Summary: Lo ocurrido en el interior del país asiático iba más allá de lo imaginable: súbitamente, el comercio con Estados Unidos había sido cortado; y sus gentes se habían echado a las calles al oír la noticia en señal de protesta, realizando actos de vandalismo que destruían ciudades en cuestión de horas.
Pareja(s): Iván x Yao / Rusia x China. Y otra pareja (que odio xD), a ver si la pilláis.
Advertencia(s): ¡Violencia! òuó
Disclaimer: Tengo otro plan, muahaha! Pero hasta que lo lleve a cabo, los personajes no son míos...
China sonrió y revolvió el pelo de Iván.
-Pero las cosas no duran para siempre, aru. – Se levantó, recogiendo los restos del desayuno y se dirigió a la puerta. – Yo recogeré esto, aru.
Iván asintió y se examinó el vendaje de la mano distraídamente mientras Yao salía de la habitación, pero cuando la puerta se cerró tras el chino, se oyó el sonido ahogado de un gemido y el ruido de la bandeja al caer al suelo y esparcir por éste todo su contenido. Iván, temiendo lo peor, se precipitó hacia la puerta y al abrirla se encontró al asiático arrodillado y doblado sobre sí mismo, con los ojos desorbitados y boqueando en busca de aire como si algo comprimiese sus pulmones y no le permitiese respirar.
Lo ocurrido en el interior del país asiático iba más allá de lo imaginable: súbitamente y sin razón aparente, el comercio con Estados Unidos había sido cortado. Ningún tipo de mercancía procedente del país americano llegaba a China, lo que había dejado a muchos establecimientos y fábricas sin mercancía ni materia. Sus gentes, al oír la noticia y ver por sí mismos el principio de sus efectos, se habían echado a las calles en protesta, realizando actos de vandalismo que destruían ciudades en cuestión de horas. Todo esto, sumado a la acuciante escasez de recursos y alimentos que ya anteriormente sufrían sus habitantes fu demasiado para el cuerpo del asiático, que apenas lograba tomar superficiales bocanadas de aire.
- ... án... Ayú... da... me- – El poco aire que lograba tomar lo usaba para pedir auxilio al ruso que lo observaba, asustado.
Se había quedado paralizado y sin saber qué hacer, era como si su cerebro se negase a procesar lo que veía. Sin embrago, las palabras de China resonaron en su mente y lo obligaron a reaccionar. Se arrodilló frente al oriental y sujetó su cara con las manos.
- ¿Qué hago, Yao?
- Ai... re... – China se aferró con las manos a la camisa del ruso.
Estaba desesperado porque por mucho que lo intentaba, o sus pulmones se negaban a funcionar, o sus vías respiratorias estaban completamente cerradas. Moriría allí si no conseguía tomar aire pronto. Sin embargo, Rusia reaccionó con rapidez y unió sus labios con los del otro, enviando aire a sus pulmones. Una vez, dos veces. Iván era muy consciente de que, si no intervenía en China, era muy probable que Yao no consiguiese salir con vida de aquello. Tres, cuatro veces. Siguió así, ayudando a Yao a ganar a la muerte unos minutos más, doce, trece, hasta que sintió que podía aguantar sin ayuda un poco más. Diecinueve, veinte veces. Sin perder un instante cogió el delgado cuerpo del chino en sus brazos e, ignorando las uñas que se clavaban con desesperación en su pecho –ya no por la falta de aire, sino por el dolor–, lo llevó hasta su habitación y lo depositó en la cama, saliendo después de asegurarse que podía separarse de él para buscar un teléfono con el que llamar a su gobierno.
Tras varios minutos de estrictas y rápidas instrucciones, volvió a la habitación y al lado de Yao; que permanecía exactamente en el lugar en el que lo había dejado. Iván lo veía sufrir, si prestaba atención veía incluso cómo se deterioraba poco a poco... ¿O quizá era su imaginación? 'Vamos, vamos... No podéis tardar tanto en llegar a China... Chert vozmi!' Tardó unas horas en apreciar cómo gradualmente el cuerpo del chino se calmaba. Sabía lo que ocurría: su ejército había intervenido en China por orden suya, calmando las ciudades y reprimiendo los levantamientos violentos. Al ver que Yao comenzaba a ser más consciente de lo que le rodeaba, Iván salió de la habitación de nuevo para buscarle algo que pudiese beber y ayudarle a sentirse mejor. Sin embargo, cuando volvió... No fue a Yao al que encontró en la cama. Bueno, en realidad sí era Yao, pero... No era el mismo que Iván había dejado allí escasos minutos antes. El que ahora se encontraba sentado en la cama, con aspecto perplejo, era un Yao con un aspecto mucho más joven, de unos tres o cuatro años.
