Adiós

El sábado amaneció fresco y despejado. A pesar del intenso sol mañanero, que prometía brillar con intensidad por el resto del día, una suave brisa jugueteaba en los jardines de Hogwarts, haciendo que el calor se disipara del aire. Los alumnos, perezosos, aplazaban la hora de pararse de la cama, pues habían quedado agotados tras unos exámenes inusualmente arduos. Sin embargo, Hermione, siempre eficiente, se levantó con el sol. Después de todo, sabía que ese día no sería de descanso para ella. Todo lo contrario.

Ya había organizado discretamente las cosas que pensaba llevar consigo: su varita mágica, por supuesto, libros, algo de ropa, objetos de higiene personal… Se había ruborizado al pensar que por primera vez estaría completamente sola con Draco, y las implicaciones que ello conllevaba. Pero decidió que no importaba. Era la única oportunidad que tenían para estar juntos por siempre, sin ninguna clase de impedimentos, y ella no iba a desperdiciarla por ridículas convenciones sociales y por miedo al qué dirán.

Tras ordenar sus cosas, pasó a la parte más difícil: sus amigos. Y es que no había encontrado todavía la manera de decirles lo que planeaba hacer sin que intentaran disuadirla o, aun peor, sin que la delataran con algún profesor, especialmente con Dumbledore. Lo más grave del asunto era que ahora Harry sabía que Draco iba a huir, por lo que si ella desaparecía, él no tardaría un segundo en atar cabos y descubrir, si no dónde estaba, sí con quién. Hermione se empezaba a preguntar si no hubiera sido más sencillo hacer lo mismo que Draco y fingir enfermarse. Sin embargo, sabía que no hubiera podido. Sus amigos merecían más que una huida cobarde y sin ninguna explicación; por eso mismo había rechazado la sugerencia de su novio desde un principio.

Hermione suspiró. No le quedaba más remedio que apostar por la segunda opción que menos le gustaba: una carta. Sabía que, en cualquier caso, era mejor que irse sin decir ni una sola palabra, pero no por ello le parecía menos vergonzoso y ruin. "Pero no hay alternativa", pensó. "Es eso o nada".

Así que, tras pensarlo unos minutos más, tomó un trozo de pergamino y comenzó a escribir.

Mis queridos amigos:

La castaña tardó menos de cinco segundos en destruir el papel. No era el modo de empezar, ¡por Merlín, estaba huyendo, caray! Se tomó otros minutos más para meditarlo con más calma, buscando la manera correcta de comenzar lo que parecía que sería la carta más difícil que escribiera jamás.

Amigos míos:

Por favor perdonen…

Pero el segundo pergamino también fue rechazado en este punto. "¿Amigos míos? ¿Acaso les estás escribiendo un poema? ¡Por favor, Hermione!". Comenzó a impacientarse. Las ideas se agolpaban en su cerebro, pugnando por salir, pero ella ni siquiera podía comenzar. Fue entonces que se dio cuenta. No era el modo correcto de empezar porque ni siquiera se estaba dirigiendo a la persona correcta. Dudó unos momentos más. ¿Estaría bien que se enfocara solamente en él? Pero no necesitó respuesta. Sabía que debía ser así, porque era la única persona a la que, indiscutiblemente, le debería una explicación, y quien definitivamente la esperaría con más ansias.

Querido Harry:

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Recién había amanecido, y sin embargo, Draco ya llevaba un largo tiempo de pie. Se paseaba por la amplia estancia con impaciencia, bufando y mirando el reloj. "Ya debería estar aquí", pensó con desesperación. Estaba acostumbrado a permanecer prolongados espacios de tiempo en una misma habitación, siempre y cuando tuviera algo que hacer; sin embargo, pese a tener una biblioteca inmensa para pasar el rato e incluso un piano, instrumento que le apasionaba aunque rara vez lo practicaba, estaba ansioso por salir de ahí. Concluyó que se debía al hecho de que no estaba encerrado por gusto, sino por necesidad, y la necesidad era algo que él odiaba sobremanera. Había vivido en completa subordinación por toda su vida, y aunque sabía que faltaban escasas horas para acabar con eso para siempre, no podía esperar al momento de asumir su independencia. Sería solamente él, haciendo lo que deseara hacer, y al lado de la persona a la que más amaba en la vida.

