Capítulo 3:
"Secretos, Mentiras y Libros de Texto"
«¿Por qué me ha mentido? ¿Quién era el que había llamado?» eran las preguntas que me hacía, mientras volvíamos al salón. No es que mi tío me contase todo, ni que siempre me dijese la verdad. Eso no lo hace nadie, todo el mundo tiene sus secretos. Pero había algo en esa mentira que me daba mala espina. Me daba la impresión de que no quería que yo, es decir concretamente yo, supiese quien había llamado.
Al volver a la mesa con la salsa de arándonos, me fijé en la mirada inquieta que le lanzaba mi madre a Tío Badger. Y este le respondía con un ligero cabeceo, apenas imperceptible. El significado de todo esto se me escapaba, pero no era la única que se había percatado de ello. Mi abuela también se había fijado, había apartado su mirada de su archienemigo, mi otro abuelo, y lanzaba cada dos por tres vistazos a mi madre y a su hijo.
Mientras que el resto de la familia Sanders, seguía poniéndose al día de los asuntos que ocurrían a los dos lados de la nación, en Oregón y en Nueva York. Mis primos le hacían preguntas a Tío Al, sobre como se había vivido la explosión en la ciudad.
—No sé vosotros. Pero yo me alegro de seguir con vida —dijo después de relatar su historia—. De hecho, el próximo año, os venís a Nueva York en Acción de Gracias. ¿Qué os parece? —añadió después de un buen trago de licor.
Tío Badger soltó un suspiro, al tiempo que le lanzaba una mirada como diciendo: «Tú verás, has firmado tu sentencia» Al parecer el testigo pasaba a otro desafortunado anfitrión.
El resto de la cena estuvo bastante más tranquila de lo normal. Generalmente mi abuela solía soltar groserías y burlas a mi abuelo, que por suerte traducíamos del Hopi de la manera más educada posible, pero este año estaba más callada de lo habitual. Y por una vez Tío Albert era el centro de atención en esta reunión. Trabajaba como corredor de bolsa en Wall Street, por lo que mayoría de sus anécdotas trataban sobre opciones, acciones y demás cosas aburridísimas. Pero este año tenía relatos mucho más interesantes sobre la explosión y sobre la evacuación.
—Dicen que vieron una figura sobrevolando el cielo de Nueva York minutos antes de la explosión —nos contaba a sus tres sobrinos.
—¿Una figura? —preguntábamos expectantes Scott, Mellisa y yo.
—Si, una figura de una persona —dijo muy bajito para que no nos escuchase mamá—. Una persona que volaba.
La idea de una persona que volase como en las películas de los superhéroes, era apasionante. La posibilidad de escapar de los grilletes de la tierra, seguir los vientos y abandonar el hogar… «¿Qué estoy pensando?» recapacité. «¿A qué venía esa idea que se me había cruzado por la mente?» En cambio mis primos eran incrédulos, opinaban que aquello era una trola inventada por Tío Al.
Mientras tanto, Mamá, Tío Badger y Tío Jeremy estaban enfrascados en una conversación, sobre la compañía de productos cárnicos, en la cual Tío Jeremy era jefe de la planta de Oregón.
—Están pensando en montar una planta aquí en Nuevo México —comentó ilusionado—. Tal vez con algunas insinuaciones pueda conseguirte un puesto Annie ¿Qué te parece? —dijo. Aunque mamá parecía estar en la luna de Valencia.
—¿Qué...? Oh... sí, por supuesto —contestó por cortesía. Pero era evidente que no estaba escuchando ni una palabra. Parecía que estuviera oyendo más atentamente al tío Al. Era mucho más interesante un hombre volador, por supuesto.
—Bueno el próximo año, cuando celebremos Acción de Gracias —exclamó el Tío Albert—. Os llevaré a ver el desfile del día siguiente. Es toda una maravilla, ver las calles de Manhattan tan llenas de gente... —Tío Albert reprimió un escalofrío. Era evidente que aún tenía próximo lo ocurrido en la 'Gran manzana'. Y que se alegraba, tal vez más que ninguno de los presentes, de volver a vernos a todos vivos.
