Capítulo VII:

Al igual de rápido que ocurrió la cosecha, igual de rápido nos llevaron al edificio de Justicia, donde nos colocaron en habitaciones separadas.

Era imposible que esto estuviera sucediendo. Aún, no salía de mi asombro, y sólo supe que era real, cuando las puertas se abrieron, y tía Ginny, ingresó llorando junto a Lily y Hugo.

-¡Rose!-gritó Lily, corriendo a abrazarme.

-¡Dios santo, Rose!-gritó tía Ginny, hecha un mar de lágrimas.- ¿Qué has hecho, Rosie?

-Por favor no lloren o me van hacer llorar…-dije apretando los labios.

-Tú vas a lograrlo, Rose…-argumentó Hugo, con la mirada vidriosa.-Sé que lo harás…

Asentí, tragando espeso.

-Yo les prometo que voy a hacer todo lo posible…. -contesté entrecortada, pero no me permitiría llorar.

Lily seguía pegada a mí, sin dejar de botar lágrimas.

-Cuando tu madre te dejó a mi cuidado, yo le prometí que siempre serías como una hija para mí, y así ha sido siempre…-comenzó a decir la tía Ginny.-Pero también, me entregó esto…

Dejó un prendedor en mis manos.

-Es un sinsajo…-dije al reconocer la figura del ave.

-Solían usarlo como símbolo de resistencia…-me dijo apresurada y temblorosa.-Ahora, debes tenerlo tú, de un modo u otro, será tu madre la que te cuidará en los juegos… Dios mío, Rose…-dijo llevándose una mano a la boca.-No podré soportarlo…

No pudo evitar volver a llorar, y abrazarme con más fuerza. Entendía lo que debía sentir, me amaba como a una hija más.

-Rose, te voy a extrañar…-susurró Lily totalmente inconsolable.-No… no quiero que te pase nada…

-Todos van a estar bien…-le dije para calmarla.

-No quiero que te vayas…-dijo.-Rose… Debiste dejarme ir…

Planeaba decir algo más. Pero, un agente de la paz, entró y nos interrumpió.

-Acabó el tiempo.-informó con firmeza.

Abracé a cada uno de ellos, despidiéndome, por última vez.

-Prométeme que vas a ganar-soltó Lily desesperada.-Prométemelo, Rose.

-Lo prometo…-musité.

Asentí en silencio mientras se los llevaban, y sentía que mi corazón se partía en pedazos.

-Lo intentaré, lo prometo…-volví a decir.

Pero ya se habían ido, y de nuevo estaba sola.

¿Acaso esa había sido la última vez que los iba a ver?

La puerta volvió a abrirse.

-¡Maldición, Rose!-gritó Albus estirando sus brazos para abrazarme.

-¡Rosie!-gimoteó la abuela secándose las lágrimas.

-¿Por qué nosotros? ¿Por qué de todo el maldito distrito tenía que salir el nombre de Lily?-se preguntaba mi primo, quien estaba igual de desesperado que los abuelos.

Albus se hizo a un lado, y la abuela comenzó a abrazarme mientras lloraba.

-Todo saldrá bien… Ya lo verás… Tú eres ágil…-me dijo con esfuerzo.-Lo eres…. Tus padres estarían tan orgullosos de ti, como nosotros lo estamos en este mismo momento… Eres valiente, como ellos.

-Prométeme que harás todo lo posible por sobrevivir… Nunca te des por vencida, prométemelo, Rose.-me ordenó Albus.

Asentí por milésima vez y me abrazó.

-No olvides quien eres… -finalizó el abuelo Arthur, totalmente destrozado.

-Nunca.-contesté con firmeza, pues era bien sabido que en el Capitolio te lavaban la cabeza con nuevos ideales mortífagos y te contagiaban la arrogancia.

-Tiempo…-dijo el mismo agente de la paz.

Las posibilidades de que saliera viva de esos juegos, eran remotas, pues a pesar de saber usar un arma, existían los tributos profesionales, entrenados desde que empezaron los primeros juegos, adiestrados para matar a sangre fría.

Ni bien salieron mis abuelos, entró James desesperado.

Primero, me miró fijamente, y luego, me abrazó con fuerza.

-¿Ahora qué voy hacer?-le pregunté con la voz débil.

Con él, si podía quebrarme y demostrar como sentía realmente.

-Eres hábil con el arco, usarás uno…-me indicó aún abrazado a mí.

-¿Y si no los hay?-inquirí.

-Construirás uno…-contestó con rapidez.-Yo te enseñé.

Hubo unos segundos de silencio mientras procesaba todo lo indicado, pero de inmediato, recordé la realidad.

-Somos veinticuatro, James, y sólo uno sale vivo…-repliqué.

