Capítulo Dos:
"Dando Gracias..."
Bueno, os dejé con mi relato en la primera noche de mi nueva vida. Pero lejos de ser una noche tranquila, tuve una inquietante y extraña pesadilla. Una pesadilla que no tenía nada que ver con lo ocurrido en Nueva York, o al menos eso pensaba entonces.
Soñé que estaba en un puerto, a orillas de un mar embravecido que nunca había visto. Las únicas playas que había conocido eran las del Océano Pacifico, de los días de Acción de gracias, cuando visitábamos a mi abuelo a North bend, en Oregón.
Pero aquello que veía no era el Pacifico, ni las costas de North Bend. Era más cálido, y más terrorífico, en cierto modo. A mí alrededor veía personas que me hablaban y me llamaban por mi nombre. Pero ni sus rostros, ni sus voces eran claros. Parecía que estuviese viéndolos a través de una densa lluvia, y escuchándolos a través de un vendaval.
Pero antes de que pudiese reconocerlos, se habían ido. Habían huido. Huido de algo que venía del mar, algo imparable. Mientras que yo enfrente de aquella masa de agua enorme, me sentía minúscula e insignificante, en comparación con lo que se aproximaba. Pero un sonido empezaba a acercarse a mi espalda. Un sonido ancestral que me atravesaba el cuerpo y hacia que palpitase más fuerte mi corazón. Y...
...justo en ese momento sonó el despertador arrancándome del reino de Morfeo. Apagué el dichoso despertador de un manotazo, mientras intentaba retener algo de ese sueño. Antes de que la lucidez destrozara su significado. Pero ya era demasiado tarde. Aquel puerto, aquel mar, aquellas personas, aquel sonido y aquello que venía a por mí habían tenido sentido mientras soñaba.
Pero ahora mi mente se centraba en que era jueves, y hoy SÍ tenía que ir al instituto. Me desperté con un humor de perros, y un dolor lacerante en la cabeza, como si tuviera una jaqueca enorme. Me di una ducha rápida, antes que mi tío entrara a arreglarse, para despejar mis ideas. Mi tío, mi abuela y yo compartíamos el mismo baño, puesto que teníamos las habitaciones secundarias de la casa. Tío Badger había decidido que mi madre ocupara la habitación reservada al matrimonio, la única con baño propio, de aquel caserón.
Antes de que mi tío comprara el caserón, así como los terrenos de cultivo, estaba hecho pedazos. Goteras, puertas desportilladas y algunas paredes cuyas molduras estaban descascarilladas. Pero él lo compró y lo reformó a su gusto. Y empezó a cultivar en los campos, aun cuando el anterior propietario había dado por estéril la zona. Ninguno de los anteriores dueños había conseguido que ese terreno diera beneficios. Pero tío Badger, lo había conseguido con gran esfuerzo y cariño. Parecía como si aquellas tierras hubieran estado esperándole a él durante siglos.
Tras la ducha me dispuse a vestirme, para ir a tomar el desayuno. En la pequeña televisión portátil de la cocina seguía apareciendo la evacuación de Nueva York, así como el sorprendente descubrimiento de la ausencia de lluvia nuclear. Tras el desayuno, llegó la hora de marcharse. Pero antes de que entrara en el coche de mamá, pasó algo desconcertante. Tuve un impulso muy extraño, volví a mi habitación y rebusqué en el fondo del armario en busca del paraguas.
«Es una tontería, no va ha llover» pensaba. Pero al mismo tiempo una vocecita molesta en mi cabeza me decía: «Si no te lo llevas, te vas a empapar» Metí el paraguas en la mochila, sin tiempo para discutir conmigo misma, y me fui directa al coche.
Una vez en el instituto, me encontré con que había acertado otro pronóstico. Aunque este era más evidente, todo el mundo hablaba de Nueva York y de la explosión. De hecho la última noticia sobre la inesperada ausencia de lluvia radiactiva, había producido toda una serie de disparatadas teorías de pasillo.
