Gentes del mundo del fanfic! Mil perdones por tardar una semana más de lo prometido, pero bueno, fue una semana movidita, apenitas y tuve tiempo de hacer la edición final y cuando la empecé... Agregué otra escena como de 6 páginas en Word . es que si no, no me sabía! xD Y supongo que de alguna manera, era la forma que tenía mi subconsciente de aferrarse a esta historia que hoy finalmente termina.

Me notarán un poco seria en estas notas finales (cosa RARISIMA en mí, si es que te has leído todas mis mafufadas de inicio de capítulo xD), pero es que no puedo evitarlo. Pensar que esta es la última vez que escribiré algo referente a CAUD me deja un mega nudo en la garganta :'( Qué les puedo decir... Con este epílogo cierro uno de los capítulos de mi vida más importantes: mi adolescencia entera, puesto que esto empezó cuando tenía 14 años, y termina hoy cuando tengo 19. También cierro otros ciclos personales que sería inapropiado mencionar. Sólo diré que la concepción de este epílogo no pudo haber llegado en mejor momento :) A mi parecer, terminó como merecía terminar esta locura xD Supongo que habrá quien no esté de acuerdo, se vale también. Así que aunque no vuelva a escribir para ustedes la aventura entre Draco y Hermione, si espero me concedan un minuto final de su atención y me digan qué les pareció no solo el epílogo, sino todo en general. Quisiera saber si los hizo reír, si los hizo llorar, si sintieron la emoción y el amor como si fueran un personaje más, o si odiaron algún momento de la trama, si ustedes lo hubieran hecho diferente. Como ya dije, se vale. Aunque quiero pensar que si llegaron hasta aquí conmigo, es porque no lo hice del todo mal :)

Quisiera agradecer por sus reviews a Angelita88 (pégame pero no me dejes! aquí está al fin, ojalá y el odio jarocho se vuelva amor acapulqueño :D), clamp-girl (síii, de hecho también fue algo... inesperado para mí, originalmente tenía proyectado un final bastante más feliz, pero meh... me gusta verlos sufrir xD epílogo bonito? pues... tú dirás :D), Nyra Potter (gracias mil, a mi también me mantuvo con la adrenalina a tope en mis largas noches de insomnio xD y ese final qué te puedo decir, pensé que me iba a deshidratar por tanta lágrima jojojo xD espero el epílogo también esté a la altura de tus expectativas :D) y a Princessmalfoy10 (ahh, como nos encantan a las niñas estos megadramones xD y pues espero que este capi también te complazca después de hacerte llorar xD). También por los adds a Ann Rosemary Malfoy, jesica-haruzuchia, y Princessmalfoy10, muchas muchas thanks!

Y a quien leyó todo esto y también llegó hasta aquí sin comentar, también le agradezco infinitamente. Gracias por dejarme envolverlos en mis delirios de escritora amateur, y por dejarse llevar por esta fantasía junto conmigo. Espero haber llenado sus expectativas :)

Pero bueno, todos queremos ya pasar a ese ansiadisimo epílogo no? Seré buena por primera vez y los dejaré continuar al fin. El epílogo lleva por nombre "El árbol junto al lago", e incluye una escena tipo songchap, con la canción "Un nuevo amor", de Tranzas, y como su escritora favorita les recomiendo darle play conforme transcurre la escena, la música le da un buen toque. Así que sin más preámbulos los dejo con el final de "Cartas a un desconocido". Que lo disfruten!


El árbol junto al lago

Apenas estaba amaneciendo, y sin embargo, ya se encontraba en pie, mirando por la ventana como de costumbre. Nunca había podido entender a la gente que se levantaba cuando el sol ya estaba alto; siempre le había gustado la sensación de paz y de quietud que solo se respira en la madrugada, cuando el astro rey está justo despertando, anunciando la llegada del nuevo día. Era el único momento de su jornada en la que podía sentir algo parecido a la serenidad.

Suspirando, se alejó de la ventana y se encaminó a la cocina por un café. Se había convertido en su vicio; tantas noches de insomnio debían tener alguna consecuencia. Mientras calentaba el agua con un movimiento de varita, se preguntó una vez más cómo era que había terminado en esa situación. Recordaba los tiempos en que había tenido el mundo a sus pies; ahora la vida pintaba perspectivas bastante sombrías, o por lo menos así le parecía. Pero sabía cuál era el único motivo que le orillaba a pensar de ese modo. El motivo que había sido su eje, motor y cadena, todo al mismo tiempo. Por supuesto, el motivo era él.

Otro suspiró escapó del pecho de Hermione Granger, mientras acercaba la taza a sus labios. Se acercó nuevamente a la ventana, atisbando el despunte del astro rey, que ya iluminaba los jardines de las casitas aledañas al edificio donde vivía. Había elegido un sencillo apartamento en un vecindario muggle, en lugar de una de las lujosas mansiones que le ofrecía el Ministerio de Magia en recompensa por "servicios prestados al mundo mágico" y que la gran mayoría de sus amigos había aceptado sin rechistar. De eso hacía ya seis meses.

Se sentó en el asiento de la ventana. A pesar de ser tan temprano, ya se percibía actividad de gente a la que, como ella, le gustaba madrugar. A través de las cortinas, veía a la vecina de la casa de enfrente trajinando en la cocina, seguramente preparando el almuerzo de sus hijos y preguntándose por qué el lechero tardaba tanto en llegar. Por su parte, el repartidor de periódicos comenzaba su ronda en aquella calle, lanzándolos desde su bicicleta, rara vez acertando el lugar donde debía dejarlos. Era un joven apuesto, de cabello color arena y sonrisa de anuncio de pasta dental, pero al parecer entre sus cualidades no se contaba la puntería. Hermione se había cruzado con él en un par de ocasiones, incluso le había sonreído. No obstante, cuando él había intentado hacerle conversación, ella le había rehuido. Siempre hacía lo mismo con cada hombre que mostraba algún levísimo interés en ella.

