Disclaimer: Los personajes de Candy Candy no me pertenecen, pertenecen a la novelista Kyoko Mizuki y/o Toe Animación...Esta historia y sus personajes son diferentes de la versión original del anime o la versión de la manga. Algunas de sus personalidades y características fueron tomadas pero con la variación de mi imaginación...

Advertencia: Este capítulo contiene escenas no aptas para menores de edad...Gracias...

Una Novia

by: Keila Nott

Capítulo XII

Patty sonreía feliz mientras el auto que llevaba a Albert y Candy se alejaba, ellos abandonaban su propia fiesta. La felicidad que ellos dos sentían iluminaba el camino que iban recorriendo, su felicidad era tan palpable que por un momento ella pensó podía tocarla y enredarla entre sus dedos. Patty aun seguía asimilando el hecho de que Candy se había casado. Una sorpresa había sido el día en que la invitación le llego, la verdad nunca se lo espero, a pesar de haber sido testigo de la camaradería que hubo entre ellos dos cuando vivieron solos en aquel apartamento, sin embargo, nunca en su vida, se hubiera imaginado que ellos terminarían siendo esposos, la verdad era que de ellas tres, siempre se imagino que sería Annie quien se casaría primero, pero al parecer, se había equivocado, Annie seguía tan soltera como ella misma, la única diferencia era, que ella tenía a Archie a su lado...

Patty levanto su mirada admirando el cielo despejado, era una noche perfecta, una noche en que todo era posible, la luna emanaba aquellos destellos tan brillantes que ella podría jurar cualquier deseo pedido seria concedido; suspirando y deseando, hizo camino hacia adentro, donde la fiesta continuaba.

Desde que había llegado a la mansión los recuerdos de Stear eran presentes en su mente nuevamente, nunca podría olvidarlo, él siempre seria parte de ella, él siempre ocuparía un lugar muy especial en su corazón, pero no podía seguir viviendo en el pasado, no podía seguir haciéndose daño, simplemente no podía seguir haciéndolo. Con el pasar del tiempo se había recuperado, decidió ser fuerte, decidió cambiar su apariencia y empezar de nuevo, hasta se había dejado crecer sus cabellos, quizás algún día, ella también se casaría...

Patty entro en la mansión y al llegar a la puerta del salón principal, vio a su abuela, sonriente y feliz como siempre, disfrutando de la vida a pesar de estar enferma, si quería un ejemplo claro de lo que significaba vivir en plenitud, completa, manteniendo un espíritu de libertad y una actitud positiva hacia la vida, a pesar de todas las adversidades, ahí estaba ella, «su abuela »... y por ella, decidió cambiar, decidió vivir y buscar su propia felicidad.

Sus ojos no pudieron evitar desviarse hacia aquel joven que no la dejaba de mirar, era casi imposible ignorarlo, la tenia nerviosa con su intensa mirada, lo conoció gracias a Candy, él era como un hermano para ella, ellos habían crecido juntos hasta que él fue adoptado, pero esa era la primera vez que ella tuvo la valentía de detallarlo, él era alto, sus pómulos eran prominentes, su mandíbula fuerte definitivamente cincelada, sin contornos suavizantes que mostraban la determinación en su rostro, las mangas de su camisa las había rodado hasta los codos, definitivamente no le gustaba la vestimenta que portaba, ella abrió ligeramente sus ojos al darse cuenta de los músculos en sus brazos, sus hombros eran anchos al igual que su pecho, de seguro era resultado del tipo de trabajo que realizaba a diario. Su piel era muy bronceada y resaltaban aun más el color de sus ojos, sus cabellos llegaban a lo alto de sus hombros, lucían rebeldes, difícil de controlar, quizás era solo falta de disciplina, él era muy guapo...pensó ella...

Durante toda la ceremonia y ahora en la fiesta él no había dejado de mirarla, ella se preguntaba ¿porque lo hacía?, el salón estaba lleno de señoritas, señoritas a las que vio se acercaron a él, sin embargo, al parecer, su atención estaba enfocada en ella, sus mejillas se encendieron furiosamente y no pudo evitar tragar seco al caer en cuenta que él había descubierto como ella lo había detallado. ¡Dios santo!... ¿ahora qué haría?...

Tom sonrió complacido al notar su sonrojo, finalmente ella se había dado cuenta de que existía, armándose de valor, y después de escuchar a Jimmy balbucear incoherencias, él hizo camino hacia donde ella estaba, sin dejar de mirarla respiro profundo, era ahora o nunca, se dijo mientras se acercaba a ella.

