Nada de esto es mi ya lo saben. Disfruten su lectura nos leemos abajo.
LA SEXTA NOCHE
Comete los pecados más antiguos de la manera más novedosa.
William Shakespeare
Capítulo 1.
Edward se dio la vuelta en la cama y le dio gracias al cielo por haber sido lo suficientemente inteligente y no haber concertado una cita con Seth Clarewater para el desayuno. Eran las diez de la mañana, lo que significaba que Las Vegas Strip estaba empezando a agitarse con los turistas que salían a ver los monumentos de la ciudad antes de que la temperatura alcanzara un grado infernal, pero dentro de su habitación, había gruesas cortinas que bloqueaban la entrada del sol, y aquello les permitía a Bella y a él dormir y recuperarse de la noche pasada. Hubo un tiempo en su vida, en el que podía quedarse fuera hasta las cuatro de la mañana y funcionar a la perfección el día siguiente. Pero con treinta y cinco años, un hombre necesitaba algo de descanso.
Vio a Bella acostada a su lado en la cama, preciosa y desnuda. Se habían ido directamente a la cama después de haber llegado a la habitación, pero no antes de que ella se deshiciera de su sexy vestido. Temía que estaba empezando a acostumbrarse a todo aquello, a acomodarse contra su cuerpo desnudo por la noche, a abrazarla de vez en cuando y embriagarse con su calor.
Mierda, lo de la pasada noche había estado... más allá de sus fantasías más salvajes. Al menos en lo que concernía a Bella.
Solo había estado con dos mujeres una vez. Pero no había experimentado las cosas que había sentido la pasada noche, puro sobrecogimiento y puro... cariño. Y cuando se despertaba en aquel momento, acurrucado alrededor de ella, se sintió más acogido y seguro de lo que podía llegar a entender.
Había algo en aquella emoción que lo llevaba atrás en el tiempo... hasta Angie.
Los dos habían tenido relaciones sexuales, por supuesto, perdieron la virginidad juntos. Y aunque ambos habían vivido en sus casas respectivas, a medida que se habían hecho mayores, tuvieron alguna oportunidad de pasar la noche solos. Y quizás... quizás se sentía de aquella manera entonces, sentía el cálido consuelo de despertarse junto a alguien que amaba.
Pero él siempre había sabido que estaba hecho para algo más que lo que le deparaba la vida en Chicago, así que, por mucho que Angie le hubiera importado, cada día que pasaba las aspiraciones que él tenía en la vida habían deteriorado la relación con más dudas.
Aunque con Bella, le daba la sensación casi como si pudiera tenerlo todo. La dulce y genuina chica que un hombre puede llevar a casa para que conozca a su madre... y la nena sexy y salvaje que nunca teme experimentar cosas nuevas, que nunca teme dejarse llevar por sus placeres.
Mierda, ¿por qué demonios estaba pensando en llevarla a casa de sus padres entre todas las demás cosas? El no llevaba nunca a casa a las mujeres. Nunca. No desde Angie.
Porque él no se metía en ninguna relación.
Porque él no deseaba ese tipo de vida.
«Y será mejor que lo tengas siempre en mente, Cullen».
Después de todo, a Bella y él solo le quedaban dos noches más juntos antes de que se dirigieran de vuelta a Los Ángeles. El día en el que él había planeado poner fin a todo aquello. Y todavía le parecía lógico.
¿O no?
Capítulo 2.
—De acuerdo, hablaremos la semana que viene —dijo Edward, mientras llevaba a Seth y a su madre, quien se había mostrado recelosa durante la reunión y tenía un montón de preguntas acerca del contrato que le estaban ofreciendo a su hijo, hacia la puerta de la habitación. —Y si entre tanto, a usted o a su abogado les surge cualquier tipo de pregunta que yo pueda aclararle, por favor, no duden en llamarme.
Bella lo observó cerrar las puertas dobles, que los dejaban solos en la habitación otra vez. Había guardado silencio casi la mayor parte de la reunión, durante la cual también habían comido. Ella había estado escuchando la manera en la que Edward contestaba a la mujer tan meticulosamente, siempre respetando sus preguntas, aunque en ocasiones se volvieran repetitivas y confusas. Bella solo había contribuido en algo a la conversación para dejarle saber a Seth cuánto adoraba ella su música y cuánto deseaba tenerlo a bordo de Twilight.
Aunque daba la casualidad de que solo tres días antes de aquello, un explorador de una gran discográfica se había acercado a Seth, y que por supuesto, también le había ofrecido una suma importante de dinero.
—La ventaja —le decía Edward a Bella ahora, mientras atravesaba el vestíbulo enlosado— es que hemos conseguido ser los primeros en reunimos con ellos —el representante de la otra compañía se había limitado a invitarles a Los Ángeles la próxima semana, en lugar de hablar de negocios en la ciudad en la que Seth vivía. —Hemos tenido la oportunidad de demostrarle a Seth cómo de interesados estamos en él, hemos conseguido dejarle saber que vamos a respetar su música y finalmente, que va a recibir una atención personal por nuestra parte.
—¿Y cuál es el inconveniente? —preguntó Bella, que estaba todavía sentada a la mesa.
Edward suspiró.
—Simplemente no tenemos tanto dinero como el que ellos pueden ofrecerle.
—Entonces, ¿qué esperanzas tenemos? ¿Por qué se iría él con nosotros?
—Por las razones que te acabo de mencionar. A él le gustamos, de eso estoy seguro. Y es un chico brillante, creo que ha hecho sus deberes sobre el negocio y conoce y entiende los beneficios adicionales de trabajar con una empresa más pequeña. Sabe que llegará a sentirse como un pez pequeño en un gran estanque con el otro tipo, pero que si viene con nosotros, tendrá toda nuestra atención.
»Y en realidad, ha sido muy inteligente de su parte y de su madre no apresurarse a tomar ninguna decisión, a hablar con un abogado, a averiguar lo que le ofrecen ambos bandos antes de decantarse por uno de ellos. Para ser francos, nuestro trabajo consiste en darnos prisa para que la gente firme un contrato antes de que puedan ser descubiertos por otras personas, justo como hicimos con Blush, pero cuando un artista es lo suficientemente avispado como para no lanzarse al primer contrato que le muestran en sus narices, tengo que respetarlo y trabajar con él en ello.
Bella nunca había pensado acerca de aquello, acerca de que a pesar de haber hecho un montón de preguntas sobre el contrato, las chicas de Blush habían firmado sin buscar ningún consejo legal, sin preguntar a sus familias o amigos, nada. Y aquel había sido el objetivo de Edward —y ahora era el suyo: —lograr que los artistas hicieran precisamente eso. De repente, vio aquello como otra parte de su trabajo en el que quizás no pudiera destacar: intentar empujar a alguien a hacer algo que puede que no respondiera a sus mejores intereses.
—¿Qué pasa? —le preguntó Edward. Sus sentimientos debieron haberse reflejado en su cara, algo en lo que realmente debía trabajar si quería convertirse en una buena representante de A&R.
—Nada —mintió ella. Se había dado cuenta de que le resultaba muy fácil ser sincera con Edward cuando hablaban de sexo u otras cosas, pero en los últimos días, había notado que hablar de su nuevo trabajo le resultaba... menos fácil. La verdad era que cuanto más aprendía acerca de él, más empezaba a preguntarse si realmente se le daría bien hacerlo.
—Escucha —dijo él—, si conseguimos a Seth, y eso es precisamente lo que pretendo, incluso si tengo que ponerme de rodillas y rogarle, quiero que seas tú quien se encargue de él.
—¿Cómo? —ladeó la cabeza.
—Quiero que él sea tu primer artista oficial.
Ella sintió cómo se le abría la boca por la sorpresa.
—Estás bromeando.
Aun así él confundió su reacción con preocupación.
—Que no cunda el pánico, nena, estaré ahí a cada paso para guiarte por el camino. Y creo que el chico será grande, y no demasiado temperamental. Te dará una gran ventaja en el negocio, será él el artista en el que apuestes, el que saque tu nombre ahí fuera.
Bella dejó escapar una gran bocanada de aire. ¿Realmente le estaba ofreciendo aquello?
—Edward, no tienes que hacerlo. Quiero decir, no es justo. Eres tú el que ha pasado el tiempo hablando con él y su madre hoy, no yo. Tú eres la persona que a él le gusta, y seguramente la persona con la que quiere trabajar. Y... —suspiró, y su voz se volvió más suave cuando se sintió sin fuerzas, dejando caer los ojos sobre las vetas de madera de la mesa. —En realidad, no he hecho nada para merecerme un regalo así.
En respuesta, Edward se sentó en la silla que había a su lado, giró a Bella hacia sí, y le cogió las manos entre las suyas.
—Bella, tengo mucha fe puesta en ti para este negocio. Pero no es fácil lograr que la gente confíe en ti con algo tan grande como una carrera musical, y puede ser muy duro conseguir el primer artista con éxito. Empezar con alguien prometedor bajo tu custodia significa tener la mitad de la batalla ganada. Así que quiero hacer esto por ti, ¿de acuerdo? No voy a aceptar un no como respuesta.
El nudo que se le había formado a Bella en la garganta apenas la dejaba respirar. Había resultado muy fácil olvidarse de la terrible verdad que estaba ocultándole a Edward cuando estaban besándose o coqueteando, en la cena o escuchando música, cuando iban a las discotecas o tenían relaciones sexuales. Pero ahora, en aquel momento, no podía olvidarse de ello. En realidad, era lo único en lo que podía pensar.
