-Robin, deberías dormir un poco, tienes una cara espantosa.-le dijo Franky tras que ella saliera de la ducha envuelta en una toalla.
-Mi cara es la de siempre, no te pases.- replicó ella.
Franky siempre sabía cómo tratar con la difícil Robin, y él era de las personas más tolerantes y abiertas del mundo. Puede que ese sea el motivo por el que no dudaron a la hora de formar equipo.
-Pues para arreglarla deberías dormir un millón de años, y ya llevas 30 de retraso.- siguió él.- Vete a la cama y échate. Te prepararé algo de comer e iré a avisarte.
Robin sonrió y le dio las gracias, entonces entró en la pequeña habitación. En ella había dos camas, no podían permitirse el lujo de tener cada uno su habitación, independientemente de su sexo, y menos en un piso tan pequeño y funcional. Aun así, ninguno se quejó.
La morena se deshizo de la toalla y la dejó tirada en el suelo, y luego se metió desnuda en su cama mientras se cubría con las varias capas de sábanas. Una vez dentro no tardó más de tres minutos en conciliar el sueño.
Mientras tanto, Franky estaba esmerándose en la cocina para prepararle a su compañera una buena comida, pero no podía dejar de sentirse inútil. Él también pensaba constantemente en la cantidad de gente que ahora misma estaba muriendo en la calle, sin nada que echarse a la boca y congelándose. Ellos siempre les ayudaban cuando podían, pero eso no garantizaba la seguridad de nadie, por eso aspiraban más alto; al rey. Con que el rey cambiase algunas de sus leyes e hiciera algunas modificaciones en la organización y el reparto de privilegios todo se solucionaría, pero no estaba por la labor, así que el único método que les quedaba era formas la organización de Los liberadores, con el objetivo final de destronar el rey y acabar con la monarquía, instaurando una república justa y con representantes comprometidos con los ciudadanos.
Fuera como fuese, ahora lo más útil que podía hacer Franky era cuidar de su compañera. Luego ya saldría a la calle a ayudar a la gente como fuese.
Pasaron largos minutos y tuvo la comida preparada; una caliente sopa, algo de pescado, una ligera ensalada y por último preparó café, para que se mantuviese caliente. Sabía que a Robin le encantaba el café ardiendo, así que nada más lo preparó, fue a su habitación a despertarla.
Cuando entró por la puerta no se sorprendió al comprobar que ella estaba desnuda, siempre lo hacía. Sus cuerpos no eran un misterio para el otro.
Franky se acercó a ella y la cogió suavemente del hombro, sacudiéndola con delicadeza.
-Ven ya a comer, anda.- dijo él.
Ella abrió los ojos tras estas palabras, su cara ahora parecía más relajada. Dormir esos minutos le había sentado de maravilla.
-Ya estaba despierta.- dijo ella enseguida.- Ahora saldré, muchas gracias.
Y le sonrió indicándole que saliera de la habitación. Cuando lo hizo, Robin se vistió con una sudadera gris y unos pantalones de chándal elásticos. No se puso zapatos, sólo unos gruesos calcetines.
Salió entonces y se sentó en la mesa a comer lo que le había preparado Franky, no sin antes dar un sorbo al café.
-No hay nadie que prepare el café como tú.- dijo saboreándolo.
Él entonces se sentó frente a ella y se rió, sin decir nada. Simplemente la veía comer.
Pasada una hora Robin terminó.
-Para lo poco que tenías has tardado siglos.- comentó Franky.
-Ya sabes que me tomo las cosas con calma.- contestó ella mientras se levantaba con los platos de la comida.
-Pues prepárate porque para la próxima te prepararé todo un banquete. No terminarás ni en cinco horas.-decía ahora él.- ¡Sólo mírate! Estás tan delgada que podría cortarte la cintura con un cuchillo de plástico.
-Cállate y vuelve al gimnasio a terminar lo que dejaste a medias, ¿te has visto? Tienes unas piernas de lo más enclenques en comparación con tu parte superior.-se burló ella.-Apuesto a que podría rompértelas sin el mayor esfuerzo.
Ambos rieron haciendo burla de ellos mismos mientras Robin limpiaba los platos y cubiertos de su comida. Cuando terminó anunció que iba a volver a la cama.
-Yo voy a salir. No te asustes si cuando te despiertes no estoy.- dijo Franky.
-Lo superaré.- dijo ella con sarcasmo.-Y por cierto, me gustan tus piernas de niñita.- dijo entrando en su habitación mientras le guiñaba el ojo.
Llegó el mediodía y ni las nubes y el penetrante frío de enero eclipsaron el sol. Seguía siendo un bonito día, y el príncipe Zoro seguía recorriendo la calle, en busca de la ladrona que ayudaba a los más desfavorecidos. No sabía cómo la encontraría ni qué le diría cuando estuviera frente a ella, si es que llegaba a ese punto.