Iván se quedó en la puerta, conmocionado ante el niño que tenía ante sus ojos. ¿Pero qué había pasado allí? Le llevó un par de minutos recuperarse y ser capaz de acercarse al niño con cautela. Éste siguió cada uno de sus movimientos, y se alejó rápidamente hasta la esquina opuesta de la cama cuando el ruso se aproximó a él.
- ¿Yao? Soy yo, Iván... ¿Qué te pasa?
El aludido se limitó a observarlo con sus grandes ojos oscuros cargados de confusión. No podía recordar cómo había llegado allí, no recordaba a la persona enfrente de él... Tan sólo recordaba su propio nombre, y que era la personificación del país China.
- ¿Iván, aru? –Repitió, vacilante.
- Da, soy yo... ¿No me recuerdas? – El pequeño asiático negó, llenándose sus ojos de lágrimas al no comprender qué pasaba y sentirse tan desprotegido, tan vulnerable.
Si Iván sentía un leve remordimiento al ver llorar al Yao adulto –cosa que raramente sucedía-, ver llorar a este Yao tan pequeño era algo que no podría soportar. Quizá algo bruscamente, pues no acostumbraba a tratar con niños, se estiró y atrajo al pequeño hacia su cuerpo. Él opuso algo de resistencia al verse abrazado por un extraño, pero pronto se relajó y, con brazos temblorosos, se agarró al cuello de aquel hombre que le parecía tan enorme. No pudo evitar que su labio temblara, y más tarde echarse a llorar ante la impotencia que sentía por no recordar nada. Con torpeza, Iván acarició la pequeña espalda de Yao, tratando de calmarlo como podía. Pareció funcionar, porque pronto los hipidos y sollozos del pequeño se calmaron y dejó de sollozar, sin soltarse sin embargo del abrazo de Rusia.
- Iván... ¿Dónde estoy, aru? ¿Qué ha pasado? – Ya más tranquilo, Yao preguntó lo más importante para él en aquel momento.
- Estamos en tu casa, y sinceramente... No estoy muy seguro de lo que ha pasado. Hubo problemas en China, y envié a mi ejército para detenerlos. Quizá... Puede que ellos hayan tomado el control de las ciudades para evitar más conflictos, y por eso... Tu gobierno debe haber accedido, ¿da? – Aquella era la respuesta más sencilla y la que, por lo visto, se acercaba más a la realidad. Iván suspiró. ¿Qué iba a hacer con aquel niño? Cuando el resto de países lo vieran, sobre todo en compañía de Iván, sospecharían hasta que supieran lo que había pasado. Y, cuando se enterasen de los recientes acontecimientos... Bueno, despejarían sus dudas por completo. No había que hacer conjeturas para adivinar sus reacciones.
En algún momento en medio de su hilo de pensamientos, Iván notó que el pijama que llevaba el niño le quedaba demasiado grande, por lo que sin mediar palabra soltó a China de nuevo sobre la cama y se dirigió a un armario cercano, buscando algo de ropa que le sirviese. Por suerte, Yao aún guardaba allí las antiguas ropas de Japón y Hong Kong, por lo que tomó uno de los changshan que vio y se lo tendió al niño, que lo miró con confusión.
- No sé ponérmelo, aru... – Al parecer, junto con sus recuerdos se había ido la capacidad de hacer cosas como vestirse solo y, probablemente, cuidarse por sí mismo en general. Iván se había convertido oficialmente en la niñera de alguien unos 2000 años mayor que él, en teoría. En teoría.
Con un suspiro, Iván desvistió a Yao y lo ayudó a vestirse de nuevo. Por suerte, la ropa le quedaba bien. Rápidamente, Iván se vistió también y cogió al niño en brazos para bajar al salón, sin recibir ni una sola protesta por parte del otro. Vaya, aquello era de lo más inusitado; casi podría acostumbrarse. Una vez allí, se sentó en el sofá y colocó a Yao a su lado, que sorprendentemente trepó hasta sentarse en su regazo.