Nunca se había sentido tan asombrada o conmovida —o tan terriblemente culpable— en toda la vida.
—Así están las cosas. Lo contratamos, tú te encargas de él. ¿Vale?
Todavía no podía darle una respuesta. Así que en lugar de eso se lanzó a sus brazos y lo besó, con todo el amor que había en su corazón y toda la admiración de su alma. Lo besó hasta que él tiró de ella hasta su regazo, le puso las manos en el trasero y ella se montó a horcajadas en la amplia silla.
Finalmente acabaron los besos, se quedaron allí simplemente sentados, en silencio, y Edward inclinó la frente hasta rozar la suya, en un gesto dulce que a ella le encantaba. Y una sonrisa lenta y patentada se le desplegó en la cara cuando le dijo:
—Ese es el tipo de respuesta que me gusta.
Capítulo 3.
Bella tenía pocas posibilidades de arreglar todo aquello. No podía negarse a aceptar a Seth, y tampoco podía decirle a Edward la verdad sin que perdiera su propio empleo. Y no solo se refería al idílico puesto de representante de A&R, estaba claro que también perdería su trabajo de administrativa si contaba lo que sabía. Joder, puede incluso que Aro ya hubiera contratado a otra persona para que ocupara su lugar. Y como una mujer recién divorciada, necesitaba un trabajo. Para vivir. Para pagar el alquiler. Para comer. Aquello no era negociable.
Así que no tenía otra opción que seguir con aquella loca farsa durante los siguientes dos días. Y entre tanto, al menos podía darle a Edward las cosas que él esperaba de ella: el calor, la pasión, el sexo. Podía ser su chica sucia.
Y ya que Edward parecía tan lleno de sorpresas sexuales para ella, decidió que también iba a darle una sorpresa. Una que nunca hubiera imaginado.
Así que se levantó desnuda ante el enorme espejo del tocador que había en su propia habitación, preparada para ducharse y cambiarse para otra noche de exploración —y sexo—, se mordió el labio y tendió la mano para coger la espuma de afeitar.
Pero en lugar de extender la esponjosa crema blanca sobre sus piernas, la alisó sobre la piel de entre sus muslos y después cogió la cuchilla desechable de color rosa.
Nunca antes había pensado en afeitarse por completo el pelo púbico hasta la noche pasada, después de haber visto la vulva desnuda de Bree. Pensaba que se había sumergido en una sexualidad atrevida y sin tapujos durante aquella semana, pero ver la vulva de Bree, tan suave y preparada, la había inspirado para ser más atrevida aún. Hacer aquello, revelarse por completo a Edward, le parecía como despojarse del último de los vestigios de la vieja Bella... o afeitarlo, para ser más exactos.
Capítulo 4.
Aquella noche cogieron un taxi en Fremont Street, la morada de la vieja Las Vegas, donde quedaban unos cuantos casinos que habían triunfado desde el nacimiento de la ciudad. En los años recientes, la ciudad había resucitado el barrio, dando a los viejos edificios un toque actual a base de levantar enormes techos arqueados sobre varios de los bloques de la zona, lo que también servía como un toldo contra el sol. La calle estaba acordonada, permitía a los jefes vagar por allí sin preocuparse por el tráfico y cada noche, un espectáculo luminoso parecía resplandecer del oscuro cielo.
Fremont Street también se había convertido en el lugar perfecto para los artistas callejeros, atrayendo a mimos y artistas y magos, así como a músicos. Edward explicaba de camino que siempre echaba un vistazo a Fremont Street cuando iba a Las Vegas.
—Normalmente no encuentras nada que merezca la pena —concluyó—, pero encontré allí a Graham Maxwell, así que no quiero arriesgarme a perder a alguien que sea genial —Graham Maxwell era un pianista de jazz cuyos CD habían dado ganancias respetables a Twilight durante los últimos diez años.
Bella se había vestido muy informal en comparación con la noche pasada. Llevaba unos pantalones de pitillo blancos y una camiseta fucsia. Normalmente, se las habría arreglado para ponerse un sujetador sin tirantes bajo aquella prenda en particular, pero las experiencias de la semana habían alterado verdaderamente su manera de ver las cosas —al menos durante el tiempo que estuviera en Las Vegas—, así que no se había molestado, ni le importaba si sus pezones se entreveían un poco. Como de costumbre, se sentía de una manera completamente diferente, sexy en el brazo de Edward, como si estuviera con un hombre tan atractivo que le diera permiso para ser picante.
Llegaron temprano a cenar en un restaurante especializado en bistecs que Edward conocía y después se fueron a la calle. Tras ver a un aerógrafo increíblemente espectacular trabajando y a un malabarista con zancos, se toparon con un quiosco de música que había en un extremo de la calle, donde un chico con un ligero exceso de peso tocaba el piano y cantaba éxitos de Billy Joel y Elton John. La multitud parecía entretenida, pero Edward y Bella llegaron rápidamente a la conclusión de que no había nada únicamente atractivo en aquel hombre.
Atravesaron de vuelta la avenida principal, y encontraron a un chico que tocaba la guitarra y cantaba suaves clásicos del rock con una voz arenosa y fuerte que se volvía suave justo en el momento que la canción requería. Lentamente, la multitud empezaba a acumularse a su alrededor y los que pasaban por allí dejaban caer monedas en el estuche abierto de su guitarra. Entre las canciones, señalaba a su mujer y a su bebé, que estaban cerca de él, observándolo. Parecía un hippie maduro, de unos cuarenta años, pero con el pelo rubio recogido en una cola de caballo; y quizás incluso fuera un asaltacunas porque su joven mujer no tendría más de veintidós años. Pero cuando le dedicó su versión de «I Love You» de Climax Blues Band, Bella sintió que se le enternecía el corazón.
—Me gusta —le dijo a Edward cuando acabó la canción.
—Te gusta porque piensas que es sensible y romántico.
Ella se dio la vuelta para mirarlo, sonriente, y sorprendida. —¿Y qué te hace pensar que valoro ese tipo de cosas? Él le devolvió la sonrisa.
—Quizás esté equivocado, quizás no sea verdad que lo hagas. Pero me da la sensación de que la chica que solía ver en la oficina de Twilight valoraba esas cosas.
Ella parpadeó, todavía sentía curiosidad.
—¿Y por qué piensas eso? ¿Solo porque una vez te dije que me gustaba el sexo en privado y que había estado un poco más sometida cuando estaba casada?
Él se encogió de hombros.
—Solo era una corazonada.
—¿No habíamos conseguido olvidar aquello de la mujer correcta y remilgada? Quiero decir, si valoro tanto el romance, ¿cómo es posible que haya tenido una aventura loca y salvaje contigo toda la semana y que ni siquiera parpadee ante el hecho de que regresaremos de vuelta al negocio como si tal cosa en solo un par de días?
Su sonrisa se desvaneció, solo ligeramente, y ella casi lamentó haber dicho aquello, porque les recordaba a los dos que todo terminaría pronto. Después de todo, ¿qué pasaba si él había estado planeando cambiar de opinión de alguna manera, y seguir viéndola cuando regresaran a Los Ángeles?
—¿Quieres saber lo que realmente pienso? —le preguntó él al final.
Ella tragó saliva, supo que su sonrisa también se había desvanecido.
—Claro.
—Creo que he llegado a tu vida en un momento en el que estabas herida por lo de tu divorcio. Yo nunca he estado casado, ni divorciado, pero conozco a un montón de personas que sí lo han estado y sé que el divorcio puede cambiar completamente a una persona, cambiar sus deseos o la manera en la que ven la vida. E incluso si tú eres ahora más salvaje, y más aventurera, creo que en lo más profundo de tu ser siempre serás una mujer que se deshace un poco con un tipo como este —señaló al hombre que tocaba la guitarra. —Un hombre que dedica una dulce canción a su mujer.
Bella apenas sabía qué contestarle. Porque pensaba que probablemente tuviera razón. No tenía la más mínima intención de regresar de nuevo a las costumbres que tenía la vieja y remilgada Bella cuando todo aquello se acabara, pero... sí, posiblemente siempre apreciaría a un hombre dulce y cariñoso. Solo Dios sabía que había apreciado el hecho de que aquel mismo día Edward le hubiera dado el control sobre la carrera de Seth, que la había conmovido el gesto... probablemente demasiado. E incluso si no quería volver a ser alguien remilgada, tampoco podía imaginarse yéndose a la cama con alguien con tanta facilidad como lo había hecho con Edward.
—Supongo... que me tienes bien calada, Cullen.
—No parezcas tan desgraciada por ello —le dijo, con un tono de voz alegre. —No es un crimen.
Como de costumbre, cuando discutían temas como aquellos, ella era honesta con él.
—Quizás no quiera sentirme de esa manera. Quizás solo quiero ser una chica sucia y nada más.
Él la miró directamente a los ojos, toda expresión de diversión había desparecido de su cara.
—Pero entonces no serías tú, Bella. Y para tu información, a mí me gusta todo el paquete. Me gusta la chica sucia. Pero también me gusta lo dulce que eres, lo real que eres. Joder, me gusta hasta poder tener una conversación inteligente contigo. No siempre pasa así con las mujeres que conozco.
Oh. Así que le estaba diciendo que le gustaba tal y como era. O solo la nueva Bella en la que se había convertido. Y no estaba muy segura de cómo contestar a todo aquello, pero la frase «te quiero» le vino a la mente. Y ya que aquello era definitivamente una mala idea, lo tomó de la mano y simplemente irguió el cuerpo para darle un beso.