Se puso de pie, molesta. ¿Es que no podía superarlo de una vez por todas? ¿Estaba destinada a vivir atada a su recuerdo por siempre, sin darle la oportunidad de construir una familia, un futuro, una vida? "Él nunca va a volver, Hermione, ya lo habría hecho si fuera su intención. Es hora de que lo aceptes de una vez por todas y sigas adelante". Sin embargo, seguía levantándose diariamente de madrugada, tras otra noche sin dormir, para mirar por la ventana y seguir esperando, una carta, una nota, un periódico. Algo que alimentara su esperanza. Y si bien los periódicos llegaban, las cartas venían, las noticias abundaban, ninguno le traía lo que ella aguardaba con tantas ansias.

Finalmente, la primera lechuza de la mañana llegó. Como de costumbre, traía El Profeta. A pesar de estar acostumbrada a no recibir nada de lo esperado, Hermione sintió una levísima desazón. Tomó un sorbo de café mientras leía brevemente la página principal. Más mortífagos capturados, gente que juraba haber visto la Marca Tenebrosa en sus copos de avena del desayuno, una entrevista a Harry desmintiendo los rumores acerca de ser el nuevo Ministro de Magia. Hermione sonrió ante la misma; sabía con qué insistencia había sido buscado su amigo para que aceptara el cargo y con cuánta terquedad más lo había rechazado. Había alegado que después de la aventura que significó derrotar a Voldemort tras dos años de lucha fuera del colegio y la hazaña todavía mayor que fue el que Ron aceptara su boda con Ginny, lo único que deseaba en esos momentos era paz. Ella lo entendía bien; después de todo, siempre había sido el mejor de sus mejores amigos.

Una lechuza más arribó. Traía un pequeño paquete de cartas atadas con una cinta, pues cuando Hermione tomó la decisión de vivir en un barrio muggle, sus amigos, quienes no querían perder el contacto con ella, decidieron que la mejor opción era juntar las cartas de todos en un solo montón y enviárselas cada determinado tiempo, a fin de que no hubiera tantas lechuzas por ahí revoloteando a horas inadecuadas. Hermione revisó los remitentes. En esta ocasión las cartas eran de Harry (nunca fallaba; le escribía al menos una vez por semana), de Ron (era más inconsistente, pero tampoco se olvidaba de ella) y de Neville. La castaña tomó la de Harry, siempre eran las que leía primero.

Querida Hermione:

No pude dejar de reír con tu última carta. ¿De verdad estabas considerando en embrujar a tu vecino de arriba, el que no deja de poner música escandalosa? Por Merlín, vivir entre muggles te está desquiciando más de lo que ya lo estás. Aunque si quieres mi opinión, hechizar su grabadora para que repita solo un fragmento de disco una y otra vez y que no pueda desatascarla ni desconectarla es algo infantil e inútil que solucionaría simplemente saliéndose del departamento; yo haría que cada vez que abriera la boca sonara un concierto de gaitas completo, estoy seguro de que le hará desistir de la música un buen rato, además de que lo considero algo muy patriótico. Pero en fin, es solo una idea.

Hermione sonrió. Las cartas de Harry siempre lograban levantarle el ánimo, aunque fuera solo un poco.

Me alegra saber que has estado mejor últimamente. Por acá todos estamos bien, tú sabes, dentro de lo que cabe. El pequeño James sigue creciendo y es muy curioso, le encanta sobre todo inspeccionar las papillas que Ginny le prepara. Tanto que esta semana ha decidido que prefiere utilizarlas como pintura en lugar de alimento. No preguntes cómo hizo para dejar las paredes de la cocina llenas de espinaca con papa molida, ni una esquina quedó libre de la mezcla. Por lo menos eso le provocó su primera sonrisa (te mando una foto que le tomamos al momento), aunque he de decir que Ginny no estaba muy feliz.

Hermione revisó el sobre y sacó la fotografía. Mostraba a un bebé de intenso cabello pelirrojo y chispeantes ojos verdes, cubierto de papilla y mostrando una sonrisa tierna y desdentada, mientras su madre lo miraba con una expresión a la mitad del reproche y el orgullo. La sonrisa de la castaña se hizo aun más amplia.

Y hablando de la familia, ¿cómo es que no te has decidido a hacer algo por buscarte una propia, eh? Me enteré que la semana pasada Terry Boot te invitó a salir y lo rechazaste (por cierto, él tampoco estaba muy feliz al respecto). Entiendo que no es muy guapo (o al menos eso dice Gin), pero es bastante agradable y sincero, y además pues… Por Merlín Hermione, ¿hasta cuándo seguirás esperando? Ya es hora de que emprendas tu vida nuevamente y sigas adelante, ¿no crees? Ya han sido cuatro años sin noticias de él.

La gran sonrisa en su cara se borró de golpe. Cuatro años… Cuatro años desde aquella calurosa noche de junio en la que el tren de medianoche se había llevado la vida de Hermione en la forma de un muchacho de ojos grises… Cuatro años de miedo, de dolor, de tristeza, de incertidumbre. De escribir cartas que siempre regresaban sin abrir; de esperar cartas que nunca llegaban. De ir sobreviviendo día con día, alimentándose únicamente de esperanza y anhelo. Pero Harry no lo entendía. No comprendía que ella no podía salir con más hombres, no podía continuar viviendo, porque en cada hombre veía su rostro, porque su única vida era él. Porque muy a su pesar, le amaría hasta el fin de sus días.

Pero bueno, supongo que es muy fácil decirlo, y hacerlo es otra cosa distinta. Aun así, creo que deberías empezar a considerar el darte otra oportunidad, Herm, ahora que eres joven, brillante, talentosa y hermosa (bueno, siempre serás brillante, talentosa y hermosa). A lo que me refiero es que deberías aprovechar todas las cualidades que tienes para hacer un cambio de vida. Lo necesitas.

