Capítulo Cuatro:
"Un Papá Noel Hindú"
«¿Suresh? ¿El mismo que le daba miedo a mamá?» pensé. Miré a Suresh de arriba abajo, no me parecía gran cosa. La primera impresión que tuve de él, fue la de un vendedor a domicilio que había tenido una muy mala racha. Llevaba unos pantalones de pana un poco viejos, una camisa color marfil mal planchada y una cazadora vaquera marrón con los codos gastados.
Era indio, pero indio de la India, lo cual me llamó la atención por que nunca había visto uno de cerca. Debía tener unos treinta y tantos, pero aparentaba más con la barba de dos días. Después del shock inicial que se había llevado mi madre al verlo, reaccionó más rápida que un rayo.
—Sparrow, vete a tu cuarto —ordenó sin girar la cabeza, con la mirada fija en el 'invitado intruso'.
Estuve a punto de soltar un 'Pero mamá…' cuando ella me dirigió una mirada que no admitía replica alguna. Yo obedecí, en contra de mi gusto, y subí las escaleras para dirigirme a mi habitación. Pero no para quedarme quietecita cumpliendo, tenía curiosidad por saber quién era Suresh y el porqué de tanto secreto.
Así que cuando llegué a mi cuarto, me quité rápidamente las zapatillas deportivas y cerré la puerta de mi habitación, pero conmigo fuera. Me dirigí hacia el descansillo de las escaleras, donde podría escucharlos hablar. Últimamente estaba cogiendo muy malos hábitos tales como mentir, ocultar cosas y escuchar a hurtadillas.
—¿Por qué ha venido? —resonó la voz de mi madre desde el salón.
—Como les expliqué por teléfono, he venido a hablar con Sparrow —exclamó Suresh de manera educada.
—Sparrow no hablará con usted —sentenció mamá tajantemente.
—¿Por qué no debe hablar con ella? —preguntó mi abuela en Hopi, con un tono intencionadamente despreocupado. Hubo unos instantes de silencio, seguramente mamá estaba en un duelo de miradas con mi abuela. Por lo visto mi abuela sabía exactamente porqué Suresh no debía hablar conmigo. Pero yo me mordía las uñas intentando descifrar algo.
—Explique... por favor... su visita —solicitó mi abuela en su torpe inglés. Ahora entendía porqué siempre hablaba en Hopi. Después de unos incómodos momentos de silencio, Suresh comenzó a hablar.
—Mi padre tenía una teoría sobre la evolución humana. Y creía que su hija es parte de esa teoría.
«¿La evolución? ¿Qué yo era parte de qué?» me pregunté al escuchar esas palabras.
—Su teoría decía que la humanidad, como especie no extinta que es, continúa evolucionando. Cambiando hacia algo diferente —continuó diciendo Suresh—. Y entre los individuos de nuestra especie, existen unos pocos que presentan rasgos extraordinarios, y yo personalmente creo que Sparrow es uno de esos individuos.
—¿Rasgos extraordinarios? ¿Cómo de extraordinarios? —preguntó mi tío intrigado. Y hubo otro momento de silencio a la espera de que respondiera Suresh.
—Hablo de ventajas genéticas —comenzó a decir Suresh—. Tales como la levitación, la invisibilidad, la telekinesia, el teletransporte, la precognición…
«¿Pero de que va?» pensé alucinada.
—Váyase de nuestra casa, por favor —le pidió mamá, aquello había sido la gota que colma el vaso.
—Es normal que muestren recelo —respondió Suresh—. Pero permítanme una sola pregunta, por favor. ¿Alguna vez Sparrow ha realizado algo que fuera extraordinario, algo que normalmente la gente no hace? —después de esa pregunta hubo tenso silencio.
Un silencio que me parecía demasiado largo.
«¿Por qué duda en contestar mamá?»
—No, Sparrow no hace nada raro —contestó finalmente, aunque parecía que tenía la voz afectada.
—Pero antes lo hacía, Anne, ¿recuerdas? —dijo mi abuela en Hopi.
«¡¿Quééeee?!»
—Ya no lo hace, madre —contestó tío Badger, también en Hopi—. No desde que nos mudamos aquí.
«¿No hago el qué?» me pregunté. Quería salir al salón y pedirles explicaciones acerca de todo ello. «¿Qué era lo que ellos sabían, y yo no?» Pero la voz de Suresh resonó de nuevo.
—¿Qué es lo que ella no hace ahora? —preguntó Suresh, al parecer había captado el verdadero sentido de la discusión entre mi abuela y mi tío.
—¿Qué es lo que quiere de Sparrow? Dígame la verdad —le exigió mi madre intranquila, poniendo las cartas boca arriba.
—Sólo quiero hablar con ella, ayudarla. Le aseguro que es mi única intención —se defendió Suresh, al parecer mamá ya no podía echarse atrás. Después de unos instantes mamá volvió a hablar. Aunque su voz tenía cierto aire de desasosiego.