- Vanya, – ¿Cómo sabía aquella forma de llamarlo? – ¿Me puedes contar más cosas de mí, aru?
Obviamente, Rusia no era de las personas que se pudiesen resistir a los encantos del menor, por lo que lo apoyó contra su pecho y comenzó a hablar, recordando a medida que lo hacía cada parte de la historia que compartieron, cada imagen guardada en su memoria. Como era de esperar, ni se lo contó todo, ni lo que le contó era exactamente la verdadera versión de los hechos. Lo que hizo Iván fue, simplemente, evitar las partes más delicadas en lo que a él concernía y contar aquellas en las que salía más favorecido. Con satisfacción, vio cómo los ojos del asiático se abrían con admiración a cada historia que salía de los labios del ruso. La verdad, pensó Rusia, si hubiese sabido que cuidar niños era tan entretenido, habría probado antes.
Perdió la noción del tiempo mientras hablaba, y no paró hasta que el timbre de la puerta volvió a interrumpirlos. ¿Otra vez? ¿Quién era ahora? Con horror, Iván se dio cuenta de que Yao no podría atender a la visita tal y como estaba, y que si salía él y resultaba ser algún otro país... De nuevo, quién sabía las ideas que podría llegar a hacerse. Finalmente se decidió a abrir la puerta, a pesar de todo. Si no lo hubiese hecho, quizá las cosas hubiesen ido considerablemente peor.
Su sorpresa fue mayúscula al ver frente a él a Japón, que parecía igualmente sorprendido de verlo a él allí, aquella emoción traicionando su siempre impasible semblante. Sin embargo, algo más se adivinaba tras su sorpresa; algo que a Rusia no le gusto en absoluto. Parecía... Satisfacción. Satisfacción por haber descubierto que el rubio seguía allí, que sus sospechas eran ciertas y no estaba equivocado.
- Rusia-san... Es un placer verle de nuevo. ¿Podría hablar con Yao-nii, por favor? – Aquella fría cortesía enmascaraba, para frustración de Iván, cualquier intención que Kiku tuviese.
Iván abrió la boca para darle cualquier excusa, no sabía exactamente cuál, pero fue interrumpido por una voz infantil que lo llamaba y un cuerpo mucho más pequeño que el suyo que se asomó tras sus piernas para mirar al visitante, curioso.
- Vanya, ¿quién es, aru? – El japonés parpadeó con perplejidad al ver y oír al niño. No estaba seguro, pero aquel chiquillo parecía ser...
- ¿Cómo te llamas, pequeño? – Se agachó hasta llegar a la altura de Yao y le sonrió con amabilidad.
- ¡Wang Yao, aru! – Exclamó él. - ¿Y tú, cómo te llamas?
- Yo soy Kiku, Kiku Honda... – Kiku levantó en sus brazos al pequeño país e Iván apretó los puños, luchando contra el impulso de arrebatárselo. – Encantado de conocerte, Yao.
- Querías algo, ¿da? Dilo y márchate. – Le espetó Iván con brusquedad.
- Ah, Rusia-san... Eso no ha sido nada cortés por su parte... – Japón sujetó a su hermano más cerca de su cuerpo. – Es mi hermano, y como tal debería ser yo quien se ocupase de él.
- Son mis ejércitos los que lo han salvado y los que lo mantienen ahora. – Replicó Rusia fríamente. – Ni lo intentes, ¿da?
Ignorando sus advertencias, Kiku se dio la vuelta con el niño en brazos para abandonar la casa. Yao, al ver que lo alejaban de Iván, se estiró hacia él, intentando alcanzarlo mientras su voz desgarraba el aire, llamando al ruso. Por su parte, éste... Se había quedado paralizado. No podía reaccionar.
- ¡Vanya, Vanya, aru! – Sus gritos eran ya desesperados, mezclados con el llanto. – ¡No me dejes solo, aru!