Hermione miró por la ventana. La vecina despedía a los niños agitando la mano desde la puerta, mientras los pequeños subían al autobús escolar cargando sus mochilas. Entonces su esposo salió del interior de la casa con su portafolio, y mientras la sujetaba por la cintura, le plantó un tierno beso. La castaña apartó la mirada.

De todos modos, sabes que cualquier decisión que tomes, estaremos nosotros apoyándote, en las buenas y en las malas, como siempre ha sido. Pero piénsalo.

En fin, James está llorando ahora y será mejor que vea qué le sucede antes de que provoque otro pequeño desastre en la cocina y otro gran caos en la vida familiar (Merlín, tiene solo seis meses y ya controla esta casa; no sé qué será de nosotros cuando cumpla los quince). Espero pronto tener noticias tuyas (buenas, si no es mucho pedir, y románticas si te quieres poner muy complaciente). Y si no, como sea siempre es bueno saber de ti. Mis mejores deseos y un gran beso.

Con amor, Harry.

P.d. Ginny insiste en que vengas a cenar a casa, así que avísanos qué día te viene bien.

(N/a: Releyendo, creo que Harry es bastante efusivo con Hermione xD No sé, supongo que aunque se casó con Ginny y la ama de corazón, realmente nunca pudo superar del todo a Hermione. Así pasa u_u)

Hermione dejó la carta sobre el asiento. Las palabras de Harry habían tocado una fibra muy sensible en ella, aunque sabía que su amigo no tenía la menor intención de lastimarla. Y sin embargo, lo habían hecho, porque la verdad dolía más que las mentiras que se había empeñado en vivir.

¿Y es que hasta cuándo? ¿Hasta cuándo seguiría esperando por una persona que simplemente se negaba a aparecer, que se había esfumado de la faz de la Tierra? ¿Hasta cuándo seguiría despertando al alba, mirando por la ventana, vagabundeando como alma en pena, llorando por las noches, rogando a Dios por una señal de vida de su parte?

Sacudiendo la cabeza para ahuyentar esos fúnebres pensamientos, Hermione tomó la carta de Ron. Como siempre, relataba los usuales e intrascendentales asuntos: que si su padre estaba feliz con su cargo nuevo en el Ministerio, que los gemelos continuaban expandiendo el negocio de bromas, que había empezado a salir con una nueva chica… Finalizó con la de Neville, quien se limitaba a anunciar la buena nueva de su compromiso con Lavender, y la invitaba a una pequeña reunión para celebrar tal acontecimiento ya que Parvati y Dean regresaran de su viaje de bodas. Hermione esbozó una sonrisa torcida. Al parecer la vida amorosa de todos era mejor que la suya.

Se sirvió más café. Sabía que no tenía sentido seguir con tal obstinación que parecía estar a pasos de convertirse en una obsesión, pero al mismo tiempo se sentía incapaz de reemprender su vida y seguir adelante. Tenía un puesto en el Departamento de Aurores asegurado para dentro de un par de meses, en lo que seguía recuperándose de la última gran batalla, de momento no le faltaba nada para vivir cómodamente, disponía de suficiente tiempo libre para hacer lo que le apeteciera, y seguía conservando lo más importante en su vida: su familia y sus amigos. Y aún así, dejar de mirar al pasado que alguna vez la ilusionó tanto para enfocarse en ese futuro tan prometedor le resultaba una tarea titánica.

Un repiqueteo la pilló en medio de sus reflexiones. Sorprendida, se dirigió a la ventana para dejar entrar a una enorme lechuza marrón, quien amablemente extendió su pata para permitir a Hermione tomar el pergamino dirigido a ella. Fue grande su conmoción cuando leyó la nota, breve pero llena de una vitalidad que se reflejaba en aquellos trazos que había llegado a conocer tan bien:

Querida Hermione:

Espero te encuentres del todo bien, puesto que últimamente he recibido pocas noticias tuyas, más que las que Harry amablemente se encarga de comunicarme. Preocupado por esto, me he permitido extenderte una invitación a que nos visites uno de estos días, que regreses al castillo que te vio crecer y recordemos viejos tiempos, así como que nos pongas al día en cuanto a novedades. Estaría más que complacido de recibirte esta misma semana, a ser posible el día viernes, si es que tus ocupaciones te lo permiten. Si no, te pediría me hicieras saber qué día te acomoda más para poder disponerlo todo a tu llegada.

Espero la respuesta a esta humilde proposición sea positiva, y cuento con poder verte de nuevo pronto.

Afectuosamente, Albus Dumbledore.

¿Recordar viejos tiempos? ¿En Hogwarts? ¿Se daba cuenta Albus Dumbledore del esfuerzo que le estaba pidiendo que hiciera?

Por supuesto que lo sabía, se dijo mientras tomaba una pluma para responder a la misiva. Sabía lo que significaba para ella regresar al castillo, remover viejas memorias, recordar rostros del pasado… Y aun así se lo pedía como quien pide más azúcar para su café.

No, ese no sería el día en que ella olvidaría a Draco Malfoy, pensó mientras ataba la respuesta a la pata de la lechuza, y la despedía. Definitivamente, ese día no.

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Despertó de golpe por enésima ocasión. Su respiración agitada era lo único que se escuchaba en la penumbrosa habitación que había sido su refugio por once largos meses. Miró el reloj que se encontraba sobre la desvencijada mesita de noche, el cual le indicó que eran las ocho menos diez. Con un suspiro de resignación, y una mueca por la incómoda posición en la que había dormido, se levantó del escritorio.

