Hola niñas!
me rendi, pasaron mas de 3 semanas y no consegui mas de 10 rr en el capi pasado asi q solo me queda terminar esta historia, tenemos aqui la ultima noche q pasaron junton en Las Vegas, en un ratito subo el epilogo de esta historia, gracias a las chicas q me apoyaron a lo largo de esta historia dejandome sus comentarios, cabe recordarles que contrario a lo que una chica me dijo en su rr, la historia no es mia, que mas diera yo por escribir asi, si les interesa leer una de mis historias pasense por mi perfil y lean bienvenido a casa y dejenme saber su opinion.
Espero que esta historia haya sido lo q esperaban y pues bueno solo me queda pedirles un favor, me dejan su opinion?
gracias otra vez por leer y hasta otra historia
LA SEPTIMA NOCHE
El pecado hizo que los ángeles cayeran del cielo.
William Shakespeare
Capítulo 1.
Durmieron hasta el mediodía del día siguiente. Aunque Edward se había despertado más de una vez, y había encontrado el suave cuerpo de Bella acurrucado a su lado, y había terminado dentro de ella, moviéndose lenta y profundamente, hasta que al final alcanzaron el orgasmo y después se rindieron de nuevo al sueño.
—¿Qué tienes en la agenda para hoy? —le preguntó Bella mientras tomaban el tardío almuerzo en el California Pizza Kitchen que había en el Mirage.
—No mucho —le contestó él al otro lado de la mesa. —Hay una discoteca por la que tenemos que pasar esta noche y eso es todo.
—Genial, porque estoy agotada —le dijo y soltó una carcajada.
Y él estaba de acuerdo. Por mucho que hubieran disfrutado juntos de aquella salvaje semana, la pequeña Bella lo había dejado hecho polvo.
Por supuesto, aunque estuviera muy cansado, todavía deseaba más de ella. Al parecer, no era capaz de dejar de desearla. Incluso en aquel momento, solo sentada delante de él con una camiseta lisa y ajustada de color turquesa y unos pantalones vaqueros, con el pelo recogido en una cola de caballo, parecía tan deliciosa como el trozo de pizza que se estaba comiendo.
¿Habría pensado de la misma manera hacía una semana? ¿Si hubieran estado comiéndose una pizza y ella hubiera estado vestida de aquella forma, sencilla e informal?
La verdad era que no, que no lo hubiera hecho.
Desde luego, sabía desde el principio que toda la atracción que ella le provocaba no se debía al aspecto que tenía. Era todo lo que había en ella. Y ahora que la semana parecía llegar a su fin y que al día siguiente iban a estar en casa... simplemente no estaba seguro de que estuviera preparado para despedirse del hecho de tener a Bella en su cama.
Y quizás, solo quizás, la idea de no despedirse de aquello se convertía lentamente en algo que le daba menos miedo, y que le parecía más viable, más real. Simplemente como era Bella. Real.
Capítulo 2.
Bella se arregló incluso menos que la pasada noche. Edward le había dicho que la discoteca a la que iban no era mucho más que un agujero en la pared al sur de la ciudad, así que ella se aprovechó de la oportunidad, dado que ya se había puesto mucha de la ropa del vestuario moderno que había creado para su nuevo puesto de representante de A&R. Edward también le había preguntado si podía coger su coche en lugar de un taxi aquella noche, lo que a ella no le importó en absoluto, pero lo dejó conducir a él, no deseaba especialmente navegar por el tráfico de Las Vegas Boulevard.
Cuando llegaron a un pequeño y oscuro edificio llamado Lefty's justo después de las nueve, se sintió como en casa en sus sencillos pantalones vaqueros y su camiseta sin mangas. Por supuesto, los vaqueros y la camiseta vintage que Edward llevaba normalmente —aunque esta vez era una camiseta de The Doors— parecían encajar en cualquier lugar. Unas pocas personas en la discoteca lo reconocieron, pero la multitud de aquel bar de cerveza y frutos secos era muy agradable y se entusiasmaron al tener en su ambiente a alguien al que consideraban toda una celebridad.
