Summary: Un minuto antes, Alemania hubiera entrado corriendo tras él, lo hubiera cogido de la solapa de la chaqueta y lo hubiera zarandeado hasta que reaccionara. Pero, ahora, lo consideraba absurdo. Italia no dejaría de ser Italia. Entró tranquilamente en el restaurante, como si no ocurriera nada.

Pareja: Alemania x Italia // Ludwig x Feliciano

Advertencia: Ninguna

Disclaimer: Dadme tiempo, aún no lo he conseguido... Pronto Hetalia será mío


Cuando estuvieron fuera de la sala de reuniones, el alemán entrelazó sus dedos con los de Feliciano, tirando de él para acercarlo. El italiano simplemente mostrço su sonrisa habitual y preguntó con entusiasmo:

- ¡Doitsu, Doitsu! ¿Dónde vamos a ir? ¿Habrá buena pasta? - Las preguntas salían una detrás de otra, sin pausa alguna tras ellas para dar cabida a una respuesta. - ¿El cocinero no será Inglaterra? ¿O será Francia? Pero yo quiero pasta, ¿comeremos pasta?

Soltando un bufido exasperado, Alemania esperó pacientemente a que acabase. Pero el problema era que no parecía que fuese a acabar pronto. Tras unos minutos de preguntas con cada vez menos sentido, Ludwig perdió la paciencia y lo interrumpió.

- ¡Italia, ya basta! Haz las preguntas de una en una y dame tiempo para responderlas.

- Ve~ - No dijo nada más, parecía que ni siquiera esperaba respuesta a sus preguntas.

Con un suspiro, el alemán salió al exterior, mirando a ambos lados de la calle y tratando de orientarse. Tirando de Italia empezó a caminar, reconociendo los edificios que había visto la primera vez que había hecho ese camino.

- Iremos a comer pasta, y los cocineros no serán ni Arthur ni Francis, ¿de acuerdo? No te preocupes, yo me he encargado de todo.

- Doitsu es tan responsable... ¡Algún día quiero ser como él! - Feliciano soltó la mano de Ludwig para abrazarse a su cintura, provocando un profundo sonrojo del alemán.

- N-no seas tan exagerado... No es para tanto.

Italia fue a replicar algo, pero un familiar aroma le hizo perder la concentración en la conversación. Miró con ojos muy abiertos a su alrededor, buscando algo...

- ¡Pasta~! – Exclamó, mientras arrastraba al alemán hacia el lugar del cual procedía el atractivo olor. - ¡Pasta, pasta~!

Alemania fue capaz de detenerlo antes de que ambos se estrellaran contra la puerta de entrada al restaurante, aprisionándolo entre sus brazos.

- ¡Italia! - Le rugió con voz autoritaria.

El aludido trató de zafarse de su captor.

- Doitsu, Doitsu, ahí dentro hay pasta. - Sonrió, inspirando profundamente el aroma. - Suéltame, Doitsu, quiero comer pasta~

Alemania resopló, exasperado.

- Ya lo sé. - Italia era la criatura más estresante que existía sobre la tierra. - A eso hemos venido, pero relájate. Es un restaurante importante y caro; no me apetece llamar la atención, y menos en Rusia... - El italiano le ignoraba. - ¡Italia!

Éste giró la cabeza.

- P-pero... ¡Pero es pasta! - Sus ojos se pusieron vidriosos y los volvió hacia la puerta, mirándola con adoración.

El alemán volvió a suspirar. ¿Para qué intentaba razonar con él? Era como hablarle a un perro.

- Si los brazos de Doitsu no fueran tan fuertes y musculosos... ¡Nada se interpondría entre la pasta y yo! - Pensó en voz alta mientras luchaba con los brazos de Alemania, inútilmente.

Alemania giró la cabeza, molesto por la infantil actitud de su acompañante. ¿Ni siquiera el día de San Valentín era capaz de actuar como debía? Aquello estaba condenado al fracaso desde el principio.

Sin previo aviso, dejó de sentir la dulce calidez del cuerpo italiano entre sus brazos. Volvió la mirada a tiempo de ver cómo Italia entraba atropelladamente en el restaurante.

Un minuto antes, Alemania hubiera entrado corriendo tras él, lo hubiera cogido de la solapa de la chaqueta y lo hubiera zarandeado hasta que reaccionara. Pero, ahora, lo consideraba absurdo. Italia no dejaría de ser Italia.

Entró tranquilamente en el restaurante, como si no ocurriera nada.

En el interior, todos observaban entre perplejos y asustados al alma del país italiano danzando entre las mesas, cantando algo sobre la pasta y su exquisito olor.

Alemania carraspeó para captar la atención del camarero que se encontraba más cerca de él. Éste le atendió, aunque a duras penas logró desviar la mirada del espectáculo del italiano.