Hermione… Por un momento, su recuerdo lo invadió e hizo que dejara de caminar por el lugar como león enjaulado. Todavía no podía creer que ella realmente fuera a irse con él. Cuando se lo había sugerido, había pensado en un principio que se trataba de una broma cruel, o incluso de alguna treta para lograr que se quedara en Hogwarts. Y entonces se había percatado de que ella hablaba en serio, y pensó que su corazón estallaría de felicidad. Huirían juntos, y entonces vivirían la vida que el destino les había negado, escribirían una nueva historia, difícil y peligrosa, incluso podía ser que corta… pero juntos. Siempre juntos. El rubio sonrió ante esa feliz idea. Podrían hacer lo que se les antojara hacer, ir a donde desearan ir, ser todo lo que quisieran ser… "Claro que podríamos; podríamos hacer todo eso y más si no estuviera tardando tanto… ¿En qué diantres estaba pensando cuando le pedí que me trajera el desayuno a…?"

- Ya era hora, Zabbini. Muero de hambre – dijo Draco cuando por fin entró Blaise a la habitación.

- Buenos días a ti también, Malfoy – respondió con fastidio el muchacho, mientras le arrojaba una bolsa de papel.

El rubio no se molestó en contestar, pues de inmediato se abalanzó sobre la comida que le había traído el Slytherin. Estuvo ocupado los cinco minutos siguientes, mientras devoraba todo lo que tenía al alcance. Finalmente, cuando la bolsa estuvo vacía y su estómago lleno, se recargó en uno de los sofás, satisfecho con el universo.

- Disculpa el recibimiento, Zabbini. No creas que no agradezco todo lo que estás haciendo por mí… y por Hermione.

El muchacho hizo un gesto con la mano, indicando que no había nada que agradecer, mientras seguía observando la impresionante colección de libros que poseía el sitio.

- De verdad desearía estar encerrado aquí un par de días – comentó.

- No sabes lo que estás diciendo, Zabbini… Eh… ¿puedo preguntar por qué has tardado tanto? Quiero decir, ¿no ha habido problemas, cierto? – preguntó Draco, con cierto recelo.

- Relájate, Malfoy, todo marcha sobre ruedas. ¿Acaso nuestros planes tienen fallas alguna vez? – el muchacho sonrió sardónicamente mientras su amigo esbozaba también una ligera mueca. – Pero si insistes en saber, me he tardado porque Pansy estaba tratando de persuadirme de que fuéramos a verte unos minutos a la enfermería después del desayuno.

- ¿Y… y qué le has respondido? – inquirió nuevamente el rubio, ahora temeroso.

- Que a menos que también deseara cubrirse de escamas rojas y echar fuego por las narices, no se lo recomendaba. De todos modos, y por si las dudas – continuó Blaise al ver la preocupación en el rostro de Draco –, le comenté que Madame Pomfrey te había prohibido las visitas hasta nuevo aviso; incluso le hice una breve visita a nuestra querida enfermera, por supuesto después de hablar con Pansy, solo para asegurarme de que el encantamiento siga funcionando y de que no haya ningún contratiempo. Y como ya te he dicho, no hay nada por lo que debas preocuparte, más que de que todo salga bien más tarde.

- Sí… Lo sé… Es solo que… Estoy terriblemente nervioso.

- Y no es para menos. Pero todo saldrá a la perfección, ya lo verás.

- Eso espero.

Blaise fingió que continuaba estudiando las estanterías, e incluso tomó un libro para resultar más convincente. Sin embargo, observaba por el rabillo de sus ojos azules a Draco. En los ojos grises del chico se reflejaba la apremiante urgencia por preguntar algo que simplemente no se atrevía a plantear.

- Eh, Zabbini… ¿No te habrás… por casualidad… encontrado a Hermione por ahí, cierto? – preguntó por fin el rubio, aparentando indiferencia.

Blaise sonrió. Conocía demasiado bien a su… "¿Amigo? ¿Es posible que todo este desastre por fin haya logrado lo que no sucedió en seis años? ¿Que yo por fin pueda considerar a Malfoy como un amigo y no como una especie de líder?".

- Pues, ahora que lo mencionas… Sí, la he visto.

- ¿Y bien? – la angustia se traslucía en sus ojos grises.

- Qué puedo decirte… Se veía bien, supongo. Tan ansiosa como tú, lo cual es comprensible, dadas las circunstancias… Iba con Potter – añadió al último.

- ¿Con… Potter? – Draco prácticamente escupió el nombre.

- Así es. Pero no parecía prestarle mucha atención, si te interesa saberlo. En mi opinión, aparentaba estar sumamente concentrada en otro asunto, y no puedo más que suponer que se trata de lo que nos concierne esta noche.

