boca, y se perdió en la humedad que encontró allí, en el sabor de él mezclado con su propio sabor, e incluso con el de Bree, y, siguiendo el instinto que repentinamente la corroyó por dentro, le dijo con brusquedad:

—Lámela. Quiero ver cómo le lames la vulva. Quiero ver cómo se lo haces a otra persona que no sea yo.

Un leve sonido salió de la garganta de Edward mientras sus ojos se volvían vidriosos por el placer. Cuando retiró las manos de su cara, Edward le agarró los puños y esta vez la besó con el mismo fervor antes de decirle:

—Ábrele las piernas para mí.

La vulva de Bella volvió de nuevo a la vida, pero ella se las arregló para romper el contacto visual con Edward y concentrarse en la suave vulva de Bree. El tanga todavía estaba en sus rodillas, pero Edward tiró suavemente de él hasta quitárselo.

Cada una de sus terminaciones nerviosas crepitó con la idea y la expectación cuando Bella bajó lentamente las palmas de las manos y las puso sobre la superficie modelada y bronceada de los muslos de Bree y la escuchó suspirar. Levantó la cabeza para mirarla, mientras que ella se pellizcaba sensualmente los pezones y se lamía el labio superior y miraba a Bella a los ojos.

Lentamente, llevó su caricia hacia adentro. Cada sutil movimiento hacía que Bree emitiera un nuevo gemido de placer, hasta que extendió las piernas de Bree, más y más abiertas, hasta que la piel que había en la unión de sus muslos se abrió, revelando los pliegues rosas que había dentro.

Los pechos de Bella le dolían de deseo, mientras su propia vulva se dilataba, todo por estar compartiendo cosas tan extrañamente íntimas con Edward. ¿Cómo era posible que tener otra compañera le hiciera sentirse tan conectada a él? No lo sabía, pero cuando sus ojos se encontraron por encima de la vulva de Bree, ella pudo jurar que él se sentía de la misma manera.

—Lámela ahora —jadeó Bella, desconcertada por cuanto deseaba aquello, por cuanto necesitaba verlo.

Después de darle otro húmedo beso en los labios, Edward se arrodilló y pasó la lengua por la abertura de Bree. Él miró a Bella cuando terminó el largo y completo lametón que le hizo a Bree sollozar, y toda la combinación de sentimientos provocó que Bella se sintiera todavía más loca de lujuria.

—Otra vez —le dijo.

Él obedeció y los papeles se invirtieron. De repente, ella había dejado de ser la sumisa.

Y de alguna manera, lamer a Bree a petición de Bella, mirarle a los ojos después de hacerlo, le hacía sentir —inexplicablemente— como si se lo estuviera haciendo a sí misma. Todavía seguía siendo parte de todo aquello, todavía estaba íntimamente involucrada en el acto incluso sin cosechar el placer físico directo. Le encantaba observarlo tan de cerca, más cerca de lo que podría hacerlo cuando él la lamía a ella. Le encantaba la manera en la que se humedecían y abrían los pliegues internos de Bree que aparecían cada vez que la lengua de Edward ascendía sobre ellos. Le encantaba escuchar los gemidos de Bree, observar cómo levantaba la pelvis para encontrarse con su boca, y saber que era ella la causante de todo aquello, por su capricho, por su antojo, por su deseo, por su orden. Ella nunca había sentido antes un poder sexual sin tocar ni ser tocada.

Pero cuanto más observaba la lengua de su amante sobre la vulva de otra mujer, más necesitaba también la interacción física, la fricción, el placer. Así que desvió la mirada de Edward y volvió a concentrarse en los pechos de Bree. Al principio, los besó un poco más, los lamió y se deleitó con la manera en la que el erecto pezón de Bree se retraía cuando pasaba la lengua sobre él. Pero pronto retomó la cálida sensación de simplemente frotar sus propios pechos con los de ella, ligeramente, de forma juguetona.

Cuando Bree rodeó el cuello de Bella con sus brazos, y le puso la mano encima de la cabeza, tirando de ella para darle un beso voraz, Bella se rindió completamente. A todo. A cada sensación. Como antes, cuando había estado cerca del orgasmo, dejó de pensar, y dejó que los placeres físicos la consumieran.

Y pronto Bree estuvo sollozando en su boca y empujando enloquecidamente contra la boca de Edward y Bella se inclinó hacia abajo para besar y succionar más de sus pechos, deseando ayudarla para que alcanzara el orgasmo.