—Empezó cuando tenía siete años, mi marido decía que era un don de los Kachina. Los espíritus de los antepasados Hopi —aclaró a Zurres—. Pero yo no me creía esos cuentos indios, son todos…
—Ejem, ejem —carraspeó la garganta de mi abuela de una manera muy sonora. Un aviso de que no siguiera por esa dirección, o empezaría una riña.
—El asunto es que Sparrow era especial… Sabía cosas… cosas que iban a suceder —prosiguió mi madre.
—¿Veía el futuro? —preguntó expectante Suresh.
—No, digo sí, digo ah… es difícil decirlo. Mi hija sabía qué tiempo atmosférico iba a hacer… pero lo sabía de una manera que no era 'normal'.
«¡Oh, Dios mío!» era lo que me había estado pasando estos meses. «¿Me había pasado antes?» pensé. Sin embargo mamá seguía hablando.
—Sabía en qué momento exacto iba a llover, de dónde venía el viento, cuándo iba a amanecer o anochecer, dónde estaba el norte y un montón de cosas más que no se pueden saber de manera 'normal' —explico con la voz afectada pero, después de unos breves instantes de silencio, continuó más firmemente—. Pero ahora ya no puede, ya no es así.
—Señora, no creo que Sparrow haya… —comenzó a contradecir Suresh, pero mi madre le cortó la frase.
—Si de verdad quiere ayudar a mi hija, lo mejor será que se vaya. No destroce a una familia —dijo mirándole suplicantemente. Mohinder estaba claramente decepcionado, se lo veía en el rostro. Pero finalmente se dio por vencido.
—Si ella no puede, entonces mejor será que me… —comenzó a decir. Pero se le atragantó la frase al verme en el umbral de la puerta, con los pies descalzos. Me había atrevido a salir del escondrijo y tenía fija mi mirada en sus ojos.
—¡SPARROW! —me regañó mi madre, al volverse. Pero yo no me inmuté, Mohinder y yo teníamos la mirada trabada, él uno en él otro. Él sabía que acababa de encontrar lo que estaba buscando, lo veía en el fondo de mis ojos. Y yo sabía que él tenía las respuestas a las preguntas que tenía en mente, lo veía igual que él en mí.
—Mamá, déjame hablar con él —le pedí a mi madre sin mirarla—. Necesito respuestas.
Aquellas palabras hicieron que mi madre se abatiese y me dirigiera una mirada de incredulidad y decepción. Como si no aceptase lo que estaba sucediendo, como si creyera que era una pesadilla. No lo entendía en aquel momento, pero ella ya había sufrido mucho por culpa de cosas como esta. Y no quería que su hija, su única hija, siguiera el camino que ya conocía.
Tío Badger la acompañó, junto con mi abuela, fuera del salón. Mientras que Mohinder y yo nos quedábamos a solas. Era un encuentro inevitable, que sucedería tarde o temprano y que cambiaría mi vida.
«¿Y ahora qué?» sonó una voz en Hopi, en el fondo de mi cabeza.
Tenía un montón de preguntas que hacerle, pero no sabía por cuál empezar. Así que me dejé llevar por mi instinto igual que una hoja de árbol por el viento. Me senté en el sofá y él me copió el gesto.
—¿Hay más como yo? —pregunté.
La idea de estar sola en esto, me apabullaba.
Mohinder asintió con la cabeza.
—Sí, hay más gente con habilidades especiales —dijo llenándome de consuelo, solté un suspiro de alivio—. Pero no sé si hay otros que tengan concretamente tu aptitud.
«Una de cal y otra de arena» pensé inquieta.
—¿Cómo es posible que pueda hacer lo que hago? —pregunté mirándole fijamente a los ojos. Era muy extraño que aquel desconocido supusiese mi centro de atención en ese momento. No tenía en mi mente ninguna otra cosa, ni Josh, ni las navidades, ni mi madre, nada.
—Creo que estas 'habilidades' están relacionadas con ciertos cambios en el cerebro humano —dijo después de unos segundos de duda—. El cerebro humano 'normal' sólo utiliza un diez por ciento de su capacidad. Pero los evolucionados utilizan vías nerviosas diferentes a las convencionales. Y usan un porcentaje un poco mayor.
—¿Evolucionados? —pregunté.
«¿Yo era uno de esos?»
—Mi padre los denominó así, debido a la teoría de la evolución. Pero lo importante, es que mi padre tenía la pista de que estos cambios se producían en el cerebro —continuó explicándome—. Seguramente lo habrás notado ya. ¿Has tenido dolores de cabeza hace poco?
—Sí, desde hace un tiempo. ¿Por qué? —le pregunté sorprendida.
