Summary: Cuando sintió la quemazón del alcohol en la garganta dejó caer el brazo a un lado de su helado sillón, resbalándose la botella de entre sus dedos y rompiéndose esta en afilados pedazos. Después, sin prestar atención al desastre a sus pies, dejó vagar sus pensamientos en la dirección en la que estos quisieron.

Pareja(s): Iván x Yao // Rusia x China. Mención (de nuevo, es algo de fanservice xD) de Alemania x Italia del Norte // Ludwig x Feliciano y Francia x Canadá // Francis x Matthew.

Advertencia(s): Sangre~ Y un GRAN flashback.

Disclaimer: Qué va... Aún no he podido conseguir que Hidekaz Himaruya me traspase los derechos de Hetalia. Por tanto... Los personajes y demás cosas que me gustaría poseer (un Rusia, por ejemplo, me haría muy feliz como regalo de cumpleaños) le pertenecen.

- Diálogo –

Flash back

'Pensamiento'


Caminó por las calles sin apenas ser consciente de lo que hacía, mirando con distracción el rostro de las personas con las que se cruzaba; rostros vacíos que olvidaba en cuanto habían pasado. A través de la ventana de un restaurante –italiano, por supuesto– vio a Ludwig y Feliciano en medio de su cita. Feliciano sonreía feliz mientras el alemán le limpiaba la barbilla manchada de salsa. 'Parece que al menos alguien se lo pasa bien, aru'. Siguió caminando y, para su sorpresa, algo más adelante vio a Matthew caminar del brazo de Francis, sonriendo por algo que el francés le había dicho al oído. Era sorprendente cómo Francia cambiaba en compañía de Canadá. Aunque en las reuniones lo pasaba por alto frecuentemente –como todos–, a solas se deshacía en atenciones con él, siendo todo lo delicado que no era con los demás.

¿Acaso iba a encontrarse con todas las parejas de camino a su casa? Menos mal que Lovino y Antonio habían ido a casa de este último, en España. Mientras Yao tomaba el avión que lo llevaría a China, no pudo parar de pensar en Iván. '¿Por qué insiste en decir que me quiere cuando le digo que no lo haga, aru? Es obvio que es mentira, sólo quiere... Bueno... Está bien, no sé lo que quiere de mí, aru.' Se encogió en su asiento con un suspiro, resistiéndose a descifrar los motivos de Rusia para su estrambótico comportamiento. Estaba loco, no había más que hablar.

Finalmente llegó a casa tras un corto vuelo (por suerte, el lugar de la reunión había sido Rusia, que no estaba lejos de su casa) y, al abrir la puerta, se dio cuenta de que Corea había llegado antes que él. Y se dio cuenta porque...

- ¡Aniki! – Un veloz borrón blanco y azul se lanzó encima de él, abrazándolo con fuerza.

- ¡Im Yong Soo, basta, me vas a aplastar, aru! – Se dio cuenta de lo cascada que sonaba su voz después de haber llorado tanto. Sus ojos también debían estar rojos e hinchados, porque Corea se le quedó mirando con el ceño fruncido.

- Aniki, ¿qué ha pasado? ¿Estás bien? – La preocupación teñía su voz mientras le levantaba la barbilla para mirarlo a los ojos.

- No es nada, aru... Sólo un pequeño percance con Rusia, para variar. – Le restó importancia con un gesto. – No hay nada de qué preocuparse, así que tú ve a ver la tele mientras yo preparo la cena, aru. – Corea soltó a China y se dirigió al salón, sabedor de que el pequeño asiático estaría bien. Si su Aniki decía que no pasaba nada, es que no pasaba nada. Y, aunque pasase... No se lo diría.

Cuando se vio libre del abrazo del coreano, Yao se encaminó hacia la cocina, tratando de alejar su mente de los molestos pensamientos que siempre tenían que ver con Rusia. Sin embargo, al comenzar a cocinar olvidó todo lo que le rondaba la cabeza. Cocinar siempre le relajaba.