Draco no respondió. Sabía que debía empezar a controlar sus celos, si quería pasar toda la vida con Hermione sin exasperarla. Y una vez más, el pensamiento de estar para siempre con ella le reconfortó.

- Tienes razón. Eh… ¿Sabes a qué hora vendrá? – preguntó cuando por fin el arranque estuvo bajo control.

- No he tenido oportunidad de hablar con ella. Pero si ya está todo arreglado, supongo que hasta la noche.

El rubio suspiró. Si Blaise le hubiera dicho que vendría hasta que el mar se secara, le hubiera parecido igual de largo.

- Está bien. Será mejor que te vayas antes de que alguien note tu ausencia.

- De acuerdo. Vendré a verte más tarde, cuando sea la hora.

Draco asintió, mientras Blaise desaparecía por la puerta. Miró el reloj. Eran apenas las once de la mañana. Suspiró una vez más y tomó otro libro.

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- ¿Segura que no quieres más, Herm? – preguntó Harry una vez más.

- Por treceava ocasión… no, gracias Harry – respondió ella, tratando de que la exasperación no traspasara la coraza de serenidad en la que se había investido esa mañana.

Tras terminar la terrible carta, leerla, romperla, reescribirla, releerla, corregirla y escribirla una vez más, la chica se encontraba exhausta, y lo único que deseaba era regresar a su habitación a descansar un poco más. Sin embargo, sus amigos habían bajado en tropel justo cuando se dirigía a las escaleras, por lo que no había podido negarse a ir a desayunar con ellos. Después de todo, sería la última vez que lo hiciera.

- Vamos, Harry, ya déjala en paz – rió Dean cuando vio que el chico se disponía a insistir otra vez.

- ¡Pero si apenas ha tocado su desayuno! – replicó el ojiverde.

- ¿Y eso a ti qué? Tal vez Herm ha decidido que por fin es hora de hacer un poco de dieta… - comentó Ron, provocando risas en la mesa de Gryffindor, y una vana sonrisa en el rostro de Hermione.

- Oye Herm, ¿estás bien? – preguntó ahora Neville al ver su rostro.

- Sí… Todo está bien, Neville, no te apures.

- No pareces estar lo que en Inglaterra se conoce como bien, Herm – dijo Ron, sirviéndose más tarta.

- Pues lo estoy, tanto en Inglaterra, como en China, como en las Bahamas, como en…

- Es por Malfoy, ¿cierto? – intervino de pronto Lavender.

Hermione, que había estado concentrada tratando de recordar nombres de lugares exóticos de sus clases de geografía muggle, se sobresaltó al escuchar el nombre, y no pudo evitar que el pesar invadiera su rostro y la sangre se agolpara en sus mejillas.

- N-no es nada de eso… - trató de replicar, buscando desesperadamente el modo de que el color se desvaneciera de su cara y la tranquilidad volviera a su ser. Sin embargo, el daño ya estaba hecho, y ahora sus amigos la observaban con la preocupación y empatía en el rostro.

- No tienes por qué mentirnos, Herm, somos tus amigos… - empezó Lavender.

- L-lo sé…

- ¿Y entonces por qué insistes en ocultarnos las cosas? De acuerdo, de acuerdo; acepto que no es que hayamos decidido que Malfoy sea nuestro nuevo mejor amigo, pero bueno, no por ello tienes que tratar de engañarnos respecto a él – dijo Dean.

- Sabemos que han terminado – la vergüenza hizo que las mejillas de Hermione volvieran a teñirse de rojo – y que no han hablado desde entonces. Vaya, incluso sabemos que Harry ya lo sabía… – comentó Seamus, mientras hojeaba distraídamente el periódico.

- ¿Yo? – preguntó Harry, atragantándose con su jugo de calabaza.

- ¿Tú también vas a empezar a mentir? Déjale eso a las chicas, Harry, a ellas es a quienes les gusta complicarse la existencia – dijo Ron, divertido.

- ¿Cómo… cómo lo supieron? – preguntó Hermione.

- Oh, vamos Herm, sólo hay que ver la cara del muchacho para averiguarlo… Pobrecillo, se nota que se siente miserable – respondió Parvati con un suspiro.

- ¿Ahora vas a compadecer a Malfoy? – bufó Dean con desdén.

- Pues, ¿por qué no? Al parecer, por fin ha demostrado que, después de todo, sí es un ser humano.

- Sí, claro… Un ser humano convertido en rata, querrás decir – murmuró Ron con muy poca discreción.

- ¡Ron! – lo reprendió Lavender, escandalizada. – Estás hablando de quien fue novio de Hermione.