Mientras se bebían un par de cervezas Coors, observaron y escucharon a un grupo llamado los Outsiders, los cuales estaban liderados por una chica con el pelo rosa y con un piercing en la nariz, acompañada por cuatro fanáticos del heavy metal de unos treinta años. Edward le había dicho que estaban allí porque Emmet le había aconsejado ir a ver al grupo, y lo había hecho la pasada noche, mientras ella se cambiaba de ropa. Sin embargo, Edward y Bella estuvieron rápidamente de acuerdo al afirmar que aunque los Outsiders eran un grupo de bar decente, probablemente no alcanzarían nunca la fama ni la fortuna.
Cuando salieron del bar solo una hora más tarde de su llegada, Bella se dio cuenta de que estaba pensando en la noche anterior. Hasta que el nombre de Emmet había aparecido, los recuerdos del Caligula's le parecían más un sueño que algo que había pasado realmente. El placer había sido algo insuperable, y no solo se refería al placer físico, sino también a la intensa alegría de sentirse tan atrevida y valiente, como una criatura sexual completamente libre, puesta en libertad por Edward.
Mientras conducían a través de la oscuridad —el coche dejó pronto la zona de bares y la zona residencial dando paso a un paisaje más disperso y vacío—, ella pensaba acerca de haber hecho algo tan espontáneo, tan extremo, con otro hombre con el que nunca antes había tenido relación, y ahora se veía inundada por las dudas, preocupada por si él la veía de una manera completamente diferente ahora y que hubiera dejado de respetarla. Pero con Edward, no había cabida para preocupaciones así.
Sabía que lo que tenían era temporal, pero también sabía que había algo más que lo puramente físico, que a él le gustaba verdaderamente, y que quizás incluso le importaba. Y que estaba sinceramente satisfecho de verla revelando su sexualidad tan completamente.
—Eh, ¿adónde vamos ahora? —le preguntó cuando los faros se apagaron bajo la noche, dando a entender que habían abandonado la ciudad completamente, y habían llegado al desierto. A cada lado de la carretera, no podía ver otra cosa que no fuera tierra árida y arbustos bajos de color verde marrón, y hacía unos minutos incluso había pasado rodando por la carretera de dos carriles una barrilla rodante, como aquellas que aparecían cruzando los caminos en las películas del oeste.
—Aquí —contestó él cuando aparcó el coche a un lado de la carretera que en realidad no era más que un camino de tierra.
—¿Y dónde es aquí? Parece como si no estuviéramos en ningún sitio.
Él apagó el motor, se dio la vuelta para mirarla, las luces del salpicadero iluminaban su expresión. Ella no lo había visto nunca tan serio.
—Supongo que solo quería... estar a solas contigo esta noche. Realmente solos. No solo en la habitación del hotel, sino... lejos de todo.
Bella no respondió, porque no sabía exactamente qué decir. Se había esforzado mucho por mantener los parámetros de su relación con Edward bien claros en su mente. Incluso aunque supiera que se había enamorado de él, era consciente de que aquello no iba a llevarla a ninguna parte. Incluso si a él le importaba, entendía que no era a nivel de un romance.
Aunque... lo que acababa de decirle sonaba como un romance.
El dejó que su mirada cayera un poco, y una sonrisa cargada de disculpas se desplegó en su cara cuando levantó los ojos de nuevo hacia ella.
—¿Te parece extraño? ¿O simplemente... aburrido? Después de todo lo que hemos hecho esta semana, todos los lugares en los que hemos echado un polvo. ¿Te parece extraño que te haya traído hasta aquí? ¿Que quiera estar dentro de ti sin nadie a nuestro alrededor, sin ninguna otra distracción, solamente tú y yo?
Ella tragó saliva, con fuerza. Nunca antes lo había escuchado hablar con tanta ternura, o de una manera que sonara remotamente avergonzada.
—No —se las arregló para susurrar. —No, en absoluto. Me... me gusta.
Porque él había tenido razón con lo que le había dicho la noche anterior: no importaba cómo de salvaje o descarada fuera, siempre apreciaría a un hombre tierno, cariñoso y romántico.
