A altas horas de la madrugada, Zoro, Robin y Franky caminaban cautelosamente por la calle.

-Que sigas a estas horas con nosotros significa que no tienes dónde pasar la noche, ¿verdad?-le preguntó Franky a Zoro.

-Esto… yo…-dijo él sin saber cómo seguir.

-Es evidente, Franky.-dijo Robin seria.

-¡Ven con nosotros, puedes quedarte en nuestro súper apartamento!- Zoro agradecía la amabilidad de Franky y asintió.

Robin por su parte no dijo nada, ni tampoco puso ninguna expresión en su rostro. Zoro observaba cómo le trataba con frialdad, pero no la culpaba, debía ser prudente y más en sus condiciones.

Minutos después, los tres entraron en un sencillo bloque de apartamentos, cogieron el ascensor y pulsaron el botón de la séptima planta.

Robin sacó su llavero y abrió la puerta rápidamente.

-Venga, adentro.-dijo ella, haciendo pasar a los chicos.

Franky empujó a su nuevo amigo hacia dentro del piso, cogiéndolo de los brazos.

Cuando todos estuvieron dentro, Zoro casi se puso a llorar. Tuvo que cubrirse con el antebrazo. A pesar de haber vivido toda su vida en el palacio, rodeado de lujos y comodidades, estar allí, entre esas cuatro paredes y unos escasos muebles le hacían sentir de lo más feliz.

-¡Sé que el piso es feo, pero no es para llorar, chaval!-dijo Franky.

-Os estoy muy agradecido, Franky… y también a Robin.- dijo el príncipe mirando ahora a la mujer, que dejaba su abrigo en una percha en la entrada.

Ella le sonrió artificialmente y se sentó en el sofá.

-Podéis quedaros en la habitación esta noche, no quisiera interrumpir vuestra noche de chicos.- dijo entonces, apoyando su mejilla contra su mano.

-No, no. Ustede… Vosotros debéis dormir en vuestra cama habitual. Yo puedo acomodarme donde sea.-dijo de repente Zoro.

-No me hagas repetirlo.-dijo Robin seria.- Me he pasado el día dentro de la cama, estoy cansada de estar ahí metida. Yo estaré aquí.

-¿El día entero en la cama? ¿Estás enferma?-preguntó Zoro.

-No tengo porqué darte mis razones.-respondió ella.

-Déjala, esto… ¡No sé todavía tu nombre!- dijo Franky de repente, sin haber reparado en ese detalle todavía.

-Ah claro, me llamo Jack.-improvisó Zoro.

-Preferiría Señor espadachín.- comentó Robin sin mirarles.

Zoro la miró desde atrás y rió.

-Como quieras.- dijo.- Puedes llamarme como quieras.

-Hmmm.- pronunció únicamente ella.

-Vamos Jack, te llevaré a nuestra suite real.- bromeó Franky, y volvió a conducir a Zoro hasta la habitación, que estaba puerta con puerta con el salón, donde estaba Robin.

El cuarto constaba de un pequeño armario y dos camas, separadas por un pequeño hueco de un metro aproximadamente. Franky entonces señaló la cama de la derecha.

-Esa es la cama de Robin, dormirás ahí.- le indicó Franky mientras se desvestía y se metía entre las sábanas.- Aquí no usamos pijama, así que no tenemos nada para prestarte, espero que no te incomode.

-No, está bien, tranquilo.- contestó modestamente Zoro mientras se desprendía de su ropa y sus zapatillas, quedando en ropa interior.

Entonces se arropó con las sábanas, proporcionándole un calor y una comodidad excelente. Aspiró por un instante y olió el aroma de unas flores, pero no había ninguna en la habitación.

Eran las sábanas, la cama de Robin tenía un agradable aroma floral. Intentó conciliar el sueño y tras unos minutos, mientras escuchaba los ronquidos de Franky, se durmió.

Se desveló no muchas horas después. Por las ventanas seguía entrando la oscuridad propia de la noche y su nuevo amigo dormía a pierna suelta. Por lo que parecía, Robin, la mujer que él había estado buscando estaba a poquísimos metros de él. No pudo evitar despojarse de las sábanas y salir de la cama. Tuvo el impulso de verla, entonces podría volver a conciliar el sueño.