El postre, tarta de pacana, les encantó a todos. Aunque no dijimos que lo había preparado Beaver, hasta que el abuelo se comió su parte. Cuando tragó el último trozo sin poder evitarlo exclamó—. Muy rico... Muy rico —mirando de reojo a la Abuela, con cara de malas pulgas, mientras esta le devolvía la mirada retándole.
Al final de la cena, estuvimos viendo el rugby, aunque mi tío y mi madre habían salido un momento hacia la cocina, para hablar a solas. Antes de que pudiera inventar cualquier excusa para poder oír a escondidas, de qué estaban hablando, ya habían vuelto. Mi madre estaba ligeramente nerviosa, pero al igual que mi tío, lo escondió detrás de una sonrisa al verme.
«Vale, aquí está pasando algo raro. Yo no me chupo el dedo» pensé. Y mi abuela me lanzó una significativa mirada de complicidad. También se había fijado en el extraño comportamiento de su hijo.
La velada terminó por fin y cada uno se fue a la cama. Tío Badger, había puesto en condiciones algunas habitaciones que utilizaba de trasteros, para la ocasión. Pero a mí me tocaba compartir la habitación con mi prima, y ella tenía la mala costumbre de ser sonámbula. Resultó que este año la que tenía problemas con el sueño era yo, no mi prima.
La pesadilla se repitió, pero de manera diferente a la anterior. Volvía a ver gente a mí alrededor en el mismo puerto. Pero sus voces eran más claras y sus rostros no eran tan borrosos, aunque azotaba un vendaval tremendo, y la lluvia era muy densa.
—¡Sparrow, tenemos que salir de aquí! —decían. Yo quería preguntar de qué demonios teníamos que huir. Pero de mi boca solo salio una frase—. ¡Iros! ¡Evacuad a los que podáis! —les ordené a los desconocidos. Y estos hacían un amago de quedarse, pero aquello que venía se acercaba más y más rápido. Y se fueron rápidamente. Una ultima figura que no reconocía, se quedó a mi lado unos instantes.
—Sparrow —dijo suplicando con la mirada que me fuese con él—. ¡Veté! —le grité a pleno pulmón, a través del vendaval. Finalmente huyó, dejándome a solas. Y otra vez aquel sonido que venía de tierra adentro volvía a aparecer para sacudirme toda entera. Y... una vez más me desperté, y el sueño empezaba a deshacerse en pedazos. Aunque en aquel entonces pensaba que eran sueños estúpidos y sin sentido, intenté retener la mayoría de los detalles que pude. Algo me decía que era de una importancia vital.
Aun era de noche, ya apenas miraba el reloj, aunque lo sabía, e intenté coger el sueño de nuevo. Pero un ruido amortiguado por las paredes de la casa llegó a mis oídos. Había voces abajo, en la cocina o el salón. Me incorporé del todo y, sin despertar a mi prima, abrí la puerta dirigiéndome con los pies descalzos hacia el piso inferior. Había dos personas hablando en la cocina.
—... era su hijo. Este Suresh también es genetista —dijo una voz que reconocí como la del Tío Badger.
—De tal palo, tal astilla —dijo otra voz en español, era mi madre.
Tras unos segundos de silencio volvió a sonar la voz de mi madre.
—¿Qué era lo que quería? ¿Por qué ha llamado otra vez? —preguntó con un tono de angustia.
—Lo mismo que su padre hace meses. Entrevistar a Sparrow —contestó casi en un susurro.
«¿Quién quería hablar conmigo? ¿Y por qué?» pensé.
—Lo sabe... —dijo mamá con un hilo de voz—... de algún modo lo sabe. Y quiere chantajearnos, o llevársela a Nueva York, o... —empezaba a decir mamá de manera atropellada.
—Tranquila, Annie —dijo mi tío mientras se oía como se levantaba del asiento y se dirigía hacia ella—. Suresh sólo sospecha —añadió después de que sonase un ruido como de un beso—. Lo único que tiene son sólo sospechas. Por eso llama, para ver si confirmamos sus sospechas.