- Hola Patty... — saludo deteniéndose a tan solo unos pasos de ella...

Patty salió de su estupor al escucharlo, y al sentir su presencia en frente de ella, ¿Cuándo había llegado? ella realmente no era alta, Tom la sobrepasaba.

- Hola Tom, estas disfrutando de la fiesta? — pregunto tímidamente tratando de esconder su nerviosismo.

- La verdad no soy amante de este tipo de fiestas, solo vine porque era la boda de Candy y Albert. — confeso él, eso era cierto, él nunca asistiría a ese tipo de fiesta, especialmente por las vestimentas que se vio obligado a usar.

- Entonces ya somos dos... — congenio ella sin saber que más agregar, estaba tan nerviosa que no se dio cuenta de cómo jugaba con sus dedos.

Un silencio los invadió por un momento, Tom se reprochaba asimismo porque las palabras no le salían, ¡Diantres! podía domar yeguas y caballos puros sangre con el chasquido de sus dedos, y ahora, parecía que su lengua se había trabado, se sentía nervioso con ella, se veía tan delicada y tan educada, que él dudaba de sí mismo.

- Sera mejor que regrese con mi abuela. — dijo Patty después de lo que le pareció una eternidad, su primitiva masculinidad la había invadido, era potente su particular aroma, se sentía extraña, un hormigueo en su piel que no quería entender.

- Espera... — llamo Tom tan pronto ella dio sus primeros pasos.

Patty se detuvo mirándolo, aquellos ojos la miraban profundamente y ella no pudo evitar que sus mejillas se encendieran aun más.

- Te gustaría dar un paseo por el jardín, digo como tú tampoco disfrutas de este tipo de fiesta, un poco de aire fresco nos haría bien. — sugirió él, reprochándose nuevamente por lo estúpido que sonaba, ¡eso fue realmente inteligente Tom!... ¡idiota!...Como si una dama de su categoría aceptaría caminar a solas con él, se le olvidaba todas las reglas y protocolos que seguían las chicas de sociedad.

Patty pestañeo varias veces antes de responderle, miro hacia donde su abuela se encontraba y por un momento juro que ella le había guiñado un ojo, dándole permiso.

- Me encantaría... — fue su simple respuesta dejando que él la guiara. Tom tardo un poco en reaccionar ¡le había dicho que si!... tan pronto lo hizo, ofreció su brazo, había visto como Albert y Archie lo hacían todo el tiempo con sus hermanas, así que él repitió el gesto, esto de ser un caballero era nuevo... ¡Rayos!...

Al comienzo ninguno pronunciaba palabra, pero tan pronto entraron en el jardín, Patty comenzó a hacerle preguntas, preguntas acerca de él y de su vida en su hacienda, rompiendo así el hielo, sus anécdotas la hicieron sonreír, tenía tiempo que no lo hacía, no de esa manera, ellos caminaban disfrutando de la noche adentrándose en aquel amplio jardín, finalmente sintiéndose cómodos el uno con el otro, pero pronto los dos se detuvieron en seco, estupefactos al ver a lo lejos aquella pareja que compartía besos.

Tom de manera innata cubrió con sus manos los ojos de Patty... susurrándole... - Sera mejor que regresemos... — Ella solo asentó en acuerdo, sus mejillas encendidas más allá de lo que podía controlar, nunca se imagino ver a Archie y Annie en esa situación, la verdad ella nunca los había visto realmente como pareja, ellos lucían mas como amigos, pero nuevamente se había equivocado, al parecer su relación era una de pareja, ellos se amaban más de lo que ella pensaba...Con ese pensamiento, ellos regresaron a la fiesta.

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Archie sabía que debían de detenerse, él sabía que pronto los buscarían, pero no podía, se sentía débil, era la primera vez que ellos dos rompían con todos los esquemas impuestos por la sociedad, y eso en vez de detenerlo, solo aceleraba la adrenalina que corría por sus venas, por primera vez en largo tiempo se sentía vivo, era como si todo ese tiempo él hubiera solo hecho cada cosa de manera autónoma, desde que perdiera a su hermano todo había sido simple rutina, levantándose, estudiando, y sobrellevando el día a día...

No sabía cómo explicárselo, él no lo comprendía, solo sabía que ahora, ahí, en ese momento con ella, compartiendo diferentes tipos de besos, besos que variaban entre dulces, tiernos e intensos, reconociéndose por primera vez, explorando y saboreando todo lo que ella le permitía, él se sentía vivo, ella había despertado en su cuerpo sensaciones desconocida por él.

