Summary: Aunque su calmado exterior no lo dejase ver, el interior de la cabeza de China era una completa maraña de pensamientos contradictorios que peleaban por acaparar la mayor atención posible. Era consciente de que se estaba abrazando a la última persona a la que debería acercarse, consciente de que había metido voluntariamente en su casa a quien debería ser su enemigo y, sobre todo, consciente de que sus hermanos lo sabían y podían hacerse todo tipo de ideas equivocadas. Pero se encontraba tan bien en aquel momento… Separarse de la inesperada calidez del cuerpo de Rusia era lo último que deseaba.

Pareja(s): Iván x Yao // Rusia x China. Y nada más.

Advertencia(s): Flashback, flashback~ Y creo que nada más, aparte del lenguaje y la actitud de Arthur xD

Disclaimer: Mi plan para poseer Hetalia fracasó... Snif


Un rayo de Sol se coló por un hueco entre las cortinas y fue a parar sobre la cara de un ruso que empezaba ya a despertarse. En circunstancias normales se habría levantado hacía tiempo, pero esa mañana había preferido disfrutar un rato más del cuerpo del asiático entrelazado con el suyo. Probablemente, Yao lo había confundido con alguno de sus pandas, o algo parecido. Sin embargo, lo importante era que China lo estaba abrazando como nunca antes lo había hecho. Suavemente acarició los delicados y sedosos mechones negros que rozaban la mejilla del asiático, admirando la eterna belleza de la persona que dormía a su lado. Hacía siglos que lo conocía, y no había cambiado en absoluto.

Los recuerdos de la noche anterior permanecían vívidos en su mente. Pero en aquel momento tenía todo lo que quería en sus brazos y no pensaba estropearlo. Sin embargo, quizá su felicidad no iba a durar tanto como esperaba; porque Yao se había despertado y comenzaba a abrir sus soñolientos ojos, tratando de recordar antes de enfocar su rostro quién jugaba con su pelo y a quién estaba abrazando.

Oh. Ya recordaba. Vaya… Se había quedado sin palabras, y no podía hacer otra cosa que mirar con incredulidad a Rusia, que le devolvía la mirada. Este último debió pensar que le había asustado; porque dijo, casi suplicante:

- No he hecho nada, Yao. De verdad, no he hecho nada… – A la vez, retiró su mano de los mechones azabache con miedo de que, por una simple confusión, China lo echase de su lado.

- Ya lo sé, Iván… No pasa nada, está bien, aru… – La melodiosa voz de China tranquilizó a Rusia mientras sus finos –casi femeninos– y delicados dedos se entrelazaban con la gran mano que el ruso había alejado tan precipitadamente. – ¿Estás mejor ya, aru?

- Da… Spasiba, Yao. – Asintió levemente, para dar énfasis a sus palabras, y apretó un poco más al asiático entre sus brazos, que no se quejó y descansó la cabeza en su pecho a la vez que dejaba que un suspiro abandonase sus labios.

Aunque su calmado exterior no lo dejase ver, el interior de la cabeza de China era una completa maraña de pensamientos contradictorios que peleaban por acaparar la mayor atención posible. Era consciente de que se estaba abrazando a la última persona a la que debería acercarse, consciente de que había metido voluntariamente en su casa a quien debería ser su enemigo y, sobre todo, consciente de que sus hermanos lo sabían y podían hacerse todo tipo de ideas equivocadas. Pero se encontraba tan bien en aquel momento… Separarse de la inesperada calidez del cuerpo de Rusia era lo último que deseaba. Por eso permaneció allí, disfrutando de la compañía de alguien al despertar por primera vez en demasiados años. Había estado solo tanto tiempo que había olvidado lo que se sentía al ser abrazado cuando abría los ojos por primera vez en la mañana.

Pero no tuvo mucho tiempo para disfrutar la dulce sensación, porque Iván se levantó de la cama, provocando que el chino se encogiera por el súbito contacto del aire frío contra los trozos de su piel que el pijama dejaba al descubierto y murmurase una sarta de quejas incomprensibles. Rusia sonrió ante el infantil comportamiento del otro y se inclinó sobre él para cubrirle por completo con las sábanas, depositando un fugaz beso –¿de agradecimiento, quizá? – en su frente.

- Yao tiene que estar cansado… Volveré ahora mismo, ¿da? – Dicho esto, salió de la habitación para recorrer aquella casa que tan bien conocía hasta llegar a la cocina. Allí preparó un desayuno para los dos que colocó en una bandeja y llevó a la habitación, en la que lo esperaba un sorprendido Yao, que se había sentado en la cama y lo miraba atónito.