«¿Sospechas de qué?» pensé. Deseaba saltar del rincón en el que estaba agazapada escuchando y preguntárselo directamente a los dos.
—Si las cosas se ponen feas —comenzó a decir mi tío—, realmente feas. Vendo todo esto y nos vamos de aquí, a otro estado —aquellas palabras sí que me sacudieron. Para mi tío esta casa, y estas tierras, eran su vida. No las abandonaría así como así.
—¿Harías eso por nosotras? —sonó la voz amortiguada de mi madre.
—Sí, lo haría —dijo firmemente Tío Badger—. Eres mi cuñada y Sparrow mi ahijada.
—Sabes que eres más que eso para mí —contestó mamá, sorbiendo las lágrimas. Durante unos instantes que me parecieron eternos, me sentí abrumada por las declaraciones que estaba escuchando.
—De todo esto que no se entere Beaver ¿Vale? —dijo Tío Badger—. Ya sabes la opinión que tiene sobre estas cosas.
«¿Qué leches tiene que ver mi abuela?» me pregunté.
—¿Cómo quieres que le oculte eso? No puedo, no sé si podré... —comenzó a decir mamá.
—Tranquila. Ahora es mejor que descanse... —empezó a decir Tío Badger, pero antes de que saliesen de la cocina yo volvía lo más rápido posible a la habitación y me perdía el final de la frase.
Me acosté en la cama, con los resuellos de mi prima de fondo, haciéndome un montón de preguntas. «¿Quién era ese genetista Suresh? ¿Por qué le tiene tanto miedo mamá? ¿Qué opina la abuela, de qué?» pero todas esas preguntas no tenían respuesta y lo único que provocaron es que perdiese el resto de la noche de sueño.
Al día siguiente toda la familia se despertó y los dos únicos baños de la casa estaban colapsados. Finalmente me pude dar una ducha, pero el agua del calentador se había acabado. Aun con el agua helada recorriendo mi cuerpo, mi mente seguía cavilando sobre la conversación de anoche. Repasando todo lo que habían dicho mi madre y mi tío. Al salir del cuarto de baño con el albornoz puesto y secándome el pelo con una toalla, oí los malditos tambores en la lejanía.
Como siempre que los escuchaba me quede paralizada, intentando buscar su origen. Pero mi abuela se había cruzado conmigo en el pasillo en ese momento, y se había quedado igual de quieta que yo.
«¿Habría escuchado lo mismo que yo? ¿No son imaginaciones mías?» me pregunté, pero antes de que pudiese expresarme en voz alta, ella se me adelantó.
—¿Te pasa algo, cariño? —preguntó fijándose en mi rostro.
«Falsa alarma» pensé aliviada y a la vez incómoda.
—No, no me pasa nada abuela. El calentador está vacío, ya sabes... —solté una mentirijilla, ella puso cara de malas pulgas, no le gustaba que le dejasen el calentador vacío. Alguna gente piensa que los Indios nativos no nos adaptamos a las artilugios modernos, pero eso es una falacia. Mi abuela, por ejemplo, daba gracias todos los días a quien había inventado los calentadores de agua. El único aparato tecnológico de toda la casa que no soportaba era el teléfono. Decía que era mucho mejor hablar cara a cara, y no soportaba ver a mi madre cuando se ponía a hablar horas y horas por aquel aparato.
Después del desayuno nos tocó despedirnos de la familia entre besos y abrazos. Mientras cogían el coche e iban camino del aeropuerto. Cuando todos los Sanders se habían ido por fin, Tío Badger pegó un resoplido y se dejó caer en el sofá.
—Si alguna vez se me ocurre otra genial idea como esta, hazme un favor, pégame un pescozón y tápame la boca —dijo a mi madre cuando esta pasaba por el salón. Aquel fin de semana fue un poco menos emocionante que los anteriores. No tenía el aliciente de poder ver la sonrisa de Josh, dado que había llamado cancelando la cita. Pero no me preocupaba, pasaría el fin de semana saliendo con Zoe, yendo al centro comercial y pasándomelo bomba. Deseando quitarme de la cabeza aquellos tambores y las preguntas que me hacía sobre ese tal Suresh.