—¡Oh! —gritó Bree finalmente. —¡Oh, joder! ¡Sí! ¡Sí! —todo su cuerpo se convulsionó enloquecidamente, follando la boca de Edward mientras gritaba, y Bella supo que la gente más allá de la cortina tenía que haberlo escuchado todo, pero aun así no le importaba.

Hasta que finalmente Bree dejó de moverse, y se quedó quieta y tenía un aspecto completamente hermoso, incluso exhausto, con su vestido arrugado en su torso y sus brazos colgándole sobre la cabeza.

—Oh, Dios mío —dijo ella, más suavemente ahora. —Ha sido tan bueno. Ninguno de los dos tenéis ni idea de cuánto lo necesitaba.

Edward, con su camisa blanca ligeramente arrugada ahora pero más sexy que nunca, se puso de rodillas entre las dos chicas acostadas, y sensualmente les acarició los muslos con cada una de sus manos.

—Habéis estado las dos sumamente increíbles —dijo él, sus ojos oscuros radiaban calor.

—Edward —dijo Bree, casi como si él estuviera diciendo una tontería. —Tu lengua ha estado sumamente increíble.

El solo soltó una carcajada, pero Bella se mordió el labio, estaba completamente de acuerdo con Bree, recordando exactamente la sensación que había tenido cuando había tenido la lengua de Edward en su clítoris. Después se dio cuenta de que estaban hablando en pasado, y levantó la cabeza para mirar al hombre del que se había enamorado.

—Todavía no hemos acabado, ¿verdad?

Él bajó la barbilla, enarcando una de sus cejas, en un gesto especulador.

—¿No quieres que acabe?

Ella negó con la cabeza, y sin reflexionar en sus palabras, dijo exactamente lo que estaba pensando. —Deseo tu polla.

La expresión de Edward se oscureció cuando señaló hacia el enorme bulto que había debajo de sus pantalones. —Está justo aquí.

Ella se mordió el labio. Deseaba desesperadamente darle tanto placer como él le había dado a Bree y a ella con su hábil lengua. Y cuando tendió la mano hacia la hebilla de su cinturón, levantó la cabeza y le dijo:

—Ahora te toca a ti, nene. Así que prepárate.

Capítulo 5.

Bella no perdió tiempo alguno y sacó la verga de Edward. Porque incluso si había aprendido a disfrutar cuando tonteaba con las mujeres, todavía necesitaba un hombre que la hiciera sentirse verdaderamente llena, y ese hombre era aquel.

Bree y ella suspiraron cuando vieron aquella verga rosa y venada, toda fuerte, larga y dura, con la punta resplandeciendo con las gotas que anteceden al orgasmo. Ella no había pensado acerca de lo que iba a hacer con aquella majestuosa erección, solo había sentido un deseo humillante por ella.

Recorrió su longitud con las manos, desde la parte de abajo hasta arriba y volvió a bajar otra vez, cubriendo suavemente sus testículos, y sintiéndose indebidamente agradada cuando escuchó el duro aliento de Edward sobre ella y notó cómo sus ojos la atravesaban.

Pero al poco rato, pareció que solo había una cosa para hacer que la noche fuera completa y justa, así que miró sobre la cabeza de su verga hacia Bree, que estaba sentada esperando impacientemente, y le dijo:

—Lámela conmigo.

Bree sonrió y Edward gruñó. Y Bella fue consciente otra vez de la satisfacción que le producía hacer de lo prohibido una realidad.

Mientras Bella le sujetaba la base del mango a Edward, Bree y ella lamieron con delicadeza y sensualidad ambos laterales, como si estuvieran compartiendo un largo helado. Fue al mismo tiempo conmovedor y excitante ver a la otra mujer, tan cerca de la verga de Edward, pero justo como había pasado antes, la excitación pudo más que los celos, y pronto Bree y ella estaban intercambiando ligeros besos con lengua alrededor de su erección mientras le daban placer a la vez.

Aunque Bella no podía soportar esperar demasiado tiempo por tomarlo en su boca, después de lamer la mancha de fluido de su punta, bajo los labios sobre aquella columna de carne dura como la piedra, disfrutando con el gemido que resonaba de Edward desde arriba. Bree acariciaba sus testículos, mientras Bella se movía arriba y abajo, humedeciendo a Edward, dejándole que la llenara en su garganta, animada por sus pequeñas y lentas embestidas y la mano en la cabeza.