—Bueno… estas aptitudes se pueden comparar a la experiencia de sentir una parte del cuerpo nueva o un sentido que no se ha usado antes, o que se ha recuperado —se fijó para ver si le seguía en su explicación, y continuó—. Cómo cuando un ciego ve por primera vez o un paralítico recupera la movilidad. Suele ser una experiencia dolorosa para el cerebro el adaptarse a algo nuevo o algo perdido.
—A veces siento cosas extrañas como calambres, vértigos, náuseas, ardores, or… —pero no continué y al pensar en lo que estaba a punto de decir me ruboricé—… bueno sensaciones que no tienen explicación, ni vienen a cuento. ¿Sabe por qué es?
Mohinder se quedó unos instantes pensando, buscando la respuesta a mi pregunta. En aquel entonces no sabía que le estaba costando darme explicaciones a algo que apenas comprendía él mismo.
—Creo que puede tratarse de sinestesia —dijo finalmente, pero al ver mi cara de desconcierto, empezó a explicarse—. La sinestesia es una imagen o sensación propia de un sentido, determinada por otra sensación que afecta a un sentido diferente.
«¿Ein?» eso estaba muy lejos de una explicación.
—Por ejemplo —continuó Suresh—. Hace poco examiné a un evolucionado que podía leer las mentes de otros. Él percibía los pensamientos como si se tratase de voces. Pero un pensamiento no es una voz, ni una imagen, es una sensación diferente a estas. Sus otros sentidos intentaban interpretar las nuevas sensaciones.
—Y eso me pasa a mí, ¿no? —pregunté comprendiendo su explicación, él asintió correspondiéndome.
«¿Y los tambores, también eran lo mismo?» me pregunté.
«¡No le hables de los tambores!» susurró una voz desde el fondo de mi cabeza, en Hopi. Un escalofrío me recorrió el cuerpo entero, al oírlo resonar en mi mente. Así que decidí hacer otras preguntas.
—Esto que me pasa, ¿es malo o bueno? —era una pregunta casi infantil, pero la mirada de angustia y decepción de mi madre me vino a la mente.
—Esto sólo es algo diferente —me respondió—. Es como el color de los ojos, o de la piel. Un rasgo genético sin más.
Aquello no era mucho consuelo. Por el color de la piel, muchos indios habían sido diezmados. En aquel momento la parte Hopi de mí, aquella que discrepaba conmigo, salió más a flote y tuve el convencimiento de que ser diferente era un verdadero martirio.
—Hábleme de los otros —casi le exigí, me sorprendía a mí misma el tono que empleaba, no era mi forma de ser. Me parecía más a mi abuela, en ese momento, que nunca.
—No puedo decirte nombres, porque prefieren mantener el anonimato. Pero sí te puedo hablar de lo que pueden hacer… —me empezó a relatar cosas sobre gente que podía volar, leer la mente, curarse a sí misma a una velocidad increíble, volverse invisible e incluso gente que tenía una fuerza abrumadora o movía objetos con la mente y un montón de cosas más que desafiaban mi imaginación. Le creía, yo misma era la prueba de que podían existir, pero a medida que relataba esas proezas, iba perdiendo el ánimo.
—En comparación con todo eso, mi aptitud es… —me paré buscando la palabra correcta y la encontré—… mediocre.
—Bueno, puede parecer poca cosa —contestó Suresh—. Pero yo no menospreciaría el don que tienes.
—¿De verdad no creerá esas sandeces de los Kachina? —solté.
No creía que alguien como él, un hombre de ciencia, pudiera creer esos cuentos. Solo quería darme ánimos, era evidente.
—Yo creo que eres especial, no sólo por el don que tienes, sino porque eres parte del futuro —comentó de manera solemne, aquellas palabras me turbaron un poco, pero por suerte mi don me sacó del compromiso.
—Se está haciendo tarde, ya casi es de noche —dije aunque no miré a través de la ventana y Mohinder comprobó que tenía razón al mirar su reloj. Me devolvió una sonrisa al darse cuenta de que le había demostrado por primera vez mi poder.
—Mañana podemos continuar, sólo será un sencillo test, nada más. Bueno, si quieres, por supuesto —exclamó dubitativo. Estaba tan claro como el agua que la razón de que se quedase era yo. En Clovis no había nada más 'interesante' aparte de la fabrica de quesos y el yacimiento arqueológico.
—Sí, mañana podemos continuar con ese test —le propuse mientras nos encaminábamos a la puerta.
—Espera un momento —añadió en el umbral, mientras rebuscaba algo en su cartera de cuero—. Toma esto. Creo que leerlo te ayudará un poco —añadió, dándome un libro de color azul claro. Se despidió con un gesto de la mano y montó en su coche, rumbo a la ciudad. Yo me quedé con el libro debajo del brazo, mientras me despedía del coche que se alejaba rumbo a la ciudad.