Archie lentamente y muy en contra de lo que deseaba rompió el beso, necesitaba respirar, necesitaba pensar, Annie no detenía ninguno de sus avances y a decir verdad eso lo complacía, ella confiaba en él y por eso tenía que detenerse, su mente nublada por el deseo que ella despertó en él, todo era nuevo.

- Annie... — susurro él su nombre tan pronto recupero un poco su respiración, sus frentes conectadas, sus narices apenas rozaban, sus ojos cerrados disfrutando de aquel sublime momento.

Annie aun no podía creer su osadía, no podía abrir sus ojos pensando que si lo hacía él desaparecería, no estaba segura si era realidad o solo uno de sus tantos sueños, él la había correspondido con tal pasión que por un momento pensó desfallecería, cada nervio en su cuerpo temblaba y ella estaba agradecida de ser sostenida, no tenía fuerza en sus piernas, escucho su dulce voz llamarla a pesar de que los latidos de su corazón retumbaban a través de su pecho ...Renuente a despertar de aquel maravilloso sueño abrió sus ojos.

Ella se sorprendió un poco al verlo, en sus ojos había amor, amor que por muchos años había anhelado y deseado, amor que parecía él nunca sentiría por ella, solo cuando lo escucho decirle «Te Amo»... ella se estremeció, no pudo evitar aferrarse a él mientras que algunas lagrimas comenzaban a rodar por sus mejillas, lagrimas que no eran de tristeza o dolor, lagrimas que eran al escuchar finalmente esas palabras tan ansiadas.

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Albert manejaba disfrutando del calor de la pequeña rubia que estaba a su lado, su intención original había sido pasar esa primera noche en chicago, precisamente en el apartamento de Magnolia, apartamento que había cambiado y renovado para ella, apartamento donde ellos compartieron tanto, un lugar familiar para que ella se sintiera cómoda con él, pero no pudo estar más equivocado, tan pronto detuvo el auto, los nervios de su joven esposa incrementaron, ellos eran palpables para él, ella se movía en el auto incomoda con sus manos inquietas sin siquiera darse cuenta, una sonrisa forzada en sus labios estaba formada intentando ocultar aquellos nervios que se estaban apoderando de ella.

¿Porque estaba así?... él solo podía deducir, quizás era miedo a lo desconocido, quizás era miedo a compartir su lecho, sea lo que fuera, eso no era lo que deseaba.

- Pequeña, ¿te encuentras bien?... — Pregunto tan pronto apago el motor del auto, no le gustaba verla así.

- Si... — fue su sencilla respuesta, Candy no podía controlar la creciente ansiedad y nervios que la habían invadido, no podía negarlo, sentía un poco de miedo.

- No tardare... — dijo él con una dulce sonrisa en sus labios, eran solo las siete y tenían suficiente tiempo, había cambiado de planes por el bien de ella, haría lo que fuera necesario para verla relajada. Subió al apartamento y se cambio rápidamente aquel Kilt por algo más cómodo, en su camino recogió todo lo que les habían dejado preparado.

- ¿A dónde vamos Albert?... — finalmente pregunto Candy tan pronto Albert regreso, colocando en el asiento de atrás las bolsas que había recogido del apartamento.

- Es una sorpresa... — contesto tocando sutilmente su rostro, Albert encendió nuevamente el auto y comenzó su camino hacia su nuevo destino, tendría que enviarle un telegrama a George para que luego recogieran el auto, Wisconsin Dells sería su primera parada, ahí su primera aventura comenzaría.

Solo a tres horas y media de chicago se encontraba la cabaña que les habían reservado, desde ahí tomarían el tren que los llevaría a su próximo destino, según Scott Ross y su socio, aquel lugar era un espectáculo natural, no podía negar que se sintió curioso cuando lo mencionaron, ellos podrían salir a explorar, acampar, pescar, y disfrutar de las múltiples colinas, arroyos y cascadas en los alrededores, tenia marcado todos los puntos que visitarían en un mapa que ellos le habían entregado, y con su vasta experiencia, estaba seguro que no tendrían problemas.

Jamás se imagino que esos dos compartirían su afinidad por la naturaleza, aunque él sabía que también era por los negocios que tenían en mente, como decirle que no a su gesto?, era su regalo de bodas según Scott. Kilbourn era uno de los ejecutivos de la línea de ferrocarril en ese estado y también un político importante, su padre prácticamente formo parte en la fundación de Milwaukee, en Wisconsin. Su visión era convertir aquel lugar en un sitio turístico, un lugar donde mantendrían y conservarían su belleza natural, y a él le pareció una excelente idea. Tampoco podía negar que pasar su luna de miel en compañía de la naturaleza seria perfecta.