A última hora del domingo, antes de disponernos a comer. Me fijé que mi abuela ya casi tenía terminado el regalo de navidades para mí. Este año al parecer se trataba de una manta, o algo parecido a un saco para dormir al raso.
—Los regalos de navidad tienen que ser un secreto ¿Sabes? —dije mientras me fijaba en cómo lo tejía.
—¿Por qué? ¿Para que te lleves un chasco cuando lo abras? —contestó ella mirándome, y a la vez tejiendo. Era capaz de tejer con los ojos vendados, por puro tacto—. Es mejor no tener secretos.
—Podrías haber comprado uno en el centro comercial. No tienes los dedos para esas cosas.
Mi abuela me miró a través de las gafas de media luna que tenía
—Dejaré de hacerte estos regalos cuando aprendas la lección.
«¡Lo que me faltaba! ¡Ahora viene el sermón!» pensé al tiempo que me preparaba para el chaparrón y preguntaba.
—¿Qué lección? —esperaba que saltase con algo de los Hopi y de los Kachina, los espíritus de los antepasados.
—Hay que hacer las cosas uno mismo —dijo simplemente y llanamente.
—¿Quieres decir, a mano? —pregunté cansina. Mi abuela me miró y agitó la cabeza como diciendo «No tiene remedio» Y ambas nos dirigimos a cenar en el comedor.
Los siguientes días siguieron pasando, esperando la llegada de los domingos impaciente. Pero también con bastantes tribulaciones en mi cabeza. Por un lado, estaban las llamadas de teléfono extrañas, seguramente de Suresh. Aquellas en las que Tío Badger o mi madre cogían el auricular escuchaban una frase y colgaban en un instante. Por otro lado, estaban los descubrimientos que había realizado sobre lo que me estaba pasando.
No es que llegase a controlarlo, pero llegué a una conclusión bastante lógica. Los tambores y las sensaciones extrañas ocurrían cuando, por cualquier razón, me quedaba absorta pensando en algún recuerdo o cuando me quedaba en un estado intermedio entre la vigilia y el sueño. Así que decidí poner remedio al asunto y convertí el café en mi bebida obligada, para evitar oír y sentir aquellas cosas. Lo único que aliviaba este constante estrés eran las tutorías que pasábamos juntos Josh y yo, en las cuales me olvidaba de todos mis problemas.
—A este paso creo que voy a aprobar este trimestre —dijo Josh en una de las sesiones de estudio. Yo tenía el deseo, ruin y egoísta, de que no aprobara, que me siguiera necesitando. Y aquellas palabras me molestaban.
—¿Tanto te preocupa no jugar al béisbol? —pregunté un poco mordazmente, sólo para molestar. Había llegado un punto en nuestro trato el uno con el otro, en el que no me importaba soltar una pulla.
—No es por el béisbol. La verdad es que no me importa —dijo muy bajito la última frase y desvió la mirada hacia un lado, parecía triste y abatido—. Quiero aprobar esa asignatura para... —empezó a decir pero no conseguía terminar la frase. A mi extrañaba aquello, normalmente no se cortaba mucho al decir lo que opinaba de las cosas. Eso lo hacía yo, no él.
—¿Para qué? —pregunté, mientras le miraba fijamente a los ojos, expectante.
—Quiero ir a la universidad —comenzó a decir, tras volver a fijar los ojos en mí—. Estudiar medicina como mi madre, pero no sé si mis padres podrán permitírselo y necesito toda la ayuda posible —aunque no lo había mencionado, intuí que Josh no había hablado con nadie de esos planes, ni con sus padres.
«¿Y por qué me lo cuenta a mí?» pensé.
Estaba a punto de formular aquella pregunta, cuando Ian se digirió a nosotros.
—Ayudadme —dijo el mediano de los McKenzie—. No encuentro a Kylie por ningún lado, y me harto de ser el que pille —suplicó el chiquillo. Aquello nos dio un susto tremendo, Ky no tenía muchos sitios para esconderse en la casa, si Ian ya los había revisado todos. Solo podía haber una explicación, que Kylie hubiera encontrado un sitio 'mejor' para ocultarse. Por ejemplo en el granero o peor cerca del pozo de irrigación.