Con estas palabras, Iván salió del trance en el que se encontraba. De ninguna manera iba a permitir que aquel mandito japonés se llevase a Yao, antes tendría que pasar por encima de él. Repentinamente, dio dos zancadas hacia Kiku y lo obligó a volverse, quitándole al pequeño de los brazos bruscamente. Luego, lo colocó de nuevo en el suelo y le ordenó, más que pidió, que se refugiase en el interior de la casa; orden que China obedeció inmediatamente. Una vez estuvo seguro de que no le pasaría nada, Rusia se puso en pie mientras de sus labios salía una amenazadora letanía.
- Kolkolkolkol... – Kiku nunca había visto al ruso tan enfadado. – Te dije que no lo intentases... Ahora atente a las consecuencias, ¿da?
Tomando impulso y echando de menos su tubería, que haría mucho más daño que su simple puño desnudo, descargó un puñetazo sobre la mandíbula del nipón, que cayó hacia atrás del golpe. Limpiando la sangre de su labio, y antes de que el ruso lo golpease de nuevo, se levantó y retrocedió un par de pasos.
- Esto no acaba aquí, Rusia-san... Volveré y me llevaré a mi hermano, no me importa cuántos países se pongan en mi camino. No debe olvidar quiénes son mis aliados... – Tras esta amenaza, se dio la vuelta y salió de allí rápidamente.
Presa de una súbita aprensión, Iván echó a correr hacia el interior de la casa en busca de Yao. Entró en el comedor, en la sala, en la cocina e incuso en el baño, sin encontrarlo. Sólo quedaba un sitio. Se dirigió a la puerta de la habitación del chino, confirmándose su sospecha de que era allí donde se había refugiado el pequeño al ver dicha puerta entreabierta y divisar sobre la cama un bulto tembloroso que escondía el rostro en cierta bufanda que permanecía allí desde aquella mañana.
- Yao... Soy yo, ya no pasa nada. – Lo llamó Iván, en tono tranquilizador.
El niño levantó la cabeza con las mejillas bañadas en lágrimas y se bajó de la cama a toda prisa, avanzando y casi precipitándose a trompicones en brazos de Iván entre sollozos e hipidos. Era obvio que aún estaba más que asustado por culpa del japonés.
- Ya está, Yao... Se ha ido, ¿da? Estoy aquí, ya no pasa nada... – Iván pasó la mano por la espalda de Yao una y otra vez para calmarlo, mientras pensaba en la amenaza de Japón. No, en ningún momento había olvidado que Kiku contaba con aliados poderosos, principalmente Estados Unidos e Inglaterra, a los que se podían unir sin dudar países cono Francia, Canadá y Alemania, que no perderían oportunidad de aliarse contra el país más grande del mundo. Y eso... Sólo por nombrar algunos.
La primera medida que debía tomar era organizar a su ejército. Debía organizar sus tropas restantes para evitar una posible ofensiva a su país o defenderse en caso de que la hubiera. Quizá también sería conveniente retirar algunos efectivos del país asiático y situarlos o en la frontera o como defensa de las ciudades rusas más importantes, lugares con mayor riesgo de ataque. Sin embargo, aquello requeriría su presencia en Rusia durante al menos un día completo, y no podría llevar a Yao consigo. Pero la idea de dejar al chino allí solo... No le gustaba nada.
Cuando acabase de ordenar su defensa, tendría que hablar de lo ocurrido con América, por mucho que le desagradase la idea. Sabía que era lo mejor para Yao, y sólo por eso estaba dispuesto a hacerlo; pero si aquel estúpido americano intentaba ponerle un solo dedo encima a su Yao, le demostraría al americano que lo que le había ocurrido a Kiku era tan solo una advertencia. De aquella forma, informando a Alfred, pretendía evitar una acción ofensiva y buscar una solución al problema de China.
- Vanya... – El pequeño Yao lo sacó de sus pensamientos, ya más calmado. – Tengo hambre, aru... – Al parecer, antes que cualquier otra cosa, lo primero que debía hacer era dar de comer a Yao. Ni se había dado cuenta de que ya era casi de noche y de que no habían comido nada desde el desayuno. Ni que decir tiene que era hora de cenar ya.
- Da, ahora mismo prepararé algo. ¿Me ayudas? – Yao asintió y se soltó del cuello de Iván, cogiéndolo de la mano y tirando de él hasta llegar a la cocina.