- Ah… ¿Por qué te has molestado, aru? No es propio de ti hacer… Este tipo de cosas, aru. – China se mostraba confundido, lo que no sorprendía a Rusia en absoluto. Durante el tiempo en que fueron aliados, un gesto como aquél era impensable en el ruso. Pero ahora las cosas eran diferentes, al demostrarle a Rusia que usando la fuerza sólo conseguiría desprecio, China había logrado un nuevo comportamiento –al menos, en lo que a él mismo se refería– por parte de su antiguo aliado. El nuevo Iván deseaba recibir un poco de aprecio, su coraza parecía haberse derrumbado y ahora su comportamiento era similar al de un niño.

En respuesta a su estupefacción, Rusia rió suavemente y colocó la bandeja en el regazo de Yao con cuidado, sentándose después a su lado. China se encogió de hombros y empezó a comer, no sin antes dirigirle a Iván una sonrisa y un agradecimiento, los primeros del año para él.

- Xiè xiè Iván, aru.

~x~

Lejos de allí, dos personas hablaban por teléfono, manteniendo a juzgar por el tono de sus voces, una acalorada discusión.

- ¿Estás seguro? Ya sabes lo que eso significaría, no podemos tomarlo a la ligera. – Aquella primera voz sonaba dubitativa, cautelosa.

- Completamente, tengo información de primera mano. De hecho, mi informador en cuestión está aquí mismo. ¿Quieres hablar con él? – En cambio, la segunda voz sonaba segura, no cabía duda de que estaba convencido de la veracidad de la historia que le habían contado. Ante una respuesta afirmativa por parte de la persona al otro lado de la línea, pasó el teléfono a una tercera persona de cabello negro que aguardaba con la mano extendida para recibir el auricular.

- Habla Japón. – Una tranquila voz saludó a la persona que aguardaba impacientemente.

- Hola Kiku, soy Alfred. ¿Cómo has averiguado lo que Arthur me ha contado? – América sonaba suspicaz, quizá no se fiaba del japonés. No era de extrañar, pues éste era una de las personas más cercanas a China.

- Yo mismo lo vi. Rusia vino a casa de China anoche –ignoro si fue invitado, pero lo dudo– y, cuando todos nos fuimos, él se quedó, probablemente a pasar la noche.

- No tenemos la seguridad de que se haya quedado allí, y tampoco tenemos ninguna prueba de que esto vaya a significar una alianza de nue- – El americano fue interrumpido por la estridente voz de Inglaterra, que aparentemente estaba gritando en dirección al auricular.

- ¿¡De qué estás hablando, maldita sea!? ¡Es tan obvio que hasta un imbécil como tú debería entenderlo!

Un sonoro suspiro resonó al otro lado, mientras Alfred se apretaba el puente de la nariz con los dedos.

- No podemos precipitarnos, cejotas. – Aunque era Kiku quien sostenía el teléfono, Alfred le hablaba a Arthur con la tensión contenida en la voz. – ¿Qué pretendes, desencadenar otra guerra contra Rusia y China? Sabes que sería desastroso para todos.

- Si me permiten hacer una sugerencia… – La voz monocorde del asiático se hizo oír. – Yo podría hacer averiguaciones, ya que China confía en mí de nuevo. No ha sido difícil conseguirlo… Es demasiado ingenuo.

Tras algunas discusiones más, llegaron a un acuerdo: Japón serviría de "espía". Se informaría de todas las acciones de China y Rusia y las transmitiría a los otros dos, que intervendrían ante la más mínima sospecha de un acuerdo entre ambos países. No podían permitir una nueva alianza sino-soviética, ya que con el pode económico y militar actual de ambos, les sería ridículamente sencillo expandirse por Asia, Europa… Y el mundo, alzándose ambos como una sola potencia mundial, la mayor de todas.

Un héroe como Alfred no podía permitirlo, Arthur tenía sus diferencias aún no resueltas con China, y Kiku… ¿Quién podría adivinar los motivos que se escondían tras aquella hierática expresión?