Lo primero que hizo fue correr las cortinas para que la luz del sol mañanero disolviera las tinieblas. Detestaba aquel cuarto húmedo y lúgubre, pero había sido la mejor opción de hospedaje que había encontrado. Después de todo, no estaba precisamente en aquel lugar de vacaciones.

Miró por la ventana, añorando el prado que se abría unos metros abajo, y agradeciendo que esa infinita estancia estuviera por tocar fin. Se regodeó con el contacto del sol en su piel, y finalmente, con otro suspiro, se dirigió al baño.

El espejo manchado le devolvió la imagen de un joven que antaño cualquier chica hubiera calificado de apuesto. Ahora, la palidez de su piel resultaba mortuoria, su cabello rubio lucía desvaído, y grandes ojeras surcaban un rostro que hacía mucho tiempo había olvidado cómo sonreír. El único atractivo que aún conservaba Draco Malfoy era el par de ojos grises, que a pesar de reflejar todas las desgracias que había tenido que pasar a su corta edad, mostraban una energía capaz de paralizar a cualquiera que los viera por demasiado tiempo. Sin embargo, nada de esto le importaba al joven. Uno no pasaba cuatro años huyendo de Lord Voldemort sin sufrir algunos desperfectos en el camino.

Mientras se cepillaba el pelo por primera vez en largo tiempo, rememoró aquellos cuatro interminables, tortuosos años. Cuatro años de cambiar de residencia cada semana, cada día a ser posible, a veces robando comida, siempre procurando conservar la discreción, viviendo con temor y agradeciendo cada día por el privilegio de poder abrir los ojos una vez más.

El primer año había sido el peor. A pesar de considerarse una persona bastante autosuficiente, Draco nunca había tenido oportunidad de percatarse de lo difícil que es sobrevivir en el mundo real, sin una madre o un elfo doméstico alimentándolo, sin una cama donde sabía que podía dormir. El hecho de no poder utilizar la magia para no levantar sospechas sólo empeoraba las cosas. Muchas veces se encontró al borde de la desesperación, incluso con ganas de entregarse a Voldemort y acabar de una vez por todas con eso. Pero siempre que se sentía de aquella manera, bastaba recordar aquel par de enormes ojos castaños para recuperar la serenidad.

Hermione… Al principio, Draco no sabía qué era peor, si encontrarse en tan precaria y peligrosa situación o estar lejos de ella. Con el paso de los días, se había percatado de que en realidad estar en riesgo mortal no parecía tan importante y mucho menos tan doloroso como añorar su mirada, su sonrisa, sus besos…

Por eso, desde el primer día se había dedicado a escribir cartas. Largas cartas en las que expresaba cuánto la echaba de menos, cuánto miedo sentía de no volver a verla, lo mucho que la amaba… Cartas que habían vuelto tal y como las había enviado, llevadas por lechuzas avergonzadas de no encontrar al destinatario. Cada carta que regresaba era como una puñalada asestada directo al corazón del joven Malfoy. Sin embargo, eso no le impedía, tras cuatro años, levantarse cada mañana y, tras abrir la ventana y tomar cinco segundos de sol y aire fresco, sentarse a escribir una carta que siempre comenzaba igual: Querida Hermione…

Sin embargo, ese día sería diferente. Muchas cosas habían cambiado en el vertiginoso plazo de veinticuatro horas.

El día anterior había comenzado como cualquier otro. Para empezar, había leído el periódico. Todos los días lo hacía, pues era el único vínculo que le quedaba con la comunidad mágica; no obstante, no todos los días traía noticias tan esperanzadoras. El titular de aquella ocasión rezaba: "ÚLTIMO MORTÍFAGO CAPTURADO, FIN DE LA ERA OSCURA". Adentro, detallaba el cómo y el cuándo a lo largo de doce páginas, pero la esencia del artículo y lo que más le importaba a Draco eran aquellas ocho palabras. Porque el último mortífago capturado significaba su tan ansiada libertad, porque el fin de la era oscura traía consigo el comienzo de una nueva vida, una donde las tinieblas quedarían por fin atrás.

Tras leer las buenas nuevas, Draco había alterado por primera vez en cuatro años su religiosa rutina, sintiéndose algo raro al hacerlo. Para empezar, había permanecido cinco largos minutos en silencio, pensando, planeando. Después, había rebuscado entre sus cosas (tarea difícil gracias al desorden acumulado de once meses) hasta encontrar lo que buscaba: un viejo mapa mundial. Lo había colocado sobre la mesa, y tras estudiarlo por casi una hora, lo había pegado a la pared. Lo observó un par de minutos más, como un experto observa un cuadro interesante, y a continuación, había procedido a marcar con la varita varios puntos en diferentes países, para finalmente circular un pequeño país sudamericano con una floritura. Después de ello, había comenzado a recoger sus cosas. Draco se impresionó por el número de objetos que halló entre sus pertenencias, y luego de desechar una cantidad bastante significativa de ellos, acomodó los pocos que se habían salvado de la purga en una pequeña bolsa de cuero. Entonces, comenzó la limpieza, ardua y exhaustiva. Limpió cada centímetro de la habitación, barrió el suelo, retiró las manchas de la colcha y pulió los muebles. Cuando terminó, nadie hubiera dicho que hubo alguien viviendo ahí casi un año.

Posteriormente, se metió al cuarto de baño. Se observó en el espejo durante unos minutos mientras se llenaba la tina, y entonces se sumergió en un baño profundo y perfumado. Se lavó a conciencia, hasta que el cabello recuperó su antiguo brillo platinado y su pálida piel se tornó rosa y comenzó a arder. Después de secarse y vestirse, tomó la varita, se miró al espejo e hizo un movimiento complicado. Al instante, mechones de cabello cayeron al suelo, dejándolo con un corte nuevo y estilizado. Se observó un minuto más y se dijo que todavía no era ni la mitad de guapo de lo que un día había sido, pero que dadas las condiciones, era lo mejor que podía hacer.