—Busca con Ian en el interior de la casa. Yo voy a ver afuera —me dijo Josh quitándose el abatimiento de golpe. Estuvimos buscándola por las habitaciones. Debajo de las camas, en los armarios, etcétera. E incluso en el cuarto de luces en el sótano. Pero no había manera, no aparecía. Ky podía esconderse en sitios más pequeños que Ian por lo que la tarea se estaba haciendo exasperante. Al final la encontramos en el trastero, arriba del todo.
—Ahora te toca a ti esconderte —me dijo sonriente, mientras salía de su escondite. La sonrisa se le quitó de golpe en cuanto vio a su hermano mayor acercarse cabreado.
—Se lo diré a mamá —se quejó frotándose el trasero después de la reprimenda.
—No, no se lo dirás —contestó a su hermana pequeña—. Se lo diré yo. Y también le diré el susto que nos has dado a los dos —añadió altivo. Yo en cambio contemplaba la lengua que sacaba Ky, mientras su hermano se daba la vuelta y me decía—. Bueno, entre una cosa y otra, ya se ha hecho tarde.
Recogimos los libros, y me despedí de los hermanos McKenzie, dirigiéndome a casa. Mientras tanto pensaba en lo que me había dicho Josh acerca de querer ir a la universidad, para estudiar medicina. Y me sentía como un bicho rastrero por desear que fracasara para estar más tiempo con él.
«No, voy a echarle un capote. Aunque me pese, tengo que ayudarle» pensé. No quería verle tan triste y abatido como se había mostrado antes, no parecía él mismo.
Los días siguieron pasando a su inexorable velocidad. Mientras que en mi cabeza había tantos nubarrones como los que el otoño estaba trayendo a Clovis. Ya tenía demasiadas cosas por las que preocuparme: las llamadas del misterioso genetista que traía de los nervios a mamá y a mi tío, los exámenes míos que se aproximaban, el éxito o el fracaso de Josh en Lengua Hispánica y por último y no menos inquietante las extrañas sensaciones que tenía en el cuerpo, que lejos de parar se volvieron aun más extrañas.
Ahora, para colmo, podía percibir el paso de los aviones antes incluso de oír el estampido que producía los motores. Y los ruidos de tambores y cánticos lejanos, que venía del noreste, se habían convertido en conciertos que duraban varios minutos. Sí, digo noreste, por que ahora era capaz de percibir dónde estaba el norte.
No sabía, en aquel momento, que gran parte de mis preocupaciones estaban relacionadas las unas con las otras. Así que intentaba sobrellevar cada cosa por separado y me callaba lo que me estaba pasando. Diciembre pasó casi en soplo de aire. Y los exámenes llegaron, así como el final del trimestre.
—¿Cuántas te han caído? —me preguntó Zoe mientras recogíamos las cosas de la taquilla el último día de clase.
—Sólo dos. Álgebra y Biología —contesté. Tampoco es que me preocupasen, esas asignaturas podía aprobarlas en la recuperación, me había concentrado en superar las que se me daban peor. Estaba a punto de preguntarle cómo le había ido a ella, cuando vi a Josh acercarse a nuestras taquillas.
—¿Y qué ha sido? —pregunté expectante, sabiendo qué había venido a decirme la nota que le había ayudado a conseguir.
—¡He aprobado! —exclamó con un sonrisa en la cara. Y yo vi, por el rabillo del ojo, que Zoe ponía una cara mitad desconcierto, mitad asombro—. Ha sido todo gracias a ti —añadió de todo corazón. Aunque el mío se estaba haciendo pedazos en ese momento, por lo que venia a continuación—. Pero sólo ha sido un cinco raspado, y necesito una mejor nota para...
—Ejem, ejem —solté un carraspeo para que se diese cuenta de que no estábamos los dos solos, aunque Zoe estaba alucinada.
—Espero que podamos seguir con las clases después de navidades —dijo con una sonrisa. Aquello último me dejó un poco paralizada, a la vez que emocionada, pero ya estaba más inmunizada a su encanto.