~x~

Habían acabado de desayunar, y ahora Yao permanecía sentado en la cama mirando fijamente a Iván. Hacía escasos segundos le había preguntado por qué había ido a su casa tan precipitadamente, y la respuesta se hacía esperar. Finalmente, Rusia se encogió de hombros y dijo:

- No lo sé… Sólo quería que Yao no se enfadase conmigo, porque Yao es la persona más importante para mí. – Siempre decía aquellas cosas con completa tranquilidad, con una sonrisa infantil adornando sus labios que desarmaba a China completamente. – Ha funcionado, ¿da? ¿Yao me ha perdonado?

Con un suspiro, el aludido se inclinó para retirar un mechón de pelo que ocultaba los ojos de Iván y depositó un beso en su mejilla.

- Sí, te he perdonado, aru… Pero la próxima vez no hagas que me enfade y no tendrás que llegar a estos extremos, aru. – El asiático intentó esconder el sonrojo que acababa de teñir sus mejillas agachando la cabeza y fingiendo examinar la mano de Iván, que él mismo había vendado la noche anterior. Al tomar la mano del ruso para comprobar si estaba mejor, éste la retiró con un sobresalto, dirigiendo hacia Yao una mirada asustada. Sorprendido y, a la vez, tranquilizador; China acarició con delicadeza el dorso de la mano de Rusia.

- No pasa nada, aru… Sólo quiero ver cómo está, no te quiero hacer daño, aru… – Con suavidad, volvió a tomar la mano de Iván, que esta vez no opuso resistencia.

Cuando acabó de examinar la mano herida no la soltó, sino que la sostuvo entre las suyas, suspirando. Ese nuevo y aparentemente inofensivo Iván era… Extraño. Por un lado, todo su cuerpo se rebelaba ante la cercanía del ruso; pero por otro, sus instintos de hermano mayor le empujaban sin remedio a cuidarlo, ayudarlo, sostenerlo cuanto hiciese falta. Pero, una vez más, su cuerpo enviaba escalofríos a través de su espalda –recorriendo su cicatriz con un cosquilleo nervioso que le avisaba de las consecuencias de la confianza. Finalmente, como era de esperar, venció su instinto protector, y Yao extendió sus brazos para invitar a Iván a acercarse. Éste, algo reticentemente, se aproximó a él y se dejó envolver por los delgados brazos del asiático, que lo rodeaban contagiándole su calidez. Aquel cuerpo de 4000 años era, a la misma vez, fuerte y frágil. Fuerte, porque en todos aquellos milenios no había sucumbido jamás a los embates de las guerras, crisis y desastres que lo habían azotado. Frágil, porque había vivido demasiados horrores; porque su decadencia era en los últimos años más que evidente. Pero allí se alzaba él, tan orgulloso como en los tiempos en que era considerado un Dios, trabajando con sus propias manos que antaño no conocieron el trabajo para llevar adelante a un país azotado por el hambre y las catástrofes.

Las finas manos de China se enterraron en el cabello de Rusia, peinándolo, acariciándolo.

- Iván… – El aludido alzó la cabeza, interrogante.

- ¿Da, Yao?

- ¿Qué te ha pasado, aru? – No era una pregunta muy exacta, ni era justamente así como pretendía formularla, pero Rusia lo entendió. Lo cual no significaba que fuese a dar una respuesta satisfactoria. Se limitó a encogerse ligeramente para acercarse más a China, que acarició su espalda y su pelo como quizá una madre podría hacer. – Supongo que ni tú mismo lo sabes, aru…

Entonces, unos fuertes golpes que resonaron en toda la casa hicieron eco desde la puerta principal. Yao se sobresaltó y se alejó de Iván rápidamente, cuya mano permaneció alzada en el aire queriendo atraer de nuevo al asiático consigo, pero que sólo pudo cerrarse en el vacío.

- Quédate aquí y ni se te ocurra bajar, aru. Iré a ver quién es.

Iván frunció el ceño en desacuerdo, pero le dejó marchar sin protestas, ya que comprendía que su estancia allí podría llevar a malentendidos que; por mucho que él desease que fuesen ciertos; no pasarían de ser eso, malentendidos. Intentó aguzar el oído para escuchar la conversación que tenía lugar en la entrada. Al parecer, el visitante era Japón, que se preocupaba por el bienestar de China tras el incidente de la noche anterior. Una sombría sonrisa adornó las facciones del ruso. Qué considerado era, para ser un traidor

- No te preocupes, Nihon, me hice cargo de él y se irá a casa lo antes posible, aru. – La voz de China sonaba segura.

- ¿Significa eso que sigue aquí? – En cambio, Japón sonaba sorprendido. ¿Acaso esperaba que China lo hubiese echado de su casa en mitad de la noche? 'Lo conoce muy poco, entonces', se dijo Rusia.

