La luna estaba desvaneciéndose gradualmente. Todavía faltaban unos minutos para que llegase el amanecer cuando Robin, tras una intensa noche que le iba a costar de olvidar, abría con suavidad la puerta de lo que era su base, aunque en apariencia exterior no era más que otro pequeño apartamento situado en un barrio cualquiera de la capital, como otra mucha gente.

-Por fin has llegado, Robin.- dijo una voz que habitualmente sonaba crispada.- ¿Por qué has tardado tanto? Estaba empezando a preocuparme.

-¿Desde cuándo eres de los que se preocupan por los demás, Franky?-dijo ella sin mirarlo, caminando hacia su habitación.

-Oye, ¿ha ocurrido algo? ¿Estás bien?- dijo Franky ahora enserio.

-Ya te enterarás por los periódicos, no te preocupes.- dijo la morena mientras salía de su habitación con ropa limpia.

-Pero así no sabré qué es lo que ha pasado realmente. El día que los altos cargos dejen de manipular la prensa y los medios lloverá cola.- dijo él escéptico.

-Como sea.- seguía diciendo ella mientras se iba quitando la ropa en el baño.

-Sabía que formar parte de Los liberadores iba a ser duro, pero no creo que sea para poner esa cara, Robin.

La chica no contestó y se metió debajo del grifo de la ducha, dejando que el agua calienta la reconfortara.- Ya no estoy a salvo, conocen mi cara y de qué soy capaz.

Robin y Franky eran dos miembros de Los liberadores. En esta asociación rebelde no había líderes ni altos cargos, se organizaban limpiamente con unos propósitos comunes, así que contaban con cierta libertad, aunque su seguridad no estaba siempre garantizada. Al ser un pequeño grupo, no contaban con poder militar ni político, así que cada uno debía cubrirse su propia espalda, ya que si por cada error se veían involucrados el resto de Los liberadores, esta organización habría muerto hace años.

Dentro de este grupo al margen de la autoridad, intentaban contar con gente habilidosa y con talento para cualquier campo. Nunca sabían dónde podían meterse, así que un requisito era saber luchar; ya sea cuerpo a cuerpo, con cualquier arma o con magia. En el caso de Robin, ella era una asesina especializada en el combate a mano desnuda, ayudada por sus extrañas habilidades mágicas. Además era arqueóloga, aunque a decir verdad eso no le servía de mucho a la organización, pero sin duda era de las personas más inteligentes con las que contaban.

Por parte de Franky, era experto en armas de fuego, de corto y largo alcance, además de ser carpintero y poder conducir cualquier tipo de vehículo. Todo un todoterreno.

Ellos dos vivían, o mejor dicho, se reunían eventualmente en un mismo sitio. En Los liberadores era recomendable dividirse en pequeños grupos de apoyo dependiendo de las amistades de cada uno. Robin y Franky se llevaban bien, rozaban los 30 años y podían confiar el uno en el otro. Desde el primer segundo fue así, y todos en la organización sabían que como equipo podrían alcanzar grandes logros.

-Por cierto Franky…-se oyó decir a Robin desde la ducha.- ¿Cómo te enteraste de que un escuadrón salió en mi búsqueda?

Franky rió desde sonoramente desde fuera del baño.

-¡El día que aceptes que estás locamente enamorada de mí te contaré qué ases me guardo bajo la manga!-bromeó Franky mientras no dejaba de sonreír.

-Imbécil.- rió Robin también.

El sol salió por completo y se posó en medio del cielo. Por lo visto iba a ser un bonito día de invierno sin demasiado frío, y las calles empezaban a llenarse.

La tienda que Robin atacó la noche anterior permanecía precintada, mientras algunos agentes de la Muralla tomaban notas cerca de ahí.

Por el resto todo iba con normalidad. El rey seguía siendo rey, su familia seguía contando con los mejores privilegios, Los liberadores continuaban planeando cómo hacer quebrar a los más poderosos, y la gente sin techo seguía sin él.

A media mañana, Tashigi entraba en el palacio del rey hasta llegar a otro soldado.

-He venido a hablar con el príncipe, he avisado esta mañana.-decía ella con cierto nerviosismo.

-Ah, capitana del segundo escuadrón… Tashigi, ¿cierto?-dijo amablemente el guardia.

-Así es.

-Muy bien, el príncipe ya la estaba esperando.-dijo él.