—La cosa es —le dijo él entonces— que no vamos a contratar a este hombre.
Bella arrugó la nariz, en una expresión de decepción.
—Pero parecen...
—Parecen necesitar el dinero, lo sé —le dijo él. —Solo que estamos en el negocio de la música y no en el negocio de la caridad, nena. Eso es algo que debes tener siempre en mente, ¿de acuerdo?
Él tenía razón, por supuesto, así que ella asintió.
—Excepto porque... es bueno. Realmente bueno. ¿No crees? E incluso tiene una buena presencia para el escenario.
—Pero todavía no ha tocado ni una canción original.
—Eso no significa que no las tenga.
Edward sonrió, probablemente por lo argumentativa que se había vuelto de repente.
—Te diré qué vamos a hacer. Cuando haga un descanso, puedes presentarte. Dale mi tarjeta pero escribe tu nombre en el reverso. Dile que te envíe un CD de canciones originales si es que las tiene. ¿Qué te parece?
Ella sonrió.
—Me parece perfecto.
Y así hizo.
Cuando el hombre dejó de tocar, dijo que estaría de vuelta en pocos minutos; Bella tomó una gran bocanada de aire y se acercó a él, dejando que Edward se quedara en el perímetro, junto a la multitud. Cuando Bella le dijo a aquel hombre que trabajaba para Twilight Records, sus ojos arrugados en las comisuras se iluminaron y le concedió una gran sonrisa que dejaba bien claro que necesitaba algo de cuidado dental. Después de que ella expresara sus intereses, le pidió que le enviara un CD de cualquier música original que tuviera, y él le dio las gracias estrechándole la mano con tanta fuerza que casi se la arranca. Entonces levantó la mirada y vio que Edward estaba sonriéndole.
—Buen trabajo —le dijo, y le pasó el brazo por los hombros cuando se dieron la vuelta para irse. —En realidad ha sido divertido.
—¿Ves? Te lo dije, este es el mejor trabajo del mundo cuando puedes alegrarle el día de alguien, o en algunos casos, la vida.
—Entonces, ¿qué vamos a hacer ahora?
—Bueno —le dijo él, con una expresión juguetona, y después echó un vistazo a su alrededor, a la mezcla de artesanos y turistas—, podemos hacer que te hagan una caricatura. O podemos provocar a uno de los mimos. O podemos... empezar con tu sorpresa.
Sintiéndose tímida y segura con aquella sugerencia, le dijo:
—Esta sorpresa es de naturaleza sexual, ¿verdad?
Él asintió.
—Por supuesto.
—Entonces, dámela, cariño.
Capítulo 5.
Cogieron un taxi que los llevó de vuelta al Strip, y por el camino siguieron hablando de negocios, y vaya, había tanto que aprender acerca del trabajo que, en ciertos momentos, Bella se preguntaba si podría ser capaz de hacerlo bien todo.
Por supuesto, también coquetearon y se dieron el lote un poquito. Lo suficiente como para que cuando llegaron a los casinos iluminados por las luces de neón y que se levantaban a ambos lados del taxi, ella estuviera pensando más en hacer cosas atrevidas con Edward que en la música. Cada vez que él la besaba, las sensaciones parecían apoderarse de ella haciéndola sentir hormigueos en el pecho y palpitaciones en la vulva. La tela pegajosa de su camiseta se frotaba contra sus endurecidos pezones con cada movimiento que hacía, añadiendo más a su sensibilidad.
Así que, una vez más, no se dio cuenta de que el taxi había entrado en la avenida. En realidad estuvo tan ocupada entrelazando la lengua con la de su amante que la pilló desprevenida cuando el taxi se detuvo al lado de otro de los toldos grandes de neón que daban a los resorts más grandes. Edward pagó al conductor, después la llevó hacia otro vestíbulo bullicioso y elegante lleno de gente, y ella se preguntó si no iban a visitar otra discoteca de moda y subida de tono como el Eclipse. Pero no se molestó en preguntarlo, porque sabía que él solo le concedería una mirada de censura y recordándole que era una sorpresa.
Se acercaron a la mesa del recepcionista, donde un atractivo hombre con traje negro levantó la cabeza para mirarlos, después se puso de pie.
—Señor Cullen, bienvenido de nuevo —tendió la mano para dársela a Edward y, como de costumbre, Bella se quedó allí de pie sorprendida por la cantidad de personas que lo conocían y que claramente veneraban.
Edward sonrió con tranquilidad.
—Gracias, Richard.
La mirada de Richard se dirigió rápidamente hacia Bella, y después volvió a concentrarse en Edward.
—¿Puedo atreverme a decir que les gustaría visitar nuestra discoteca especial esta noche?
Cuando Edward asintió, Richard sonrió y después salió del mostrador.
—Por aquí —dijo, guiándolos a través de la planta del casino y del sonido de las monedas y las máquinas, hasta que llegaron a una esquina trasera de la sala y a una puerta más que insulsa en donde se podía leer «PRIVADO». Bella supuso que se trataba de un almacén o del cuarto de mantenimiento hasta que Richard insertó la llave en la cerradura de la puerta.
—Que disfruten de la velada —les dijo, y invitándolos a entrar, dejando después que la puerta se cerrara tras ellos.
Bella se encontró en un espacio que más o menos era igual de grande que un almacén, aunque estaba adornado con la decoración lujosa de Las Vegas —una moqueta afelpada de color rojo y papel de pared de color café y dorado —y ante ellos había una puerta dorada y brillante de un ascensor. Edward presionó el único botón y se encendió una flecha ascendente y Bella le dijo:
—Eh, sé que esto es una sorpresa, pero... ¿por qué está este lugar detrás de una puerta cerrada con llave?
—Es una discoteca muy privada —le dijo, con una expresión que no revelaba nada.
Tragó saliva, empezaba a sentirse algo nerviosa.
—¿Cómo de privada?
Justo entonces, se abrió la puerta del ascensor. Dentro, las paredes estaban cubiertas por espejos de arriba abajo, y en cada esquina lucía una moldura gruesa de oro que se levantaba del suelo hasta el techo. Entraron y Edward le puso la mano en la región lumbar.
—No hay mucha gente que sepa de su existencia —le contestó—, y cuando lleguemos arriba, tendremos que firmar una declaración que dice que no revelaremos nada acerca del club, de su localización, de lo que veamos, de a quién veamos, a nadie.
—Eh, ¿por qué? —sintió un hormigueo en la piel. —No se hace nada ilegal ahí arriba, ¿verdad?
Edward recorrió sus brazos de arriba abajo con las palmas de las manos, en un gesto tranquilizador.
—Relájate, nena. Solo es un lugar adonde viene la gente para disfrutar de actividades que prefieren hacer en privado, eso es todo.
—Oh —no es que realmente hubiera contestado a su pregunta, o satisfecho sus curiosidades.
Pero antes de que pudiera preguntarle nada más, terminó el paseo, y las puertas del ascensor se abrieron para revelar una zona pequeña y oscura que automáticamente daba a otra puerta brillante y dorada. Sobre ella, otro viejo letrero, con una escritura que parecía romana y que decía Caligula's.
Al salir del ascensor, se dio la vuelta para mirar a Edward.
—Calígula. ¿No era el emperador romano que tenía un montón de relaciones sexuales enfermas y pervertidas?
Los ojos de Edward resplandecieron en respuesta.
—Correcto —y sin otra palabra más, abrió la puerta dorada.
Dentro Bella encontró un pasillo alineado con arcos romanos de un blanco inmaculado cubierto de flores y vegetación. Las paredes de ambos lados lucían murales que daban la impresión de levantarse sobre una calle romana, la calle de la antigua ciudad que se expandía hacia todas direcciones delante de ellos. Un hombre y una mujer, los dos muy atractivos y ataviados con una toga blanca y una orla dorada, salieron a darles la bienvenida.
—Bienvenidos a Roma —dijo el chico, levantando la mano como si estuviera enseñando el esplendor de la ciudad. Alrededor de su cabeza descansaba una corona dorada de laurel como aquellas que llevaban el César y otros hombres en la época.
—Nos alegramos de su llegada —dijo la chica, con un tono de voz cálido y formal. Su vestido corto en forma de toga se anudaba en uno de sus hombros y dejaban sus pezones claramente visibles a través de la tela blanca. Llevaba dos hojas de papel que parecían deteriorados pergaminos atados con una fina cuerda de oro. —Estos son los términos en los que deben estar de acuerdo antes de entrar en nuestra bella ciudad —después señaló hacia dos arcos abiertos que había a cada lado del vestíbulo. —Y aquí encontrarán las prendas que llevan nuestros ciudadanos; elijan una de su preferencia y prepárense para disfrutar de una noche llena de sensuales deleites, unos que probablemente no hayan conocido nunca.
—Señorita, encontrará su vestuario al atravesar el arco de la derecha —dijo el chico—, y señor, proceda por la izquierda.
Y antes de saber qué es lo que estaba sucediendo, Bella se encontró a sí misma conducida hacia el arco indicado, con el rollo de pergamino apretado en el puño.
No estaba segura de si se sintió feliz o desgraciada al encontrar a otra «ciudadana de Roma» esperando dentro. La encantadora chica morena llevaba otro revelador vestido blanco y sonrió con agrado cuando Bella entró.
—Bienvenida —le dijo. —Soy su doncella, Clodia. Una vez que haya firmado el documento, la ayudaré a elegir su atuendo para la velada.
Bella se quedó muda de asombro, dado que todavía no sabía exactamente lo que ocurría allí.