- Tú lo has dicho, fue – puntualizó el pelirrojo. – Y hablando de la alimaña, ¿dónde está, eh?

Las miradas de los leones se dirigieron a la mesa de Slytherin, donde distinguieron a Blaise Zabbini y a Pansy Parkinson desayunando. Por la cara de exasperación que tenía el primero, y la insistencia en el rostro de la segunda, parecía ser que ella trataba de convencerlo de algo que, evidentemente, no alcanzaban a escuchar. Quien brillaba por su ausencia, como ya había señalado Ron, era el rubio.

- Bueno, el punto no es Malfoy, ¿de acuerdo? – dijo Parvati, tratando de recuperar la atención de sus compañeros; sobre todo de Hermione, que observaba la mesa de las serpientes con algo muy parecido al terror en su rostro. – Mira, Herm, hemos estado hablando…

- … y llegamos a la conclusión de que relacionarte con Malfoy ha sido el peor error que has cometido en tu vida, lo cual no es ninguna novedad… - interrumpió Ron, observando su reflejo en una cuchara y tratando de desvanecer una mancha en su frente con su varita.

- ¡Ron! – exclamó otra vez Lavender, arrebatándole el cubierto.

- ¡Eh, devuélveme eso! Además, no me has dejado terminar… - dijo el pelirrojo con una mueca. – Si bien has cometido una aberración y una grave infamia contra la naturaleza humana al ser novia de esa cucaracha parlante…

- Ron… - esta vez fue Parvati la que trató de sermonearlo.

- … queremos decirte que está bien, no hay cuidado – finalizó el pelirrojo, quitándole nuevamente la cuchara a Lavender.

- Lo que en realidad trató de decir Ron – dijo ella, dirigiéndole una mirada asesina al sujeto en cuestión – es que lamentamos haberte hecho sentir mal por estar relacionándote con Malfoy. Nuestro comportamiento fue horrible, muy poco digno de nosotros, que nos decimos tus amigos, y totalmente injusto hacia ti, que no tuviste la culpa de nada. Fue la aberración a la que realmente se refería él…

- ¡Pero yo sí me estaba refiriendo a…!

Esta vez fueron todos los Gryffindor los que exclamaron "¡RON!" al unísono. Hermione no pudo menos que soltar una carcajada que aligeró la tensión en la mesa.

- En fin, lo que tratamos de decir todos es que lamentamos haber sido unos idiotas, Herm, y sentimos muchísimo haberte hecho daño con esta actitud y no haberte apoyado en esos momentos en que nos necesitaste… - dijo Neville suavemente.

- Fuimos unos pésimos amigos – agregó Dean.

- No es verdad – contradijo Hermione, aunque en su interior sabía que sí lo era.

- Pero justamente por eso estamos diciéndote esto – dijo Seamus, ignorando el comentario de la castaña. – Sabemos que ahora ya no eres novia de Malfoy, y que si antes necesitabas a tus amigos, ahora los necesitas aún más. Y queremos que sepas que estamos aquí contigo siempre, pase lo que pase.

- Incluso si decides volver con Malfoy, ahí estaremos en todo momento, apoyándote y respaldando cualquier conclusión a la que llegues – afirmó Parvati con una sonrisa.

- Por supuesto que sí. Quién sabe, igual y resulta que no es tan malo después de todo… - comentó Lavender con un breve suspiro.

Hermione estaba agachada, mirando su plato casi lleno. ¿Esos eran los chicos a los que ella iba a abandonar tan vil y fríamente, como si fueran unos calcetines viejos? "Por Merlín, ¿y planeabas dejarles solamente una carta? Deberías considerar escribirles mínimo un libro a cada uno…". No pudo evitar que su corazón se estrujara al tiempo que sus ojos se llenaban de lágrimas.

- Chicos, yo… - comenzó con voz estrangulada, pero pronto dejó de hablar. En realidad, no había nada que decir.

- Pero si decides que lo que en realidad deseas es tirarle un huevo de dragón podrido a la cara…

- ¡RON!

- Oh, vamos chicos, ¿o a qué se referían ustedes exactamente con "apoyo en todo momento"?

Todos rieron una vez más mientras se levantaban de la mesa, incluso Hermione. Sin embargo, eso no hizo que la castaña decidiera acompañarlos cuando Seamus sugirió dar una vuelta por los jardines. Y aunque Hermione ardía en deseos de pasear una última vez con sus amigos, los mejores que había conocido y conocería jamás, rechazó la oferta. Sabía que si iba, sería más difícil decir adiós, más de lo que ya lo era en esos momentos. Por lo tanto, pretextando un dolor de cabeza, se dirigió a la torre de Gryffindor mientras los demás leones se dirigían a la salida del castillo. Todos menos uno, claro.