Por último, se había sentado en el viejo escritorio de roble que lo había acompañado por tantas noches. Sacó una pluma, pergamino y tinta, y comenzó una nueva carta.

Querida Hermione…

Pero, ¿qué iba a escribirle? Se encontró ante la parte más difícil de todos aquellos preparativos. Porque, ¿cómo decirle que por fin había llegado el día? El día en que, ya sin peligros, él partiría a nuevas tierras, a una nueva vida… Una vida que alguna vez había soñado para los dos. Pero todo eso ya lo sabía ella, o lo hubiera sabido de haber recibido sus cartas. Sin embargo, fuera lo que fuera, él ya había tomado su decisión. Se iría lejos de Inglaterra, porque por fin podía hacerlo, libre de todo temor; porque era lo mejor para todos, y no había nada ni nadie que lo pudiera hacer cambiar de opinión.

Mordisqueó la pluma, frustrado. Eran tantas las cosas que deseaba decir, que no sabía ni por dónde empezar. Una vez más en su vida, deseó haber nacido escritor o poeta, para que las palabras fluyeran con naturalidad. Y de pronto, cierta magia pareció obrar en él, puesto que empezó a escribir por inercia lo más profundo y de más valor artístico que seguramente escribió en su vida:

Debes buscarte un nuevo amor, que no guarde sus problemas

Que no sea como yo a la hora de la cena

"Sí, Hermione, eso es justamente lo que debes hacer. Encontrar un nuevo amor, si es que no lo has hecho ya. Uno que no te oculte cosas, uno que sea sincero contigo y te dé el lugar que mereces. Uno que durante la cena no tenga que fingirte odio frente a todos sus amigos, cuando desearía gritarle al mundo lo mucho que te ama".

Que cuando muera de celos, él jamás te diga nada

Que no tenga como yo tantas heridas en el alma

"Alguien bueno, puro y noble. Alguien que no se revuelque de celos cada vez que se imagina a otro besando tus labios, que alguna vez fueron míos. Alguien cuyo corazón no haya estado manchado por un odio que ni siquiera le pertenecía, que no esté roto por dentro. Alguien digno de ti".

Debes buscarte un nuevo amor, que sea todo un caballero

Que tenga una profesión, sin problemas de dinero

Sea amigo de tus amigos, simpatice con tus padres

Y que nunca hable de más, que no pueda lastimarte

"Porque no mereces menos, mi amor. Porque tú mereces a alguien que pueda darte una vida plena, completa en todos los sentidos. ¿Yo qué podría ofrecerte? Hijo de mortífagos, fugitivo, sin una profesión. El peor enemigo de tus amigos. Un paria de la sociedad en la que mereces vivir. Alguien cuyas acciones, cuyas palabras te destrozaron tantas veces que tendré suerte si algún día puedo mirarte a la cara nuevamente sin sentir vergüenza".

Pero vida, me conoces desde siempre

"Desde los once años, pero fue a los dieciséis que te dejé conocerme, y tú a mí. Y a estas alturas, después de todo lo que vivimos en ese fugaz año, pareciera que te conozco desde siempre"

Y ahora tengo que decir, siempre digo lo que siento…

Que no vas a encontrar nunca con quién mirar las estrellas

Alguien que pueda bajarte con un beso una de ellas

Alguien que te haga sentir tocar el cielo con las manos

Alguien que te haga volar como yo, no vas a encontrarlo

Draco se perdió brevemente en la ensoñación de los recuerdos. De tantas noches en la torre de Gryffindor mirando las estrellas a su lado. De los besos y las caricias. De las sonrisas eternas.

Que no vas a encontrar nunca alguien que te ame de veras

Alguien que te haga llorar de tanto amar, de tantos besos

Alguien con quien caminar como dos locos de la mano

Alguien que te haga vibrar como yo, no vas a encontrarlo…

Lágrimas. Risas. Miradas. Su mano sobre la de él. Sus corazones latiendo al mismo ritmo.

Debes buscarte un nuevo amor que se acuerde de las fechas

Que no sea como yo, siempre cumpla sus promesas

"Como esa que nunca pude cumplirte. La de volver por ti. Lo desée, mi amor, lo desée con todas mis fuerzas. Quise regresar aunque sea para mirarte una vez más, para respirar tu fragancia. Pero, ¿cómo volver después de tanto tiempo? ¿Y si ya tenías a alguien más? ¿Y si tu corazón le pertenecía a otro? Yo no hubiera podido soportarlo. Pero debo ser lo peor que pudo haberte pasado, Hermione, lo peor, y yo no soy nadie para impedirte ser feliz, pues debes saber que eso es todo a lo que aspiro: a saberte dichosa".

Alguien que pueda quererte solo un poco y cierta parte

Que no sea como yo, que solo vivo para amarte

"Por eso no lo hice, por eso no volví y me limité a escribirte cartas durante cuatro años, con la esperanza de que recibieras alguna y que respondieras, diciéndome lo bien que estabas, lo poco que me necesitabas. Y por eso también es que decido partir para siempre. Por amor a ti, para que puedas continuar con tu vida, sin el estigma que cargaré para siempre. Sin mí".

Pero vida, me conoces desde siempre

Y ahora tengo que decir, siempre digo lo que siento…

"Pero debes saberlo, debes saber que…"

Que no vas a encontrar nunca con quién mirar las estrellas

"Que nadie nunca va a amarte como lo hice yo".

Alguien que pueda bajarte con un beso una de ellas

"Que jamás encontrarás a nadie dispuesto a ofrecer todo lo que estoy dando por ti."

Alguien que te haga sentir tocar el cielo con las manos

"Que este sacrificio que hago al renunciar a ti es lo más doloroso que he hecho nunca."