—Ven fuera conmigo —le dijo. —Quiero estar fuera contigo, sentir la noche contigo.
Mientras Bella caminaba junto a Edward en el paisaje austero del desierto, empezó a experimentar aquella diminuta sensación, la que puedes tener cuando estás de pie a la orilla de la playa mirando el enorme océano, o del modo en el que había oído hablar a la gente cuando se estaba delante del Gran Cañón. Era como estar completamente sumergido en la naturaleza, obligado a sentirla, a verla. Incluso en la oscuridad, los bordes de la montaña en la distancia eran visibles en su tenue silueta, el cielo arriba era un tono más ligero del azul de medianoche. Una cálida brisa agitaba la noche a su alrededor.
Había comparado la sensación del Gran Cañón con Las Vegas de una manera diferente desde su llegada a aquel lugar, pero aquello... aquello era mucho más profundo, mejor. Se dio cuenta de que también deseaba estar a solas con él.
Finalmente, Edward se detuvo y se dio la vuelta para mirarla.
—Me gusta estar aquí fuera. Sin luces, sin ruidos, nada excepto tú —después levantó las manos hacia su cara y la besó en la boca. A Bella le pareció tan excitante y cálido como el primer beso que él le había dado, en el almacén del Fetiche, e inmediatamente necesitó algo más que eso.
—Fóllame —le gimió con más dulzura de lo que ella pensaba que podían guardar esas palabras.
Y cuando Edward la puso de rodillas en el suelo del desierto, cuando le levantó lentamente la camiseta y el sujetador y le besó los senos, cuando suavemente le quitó los pantalones y después se deshizo de los suyos para abrirse camino hacia su cuerpo cálido y deseoso, ella se dio cuenta de que nunca había pensado en lo dulce que podía ser echar un polvo con alguien.
Se movieron juntos, lentamente al principio, después con algo más de fuerza. Ella se levantaba contra su verga, encorvaba las caderas y buscaba aquella cálida fricción que tanto le gustaba. Y él la besó mientras se deslizaba dentro y fuera de ella, la besó y la acarició y la hizo sentir adorada de los pies a la cabeza.
—Oh, Dios, estás sumamente deliciosa esta noche —le dijo en un cálido suspiro. —Tu vulva desnuda está tan suave y melosa cuando me deslizo dentro de ella.
Vaya, se había olvidado de que quizás pudiera parecerle algo nueva y diferente ahora. La excitaba solo pensar en la idea.
—Me haces sentir mejor que nadie, nunca me he sentido tan bien —continuó él.
Y a ella se le oprimió el pecho al escuchar esas palabras.
—¿Nunca? —logró decirle. Ahora él la follaba con lentitud otra vez, su erección parecía expandirse hasta lo imposible dentro de ella.
—Nunca —repitió él. Después le susurró—, eres la única mujer además de Angie con la que he follado sin condón.
Aquella frase le dejó algo estupefacta, por muchas razones.
«No había llevado condón en muchas ocasiones». ¿Cómo coño no había caído en una cosa así? Estaba claro que se había dado cuenta de que no lo había llevado puesto más de una vez, ¿pero por qué razón no se había sentido alarmada? Supuso que había estado casada demasiado tiempo, y se había sentido perennemente segura en aquel tema. Y se había sentido completamente consumida por todo lo que le había pasado durante la semana. Entonces, ¿qué significaba aquello? ¿Había cometido un error fatal? ¿Y por qué? ¿Por qué no llevaba él ningún preservativo?
—Estoy tomando pastillas anticonceptivas, ya sabes —le recordó ella, mirando aquellos hermosos ojos—, pero eso no te protege de...
Él levantó la palma de la mano hacia su mejilla, todavía seguía moviéndose lentamente dentro de ella.
—No te preocupes, nena. Estoy sano. Porque como te acabo de decir siempre he tomado precauciones. Siempre. Y sé que tú estás sana porque... sé que estás sana —le dijo y le sonrió con ternura.
Bajo él, todavía embriagada por la fricción que él creaba con su dulce verga, se mordió el labio.