Candy siempre le había dicho que deseaba acompañarlo en una de sus aventuras, bueno, esta sería una de las tantas que deseaba compartir con ella, después de pasar tantos años viajando solo ahora la tendría a ella a su lado, como debió de ser desde hace años atrás, el tenerla con él como su esposa era como un sueño lejano que nunca pensó podría ser realidad, durante sus años de soledad su sonrisa llena de dulzura e inocencia las mantuvo muy cerca de su corazón, por eso y por muchas razones más, él haría todo lo que estuviera a su alcance para que ella fuera feliz a su lado.

Los altos árboles de pinos y el estrecho camino de piedra que empezaron a recorrer le indicaron que estaban cerca, el espesor de la vegetación daban un contraste único con los destellos de la luna que era la única que iluminaba su camino. Candy se había quedado dormida acurrucada a su lado, sus dorados cabellos ahora estaban alborotados por la fresca brisa de la noche, el aroma que emanaba de aquel ambiente natural era tan relajante y tan agradable que no pudo evitar llenarse de el. A lo lejos pudo distinguir la cabaña que estaba escondida entre altísimos árboles de pinos y donde estarían solo por algunos días. Habían llegado, y ella, ella se había relajado.

Reduciendo la velocidad del auto Albert selecciono el mejor lugar donde estacionar, a pesar de que la cabaña estaba a oscuras, la claridad de la luna y el cielo estrellado lo ayudaban, se suponía que ellos no llegarían hasta el siguiente día, sin embargo él considero los cambios necesario. Tan pronto apago el motor, movió suavemente a Candy, ella estaba profundamente dormida y él no la quería despertar, el único ruido que se podía escuchar era el de los animales nocturnos.

Albert se bajo del auto buscando en sus bolsillos las llaves que le habían entregado, él abrió la puerta de la cabaña entrando y caminando con cuidado ya que no conocía donde se encontraba todo, busco donde le habían indicado que podía encontrar las lámparas de aceite para iluminar aquel lugar, la cabaña era amplia y perfecta para alojar una familia entera, demasiada grande pensó él, pero debió imaginárselo, de seguro Scott quería impresionarlo, realmente no lo conocían, una cabaña pequeña y sin muchos lujos seria perfecta para ellos dos, se alegraba de haber traído como parte de su equipaje todo lo necesario para acampar, tan pronto termino de iluminar la cabaña, regreso al auto.

Su pequeña aun seguía en los brazos de Morfeo. Caminando suavemente hacia la puerta del pasajero la abrió. Albert desabrochó su cinturón de seguridad y suavemente tiró de ella, cuidando de no despertarla. Poco a poco deslizó sus brazos por debajo de sus rodillas y su espalda levantándola de su asiento. Candy tenía la cabeza caída sobre su pecho, y sus brazos que habían estado cruzados sobre su regazo ahora se cruzaron sobre su vientre.

Con mucho cuidado hizo camino hacia la cabaña, ella realmente se veía cansada, suspiro profundamente inhalando su perfume, como amaba a esa mujer. Albert subió hasta llegar a la puerta de lo que sería la habitación de ellos dos, al tratar de ajustar su cuerpo para poder obtener la manija de la puerta, hizo que ella se moviera, ahora su cabeza estaba apoyada en la unión entre su cuello y su hombro, sintiendo su aliento en su cuello, su nariz rozando suavemente, sus ojos temblorosos bajo sus párpados pero sin abrirlos, ella inhalaba y exhalaba profundamente sin despertarse.

Albert continuó girando la manilla de la habitación hasta abrirla con la espalda, solo le tomo varios pasos antes de llegar a la cama, él la coloco delicadamente apreciando lo hermosa que era, inclinándose un poco sobre ella con sus dedos suavemente removió algunos de sus rizados cabellos, ellos cubrían su rostro, un rostro que nunca se cansaría de admirar, no se podía sentir más feliz, ella ya no era más un sueño imposible de alcanzar, ella era su esposa, él se había ganado su corazón; él la había conquistado, ella era suya y nunca nadie la separaría de su ser.

Albert removió sus zapatillas antes de cubrirla. Respirando resignando bajo en busca de las maletas, después de todo, ellos tendrían el resto de sus vidas para compartir cada momento especial.