Con unos cuidadosos pasos, el príncipe avanzó hasta abrir la puerta de la habitación y salió de esta.

Sus pies descalzos no hacían más que un leve ruido sordo sobre el suelo, y entonces vio el sofá en el que estaba Robin. El respaldo ocultaba su cuerpo, pero ella estaba ahí. Lo sabía.

Se acercó hasta el sofá y lo rodeó, pero lo que vio no fue a una chica durmienda.

Allí estaba Robin, pero seguía despierta ensimismada con un libro. Alzó la vista tras las páginas y vio a Zoro, todavía en ropa interior.

-Vas a destrozarte la vista, apenas hay luz para leer.- dijo entonces Zoro en voz baja.

Robin, tras escucharle se rió, y cerró su libro.

-Y tú vas a coger un resfriado, Señor espadachín.- dijo ella mientras no apartaba la vista del ejercitado cuerpo de Zoro.

-Soy de sangre caliente.- replicó él.- ¿Puedo sentarme?

-¿No puedes dormir?-contestó ella a su pregunta, pero no esperaba respuesta.- No creas que podrás encantarme tan rápido como a Franky.

-Entiendo que no confíes en mí.-dijo Zoro, para nada ofendido.-Sé por qué te has quedado todo el día en la cama, bueno, creo que lo sé.

Robin arqueó las cejas.

-Sorpréndeme.-dijo ella desafiante mientras daba palmadas contra el sofá, indicando a Zoro que se sentase a su lado.

Él obedeció y apoyó los brazos en las rodillas.

-Sé lo de anoche. Los niños, los guardias, el robo, las muertes…-dijo él de un tirón.

Ella cerró los ojos y apoyó la cabeza contra sus manos.

-Por mi culpa esos niños murieron.-sentenció ella muy seria.

Zoro sin embargo prosiguió hablando lo que tenía pensado.

-En realidad quería unirme a vosotros, a ti, por lo que hiciste anoche. Te estaba buscando y por suerte te he encontrado.-dijo él mirándola fijamente, aunque ella no le respondía la mirada.

-Si ha salido en la prensa o en los medios, cosa de la que no soy consciente, debes saber que seguro que no todo lo que han contado es cierto.- dijo ella entre sollozos.

-No es eso, yo…-pero se detuvo ahí. Si revelaba quién era realmente iba a estropearlo todo.

Robin tampoco le dio la oportunidad de seguir explicándose porque estaba sumida en ella misma mientras los hombros no dejaban de temblarle.

-Esos niños… no puedo soportarlo. Ellos no eran culpables de nada, sólo han tenido la desdicha de nacer aquí y ahora, bajo el absurdo reinado del rey y la opresión de la Muralla.-dijo ella con rabia, sin dejar de llorar.

Zoro sin saber qué responder, rodeó a Robin por los hombros con su brazo, intentando reconfortarla.

-No es tu culpa.-dijo él apoyando la barbilla en su cabeza.

Inconscientemente Robin pasó sus brazos por detrás del gran cuello de Zoro y dejó caer la frente en su pecho.

Cuando se tranquilizó se apartó de él, como si quemara.

-No vayas a pensar nada raro, Señor espadachín.- dijo ella.

-No estoy pensando nada raro, sólo intentaba animarte.- respondió Zoro sin soltarle los hombros.

-No te preocupes. Es sólo que a veces me siento agotada con tanta lucha contra los altos cargos, con muertes de niños inocentes, y ahora que conocen mi cara la situación no ha mejorado…

-Quiero ayudarte.- dijo Zoro firmemente.- ¿Te importa que me quede aquí lo que queda de noche?

-¿Por qué? Si vienes con la idea de que vamos a tener algo entre nosotros ya te la puedes quitar de la cabeza.- dijo ella cortante.-No se nos permite relacionarnos sentimentalmente con nadie por el momento, eso sólo nos puede traer debilidad.

-Lo dices como si estuvieses acostumbrada a dar esa excusa.-dijo él.

-Más de una vez se lo he tenido que recordar a Franky.- dijo mientras reía.- Él es un encanto y es con quien mejor me encuentro, pero no es el apropiado… Y aunque lo sea, sería imposible. Ya sabes, nuestras normas.

-Así que crees que todos los hombres van tras tuya, ¿eh?-siguió Zoro bromeando.