Alguien que te haga volar como yo, no vas a encontrarlo

Que no vas a encontrar nunca alguien que te ame de veras

"Que a pesar de la distancia, tu recuerdo vivirá en mí para siempre".

Alguien que te haga llorar de tanto amar, de tantos besos

"Que aunque logres amar a alguien más, mi corazón seguirá siendo solo tuyo".

Alguien con quien caminar como dos locos de la mano

"Que te deseo lo mejor para siempre. Que sigas siendo la mujer maravillosa de la que me enamoré. Que encuentres la felicidad".

Alguien que te haga vibrar como yo, no vas a encontrarlo…

"Y que a pesar de la lejanía, del olvido, del tiempo, siempre estaré contigo. Esa promesa sí pienso cumplirla"

Tras terminar de escribir, se había quedado dormido sobre el escritorio, y así lo había encontrado el día, sobre el pergamino manchado de lágrimas.

Terminó al fin de cepillarse el pelo. La imagen que proyectaba era la de un joven sencillo, algo descuidado, pero agradable a la vista. Sabía que su presencia en Sudamérica no pasaría desapercibida, pero no le importaba. Frente a él solo veía un panorama de promesas, de esperanzas y de un futuro al fin. Y sus ojos. Siempre sus ojos castaños.

(N/a: no inventen, ¿se imaginan que Draco Malfoy en verdad nos cayera por tierras latinas? Yo ME MUEROOOOOOO! *.*)

Draco Malfoy recibió el correo por última vez en aquella habitación. Guardó las cartas en su bolsillo, pensando que podía leerlas durante el trayecto. Como de costumbre, ató la carta dirigida a Hermione a la pata de la lechuza, y la dejó partir. La única diferencia sería que esta vez no estaría ahí para recibirla cuando la trajera de vuelta.

Justo al momento de soltarla, se percató de que no la había firmado. Lo pensó unos instantes, y se dio cuenta de que eso tampoco importaba. Si ella llegaba a recibirla, ella sabría.

Y mirando por última vez la horrible habitación, con sus cartas en el bolsillo, su bolsa de cuero al hombro y el corazón plagado de esperanza, Draco salió con dirección a su futuro.

-o0o0o0o0o0o0o0o0o-

El día se antojaba bastante fresco, perfecto para una tarde al aire libre. Sin embargo, desde la ventana de su despacho, Albus Dumbledore no se percataba de ello. Aunque sus ojos se clavaban en los amplios jardines, en los árboles que se mecían con el viento, su mente estaba bastante lejos de ahí, en profunda reflexión. Se preguntaba cuántos de sus invitados realmente se presentarían aquél día, al haber sido avisados con tan poca antelación.

De pronto, soltó una carcajada desde lo más profundo de su ser.

Más valía que no se atrevieran a faltar.

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Se preguntó por enésima vez qué rayos hacía ahí. El lugar no estaba plagado más que de amargos recuerdos, de dolorosas remembranzas. Ahí había sufrido, gritado, llorado, había temblado de rabia e impotencia, había muerto de miedo. Nada tenía que hacer ahí.

Y sin embargo, sabía que eso no era del todo cierto. Que si bien el lugar significaba miles de memorias desgarradoras, también le traía recuerdos de la aquella ocasión en que había sido completa, total y plenamente feliz.

Tras un suspiro, atravesó la reja del castillo de Hogwarts. Después de todo, la invitación ya había sido aceptada.

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- Pasa, Hermione, por favor; te estaba esperando.

La chica agradeció con un gesto al amable anciano al que había aprendido a querer y respetar como a un familiar, y entro al despacho. La habitación seguía igual a como siempre había sido. Sus extraños artefactos de plata sobre el escritorio de madera, los lienzos de los antiguos directores colgados en las paredes, el pensadero en una esquina. Se sentó tímidamente en la butaca que Albus Dumbledore le ofrecía, sintiéndose, como siempre, algo intimidada por la magnificencia del lugar.

- Me alegra que hayas podido venir; realmente ha sido un tiempo sin tener novedades de primera fuente sobre ti. ¿Cuánto hará? ¿Tres, cuatro meses?

- Han sido seis, señor – respondió ella suavemente.

- Seis meses… Por Merlín, sí que el tiempo pasa volando cuando uno no anda persiguiendo mortífagos por ahí – comentó distraídamente el director. - ¿Te puedo ofrecer algo de beber, Hermione? ¿Té, café, tal vez algo más fuerte?

- Café está bien, señor – dijo ella, diciéndose que si iba a comenzar a cambiar su vida, sería mejor ir dejando esa compulsión por el café. Pero ya habría tiempo para eso.

Con un gesto de varita, Dumbledore hizo aparecer una jarra y dos tazas frente a ellos. Después, procedió a servir. Hermione no pudo evitar pensar que era el mismísimo organizador de la resistencia contra Voldemort, el líder del movimiento que culminó con su derrota definitiva, quien en ese momento le preguntaba si deseaba azúcar y leche en su bebida.

Bebió de su taza lentamente, paladeando el amargo sabor de la infusión. Era el mejor que había probado en su vida.

- Y bien, Hermione – comenzó Dumbledore tras dejarla disfrutar de unos minutos con su café. – Cuéntame, ¿cómo has estado?

- Oh, pues… - La castaña no sabía cómo responder a tal pregunta. ¿Cómo había estado realmente? – Supongo… Supongo que bien, señor. He estado descansando, usted sabe, de los acontecimientos de noviembre… Y pues he seguido en contacto con mis amigos y mis padres, así que…

- Vamos Hermione, no querrás engañarme a mí con esas historias – la interrumpió el anciano con una amplia sonrisa. – Seré viejo y tal vez comienzo a ser un poco senil, pero he de decirte que a mis 150 años todavía conservo un poco de mi inteligencia, que como ya sabrás, es bastante superior a la del común de la gente. Y sé que tú también eres una mujer asombrosamente brillante, así que no nos andemos con rodeos y responde a mi pregunta con honestidad: ¿cómo has estado?