Durante esa entrevista el resto del mundo había desaparecido de mi mente, y ahora volvía de manera aplastante: mi madre, mi tío, mi abuela, Josh, incluso mis compañeros de clase, todos. Cuando entré en la cocina, la tensión casi se podía cortar con un cuchillo. Me quedé en el umbral de la puerta observándoles. Yo no podía mirar a mi madre a los ojos, aunque en aquel momento ella estaba de espaldas a mí llorando y pensaba que no podría volver a hacerlo nunca. Me habían estado ocultando aquel secreto durante ocho años.
«¿Por qué?» me preguntaba. Y a la vez no quería saber la respuesta, tal vez me dolería aún más que hacer la pregunta. «¿Qué otras cosas me habían ocultado?» todo en lo que había creído se había esfumado, había perdido la confianza en ellos.
Ahora entendía el miedo que había tenido mi madre, respecto a Suresh. No quería que su hija cambiara, no quería que descubriera la verdad. No quería que descubriera que era una sucia mentirosa…
«Sigue siendo tu madre, siguen siendo tu familia» oí un voz en Hopi, que deseaba callar, en el fondo de mi cabeza. Tenía razón mi parte Hopi, como otras tantas veces. Suresh no debía separarme de ellos.
—Mamá, mírame —emití en un tono lo más calmado posible. Y esperé que se girara para mirarla a sus ojos—. Sigo siendo la misma, no ha cambiado nada —dije de todo corazón. Ella me miró durante unos instantes y, en vez de alegrarse, empezó a llorar más. Yo me acerque a ella y la abracé cariñosamente.
—No estés triste mamá. Sigo siendo yo, tu pequeño Gorrión —le consolaba, en español, para reconfortarla mientras le abrazaba.
Ella sorbió las lágrimas y dijo—. Si no… sniff… estoy triste… sniff… —le dió otro ataque de llorera y continuó—. Es que tu… sniff… madre es una tonta… sniff… que llora de alegría —y después me devolvió el abrazo con ternura.
Aquella noche, la cena fue muy extraña. Había tenido tantas preguntas en mi mente para Suresh y ahora no sabía qué demonios decir a mi familia sin estropearlo todo. Así que hablábamos de todo menos del tiempo. Para mi sorpresa, mi abuela fue la que rompió el hielo y empezó hablar del tema tabú.
—No te acuerdas, ¿verdad? —saltó mientras comíamos el segundo plato. Mi madre le dirigió una mirada de angustia. Yo me quedé con un trozo de comida a medio comer en la boca y no podía frenarla sin atragantarme—. Eras muy pequeña cuando todo comenzó. Apenas te dabas cuenta de lo que hacías.
Ya había tragado el trozo y había abierto la boca para pedirle que no siguiera. Pero ella me silenció con un gesto de la mano.
—Es mejor que lo cuente. Estas cosas si se callan, son peores —acabé cerrando la boca sonoramente—. Pero nosotros sí nos dimos cuenta, y no sabíamos que hacer. A tu madre le daban miedo esas historias de los Hopi.
«Yo tampoco sé que hacer, y tengo miedo» pensé.
—Pero a mi hijo no le importaba cómo fueras, él estaba orgulloso de ti —siguió diciendo aunque unas lágrimas estaban humedeciendo sus resecos ojos, y se le quebró la voz.
—Así que hicimos lo que hacen los padres, seguir dándote cariño —continuó mi madre, para mi sorpresa, al ver a mi abuela afectada—. Tú hablabas del tiempo del mismo modo que los demás niños hablaban de sus juguetes preferidos, estabas ilusionada. Siempre acertabas y eras muy pequeña para comprender el alcance de eso.
—Pero murió mi hermano —me sobresaltó la voz de mi tío Badger. Siempre hablaba de mi padre cuando estaba vivo. Decía que era mejor recordar la vida de las personas, que su muerte—. Y estuviste triste mucho tiempo, no hablabas, apenas querías comer, tenías pesadillas —continuó—. Te negabas a aceptar su muerte.
«¡Cómo cualquier niño!» pensé. A ningún niño le gustaría que le dijeran que nunca va volver a ver a su padre. Que lo ha perdido para siempre.
—Estábamos muy preocupados. No sabíamos qué hacer por ti —añadió mamá, cogiéndome una mano entre las suyas—. Pero poco tiempo después de que nos mudáramos aquí, volviste a hablar y dejaste de tener pesadillas.
—Y pensábamos que lo habías aceptado, que lo habías superado —explicó mi tío—. Pero ya no volviste a hablar del tiempo nunca más.
—Y nosotros nos dimos cuenta de nuevo —terció mi abuela—. Y cómo dice tu madre y tiene toda la razón. Hicimos lo que hace la familia, seguir dándote cariño —dijo sin apenas apartar los ojos del suelo para ocultar sus lágrimas.
Era insólito ver a mi abuela darle la razón a mi madre, pero no podía estar más de acuerdo con lo que habían hecho. Yo también habría hecho lo mismo, hacer de tripas corazón para no entristecer a la persona que quieres, aunque le tengas que mentir.