—Eh, de acuerdo —apresuradamente, desenrolló el pergamino y encontró, en una escritura de aspecto histórico, el mismo mensaje general que Edward le había confiado. Firmó con un elegante bolígrafo que parecía una pluma, se lo pasó a Clodia, quien después, señaló hacia varios tipos de toga para mujer que habían expuestos en las maniquíes que las rodeaban.
—Cuando haga su elección —dijo la mujer—, tenga en cuenta que deberá deshacerse de toda la ropa que lleva ahora puesta. Todas las joyas y la ropa interior incluidas.
—Ya veo —murmuró Bella, estudiando los escasos vestidos.
Eligió el mismo que llevaba puesto Clodia, una toga con cuerdas doradas al hombro que descendían hasta unas copas blancas y sedosas para sujetarle los pechos y un cuerpo rodeado de cuerdas doradas y entrecruzadas. El dobladillo variado quedaba a medio muslo a un lado, y un poco más arriba al otro.
Cuando se metió en su vestuario privado, temió que su vulva pudiera vislumbrarse con total facilidad a través de aquella tela, pero decidió no preocuparse por ello, ya que todas las togas eran cortas, y habían sido diseñadas para el sexo, después de todo. Como también parecía ser el caso con todos los atuendos, sus pezones se distinguían claramente a través del vestido blanco y el corte de la tela creaba un escote generoso. No estaba segura de si se sentía tímida o sexy cuando salió hacia donde Clodia la esperaba.
—Encantadora —le dijo la joven mujer, mientras la miraba de arriba abajo, con un estudio lento que hizo que un escalofrío de anticipación le recorriera a Bella la columna vertebral.
Después, se puso unos zapatos dorados, esencialmente unas sandalias de tacón con cintas que se entrecruzaban por las pantorrillas. Finalmente, eligieron un tocado de los muchos disponibles, un círculo de lazos entrecruzados de oro que descansaron sobre su cabeza como una delicada corona.
—Ahí tiene —le dijo Clodia, llevándola hacia el espejo. —Ahora es usted una perfecta diosa romana.
Y, oh Dios, era verdad. Sintió como si fuera a ir a una fiesta de Halloween, pero... el tipo de fiesta al que probablemente quisiera ir Edward, donde cada mujer era excitante y sexy y cada hombre estaba preparado. Aunque ella nunca se había rendido a ningún tipo de fantasía romana, de repente sintió que quizás pudiera meterse en todo aquello y, por primera vez desde que habían salido del ascensor, se sintió verdaderamente emocionada por ver lo que le esperaba exactamente.
—Vaya —le dijo Clodia, todavía en su papel. —Reúnase con su amante. Está esperando para llevarla a una bacanal en el palacio del emperador.
Al salir al vestíbulo, Bella encontró a Edward, muy atractivo ataviado con su propia toga blanca y la corona de laurel. Ella no podía haber imaginado que le parecería tan excitante con lo que técnicamente era un vestido, aunque por otro lado, no estaba segura de si algún día Edward no le fuera a parecer atractivo. Tampoco pudo evitar fijarse en la cruz que todavía adornaba su cuello, a pesar de la regla de no llevar joya alguna.
Los ojos de Edward la recorrieron apreciativamente de arriba abajo, haciendo que la vulva le palpitara ligeramente.
—Joder, nena, debería haberte traído aquí antes.
Al instante se sintió preocupada por el hecho de haber acabado con el mismo problema de la noche anterior, sin bragas que absorbieran su humedad, pero tenía cosas más importantes en las que pensar. Le presionó el torso con las palmas de las manos, dejó que sus ojos se abrieran un poco más, pero habló con un tono de voz bajo ya que los recibidores estaban todavía cerca.
—Entonces dime, ¿qué pasa aquí exactamente?
Él le apretó suavemente los codos, y la miró con una expresión sensual.
—Estás a punto de descubrirlo.
Estaba también a punto de protestar cuando la mujer del vestido blanco que los había recibido en la entrada se acercó a ellos.
—Sigan adelante, hacia el placer —les dijo con una sonrisa, así que Edward llevó a Bella por el pasillo que todavía se extendía alineado con murales romanos cuando una voz empezó a resonar de unos altavoces escondidos.
—Bienvenidos al Imperio Sagrado de Roma. Han sido invitados al palacio de Calígula para disfrutar de una gran bacanal. Muchos de los invitados del emperador han llegado ya. Durante su estancia, sus deseos serán los deseos de Calígula. Pueden sumergirse en sus baños, comer sus uvas, beber su vino, jugar con otros visitantes, disfrutar de cada placer que los aguarda. También pueden elegir solo observar nuestro festival romano de desenfreno. Sea lo que sea lo que elijan, sean respetuosos con los demás y recuerden... cuando estén en Roma, sigan las costumbres de los romanos.
La grabación acabó justo en el momento preciso en el que llegaron a las amplias puertas dobles, bajo una elaborada fachada de construcción romana. El ambiente ya era abrumador.
—¿Debería estar nerviosa? —le preguntó a Edward una vez que se apagó la voz.
—No —dijo él. —Deberías estar... abierta a todo.
Ella se detuvo y lo miró. Había decidido estar preparada para aquello —fuera lo que fuera— cuando había estado con Clodia, cuando era más un juego de disfraces, pero ahora empezaba a preocuparse otra vez.
—¿A qué te refieres con eso?
Su respuesta llegó con un tono sereno y directo.
—Me refiero a que al principio va a asombrarte lo que vas a ver, pero después te relajarás y disfrutarás. Vas a dejarte llevar. Justo como lo hiciste en la Torre Eiffel. Y en la góndola. Y la pasada noche, con Bree. Vas a experimentar el mejor de los placeres que has experimentado nunca. Es así de simple.
Ella se quedó inmóvil y en silencio ante él. No sonaba tan simple.
Porque hasta aquel momento, con Edward, siempre se sintió... como si tuviera elección. En todo lo que habían hecho juntos. Sus relaciones sexuales habían alcanzado tal extremo porque ella perdió sus inhibiciones y había deseado que ocurriese.
Pero aquello, en aquel momento, le daba la sensación de que era algo impuesto, a diferencia de las otras cosas que habían hecho. Puede que lo que le aguardara detrás de aquella puerta fuera algo que tuviera que soportar, sin que hubiera salida fácil. La fantasía era al mismo tiempo tentadora e... intimidatoria.
—Estoy un poco asustada —le dijo, decidió hablar con sinceridad. —No estoy segura de que quiera estar ahí, de que quiera hacer esto.
Él se quedó en silencio, pero sus ojos verdes la atravesaron cuando una vez más, le colocó las manos sobre la parte superior de los brazos para prepararla.
—¿Te he dado hasta ahora otra cosa que no sea placer?
—No.
—¿Te arrepientes de algo?
—No —ni siquiera de lo que había pasado con Bree. Parte de ella había temido sentirse arrepentida o extraña al despertarse esa misma mañana, pero no había sido el caso.
—Nunca planeé que pasara esto, Bella. Pero me gusta ayudarte a descubrir a la chica mala que hay en ti. Me gusta llevarte más y más profundamente en esa parte de ti misma. Y esto es solo... el siguiente paso. El último paso. ¿No quieres ver lo que es?
Cuando se lo describió de aquella manera, muy a su pesar, quiso verlo. Así que casi paralizada aunque deseando agradarle —otra vez, siempre—, asintió.
Y lo escuchó decir:
—Buena chica.
Entonces observaron mientras él golpeaba la aldaba grande, dorada y en forma de cabeza de león que había en la puerta del palacio de Calígula.
Capítulo 6.
Quizás había empezado a formarse alguna imagen de lo que ocurría allí, una fiesta hedonista, que seguramente incluía sexo hedonista. Pero no podía haberse imaginado el elaborado ambiente que la aguardaba cuando se abrió la puerta del palacio. Edward otra vez colocó la mano en su región lumbar para dirigirla hacia la expansiva sala.
Había muchos murales que enmarcaban cada pared, y le hacían parecer como si estuvieran en realidad dentro de un enorme palacio, en un vestíbulo alineando con grandes ventanas que revelaban unos jardines romanos perfectamente arreglados con fuentes y un carro de caballos que paseaba por allí. Entre las ventanas se levantaban enormes mesas repletas de uvas, queso y jarras de vino.
Pero los cuadros y la comida no eran —hasta ese momento— la principal atracción. En medio de aquel espacio, había unas grandes columnas que creaban un enorme círculo. Entre cada una de ellas descansaba una cama blanca cubierta por almohadas de dorado metálico que se esparcían por la superficie, y la mayoría estaban ocupadas por gente que iba vestida como Edward y como ella. En el círculo de dentro había dos pequeñas piscinas rectangulares rociadas con lirios de agua, y varias personas, algunas sumergidas con las togas, otras nadando desnudas. Entre los dos baños se levantaba un gran dosel en el que una mujer rubia y atractiva hacía turnos para besarse con dos hombres; los tres estaban desnudos excepto por la corona de laureles que llevaban en la cabeza y parecían preparados para hacer algo más que simplemente besarse.
Bella quería detenerse, intentar absorberlo todo desde la distancia antes de acercarse demasiado, pero otra mujer vestida con toga los dirigió hacia una de las camas vacías.