- Tengo una reserva. - Le informó.

El camarero lo miró confuso durante un par de segundos. Alemania enarcó una ceja en señal de exasperación. El camarero consiguió reaccionar.

- Eh... Sí, sí, disculpe. - Asintió el camarero, yendo hasta el libro de reservas. - Su nombre, señor.

- Ludwig Beilschmidt.

El dedo del camarero se deslizó sobre una hoja llena de nombres y números. Se detuvo sobre uno de los últimos.

- Aquí está, su mesa es... - Italia se arrodilló ante una de las mesas recitando poemas a la pasta. Camareros y clientes contemplaban aquello sin dar crédito, algunos habían empezado ya a sacar fotos y vídeos del momento.

Un grupo de camareros se organizó para sacarlo del local.

- ¡Italia! - Lo llamó el alemán. - Ven aquí ahora mismo.

Todas las miradas convergieron entonces en el alemán, quien no pudo evitar ruborizarse.

Increíblemente, Italia obedeció; se alejó de la pasta con los hombros hundidos, la cabeza gacha y arrastrando los pies. Alemania, sonrojado, atenazó la muñeca del italiano para mantenerlo controlado.

- L-les conduciré a su mesa. - Tartamudeó el camarero que había buscado la reserva y extendió el brazo hacia delante, dándoles a entender que lo siguieran.

Bajo la atenta y expectante mirada de todos los presentes, los dos países fueron conducidos a su mesa. Alemania trató de mantener una actitud solemne, aunque el italiano deprimido parecía eclipsarlo todo.

Fueron conducidos hasta una mesa no demasiado alejada de la entrada, era pequeña e íntima. Se sentaron uno frente al otro. Entre ellos, un candelabro que sostenía velas rojas presidía el centro de la mesa y a sus pies, dos cartas de color cobre con detalles en dorado.

El camarero que iba a servirles apareció junto a Italia. Era alto e imponente, un orgullo para la raza rusa.

Alemania cogió su carta y la examinó durante unos minutos. Le indicó al camarero qué bebida traer mientras decidían los platos.

- Excelente elección, señor. - Comentó el camarero con voz infantil (igual a la del alma del país, lo cual inquietó a ambos comensales) mientras se lo servía. - ¿Han decidido ya los platos?

Alemania fue pidiendo su comida mientras como sonido de fondo se escuchaba:

- Pasta, pasta~. Doitsu, ¿pediste pasta? Doitsu, Doitsu, pide pasta~...

- Eso es todo. - Espiró Alemania finalmente, entregándole la carta al camarero; miró a Italia, quien ahora cantaba algo sobre la pasta y su sabor. - Supongo que ya ha adivinado lo que él desea.

El camarero inclinó la cabeza y se retiró.

El alemán apoyó los codos sobre la mesa y entrelazó sus manos. Cerró los ojos y agachó la cabeza, suspirando lentamente. Italia comenzó a cantar más fuerte.

«¿Por qué soporto todo esto? », se preguntó, frunciendo el ceño sin abrir los ojos aún.

Italia era débil, vulnerable e irritante... No tenía nada que ofrecer como aliado, sólo problemas.

- Doitsu. - Italia interrumpió los pensamientos del alemán.

Alemania abrió los ojos y los clavó en él. Descubrió los ojos de Italia contemplándolo fijamente. Aquella mirada lo turbó y tuvo que retirar la suya.

- ¿Qué pasa, Italia? - Le respondió.

El italiano no contestó inmediatamente, se quedó pensativo unos segundos mientras movía la cabeza de un lado a otro.

- ¿Estás enfadado conmigo?

Alemania frunció el ceño, confuso. Italia se balanceó sobre el asiento.

- No quiero que Doitsu esté enfadado conmigo, Doitsu es muy bueno conmigo, ve~ - Bajó la mirada hasta la mesa. - Muchos países quieren hacerme daño porque soy débil... - Una amplia sonrisa iluminó su rostro y lo alzó hacia Alemania. - Pero Doitsu siempre está ahí para darme la mano. - Alemania entreabrió los labios, sorprendido. - Por eso, no quiero que estés enfadado conmigo. - Meneó la cabeza hacia los lados.

Alemania jadeó ante aquella confesión. No dijo nada, no pudo decir nada. Simplemente, no sabía que responder. Por muy bruto que resultara a veces, el alemán se había percatado de lo que el italiano acababa de decir: Italia dependía de él de una forma casi absoluta. Sin Alemania, Italia caería.

Sin previo aviso, el italiano se puso tenso. Las aletas de su nariz se abrieron, olisqueando el aire. Su cabeza se dirigió hacia el imponente camarero ruso que acababa de salir de la cocina e iba directo hacia ellos. Llevaba una gran bandeja que portaba dos platos de comida humeante.