Los que seguían las versiones oficiales, opinaban que debía de haber sido un fenómeno natural. Como la explosión de un meteorito al entrar en la atmósfera. Pero esa teoría se tambaleaba debido a que la NASA había afirmado que ningún elemento extraño había entrado en la atmósfera desde el espacio. Los que le iban las teorías de la conspiración, fans del fenómeno Roswell, aventuraban que se trataba de un OVNI, o al menos de algo secreto del gobierno. Yo en cambio escuchaba esas paparruchadas sin mucho entusiasmo, mientras dejaba el paraguas en la taquilla.
Algo me decía en mi interior que la verdad era más extraordinaria e inquietante. El día de instituto pasó sin pena ni gloria. Deberes y trabajos entregados. Así como nuevas, y asfixiantes, tareas para hacer en casa. Parecía que era un ciclo que no tendría fin. Pero en la última clase del día, en la clase de Lengua Hispánica, me quedé adormilada debido a la mala noche que había pasado.
No me preocupaba mucho, puesto que yo estaba en uno de los asientos en la última fila, y el español no era problema para mí. Pero en medio de esa morriña, cuando empezaba a dejar de oír lo que decía la profesora, olí la fragancia de la lluvia, y noté la piel del cuerpo empapada. Un ruido de tambores en la lejanía hizo que me despertase, y tanto el perfume como la humedad desaparecieron.
Aquello era realmente desconcertante, pero antes de que pudiese recapacitar sobre lo que me había pasado, la clase estaba terminando y la profesora estaba asignando los deberes para mañana. Al salir del aula, me percaté de que Josh McKenzie, mi vecino, se había quedado para hablar con la profesora. Esa era una de las pocas clases en las que coincidíamos, y esperaba que no me hubiera pillado adormilada.
Justo cuando estábamos Zoe, mi compañera de taquilla, y yo a la salida del instituto, me acordé de algo importante. Me disculpé ante Zoe, para salir como una bala en dirección a mi taquilla, y recoger el paraguas que había dejado olvidado. Y cuando abandoné por fin del instituto abrí el paraguas rápidamente y...
...empezó a llover. No sé como explicarlo. Ni si quiera ahora que llevo tanto tiempo con este don. Pero tenía la certeza, eso si certeza es la palabra más adecuada, de que iba a llover en ese instante. No me paré a reconsiderar lo extraño de mi acto. Lo había hecho de una manera tan automática, tan instintiva, como parpadear. Pero mientras estaba en la parada del autobús, esperando a mamá para que me recogiese, me encontré con una sorpresa. Josh McKenzie se dirigía a donde estaba yo, corriendo bajo la lluvia.
—¿Puedo refugiarme? —preguntó Josh mientras señalaba el paraguas. Yo debí tartamudear algo parecido a una respuesta afirmativa. Aunque el shock de encontrarme a solas con él me había dejado atónita. Otra vez me encontraba igual que el día del eclipse, los dos a solas en medio de un lugar sin nadie a la vista. Y lo único que me atrevía a hacer era mirarme los pies al tiempo que pasaba este trago.
—Te llamas Sparrow ¿Verdad? —dijo Josh después de unos incómodos minutos de silencio. «¡Dios, se acuerda de mi nombre!» pensé. No creí que se llegara a acordar, después de más de un mes desde que me atreví a decírselo. Asentí presurosa al tiempo que decía sin apartar la mirada del suelo:
—Sí, me llamo así.
Se me quedó mirando un rato fijamente, mientras me ponía cada vez más nerviosa. No me había percatado de lo pequeño que era este paraguas al cogerlo y podía sentir su mirada clavada en mí. Notaba que su mirada empezaba a afectarme, exactamente igual que cuando el sol calentaba mi piel en verano.
—Eh... ¿Hablas el español? ¿No? —acabó preguntando al terminar de mirarme fijamente. Yo no entendí, en aquel momento, el por qué de aquella pregunta tan extravagante. Pero afirmé con la cabeza.
—¿Por qué quieres saber si hablo español? —pregunté armándome de valor y mirándole a la cara, aunque no me centré en sus ojos azules. Me parecía bastante más alto de cerca, aunque solo me sacaba seis pulgadas.
—¿Podrías darme clases particulares? —preguntó indeciso. Debí de poner una cara muy extraña, tal vez de espanto, o me quedé completamente pálida. Por que añadió casi al instante—. Bueno, si no te molesta.
