-¿Cuánto tiempo crees que falta para que amanezca?
-No lo sé, he perdido la noción del tiempo por tu culpa, señor Espadachín.
Zoro y Robin seguían en la cama sin dormir, dándose cariño y caricias hasta que el sol les parase. Ambos sabían que debían abandonar la ciudad lo más rápido posible, pero posponían su fuga para cuando amaneciera.
Tras alcanzar el clímax, una vez más, Robin le preguntó a Zoro:
-¿No estás agotado?- decía mientras cogía tanto aire como podía.
-En absoluto, podría estar así toda la noche.- desafió él.
-Vaya, sí que tienes aguante…
Y volvió a abrazarle al cuello mientras se sentaba encima de él entre profundas respiraciones y gemidos.
Pasaron varias horas y el sol empezó a asomarse por el horizonte.
Robin dio un último beso a Zoro antes de levantarse de la cama y se puso el jersey de este. Entonces salió hacia la cocina.
-Prepararé café.- dijo ella.
Zoro se tendió de brazos abiertos en la cama mientras cogía aire. Estaba muy agradecido de haber encontrado a Robin y haberlo dejado todo. Obviamente también se sentía entusiasmado por poder dedicarse de lleno a ayudar a la gente necesitada.
Iba a permanecer en la cama hasta que llegara Robin, pero los minutos pasaron y ella no aparecía, entonces, preocupado, se decidió por levantarse y comprobar que nada malo había sucedido. Se puso sus pantalones y salió de la habitación.
Y allí estaba Robin, su maravillosa Robin con su jersey. No le quedaba demasiado largo, ya que ella era muy alta, pero dentro hubieran cabido tres como ella. Aún así, estaba preciosa a los ojos de Zoro.
Estaba sentada, tomando una taza de café mientras apoyaba su mejilla contra el dorso de su mano.
-¿Por qué has tardado tanto en salir?- dijo ella.
-Creía que vendrías tú…- respondió Zoro.
Robin sonrió.
-Ya no estás en palacio, así que si quieres el café que yo he preparado, por lo menos ten la decencia de venir a por él.
-Yo no esperaba que… ¡Yo no estaba esperando a que me lo llevases a la cama ni nada así!- decía Zoro excusándose, pero se dio cuenta de que puede que si lo esperaba, ya que no se había movido de allí.
Se resignó y se acercó a la mesa donde estaba Robin. Entonces tomó una taza y echó el café en ella.
Robin, que en absoluto se había molestado con él, alargó su brazo y tomó la mano de Zoro.
-Tú por lo menos podrías devolverme el jersey, empiezo a tener frío.- protestó Zoro mientras jugueteaba con la mano que le había tendido Robin.
-Creo que no lo haré.- contestó ella.- Me gusta más verte así, además… Creía que tenías mucho aguante.
Y tras una sonrisa, soltó su mano y se levantó a dejar la taza vacía en la cocina. Luego regresó a la habitación y salió tras varios minutos, vestida con un conjunto de camisa y pantalón morados, con el cuello a manchas que recordaban las de un leopardo, y un sombrero de cowboy, morado también.
-Prepárate para salir ya.- le dijo a Zoro entonces, regresándole su jersey.
Él se lo puso mientras aspiraba el reciente aroma a flores que se había impregnado en su prenda.
-¿Listo?
Zor asintió y se puso frente a Robin.
-¿A dónde piensas ir?- preguntó él, serio.
-No lo sé, aunque eso poco importa…
-Escúchame, no quiero que pongas en peligro tu vida.- dijo Zoro.
-Eso que me pides es imposible, además, sé cuidarme, ya lo has visto.
-Lo que he visto es que has estado en serios problemas más de una vez, y si yo no hubiera estado…
-No te equivoques, Zoro. Si yo he estado en aprietos es por haberme contenido. No quería matar a tu amiga. Así que se podría decir que si hubiera muerto hubiese sido culpa tuya.- dijo ella tocando la punta de la nariz de Zoro con su dedo.
Él pensó que puede que ella tuviera razón y que realmente podría enfadarse, pero sus dudas se disiparon cuando ella le dio un beso de lo más profundo.
Él la correspondió, casi sin pensarlo.
-Estaremos bien.- dijo Robin.
-Bueno, pero no te separes de mí por nada, pase lo que pase.
- Eso…- empezó a decir Robin cabizbaja, pero algo la interrumpió.
Se oía mucho ruido de la calle, así que se asomaron por la ventana.
Por el medio de la calle se paseaba un grupo de mensajeros reales, con trompetas y escoltas. Todo apuntaba que era un anuncio importante del rey. Zoro y Robin se temieron lo peor.
"Atención a todos los ciudadanos, el rey se ha puesto repentinamente muy enfermo y le queda poco tiempo de vida". Decía el anunciante con un tono solemne.
Robin cogió de la mano a Zoro. Sabía que su mayor enemigo era el rey, en todo momento, pero tampoco dejaba de ser el padre de Zoro.
"Así que os ha pedido a vosotros, sus queridos súbditos, que hagáis cumplir su última voluntad: traerle la cabeza de Nico Robin, la fugitiva que tantas veces ha desafiado a la corona. Su majestad no quiere dejar este mundo sin antes limpiar cuantas más manchas mejor. Ella es una amenaza peligrosa, repito, es peligrosa, así que tomad los medios convenientes para no defraudar a vuestro dedicado rey."