Echó un vistazo a su alrededor, y se dio cuenta de que la mayoría de los visitantes de las camas observaban a la gente que había en la plataforma, aunque algunos estaban entregados ya a sus propios placeres. Una pareja se besaba, con las manos en las piernas del otro, bajo sus togas y ella fue testigo de cómo una chica sentada detrás de otra se inclinaba para cubrirle los pechos a la segunda mientras un hombre se arrodillaba entre las piernas de la misma chica, y se inclinaba para comerla. En otra cama, había dos hombres musculosos y guapos que se estaban dando el lote.
—Relájate y permítete disfrutar de todo esto —le susurró Edward mientras se acomodaban juntos en la cama. No estaba muy segura de lo que tenía que hacer, así que se sentó con las rodillas dobladas ligeramente ante ella, incapaz de negar cómo de bueno —incluso cómodo—la hacía sentir que Edward le rodeara la cintura con sus brazos desde detrás.
Y durante los primeros segundos, no pudo creer que estuviera observando abiertamente a tanta gente que mantenía relaciones sexuales en una habitación iluminada con luces brillantes, y un desconcierto puro que rodaba la vergüenza la corroyó.
Entonces, algo ocurrió.
Ella se dio cuenta de que nadie más se sentía avergonzado. Simplemente estaban disfrutando de la fantasía, de la bacanal, ya que el club estaba diseñado para que así lo hicieran.
Y se dio cuenta de que era imposible no empezar a sentirse más excitada con cada segundo que pasaba. A cualquier punto en el que recaían sus ojos, algo sensual estaba teniendo lugar.
En la piscina ubicada cerca de ellos, había una mujer desnuda con un ánfora bajo la espalda mientras un hombre le lamía entre las piernas. Una mujer bien proporcionada con una toga emergió de los escalones de la piscina, con el agua extendiéndose por su vestido y dejando sus enormes pechos casi al descubierto, y también su trasero, a través de aquella tela fina. Se tumbó sobre una cama vacía, y después le hizo gestos a un hombre con toga que había cerca y que llevaba una bandeja de uvas en la mano. Fue hacia ella, dejó colgando un racimo de uvas de color púrpura justo por encima de su boca, y permitió que mordiera una de ellas.
En el centro de la habitación, la encantadora rubia estaba ahora colocada sobre sus manos y rodillas en un lujoso diván, y la verga de uno de los hombres le entraba por detrás, mientras el otro le follaba la boca. Bella nunca había visto algo parecido.
Y aunque podía escucharse la música romanesca —haciéndola imaginar unos cuantos sujetos de Calígula's tocando las liras y los laúdes en alguna esquina distante de la habitación— la melodía estaba interrumpida por los sonidos del sexo: gemidos, suspiros, respiración dificultosa.
Poco a poco, Bella estaba empezando a sentirse más fascinada que asombrada.
Se inclinó para preguntarle a Edward.
—¿Cómo funciona esto? ¿Cuáles son las reglas?
Se dio la vuelta y vio una sonrisa algo recriminatoria.
—Supongo que no has leído lo que has firmado.
Bueno, no muy detenidamente. Había visto la parte de confidencialidad y había firmado con la pluma, estaba demasiado intranquila como para pensar con claridad.
—Quizás no. Así que cuéntamelo.
—Puedes limitarte a mirar si así lo deseas, o follar con quien quieras que se presente. Pero la gente que trabaja aquí hará todo lo que desees tú, darte de comer fruta, tontear contigo o follar si se lo pides.
—Vaya —dijo ella en un suspiro de sorpresa ante la «fiesta» de elecciones que se le presentaban allí. Luego, volvió a mirar a Edward. —¿Y cómo distingues a la gente que trabaja aquí de la gente que no trabaja?
—Por los brazaletes —señaló hacia el chico que todavía dejaba caer las uvas en la boca de la mujer que parecía como si estuviera compitiendo en un concurso de togas mojadas. Una banda de metal dorado rodeaba su antebrazo y, al estudiar atentamente la habitación, Brenna se dio cuenta de que había mucha gente que los llevaba. Las mujeres cuyas vulvas estaban siendo comidas en la piscina, por ejemplo. Y los tres amantes que había en la tarima.
Cuando Damon vio que Brenna estaba mirando en aquella dirección, le dijo:
—Solo los empleados folian en el escenario central. Tiene turnos durante toda la noche para mantener entretenida a la gente.
Dios, pensó ella, sexo sin parar. Durante toda la noche. ¿Cómo sería trabajar en aquel lugar? ¿Follar en ese diván durante toda la vida? Hasta aquel momento, se imaginaba cada aspecto del comercio sexual como algo sucio, degradante e indeseable, pero durante una décima de segundo, observar a aquella mujer recibiendo un placer tan completo por dos guapos romanos con sus cuerpos musculosos y sus vergas grandes y duras, Bella pensó que quizás aquello no fuera tan malo.
—¿Qué hay de... las enfermedades? —no pudo evitar preguntar.
—Hay preservativos debajo de cada cama —le informó Edward. —Y también juguetes sexuales completamente nuevos —cuando ella abrió los ojos de par en par, él añadió: —es como una especie de mini-bar en un hotel, cualquier cosa que cojas de allí será cargado a tu cuenta.
Incapaz de resistir a la tentación, Bella se inclinó sobre el borde de la cama y echó hacia atrás la manta blanca. En realidad, aparte de un bol poco hondo lleno de preservativos había una increíble variedad de vibradores y otros instrumentos con forma de pene, ¡y algunas cosas que ni siquiera pudo reconocer!
—¿Te gusta lo que ves? —preguntó él cuando ella se levantó, probablemente con una expresión estupefacta en la cara.
Ella se mordió el labio y contestó con sinceridad.
—Me gusta mucho más lo que veo aquí arriba.
—Ven aquí —le dijo él, después le dio un beso. Alrededor de ellos, notas sensuales de la lira todavía flotaban en el ambiente de la habitación y más gemidos y gruñidos resonaban, creando toda una sinfonía erótica, pero en aquel momento, todo en lo que ella podía fijarse era en Edward. Y cuando levantó la mano hacia su pecho, y lo acarició mientras sus besos descendían hacia su cuello, ni siquiera le importó que pudieran verla los demás.
Con aquella rapidez, de alguna manera se aclimató.
—¿Es tan horrible como habías imaginado? —le susurró al oído, y ella sintió la calidez de su aliento en el cuello.
Se dio cuenta de que su mirada estaba rezagada de nuevo en el trío que había en el centro de la habitación. La rubia ahora se turnaba para chupar las vergas de los hombres y la que no tenía en la boca la trabajaba con la mano.
—Es horrible y es... llamativo —dijo ella con suavidad, intentado analizar sus emociones. —¿Cómo es posible que me sienta a la vez horrorizada y... completamente cautivada?
—¿Quizás porque piensas demasiado? —le sugirió él entre unos besos que ahora le atravesaban el pecho.
Ella le lanzó una mirada sensual como respuesta.
—Debe ser genial ser un hombre, sin tener que sentir demasiado ni pensar demasiado.
—Pues se te ha dado muy bien esta semana, nena, y deberías volver a hacerlo ahora mismo.
Desde luego, él tenía razón. Se las había arreglado para descubrir un mundo sexual completamente nuevo con su guía y su habilidad por hacerla deshacerse de la vieja Bella durante aquella semana. Pero estar inmersa en algo tan enteramente escandaloso había amenazado con llevarla de vuelta allí.
Hasta ese momento.
Porque no estaba dispuesta a permitirlo.
En lugar de eso, iba a cerrar los ojos. Beber de la sensación que le provocaba los besos de Edward sobre su pecho, su pulgar acariciando su endurecido pezón. Embriagarse con los sonidos de placer que la rodeaban. Y... comerse una uva. Eso era lo que quería hacer. Dejar que un hombre la alimentara con una uva mientras Edward la besaba. Quería ser así de atrevida. Quería dar ese paso.
Y justo entonces, levantó la mano para hacerle señales a un guapo moreno que llevaba un brazalete dorado y sujetaba una bandeja de uvas, mientras que Edward deslizaba la mano por la tela blanca diáfana que le cubría los senos, desnudándolos, pero ella no lo detuvo.
No podía hacerlo.
Tenía que seguir adelante.
Mantuvo contacto visual con el chico guapo incluso cuando la boca de Edward se cerró sobre su pezón, y a su vulva le dio un espasmo.
Oh, Dios, estaba haciendo aquello, lo estaba haciendo realmente. De alguna manera, la hacía sentir infinitamente más desenfrenada que en cualquier cosa que se había permitido aquella semana.
El portador de uvas —que incluso parecía italiano— se acercó, y ella se lamió el labio superior, y señaló hacia una pila de uvas verdes. El chico levantó un pequeño racimo, lo sujetó por encima de sus labios abiertos y permitió que ella cogiera una entre los dientes y la lengua.
Cuando la uva se deshizo en su boca y el dulce jugo se liberó, Edward succionó con más fuerza y sintió cómo la vulva casi le explota de la oleada de placer que la invadió, haciéndola gemir.
—¿Más? —le preguntó el atractivo romano.
Aquello hizo que Edward levantara la cabeza y se diera cuenta de lo que estaba haciendo ella. Sus ojos se volvieron vidriosos de lujuria y ella se sintió hermosa y emocionantemente expuesta con sus pechos brillantes y desnudos entre los dos hombres. Estar exhibida de aquella manera la hizo sentirse más húmeda aún, la hizo sentirse caliente y dilatada bajo su diminuta toga.
Estuvo a punto de decir sí —a más uvas, y quizás a más de todo —cuando Edward miró al chico una vez más y esta vez dijo:
—¿Emmet?
Oh, Dios.
El romano bajó la barbilla, pareció confuso al principio, pero entonces sonrió.