—¿Por qué? ¿Por qué no...?
Él la besó en la boca.
—Al principio fue un accidente. Pero después de eso... me haces sentir tan bien, y yo simplemente... quería estar así de cerca de ti. No quería que hubiera nada entre nosotros. Nada.
Ella tomó una gran bocanada de aire, estaba totalmente asombrada por la profundidad de su ternura. Y por lo que ella podía haber jurado que había escuchado en sus palabras. La misma cosa que ella sentía. Amor.
Aunque quizás estaba loca. Quizás estaba confundiéndolo todo. Quizás solo era... su manera de acabar con la relación. Aquella noche era la última noche que pasarían juntos, después de todo. Su última noche en la Ciudad del Pecado.
Aun así no podía evitar acordarse de ello, del fatídico momento en el que él pusiera distancia entre ellos y la Ciudad del Pecado.
—No quiero que esto termine nunca —le dijo, con un tono de voz profundo y arenoso.
Oh, Dios. ¿Había escuchado bien?
—¿Qué... qué quieres decir con eso?
Él entrelazó los dedos entre su pelo.
—Solo porque regresemos a casa en Los Ángeles, no hay razón por lo que no podamos seguir con lo bueno que tenemos, Bella.
—Pero pensaba que tú... quiero decir... Una vez más, él la besó.
—Sí. Bueno, normalmente no hago algo así. Pero quizás ahora lo haga. No puedo prometerte nada, no he tenido una relación real en muchos años. Pero no creo que pueda estar contigo y no desearte. No creo que pueda verte solamente como una amiga.
Bella temió que le explotara el corazón en el pecho. ¿Realmente estaba haciendo que sus sueños se volvieran realidad? ¿Realmente le estaba diciendo que no quería que todo aquello acabase?
—No tienes ni idea de lo feliz que me hace escucharte decir eso.
—Entonces, ¿tú lo sientes de la misma manera? ¿No quieres que esto acabe?
—Dios, sí, siento exactamente lo mismo. Yo... te quiero.
Oh, no, ¿qué acababa de decirle? ¡Había salido así de fácil, imparable! Estúpida, estúpida, estúpida.
Pero la boca de Edward le volvió a cubrir los labios, y esta vez su lengua se mezcló con la suya, y el deseo parecía doblarse de alguna manera en aquel momento, haciendo que ella tirara de él con más fuerza, lo rodeara con los brazos y lo abrazara con tanta intensidad como pudo. Y cuando finalmente el beso terminó, Edward se inclinó hacia ella cerca de su oído y susurró las palabras más dulces que ella había oído.
—Creo que yo también estoy enamorándome de ti.
—Oh. Oh, Dios —dijo ella, mirando su cara tan divina.
Y casi convulsivamente, ella golpeó el cuerpo contra él, necesitaba sentirlo aún más dentro de ella. Ya no le importaba si no alcanzaba el orgasmo, solo deseaba sentirlo, que la llenara.
—Córrete dentro de mí —le jadeó, desesperada, rogándole. —Córrete dentro de mí, con fuerza.
Necesitaba hacer que ocurriera, necesitaba tirar de todo el placer que él pudiera darle, y necesitaba que dejara parte de él en su interior.
—Oh, sí —gruñó él. —Oh, sí, no puedo parar. Estoy corriéndome dentro de ti. Estoy corriéndome dentro de tu pequeña y dulce vulva —y la embistió, fuerte, fuerte, fuerte, presionando su trasero contra el suelo, de alguna manera haciéndola respirar la seca fragancia del desierto, haciéndola sentir los rayos de luna más intensamente.
Nunca en su vida el sexo la había hecho sentirse tan satisfecha. De una manera completamente diferente a la noche pasada o la anterior. Aquello había sido tan físicamente intenso, y la parte mental había estado en ella, en su atrevimiento, en sus deseos por Edward. Pero aquello... aquello había venido de él. Él amándola. Y ella deseando darle placer con tanta libertad, sin que hubiera por su parte un deseo o necesidad en particular.
Aunque un momento más tarde, él se disculpó.