—No queríamos volver a verte triste. ¿Nos perdonas? —suplicó mamá.
—Yo también os he estado ocultando lo que me pasaba —asentí con la cabeza y terminé el tema diciendo—. Ahora es mejor que terminemos de cenar, se está enfriando —dije con una sonrisa de todo corazón.
Aquel día recibí dos regalos: mi don, o al menos el conocimiento del mismo. Y el segundo, y más importante, había desaparecido ese esqueleto del armario. Ese secreto cuya sombra había eclipsado a los habitantes de este caserón durante tanto tiempo. Lo que no sabía, era que las cosas no iban a seguir así, habría muchos cambios en mi vida.
Mohinder Suresh había puesto patas arriba mi vida y la de mi familia, y aún no había acabado de rematar su trabajo. Esa noche apenas dormí, me pasé la mitad de la noche leyendo el libro y la otra mitad pensando en el test que me iba a realizar.
«¿Es que acaso hay exámenes y notas también en esto?» sería el colmo encontrarme con que tenía exámenes en navidades. Pero había una pregunta, que no había realizado a Suresh, que me inquietaba. Y quería su respuesta.
—¿Cómo me encontró? —le inquirí en cuanto abrí la puerta de casa, al día siguiente. Él seguía con la mano levantada, con intención de darle a la aldaba. Pero me había adelantado por un segundo y estaba plantada frente a él, exigiéndole esa respuesta—. ¿Cómo demonios lo sabía? ¿Cómo sabía que era especial, si yo misma no lo supe hasta ayer? —le exigí con un tono de voz agitada, ahora me parecía mucho más a mamá—. Dígamelo.
—Su padre… por su padre —tartamudeo él, aturdido por la manera en que le hablaba.
—Explíquese —le exigí mientras le hacia un gesto para que entrase en la casa.
«¿Qué pintaba mi padre en esto? ¡Mi padre está muerto!» Suresh se sentó en el sofá del salón, sacó un portafolio de su mochila y empezó a explicarse.
—Su padre era reservista en las fuerzas aéreas, y hace diez años se hizo una inspección médica que incluía un análisis sanguíneo —comenzó a decir mientras me miraba, y sacaba del portafolio una fotocopia de un historial médico, el de mi padre—. Y también un análisis de ADN, que se incluyó en el Proyecto Genoma Humano. Siete años antes, en la India, mi padre comenzó sus investigaciones sobre estos rasgos extraordinarios y encontró un precursor genético en el ADN de su padre.
—¿Un precursor? ¿Me esta diciendo que mi padre también era como yo? —pregunté, tras apartar la mirada del historial. Aquello no podía ser, mi padre era normal, igual que el resto de mi familia, yo era la 'rara'.
—No, no estoy diciendo eso —negó Suresh con la cabeza—. Su padre, al igual que mucha gente incluida yo, era sólo portador. Poseía los genes responsables, pero no los desencadenantes, estos últimos los heredaste de tu madre —yo me había quedado atónita.
«¿Qué?»
—Los genes que contienen estas aptitudes, están tanto en el ADN cromosómico, como en el ADN mitocondrial, y este último se transmite sólo de madres a hijos. No sé cuales son los genes, pero mi padre buscaba linajes matriarcales en su investigación —continuó explicándose Suresh.
«¿Linaje matriarcal?» aquello parecía una broma cruel, mi madre era la responsable de que fuera como soy.
—Pero se necesita la conjunción de todos estos factores, y eso es muy difícil —continuó explicando Suresh—. Una posibilidad entre un millón —me quedé en silencio unos momentos, recapacitando sobre la revelación que me había hecho Suresh. Me había tocado la lotería al nacer, y no lo sabía. Él me miró interrogativamente y después señaló su mochila de cuero. Ya más tranquila por su explicación, pudimos empezar.
—Me gustaría, antes que nada, tomarte una muestra de ADN —dijo y al ver mi expresión de alarma, aclaró—. Sólo es una muestra pequeña, ni siquiera duele —explicó dándome una especie de bastoncillo de oídos—. Pásatelo por el interior de la boca nada más.
Le di mi muestra y comenzó el test de preguntas.
—¿Nombre completo? —preguntó Mohinder tras sacar unos cuantos formularios.
—Sparrow Lucía Redhouse —respondí. Me acordé de mi abuela materna, que no sólo me había dado mi segundo nombre. El resto de preguntas eran típicas, el lugar de nacimiento, la edad, mi grupo sanguíneo, si era zurda o diestra. No era gran cosa el test. Hasta que empezó con las preguntas en serio.
—¿Cuándo fue tu primera vez? —preguntó de repente.
«¿Pero qué clase de test era este?» me quedé paralizada unos momentos sin saber qué contestar.
—Disculpe… ¿Cómo ha dicho? —musité yo.
—¿Cuándo fue la primera vez que usaste tu don? —aclaró Suresh. Solté un suspiro de alivio, mientras quitaba de mi mente esas inoportunas ideas, e intentaba acordarme de cuando había comenzado todo esto.