- Eh… Sí, aru. Se durmió y no conseguí despertarlo. – La mentira era evidente en su voz, pero o Japón no lo advirtió, o fingió no hacerlo. – Nihon… ¿Crees que es posible un cambio en alguien como Rusia, aru?

- ¿Cambio? – Rusia casi podía ver al japonés alzar una ceja, escéptico. – No lo sé, Yao-nii… Aunque me parece improbable. – ¿Eran imaginaciones suyas, o había algo extraño en la forma de hablar de Japón? – Pero, ¿por qué lo dices? – Ahí estaba, parecía como si tratase de incitar a China a hablar más. Iván deseaba salir de la habitación y sacar a Kiku de la casa, pero era consciente de que Yao no lo consentiría. Y Yao era lo más importante para él en aquel momento.

- Por nada en especial, aru. Sólo había estado pensándolo. Bueno, Nihon… Tengo que recoger aún todo lo que desordenamos ayer, aru. Ha sido un placer verte, espero que vuelvas a visitarme pronto, aru.

- Claro, Yao-nii, vendré siempre que pueda. – La promesa tenía un matiz algo extraño, siniestro. – Sayonara.

- Zàijiàn. – Resonó el sonido de la puerta al cerrarse, y los leves pasos del asiático acercarse de nuevo a la habitación. Poco después la puerta se abrió y él entró, dejando escapar un tenso suspiro. – Creo que no debería decir esto a nadie más, aru. Es demasiado fácil que se formen una idea equivocada…

- Da… – Rusia lo aceptó sin rechistar, lo cual no significaba que estuviese de acuerdo. Pero sabía que un movimiento en falso haría que Yao perdiese toda la confianza que comenzaba a tener en él. Permaneció sentado en la cama mirando fijamente al chino, que le devolvió la mirada mientras volvía junto a él. Silenciosamente, se preguntaba qué pasaría a partir de entonces.

No podía ignorar el creciente afecto que tenía hacia el ruso. Era increíble que, en cuestión de horas, su opinión respecto a él hubiese cambiado tan drásticamente. En sus más de 4000 años de vida, nunca había experimentado algo así. Quizá había tenido relación con la visión de un Rusia débil que había despertado en él de nuevo aquel deseo de protegerlo… O eso quería pensar. Porque, de ser así, no tendría que lidiar con molestos y confusos sentimientos que no harían más que traer problemas.

'Qué más da ahora…', pensó Yao. 'Ahora nadie puede vernos, aru. Pase lo que pase, no saldrá de aquí.' Algo reticente, volvió a pasar los dedos por el pelo de Iván, peinándolo con delicadeza. Iván se apoyó contra él, cerrando los ojos para disfrutar mejor del contacto.

- Yao… – Finalmente se decidió a decirle lo que hacía un tiempo le rondaba la cabeza. – Yo, lo siento… Todo. Todo lo que he hecho.

El aludido se sorprendió, pero asintió una vez con la cabeza mientras apretaba más a Iván contra su cuerpo. Tras un momento, dijo:

- Xièxiè Vanya, aru… – Aquello fue la señal que, de algún modo, Iván esperaba. Ni siquiera se detuvo a pensar si realmente aquello era una señal, o simplemente lo deseaba tanto que había interpretado mal.

Lentamente acercó sus labios a los de Yao y se detuvo sobre ellos, apenas rozándolos. Como si pidiese permiso, me mantuvo inmóvil hasta que el asiático respondió a su gesto y unió sus labios por completo. Con satisfacción, Iván saboreó aquellos labios que había probado una vez en medio de una guerra, en circunstancias tan diferentes. Sin embargo, las cosas habían cambiado tanto en aquel tiempo, que apenas reconoció en aquel beso la esencia del país que había probado aquella vez.

Donde en aquel momento sintió especias, naturaleza y el esplendor de una era que por aquel entonces aún no le había abandonado; ahora encontraba humo, contaminación y pobreza. En resumen, decadencia. Ansioso por eliminar todo aquello, Rusia rodeó con sus brazos el delgado cuerpo del asiático –probablemente, con demasiada fuerza– mientras éste le devolvía el beso con timidez. Sin embargo, por mucho que lo acercase a su cuerpo y lo apretase contra sí, por más profundo que el beso se hiciera; Iván no conseguía desterrar aquel sentimiento de… Derrota que recorría al chino. Al contrario, mientras más trataba de alejarlo, más lo sentía en su interior, como si la misma Rusia se hundiese a pasos agigantados. Esto le hizo separarse de China con un gemido asustado, y al levantar la vista hacia él, vio que una sonrisa triste curvaba sus labios enrojecidos. No cabía duda de que era consciente de lo que había sentido Rusia y de que, más aún, lo esperaba.