-¡Pero si todavía quedan más de 15 minutos para la hora que se acordó! Va a pensar que soy una maleducada o…-empezó a decir la capitana angustiada.

-No se preocupe.- rió él.- Ya sabe que el príncipe se pierde con facilidad en cualquier sitio, así que siempre sale mucho antes de tiempo, ya sabe, por precaución.

Y efectivamente, allí estaba él. Tashigi fue escoltada hasta una habitación de reuniones, y entró sola a la estancia.

-Hola, Tashigi.- la saludó el príncipe.

-Hola, Zoro.- respondió ella roja.

El príncipe Zoro era el único hijo del rey actual, educado desde que nació para sustituir a su padre. Tenía el pelo de un extraño color verde, siempre alborotado, con un semblante autoritario pero cercano. Tashigi y él se conocían desde hacía muchos años, así que por petición de él, cuando estaban solos dejaban a un lado las formalidades y la etiqueta. Ambos lo agredecían.

Zoro vestía un elegante traje negro con una sencilla camisa blanca y unos elegantes zapatos, negros también.

-¿Te has vestido tan elegante para mí?-bromeó Tashigi.

-Me has descubierto.- respondió él.-No, en realidad tengo una comida importante con su majestad, mi querido y desquiciado padre. Ya sabes.

-Aunque te incomoden esas cosas debes hacerles frente.-dijo ella.- ¡Y no hables así del rey!

-Bah, como sea. Dime, ¿qué es eso que querías hablar?-atajó Zoro.

-Ah sí, es cierto.- se avergonzó ella, sacando de su bolso la cinta de grabación donde aparecía el robo de Robin.- Aquí están las pruebas, y he pensado hablarlo contigo antes de que tu padre se entere.

-Bien pensado, mi padre hace una montaña de un grano de arena.- afirmó el príncipe.

Fue entonces cuando Tashigi, que se había sentado en la silla de al lado, le relató con todo detalle a Zoro lo sucedido unas horas antes, en la madrugada.

-No sé qué hacer, por eso…-dijo finalmente Tashigi.

Zoro se había puesto muy furioso nada más Tashigi empezó a contar lo sucedido.

-¿Qué relación guardaban los… los niños que han muerto con la ladrona?-preguntó el príncipe con las venas de la frente hinchadas.

-A juzgar por lo sucedido, puede que ella los tuviese como escudo humano, aunque hay cosas que no…

-¿¡Es eso cierto!? O sea, ¿que además de sacrificar a dos niños que no tenían nada que ver, mató a dos escuadrones completos, excepto a una persona?- preguntaba Zoro furioso.

-Eso parece… Según nos ha contado el superviviente.-aportó la capitana.

-Espera un momento. No es que desconfíe ni de ti ni de tu escuadrón, pero prefiero confirmar los hechos por mí mismo cuando la información viene de la Muralla sin filtro alguno.-dijo él de repente.- Dime Tashigi, ¿qué se puede ver en la grabación?

-Se ve cómo esa chica entra a una tienda rompiendo unos cristales, y sale con los brazos cargados con comida.-contestó ella objetivamente. Pero Zoro, lo mejor sería que vieses la grabación por ti mismo…

-Me fío de ti, pero con lo que me acabas de contar ahora desconfío de ese superviviente y de su versión de los hechos.-empezó a deducir él.- Ella no usó a esos niños como escudos, simplemente interfirieron para salvarla la vida, por su propio pie.

-¿Por qué harían algo así, si no guardan relación alguna según tú?-preguntó ahora Tashigi.

-¡Por Dios Tashigi! Fíjate en los hechos. Cuando empezáis a perseguirla no lleva la comida. ¿No os habéis parado a pensar que ella, llevada por una buena voluntad, robara esa comida para esos niños, y estos decidieron por su propio pie devolverle el favor de esta forma? Además, todo queda más claro cuando la ladrona cambia su actitud de intentar escapar a atacar a todos de repente.- Zoro no podía contener su rabia ni tampoco sus gritos.- Ella vio cómo esos niños a los que ella había salvado morían frente sus ojos a manos de un grupo militar armado hasta las cejas, entonces se tomó la justicia por su propia mano.

-¿Estás justificándola? ¡Ha acabado con una gran cantidad de hombres!-decía ahora Tashigi empezando a llorar.- Yo también lamento profundamente la muerte de esos inocentes niños, Zoro…

Tuvo que dejar de hablar, y apoyó sus puños cerrados sobre la mesa con fuerza.