—Oh, sí —dijo él, su voz flotó en el aire hacia ella. —Chúpame. Chúpame la polla.

Cuando Bella sintió el cansancio, se la ofreció a Bree, que no pareció dudar cuando le lamió los labios a Bella y después lo hizo también con su verga. Bree trabajaba más rápido aún, más feroz y menos sensual, y Edward ajustó sus embestidas, haciéndolas más rápidas y duras.

—Chúpala —dijo él, con un tono bajo y autoritario. —Chúpala.

Bella sintió como si de alguna manera hubiera descendido a un segundo plano, donde todo lo que importaba era el placer, donde no existían ni las reglas ni los tabús. Y cuando Edward la miró a los ojos, supo que debía parecer desesperada, loca, tan llena de lujuria como lo estaba. Y se sintió tentada a decir lo que estaba pensando «te quiero, te quiero, te quiero», pero de alguna manera se las arregló para no hacerlo.

Aun así, él debió haber leído la salvaje necesidad en sus ojos, porque justo entonces se alejó de Bree, levantándole suavemente la cabeza y entonces, miró a Bella, sus ojos llenos de emoción.

—Necesito follarte, nena, ahora.

—Oh, Dios, lo sé, yo también lo necesito. Necesito tu verga muy dentro de mí —tenía la mano agarrada a su musculoso muslo y parecía que estaba rogándole, pero no podía parar.

Edward se tumbó detrás de ella, sobre el terciopelo rojo, y tendió el brazo para cubrirle uno de sus pechos, lo masajeó, y ella inclinó la cabeza hacia atrás, demandando un beso.

—Levanta la pierna —dijo Bree, con la mano sobre la tira de cuero que rodeaba el tobillo de Bella.

Oh, Dios, ¡Bree! Casi se había olvidado de ella, así de rápido, de la otra chica que todavía estaba allí. ¡También tenía que estar deseando a Edward!

Pero accedió, dejando que Bree le levantara la pierna y observó entre sus muslos mientras Bree rodeaba la densa erección de Edward con su puño, tiraba de ella y la colocaba, guiándole hacia la bienvenida de su vulva.

Los tres gimieron cuando Edward entró dentro de ella, y la expresión de Bree hizo que Bella sintiera más deseos de ver por ella misma la imagen cuando él la penetraba, cuando entraba en su suave piel con su dureza.

Mientras Edward empezaba a embestirla desde detrás, Bree se tumbó delante de ella y empezó a besarle en el pecho. Edward incluso sujetó el monte que Bree chupaba como si se lo estuviera ofreciendo, recordándole a Brenna que estaba experimentando la forma máxima de compartir.

Pronto, ambas chicas comenzaron a acariciar los pechos de la otra, y Bella sintió cómo se le salía el alma del cuerpo de un sentimiento de alegría puro e impulsivo, y antes de que fuera consciente, Bree y ella también estaban frotándose más abajo. Una de las piernas de Bree se deslizó entre las de ella, conectando con su clítoris mientras Bella presionaba instintivamente el muslo hacia delante, entre las piernas de Bree.

Aquello le recordó a su época de instituto, cuando se daba el lote con un chico y sentía sus piernas entrelazadas con las de él de aquella misma manera, frotándose, perdiéndose en aquella maravillosa fricción. Solo que aquello no era el instituto, y Bree no era un chico. No, el chico de Bella estaba detrás de ella, empujando su duro mango en su humedad —una y otra vez, una y otra vez— haciéndola gritar y empujar a su vez hacia atrás, lo que también significaba empujar contra el muslo de Bree, hasta que...

—¡Oh! ¡Oh! ¡Dios! ¡Me estoy corriendo! —sollozó ella, el placer le venía de ambos lados, invadiéndola, apoderándose de ella.

—Oh, sí, yo también —gimió Bree, que empujaba con más fuerza contra Bella, y balanceaba salvajemente sus pechos, justo en el momento en el que Edward dejaba escapar un enorme gemido que significaba que estaba alcanzando el clímax, también, vaciándose dentro de ella. Y los tres se movieron al unísono como olas tumultuosas en un mar de terciopelo rojo, hasta que finalmente se quedaron todos quietos, y se desplomaron de agotamiento.

Capítulo 6.