—Lo siento, nena. No te he hecho alcanzar el orgasmo.
—No me importa —le susurró ella, sonriéndole. —No podría sentirme mejor de lo que me siento ahora mismo.
Capítulo 3.
Edward le dio el coche de Bella al empleado del hotel, después condujo a su preciosa chica por las puertas principales del Venecia, cogido de su mano. Dios, no podía creérselo. Le había dicho que estaba enamorándose de ella. Y mucho más que eso: lo había dicho en serio.
Aquello se había acabado. Iba a tener más de Bella, no solo como una colega, sino como... todo. Una amiga, una amante, y... aquella combinación extraña de las dos mujeres; ni siquiera podía encontrar las palabras para describirlo.
No se había dado cuenta de que deseaba aquello hasta que había escuchado cómo las palabras salían de su propia boca. Joder, hubo muchas palabras inesperadas que supo de su boca aquella noche. Ni siquiera había sabido la razón por la que quería llevarla al desierto hasta que no se encontraron allí. En realidad, había pensado que quizás fuera un lugar bonito y tranquilo para echar un polvo, una buena manera de acabar con su aventura. Pero en el momento en el que detuvo el coche, comprendió que no podía poner fin a todo aquello. Simplemente no podía.
Y no estaba seguro de adonde se dirigía aquello a partir de entonces, pero... no podía acordarse de la última vez que se había sentido tan bien con alguien. Como si hubiera más vida aparte de la música y el sexo. Y la música y el sexo... bueno, joder, ambas cosas eran algo muy bueno, pero... quizás era hora de empezar a hacer algunos cambios en su vida. Dudaba al pensar en «sentar la cabeza», así que decidió que sería más como «entablar una conexión más íntima» y quizás tener a alguien en el que apoyarse, en el que confiar, cuando lo necesitara.
En aquel momento, se sentía totalmente despreocupado. Ni siquiera le importaba si Heidi Stuart lo demandaba. Si lo hacía, él podría superarlo. Con el amor y el apoyo de Bella.
Con ella, tenía todo el paquete. Una gatita con la que podía disfrutar de un sexo chispeante. Una compañera dulce y cariñosa. Y una amiga inteligente. Una colaboradora intuitiva. No le extrañaba que estuviera enamorado de ella.
Y si Heidi demandaba, o si persistían los periódicos sensacionalistas, o si abundaban más rumores, simplemente sabía que Bella y él lo superarían, juntos, y todo saldría bien al final porque todavía la tendría. Siempre había pensado que su trabajo era lo único que realmente importaba, algo con lo que no podía dejar de vivir. Pero acababa de hacer espacio para algo más —alguien más— en su vida y, dejando a un lado a Heidi Stuart y a sus sucias acusaciones, el mundo le parecía completamente perfecto en aquel momento.
—¿Eres feliz? —le preguntó mientras caminaban por el pasillo que llevaba a la habitación, todavía cogidos de la mano.
Ella le sonrió y se mordió el labio.
—Mucho. Feliz y... llena de polvo —dijo entre risas. Ambos estaban cubiertos por una fina capa de arena del desierto.
—Ese es el precio de echar un polvo sobre la tierra —le dijo con una sonrisa, acordándose de cómo se había movido encima de ella, en la terrible postura del misionero (lo que, de repente, le parecía más íntimo que horrible) y cuánto había dado la bienvenida aquella vez a esa intimidad. —A ver qué te parece esto —le preguntó. —Prepararé un buen baño espumoso en el jacuzzi y nos aseguraremos de que, después de todo, tengas un orgasmo.
Capítulo 4.
Edward había desaparecido en el enorme cuarto de baño, y ahora ella pudo escuchar cómo corría el agua de la bañera.
—Me estoy desnudando —le gritó. —No me hagas esperar mucho.
Ella le respondió.
—Estaré ahí ahora mismo, cariño, solo quiero comprobar primero mis mensajes —porque en el momento en el que habían entrado en la habitación, Bella vio que las luces de su teléfono móvil estaban parpadeando. Y aquello la hacía acordarse de... todo.
La horrible mentira, la amenaza que se cernía sobre el trabajo de Edward.