Después de que China se marchase, Rusia se quedó en el sitio, con una expresión de abandono en sus ojos violetas. ¿Por qué siempre acababa así? Sin otra alternativa, salió del edificio y se dirigió hacia su solitario hogar, donde el silencio lo recibiría, como siempre. Aquel frío era inhumano, incluso el interior de la casa estaba helado. Al entrar en su despacho, se sentó en el frío sillón de cuero que se encontraba tras la mesa y dio unos tragos a la botella de vodka a punto de acabarse que se encontraba sobre el escritorio, vaciándola. Cuando sintió la quemazón del alcohol en la garganta dejó caer el brazo a un lado de su helado sillón, resbalándose la botella de entre sus dedos y rompiéndose esta en afilados pedazos. Después, sin prestar atención al desastre a sus pies, dejó vagar sus pensamientos en la dirección en la que estos quisieron. 'Yo quiero que Yao me aprecie, pero él me odia, ¿da? ¿Qué puedo hacer?' Pensativo, Iván se llevó una mano a la barbilla. 'A la gente le gusta recibir regalos... ¡Le regalaré algo! A mí me gustan los girasoles, pero a Yao no le gusta el amarillo, le gusta el rojo... No hay girasoles rojos, aunque si yo consiguiese llevarle uno, a Yao le gustaría mucho, ¿da?' Sus ojos bajaron hasta los cristales esparcidos por el suelo, y luego volvieron a subir hasta uno de los girasoles que siempre adornaban su despacho. Luego, alargó una mano enguantada y sacó una de las flores del jarrón que se encontraba encima del escritorio para acercársela y llevársela a la boca, rozando apenas los pétalos con sus gélidos labios, cerrando los ojos para sentir mejor el contacto. Si dejaba volar su imaginación quizá, sólo quizá, podría pensar que la sensación sobre sus labios no era otra que la de unos labios que había deseado durante mucho tiempo. Pero no. Los pétalos de aquella hermosa flor no podrían compararse nunca a los cálidos labios de Yao. Lo sabía porque una vez, hacía mucho tiempo, los había probado. Fue allá por el año 1938, en plena invasión japonesa del norte de China.

Manchuria había sido totalmente invadida por Japón, al igual que el norte de China. La codicia de Kiku no conocía límites, deseaba conquistar todos los países asiáticos y formar un solo imperio conocido como la "Gran Asia". Gran Asia... Una débil excusa para justificar las atrocidades que había cometido –que estaba cometiendo.

Yao y él, Iván, se encontraban en la casa del primero, resistiendo a duras penas y como podían el ataque del ejército japonés. En medio del horror de las explosiones que se sucedían en ambos países, y que ya no estaban seguros de si escuchaban desde fuera del edificio o sólo en el interior de su cabeza, China trataba de ignorar el dolor de una profunda herida abierta de nuevo en su espalda por el japonés. No era el dolor físico el que hacía que tuviese el rostro surcado de lágrimas, sino el dolor de haber sido traicionado –por segunda vez– por su hijo, su hermano, su... ¿amigo? Ya había olvidado dónde estaba, su espalda vuelta hacia la puerta principal, asegurada con todo lo que habían podido mover. Sólo acertó a aferrarse a su abrigo como si temiese caer al soltarlo. Sin refrenar ya su llanto en lo más mínimo, los sollozos sacudieron sus hombros mientras Iván acariciaba su pelo con las manos desnudas. Ahora entendía por qué siempre llevaba guantes. Sus manos eran tan frías... Sin embargo, a su vez eran lo más cálido que había sentido en siglos. Eran tan sinceras...

Iván se debatía entre acercarse al chino o no hacerlo. ¿Y si lo rechazaba? Estaban los dos solos en aquella casa, no podría soportar el silencio que acompañaría al rechazo. El silencio... Vasto y helado silencio que no anunciaba más que muerte. Oscuro y pesado silencio que se filtraría por todos los rincones de su cuerpo y de su mente. Aquel maldito silencio... Era lo único que Iván temía.

Finalmente se decidió a agacharse frente a él y a estrechar su delgado cuerpo contra el suyo, tiñéndose las manos de sangre al pasarlas por la espalda del asiático. Sin importar que sus manos manchadas ensuciasen en sedoso cabello negro de Yao, Rusia le acarició la cabeza, intentando consolarlo lo mejor que podía. Obtuvo su recompensa cuando sintió las manos de China asirse a la tela de su abrigo, y le respondió con un suave beso en la frente. Una punzada de angustia le atravesó el corazón, aquel helado corazón, cuando notó que Yao temblaba entre sus brazos.

- Yao no tiene que tener miedo, porque yo le protegeré, ¿da? Por eso no tiene que temblar... Yo me quedaré aquí, no me iré nunca. – Rusia le habló con una voz suave, tranquilizadora; que provocó que el chino se estremeciera de nuevo con un sollozo ahogado. – No llores, Yao...