—Edward, joder.
—Hace un siglo que no te veo, tío.
—Probablemente cuando lo del whisky a gogó en el 2002, porque llevo en Las Vegas desde entonces.
Bella se irguió un poco y volvió a tirar de la tela hasta cubrirse los pechos. El corazón todavía le latía entre las piernas, pero su sentido de abandono pasional se había extinguido casi por completo sintiéndose un poco extraña.
—Mierda, lo siento, nena —dijo Edward entonces. —Este es un viejo amigo mío. Solía trabajar en un par de discotecas en Sunset y me aconsejaba cuando oía hablar de grupos nuevos —miró a Emmet y dijo: —Esta es Bella.
—Mmm, hola —dijo ella, agradecida bajo las extrañas circunstancias, porque Edward no había mencionado que era la nueva representante de A&R de Twilight, incluso si aquello era todo confidencial.
Emmet bajó la mirada hacia sus senos y le sonrió cálidamente.
—No hace falta que te tapes por mí, guapa. Cuando trabajas aquí, te acostumbras a ver montones de tetas.
Habló con tanta sinceridad que el comentario pareció tranquilizarla de alguna manera.
—Puedo imaginarlo.
—Entonces —dijo Edward— trabajando en el club de sexo más célebre de Las Vegas, ¿eh?
Anthony se encogió de hombros bajo su toga.
—¿Qué puedo decir? Empecé aquí hace unos pocos meses, un par de noches a la semana. El dinero es bueno y el trabajo es divertido.
—Apuesto a que sí —le dijo Edward.
Emmet volvió a mirar a Bella.
—Los dejaré que vuelvan a hacer lo que estaban haciendo. Pero si necesitan cualquier cosa, háganmelo saber y me encargaré bien de ustedes.
Ella entendió que aquello significaba comida y bebida, pero sabiendo lo que hacía en aquel lugar, no pudo evitar tomarse la oferta de una manera diferente y aquella promesa la hizo humedecerse entre los muslos.
—Lo siento —le dijo Edward cuando se fue Emmet, después se acostó sobre las almohadas doradas que adornaban la cama, dejando que los ojos se le cerraran de deseo. —Ahora, ¿dónde estábamos?
Ella impulsó el pecho hacia delante, hacia él y descubrió, agradecida, que podía que la conversación con Emmet no hubiera apagado tanto su excitación como había pensado.
—Estábamos aquí.
En un movimiento veloz, Edward volvió a retirarle otra vez la tela del pecho y cerró la palma sobre la dolorida piel.
—Me ha encantado que lo llamaras —le murmuró entre más besos en el cuello.
Aquellos besos la habían puesto tan excitada que apenas se vio capaz de responder.
—Era solo... por las uvas.
Una sexy sonrisa se le desplegó en la cara.
—Aun así... me has puesto más cachondo de lo que ya estaba —su mano se movió hacia su rodilla doblada, y se deslizó hacia arriba por su muslo mientras se inclinaba para pasar la lengua sobre su pezón. Y en el centro de la habitación, la rubia gritaba de placer, y Bella levantó la mirada para ver cómo uno de los hombres la penetraba desde detrás, y el otro desde debajo, y ella comprendió en aquel momento, ¡que uno de los dos le estaba penetrando por el ano! En ese momento Damon deslizó la mano entre sus piernas.
—Oooh... —gimió ella, en aquel instante necesitaba más que nada su caricia allí.
—Dios mío —murmuró él, después retiró la mano para levantarle la falda.
Fue entonces, cuando ella se acordó de que se había afeitado para él y que Edward acababa de darse cuenta de ello. En un lugar mucho más diferente de lo que ella había imaginado.
Miró hacia abajo y vio su suave y clara piel, la pequeña y rosada protuberancia de su clítoris sobresaliendo de su desnuda abertura.
—Oh, nena —dijo él, y sonó completamente loco de deseo por ella. —Mira tu dulce vulva. Mira lo que has hecho por mí.
—¿Te gusta? —incluso extendió un poco más las piernas para que él pudiera mirarlo y, justo como había pasado cuando él le había desnudado el pecho, se dio cuenta de que ya no se preocupaba de que hubiera otras personas en la habitación.
El dejó escapar un leve gemido en respuesta, después gruñó:
—Tengo que lamerte. Ahora.
—Oh... —dijo ella, de repente sin respiración... y preparada. Encontró su mirada y no dudó ni un momento en abrir un poco más las piernas.
Después de otra mirada voraz a sus ojos, Edward concentró de nuevo su atención en la vulva y se inclinó sobre ella.
Ella se hizo hacia atrás sobre las almohadas y abrió las piernas incluso aún más, todo lo que pudo, para darle la bienvenida a su lengua hambrienta y húmeda. Ella observó cada uno de sus largos lametones, con un nuevo placer que explotaba en su interior con cada una de las caricias. Y observó el trío que todavía estaba follando en la tarima, también. Y fue consciente de que algunos ojos en la habitación estaban incluso mirándola a ella. La observaban mientras le comían el coño.
Aquello debería haberla horrorizado, todo ello, pero no fue así. Solo aumentó más su excitación, y la volvió loca de lujuria, mientras ascendía hacia una altura sexual que casi le parecía irreal.
Siguió sus necesidades, liberó el otro pecho de debajo de la tela blanca y empezó a masajearse los dos con las manos. Edward la lamió incluso con más intensidad cuando la vio hacer aquello, y justo por encima de su cabeza, en la tarima, pudo ver que la escena había cambiado: otro hombre se había unido al trío.
La rubia se montó a horcajadas sobre uno de ellos como si fuera una vaquera, mientras otro le follaba el ano por detrás. Y de pie al lado de la cabeza reclinada del otro hombre estaba... ¡Emmet, metiéndose la verga en su ansiosa boca!
Bella nunca había visto, ni siquiera imaginado, una escena como aquella. Y tampoco podía haberse imaginado deseando aquello —tantos hombres, dentro de la rubia, de una vez— pero la mujer parecía embriagada de placer.
Bella seguía observándolos mientras los lametones de Edward llegaban a su interior, y ella se levantaba para recibir su boca.
—Sí, cariño. Sí—le susurró. Todavía se masajeaba los pechos con las palmas de las manos y sintiendo los ojos de la habitación puestos en ella y —santo cielo— le gustó.
Al mismo tiempo, dejó que sus ojos vagaran un poco más, hacia las parejas, los tríos y los cuartetos que había alrededor de la habitación. El lugar resonaba con sollozos y gemidos y la hacía sumergirse incluso más completamente en aquella sensación de abandono. Anhelaba deshacerse de sus inhibiciones como nunca antes lo había hecho, y se folló la boca de Edward con más intensidad aún, gimió más alto, y volvió a concentrar su atención en la escena que tenía lugar en la plataforma.
¿Qué sensación sentiría con tantas vergas grandes y sólidas dentro de ella, embistiéndola? ¿Cómo podía recibir un cuerpo tanta sensación? ¿Cómo sería ser el centro de una orgía romana total?
Su placer se multiplicó, y supo que pronto alcanzaría el orgasmo.
—Oh, nene, lámeme —le rogó a Edward, deleitándose con la vista de sus maravillosos ojos verdes entre sus piernas. —Lámeme el coño.
Edward respondió cerrando la boca alrededor de su dilatado clítoris, haciéndola gritar y estrujar sus pechos con más fuerza. Succionó, tiró de la caliente bolita más y más fuerte y justo cuando la mujer de la tarima soltaba el pene de Emmet para gritar su orgasmo, a Bella también le golpeó el suyo.
Escuchó sus propios sollozos, sin importarle que fuera a atraer la atención de los demás, solo respondiendo a las intensas palpitaciones de placer que la invadían, una y otra vez. Y sobre la tarima, los dos hombres que habían entrado dentro de la rubia, empujaban y gemían, los tres se movían ahora juntos en ondulaciones, mientras el clímax de Bella se desvanecía lentamente.
Excepto por Emmet, que no se había corrido aún. Su verga estaba larga y dura todavía, casi bonita de la manera en la que un falo puede serlo. Y al principio, Bella se preguntó por qué razón no habría terminado, pero entonces se le ocurrió la idea de que la mayoría de los chicos solo podían aguantar pocas erecciones en una misma noche y que quizás tuviera que reservarse por el bien de su trabajo.
—¿Cómo estás? —le preguntó Edward, que se arrastró hacia ella en la cama.
Ella se sentía realmente maravillosa, incluso con todos los otros actos sexuales todavía teniendo lugar alrededor de ella.
—Mmm, muy bien, gracias por tu experta lengua.
Juguetonamente, él se inclinó para pasarla por uno de sus pezones.
—A mi lengua también le gustas tú.
Justo entonces, una chica vestida con toga se detuvo a los pies de su cama, con unas copas de vino en la mano.
—Para apagar vuestra sed —les dijo.
Aceptaron el vino, le dieron las gracias y Bella se dio cuenta de que si los empleados tenían la delicadeza de ofrecerles una bebida después de un orgasmo, debían estar vigilando lo que hacía la gente. El vino tenía un sabor dulce y punzante y cuando Bella besó a Edward pudo saborear a la vez el Chardonnay y sus propios jugos en la mezcla.
—Quiero tu verga —le dijo atrevidamente, sin duda alguna.
—Está justo aquí —dijo él, justo como lo había dicho la noche pasada. —Todo lo que tienes que hacer es cogerla.