Hermione tragó saliva. La mirada azul penetrante de Albus Dumbledore le dejaba saber, aun más que sus propias palabras, que no se había dejado convencer con sus débiles argumentos.

- ¿A qué… A qué se refiere exactamente, señor? – atinó a responder.

- Tú sabes a lo que me refiero.

La castaña tuvo entonces que desviar la mirada. Claro que sabía a lo que se refería, pero no podía responder a tal pregunta, porque llevaba mucho tiempo conteniendo sus emociones, cuatro años, para ser precisos, desde esa madrugada de junio… No podía darles rienda suelta, mucho menos en frente de Dumbledore, porque terminarían por arrasarla y tal vez hasta matarla.

- Hermione, Hermione… Veo que no has cambiado nada – dijo él, esbozando otra sonrisa, esta vez con un deje de tristeza. – Siempre tan valiente, actuando conforme a los principios de lo que es correcto antes de obedecer los llamados del corazón. Pero has de saber, mi querida Hermione, que los tiempos han cambiado. Ya no estás en el colegio, y la guerra ha terminado. Ya no es necesario que sigas haciéndote la fuerte todo el tiempo.

Sus ojos castaños se inundaron entonces con lágrimas, y su rostro se desencajó. De pronto, se encontró llorando como no había llorado en cuatro años, como había deseado hacerlo por tanto tiempo sin conseguir más que unas cuantas lágrimas.

- No se imagina… No tiene idea de… ¡N-no sabe c-c-cómo lo extraño aún! – sollozaba Hermione, mientras el director hacía aparecer un pañuelo de seda y se lo ofrecía.

- Aunque no lo creas, lo comprendo. Perder a tu primer gran amor nunca es fácil.

- ¡Él es el gran amor de mi vida, siempre lo será! ¡Y para su información no, no es nada fácil! – gritó ella a modo de respuesta, sonándose la nariz con gran escándalo.

Dumbledore no respondió, mientras se ponía de pie y hacía aparecer más café. Hermione lo apuró al tiempo que el anciano se paseaba por el despacho. Parecía distraído; miraba por la ventana los grandes jardines de Hogwarts.

- Hermione… A pesar de lo que has tenido que enfrentar a tu corta edad, sigues siendo aún muy joven para saber ciertas cosas. Sí, veinte años no son muchos para conocer todas las lecciones y misterios de la vida, pero has de comprender de una vez que ésta, en general, no es fácil en absoluto, y que hay que aprender a hacer ciertos sacrificios por el bien común. En tu caso, ha sido tu lazo más fuerte lo que has tenido que abandonar. No obstante, también hay otra cosa que hay que entender, algo que deberías ya saber, a pesar de ser tan joven, y que es indispensable conocer porque es la clave no solo para sobrevivir, sino para vivir, para tener una existencia plena – volteó y clavó en ella sus ojos que relucían cual zafiros. – Y eso es, Hermione, una regla muy simple: Todo es posible cuando hay amor.

Ella lo miró, sus ojos castaños inexpresivos. Sin embargo, en su cerebro bullía una revolución.

- En realidad es tal vez un poco más complejo de lo que planteo. No obstante, si nos vamos a los principios básicos de lo mismo, se demostrará que es siempre igual. Para el amor nada es imposible, todo lo que somos y llegaremos a ser, todo lo que hemos hecho y podremos hacer, son consecuencia directa o indirecta del amor. Por el prójimo, por la naturaleza, por uno mismo. Pero en sí, es el amor lo que mueve al mundo, no hay más.

- Oh, vamos profesor. Que mentira más grande – respondió Hermione con sorna. – Si es así, explíqueme la guerra de la que acabamos de salir, dígame por qué la gente continúa matándose los unos a los otros, por qué insistimos en hacer daño a los demás sin importarnos, por qué sigue habiendo casos como el mío, en los que quienes se aman se separan… ¿Por qué, eh señor? Convénzame de verlo con su lógica, puesto que la mía al parecer no lo alcanza a percibir. Dígame por qué, si el amor es así de milagroso como usted plantea.

Dumbledore sonrió con tristeza.

- Porque, mi querida niña, a pesar de todo seguimos siendo humanos, y seguimos cometiendo errores. Seguiremos haciéndolo, por mucho que nuestra raza mejore y se perfeccione. ¿Pero sabes? Es justamente el amor quien logra este cambio, quien nos motiva a ser mejores seres humanos día con día. Con amor, las guerras tocan fin, un asesino no mata más, un ladrón deja de tomar lo ajeno, y una pareja se reencuentra. Así de simple.

- Por favor – se burló la castaña. – Habla usted como si el amor fuera magia.

- Y lo es – respondió tranquilamente el director. – La magia más grande que un ser humano tiene la fortuna y alegría de conocer.

Hermione suspiró pesadamente. Ya había oído bastante, y no podía creer que su director la había hecho venir solamente para hablarle del amor que tanta desgracia había traído a su vida.

- Discúlpeme, señor, pero no quiero seguir esta conversación. Si no tiene otro asunto que tratar conmigo, me retiro – se puso de pie con prontitud.

- Antes de que te vayas, permíteme decirte una última cosa. ¿Puedo? – preguntó el hombre antes de continuar. Hermione hizo un levísimo gesto con la cabeza.

- Si bien he dicho que es el amor lo que mueve al mundo y logra lo imposible, hay que aceptar que el amor por sí mismo no basta para existir. Es necesario alimentarlo día con día para que no muera. ¿Cómo? Con confianza, respeto, solidaridad, entre otras. Pero sobre todo, hay un elemento de suma importancia que no puede faltar para lograr que el amor crezca, se multiplique y sobre todo, se conserve.

- No me diga. ¿Polvo de hadas?