- ¿Te molesta si te acompaño, Herm? – preguntó Harry.

- Para nada – respondió ella, aunque lo último que deseaba era otra sesión de apoyo incondicional.

Sin embargo, Harry caminó en silencio el primer tramo. Parecía concentrado en encontrar las palabras exactas para decir lo que rondaba por su mente.

- Hermione…

- ¿Qué pasa, Harry? – dijo ella, distraídamente.

- Yo, eh… Sólo quería decirte que te entiendo.

- ¿Me entiendes? – preguntó ella, sin prestarle demasiada atención. Había visto a Blaise en el pasillo, y por un fugaz momento, sus miradas se habían cruzado. Sin embargo, el muchacho se había ido antes de que ella pudiera interpretar lo que sus ojos azules trataban de decirle.

- Sí… Te entiendo perfectamente, Herm – continuó el muchacho, sin percatarse de nada de aquello. Sus ojos verdes brillaban con dulzura, como solían hacerlo cuando la miraba. – Sé por qué estás así, y lo entiendo.

- Ah… - la castaña no sabía que responder. Harry sabía, por supuesto, pero no lo sabía todo.

- Sé muy bien lo que es perder lo que más amas en este mundo. Lo sé porque pues... Vaya, yo también he estado ahí – sus ojos verdes miraron el cuadro de la Señora Gorda, en la entrada de la torre de Gryffindor. No obstante, parecía estar muy lejos de ahí, pensando en algo más. – Pero en fin, supongo que quieres descansar, así que te dejo aquí. No dudes en llamarme si se te ofrece algo.

- Sí… Gracias Harry – dijo ella, con una extraña sensación en el pecho. Sabía que su amigo no le había dicho todo lo que quería decirle, pero ella no iba a insistir. Definitivamente, no en ese momento.

La castaña se adentró en la Sala Común de su casa. Se sentía terriblemente exhausta, y al mismo tiempo, presa de una euforia que no le permitía estarse quieta. Ya en su alcoba, procuró tranquilizarse. Tomó el dije que Draco le había regalado en San Valentín, el que siempre llevaba al cuello, oculto bajo la ropa, y lo acarició con ternura. Finalmente, se quedó dormida.

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El sábado transcurrió sin mayor novedad para nadie. Era uno de esos días perfectos, tan pacífico e inusual que nadie deseaba arruinarlo haciendo otra cosa que no fuera descansar. El verano ya estaba ahí, no había quien lo negara, y Hogwarts lo recibía con las puertas abiertas de par en par, lo mismo que sus alumnos. Incluso los profesores estaban algo amodorrados, y relajaban la usual vigilancia estricta, permitiendo a los estudiantes divertirse todo lo que no lo habían hecho en semanas. De haber sabido que dos de sus mejores alumnos planeaban fugarse aquella noche, probablemente la supervisión no hubiera estado tan descuidada. No obstante, lo desconocían.

Los Gryffindor habían arribado a la Sala Común tras la cena, después de haber pasado todo el día en los jardines. Hermione había decidido unirse a ellos una vez más, pese al dolor sordo que invadía su pecho al pensar que sería probablemente la última ocasión en que comieran juntos. Sin embargo, actuó con serenidad y naturalidad, decidida a dejarles un buen recuerdo de aquella noche que, presumía, sería inolvidable para todos. Ninguno de los leones notó nada inusual en la chica; el único que mantenía una actitud extraña era Harry, que parecía disperso, con la mente en un asunto que nadie conocía. A Hermione le preocupó este comportamiento: con la cantidad de información de la que disponía su amigo, era peligroso descuidarlo un solo momento. Sin embargo, el muchacho no demostró nada en el transcurso de la velada.

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A bastante distancia de la torre de Gryffindor, Draco por fin había sucumbido al letargo que la plácida tarde de verano había provocado en él. Tras leer novela tras novela y tocar el piano hasta que sus dedos se acalambraron, se había quedado mirando los jardines por la ventana de la sala, disfrutando de la gente que se divertía en ellos, e imaginando el día en el que sería él quien retozaría por prados desconocidos, inmune a su antigua condición, y de la mano de Hermione, hasta que se quedó dormido.