- ¡Pasta~! - gritó con euforia. Alemania tuvo que detenerlo cogiendo lo primero que tuvo a mano, lo cual fue el rizo de Italia. El italiano se ruborizó de forma excesiva y una extraña sonrisa curvó sus labios. - D-Doitsu...

Alemania liberó inmediatamente el rizo, había olvidado qué era esa zona.

«Scheiße», gruñó en su cabeza.

El camarero, ajeno a aquello, les sirvió la comida sin demorarse. El italiano, que ya se había recuperado, se abalanzó sobre el plato al grito de "¡Pasta~!". Alemania, con las manos nuevamente entrelazadas, lo contempló con el ceño fruncido en actitud pensativa.

Quizá, ese era su porqué; el italiano dependía de él y no podía abandonarlo a su suerte.

Suspiró y alargó la mano para coger su cubierto. Comenzó a comer también.

***

Italia se recostó sobre el respaldo con las manos acariciando su ahora hinchado estómago.

- Ve~ - Susurró, satisfecho.

En menos de media hora, el alma del país italiano había engullido su entrante, su primer plato, su segundo plato y su postre. Y probablemente, dentro de poco tiempo volvería a tener hambre.

Alemania, al otro lado de la mesa en absoluto silencio, disfrutaba sin prisas de su primer plato cuando se percató de que Italia tenía manchada la barbilla.

- Italia. - Le indicó con el dedo en su propia barbilla el lugar donde tenía la mancha.

El aludido lo miró, desconcertado. El alemán insistió con el gesto, el italiano le devolvió una mirada de pura confusión.

- Tienes una mancha aquí. - Le explicó con palabras.

Italia se incorporó y buscó su servilleta, la cual olvidaba que había ingerido junto al primer plato. Alemania le tendió la suya, poniendo los ojos en blanco. El italiano sonrió y comenzó a limpiarse... En el lado equivocado.

- Al otro lado. - Le corrigió el alemán, poniendo los ojos en blanco.

Italia obedeció, pero se limpió demasiado arriba.

- Más abajo. - Le indicó, suspirando. El italiano descendió demasiado. - Más arriba, Italia. - Suspiró otra vez. El italiano encontró el punto, pero estaba demasiado a la derecha. - A la izquierda. - Sus manos se volvieron puños. Demasiado a la izquierda... - ¡Pero no tanto! - Gritó exasperado.

Italia dio un brinco sobre su silla y la servilleta resbaló entre sus dedos. Alemania la recogió con brusquedad, se inclinó sobre la mesa sorteando el candelabro y tomó sin delicadeza el mentón manchado del italiano.

- Ya lo hago yo. - murmuró entre dientes mientras limpiaba minuciosamente el retazo de piel sucio.

Sin darse cuenta, se demoró demasiado en su tarea. Nunca había tenido los labios de Italia tan cerca y aquello lo había empujado a absurdas ensoñaciones... Parecían suaves, ¿lo serían? ¿A qué sabrían? Pasta, seguro que sabrían a pasta...

Aquellos labios que siempre se entreabrían despistados o asustados... Comenzaron a moverse mientras él los contemplaba, embelesado.

- Doitsu es muy musculoso. - Constataba un hecho. - ¿Sus labios también son musculosos?

Alemania adquirió el tono de las velas cuando se percató de lo que estaba haciendo. Tenía que apartarse de él, ahora, YA.

- ¿O son amargos como la cerveza que tanto le gusta? - El italiano ladeó la cabeza, inmerso en sus reflexiones.

Cada músculo del alemán estaba tenso, muy tenso; estaba paralizado y no era capaz de moverse.

- Me gustaría saberlo, ve~ - Continuó el italiano, ajeno a lo que le sucedía a su acompañante, con una sonrisa despreocupada. - Doitsu, ¿algún día me dejarás averiguarlo?

Alemania sintió los golpes de su corazón palpitando en su pecho. Italia hablaba como un crío, como un niño curioso con ganas de explorar... Pero no podía evitar que aquel niño le fascinara. Su cuerpo se relajó parcialmente y tragó saliva.

- ¿De verdad quieres averiguarlo? - Le inquirió, no muy confiado.

- Ve~ - Asintió varias veces con una sonrisa.

El alemán estudió los ojos del italiano, buscando algo que delatara que todo aquello era una broma, un malentendido o un sueño. Pero parecía tan real... E Italia estaba tan cerca. Inclinó más su cuerpo, haciendo tambalearse a la mesa. Sintió el aliento de Italia golpeando su rostro ante la sorpresa escasos segundos antes de besarlo. Pasta, sus labios sabían a pasta, y a arte y a tradición y a la antigua gloria de su pueblo. Percibió cada uno de los instantes de la historia de la nación, cada legado que se había mantenido, cada derrota que había sufrido, cada periodo de paz que había vivido... Todo.