Una vez allí, Iván preparó piroshki para ambos con ayuda –no mucha, pero al menos con buena intención– de Yao y lo llevó al comedor, donde empezaron a comer en silencio. Tras unos minutos de masticar pensativamente, Iván comunicó a Yao la decisión que acababa de tomar y que esperaba fuese la más acertada y beneficiosa para ambos, al menos para Yao:
- Yao... Tengo que hacer unas cosas en mi país mañana, así que deberé irme temprano. – Dijo, despacio, examinando y evaluando en todo momento la reacción del chino.
- ¿V-Vanya se va? ¿Por qué, aru? – Yao había levantado la vista de su comida y lo miraba con los ojos llenos de confusión. - ¿No quieres llevarme, aru? No quiero quedarme aquí solo. No quiero que Kiku vuelva y me lleve con él, ¡me da miedo, aru!
- No, Yao... – Iván se levantó de la mesa y se agachó al lado del moreno. – Es peligroso moverte de aquí, si vienes conmigo sí que podrían llevarte lejos. Entiendes, ¿da? – Rusia acarició suavemente los mechones que caían a ambos lados del rostro de China. – Volveré antes de que te des cuenta, ¿de acuerdo?
Yao asintió, no demasiado convencido, y bostezó. La verdad era que había tenido un día demasiado largo y agitado, y estaba muy cansado. Iván, al notarlo, llevó los platos a la cocina y dijo a Yao que se fuese a dormir. Por supuesto, y como era de esperar, el niño se negó obstinadamente.
- ¡No estoy cansado, aru! – Sus palabras se vieron inmediatamente refutadas por un nuevo bostezo. Rusia alzó una ceja y sonrió, escéptico; lo que hizo que China se sonrojara. – No quiero dormir porque ya te habrás ido cuando me despierte, aru... – Luego caminó hacia el ruso y le tendió los brazos para que lo levantase, tirando levemente de la tela de su abrigo.
Iván suspiró y lo cogió en brazos, encaminándose después hacia el sofá y recostándose en él.
- Si me quedo esta noche aquí contigo, ¿te dormirás? – Parecía que sí, porque en cuanto lo dijo, el niño se acomodó en su pecho y se enroscó sobre sí mismo, acurrucándose cuando sintió los brazos de Iván en torno a él. – Спокойной ночи, Yao.
- 晚安, Vanya... – Esa fue la última frase del pequeño antes de cerrar los ojos y caer profundamente dormido.
En cuanto notó que el niño se había dormido, Iván lo depositó con el mayor de los cuidados en el sofá y se levantó para hacer un par de llamadas a su gobierno. Tenía que informar sobre la situación actual, dar explicaciones de lo que estaba pasando y disponerlo todo de modo que al día siguiente pudiese volver lo más deprisa posible.
Tras varias llamadas en las que solucionó todo lo que pudo, colgó el teléfono y volvió al lugar en el que Yao dormía, hecho una pequeña bola. Lo cogió en brazos con cautela, procurando no despertarlo; y lo llevó a la habitación para acostarlo sin preocuparse siquiera de desvestirlo para no perturbar su sueño. Él mismo se puso el pijama y se acostó junto a China, que se abrazó y acurrucó contra él, murmurando en sueños.
- Van... ya... – Iván sonrió y cerró los ojos, dejándose llevar por el sueño en muy poco tiempo.
Спокойной ночи: Buenas noches
晚安: Buenas noches
Lo siento, lo siento, lo siento, lo siento! No tengo excusa para haber tardado tanto, lo sé ; A ; Sobre todo porque todo esto ya lo tengo escrito y sólo tengo que pasarlo, pero... Me ha dado mucha pereza, y cuando he querido pasarlo el Word no ha querido colaborar ; A ; Lo siento mil veces!
Lo compensaré, lo juro! No sé cómo, pero lo haré!
Dato curioso: Por culpa de la dichosa frasecita en ruso, mi Word se ha cerrado no menos de 10 veces, con la consecuente pérdida de todo lo que llevaba escrito hasta el momento. Maldito programa racista.
Bueno, espero que no me odiéis demasiado por tardar, y que os haya gustado el nuevo capi...
Gracias a mis lectores, y muchisisisisísimas gracias a mis reviewers :)
¿Dadme amor/reviews?