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La Sala Común estaba llena de ruidos y risas. Algunos alumnos jugaban al snap explosivo, por lo que los continuos estallidos se mezclaban con gritos y carcajadas, mientras que otros más se entretenían con tableros de ajedrez, gobstones e incluso había un par que se lanzaba un disco colmilludo de un extremo de la estancia a otro. La vida por fin había vuelto a la torre de Gryffindor. Los leones de sexto no participaban en ninguna de estas actividades, pero se entretenían charlando animadamente, haciendo chistes y contando historias. Incluso Hermione participaba, aunque no con el entusiasmo habitual. El ligerísimo peso de la carta que llevaba en el bolsillo de su camisa, justo sobre el corazón, le recordaba continuamente la situación en la que se encontraba. No sabía todavía en qué momento dejaría la carta sobre su cama, pero esperaba que fuera pronto. El hiriente papel parecía quemarle el pecho a cada segundo que pasaba.

Mientras sus amigos estaban fuera, la había repasado una y otra vez en su dormitorio.

Querido Harry:

No encuentro las palabras adecuadas para expresarme, y supongo que esto es porque tales no existen. Si existiera el modo correcto de hacer las cosas, créeme que lo haría, buscando de esta manera aliviar el dolor y el desconcierto que debes estar pasando. Pero no existe. Créeme, lo busqué con todas mis fuerzas y no pude encontrarlo.

Para cuando leas esto, ya te habrás dado cuenta de que me he ido. Habrás bajado a desayunar y no estaré en el Gran Comedor. Preguntarás por mí, y nadie sabrá nada, pues Lavender y Parvati dirán que creían que yo me había adelantado a desayunar. Entonces subirás a mi habitación, y no me encontrarás. Mi cama estará vacía, perfectamente tendida, y sólo estará esta carta sobre mi almohada. Pero para entonces, ya sabrás muy bien que no estoy en el colegio, ni en ningún lugar cercano, pues eres inteligente y no tardarás en atar cabos. Y no sabrás donde estoy, pero sí con quien.

Debes saber que esta ha sido la decisión más difícil de toda mi vida. El dolor que me embarga por dejar a mis padres, mi colegio, mis profesores; por dejarlos a ustedes, mis queridos amigos, los mejores que hay, es demasiado grande para ser descrito. Y aún así lo he hecho, Harry, por amor. Porque lo amo, y ya no concibo una vida donde no esté él. Y si alguna vez has amado, creo que entenderás lo que te digo.

No voy a pedirte, ni a ti ni a los chicos, que me encubran. Sería complicado y absurdo, pues mi ausencia se notará enseguida. Lo que si haré es suplicarte que no me busques. No lo hagas, porque no me encontrarás. Y diles a los chicos lo mismo. Es duro, terriblemente duro, pero es lo mejor para ustedes y para mí (creo).

Nunca olvides que eres el mejor de todos mis amigos, y que te quiero como a nadie. Por favor, dile a los chicos lo mucho que los quiero, cuánto agradezco su amistad por seis años y lo mucho que los extrañaré. Y a ti también, Harry. Sobre todo a ti.

Te deseo lo mejor, y espero que volvamos a vernos, si no pronto, sí algún día.

Con todo mi amor, Hermione.

Aunque no estaba totalmente convencida del resultado, Hermione creía que había hecho su mejor esfuerzo. Esperaba que Harry pensara lo mismo.

Los estudiantes se divertían en grande. Sin embargo, el cansancio de las semanas anteriores no era algo que se pudiera reponer en un solo día, y a las diez de la noche, muchos de los estudiantes ya se habían retirado a sus dormitorios para tener otras diez horas de sueño reparador. El sexto curso había aguantado valerosamente hasta las once, pero a aquella hora, la somnolencia comenzaba a apoderarse de algunos. No obstante, no tomaron la decisión de irse a la cama hasta que Ron cayó dormido encima de Seamus, arrastrando consigo el sillón en el que estaba sentado y a Neville, quien estaba a su lado. Tras levantar a los tres muchachos del suelo, los leones se dirigieron a sus respectivas habitaciones.

- ¿No vienes, Herm?

- Sí… sí, claro Lavender, las alcanzo en un instante.

Pero Hermione tenía la intención de quedarse ahí más que un instante. Necesitaba detenerse por un momento a reflexionar acerca de aquella extraña y desconocida sensación que se albergaba en su pecho desde el jueves. Era algo avasallador, algo que amenazaba con abrumarla por completo, y sin embargo, indefinido. Hermione no podía permitirse sentir algo indefinido en ese momento; cualquier cosa anormal debía ser identificada antes de irse para siempre con Draco. Ese sentimiento incierto podía significar la diferencia.