- Doitsu, me haces cosquillas. - Se rió el italiano mientras Alemania presionaba, de nuevo, sus labios contra los de él.

Éste no oyó lo que le decía, estaba demasiado concentrado lo que percibía. Todo cuanto admiraba se transmitía a través de aquellos labios. Algo dentro de su mente se revolvió, un recuerdo demasiado lejano, casi olvidado... Una promesa...

- ¿Quiere que le traiga el segundo plato, señor? - Los interrumpió el camarero.

Alemania tomó conciencia entonces de dónde estaba y qué estaba haciendo: estaba en un restaurante, besando en público a otro hombre. Scheiße...

De forma automática, el alemán soltó un fajo de billetes sobre la mesa, cogió a Italia de la muñeca y salió corriendo de allí sin mirar atrás.

- ¡Dooooitsuuu! - Exclamó el italiano, quejándose.

Alemania se detuvo cuando se aseguró de estar lo suficientemente lejos del restaurante y de cualquiera que pudiera haber contemplado la escena. Jadeó, apoyando su espalda contra una pared.

Por su parte, Italia se dejó caer al suelo, sudando.

- ¿Por qué hemos salido corriendo? - Le preguntó.

El alemán trataba de recuperar el aliento por lo que no contestó. La respuesta hubiera sido fácil: acababa de besar a un hombre en público, su orgullo de alemán quedaría destrozado si alguien se enteraba pero... ¿De veras le importaba? Había disfrutado del beso como... Como un regalo que llevaba esperando desde hacía mucho. Aquello le desconcertaba.

- Ahora me sentará mal la pasta por haber salido corriendo. - Sollozó Italia, abrazándose a sí mismo. Su estómago rugió en respuesta. - ¿Ves, Doitsu? Ahora me dole... - El estómago rugió de nuevo. - Tengo hambre...

El alemán volvió la mirada hacia él, enfadado, furioso, enervado. Sus ojos brillaron con ira. Italia se echó a temblar al verlo.

- D-Doitsu, no te enfa-fades. - Sollozó retrocediendo. - ¿Por qué los labios de Doitsu son tan dulces si él siempre está serio y enfadado?...

La furia de Doitsu se desvaneció al recordar el beso de golpe, el beso... A través del cual había visto, olido, saboreado, tocado y oído cada una de las zonas de Italia del Norte, en cada una de sus distintas épocas, a lo largo de todos sus siglos. Aquella sensación le había aturdido; nunca había oído que a través de un beso se experimentara eso. Pero, claro, aquel no había sido un beso humano... Aquello había sido un beso entre países, entre almas.

- Aunque también eran amargos como su cerveza. - Los labios de Italia se curvaron en una mueca de desagrado.

Alemania dejó caer los hombros, suspirando. Desde luego, para Italia aquel beso no había sido igual que para él. Alemania era serio, frío y no tenía un glorioso pasado como el de él. Suspiró de nuevo y cerró los ojos. Glorioso...

De repente, unos cálidos brazos le rodearon el cuello. Alemania abrió los ojos de golpe y se encontró con Italia mirándolo.

- Pero me gustan tus labios. - Sonrió. - Me gustas, Doitsu. - Confesó mientras se inclinaba y depositaba un suave beso sobre la boca del alemán.

Alemania, vacilando aún en sus movimientos, rodeó la cintura de Italia y lo obligó a estrechar el cuerpo contra el suyo. Le gustaba aquella sensación, tener su cuerpo contra el de él... Y al italiano tampoco parecía desagradarle. Alemania acercó lentamente su rostro a los labios de Italia y se detuvo a escasos milímetros.

- A mí también me gustas... - Le confesó, - Italia... - Y recorrió con rapidez la distancia que quedaba hasta sus labios, presionándolos otra vez.


Y... Fin :D Bien, este es el capítulo que Anyra-Luna escribió para mí ^o^ Perfecto, ¿verdad? Como todo lo que ella escribe. Como veréis, no afecta para nada a la historia, pero como no tengo tiempo de seguir pasando al ordenador, pues meto relleno. ¿Veis? Ya soy casi como los de Naruto, meto relleno por cualquier razón e__e

Yo escribí el principio, hasta el momento en que Lud dice "No es para tanto." El resto es de mi querida esposa/amante. Sí, tú. Anyra. :D

Bueno, obviando mis paranoias nocturnas... Espero que os haya gustado, y que esperéis con ansia el siguiente capítulo (que será bueno, muy bueno *EGO mode: ON*)

Sin más que añadir, me despido... Acepto pasta, vino, vodka (ahora que he sacado al ruso que llevo dentro) y todo tipo de comida y bebida del mundo. Ah, y reviews. Muchso, muchos reviews ^o^ En el capítulo siguiente agradeceré a mis reviewers como se merecen, ¡lo prometo!

Ciao, auf wiedersehen~