«¿Molestarme? ¡Estoy aterrada!» pensé. Pero una vocecita, la misma de antes en casa, me decía «¡Esta es tu señal, aprovéchala!» Decidí seguir a la condenada vocecita una vez más y acepté.
—Podemos empezar este domingo por la tarde, en mi casa —dijo él tras aceptar su petición. Vi cómo sacaba de la mochila su carpeta y un bolígrafo. —. Este es el teléfono de mi casa —añadió mientras anotaba los números como podía. Me había quedado mirando su carpeta, la tenía forrada con la imagen de un eclipse solar.
«¿El mismo eclipse?» pensé.
—Llámame si no puedes venir por lo que sea —terminó diciendo Josh. Si tuve alguna oportunidad para echarme atrás, para ser una rajada, desapareció justo en ese momento. Puesto que había dejado de llover y el coche del padre de Josh venía a recogerlo. Se despidió con la mano al tiempo que me decía—. ¡Hasta luego!
Yo en cambio me había quedado con el paraguas aún sostenido en una mano y el papel con el teléfono agarrado firmemente en la otra. Bajé el paraguas y eché un vistazo al cielo que estaba azul y claro.
—Gracias —dije, sin pronunciar la palabra, solo moviendo los labios. «Alguien ahí arriba me había echado una mano» pensé.
El coche de mamá me recogió poco después, según parecía se había retrasado por el mal tiempo. Yo en cambio estaba encantada de que hubiera llegado tarde. ¡Tenía su teléfono!
«No te hagas ilusiones Sparrow, sólo van a ser estudios» pensaba para tranquilizarme. Seguramente, Josh debía ser muy mal estudiante, en cuanto aprobara se olvidaría de ti. O peor, te convertirías desgraciadamente en una amiga, solo y únicamente una buena amiga, y compañera de estudios. Sin posibilidad de que se fijase en ti.
«¡Menuda pesimista que eres!» me recriminó una voz desde el fondo de mi cabeza. Me percaté en ese momento que, esa voz que discrepaba de mí, hablaba en Hopi. Pero aunque intentaba ser realista, no podía evitar mirar el domingo próximo en el calendario de la cocina y suspirar levemente. Les expliqué a mama y mi tío el ofrecimiento de ayudar a Josh en español, y aceptaron mi buena disposición con el vecino sin apenas mostrar interés.
Aquel día también disentí del hombre del tiempo, pero el fastidioso ruido de tambores en la lejanía no sonó, ni hubo sueños extraños sobre cosas ominosas viniendo hacia mí. Aunque pronto los días "normales" como aquel serían escasos, muy escasos.
Los días pasaron volando ante la esperanza, y el temor, de estar a solas con él de nuevo. Y antes de que me hubiera dado cuenta ya era domingo y me encaminaba hacia su casa, dudando de mi decisión a medida que la silueta de la granja se perfilaba cada vez más cerca. Llamé a la puerta con decisión, a pesar de que me sudaban las manos. La puerta se abrió y por suerte no me encontré a Josh a primeras, tal vez me hubiera desmayado.
—Buenos tardes. Debes ser Sparrow ¿No? —dijo una mujer que debía de ser la madre de Josh. Me hizo un gesto para que entrase al recibidor.
—Si, lo soy —exclamé nerviosa mientras cruzaba la puerta.
—Júnior me ha hablado mucho de ti —mencionó ella.
«¿Júnior? ¿Qué había dicho de mí, Júnior?» pensé. Pero no expresé esas dudas en voz alta, para no parecer una impertinente. Josh estaba en el salón con sus dos hermanos pequeños.
—Bueno, os dejo a solas para que podáis estudiar a gusto —exclamó su madre al ver a Josh—. Me voy al hospital, Júnior. Te dejo al cargo de Ian y Ky ¿Vale?
Josh se despidió de su madre con un beso en la mejilla. Y me ofreció asiento mientras ella salía de la casa.
—Pensé que no vendrías —dijo al oír el sonido de la puerta cerrándose—. ¿No te importa hacer de niñera conmigo?
—No, no pasa nada —exclamé como de pasada. Intentando que no se me notase los nervios, ante la idea de quedarme a solas con él.