- Ya lo has visto... Esto es lo que soy ahora, aru. Ya no soy aquella persona que se alzaba orgullosa frente a un esplendoroso país en la cumbre de su existencia, aru. Ahora soy viejo, decadente... Estos 4000 años no me han hecho nada bien, Iván... Quise ser mayor que nadie y caí en mi propio juego, me tropecé con mi propia trampa, aru... – Bajó la cabeza, escondiendo sus ojos tras el flequillo.

- Nyet... ¡Nyet! Yao no debe decir esas cosas... Mira a ese estúpido americano. – Rusia intentaba desesperadamente consolar a China, aunque no sabía muy bien cómo. – ¡Él tuvo una crisis peor y salió de ella! Todos teníamos la esp- Temíamos que fuese a morir, ¡pero no lo hizo! Yo te ayudaré, no permitiré que te pase nada...

- No se trata de lo que puedas o no permitir... Es simplemente inevitable, aru. Sé que muchos países se matarían por mi territorio, por eso no me he permitido desaparecer aún. Pero después de tantísimos siglos me gustaría poder descansar, aru... – Iván se horrorizó ante tan escalofriantes afirmaciones, hechas con tanta tranquilidad. Entonces, ¿él no significaba nada? ¿Acaso se había dejado besar porque ya no le importaba? Negó con la cabeza mientras las dudas plagaban su mente. Entonces, China colocó sus blancas y delgadas manos a ambos lados del rostro del ruso, obligándolo a mirarlo.

- Escúchame Vanya… Estoy cansado de luchar por mi gente y no obtener resultados, aru. A veces me pregunto por qué cambié tanto… Yo de pequeño nunca pensé en crecer tanto, ni en hacerme poderoso; sólo en que mi gente pudiese vivir bien. Ojalá pudiese volver a ser un niño otra vez, aru.

- Pero no se puede volver al pasado… – Iván esbozó una sonrisa al imaginarse a China de pequeño. – Seguro que Yao era muy lindo de pequeño, ¿da?

- Nadie me lo dijo nunca, aru. – China sonrió de vuelta, recordando aquellos tiempos ya tan lejanos. – Aunque la verdad es que escasas personas estaban autorizadas a hablar conmigo. ¿Sabes? Para ellos, yo era como un dios, aru.

- Da, aún lo eras cuando te conocí. – Rusia recordó los interminables días que había pasado observando al asiático cuando era pequeño desde su frontera. Lo veía tan esplendoroso que no se atrevía a acercarse. Hasta que un día, el objeto de su admiración se fijó en él.

Se encontraba paseando cerca de la frontera, acompañado de aquel grupo de personas que ejercían como sus sirvientes. Hablaban animadamente sobre las fiestas de aquel mes, hacían planes, ya que al chino no le preocupaban las normas que impedían a los sirvientes siquiera mirarlo. Sin embargo, el cielo se empezó a nublar y delicados copos de nieve comenzaron a caer mientras se acercaban al término de la nación asiática. Yao iba a sugerir que volviesen, pero las palabras se congelaron en sus labios cuando vio a un niño pequeño de blanca piel y grises cabellos mirándolo con atención frente a él. Cuando el niño se supo descubierto; se dio la vuelta y comenzó a correr, asustado. Algo en su cabeza dijo a Yao que siguiese a ese niño, que era como él, que no lo dejase ir; y así lo hizo. Corrió tras él, llamándolo. El pequeño no se detuvo, sino que siguió corriendo; pero la nieve había cubierto ya el suelo y ocultó a sus ojos una piedra con la que tropezó y cayó. Acelerando su carrera, China llegó hasta donde yacía el pequeño país caído y lo tomó en brazos, poniéndolo en pie y sacudiéndole al tiempo la nieve de su pelo y sus ropas.