Miró hacia abajo y vio que su erección hacía una gran carpa en su toga. Y se dio cuenta de que extrañamente, escandalosamente. .. necesitaba algo más que solo su verga.
Algo mucho más extremo.
—Quiero que me folies ahí —señaló hacia la tarima que había al centro de todas las camas, y que ahora estaba ocupada por dos chicas y un chico. Ambas mujeres estaban en topless, y llevaban solo pequeñas faldas blancas y unos tacones dorados romanescos como los que llevaba ella. Una estaba de pie besando al chico, mientras la otra estaba arrodillada a los pies de él, hurgando bajo su toga, claramente preparándose para hacerle una mamada.
—¿En serio? —le preguntó Edward, con una expresión que probablemente fuera la más sorprendida que había visto nunca en él. Parecía que ni siquiera se daba cuenta de lo que estaba sucediendo en el centro de la habitación.
Ella asintió, sin pararse a reflexionar acerca de ello.
—No sé por qué quiero hacerlo, y no puedo creer que realmente lo quiera, pero así es. Quiero que me folies delante de todas esas personas. Quiero que vean cómo me das, quiero que me vean recibiéndolo, quiero que vean nuestro placer.
La respiración de Edward se volvió superficial, claramente estaba en una posición media entre la conmoción y el deseo.
—Me encantaría follarte ahí mismo, nena, pero, como te he dicho antes, solo la gente que trabaja aquí puede hacer eso. El sexo está orquestado, como en una película porno.
Se había dejado llevar tanto por la lascivia que se olvidó de las reglas. Y de repente, al oír que no podía hacerlo, Bella se desesperó por hacer realidad aquella fantasía nueva e inesperada. Si no lo hacía, sería... como si le quedara algo más que hacer en aquel viaje salvaje, como si no hubiera alcanzado todo su potencial erótico, el potencial que Edward había descubierto.
Estudió la habitación, divisó a Emmet, que acababa de ponerse de nuevo la toga.
—Pregúntaselo a tu amigo. Quizás puedan hacer una excepción.
Edward se limitó a parpadear.
—Realmente quieres hacer esto, ¿verdad?
Ella asintió, sintiéndose escandalosa, fiera y preparada, y también decidida.
— Quiero demostrarte lo sucia que puedo llegar a ser, Edward. Quiero ser... la pareja sexual de tus sueños.
Él levantó la mano hacia su cara.
—Ya lo eres, Bella.
Sintió cómo le daba un vuelco el corazón.
—¿Lo soy?
—Me he follado a un montón de chicas, nena, pero...
Ella se mordió el labio.
—¿Pero qué?
—La mayoría de ellas eran... chicas malas desde el principio. Y como tú me has dejado... sacar a la chica mala que hay en ti... bueno, eso me hace sentir más excitado, de una manera que nunca antes había experimentado.
Bella apenas había empezado a procesar sus palabras, a dejar que le atravesaran la piel, cuando Emmet se acercó a ellos y Edward levantó la mano para detenerlo.
—Oye —dijo Edward, con un tono de voz bajo y conspiratorio. —¿Hay alguna manera de que pueda llevar a mi chica ahí arriba? —señaló hacia la tarima, donde había ahora una mujer sentada en el regazo de un chico, deslizándose arriba y abajo por su verga con las piernas completamente abiertas, permitiendo que la otra chica la lamiera.
Emmet miró de un lado a otro entre ellos, sin ningún gesto en su expresión que revelara lo que pensaba.
—A veces —empezó él—, dejan que los invitados se suban ahí arriba, pero solo con alguien que trabaja aquí. Saben que nosotros mantendremos el sexo en la dirección correcta, les asegura que siga siendo visualmente excitante, ¿entendéis?
Edward asintió y entonces, con cautela, miró a Bella.
Ella sabía que debería decir «Gracias de todas maneras, lo siento». Pero en lugar de eso, dijo:
—Quizás podamos hacerlo.
Edward parpadeó, y ella supo que si lo había dejado sorprendido con la petición original, aquello no podía compararse con la expresión de asombro que había provocado esa sugerencia.
—¿Podemos?
Ella bajó la barbilla ligeramente, ahora se sintió algo tímida.
—Sí... si quieres hacerlo.
—¿Yo? Oh, sí, nena, me parece bien. Es solo que no esperaba que tú quisieras.
—Yo tampoco, pero... —levantó la mirada hacia Emmet. —Pareces un buen chico.
Él se encogió de hombros y le sonrió.
—Lo intento.
Miró de un lado a otro entre los dos hombres, y finalmente su mirada se rezagó en Edward.
—Así que... quizás podamos... hacerlo... con Emmet.
Capítulo 7.
Lo que más sorprendió a Bella fue lo fácil que le resultaba todo aquello.
Lo fácil que fue dejarse guiar por Emmet y Edward hasta la tarima cuando el trío anterior acabó su escena. Lo fácil que era concentrarse simplemente en Edward y en su deseo por él —más que eso, en su amor por él— mientras le pasaba los brazos alrededor del cuello y lo besaba delante de la multitud.
Por supuesto, la razón por la que aquello le resultaba fácil era en parte porque, incluso aunque fueran el centro de atención, había mucho que estaba teniendo lugar a la vez. Algunas personas se fueron y llegaron otras nuevas. Algunas de las camas de los alrededores estaban llenas de gente follando y chicas desnudas iban y venían de las piscinas cuando querían, solo para pasearse por la sala, húmedas y con un aspecto impresionante.
Pero la otra razón por lo que aquello le parecía fácil fue porque Edward había hecho que así fuera. Había logrado que el pecado fuera tan... bueno. Aquel tipo de pecado. Se negó a pensar en otros pecados que podía haber cometido aquella semana, y se concentró solo en los pecados de la carne, lo cual, compartidos con Edward, ya no le parecían pecados en absoluto.
Las suaves notas de la música de los laúdes y las liras llenaban el ambiente mientras Edward la miraba en la tarima, y Emmet se levantaba detrás de ella. Y Bella se alegró, porque incluso si se los follaba a los dos, todo aquello era por darle placer a Edward, excitar a Edward, por ser su última y liberada chica sucia.
La mirada de Edward cayó hacia sus pechos. La tela de la toga la cubría ahora otra vez y, levantando las manos, moldeó sus pechos, haciéndola suspirar y arquearse hacia él.
Detrás de ella, las fuertes manos de Emmet se cerraron sobre sus caderas, después descendieron lentamente para masajearle el trasero.
Oh, Dios, ella nunca había sido tocada por dos hombres a la vez. Y era parecido a lo que había experimentado la noche anterior, cuando había recibido placer por Edward y Bree, solo que aquello era mejor aún. Porque sus dos amantes eran hombres, hombres duros y varoniles. Y porque le daba la sensación de que todo el mundo los estaba mirando, la observaba deshacerse de cada una de sus inhibiciones, por su amante.
Las palmas de Emmet la tocaban con destreza desde atrás, y subían por su cintura hasta llegar a sus pechos y acariciarlos con suavidad, amasándolos después. Ella echó hacia atrás la cabeza mientras sufría el placer extraño y embriagador de dejarse tocar por alguien que no conocía mientras Edward la observaba.
Cuando Emmet curvó los dedos en las franjas de tela que le cubrían el pecho y tiró hacia abajo, desnudándola, Edward se inclinó para besarla, y succionar sus pezones. Y mientras el placer la inundaba, las manos de Emmet viajaron más abajo: una le levantó la falda y la otra le acarició con descaro entre sus piernas. Ella se movió involuntariamente contra sus dedos, el hecho de ser el centro de atención de la bacanal todavía alimentaba su excitación.
Y cuando Emmet desató el cordón de oro que había alrededor de su cintura y Edward deslizó los pulgares bajo las cuerdas de su hombro para hacer que su vestido cayera en un remolino hacia sus tobillos, ella ni siquiera se sobresaltó por su desnudez. Es más, gozó de ella. Sus pezones se arrugaron y se tensaron más, su vulva se inundó de calor.
Con la guía de las manos de Emmet, ella se puso sobre la tarima, sobre las manos y las rodillas, adoptando la misma postura que había tomado la rubia que estaba de rodillas a su llegada, la rubia que al principio empezó a inspirar su deseo por un sexo tan temerario.
Como la rubia antes que ella, lanzó atrevidamente el trasero al aire, arqueó la espalda y levantó la cabeza para mirar a Edward cuando este se deshizo de su propia toga, que cayó de un golpe al suelo. Sus ojos, entonces, se desviaron a su tremenda verga, que estaba completamente erguida, y parecía tan dura y preparada que ella no podía esperar a darse el banquete.
—Ponía en mi boca —le dijo ella, mirándolo a sus ojos negros otra vez. Vio también que Emmet estaba poniéndose un preservativo detrás de ella.
Debería haberse sentido aterrorizada. Alucinada. Pero simplemente no lo estaba. Las cosas que había visto en aquel lugar y aquella noche la habían liberado de tal manera que solo por aquella noche, sus deseos no conocían límite alguno.
Cuando Edward le colocó la verga en los labios, ella los abrió y dejó que él se deslizara dentro. Llenó el hueco de su boca, lento, profundo y ella se deleitó con todos los ojos que la observaban en un estado tan obsceno.
Y cuando él empezó a moverse dentro y fuera, mientras ella se adaptaba a su ritmo, las manos de Emmet se cerraron en su trasero y su mango empujó contra su húmeda abertura.