Con su mano fría y teñida de rojo por la sangre, haciéndola adquirir el color rojo que tanto adoraba. Limpiándose las manos en su propio abrigo, retiró las lágrimas para evitar que aquel siempre imperturbable rostro se viese turbado por el desconsolado llanto que ahora parecía romperlo por dentro.

El asiático levantó los ojos enrojecidos hasta encontrar con su mirada los iris violetas del ruso, y se incorporó para quedar más o menos a su altura, apretando los dientes al sentir el escozor de la herida que cruzaba su espalda. Rusia, aún con la mano en su mejilla, lo miró con desconcierto. Lentamente, China acercó su cara a la de Iván hasta que pudo sentir la respiración del último sobre sus labios.

- Gracias Vanya, aru... – Rusia abrió los ojos con sorpresa al oír aquel nombre salir de los labios de su adorado Yao. Hacía tanto que nadie lo había llamado así... Sonaba demasiado bien si lo pronunciaba él. Sin embargo, sus pensamientos pronto se vieron interrumpidos por unos labios que acariciaron los suyos con dulzura, pero a la vez con miedo. ¿Miedo? No importaba, con miedo o sin él, lo único que contaba ahora eran los labios del chino contra los suyos. Besar a un país era totalmente diferente a besar a una persona normal, al besar a China besaba su naturaleza, sus paisajes, su gente, sus costumbres, su vida. La sensación recibida en aquel beso no se puede describir con palabras, eran demasiadas cosas a la vez. Porque... ¿cómo se puede describir la sensación de un paseo por el bosque? ¿Cómo transmitir lo que se siente al celebrar un festival? Lo único que Rusia podía decir era que los labios de Yao tenían un sabor único y especial. Sabía dulce. Sabía salado. Sabía a especias. Sabía... A él.

Para Yao, los labios de Iván eran fríos. Tan fríos que deseó transmitirles su propia calidez. Sabían agridulces, justo como él mismo era. A veces dulce, a veces tan agrio que hacía daño. Pero siempre suave... Parecía como si sus labios manifestasen esa parte de su carácter que no solía verse muy a menudo. Al menos, no de forma sincera.

Pero aquello había pasado hacía mucho tiempo, y hacía demasiados años que no rozaba sus labios siquiera. Y los pétalos de una flor, por bella que esta fuese, no podían comparárseles.

Dejando la flor sobre la mesa, se inclinó para recoger uno de los innumerables trozos de cristal que se esparcían por el suelo. Luego se quitó los guantes a pesar del frío que aún reinaba dentro de la casa y, sin vacilar, clavó el cristal en la palma de su mano, frunciendo el ceño ante el dolor agudo que le había producido el corte. No era tan agradable experimentarlo él mismo como verlo en los demás, pero no dejaba de fascinarle la visión del líquido carmesí derramándose de su mano hasta la mesa, manchando en su camino las mangas de su abrigo. Cogiendo la flor que descansaba ante él, dejó caer la sangre en sus pétalos, que se volvieron de un vívido color rojo, precioso en contraste con el amarillo.

Hundiendo el cristal varias veces más en su piel consiguió volver rojas las cinco flores que estaban en el jarrón. Sin perder un momento cogió el recién preparado regalo y, poniéndose los guantes para evitar que sus heridas quedasen a la vista, salió de su casa para ir a la de China.

Estaba lejos, pero no lo suficiente como para no poder ir andando. Sin embargo, si caminaba a paso normal tardaría demasiado, así que comenzó a correr, sin detenerse en ningún momento. Pasó ciudades, pueblos, casas, calles, campos... Pasó la frontera, y siguió corriendo. En algún momento de su carrera había soltado los guantes, pues ya nadie podía verlo, y el roce de la tela le molestaba. Finalmente, llegó a su destino. Entonces pudo detenerse ante la puerta, admirando la fachada alegremente decorada con motivos del nuevo año que para ellos empezaba. Miró su reloj: ya había pasado la medianoche. Por tanto, ya era Año Nuevo; y san Valentín. Y el aniversario de aquel tratado de amistad y alianza que implicó mucho más que simplemente eso.

Su mano volvía a sangrar, había dejado un pequeño sendero de gotas encarnadas en el camino de piedras que conducía a la puerta principal, pero no le importaba. Con su mano sana llamó a la puerta, prestando atención a los sonidos que llegaban desde dentro. Vaya, sí que eran ruidosos...