-No es culpa tuya, Tashigi, pero ciertamente la Muralla actúa demasiado libremente sin pensar en las consecuencias. El fin no justifica los medios, pero parece que nadie lo sabe.-dijo el príncipe más calmado, apoyando su mano en el hombro de la capitana.

-Pero Zoro… no es nuestra culpa, sólo seguimos las órdenes de…

-De mi padre, el rey.-concluyó él con los dientes cerrados con fuerza.

Cuando Zoro se aseguró que su amiga Tashigi dejase de llorar y sentirse culpable, la dejó en la sala de reuniones y se dirigió con paso firme en busca del rey.

Mientras recorría los pasillos del palacio lo maldecía todo y a todos, y se encontró con varios guardias por el camino que le recordaban la importante comida que tenía más tarde con su padre y unos invitados de otro país. Eso cada vez le importaba menos.

Cuando llegó hasta donde estaba su padre, el rey, sentado en su gran trono dorado, Zoro se plantó frente a él con una mirada de odio.

-Vaya, hijo mío. Te has adelantado un par de horas.- dijo el rey despreocupado mientras se miraba las manos.

-Supongo que algo habrás oído sobre el escuadrón que ha muerto esta madrugada.- dijo él de con un tono muy seco y frío.

-Ah sí, me ha llegado a los oídos. Ciertamente una verdadera pena. Tendremos que pensar en homenajearlos de alguna forma…

-¿Y también piensas hacer mención de los dos niños que ellos mismos mataron? Supongo que eso también lo sabías, ¿no?- seguía diciendo el príncipe.

-Algo había oído acerca de los indigentes también, sí, pero en esa clase de ceremonias no procede mencionar a gente como ellos.- dijo el rey sin medir la gravedad de sus palabras.

-Tus soldados… mataron a esos niños.-dijo esta vez Zoro encendiéndose.

-Niños que intentaron ayudar a una sucia ladrona, por cierto. Zoro, debes empezar a aprender el significado de la palabra justicia.

Zoro no aguantó ni un segundo más allí de pie, aguantando las absurdas palabras que salían por la boca de su padre y dio media vuelta.

-No te olvides de la comida, hijo mío.- le dijo de repente el rey.

El príncipe no contestó y salió decidido de la habitación hasta llegar a su propio dormitorio. Allí se arrancó ese maldito traje, se quitó los zapatos y abrió un baúl que había debajo de una librería.

De ahí sacó unos desgastados vaqueros, unas zapatillas y un jersey marrón. Una vez vestido así, acercó su mano al armario y sacó la primera cazadora con la que tropezó su mano, de color militar sin ningún estampado.

Tras eso se volvió a dirigir a la sala donde se había dirigido con Tashigi con la intención de visualizar la grabación del robo. Entonces la puso en el televisor de la misma sala y vio su contenido.

Cuando la ladrona apareció, rompiendo el cristal de una patada el príncipe se sorprendió, y más cuando entró dentro de la tienda e instantes después salía cargada de comida, rompiendo otro cristal.

La grabación estaba en blanco y negro, pero puedo distinguir los rasgos de la chica, que le parecía muy guapa e interesante. Lo que más le sorprendió de la grabación fue la tranquilidad y rebeldía que ofrecía esa mujer, al mismo tiempo y en cantidades iguales.

"Tengo que conocer a esta mujer. Necesito otro punto de vista o a este paso… terminaré igual que mi padre" pensó Zoro preocupado.

Una vez grabado el rostro y la figura de la ladrona en la mente del príncipe, salió de la sala y esta vez fue directo hacia el exterior.

-Majestad… esas ropas… tiene que estar presente en la comida organizada.- dijo un guardia alarmado.

-Ya lo sé.- contestó él simplemente, haciendo caso omiso de todos.

Mientras caminaba hacia la salida cruzó su mirada con alguno de los espejos que había esparcidos por el palacio.

"Genial, no parezco un príncipe ni de lejos" pensó él satisfecho. "¿Y para qué necesitamos tantos espejos? Habrá gente allá fuera que quizás ni conozca su rostro."

Cuando el príncipe recibió los rayos de sol de ese magnífico día no pudo evitar sonreír, aunque no sabía hacia dónde dirigirse ni qué hacer. Aún así estaba satisfecho de haber tomado la decisión de desobedecer a su padre por primera vez en sui vida, aunque si fuera por las ganas, ya lo habría hecho hace siglos.

"Tengo que pensar el modo de encontrar a esa mujer."