-Deberás usar todo lo que este a tu alcance… No intentes hacerte la valiente, Rose… Sólo intenta sobrevivir… No pongas tu vida en riesgo por otros…-sentenció conociendo mi carácter rebelde.

Eso era cierto, pensé. ¿Pero acaso podría disparar a alguien que nunca me había hecho daño por el simple hecho de sobrevivir? ¿Podría hacerlo?

-Sé que ya te lo dijeron, pero tengo confianza en que regresarás a casa… Sé que lo harás…-dijo reprimiendo las lágrimas.- Lo que hiciste por Lily, es algo que jamás olvidaré…

-Estaba en mi obligación, James. Sabes que Lily es como una hermana menor, sé que tú hubieras hecho lo mismo por Hugo… Además, ella sería un blanco fácil para los demás tributos…

-Debí ofrecerme voluntario…-dijo de pronto, mirando el vacío.-Al menos, así te hubiese protegido de…

-¿Qué? No… James, eso sólo hubiese empeorado las cosas... Nuestra familia, simplemente, no lo hubiese soportado…-dije intentándole quitar esa tonta idea de la cabeza, pero su mirada se tornó angustiosa.

-¿Por qué tenía que salir el nombre de Lily? ¿Por qué?-comenzó a decir.

-James…-le corté con firmeza.- Las cosas ocurren por algo, y el destino prefirió que sea yo…

Volví a abrazarlo.

-… Hemos pasado por tanto, que esto ya es demasiado… Pero tú lo intentarás… ¿Prométemelo, Rose?-decía con esperanza.

-Sí….-comencé a decir mientras una lágrima rodaba por mi mejilla.-James, no dejes de ir al bosque… necesitarán alimento extra…-indiqué angustiada, dándole las últimas indicaciones.-Intenta que Hugo y Lily no vean los juegos… no soportaría que se les quedara grabado si yo…

-No lo digas…-me interrumpió.- Ni siquiera se te ocurra pensarlo…

Me volvió a mirar, pero esta vez de manera diferente.

Se acercó a mi rostro, me miró con bastante detenimiento, y cuando creí que me besaría otra vez, me dio un cálido beso en la frente.

-Tiempo.-dijeron en la puerta, y agradecí por que no fuera Nott.

Con rapidez nos abrazamos.

No quería soltarme de él, pero fue necesario.

James, trató de decir algo más, pero los agentes de la paz, se lo impidieron, dejándome completamente destrozada.

Era el momento en el que más lo necesitaba, y tal vez, esa sería la última vez que lo vería.


La salida del edificio de Justicia fue un alboroto total. Flashes, cámaras y gente por todos lados, gritando ¡Distrito doce!, al unísono.

Nos subieron a un pequeño carro, donde Effie se colocó en medio de nosotros. Toda la gente gritaba y nos daba su apoyo.

Justo cuando creí que sería imposible, Louis, Fred, Lucy y mis demás primos, aparecieron delante de la multitud y gritaron cosas que apenas pude escuchar, pero entendí que se trataría de un "Te amamos" o "Tú puedes, Rose". Mientras que Victorie y Dominique, lloraban inconsolablemente al lado de mis demás tías.

Sonreí y alcé mi brazo para despedirme. No quería que me vieran llorar, ni mucho menos, verme aterrada. Estaría tranquila por ellos, aunque por dentro estuviera todo lo contrario.

El motor se encendió y el carro avanzó con fuerza.

Atrás se quedaba mi familia, atrás se quedaban mis recuerdos de toda una vida en el distrito doce.

¿Con que aquí se termina todo?, pensé mirando a mi familia.

Sin embargo, había algo que me impedía creer que moriría pronto, por el contrario, sentía que esto, sólo era una de las muchas pruebas que me había puesto el destino.

El recorrido fue rápido, y la llegada a la estación de trenes, fue igual de estresante que la salida del edificio de Justicia.

Otras cámaras, instaladas en la estación ferroviaria, nos filmaban y la gente de ahí, nos gritaba las mismas cosas que la otra multitud.

Los agentes de la paz, los alejaron de nosotros, permitiéndonos subir junto a Effie al modernizado tren.

Una vez adentro, me quedé maravillada por lo que veía.

Había lujo por todas partes, al igual que abundante comida.

Miré por la ventana, y ahí seguía el gentío, alzando los brazos y gritando como si fuéramos celebridades.

Y estaban en lo cierto, la gente de los distritos podía ser muy despreciada por el Capitolio, pero en cuanto se hablaba de tributos, estos eran respetados y tratados como verdaderos famosos. No importaba tu sangre, status o raza. Eras un tributo, todo el mundo quería estar a tu lado.