Una vez más, parte de ella deseaba sentir repulsión, sentirse utilizada y abusada, sentir que estaba cometiendo un terrible error. Pero lo cierto era que no sentía ninguna de esas cosas. Se sentía preparada. Preparada para que dos enormes y duras vergas se la follaran. Preparada para enseñarle al mundo entero —o al menos a las demás personas que habían ido a aquel lugar esa noche— lo hambrienta que estaba, lo traviesa y sucia que era.
Cuando Emmet la penetró, gimió alrededor de la verga de Edward. Oh, cielos, nunca antes se había sentido tan llena. Y de repente, comprendió el regocijo que había visto en los ojos de la rubia antes. Mientras Emmet la embestía desde atrás, Edward le daba su verga desde delante, ambos hombres la hacían sentir más completamente follada de lo que ella hubiera imaginado posible.
Se movieron de aquella manera juntos, su lujuria crecía por momentos, el calor se hacía más intenso, incluso aunque la sensación de tener dos grandes mangos dentro de ella amenazara con abrumarla. Respondió empujando hacia atrás con más fuerza, y succionando a Edward con más energía. Dio todo lo que tenía, quería perderse en cada matiz de aquel momento, deseaba sentir todo lo que había que sentir.
Emmet la embistió con más poder, hasta que ella se vio forzada a soltar la verga de Edward para gritar de placer mientras las embestidas la aporreaban desde detrás. Pero miró a los ojos de Edward todo el tiempo, en cada duro golpe que recibía del hombre que tenía detrás y —oh, vaya— era como si Edward estuviera al mismo tiempo delante y detrás de ella, porque le daba la sensación de que era él quien se la estaba follando y no otra persona.
—Muy bien, nena —le susurró. —Lo estás haciendo tan jodidamente bien —y ella adoraba que él estuviera tan metido en aquello como ella lo estaba, observando a otro hombre hacérselo mientras ella lo miraba a los ojos.
Pero entonces, Emmet, se relajó y aún sin salir de ella utilizó las manos para cambiarla de posición, lo que le recordó a Bella que aquello era un espectáculo para el disfrute de otros clientes y ella estuvo de acuerdo en seguir su guía incluso aunque él hubiera prometido que las cosas serían sencillas.
Detrás de ella, Emmet se echó un poco hacia atrás, se abrazó a Bella y con su verga todavía dentro de ella, descansó las rodillas en la tarima, lo que los situó a los dos en una postura erguida. Oh, sentía que de aquella manera la penetraba con más profundidad, ya que descansaba el peso de su cuerpo sobre él. Tenía las piernas separadas, tan abiertas que sus pantorrillas se extendían por encima de ambos lados de Emmet y él tendió la mano hasta sus muslos y utilizó las yemas de los dedos para acariciar también la parte de delante de su vulva.
Los ojos de Edward cayeron brevemente a su piel recién afeitada, después los levantó hacia ella. Se había quedado de pie a un lado de la elaborada tarima, pero ahora se subía a ella y se colocaba sobre el banco tapizado de rodillas, se acercó más y más, hasta que su endurecida verga presionó directamente entre sus pechos.
Ella aguantó la respiración cuando sintió las manos de Emmet subir más arriba y presionar los dos montes de piel suave alrededor de la longitud dura como la roca de Edward. Suspiró con el placer que aquello le produjo, un placer que nunca antes había contemplado. Y el placer se volvió incluso más intenso cuando Edward empezó a deslizar su erección arriba y abajo entre sus tetas, follándoselas. Oh, Dios, la hacía sentirse tan bien. Tan bien recibir unos golpes tan poderosos aporreando sus pechos mientras Emmet continuaba follándose su vulva desde abajo.
Una vez más, se movió con ellos, los tres encontraron un ritmo en común, y después trabajaron en él. Alrededor de ellos, se escuchaban los gemidos de placer que invadían el ambiente, algunos de ellos venían de ella y los dos hombres que estaban dándole placer. Y estar en aquella tarima seguía inspirándola, haciéndola más enérgica, deseando demostrarle a todos los que allí había lo que era ser una chica mala perfecta.
Cuando la verga de Edward empujó hacia arriba, ella sacó la lengua y recibió la punta en cada una de las embestidas. Él dejaba escapar un caliente gemido tras otro con cada lametón que ella le daba, y finalmente, se inclinó hacia delante, formando una O con la boca, dejándolo que guiara la cabeza de su verga entre sus labios cada vez.
Al hacer que su verga se humedeciera de nuevo, permitió que se deslizara con más facilidad a través del valle de sus senos, volviéndole la piel pegajosa, haciendo que ambos pechos se golpearan el uno con el otro con más fuerza. Ahora eran las palmas de las manos de Edward las que presionaban sus tetas alrededor de su verga, Emmet utilizaba ahora una mano para equilibrar su cintura mientras se la follaba y la otra para frotar su clítoris con cálidos y pequeños círculos.
Se movieron al unísono, el placer se hacía más profundo, más intenso, hasta que Bella pensó que se moriría al recibir tanto a la vez. El remolino rítmico de los dedos de Emmet demostraban su experiencia sexual, llevándola cada vez más cerca del orgasmo con cada una de sus caricias circulares. Ella empujaba el clítoris contra su mano incluso mientras recibía su verga desde abajo. Y sintió los pechos dilatados de los golpes que recibía de la verga de Edward, que de alguna manera, le pareció más grande que nunca.
Escuchó cómo su propia respiración se volvía más difícil, más ruidosa, y supo que estaba muy cerca de alcanzar el clímax, y sobre ella escuchó que Edward también respiraba con dificultad. Levantó la cabeza y se encontró con su mirada cuando la punta de su mango entraba en su boca, después lo escuchó murmurar:
—Oh, joder, me estoy corriendo —justo cuando un cálido y húmedo semen salió disparado de la hendidura de su verga, arqueándose a lo largo de sus senos en uno, dos y tres vigorosos disparos.
Ella se quedó sin respiración y alcanzó el orgasmo, las cálidas palpitaciones de un placer que explotó en su vulva y se extendió hacia fuera mientras Edward frotaba sensualmente su blanca y caliente semilla por sus pechos, dejándolos pegajosos y brillantes, en un masaje obsceno que hacía que su clímax se alargara más y más, más tiempo de lo que nunca había durado.
Cuando finalmente el placer empezaba a desvanecerse, sintió que Emmet empujaba su verga dentro de ella —con más y más dureza— gimiendo con cada golpe, mientras sus manos se agarraban a sus caderas con fuerza y entonces, supo que él también acababa de correrse.
Y mientras todos se quedaban quietos, la multitud que los rodeaba pareció quedarse en silencio también —haciéndola pensar a ella que quizás había un montón de gente que se había corrido con ellos— y Edward hizo algo que nadie en la tarima había hecho aquella noche después del espectáculo. Le tomó la cara entre las manos y la besó.
Capítulo 8.
Estaban tumbados en la cama de la habitación de Damon, abrazados y desnudos, al borde de quedarse dormidos.
—¿Estás segura de que no quieres darte una ducha? —le preguntó él.
Su cabello le rozó el hombro cuando negó con la cabeza.
—No. Estoy demasiado cansada. Y me gusta tener tu semen sobre mí.
Él sonrió, exhausto y somnoliento, pero más satisfecho de lo que podía llegar a comprender.
—No pensaba que te gustara algo así. Intenté controlarlo, pero no pude hacerlo.
Ella volvió a negar con la cabeza.
—Me encanta. Es como... llevarte puesto.
Igual que le había pasado con su eyaculación aquella noche, Edward no pudo controlar ahora el leve gruñido que se escapó de sus labios como respuesta. Justo cuando él pensaba que la había llevado a la cima de su disposición sexual, ella subía incluso más alto. Esperaba que ella aceptara el ambiente de la falsa orgía romana, pero nunca se le había pasado por la cabeza que fuera a sugerir hacer un trío con otro hombre. Le había sorprendido más que el encuentro que habían tenido con Bree. Porque una cosa era besar a otra chica, frotar su cuerpo con el de ella, pero tomar dos vergas a la vez... joder, todavía estaba sorprendido. Y casi al límite de tener otra erección solo acordándose de la escena, a pesar de cómo de desgastado estaba después de una semana entera de sexo salvaje y loco con la caliente y hermosa Bella.
—Ni siquiera has llegado a follarme esta noche —meditó ella.
Edward pensó en aquello durante un momento, pensó acerca de lo satisfecho que se encontraba aun sin haberla tomado.
—Sí, pero tengo la sensación de que lo hice.
—Lo sé. ¿No es increíble?
Él bajó la cabeza para mirarla a los ojos, que se abrían de par en par de sorpresa, bajo la oscuridad. Y se acordó de ella subida en aquella plataforma, de cómo se había comportado de sucia para que todos los demás pudieran verla, del contraste que hacía con la dulce chica que ahora tenía a su lado. Un contraste que hacía que su corazón le diera un vuelco en el pecho.
—Tú sí que eres increíble.
Ella le sonrió, y se acurrucó contra él un poco más.
—Buenas noches, cariño.
—Mi chica sucia, buenas noches.
Hola a todas ya regrese!
pues aki estamos con la sexta noche ya nos queda nada pero bueno q les parecio quien quiere ser la chica sucia de Edward? o prefieren ser una diosa romana? jijiji
bueno pues en el capi pasado no llegamos a los 12 rewiews pero la propuesta sigue en pie si pasamos los 12 rewies en este cap les subo la 7ma noche enseguida vale?
portense mal y cuidence bien gracias por sus alertas, RR, y favoritos, nos leemos pronto y no olviden checar mi OS "Bienvenido a casa"
bzoz y mordidaz