=o=o=o=

Candy se sentía cómoda y confortable, como si estuviera descansando en una suave cama, abrió sus ojos lentamente mirando aun borroso a su alrededor, le tomo unos segundos darse cuenta que no estaba en el auto, se sentó abruptamente al realizarlo... pero... ¿cómo? ¿Cuándo? ¡oh no!...se había quedado dormida...

Cuidadosamente se levanto de la cama notando que no portaba mas sus zapatillas, sus pies sintieron la suave y gruesa alfombra que se encontraba al pie de la cama, solo una lámpara de aceite iluminaba la habitación, sus ojos se encontraron con aquella amplia cama donde había estado durmiendo, una cama de cuatro postes decorada con tela de dosel acomodada a lo largo de los postes superiores, la habitación era hermosa y acogedora, todo estaba nítidamente ordenado, sus maletas colocadas frente a un closet de madera que adornaba la habitación...Pero... ¿dónde estaba Albert? ¿Donde estaban ellos? ¿Qué hora era?...tantas preguntas sin respuesta.

Candy abrió la puerta de la habitación en su busca, el calor de una chimenea emanaba desde el piso de abajo, el reloj que estaba en la pared indicaba que era casi media noche, todo en aquel lugar parecía haber sido tallado y construido en madera, con delicados pasos comenzó a bajar, ella se detuvo al verlo, Albert se encontraba con la mirada perdida en el fuego que iluminaba la chimenea, sus piernas estiradas y sin zapatos a lo largo de aquel confortable mueble, en sus manos una copa sostenía, se encontraba cómodo; relajado, sus rubios cabellos resplandecían con él fuego de la chimenea, sus suaves facciones lo hacían lucir aun más atractivo, ella suspiro sentándose en silencio en los últimos peldaños, sin hacer ruido, sin interrumpir sus pensamientos, admirándolo un poco más, sus labios se curvaron en una dulce sonrisa recordando que aun era su cumpleaños, y preguntándose ¿porque había estado tan nerviosa?... ¿porque había sentido en su interior miedo?.

Ni ella misma se entendía, no pudo evitar que los nervios la invadieran, no pudo evitar temblar al imaginarse finalmente en sus brazos, pero ahora, ahí, mirándolo en silencio, ella sabía que no tenía por qué temer, ella lo amaba y él a ella, si había alguien en quien podía confiar y entregarse plenamente dejando que la guiara, era él, solo él, su príncipe de la colina, su amor incondicional, él único hombre que siempre estuvo cuando lo necesito. Decidida se levanto acercándose hacia donde él estaba, esta vez Albert noto su presencia, acomodándose y dejando que ella se sentara a su lado, se había despertado.

Candy al sentarse busco el calor de su cuerpo...-¿Por qué no me despertaste?... — reprocho sutilmente.

- Te veías cansada... — respondió él sonriendo ante su sutil reproche, colocando la copa a un lado para poder corresponder a su abrazo, ellos habían llegado solo hace media hora y él no pensó que se despertaría tan pronto, al ver que ella descansaba tranquilamente y después de encender la chimenea, se encontró con mas provisiones en la cocina, una botella de coñac para su mayor sorpresa había, todo había sido organizado para recibirlos.

- No tanto, ¿dónde estamos?...— pregunto ella mirando con cuidado a su alrededor, las ventanas levemente abiertas, los muebles y la decoración todos eran de madera.

- Estamos en Wisconsin Dells, en una cabaña ubicada lejos de la ciudad principal, espero que estés lista para nuestra primera aventura juntos, porque tenemos muchos lugares que explorar... — respondió Albert emocionado, acariciando y dándole un suave beso en sus cabellos.

- ¿De veras?... — Sus ojos se iluminaron sintiéndose emocionada también, ella estaría esta vez con él, tantas veces lo había deseado y soñado.

-Sí, podremos acampar bajo las estrellas y disfrutar de todo lo que nos rodea. — aseguró él. Candy al escucharlo espontáneamente con sus dedos acaricio su rostro, un rostro que adoraba y amaba...- Feliz Cumpleaños mi príncipe... — dijo dándole un sutil beso...susurrando sobre sus labios... - Sabes que Te Amo?.

- Ummm, no lo se... — Candy abrió sus ojos de par en par ante su duda, pero sabiendo en el fondo que él estaba jugando con ella, aquella presunción masculina ya la había visto antes, sabía exactamente lo que él deseaba escuchar.

- Así es señor Andrew, aunque usted no lo crea, yo lo amo... — aseguro ella con vehemencia.