El tren comenzó a avanzar con la rapidez de un rayo, dejando atrás a la muchedumbre y dando paso al bosque y las montañas que le acompañaban de fondo.

Mientras tanto, Effie nos ordenó tomar asiento y pidió que esperáramos.

Miré a Scorpius, quien tenía un aire sereno y tranquilo, similar al mío, aunque yo lucía mucho peor.

A lo mejor, estaba tan aterrado como yo, o seguía en shock.

Y pensar que hace un par de horas, le había dicho que estaría presente para la fiesta después de la cosecha, y en vez de eso, ambos estábamos en un tren, rumbo al Capitolio.

-Rose…-dijo de inmediato, rompiendo el silencio, y girándose para verme.- ¿Estás bien?...

¿Acaso me preguntaba si estaba bien?, me pregunté.

Nadie podía estarlo, en esta situación.

-Llevas mirándome fijamente hace un buen rato…-comentó sin mucho ánimo.

-Estaba pensando en lo desafortunados que somos…-planteé dirigiendo mi vista hacía la ventana.

-Con esto, sólo llegamos a una conclusión…-me dijo sentándose a mi costado.-Cualquiera puede salir cosechado… No interesa quien seas, o cuantas papeletas tengas…-decía.- Tu prima tenía solo cuatro papeletas, y yo, las que me correspondían… Hay personas que tienen muchas más, y jamás saldrán cosechados…

Planeaba decirle algo, pero la voz pastosa de nuestro mentor, me interrumpió.

-Felicidades…-dijo con sarcasmo, mientras jalaba una silla, y se sentaba frente a nosotros.

Haymitch, él único mentor que pudieron ponerle al distrito doce. Él, era la persona más ebria, que alguna vez pudiera conocer.

Las únicas veces que lo había visto, ya sea por televisión, o caminando por las calles del distrito, siempre tenía una botella de licor en las manos como en este preciso momento.

-Se supone que nos tienes que dar consejos...-se atrevió a decirle Scorpius algo impaciente por su comportamiento irresponsable.

-Sólo un consejo…-indagó Haytmich, sirviéndose otro vaso con licor.- Sobrevive.-arrastró las palabras de manera lenta, mientras se iba lejos de nuestra vista.

Genial, pensé con sarcasmo, Esto era lo que me faltaba.

Hubo unos segundos de silencio, y noté que Scorpius se paró con rapidez.

-Iré a hablar con él.-me indicó.

No vayas, quise decirle, pero ya se había adelantado.

El rubio, pasó por el costado de Effie Trinkett, quien le miró alzando una ceja.

-El almuerzo se servirá enseguida.-me dijo la mujer sentándose en el lugar que había ocupado Haymitch.

De manera táctil, marcó algo en la repisa, y la mesa se abrió, dando paso un suculento estofado y otros platillos.

No lo dudé, y cogí un cubierto.

-Al menos, tienes modales…-sentenció Effie sirviéndose un poco de ensalada.-Los tributos pasados parecían unos salvajes…

Durante una hora entera, la promotora me habló sobre toda su vida en el Capitolio y de cómo había exigido que la promovieran a un mejor distrito, me presumió sobre el atuendo que llevaba puesto y su peinado.

Luego de que siguiera hablando de su fastuosa vida en el Capitolio, me retiré a la habitación que me habían asignado.

Me sentía algo inquieta por saber que estaría pasando entre Scorpius y Haymitch, quienes no se aparecieron para almorzar con nosotras.

Dejé de pensar en eso, y observé mi habitación, era sencilla y práctica. En medio de la pared, tenía un enorme televisor.

Cogí el control remoto y apunté a la pantalla.

De inmediato, aparecieron los que siempre se encargaban de narrar los juegos todos los años, Blaise Zabinni y Caesar Flinckerman.

-"En unos minutos, repetiremos las cosechas de todos los distritos"-indicó Zabinni.

-"Cambiando de tema, recordemos que el año pasado los juegos se realizaron en un desierto ardiente"…-soltó Caesar.

-"Cómo olvidarlo, si fue impresionante…"-decía el otro mortífago, mostrando brutales escenas de los juegos pasados.

Diablos, pensé apagando el televisor.

¿Dónde diantres serían los juegos este año? ¿En un páramo helado? ¿En una selva? ¿Acaso en las ruinas de Londres?

Moví la cabeza de un lado a otro, me estaba torturando, sin siquiera haber llegado al Capitolio.

Decidí echarme en la cómoda cama, cerré los ojos, procesando todo lo que me había ocurrido hasta hora. Y así me quedé hasta la noche, pensando y pensando, optando por no salir a cenar o siquiera a conversar. Refugiándome en mi habitación, y llorando por mi familia.