Ese día amaneció nublado, parecía que iba a llover en cualquier momento, era señal de que el otoño había llegado. Ese mismo día Nico Robin iba a ser ejecutada, y el rey se despertó muy feliz por ello. Pensó en ir a torturar un poco a la prisionera antes de que llegara la hora de su muerte nada más abrir los ojos, incluso soñó con ella.
Lo que no se explicaba era el paradero de su hijo Zoro, aunque eso había quedado en un segundo plano: consideraba más importante mantener su orgullo frente a su reino e imponer su autoridad que la seguridad de su único hijo, pero alguien se levantó antes que el rey.
Tashigi se dirigía silenciosamente hasta la celda donde estaba Robin. No estaba haciendo nada fuera de lo común, ella era capitana de uno de los escuadrones reales, y podía visitar las celdas cuando quisiera, pero en ese momento no podía sentirse tan segura.
La joven llegó y se paró ante los barrotes que la separaban de Robin.
Nico Robin estaba tirada en el suelo, tal y como la habían dejado tirada cuando la encerraron en ese asqueroso lugar, con las manos esposadas a la espalda. Aun así no se le escapaba un mínimo de dignidad.
Ambas permanecieron en silencio durante un rato, hasta que Tashigi habló.
-¿Estás satisfecha?
Robin no contestó, solo miraba un punto fijo.
-Vas a morir, pero te llevarás contigo algo para siempre…- dijo Tashigi furiosa.
-Eso es una estupidez.- dijo Robin casi murmurando.
-¿Qué crees que pasará con Zoro? Te lo vas a llevar contigo, te vas a llevar su corazón. Él ya no será capaz de amar a alguien más por tu culpa.- le reprochó.
Robin no contestó a eso.
-Todo es por tu culpa…
-De todas formas voy a morir, ¿no te parece suficiente remedio?
-Zoro se ha enamorado de ti…- decía Tashigi sin escuchar. Estaba enloqueciendo.
-Ese es su problema.
Cuando oyó esto, Tashigi la miró con los ojos abiertos de par en par.
-¡¿Quién te crees que eres para despreciarle de esa forma?!
-No te equivoques, yo no podría vivir sin él, es más, es lo que va a pasar. Yo moriré porque no puedo estar con él.
-¿No podías estar con él? Hubieras podido llevártelo lejos de aquí.
-Zoro no merece que le haga eso.- concluyó Robin.
Entonces escuchó el tintineo de unas llaves chocar, y a Tashigi abriendo la cerradura de su celda. Luego se agachó delante de ella y le quitó las esposas.
-Vamos a salir de aquí.- dijo la capitana decidida.
-No voy a moverme de aquí.
-Pero… ¡¿qué estás diciendo?!
-Estoy cansada, he abandonado. Quiero morir aquí y ahora.- sentenció ella.
-Vas a dejar que Zoro sea un desgraciado el resto de su vida…
-¡Yo no le pedí que se enamorase de mí!- estalló por fin Robin.- Márchate de aquí y no te delataré.
-Eso debería decirlo yo…- pensó Tashigi.
Pero abandonó, si quería morir, ella no era nadie para impedir nada. Además, con un poco de suerte podía consolar a Zoro y ser fundamental para él algún día. Pero ni pudo evitar pensar que estaba siendo una estúpida, eso nunca pasaría.
-Como quieras.- se despidió ella, volviendo a cerrar la celda.
Fuera del castillo, había cierto revuelo en uno de los callejones adyacentes.
-¿Ha quedado todo claro?- decía Nami.
Luffy estaba jugueteando con Chopper, y Nami enfurció.
-¡Luffy!
-¡Sí, sí, todo entendido!- se excusó el capitán.
-Lo repetiré una vez más.- dijo la navegante con mirada acusadora.- Vamos a entrar buscando una ventana abierta, y si no la hay la romperemos. Para ello contamos con tu habilidad de goma, Luffy, para alcanzarla. El problema vendrá cuando estemos dentro, porque no conocemos el castillo, pero lo intentaremos. Y tenemos que ser rápidos, ya que la ejecución puede ser inmediata.
-¡Salvaremos a esa exótica belleza!- se animó Sanji.
Ussop y Chopper querían ser de utilidad, pero estaban algo temerosos y siempre terminaban escondidos por el miedo,.