—El día de la explosión en Nueva York, supe que iba refrescar por la tarde —dije recordando aquel momento en la colina—. Pero mi familia dice que ya lo hacia de antes sin darme cuenta… —comencé a contarle lo que me habían revelado en la cena el día anterior. Él me escuchaba mientras iba cogiendo notas y grababa la conversación en el reproductor mp3. Parecía realmente intrigado por aquel misterio que le estaba contando.
—¿Cómo pude perder mi poder? ¿Tiene alguna idea? —le pregunté al terminar. Había intentado acordarme de lo ocurrido antes de la muerte de mi padre. Pero había un hueco, un vacío en mis recuerdos, entre los siete años y el funeral de papá. Él había estado pensando también en ese enigma toda la noche.
—El cerebro de un niño de ocho años no está del todo desarrollado y puede que no pudieses tener todo tu potencial. La mente siempre tiende a sobrevivir y puede que sacrificara tu don para no sufrir un colapso nervioso —contestó, aunque apartó la mirada de mí y volvió a revisar sus notas—. Por lo que me has contando, tu sentido es abrumador. ¿En que momento o situación sueles sentir esas sensaciones? —prosiguió con el test.
—Cuando estoy medio dormida, distraída o con los ojos cerrados —enumeré, rememorando el punto en común de esas sensaciones—. Pero tomando café y manteniéndome atenta, evito sentirlas —le dije ilusionada, pensaba que se asombraría al decirle cómo mantenía a raya aquello que me pasaba, pero en vez de ello arrugó el entrecejo.
—No te recomiendo que intentes reprimir tu poder, podría ser contraproducente —contestó seriamente—. Lo mejor sería que intentases centrarte en ese sentido nuevo. Sólo así podrás separarlo del resto de sensaciones y comprenderlas. Mediante la práctica, podrás 'apagar' ese sentido a voluntad.
Hasta el día anterior había pensado que lo que me pasaba eran imaginaciones mías, alucinaciones de mis sentidos. Y ahora Suresh me decía que me tenía que dejar llevar por aquellas sensaciones e intentar controlarlas.
«¿Llevaba meses metiendo la pata?»
—En cuanto a esos dolores de cabeza con qué palabra los describirías ¿Agudo, aplastante, calambre, hiriente, lacerante, latiente, opresivo, palpitante, parpadeante…?
—Lacerante —contesté, pero estaba muy intrigada—. ¿Para qué sirve este test, exactamente?
—Busco los síntomas y señales que provoca el 'don', para poder localizarlos posteriormente en futuros pacientes —contestó mientras anotaba la última respuesta sobre mi dolor de cabeza.
—Ni que fuera una enfermedad —repliqué sin pensarlo.
«¿¡O sí lo era!?»
Ahora sí que estaba nerviosa y mi rostro se crispó un poco por ese funesto pensamiento.
—En términos médicos se parece a una enfermedad, porque altera el funcionamiento 'normal' del cerebro —contestó Suresh serenamente para tranquilizarme—. Pero será mejor que continuemos.
Me siguió haciendo preguntas sobre el dolor, sobre cuánto duraba, si se producía de forma periódica, su intensidad, si había tenido náuseas, vómitos, diarrea, fiebre, temblores, escalofríos, ataques epilépticos, pérdidas de concentración y otras tantas cosas más que parecían un chequeo médico completo. Después de esa batería de preguntas, pensé que habíamos acabado. Pero trajo del coche un aparato con un montón de cables finísimos.
—No te va a doler, sólo es para medir las ondas alfa del cerebro —me explicó, pero aunque las sondas no dolían, lo que me empezó a molestar fueron las preguntas que me hizo. Y este test no estaba resultando tan 'sencillo' como había dicho. Empezó a hacer preguntas sobre cuánto tiempo llevaba viviendo en ese caserón, cómo iba en el instituto, sobre mis amigas, mi relación con los miembros de mi familia y finalmente llegó al tema de la tutoría de Josh.
—¿Así que le ayudas a estudiar a ese tal Josh, tu compañero de clase? —preguntaba mientras estaba grabando la conversación.
—Sí, le ayudo los domingos, con la asignatura de español —contesté intentando mostrarme serena ante aquel interrogatorio.
—¿Sientes alguna necesidad de ayudarle a él, en especial? —preguntó seguidamente.
«¿Qué estaba insinuando? ¿Por qué no metía su nariz en otros asuntos?»
—No, no siento nada parecido —contesté, aunque me pregunté si con ese cacharro podía saber la verdad.
—¿Cuándo os conocisteis? —insistió Suresh. Intenté no molestarme por el súbito interés acerca de Josh y comencé a recordar la primera vez nos conocimos.