Y ella no estaba exactamente segura de lo que iba a hacer, pero no iba a dejar que nada arruinara todo aquello, lo que los dos tenían. Iba a ocuparse del asunto de alguna manera. Iba a convencer a Vulturi de que no importaba lo que hiciera Heidi Stuart, Edward tenía demasiado valor como para dejarlo escapar. Y encontraría la manera de contarle a Edward toda la verdad.
Estaba de pie en la habitación, escuchando cómo se llenaba la bañera y ansiosa por volver con su hombre, así que rápidamente recuperó el mensaje que tenía en el buzón.
—Eh, amiga, soy yo —Rose. ¡Vaya un alivio! No era Aro. —Solo llamaba para ver cómo ha ido tu gran semana con Edward Cullen, pero supongo que todavía no estás de vuelta, no sabía exactamente cuándo regresabas a casa. De todas maneras, no puedo esperar a oír todo lo que ha pasado, y espero que me cuentes que has recobrado el sentido y que has matado a polvos a ese tío.
Bella cerró la tapa del teléfono, se sonrió a sí misma y puso los ojos en blanco. Rasalie iba a quedarse asombrada. No es que Bella fuera a contárselo todo. Algunas cosas eran tan privadas que solo podría compartirlas con Edward. Pero aun así, su amiga iba a sentirse satisfecha al escuchar cómo habían ido las cosas.
—Estoy esperando —gritó Edward juguetonamente desde el cuarto de baño.
—Ya voy —contestó ella, caminando hacia allí, pero entonces el teléfono sonó en su mano. —En un minuto —añadió. —Deja que coja la llamada y estaré ahí en nada, te lo prometo —después abrió el teléfono otra vez y se lo puso en el oído. —¿Sí?
—Hola, Bella.
Mierda. Esta vez sí era Aro.
El corazón le latía con fuerza, mientras caminaba a toda prisa por la zona del comedor, entraba en el salón y se dirigía hacia las ventanas que daban a las luces de Las Vegas.
—Hola —dijo, sonando seca.
—Ya sé que es tarde, pero acabo de recibir noticias que pensé que podrían interesarte. Oh, Dios. —¿Cuáles son?
—Heidi Stuart va a poner una demanda a primera hora mañana por la mañana. Lo que significa que Edward está fuera. Tan pronto como vuelva aquí mañana, voy a pedirle que venga a la oficina y le daré las malas noticias. Así que espero que te hayas puesto al tanto esta semana.
Bella dejó escapar un suspiro. Realmente esperaba abordar aquella cuestión en la oficina, sin tener lo de Heidi Stuart dándole la sensación de ser una amenaza definitiva como lo hacía ahora, pero... bueno, ahora tendría que tomar una estrategia diferente. Dejaría caer el asunto principal del problema —lo de que Edward era algo indispensable— más tarde, pero ahora, solamente hablaría en términos que Aro pudiera comprender sin que necesitara por ello una discusión más detenida.
—Escucha, he aprendido un montón, pero no lo suficiente todavía. Me parece que sería poco inteligente despedir ahora a Edward. Yo también regreso a casa mañana, así que antes de llamarlo, por favor espera a que llegue. Iré directamente a la oficina y hablaremos acerca de esto, ¿de acuerdo?
—No —dijo él. Así de simple.
—¿Cómo?
—Bella, comprendo tu agitación acerca de que te dejen caer un puesto así tan rápido, pero simplemente no puedo permitir que Edward siga siendo un asociado de Twilight Records por más tiempo. Van a demandarnos por su culpa. Despedirlo es la única manera de dejar bien claro que Twilight no cierra los ojos cuando se trata de un chantaje sexual. Así que repite conmigo: « Edward está despedido y yo voy a ocupar su lugar».
Bella dejó escapar un suspiro enfadado.
—Sí, sí, ya lo sé. Edward está despedido y yo voy a ocupar su lugar. He formado parte del plan desde el principio, ¿recuerdas? Pero aun así...