Sumida en tan confusos pensamientos, Hermione no notó que no estaba sola en la estancia.

- ¿Herm?

- Oh, Harry… Sigues aquí.

La leona siguió nerviosa el paso de Harry, quien caminaba por la sala mirando hacia el suelo, abstraído. Se preguntaba si su amigo por fin se había decidido a decirle eso que no había podido aquella misma mañana. Y también se preguntaba si ella ya estaba lista para saberlo. Era otra de esos sentimientos vagos e imprecisos; pero por lo menos, sabía que en esta ocasión la ambigüedad se debía a que estaba demasiado concentrada en Draco y en su futuro como para pensar en lo que podría querer decirle Harry. Finalmente, decidió que nunca podría estar más preparada de lo que ya lo estaba, así que optó por presionarlo ligeramente.

- ¿Pasa algo, Harry?

El muchacho no contestó. Sus ojos verdes miraban desenfocados un punto en la nada, un lugar al que Hermione definitivamente no podía llegar. No obstante, sabía que su actitud era relativamente normal; conocía bien a Harry y sabía cómo se comportaba cuando estaba simplemente absorto en algo. Dejó de lado por un momento sus preocupaciones por Draco y por las extensas praderas suizas en las que planeaba vivir con él, y se enfocó en su amigo.

- ¿Harry? ¿Estás bien?

Hermione se levantó, alarmada. El ojiverde seguía sin responder, y ella temió que su profunda meditación tuviese algo que ver con su novio y con ella misma. Se acercó al chico por detrás y lo tomó por el hombro; pero él no pareció inmutarse. Sin saber por qué, sacó la carta de su bolsillo y la ocultó en la mano que tenía libre. Cuando le iba a hablar una vez más, se sorprendió al escuchar su voz.

- ¿Hermione?

- ¿Qué pasa, Harry, qué es lo que tienes? – le preguntó, procurando que su voz no sonara demasiado asustada.

- Nada, no hay de qué preocuparse, Herm… - respondió suavemente el chico, volteándose para mirarla.

La leona se encontró con la apacible mirada de Harry, y supo entonces que había algo de qué preocuparse.

- ¿Harry? ¿Qué sucede?

- Nada, no es nada, solo que… Hay algo que debo decirte – dijo al fin, tras un largo suspiro.

Hermione contuvo el aliento. En ese instante se convenció de que Harry, de alguna manera, había descubierto que planeaba huir ella también, y ahora le reclamaría por la mentira que le había contado aquella mañana.

- ¿Q-qué es lo que pasa? – dijo al fin con dificultad.

Harry suspiró otra vez. Parecía que le era tan complicado articular las palabras como a ella.

- Pues… Verás, Herm, yo… He estado pensando en lo que conversamos.

- ¿A-ah… ah sí? – tartamudeó la castaña, aterrorizada.

- Sí, eh… Lo que me contaste acerca de Malfoy y de su intención de escapar de Hogwarts.

- Ah… - Era demasiado, sus nervios estaban destrozados por los acontecimientos de las últimas semanas, y encima Harry no se decidía a contarle todo de una vez. - ¿Y bien?

- Pues… ¿Re…? ¿Recuerdas lo q-que te dije esta mañana, lo de que entendía lo que era perder a quien más amas?

- Sí…

- Pues, quiero repetírtelo una vez más: Herm, te comprendo totalmente. Sé por lo que estás pasando, porque lo he vivido; sé lo grande y terrible que es el dolor de saber que no vas a volver a ver a esa persona nunca más, que el simplemente pensarlo, imaginarlo, hace que sientas como si diez personas distintas estuvieran peleándose por arrastrar tu corazón a diez diferentes sitios, hasta que terminan desgarrándolo por todos lados.

- Así es… - Harry definitivamente no estaba mal encaminado; sabía exactamente cómo se sentía ella, el corazón se le estaba desbaratando de pena al pensar en dejar para siempre a sus mejores amigos.

- Y sé que ese dolor es tan inmenso y trastornador que nos lleva a hacer cosas terriblemente estúpidas, y a tomar decisiones equivocadas.

"Aquí va", pensó Hermione. Harry le diría que entendía que su sufrimiento era tan enorme que la había perturbado por completo, pero que el llegar al punto de decidir huir con Draco Malfoy era algo que sobrepasaba los límites de la misma perturbación y que él, definitivamente, no iba a permitir. La castaña casi se sintió aliviada de que la decisión de irse no hubiera recaído por completo en ella, de que ya prácticamente estuviera fuera de su control.