—Es mi vecino desde que nos mudamos aquí —empecé a decir y reparé en que Mohinder anotaba ese detalle y lo subrayaba dos veces—. Pero la primera vez que nos presentamos fue durante el eclipse de sol de…
—Uno de octubre —adivinó Suresh.
«¿Cómo lo había sabido?»
—Estuve en Nueva York aquel día —se explicó al ver mi mirada interrogativa—. ¿Cuándo empezaron las clases de tutoría? —prosiguió. Aquello era muy extraño, sobre los profesores y mis compañeros apenas había hecho dos o tres preguntas.
—El domingo siguiente a la explosión de Nueva York —contesté y otra vez él cogía notas sobre este detalle—. ¿Por qué tiene tanto interés en Josh?
«¿Habría visto algo en esa maquinita?»
—No te preocupes —contestó precipitadamente—. Verás, los individuos de una especie con características muy similares tienden a ayudarse o estar relacionados. En genética, se denomina Teoría del Gen Egoísta, es algo que está en nuestro instinto. Mi padre usaba las relaciones interpersonales en su trabajo de investigación.
«¿Qué me estaba diciendo?» cavilé.
—Creo que con esto es suficiente —dijo finalmente, apagando el aparato, y empezó a recoger los formularios que había dejado desperdigados por la mesa de salón.
—¿Mañana continuamos? —pregunté extrañada, mientras me quitaba, una a una, las sondas de la máquina.
—No, no va a poder ser. Tengo que volver a Nueva York para pasar las navidades con Molly —exclamó con una sonrisa candorosa en los labios.
«Al parecer Suresh tenía una mujer en su vida» pensé ilusionada.
—Entonces, ¿esto es una despedida? —le inquirí, Suresh dejó de recoger las cosas y me miró al rostro fijamente.
—No, digamos que es un 'hasta luego' —exclamó con una sonrisa—. En las vacaciones de verano podemos concertar una nueva visita. Mi teléfono y dirección en Nueva York están en el libro que te di.
Cuando ya estaba en las escaleras, dirigiéndose hacia su coche, se giró en redondo y volvió al descansillo.
—Por poco me olvidaba —al ver mi cara de sobresalto, aclaró—. No, no son más preguntas, sólo un consejo: Ten cuidado a quién le hablas sobre esta habilidad tuya, Sparrow.
—¿Eso le incluye a usted también? —bromeé, con una media sonrisa.
—Hay gente que no lo entendería —profirió con un tono serio que quitó la expresión graciosa de mi cara—. Y habrá gente que quiera hacerte daño.
«¡En el último momento me salta con esto!»
—¿Por qué querrían hacerme daño? —pregunté con los ojos fijos en él, asustada.
—Por el miedo que tienen a esta evolución, a este cambio. Creen que es peligroso —contestó y su mirada no dejó lugar a dudas de que aquello era importante, tal vez más importante que todo lo anterior de la visita.
—Yo soy inofensiva —dije creyendo entonces la verdad de mis palabras.
—Yo lo sé. Pero el resto del mundo no —me advirtió, haciendo que ese temor invadiese cada fibra de mí ser—. Cuídate bien, Sparrow —se despidió Suresh, con un apretón de manos para darme confianza.
—Cuídese usted también —devolviéndole aquel apretón de manos. Y finalmente se marchó, dejándome con esa congoja en el pecho. No tenía ni idea de que mucho antes de lo esperado nuestras vidas se cruzarían otra vez.
Y al día siguiente llegó la nochebuena junto con los regalos, el árbol, la decoración y demás. Poco a poco, las cosas volvieron a la 'normalidad' en la casa, como antes de que llegara el Tornado-Suresh. Mamá y mi abuela iniciaban sus habituales riñas, metiendo a mi tío Badger en medio. Mi tío y yo seguíamos con nuestras apuestas cada vez que las dejábamos solas. Y yo volvía a soñar despierta con los ojos azules de Josh y con su vuelta de las navidades que estaba pasando en Chicago.
Mi abuela me entregó como regalo lo que parecía ser un saco de dormir, aunque no fue una gran sorpresa porque llevaba viéndoselo tejer desde hacía cinco semanas. Mi tío, en cambio, me sorprendió con una bicicleta nueva. Ya que la anterior, de cuando estábamos en Alburquerque, llevaba años sin usarse y se había quedado enana. Pero el último regalo, el de mi madre, fue el que me conmovió más ningún otro.
—La encontré en una vieja maleta, de cuando nos mudamos. Y la he mandado ampliar —exclamo mientras yo le quitaba el papel de regalo a aquel paquete rectangular y plano—. Es de cuando naciste.
Era una foto familiar, de mi padre, mi madre y yo. No me reconocí en la foto en un principio, porque aparecía un bebé regordete y mofletudo, embutido en una mantita verde esmeralda, que debía de ser yo. Estaban radiantes y felices los dos juntos, mucho más jóvenes, con aquella ricura de bebita, que era yo. Le di un abrazo cariñoso a mi madre al terminar de verla.