-Esta vez ayudaré en todo lo que pueda.- dijo Chopper.
-Sí, vayamos a por esa mujer.- cerró Ussop.
Pero un alboroto se inició muy cerca de donde estaban los piratas escondidos.
Zoro, Franky y Brook, los tres encapuchados asaltaron la puerta principal del castillo, y ahora luchaban contra los guardias que allí había.
-¡¿Pero qué hacen esos?!- gritó Nami incrédula.
Pero cuando se descuidó, Luffy había ido corriendo a unirse al alboroto.
-¡Venid, aprovechemos y entremos a lo grande!- dijo contento.
Y entonces, Zoro y su equipo se vieron sorprendidos por la ayuda de los recién llegados, de todos ellos.
Los guardias ya no eran un problema.
-Gracias por la ayuda…- dijo Zoro.
-No, a vosotros, gracias por vuestra ayuda.- dijo Luffy con una sonrisa.
Todos se quedaron confusos.
-¿Por qué estáis aquí?- dijo Zoro.
-Venimos del mar para rescatar a Nico Robin. La quiero en mi tripulación.- dijo Luffy.
-¡Oye idiota, no lo vayas diciendo tan a la ligera!- riñó Nami.
-Nosotros también veníamos a salvar a Robin…- dijo Franky perplejo.
Todos se miraron y las palabras sobraron. Iban a colaborar por su objetivo común.
-¿Conocéis el castillo?- preguntó Zoro.
Ante la negativa del resto, pensó algo.
-No me gusta evadir nada, pero yo sí lo conozco, así que iré hasta donde está Robin mientras vosotros me despejáis el paso. ¿Está bien?
-No hay problema.- dijo Luffy.
Todos entraron a la fuerza en el castillo, y ahí empezó la verdadera batalla.
-Majestad, tenemos problemas en la entrada.- advertía un soldado.
-Precisamente hoy. ¡PRECISAMENTE HOY!- el rey estalló de rabia e ignoró al soldado que tenía delante.
El Rey cogió una espada que había colgada en su cámara y fue casi corriendo hasta las escaleras que conducían a las celdas, en el subsuelo.
Cuando llegó, todavía muy agitado y con la espada en alto, se paró delante de la celda de Robin, que seguía en el suelo. Él no reparó en que ya no llevaba las esposas, aunque ella no tenía intención de defenderse.
-Me temo que no podrás morir ante mi reino, pero me aseguraré de mostrarles tu cabeza.
Robin giró la cabeza y miró al rey con un desprecio sobrenatural.
-No sé a qué estabas esperando. Eres mal rey hasta para eso.- dijo ella, haciendo que el rey se molestara.
-Veo que tienes muchas agallas para ser alguien quien va a morir irremediablemente.
-A eso he venido.- dijo ella con sencillez.
-¿Acaso quieres morir tan desesperadamente?- se burló el rey.
-Si quisiera estar viva te aseguro que no me hubieras encontrado en tu miserable vida, imbécil.
El rey no consintió esa falta de respeto y le dio a Robin una patada en la cara, que la lanzó por los aires.
-Se me acaban de quitar las ganas de atravesarte el cuello con mi espada, maldita puta.
Ahora agarró a Robin del pelo y la levantó del suelo, entonces vio que no estaba esposada, así que se apresuró a volvérselas a poner.
Ahora la tenía indefensa, a pocos centímetros de su cara, y la miraba con odio.
-Me pregunto que le habrás hecho a mi hijo para que pierda la cabeza hasta tal punto…
Robin estaba muy asqueada, pero no podía moverse apenas.
Y sin previo aviso, el rey introdujo su lengua en la boca de Robin mientras la apretaba contra él. Robin le dio una patada en el estómago casi sin darse cuenta.
-Mátame de una vez, hijo de puta.
-Ya te he dicho que quiero saber qué le has hecho a mi hijo, ¿o es que acaso estás sorda?
El rey dejó de actuar como tal y se permitió volverse salvaje, sin importarle nada más. Así que empujó a Robin contra la pared, y luego la tumbó. Entonces se tumbó por encima de ella e introdujo bruscamente su mano por debajo de la camisa de ella.
El rey era relativamente joven, y Zoro y él tenían cierto parecido en cuanto a atractivo, así que su majestad no podía concebir que una mujer le rechazase de tal manera.