- Y yo a ti pequeña... — susurro Albert con sus ojos azul cielo en ella, una mirada tan intensa que despertaban un deseo desconocido por ella. Albert la levanto delicadamente sentándola en sus piernas, envolviéndola entre sus brazos, ella era tan pequeña y ligera que no le costó nada hacerlo, sus esmeraldas lo miraban con amor, amor que reflejaba el suyo, él ahora podía sentirla relajada, él ahora podía amarla, aquellos labios carnosos lo llamaban, encendiendo el fuego que había estado conteniendo, su perfume a rosas y lilas eran un afrodisiaco natural que hacían difícil su tarea de aplacar sus deseos de poseerla... la amaba... la deseaba.

Sosteniéndola posesivamente de su cintura Albert aparto algunos de sus rizados cabellos, dedicándose a recorrer perezosamente, suavemente, la piel descubierta de su cuello, trazando aquellas líneas tan perfectas con las yemas de sus dedos, ella era tan suave al tacto que él se sentía ansioso por explorar su hermoso cuerpo, un cuerpo tan fino como voluptuoso que deseaba recorrer y marcar como suyo, reemplazo sus dedos por sus labios, logrando estremecerla, sintiendo como ella hundía sus dedos en sus rubios cabellos, mientras continuaba recorriendo la parte sensible de su cuello, hasta morder levemente el lóbulo de su oreja.

- Albert... — escucho como ella llamo su nombre envuelto en un suspiro, sin embargo él continuo atrapando sus labios, sin dejarla decir otra palabra, rozándolos, acariciándolos con su lengua, saboreando aquella miel que provenían de ellos, profundizando y envolviéndola lentamente en su pasión. Una pasión que crecía con cada minuto que pasaba, su cuerpo no pudo evitar reaccionar cuando sintió como sus pequeñas y tímidas manos se deslizaban por su camisa, tocando su piel, explorando su pecho por primera vez, mientras se perdían en un intenso beso, ella no sabía lo que le estaba haciendo, sus hormonas ahora estaban alborotadas, sus inquietas manos comenzaron a recorrerla, deslizándose por debajo de aquel vestido, acariciando sus suaves piernas, con dulzura, con pasión, sintiendo como ella temblaba entre sus brazos, escuchando como sus suspiros se escapaban por sus labios. Él abandono su boca comenzando a dejar besos mojados por su cuello, por sus hombros, hasta llegar hasta aquel bendito escote que le impedía continuar.

- ¿Confías en mi princesa?... — pregunto con su voz ronca, cegado por el deseo de tenerla.

- Si... — Apenas respondió Candy, ella se había olvidado de todo, su mente en blanco, Albert era lo que más amaba y ahora él despertaba un deseo en ella imposible de describir con palabras, un deseo que incrementaba con sus intensos besos, con sus caricias que la hacían estremecer, él expertamente comenzó a abrir su vestido, y ella estaba segura que la temperatura de su cuerpo había aumentado algunos grados, nunca se imagino estar así con él, en algún lugar en el fondo de su mente, había un hilo de voz que trataba de convencerla de que debía de sentir vergüenza, pero ella la ignoró, ella se sentía incapaz de pensar o pronunciar palabra, aunque al parecer era capaz de emitir algunos extraños sonidos. Un largo y profundo gemido rasgó su camino hacia arriba y hacia fuera desde el fondo de su garganta al sentir sus expertas y fuertes manos rodear uno de sus pechos, acariciándolos dulcemente, pero deteniéndose en una pausa casi insoportable para ella, hasta que finalmente se envolvieron firmemente alrededor de sus moldes, sus sensibles capullos rosados se endurecieron aún más bajo su tacto. Despertando un mundo de sensaciones nunca antes experimentada por ella.

- Te deseo tanto... — lo escucho susurrar como una caricia en su nuca, pero se sentía incapaz de responderle en esos momentos, sus manos intensificaban sus caricias privándola no solo temporalmente de su voz, pero logrando que fuera incapaz de procesar ningún pensamiento coherente.

Albert al escuchar sus leves suspiros no lo resistió mas, tan pronto ella lo dejo él no resistió la tentación de sentir en sus manos la redondez de sus pechos, un delicioso gemido se coló por sus oídos como recompensa, y ahora quería más, mucho más, como pudo se levanto con ella en brazos, haciendo camino hacia su habitación, ella era lo más preciado y valioso que existía en su vida, necesitaba sentir su calor, necesitaba perderse en ella, necesitaba hacerla su mujer por completa. Candy abrió sus ojos perdiéndose en los de él, su deseo latente, sus miedos olvidados y enterrados. Ella se dejaría guiar, ella se dejaría amar, ella dejaría que él la enseñara, porque ella, ella lo amaba.