—Siento no tener ningún regalo para vosotros —me lamenté tras abrir los regalos. Todos los años me pasaba igual, nunca me llegaba el dinero de la paga ni para un mísero detalle y me sentía fatal por ello. Y aunque aquellas navidades parecían iguales a las anteriores, noté un sutil cambio. Mamá y tío Badger a veces se lanzaban miradas cómplices, y a menudo los pillábamos en medio de una conversación personal, que cortaban al vernos a mi abuela o a mí. Y más de una vez buscaban cualquier excusa para quedarse los dos a solas.
Cómo ver una película hasta las tantas o ir de compras los dos al centro comercial. Era evidente que lo mantenían en secreto y las ilusiones que me había hecho no era tan descabelladas. Pero ninguno de los dos decían nada, por si me incomodaba que mamá rehiciera su vida con él. Yo no pensaba decirles que lo sabía, que les había escuchado en la noche de Acción de Gracias.
Mi abuela, en cambio, tenía la mosca detrás de la oreja. Y más de una vez hacía como que no había visto lo mismo que yo, una caricia en el dorso de la mano entre su hijo y su nuera. U oído palabras dulces en español antes de entrar en la cocina en la que estaban los dos. E ignorábamos los ruidos de pasos sigilosos en medio de la noche, y de puertas que se abrían y cerraban con mucho cuidado de no despertarnos a mi abuela, o a mí.
«Se creerán que somos tontas» pensaba cuando ocurría algo de eso y mi abuela me hacía un gesto de conformidad.
—¿Qué tiempo va a hacer hoy, Sparrow? —me preguntó mi abuela nada más verme despierta el día cinco de enero. Esto también se había convertido en otro 'pequeño' cambio en la rutina familiar. Le había dicho a mi familia, que Suresh me había recomendado practicar con mi don. Y mi abuela se lo había tomado al pie de la letra. Cada mañana, nada más despertarme, me hacía la misma pregunta, como si se tratara de un examen.
—Despejado por la mañ… —di un bostezo—… ana, por la tarde se va ha nublar un poco —terminé mientras me desperezaba. Y luego le decía qué temperaturas iba a hacer y los vientos. No es que me molestase hacer esas predicciones, para mí era tan fácil como a cualquier otra persona contar con los dedos de la mano. Pero me hacían sentir un poco como un barómetro andante.
También puse cartas en el asunto de las sensaciones extrañas, que me invadían cuando estaba adormilada, intentando comprenderlas. Todavía me acuerdo de mi primer éxito, porque fue muy doloroso. Fue el día uno de enero, día de Año Nuevo, así que decidí proponerme una meta nueva: Poner riendas a aquel descontrol.
Esa mañana mientras estaba en la cocina, fregando la pila de platos sucios de nochevieja, paré unos segundos y cerré los ojos. Intentando centrarme, sólo y únicamente, en los latidos de mi corazón, mientras acompasaba mi respiración.
Tum-tum, Tum-tum, Tum-tum.
Latía como los tambores que tantas veces oía en la lejanía. Y a medida que empezaba a perder la conciencia de mis otros sentidos, que dejaba de oír el tic-tac del reloj de la cocina y el zumbido del frigorífico, de notar la humedad de mis manos mojadas y de oler el aroma del friega platos. Empezó a despertarse ese sentido dormido del que me había hablado Suresh.
No sé como describirlo, ni entonces, ni ahora que llevo bastante más tiempo controlándolo. Pero sólo puedo decir que me sentía fuera de mí. Ya no estaba en la cocina, enfrente del fregadero, con una olla en la mano. Sino que me encontraba a miles de pies de altura, sintiendo las nubes y los vientos y el calor del sol de la mañana inundando el campo y la silueta que perfilaba el viento en el caserón y la estela que dejaban los pájaros al pasar por el aire y la electricidad que cargaban las nubes que también tenía forma y el agua que contenían y…
…y era sentir DEMASIADO.
Me derrumbé en el suelo de la cocina junto con la olla, cuando ese tropel de sensaciones me aplastó entera. Por suerte el estruendo alertó a mamá y a mi abuela, pudiendo auxiliarme. Yo las tranquilicé, cuando recuperé el sentido, diciendo que era normal. Que les pasaba a todos los que eran como yo. Que por ejemplo, el evolucionado del que me había hablado Suresh, el que leía las mentes, le había pasado algo parecido en una tienda de abierto veinticuatro horas.
Aun así el dolor de cabeza era tremendo. Y decidí que practicaría en adelante, tumbada en la cama de mi dormitorio, donde no tuviera el peligro de descalabrarme. De todas maneras estaba entusiasmada por esa 'nueva' faceta de mi poder, deseaba repetir en cuanto se me pasara el dolor. Era lo más parecido a volar pero sin despegar los pies del suelo. No sabía entonces que, esa faceta de mi poder, no era tan inofensiva como volar.