Robin mientras tanto forcejaba para soltarse del rey, pero era inútil, porque él la había inmovilizado por completo y ahora estaba a su disposición.
-Venga, no todo el mundo puede disfrutar de mi compañía…- decía el rey con orgullo.
Todo el odio y rabia que sentía se transformó en deseo, precisamente por el rechazo que le generaba Robin. La veía tan inaccesible que la deseaba.
Ahora bajó su mano hasta el sexo de Robin e intentó introducir sus dedos en él, pero tuvo que escupir varias veces, porque no había forma de que se pusiese húmeda.
-Déjame ya. Déjame ya…- repetía ella una y otra vez, con el rostro lleno de lágrimas.
El rey, muy lejos de detenerse se sacó su durísimo miembro, esperando a ser recibido por el de Robin.
Antes de que nada ocurriese, Robin gritó como en la vida, que resonó por todo el reino.
-No te revuelvas que todavía no he entrado, pero tranquila que ya voy…- amenazó mientras la besaba.
Entonces el rey se apartó de Robin, impulsado por una fuerza sobrehumana. Robin no pudo mantenerse consciente por más tiempo y sus ojos de cerraron lentamente.
-Zoro…
Zoro estaba allí, cogiendo a su padre, el rey, por el cuello y manteniéndolo en alto.
Su cara era un sinfín de expresiones de ira, varias venas del cuello y la frente se hincharon.
-¡¿Qué te crees que le estás haciendo, basura?!- dijo el peliverde.
-Querido hijo, deja que me vista un poco antes de…
Zoro no esperó a que su padre calmara sus nervios con palabras vacías, y le clavó una espada en el estómago.
El rey se llevó la mano a la boca, que ahora sangraba.
-¿Qué… qué estás haciendo? ¿Quién te crees que eres?
-¿Quién te crees tú para ponerle un dedo encima a Robin?
Su padre tosía violentamente, y ponía su mano sobre el hombro de su hijo.
Zoro le dejó caer en el suelo, todavía con la espada clavada.
-Juro por todos los habitantes de mi reino que te perseguiré hasta la muerte… A ti y a tu puta.
Zoro tampoco pasó esto por alto, y ahora clavó otra espada en el pecho de su padre.
-Ni se te ocurra volver a abrir la boca. Voy a llevarme a Robin de aquí para siempre, no te volveré a ver, por fortuna.
El rey no podía articular palabra alguna, solo emitía sollozos y ronquidos.
Zoro, siendo compasivo, clavó su última espada en la garganta de su padre.
-Nos veremos en el infierno.- se despidió con sus últimas fuerzas el rey.
Murió a los dos segundos, y fue entonces cuando Zoro sacó sus espadas del cadáver de su padre. Ya era historia, ahora lo importante era salir de ese lugar con Robin, pero cuando la vio ahí tirada en el suelo, inconsciente y llena de sangre y heridas, se derrumbó.
Cayó al suelo de rodillas ante ella, y la cogió entre sus brazos, levantándola y acercándose a su rostro.
-Robin…
No supo cuánto tiempo pasó, ni en las circunstancias en las que se había salvado. La arqueóloga se despertó lentamente en su cama.
Se incorporó al instante.
-¡Zoro! ¡¿Fuiste tú?!
Zoro entró por la puerta, vacilante.
-Por fin despiertas.
-¿Me has salvado…?
-Han pasado muchas cosas.
Ambos parecían distantes. Después de todo lo vivido se les hacía raro estar juntos de nuevo. Ninguno de los dos había olvidado que Robin hirió a Zoro para escapar y entregarse, pero no lo iban a tener en cuenta. No ahora.
-Dime que quieres vivir.- dijo Zoro expectante.
-Quiero vivir.- respondió Robin con lágrimas en los ojos.- Recuérdame que te recompense.
-Lo haré.- dijo él acercándose a la cama donde ella descansaba.
Robin lo recibió con los brazos abiertos, literalmente, y Zoro le dio el abrazo que ella tanto esperaba.
Zoro aspiró el olor que desprendía el pelo de Robin, olor a flores, como siempre, pero en su cabeza se disputaba un gran dilema.
Ahora el reino estaba descabezado, sin un líder a quien seguir, y eso, como es lógico y siendo quien era, debía preocuparle.