El mensajero continuó su camino, con su anuncio, para difundirlo por todos los rincones de la ciudad.
Zoro y Robin se miraron con tristeza, y tras unos instantes de silencio, Zoro habló.
-Tenemos que irnos cuanto antes.
Robin no decía ni una palabra, ni tampoco se movía. Al final habló.
-Te quiero. ¿Tú me quieres?
-¡Pues claro que te quiero!- contestó él casi indignado. Y tanto que la quería, en la vida había estado tan enamorado como lo estaba ahora.
-Entonces podrás perdonarme.
Y al instante, Robin hizo florecer una docena de brazos que empujaron bruscamente a Zoro contra la pared, haciendo que se diera un fuerte golpe en la cabeza y cayese inconsciente en el acto.
Robin se empezó a odiar en el mismo momento que hirió a Zoro, pero más se iba a odiar si lo arrastraba a su mundo: un lugar donde no podía establecerse, eternamente buscada y perseguida, con el peligro acechando sin descanso.
Zoro no conocía esa faceta de la vida, y no iba a ser ella quien se la mostrara.
Robin cogió un papel y escribió:
"No me busques"
Era una despedida odiosa, si es que se le podía considerar despedida. Nada más dejar la nota sobre la palma de su inconsciente mano, salió por la puerta rápidamente.
Mientras recorría las calles por la parte más recóndita, pensaba en qué podría hacer. Escapar de una la ciudad no iba a ser fácil, y menos con el anuncio tan reciente que incitaba a la gente a que acabara con ella nada más verla.
-Estoy cansada de luchar…- se dijo en voz baja.- Y de hacer que otros tengan que luchar por mi culpa. Ya he puesto en peligro a Los liberadores, a Franky, y ahora a Zoro.
Mientras tanto, en el palacio, el rey seguía en su trono con un aire despreocupado.
-Majestad, creo que todo está siendo muy precipitado.- decía Tashigi agachando la cabeza.
-Tonterías. Haré lo que sea para eliminar a esa zorra y para que mi hijo vuelva donde le corresponde.
-¿Hasta engañar a sus súbditos con lo que se está muriendo?
-Incluso eso. No hay nada más fuerte que el orgullo de un rey, Tashigi. Además, no me vengas ahora con esas. Estás deseando que Zoro vuelva.
-Naturalmente que quiero que regrese. No es alguien que debe llevar la vida de un delincuente, ha sido educado para ser rey…
-Así es, y no te desesperances, porque necesitará una reina de confianza… Así que haz todo lo que esté en tus manos para ayudarme.- dijo el rey, sugerente.
Tashigi sabía que el rey había dicho entre líneas que si lograba satisfacer sus deseos, sería la mujer que se casaría con Zoro.
Había soñado incontables veces con ello. El amor que sentía hacia el príncipe era puro y sincero, pero su confianza había empezado a desmoronarse desde que había visto a Zoro ayudando a Robin. Lo que el rey quería ciertamente iba a beneficiarla, pero no se sentía a gusto con sus métodos.
Aun así, sabía que si Zoro conseguía ser rey, no sería como su padre. Él era un hombre justo y luchador, que velaría por su gente sin descanso.
"Es por el bien de todos" se convenció Tashigi, y emprendió la búsqueda.
Zoro seguía inconsciente cuando Franky abrió la puerta del apartamento con energía.
-¡Robin, Zoro, ya estoy aquí!- anunció.
Al ver al peliverde en el suelo se asustó y empezó a zarandearlo.
-¿Qué demonios te ha pasado? ¡Levanta!
Zoro, tras unos instantes, abrió los ojos y se llevó las manos a la frente. Le dolía la cabeza y detectó que había salido un poco de sangre de la parte posterior de esta.
-Zoro, espabila.- dijo Franky perdiendo la paciencia.
-Robin… ¿Robin me ha atacado?- se preguntó.
Y entonces vio el papel que sujetaba.
"No me busques"
-Franky, Robin va a hacer una locura. No sé cuál, pero estoy seguro. Íbamos a escapar, de repente oímos el anuncio…
-Oh sí, yo también lo he escuchado. Es horrible.- se compadeció Franky.- Robin actúa así muchas veces, es como el humo, no se le puede coger o contener.
-¿Qué crees que habrá hecho? ¿Tienes idea de dónde puede haber ido?- dijo Zoro impaciente.
-Nadie puede saber eso, amigo. Ya regresará…
-¿¡Cómo puedes estar tan tranquilo!?- estalló Zoro.
-No estoy tranquilo, pero confía en que ella sabrá cuidarse.
-Yo voy a buscarla. Tú deberías quedarte aquí y terminar de recuperarte de la herida.
-Esa herida no es nada. Yo también estoy preocupado por ella, así que vamos a pensar en algo, ¿de acuerdo?
Zoro asintió, algo más calmado y agradeció la ayuda de Franky, pero no podía evitar estar calentándose la cabeza por no predecir ni uno de los movimientos de Robin.
"Le he dicho que la quiero y ni siquiera la conozco…" pensó. "Pero lo que sí sé es que esta vez está realmente en peligro, y es capaz de hacer cualquier locura."