—Verás, la profesora de español me ha dicho que mis notas son demasiado bajas —me explicó pasándome un papel que resultaba ser el último control de la asignatura—. Y que como sigan así, va ha recomendar al entrenador que me deje fuera de los partidos —añadió. Me fijé en la nota que tenía, un tres y medio. Con razón la profesora le había llamado la atención.
—Es una nota… —comencé a decir, pero no sabía como terminar la frase sin parecer una grosera.
—Pésima —concluyó él, por mí, la frase—. Lo sé. Y eso es lo que me molesta, en el resto voy bien. Menos en esa.
—El español es difícil —dije, no para animarle, sino por que gran parte del vocabulario en español que había aprendido de mi madre, consistía en insultos y maldiciones. De cuando le daban los arrebatos de mala leche. «¡Ánimo!» saltó de repente la vocecita en Hopi, para darme coraje.
—Pongámonos manos a la obra —exclamé en español, tomando aire y comenzando la clase. Aquella primera tutoría resultó ser más fácil de lo que me había esperado. Básicamente repasábamos las partes del examen y de los deberes en los que él había fallado. Siempre procurando que yo no hiciese su trabajo.
E iba intercalando frases en español en las conversaciones, para mejorar la parte hablada. De vez en cuando tenía que desviar el rostro para evitar que se fijase en las veces que me quedaba mirándole absorta. Y en más de una ocasión teníamos que cortar el hilo del tema que estábamos repasando ya que sus hermanos se perdían de vista o hacían alguna travesura.
Josh, a diferencia de mí, tenía dos hermanos pequeños. Ian parecía una versión en miniatura de Josh, no tendría más de ocho años, más bajito que yo pero con la misma mirada y el pelo castaño como su hermano. Kylie, de seis, tenía el pelo más claro y resultaba ser la más revoltosa de los dos, porque le gustaba mucho el juego del escondite. Casi sin darnos cuenta el tiempo había pasado volando y quedaba poco para el anochecer.
No es que me preocupase mucho en ese momento, me lo estaba pasando mejor de lo esperado. Pero fue como si una alarma sonase en mi cabeza, diciéndome cuánto quedaba para el ocaso. Ese era otro de los efectos secundarios del despertar de mi poder, junto con lo sueños inconclusos y las sensaciones extrañas, aunque en aquel momento no lo sabía. Únicamente sabía, igual que supe el momento exacto en el que iba a llover, que quedaba media hora para el anochecer.
—Creo que se ha hecho tarde —exclamé antes incluso de mirar mi reloj. Recogí el libro de texto al igual que Josh. Y me dispuse a irme.
—Nos vemos mañana en clase —se despidió Josh, mientras marchaba a casa cogiendo el camino de la carretera. No había sido para tanto. Después de los primeros quince minutos junto a él me había tranquilizado. Y me había comportado con bastante naturalidad.
Pero a medio camino de casa volví a oír sonidos en la lejanía. Sólo que esta vez eran cánticos en vez de tambores. Me paré en seco y después de unos instantes de silencio sacudí la cabeza.
«Ese chico te está afectando, Sparrow» me aconsejé a mí misma. Nunca me había enamorado, no al menos de este modo. Pero, por lo que me habían dicho mis amigas, el cuerpo se te descontrolaba. Y en aquellos momentos descontrol era la palabra que mejor me definía.
Los días pasaban rápidamente como las nubes por el cielo azotado por viento. Y más rápido aún desde que el domingo se había convertido en mi día preferido de la semana. Y al domingo siguiente se repitieron las clases de repaso a la vez que cuidábamos de sus hermanos. El progresaba lenta, pero firmemente, tenía la esperanza de poder aprobar este trimestre antes de los exámenes de diciembre. Y yo estaba encantada de estar a su lado, aun cuando me temía que todo esto se desvaneciese tan rápido como la niebla en una tarde de sol.
Mientras tanto mi poder seguía importunándome cada dos por tres. Los sonidos de tambores o cánticos no eran el mayor de mis problemas. Sino las sensaciones extrañas, como el cosquilleo en la piel como si una descarga de electricidad pasase por ella. O las náuseas que a veces me sacudían como si me encontrase a cientos de pies de altura. No sabía qué me estaba pasando en aquellos momentos y lo achacaba a los nervios o a otras causas.