—No hay peros que valgan, Bella. Es tarde y estoy cansado, y tengo que lidiar con un circo de medios de comunicación mañana. Así que hablaremos cuando estés de vuelta. Después de que haya despedido a Edward. Buenas noches.
La llamada se terminó. Y Bella cerró la tapa de su teléfono, todavía mirando las luces de neón que se desplegaban bajo los veintes pisos de abajo.
Y fue entonces cuando se dio cuenta de que el agua había dejado de caer, y se dio la vuelta para encontrar a Edward allí de pie, desnudo detrás de ella.
Pero en lugar de concentrarse en su desnudez, su atención fue directamente hacia sus ojos, que le decían que acababa de escuchar el terrible secreto que había estado manteniendo. Su horrenda traición. Porque había sido lo suficientemente estúpida como para hablar de aquello con Aro mientras Edward estaba en la habitación de al lado.
—Oh, Dios —dijo ella, el cuerpo le tembló cuando instintivamente caminó hacia él. —Edward, esto no ha sido idea mía. Te lo juro —negó con la cabeza. —Y no quería hacer las cosas de esta manera. En absoluto. Tienes que creerme.
—No —le dijo tranquilamente, la ira resplandecía en sus ojos. —No te creo.
Ella sintió de repente que no podía respirar.
—Te lo juro, no quería robarte el trabajo, y tenía planeando, todavía lo tengo, ir a la oficina de Vulturi mañana y decirle que despedirte sería un terrible error.
—Cállate, Bella —le dijo, con una voz demasiado sosegada; solo sus ojos reflejaban sus emociones—, y lárgate.
Ella tomó una gran bocanada de aire. Aquello no podía estar pasando.
—Edward, por favor. Déjame que te explique. Déjame hacerte entender.
—No puedes —señaló hacia la puerta de su habitación, y su voz se volvió más brusca. —Ahora sal de una puta vez de mi habitación.
A Bella le dolió físicamente el corazón, también los ojos, cuando las lágrimas empezaron a caerle por las mejillas. Ella tendió la mano para tocarlo, pero él se hizo a un lado con brusquedad.
—Por favor, Edward —le rogó ella. —Por favor. Dame una oportunidad.
—Ya lo he hecho. Y tú la has utilizado para robarme mi jodido trabajo, para mentirme —negó con la cabeza. —Me has engañado, de eso estoy jodidamente seguro. Y yo pensaba que eras alguien tan dulce, tan... increíblemente genuina —soltó una carcajada pero carente de alegría, algo que él tomaba probablemente como un gesto de ironía.
Ella tenía las manos tendidas delante, en un gesto impotente, suplicante.
—Todo fue real. Todo lo que pasó entre nosotros. Te lo juro, Edward.
Pero una vez más, él señaló hacia la puerta.
—No necesito más zorras mentirosas e hipócritas en mi vida, Bella. Lárgate. Lo digo en serio. No quiero escuchar ni una palabra más de tu embustera boca.
Bella no sabía qué hacer. Temió que el pecho le estallara. Le dolían los ojos, tenía la nariz mojada por las lágrimas, y las piernas se le habían debilitado. Edward no estaba dispuesto a atender a razones, ni siquiera le daría la oportunidad para explicarle las cosas y que él lo entendiera.
—¡Ahora! —gritó él, haciendo que Bella se sobresaltara.
Así que, como una perrita asustada con el rabo entre las piernas, corrió a toda prisa hasta el vestíbulo, cogió su bolso de camino y solo se detuvo para mirar atrás cuando alcanzó las puertas dobles.
—Lárgate —le dijo él una vez más, ahora con un tono de voz bajo y amenazador, como si no pudiera creer que todavía estuviera allí, que todavía tuviera la intención de persistir.
No tuvo otra elección que abrir la puerta y salir de allí, dejando que se cerrara tras ella. Dejar atrás al hombre que amaba, el hombre que, milagrosamente, también la amaba, hasta que había descubierto su mentira.
Había sido consciente desde el principio de que todo aquello era una mala idea. Pero no podía haber imaginado cuánto podía llegar a perder una vez que todo aquello acabara. Y sintió como si acabara de perderlo... todo.