- Ni hao, xiǎo, aru. Nǐ jiào shénme míngzì? – Al ver que el pequeño no le respondía, e incluso lo miraba con miedo, le preguntó. – ¿Te has hecho daño, aru? – Ya estaba totalmente seguro de que el niño era especial, como él, pero no entendía por qué estaba tan asustado. – Mi nombre es Yao, aru…

- ¿J-jao? Yo… Iván… – La respuesta fue apenas audible, ya que el niño no se atrevía a subir la cabeza y encontrarse aquellos ojos marrones que tantas veces había observado a escondidas. - ¿Por qué… Llevas esa ropa? Es extraña…

- ¿Esto, aru? – Yao señaló su traje tradicional chino con una sonrisa y le levantó la cabeza al pequeño con suavidad, para verlo mejor. – Así vestimos donde yo vivo, aru… ¿En tu casa es diferente?

Iván asintió torpemente, dejando vagar su mirada por todo el rostro de aquel extraño. Delineó sus sobresalientes pómulos, su pequeña nariz, se detuvo en la forma de aquellos labios, el contorno de su cara y, finalmente, examinó sus ojos. Esos ojos tan extraños que lo atraían sin remedio… Rasgados, de un color que le recordaba a la madera de los árboles, a la tierra húmeda, al centro de los girasoles; a todo lo que le gustaba. Su elegante curva al final lo fascinaba, al igual que sus espesas pestañas negras; ya que donde él vivía nadie poseía unos rasgos tan exóticos.

- Dime Iván, ¿te has perdido, aru? – El niño parpadeó, extasiado ante el sonido de su nombre en boca de aquella persona. Apenas acertó a negar con la cabeza, concentrado como estaba en guardar el sonido de la voz de ese extraño y no olvidarlo. – ¿No? Entonces… ¿Están tus padres por aquí, aru? – Yao sabía que, si el niño era como él, no tendría padres; pero tenía que asegurarse. Una nueva negación de Iván confirmó sus sospechas:

- No tengo padres, estoy solo… Mis hermanas están muy lejos. – La voz del pequeño apenas varió, pero aferró la manga del asiático cuando hizo una advertencia. – Jao-san debería irse a casa. Si no, el General Invierno vendrá y se lo llevará.

Yao no entendió aquella advertencia, pero alzó en sus brazos a aquel niño de ojos violeta, sacudiéndose de encima la nieve que empezaba a caer copiosamente.

- ¿Quieres venir a mi casa, aru? Te ensañaré cómo vestimos, aru. – Iván tan sólo se aferró a su cuello y enterró la cabeza en su clavícula, lo que Yao tomó como una respuesta afirmativa.

Así, día tras día, Yao llevaba a Iván a su casa, le enseñaba cómo vivía; y poco a poco el pequeño niño tímido empezó a confiar en la primera persona que en toda su vida le había mostrado afecto, aparte de sus hermanas.

Pero él creció, sus gobernantes le prohibieron acercarse a aquel hombre de nuevo, y fue obligado a observarlo de nuevo desde la distancia. Cuando lo vio arrojado y humillado, su aún inocente corazón se rompió en mil pedazos y le urgió a ayudarlo. Pero en el momento en que intentó poner un pie fuera de su frontera lo retuvieron, lo arrastraron de vuelta antes de que pudiese internarse de nuevo en el país oriental; y aunque gritó hasta que su garganta se desgarró, no sirvió de nada. Aguardó al otro lado cuando su voz se consumió, sintiendo la impotencia al ver que el que había sido objeto de su admiración ahora era obligado a estropear sus prefectas manos trabajando en el campo. Cuando se volvió a alzar, manos extranjeras lo postraron de nuevo de cara al suelo. Inglaterra y Francia se disputaban su territorio, y entonces Rusia no estuvo dispuesto a impedirlo. Traspasó los límites que le habían sido impuestos: ahora era un hombre, nadie se atrevería a detenerlo. Se colocó ante la figura del asiático, postrada en el suelo; que ni levantó la vista. Le tendió una mano que el chino no acertó a coger, y entonces él mismo lo sujetó por los hombros y lo levantó, sosteniéndolo cuando cayó contra él, dando un traspiés. Y así, en aquel momento, sus destinos se entrelazaron y se unieron.


Sayonara, zàijiàn: Adiós en japonñes y chino.

Da: Sí

Nyet: No

Spasiba: Gracias

Ni hao, xiǎo, aru. Nǐ jiào shénme míngzì?: Hola pequeño, aru. ¿Cómo te llamas?


Sansacabó. Hasta aquí el capítulo~ Espero que os haya gustado, y a la vez siento mucho el tiempo que tardo en actualizar, pero el instituto me sobrepasa.

De hecho, tengo un examen en menos de una hora. Há!

Review? :D