A Bella todavía le temblaba todo el cuerpo media hora más tarde cuando Edward y ella atravesaban cogidos de la mano el casino del hotel y el vestíbulo que llevaba a las puertas principales. Como le había pasado a menudo desde el momento que había empezado a follarse a Edward, la experiencia la había dejado casi aturdida. Aturdida porque se sentía descarada. Y sentirse descarada en aquel lugar era algo muy fácil, allí en la Ciudad el Pecado, allí con Edward

No podía creer lo que acababa de hacer con él, pero no se arrepentía de nada. Edward y el aura hedonista de aquella ciudad estaban enseñándole a vivir, a vivir realmente, a experimentarlo todo, a embriagarse de todo.

Cuando salieron por una puerta rotatoria de latón hacia el taxi que los esperaba, una cálida brisa nocturna sopló sobre su vestido y le recordó, una vez más, que no llevaba puesto nada de ropa interior, su tanga estaba guardado en el bolsillo de la chaqueta de Edward.

—Solo para que lo sepas —dijo él con una sonrisa traviesa bajo las luces del gran toldo que tenían arriba. —Bree no era parte de tu sorpresa. Esa parte ha sido puro hallazgo fortuito.

El calor le coloreó las mejillas cuando suspiró y levantó la cabeza para mirarlo. No se sentía con remordimientos, ni siquiera exactamente avergonzada, pero sentía un poco de timidez y lo admitió:

—Nunca pensé que pudiera... ya sabes... desear estar con una mujer.

Él le lanzó una mirada segura y de complicidad.

—El sexo no es siempre lógico. Solo sientes lo que sientes.

—¿Quién lo hubiera creído? —dijo con un suspiro. —¿Y adivina qué? Al parecer, no me importa compartirte, después de todo.

Edward soltó una carcajada mientras el portero les sujetaba abierta la puerta del taxi para que entraran.

—Al menos, a veces —terminó suavemente, después de meterse dentro. Ya sabía que... bueno, incluso a pesar de lo asombroso de la experiencia, no quisiera hacerlo todo el tiempo. Es más, anhelaba más el tipo de sexo como el que habían compartido en la bañera, lento, sin prisas, y solos.

Después de darle las indicaciones al taxista para que los llevara de vuelta al Venecia, él le susurró:

—Eres asombrosa.

Ella se mordió el labio, y se preguntó cuánto tendría que confesarle.

—De alguna manera tú... haces que desee serlo. Asombrosa. Y entonces... lo soy.

Intercambiaron dulces sonrisas en el oscuro asiento trasero del coche que ahora se incorporaba a Las Vegas Boulevard.

—Realmente lo eres, ya lo sabes —le dijo él. —Nunca hubiera podido soñar que fueras tan...

—Yo tampoco —meditó ella cuando la voz de Edward se desvaneció y le hizo ganarse un beso. Después de lo cual ella le preguntó con un tono juguetón: —Entonces, ¿cómo vas a superar esto? ¿Cómo vas a llevarme ahora a nuevas alturas?

Él miró hacia otro lugar.

—Ya lo verás.

Ahora que parecía ser la única que bromeaba le dijo:

—¿Qué? ¿Qué has planeado para ahora?

Él ladeó la cabeza, le lanzó una mirada llena de picardía y se inclinó cerca de su oído, y ella deseó escuchar las mismas palabras que tenía en la mente, pero en lugar de eso él solo dijo:

—Nena. Es una sorpresa.


Bien, bien se que todas querran mandarme a la guardia completita por haber demorado tanto pero hubo varias cosillas por ahi que me impidieron subir en primera mi cumple que fue el lunes pasado y ps bueno digamos que me sigo recuperando jiji, ademas de q regrese a la uni y los profes creen que no tienes vida social y que tienes toooooooodo el tiempo del mundo para la escuela asi q lo siento

pero bueno volviendo a lo que les interesa a ustedes aqui esta la 5ta noche nos quedan 2 más y dos epílogos los cuales ya tengo editados así que lo voy a volver un pequeño maraton les parece? si pasamos de los 12 rewies en este cap antes del proximo fin de semana lo subo en cuanto lleguemos en caso contrario me tardare un poquitito mal y me tardare un poco, jiji soy mala pero de lo contrario no me dejan su opinion y quiero saber quien esta del o0tro lado leyendo esto y q piensan al respecto

les gusto el trio? alguna quiere a un Edward que las lleve a comprar lenceria? no se cualquier cosa de verdad me interesa vale?

y ps bueno gracias a todas las alertas y favoritos y por los poquitos rewies q llevamos espero que sean mas un beso y espero q lo hayan disfrutado

bzoz y mordidaz