Al entrar en la habitación Albert la coloco delicadamente en el suelo, sin dejar de mirar sus esmeraldas, él sutilmente comenzó a recorrer con sus dedos lo largo de su columna vertebral, deshaciéndose lentamente y por completo de su vestido, distrayéndola con besos y leves caricias mientras removía el resto de aquellas innecesarias prendas, dejándola expuesta, hermosa, desnuda delante de él, cada parte de ella había sido magistralmente moldeada, no podía ocultar su excitación, las pulsaciones enviadas a aquella parte de su anatomía por poco hicieron que se olvidara de que tenía que ser paciente y delicado por ser su primera vez.

Albert tomo su boca nuevamente, él podía escuchar los latidos descontrolados de su corazón, ¿cuánto tiempo había esperado por este momento?, ¿Por cuánto tiempo lo había soñado? ahora no importaba, ella finalmente seria suya, y al parecer ahora ella estaba tan impaciente como él mismo, sus manos aunque inexpertas lo ayudaron a salir de su camisa, de sus pantalones, la ropa ahora yacía en el piso, trato de moverse pero ella lo detuvo, sus pequeñas manos lo recorrerían, una corriente eléctrica sintió cuando sus labios rozaron la marca dejado por el león, esta vez fue él quien se estremeció con ese simple gesto, no podía esperar, él tomo de sus manos y la detuvo, levantándola del suelo, sus piernas lo envolvieron alrededor de sus caderas, fue algo tan innato que ni la misma Candy entendió, en cuestión de segundos él la coloco suavemente sobre la cama.

Candy sentía que cada beso, cada suave caricia la encendían como cerilla, su vergüenza olvidada, el miedo que sintió temprano desvanecido, el fuego que provenía del cuerpo de Albert era suficiente para envolverlos y quemarlos a los dos. Él estaba haciendo que su sangre hirviera, con su boca, mordiendo, lamiendo, y succionando cada parte de su piel, con sus besos y sus caricias que eran tan intimas como intensas, todo la estaba llevando a un punto de ebullición, ahora ella se sentía impaciente por algo que aun desconocía, algo que su cuerpo comenzaba a pedirle y que ella no comprendía, aquella humedad entre sus piernas la estaba atormentando y ella se preguntaba si era una reacción natural.

Sus manos tampoco se quedaron atrás, el sentir su piel contra la suya despertaba sentimientos y sensaciones que la recorrían y la estremecían, sus dedos ganaron una increíble sensibilidad al delinearlo, ella estaba creando un bosquejo mental de su cuerpo, aquel cuerpo masculino que ahora le pertenecía. Ella podía sentir cómo él reaccionaba a su contacto; como él reaccionaba cuando sus uñas lo arañaban sutilmente en su espalda, en sus hombros, como él respiraba con dificultad cuando ella bajaba lentamente sin atreverse a mas, sus ojos llenos de fuego por un momento se cruzaron con los de ella, el amor que en ellos había la dejaron por un momento sin respiración.

Albert tomo nuevamente su boca cubriendo su cuerpo, sus gemidos era algo que ella no podía controlar, era imposible de hacerlo, no cuando sentía su boca tibia en sus pechos, no cuando sentía sus manos acariciar y deslizarse por su cuerpo, la delicadeza y la dedicación con que lo hacía lograba que la neblina en su mente se olvidara de todo a su alrededor, inclusive se había olvidado hasta de cómo respirar.

Albert sentía que moriría en esos momentos, sus pequeñas manos lo ayudaban a deshacerse finalmente de sus bóxers mientras él la admiraba, su cuerpo enrojecido por la pasión que sentían, lanzo aquellos molestos bóxers en algún punto de la habitación antes de comenzar a besar nuevamente su cuello, deslizando su mano por su torso, dejando que sus dedos se deslizaran suavemente entre sus pétalos, encendiéndola aun mas, estimulando su perla rosada, logrando que se perdiera en una nube que la hizo flotar, estremeciéndose mientras sus manos se aferraban a él, perdida, llamándolo, necesitándolo.