Decidió ir al centro de la ciudad, y lo hizo sin demasiadas dificultades. La gente no lo reconocía, y eso le aliviaba muchísimo. Los ciudadanos sólo vieron al príncipe a los pocos años de nacer, mientras tenía lugar el funeral de su madre, la reina. Se hizo público y los medios cubrieron el triste evento. Sólo entonces Zoro había permitido que la gente conociese su rostro. Por todo lo demás, siempre había evitado los actos oficiales y conmemorativos que a su padre tanto le gustaba celebrar.
Temía el día en el que su padre quedase incapacitado para ejercer de rey y le tocase reinar a él, y evitando aparecer como príncipe públicamente mantenía cierto alivio dentro de él, pero sabía en el fondo que era inútil. Terminaría siendo el líder del desastroso país que le iba a dejar su padre.
"Ya llegará, pero de momento soy libre" pensó.
Cuando cayó la tarde la plaza central de la ciudad estaba vaciándose, y sólo iban quedando los vagabundos de toda clase. A Zoro le recordó a La noche de los muertos vivientes; en cuanto cae la noche los zombis salen a comerse los cerebros de los ciudadanos despistados.
El príncipe dejó de pensar en tonterías cuando una profunda tristeza le invadió al ver cómo la gente sin hogar, prevista de viejas ropas que no iban a protegerlos del frío, se acomodaban en los rincones más oscuros de la plaza y los callejones cercanos. Algunos buscaban entre los restos del suelo algo que llevarse a la boca, otros en cambio se resignaban a quedarse parados, esperando a que la muerte viniese a por ellos.
Sin moverse de donde estaba, la plaza se vació y sólo quedaron éstos, pero no por mucho tiempo. De un callejón llegaban unos chavales con sus ruidosas motos, que las dejaron aparcadas en medio de la plaza.
Sin preocuparse si había o no alguien, se acercaron a un grupo de vagabundos que permanecían juntos para mantenerse calientes. Entonces empezaron a escucharse golpes secos: estaban pateando a la pobre gente que se encontraba refugiada en el suelo, cubriéndose con los brazos como podían.
-No os atreváis a poneros por aquí, basura. A saber qué habéis hecho para terminar así.- decían mientras les seguían pateándolos.
Zoro no pudo mantenerse al margen por más tiempo y avanzó corriendo hacia donde se encontraban.
-¡Dejadles en paz!-gritaba mientras avanzaba.
Algunos de los jóvenes alborotadores se acercaron al peliverde y le cogieron por los brazos.
-¿Y tú qué quieres, guapito?-dijo el que parecía el líder, dejando de patear a los vagabundos.
-Esta gente no os ha hecho nada. Exijo que dejéis de…-pero Zoro no pudo terminar la frase, porque un puñetazo en el estómago lo paró.
-Tú no eres nadie para exigir nada, capullo.- dijo el líder.
Pero sin previo aviso una sacudida les inundó. Un gran cuerpo chocó contra todos ellos, con un placaje que les tiró al suelo.
-¿Os creéis muy valientes, imbéciles?-dijo Franky que acababa de llegar.
Y sin dejarles levantarse se posó encima de ellos y les propició una buena lluvia de puñetazos hasta dejarlos fuera de juego.
Los vándalos se levantaron a cuatro patas y fueron directos hacia sus motos, decididos a marcharse de ese lugar.
-¡Cuando nos volvamos a ver seguiremos!-gritó Franky.
Entonces se dirigió a Zoro, con un brazo cubriéndose el estómago, de pie junto a él. Lo había visto todo.
-Oye chaval, ¿estás bien?-preguntó entonces Franky.
-Sí…-dijo él-Gracias.
Y ambos avanzaron hacia donde estaba el pequeño grupo de personas a los que los vándalos habían empezado a incordiar. Estaban todos bien, y Zoro entonces sacó un fajo de billetes de su bolsillo.
-Tomad, puede que esto…-pero algo le interrumpió.
Franky cogió el dinero de Zoro y se lo devolvió al bolsillo, negando con la cabeza.
-Un poco de dinero no va a ayudar a esta gente.-dijo.- Lo que necesitan es comida y algo de abrigo, dijo quitándose el suyo propio.
Zoro lo imitó, y con ambos cubrieron sus cuerpos.
Ellos por su parte se limitaban a agachar la cabeza en señal de agradecimiento.
-Muy bien, y ahora la comida.-dijo Franky mirando con complicidad a Zoro.
Pero él no entendía.
Entonces Franky se dirigió con paso firme hasta la mejor tienda de la plaza y se paró ante la cristalera.
-Voy a solidarizarme con mi compañera.- dijo en tono de broma. Entonces pateó el cristal y se adentró rápidamente en el establecimiento.
Zoro entonces cayó en la cuenta. Ese sujeto era como la chica que él buscaba, se conocían y por lo visto pertenecían a algún grupo que se dedicaba a ayudar a los menos privilegiados. El príncipe no pudo evitar sonreír de satisfacción, sin poder creer que quedase gente así.