Además mis conjeturas con las predicciones meteorológicas eran siempre acertadas. En un principio, pensé que era gracioso poder llevar la contraria al hombre del tiempo. Pero después de once aciertos seguidos, aquello era de un raro que asustaba. Así que dejé de ver los finales de los telediarios. Para cuando me había dado cuenta, el día más terrorífico de tío Badger, el de Acción de Gracias, había llegado.
No sé como será para el resto de familias, pero en la nuestra había indios nativos de verdad en la mesa. Tío Badger intentaba hacer que todo saliese bien, pero no demasiado bien. No quería causar una impresión excelente. Lo suficiente para salir del paso, pero sin llegar a la frase "Vamos a celebrar todos los años Acción de Gracias en casa de Badger".
Lo más difícil para mi tío, era la colocación de los invitados. Se debía de sentir como si estuviese haciendo un reparto colonial de sillas. Procurando no poner a los dos elementos más conflictivos juntos: Mi abuelo materno y mi abuela paterna.
Durante mucho tiempo pensé que el resentimiento entre mi abuelo y mi abuela venía de su matrimonio con un indio. Pero al parecer estaba equivocada, era mi nacimiento, mejor dicho mi bautizo, lo que provocó la brecha entre los consuegros.
Mi abuelo quería que el nombre de mi difunta abuela materna fuera primero. Y mi abuela quería que fuese el nombre de Sparrow. Al final mi abuela ganó la batalla, pero comenzó una guerra que aún continuaba. Una guerra consistente en centrarse en todos los aspectos de mi vida: si iba bien en la escuela, si tenía novio, si... Bueno, ya sabéis, todo ese chequeo que te hacen los abuelos cada vez que vienen de visita. Y sobre todo una guerra en ver quien de los dos estaba mejor de salud, para ver quien se iba a reír sobre la tumba del otro. Vamos que se llevaban como el perro y el gato.
Habíamos terminado de preparar la cena cuando llegó mi tío Jeremy, con su esposa Ángela y mis primos Scott y Mellisa, acompañando a mi abuelo Malcom Sanders. Dado que vivían todos en Oregón habían venido en el mismo vuelo. Mientras que mi tío Albert, que vivía en Nueva York, había llamado del aeropuerto de Roswell diciendo que su vuelo se había retrasado y le faltaba poco para llegar.
—Perdonad por el retraso —se disculpó tío Albert, a su llegada, mientras nos daba un beso a mi madre y a mí—. En Nueva York siguen las cosas un poco agitadas.
Cuando ya estábamos en la mesa por fin todos juntos y tío Badger, ya que era el anfitrión, había dado las gracias por los alimentos, una inoportuna llamada sonó en el teléfono de la cocina. Disculpándose mi tío fue atenderla.
Pero por desgracia faltaba algo en la mesa, lo que me había tocado preparar a mí, la salsa de arándonos. Me dirigí a la cocina para traerla. Cuando, sin quererlo ni poder evitarlo, escuché parte de la conversación telefónica de mi tío.
—No, no quiero hablar con usted... ¿Es que no lo ha entendido? —dijo con un tono serio e hiriente. Parecía que su interlocutor decía algo en respuesta—. Váyase a tomar por... —blasfemó mi tío. Y colgó seguidamente el teléfono.
Aquello me pareció muy raro. No es que mi tío fuera un santo, pero no saltaba tal fácilmente como mi madre. Para que respondiera a alguien de ese modo le tenían que haber tocado... la moral, mucho. Entré en la cocina, y para mi sorpresa me fulminó con una mirada gélida como las de mi abuela cuando se enfadaba, aunque suavizó el rostro enseguida y esbozó una leve sonrisa.
—¿Qué quieres? —exclamó más calmado. Señalé la salsa al tiempo que preguntaba:
—¿Quién ha llamado?
—No ha sido nadie, se han equivocado —mintió descaradamente mi tío.
«¡Y yo me lo creo!» se burló una voz que hablaba en Hopi, desde el fondo de mi cabeza.