- Mejor que eso. Fe.

- ¿Fe? – preguntó ella extrañada.

- Así es. La fe es lo que hace que el amor siga viviendo en todos nosotros. Fe en que, aunque todo pinte mal de momento, mañana será otro día; fe en que las personas pueden cambiar, y estos cambios pueden ser para bien. Fe en un futuro mejor para nosotros, para todos.

- Sigo sin comprender. ¿Qué pinta la fe en todo esto?

- Es un ciclo infinito, Hermione. La fe y el amor están íntimamente ligados, y siempre lo estarán. Porque simplemente, es necesario creer, Hermione. Creer en nosotros mismos, en nuestros semejantes. Y sobre todo, en el amor. En que para él, absolutamente nada es imposible.

Hermione se sostuvo la cabeza con las manos. Era demasiado para tan poco tiempo.

- Señor, yo… Creo que necesito un poco de aire fresco.

- Adelante entonces, ve a dar un paseo por los jardines, y en cuanto termines de despejarte, te suplico aceptes mi invitación para cenar.

- No podría negarme, señor – respondió ella, pensando que era lo que más deseaba hacer en ese instante.

- Bueno, pues no te detengo más. Espero recuerdes el camino.

- Cómo olvidarlo. Gracias señor.

- Ah, y Hermione…

La castaña se volteó. Ya tenía la mano en el picaporte.

- ¿Decía, señor?

- No pierdas la fe. No pierdas el amor. Y sobre todo, no te pierdas a ti misma.

Hermione lo miró inquisitivamente. Los ojos de Albus Dumbledore destellaban con algo que ella no alcanzaba a descifrar. Pero se dijo que no podía más, y salió de la habitación sin decir palabra.

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Los jardines se encontraban tal y como los recordaba. El pasto verde y fresco, el lago chispeante por los reflejos de la luz del sol, los árboles recios meciéndose al compás del viento de mayo… "Por aquí no pasa el tiempo", pensó con nostalgia. Si tan sólo lo mismo pasara en la vida real…

Se paseó por los terrenos del colegio, saboreando la brisa, disfrutando el recuerdo… Aquellos días cuando ninguna de las preocupaciones que se amontonaban en su cabeza existían. Suspiró con nostalgia y siguió avanzando.

Las memorias seguían agolpándose. Las de los tiempos felices. Las de la primera cita, las del primer beso. Las de las sonrisas, las de las palabras, las de las miradas. Las de los "te amo". Las del último adiós.

Y tal concentración no le permitió darse cuenta de a dónde se dirigían sus pasos. Aunque cuando reaccionó, se sorprendió de no haberse dado cuenta antes de que aquel paseo siempre había tenido ese destino final.

Se encontraba, por supuesto, en el árbol que se encontraba junto al lago, aquél donde había sucedido aquel primer encuentro en el baile de Navidad. "Aunque pensándolo bien, aquella no fue la primera vez que nos reunimos aquí", se dijo, recordando la discusión que había tenido lugar mucho antes de que aquella historia de amor comenzara a escribirse. Se sentó contra el tronco, reclinando la cabeza, exactamente en la misma posición en la que se encontraba aquel día de octubre, cuando solo en sus más alocados sueños se le hubiera pasado por la cabeza que aquella persona con la que tanto peleaba iba a convertirse en lo más importante de su existencia.

Los recuerdos fluían a borbotones. Tantos encuentros furtivos, tantas miradas largas, tanto amor del que había sido testigo aquél viejo árbol. La aventura juntos pasó frente a sus ojos como un rayo: cuando se conocieron en primer año, la aversión instantánea que había surgido entre ellos, aquella bofetada que ella le había dado en tercer curso, la inolvidable discusión en sexto año, las cartas, el enamoramiento involuntario, el baile de Navidad, el enfrentamiento con sus amigos, la ida a Hogsmeade, los celos salvajes, la confesión a la luz de la luna, la separación, la reconciliación, la despedida… Sus intentos por lograr un reencuentro, las cartas que nunca llegaron y que siempre esperó, más todas las que le escribió cuando todavía albergaba esperanzas, antes de decidir darle el último adiós…

El recuerdo que volvió más fuerte fue el de aquella ruinosa estación a medianoche. El de sus ojos brillantes, sus labios temblorosos, sus manos ansiosas… Cuando se despidieron, no hubo gritos, ni reclamos, ni lamentos. Ellos sabían que había llegado el momento. No había necesidad de pronunciar palabra.

Y envuelto en las memorias como estaba, Draco Malfoy dejó correr una última lágrima por su mejilla, mientras con voz estrangulada decía:

- Te amo, Hermione.

Y del otro lado del tronco, una voz compungida por el llanto, proveniente de una chica castaña sentada en la misma posición de cuatro años atrás, respondió:

- Te amo, Draco.

Y después de un breve instante de vacilación, casi como si lo hubieran ensayado, ambos se asomaron para comprobar si no se trataba de un sueño.

Y cruzaron miradas empapadas, gris contra castaño.

Y de inmediato el mundo a su alrededor se evaporó, incluida la alta figura de cabello plateado que, desde el castillo, los observaba con ojos azules y una sonrisa en el rostro.

Y se pusieron de pie al tiempo, y mientras se acercaban el uno al otro, con miedo, con alegría, con dudas, con la visión de un mañana atemorizante y retador, pero juntos, fue imposible pensar en nada más.

Y cuando estuvieron frente a frente, tras la larga ausencia, tras tantas lágrimas y resignación, pero con la esperanza de tener toda la vida para recuperar el tiempo perdido, se tomaron de la mano.

No hubo gritos, ni reclamos, ni lamentos. Ellos sabían que había llegado su momento. No había necesidad de pronunciar palabra.


Gracias por la aventura, chicos. Nos leeremos en otra ocasión!

Con infinito cariño, Marianna de Bloom