Él escuchaba retumbar los latidos de su propio corazón al ver como ella se abría, gemía y se entregaba a él, encendiendo aun más la fiebre que ardía y que lo consumía. A él nada le importaba en esos momentos, excepto ella, ella siempre había sido su eje principal, por ella su mundo cambio, desde aquel momento en que se vieron por primera vez en aquella colina ella lo había marcado, ella se había apoderado de su corazón sin siquiera intentarlo, y por ella, él daría su vida completa. No podía esperar más, sabía que ella estaba lista para recibirlo, besándola fervientemente una vez más se posiciono entre sus piernas, comenzó a entrar en ella tan lento que dolía, atravesando en un suave pero certero movimiento su barrera, él no pudo evitar gemir de placer al sentir aquel sedoso y cálido contacto que lo unía por primera vez a ella, era maravilloso sentirla, sentía que perdería la cabeza, pero no se movió, él había escuchado su grito de dolor, dolor que era suyo, dolor que no quiso causarle, pero que fue inevitable, con dulces y tiernos besos Albert limpio las lagrimas que cubrían su bello rostro, esperando que ella se calmara, esperando a que se acostumbrara a su presencia, tan pronto ella lo invito con sus caderas a seguir, él comenzó sus movimientos.

Candy sentía como aquel éxtasis lentamente pero implacablemente tomaba nuevamente posesión de su cuerpo, después de aquel inmenso dolor que desapareció siendo reemplazado por algo impresionante, algo aun más fuerte, algo que nunca se imagino posible, su ser fue reducido a una masa de nervios, nervios que eran impulsados por puro placer, su mundo giraba maravillosamente gracias a él.

Él quien le entregaba su amor en cada beso, él quien le entregaba su amor en cada delicada, sutil y apasionada caricia. Todo lo que le estaba enseñando en ese baile privado de ellos dos la tenían simplemente perdida entre sus brazos, sus embestidas que al principio fueron dulces y lentas, ahora eran más rápidas, más profundas, mas constantes, Albert la estaba llevando a un punto donde aquel fuego amenazaba con consumirla.

Y consumida termino, ella grito su nombre y un te amo mientras se arqueaba contra él, estremeciéndose fuertemente cuando un éxtasis cegador la invadió, sus ojos apenas abiertos llenándose de su hermoso rostro y de sus ojos que la miraban con amor, el más intenso clímax ella había experimentado dejándola sin aliento, agotada, y satisfecha. Su primera vez con Albert seria una experiencia que ella nunca olvidaría.

El ver y escuchar a su joven esposa topar el cielo entre sus brazos, fue algo que estremeció su ser, para él, el mundo simplemente se redujo a su alrededor, un mundo que era compuesto solo por ellos dos, un mundo donde solo el sonido de sus corazones latiendo en unisonó existía, con sus respiraciones irregulares, con sus profundos gemidos expresando el placer que los invadía, para él no existía nadie más, se había vuelto ciego y sordo para el resto, él en ese momento entendió todo lo que se podía sentir cuando la entrega era hecha solo con el ser amado, solo con aquella persona que amas y a la que le perteneces se puede lograr sentir de esa manera.

Después de tantos años amándola en silencio, después de esperar meses para tenerla a su lado, el éxtasis que lo invadió fue contundente, el clímax lo azotó casi dolorosamente, flotando en una ola de felicidad, sus ojos cerrados, sus oídos escuchando sus propios latidos, se sentía incapaz de sentir nada mas, excepto el fuego que corría por sus venas, nunca se había sentido peor, nunca se había sentido mejor, simplemente se sentía completo. Albert se dejo caer sobre su esposa agotado y gastado, abrazándola, sintiendo su calor y su perfume que era lo único que deseaba en esos momentos.

- Albert... — escucho llamarlo débilmente.

Candy acariciaba sus rubios cabellos que ahora estaban empapados, amando la sensación de estar unida a él, sus cuerpos jadeantes pero satisfechos permanecían unidos.

-¿Cómo te sientes princesa?... ¿Estás bien?...— pregunto él después de un rato de silencio, no se quería mover, pero estaba seguro que su peso la molestaba.

- Si. Feliz, y tú?.

-También.. Te amo Candy... — dijo Albert moviéndose, atrayéndola con sus brazos, envolviéndola a su lado, estaba totalmente relajado, quería estar así con ella por siempre. Candy sonrió, no podía evitar sentirse ligera y en aquella nube de la cual no se quería bajar, se sentía feliz, se sentía plena, nunca se imagino que se pudiera amar de tal manera, su cuerpo se relajó tanto que sin quererlo empezó a cerrar sus ojos.

Albert la llamo varias veces, pero supuso que ella se había quedado dormida, él apenas pudo alcanzar las sabanas para cubrirlos, Albert cerró sus ojos sintiéndose feliz, todo lo que era realmente importante para él en ese momento era la completa satisfacción de estar exactamente donde estaba, con ella, a su lado, porque su aventura juntos como recién casados, apenas había comenzado.

Continuara...

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