- ¡Wan-Wan, aru! – Ese era Yao, quién si no. – ¡Deja de agarrar a Kiku, que éste – obviamente, con "éste" se refería a Corea – tomará ejemplo y querrá- ¡Aiya! ¡Para, aru!

- Aniki~ ¡Es Año Nuevo, no seas tan tímido! – Al parecer, Corea estaba estrenando el año con sus típicos acosos hacia China.

- ¡Es que Kiku-chan es tan adorable! Podría pasarme horas abrazada a él... – La única mujer del grupo, al parecer, era Taiwán.

- No seas tan indecorosa, Wan-Wan... No es propio de una señorita. – Japón, cómo no. No podía aceptar un cumplido como cualquier persona.

Faltaba alguien, ¿no? ¿Estaría por allí también aquel chico al que había adoptado Arthur después de Yao?

- Creo que llamaron a la puerta... Alguien debería ir a ver. – Sí, sí que estaba allí. Rusia no le había oído hablar nunca, y se sorprendió al escuchar su voz. Suave, tranquilizadora, algo profunda... Nada parecido a la irritante voz de Arthur o a los tonos agudos, aunque melodiosos, de Yao.

- ¡Yo iré, aru! ¡Para algo soy el anfitrión! – Todos guardaron silencio cuando se oyó el arrastrar de una silla y, luego, unos pasos que se acercaban. Con un rápido movimiento, Rusia escondió las flores tras su espalda y esperó a que la puerta se abriera. Tras ella se encontraba un sonriente Yao, con las mejillas sonrojadas, al que se le heló la sonrisa en los labios cuando vio que en el umbral se encontraba un Rusia demasiado alegre, que sacó algo rojo de detrás de su abrigo y comenzó a balancearlo delante de su cara.


¡Y hasta aquí el segundo! Al principio iba a ser el doble de largo, pero entonces sería demasiado pesado (creo yo), y me decidí a cortarlo. Soy consciente que lo poquísimo que he escrito sobre Ludwig y Feliciano, y sobre Matthew y Francis da asco, pero es que... La primera pareja se la prometí a Anyra-Luna, y la segunda... ¡Me parecen adorables, y no podía dejarlos fuera! A Antonio y Lovino los tengo reservados para uno de los capítulos de más adelante... xD

Espero no haber hecho demasiado OOC con los asiáticos (con nadie, en realidad), pero es que si me sacais de Yao e Iván... Veis que me pierdo. Bueno, ahora van los agradecimientos a mis reviewers~ Y a los que leéis y no dejais review, muchas gracias igualmente 3 Aunque os querría mucho más si me dejaseis algún review e__e

Zillah Vathek. Sabes que lo hago porque lo adoro... Necesito que lo pase un poquito mal, si no... ¡No sería nuestro Ivancito! Mientras tú y yo sepamos que es un cielo, será suficiente xD

Nyu17. Ouch, piedras no... Duelen y me matan neuronas... ; _ ; Y ya has comprobado que no me sobran, precisamente... Pero la comida las revive~ Aquí el nuevo capi, espero no haber tardado :D

kari chan. Todo por complacer a las fans de RoChu :) No dejaré abandonado este fic, ¡nunca! º0º

Atsu~ Awww, ¡gracias! Sí que me inspiró tu review, me alegró el día (y el vodka también, para qué negarlo xD) Precisamente corté este capítulo porque me acordé de que me dijiste que la medida estaba bien, y no quería hacerlo aburrido :D Muchas gracias por los ánimos ^^

0 Mihael Keehl 0. Me conformo, sabes que eso me anima e inspira. ¿Me habré vuelto masoquista con el tiempo? Posiblemente xD Como sea, gracias~ ¡Te debo un review, lo sé!

madiie. ¡Así, ASÍ se me inspira! Tú sí que sabes cómo ahcer que una continúe sus fics, sí señor xD Con un estómago lleno se trabaja mejor, y eso es de dominio público. ¡Demostrado científicamente!

Y, por último... Esta historia va necesitando algo de acción, que tanto drama aburre... Pero el problema es que no se me ocurre ningún "malo", por así llamarlo. Quiero demasiado a todos los personajes... Excepto a Japón. A Japón lo odio xD Pero sería demasiado cliché... Acepto sugerencias para un personaje malvado que no incluyan ni a Prusia ni a Japón.

Y también acepto vodka... Y todo lo que dije en el cap anterior :D

Zài jiàn~