Ahí fue cuando a Robin le dio la risa y acercó su cara a la de Zoro, pasando la mano por su pecho. Sus respiraciones chocaban violentamente, estaban a escasos centímetros, Zoro tragó saliva y se lanzó a los labios de ella. Labios que apartó de inmediato, antes de que hicieran contacto alguno.

-Yo no me creo nada, Señor espadachín.- dijo alejándose más de él, y se levantó del sofá.-Si vas a quedarte despierto no te importará que vuelva a mi cama, ¿no?

Zoro no pudo hacer nada más que asentir. Se había quedado inmóvil, esa mujer le hacía sacar otra cara nunca vista.

Cuando oyó la puerta de la habitación cerrarse, volvió en sí y se maldijo a él mismo.

-Esta mujer es peligrosa.

Zoro no pudo volver a dormir, pero permaneció echado en el sofá hasta que oyó ruido desde la habitación.

-¡Jack, buenos díaAAAAAAAAAAAH! ¡¿Qué has hecho con Zoro?!- dijo Franky sorprendido mientras retiraba las sábanas de la cama en la que supuestamente iba a dormir Zoro.

-He acabado con él. Sabía demasiado, su cabeza está en el congelador.- decía Robin mientras estiraba los brazos, recién despertada.

Franky palideció y salió sin pensarlo de la habitación, en busca de su amigo. Lo encontró sentado en el sofá mientras reía, lo había escuchado todo.

-Buenos días Franky.- saludó él.

-¡Amigo mío!- dijo Franky mientras se abalanzaba encima del peliverde.- Con esa mujer nunca se sabe qué puede pasar, te lo digo enserio.

Robin entonces decidió levantarse de la cama, se echó una manta por encima de la la lencería y salió al salón.

-Si queréis os dejo intimidad, muchachotes.-dijo ella riendo, ya que Franky y Zoro estaban en ropa interior también, uno encima del otro.

Franky entonces se incorporó y se puso serio.

-No te acerques a Jack, no me fío de ti.

-Yo tampoco me fiaría de mí.- dijo Robin siguiéndole la corriente.

Franky, obviamente no conocía la conversación que habían mantenido horas atrás sus dos amigos, y ninguno de ellos tenía la intención de hacérselo saber.

-Id a daros una ducha y a vestiros, hoy hay una reunión.- anunció entonces Robin.- Jack nos podrá acompañar, si es que todavía quiere unirse.

-Me encantaría.- dijo Zoro contento.

Robin y Franky también sonrieron.

El príncipe no era consciente que no podría vivir eternamente en esa situación, tenía unas responsabilidades que atender y una pesada carga. Tampoco es que quisiera tenerlo en mente a todas horas. Ya se vería.

Por otra parte, en el palacio se respiraba un ambiente de tensión y desesperación.

-Mi hijo, el príncipe Zoro ha sido secuestrado. No me cabe ninguna duda.-anunciaba el rey sentado en su gran trono, a sus consejeros.-Ayer no acudió a la importante comida que teníamos organizada, ha dormido fuera de palacio… Esto no es normal.

-¿Qué tiene en mente, alteza?

-¿A qué se puede deber?

-¿Qué hacemos para solucionarlo?

Preguntaban los consejeros perdiendo los nervios.

-Estoy seguro de que ese grupo rebelde que nos planta cara tiene algo que ver. – decía el rey.- Estoy seguro. Saben que conocemos la identidad de uno de sus miembros, sumado a otro, contando otra grabación casi idéntica a la de la chica, con el mismo patrón. Como saben que los tenemos acorralados, han capturado a mi querido Zoro.

Los consejeros escuchaban las palabras del rey asintiendo. El rey continuó hablando:

-Que los medios se enteren, tenemos que encontrar a mi hijo y darle su merecido a esa gentuza.

Ese mismo día infinidad de avisos, carteles y periódicos salieron del mismo palacio con la orden de encontrar al príncipe Roronoa Zoro, con una fotografía actual de él. A continuación se explicaba la hipótesis del rey, y para finalizar se adjuntaban otras dos imágenes, la de los dos ladrones de los días anteriores. Los principales sospechosos.

En pocas horas toda la ciudad, y parte del exterior, iban a saber la identidad del príncipe, su estado y la orden de dar caza a los ladrones.

A Robin y a Franky.