- Y por ello, Herm… Quiero darte las gracias.

Al principio, pensó que no había escuchado bien. Luego, al ver la dulce mirada que Harry le dirigía, supo que no solo había escuchado perfectamente, sino que su amigo no tenía ni la más remota idea de lo que ella planeaba hacer esa noche.

- ¿Las… las gracias? – preguntó con una perplejidad total.

- Sí, Herm, las gracias – Harry esbozó una sonrisa. – Gracias por estar aquí, por haber decidido permanecer con nosotros y no irte con Malfoy.

Hermione estaba segura de que su cara seguía siendo de total desconcierto, pero su interior era otra historia. Sus neuronas acababan de organizar una revolución, protestando por su indecisión, por su confusión, por su falta de aplomo y determinación. Por su parte, su corazón le reclamaba el poco tacto que tenía para con él, haciéndolo sufrir por sus amigos, y por no saber cuál era su verdadero deseo. Sus pulmones se limitaban a quejarse por la privación de oxígeno, pues Hermione había dejado de respirar en cuanto Harry había comenzado a hablar.

- Harry, yo…

- Lo sé, lo sé. Es fácil dar las gracias simplemente cuando no eres tú quien lo está viviendo. Pero ya te lo he dicho, no eres la única que ha pasado por eso – otro suspiro rápido. – Sin embargo, he de ser sincero contigo: creo que nunca me he visto obligado a tomar una decisión como la que tú tomaste. No sé lo que hubiera hecho yo en tu caso, tal vez hubiera decidido escapar – Harry rió ante tal comentario, y las manos de Hermione se crisparon levemente, arrugando la carta. – Pero me alegra que tú no lo hayas hecho, Herm, ¿y sabes por qué?

La chica no atinó a contestar. Sus ojos comenzaban a llenarse de lágrimas, y luchaba por controlar sus manos para no destruir la carta que con tanto esmero había escrito.

- Simplemente porque, y esto es completamente cierto, porque todo esto terminará pasando. Supongo que ahora piensas que es el fin del mundo, que perder a Malfoy es como estar muerta en vida y que nunca habrá nadie más para ti que no sea él – el chico hizo una mueca. – Pero quiero decirte que esto no es así. Yo lo aprendí de mi relación con Cho, que no se puede decir que haya sido un éxito – sus ojos verdes se pusieron en blanco. – Es normal sentirse muy enamorado de una persona, pero todavía nos queda mucho por vivir. ¡Caray, solo tenemos dieciséis años! Te falta mucha gente por conocer, muchos novios por tener. ¡Mírate, por favor, eres tan hermosa! – en ese punto los ojos verdes centellearon, como solían hacerlo antaño. – Pasarán muchas personas por tu vida, y tú decidirás quién permanece y quién no; pero quienes siempre, siempre, pase lo que pase y sin importar qué, estaremos ahí, somos tus amigos – una sonrisa terminó por iluminar el rostro de Harry. – Las relaciones suelen terminar, Herm, pero los amigos… Los amigos son eternos.

El llanto ya fluía, descontrolado, por las mejillas de la castaña. Nunca hubiera esperado algo así de parte de Harry.

- Por eso estoy tan agradecido de que hayas decidido quedarte con nosotros, Herm. Porque te queremos como nadie, y siempre te querremos. Sobre todo yo – añadió, ruborizado. – Sé que le hubieras roto el corazón a los chicos si te hubieras ido, y hubieras provocado que te buscáramos hasta el fin del mundo. Y sé que si los chicos supieran lo que yo sé, estarían aquí conmigo, también dándote las gracias.

Y entonces Harry puso la cereza en el pastel: abrazó a Hermione con una efusividad que la dejó completamente desarmada, mientras musitaba "gracias, gracias" con una mezcla de alivio y alegría en su voz. Hermione respondió a su abrazo, pero su mente estaba en otra parte. Había comenzado a perder la concentración cuando Harry habló de la inmortalidad de los amigos, y su atención había terminado por disiparse en aquel preciso momento. No obstante, su cerebro trabajaba a toda máquina con los nuevos datos que poseía.

Porque por fin, tras dos días de angustia, de incertidumbre, de dolor, de confusión, de vacilación, de un amasijo de sentimientos encontrados e ideas dispares, la luz se había hecho en su mente. La imprecisa sensación por fin se había definido, el dilema se había aclarado. Hermione había descubierto finalmente qué era lo que pasaba, qué era lo que sentía, y qué era precisamente lo que debía hacer en esos momentos.

Inconscientemente, estrujó la carta en su mano.

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