Cuando Franky salió de la tienda, con sus fuertes brazos cargados de comida, fue corriendo hasta donde estaban los vagabundos y los cubrió con ella.
-Debemos irnos si no quieres problemas, chaval.- dijo él sin detener el paso.
Zoro le siguió y ambos empezaron a correr calle abajo.
-Seguro que te han grabado.- dijo él preocupado.
-Mientras no me cojan…-lo tranquilizó Franky.
Cuando pararon de correr, acabaron enfrente de un pequeño local, parecía un bar.
-Entremos, aquí estaremos a salvo, conozco este sitio.-dijo Franky mientras abría la puerta.- Te invito a un trago.
Una vez en la barra Franky pidió un par de refrescos de cola y Zoro una cerveza.
-Tienes buenas intenciones, ¿sabes?-dijo el Franky de repente.- Pero no conoces el método…
-Tú en cambio sí pareces conocerlo…
-No se lo digas a nadie, pero yo me dedico a esto.- confesó Franky.
-Si te escucha alguien de la Muralla o del palacio puedes verte en serios problemas…-le aconsejó Zoro en voz baja.
-Aquí no hay gente así, ya te lo he dicho. Conozco este lugar.
-Pero no me conoces a mí.- dijo el príncipe algo preocupado.
-Tú no eres como ellos. No lo serías ni en mil años, chaval.- dijo él riendo.
Zoro sonrió también.
-Quiero conocer más acerca de los tuyos.- dijo Zoro finalmente.
-No podemos dar información a gente ajena a nosotros, lo siento…
-Entonces me uniré a vosotros.- decidió Zoro.
-Tu entusiasmo me abruma, chaval, pero eso no es tan fácil… La incorporación de un nuevo miembro ha de ser aceptada por tres miembros oficiales.-explicó Franky.- Si fuera por mí sí entrarías, pero necesitas dos apoyos más. Además, has de saber defenderte.
-Soy un buen espadachín, me he formado en la esgrima desde que tengo memoria.- dijo Zoro desafiante. Iba a hacer cualquier cosa por conocer los ideales de ese grupo.
-¿Esgrima? Eso es nuevo, tienes suerte de haber recibido educación desde tan temprano…-empezó a decir Franky.
Zoro se asustó, no quería levantar sospecha alguna acerca de quién era y de dónde venía.
-Quiero unirme como sea.-repitió él.
-Te ayudaré, pero de momento bebamos y disfrutemos de la noche.
Para Franky disfrutar de la noche consistía en estar sentados en la barra diciéndose bromas y tonterías, riendo escandalosamente sin repara en quién podía espiar sus absurdas conversaciones. Zoro seguía a Franky en las conversaciones y también reía muy a menudo. En su vida había estado en una situación como esa.
Eran altas horas de la noche y alguien se paró detrás de ellos.
-Se te oye a kilómetros, estúpido.
Zoro y Franky dieron media vuelta y vieron quién les había interrumpido.
-¿Desde cuándo te preocupas tanto por mí, mi sexy arqueóloga?-dijo Franky riendo.
-No me llames así, y menos cuando haya gente cerca.- dijo Robin furiosa.-¿Y éste quién es?- dijo cuando reparó en la presencia de Zoro.
Zoro se quedó de piedra. Ahí estaba, la chica de la grabación de la noche anterior le estaba hablando y ahora no sabía qué decirle.
"No debería haber bebido tanto" pensó entonces.
-Él es mi nuevo amigo y sabe esgrima, quiere unirse a…-contestó Franky.
-Franky, no puedes ir repartiendo folletos para que cualquiera se una a nuestra causa.- dijo ella cerrando los ojos mientras se frotaba las sienes.
Entonces Zoro habló.
-No ha repartido nada. Él me ayudó cuando intentaba alejar a unos delincuentes de un grupo de gente sin techo.- dijo Zoro.
-¿Cuándo dices gente sin techo te refieres a los deshechos del rey? Evita los eufemismos y las formalidades.- dijo ella algo molesta.
De la mirada de Zoro y Robin brotaron chispas, y Franky se interpuso entre ellos.
-Ya vale, ya vale. Le he prometido a nuestro amigo que le ayudaría a ingresar. ¿Qué dices?-dijo Franky.
Para sorpresa de todos, Robin no se mostró desacuerdo.
-Como quieras, te ayudaré a unirte.- dijo ella mientras tendía su mano.
Zoro la agarró y la estrechó.
-El grandote se llama Franky, y yo Robin.- dijo mientras sacudía sus manos en un saludo que duró eternidades.
-Yo… yo me llamo…-pero Zoro no podía dar ninguna pista acerca de quién era realmente y se quedó con la mente en blanco.
-Señor espadachín.- concluyó Robin con una sonrisa.