—Por supuesto, no te preocupes —le contesté. Se despidió de nosotras y yo me giré para acabar viendo la cara de asombro de Zoe, que se había quedado atónita.
—¡Qué callado te lo tenias! —repuso ella cuando recuperó el habla. Yo le expliqué, mientras esperábamos en la parada del autobús, que no era lo que se imaginaba. Aunque no me había parado a pensarlo «¿Por qué habíamos mantenido en secreto, una cosa tan inocente como una tutoría?»
Tendida en mi cama, el domingo siguiente, cavilaba sobre esa idea. «¿Es qué no quería que me vieran con él?» aquella idea no tenía sentido, por que sino, no habría ido a decirme la nota. «Entonces, ¿por qué tanto secreto?» no era nada del otro mundo las tutorías, a menudo los profesores emparejaban a los alumnos para que se ayudasen, era muy normal. El maldito sonido de tambores sonó de nuevo, mientras mi mente se debatía sobre el tema.
«Eso no han sido sólo tambores» apuntó una vocecita en Hopi desde el fondo de mi cabeza. Me incorporé de la cama al darme cuenta de la verdad de esas palabras. Aquello no habían sido sólo unos tambores... Había sonado también el timbre del teléfono de la cocina. Me quedé escuchando el silencio que había en el caserón unos minutos. Pero no volvió a sonar el timbre. «¿Me lo habré imaginado?» Aquello era nuevo, siempre solían ser tambores o cánticos, o ambos, pero nunca timbres. Salí de la habitación y me dirigí abajo, a la cocina. No había nadie más en casa que mi abuela y yo, y nadie en la cocina. Sólo estaba mi abuela en salón, tejiendo el final de mi regalo de navidad.
—Abuela, ¿ha llamado alguien por el teléfono? —pregunté intrigada. No estaba segura de si me lo había imaginado, o no. Oía y sentía cosas tan extrañas que a veces no estaba segura de nada.
—No, no ha llamado nadie que conozcamos —contestó, mirándome y tejiendo a la vez—. Por cierto, ¿hoy no tenías tutoría con el vecino? —preguntó interesada, con un brillo extraño en los ojos. Al parecer mi abuela se había fijado en mi cara, cuando volvía de la granja de los McKenzie.
—No, los McKenzie se han ido de vacaciones —contesté sin parecer demasiado deprimida, y apartándome del escrutinio de mi abuela. Josh y su familia visitaban a sus Tíos en Chicago, por navidades, todos los años.
Las navidades se acercaban y la ilusión por lo regalos también. Siempre he pensado que lo importante de los regalos de navidad, era la ilusión y la esperanza que generaban. Y en ese sentido, Josh ya me había hecho un regalo por adelantado, dándome nuevas esperanzas. Pero no sabía que otra persona aparecería para darme un regalo que cambiaría mi vida, que me daría unas esperanzas, y temores también, que no había imaginado nunca.
Cuando quedaban tres días para la nochebuena tuvimos una visita inesperada. Volvíamos Tío Badger, mamá y yo de comprar en la ciudad, cuando vimos un coche aparcado en la entrada. Al cruzar la puerta de la casa para anunciar a mi abuela que habíamos vuelto, oímos voces.
Voces, en plural, en el salón.
—Ha sido muy amable al invitarme, Señora Redhouse —exclamó una voz masculina que no reconocimos en el salón—. Este té está delicioso.
—Gracias —dijo otra voz femenina, torpemente en Inglés—. Llámeme Beaver... mejor. Deseaba hablar... cara a cara... con usted —continuó mi abuela en un inglés casi macarrónico.
Cruzamos el umbral del salón, para ver a mi abuela y el extraño visitante tomando té y sentados en el sofá. Al vernos entrar, el desconocido se levantó.
—Encantado de conocerles —alzó una mano en ademán de apretón, pero el gesto cayó en saco roto—. Su madre ha tenido la amabilidad de invitarme —añadió echando una mirada a mi abuela y a mi Tío—. Hemos hablado con anterioridad por teléfono. Mi nombre es Mohinder Suresh.
