Capítulo Cinco:
"Descubrimientos"

«Ten cuidado a quién le hablas sobre esta habilidad» me había aconsejado Suresh. Pero… «¿Cómo pensaba que podría callarme algo así?» Tal y como yo lo veía, mi poder no era gran cosa. Mucha gente predecía el tiempo debido a una fractura mal curada o a los achaques de la edad. La única diferencia conmigo era que yo lo hacía de un modo 'original'.

Deseaba poder destacar en algo por una vez. Ya que nunca había sido ni una alumna estrella, ni una gran deportista o una bella animadora. Pero me tragué las ganas de contarlo y me limité a ser la misma de siempre, sólo y únicamente Sparrow.

Finalmente acabaron las vacaciones de navidad y la rutina del instituto volvía irremediablemente como el paso de las estaciones. Pero aunque yo no podía decir nada acerca de mi aptitud a Zoe y al resto de mis compañeros y profesores, lo que más me dolía era ocultárselo a Josh. Él me había confiado su deseo de ir a la universidad.

—Hola —me saludó en español, Ian el mediano de los McKencie, cuando me abrió la puerta el primer domingo después del comienzo del instituto. Los hermanos pequeños de Josh estaban empezando a aprender un poco de español sin quererlo. Le saludé igualmente y entré a la casa acompañándole. Solo que esa vez no me encontré a la madre de Josh como siempre que venía al hogar de los McKencie. Joseph McKencie Senior me echó un vistazo de arriba abajo cuando crucé el marco de la entrada del salón. Me quedé paralizada ante su examen sin saber cómo iba reaccionar.

Tal vez no le agradase mi presencia (no toda la gente era tan comprensible con los indios) como su esposa. Pero su rostro no mostraba ningún desacuerdo. Parecía más bien molesto porque le había interrumpido en una conversación con su hijo.

—Hablaremos más tarde de ese tema —exclamó dirigiendo una severa mirada a su primogénito—. Debes de ser Sparrow, ¿no? —dijo volviéndola a posar en mí. Asentí dubitativamente al ver el semblante del cabeza de familia. Tenía la misma mirada que Josh, unos ojos azul cielo. Pero no eran tan dulces como los de él, eran más fríos y severos, como los ojos de mi madre cuando me echaba una regañina.

—Júnior me ha hablado mucho de ti —contestó a mi muda respuesta—. Sólo dice maravillas, no te preocupes —continuó al ver que en mi rostro se formulaba una pregunta. Josh apartó la mirada de mí, un poco avergonzado por la sinceridad de su padre. Al parecer era un rasgo que había heredado de él.

—Esto... os dejo a solas —se despidió de sus hijos y marchó al trabajo en la fabrica de quesos.

—¿Te estaba echando una bronca? —inquirí después de que escuchase el sonido de su coche en marcha. Era evidente que le había interrumpido en un sermón. Josh estaba abatido y un poco distraído. Igual que el día que me explicó su deseo de ir a la universidad.

—No, no te preocupes. No pasa nada… —replicó, tras lo cual sonrió un poco. Pero no era una sonrisa genuina, sólo intentaba dejar a un lado el tema. Me había adelantado a la hora de siempre debido a que había venido en la bicicleta y me había metido donde no me llamaban—… ¡Por poco me olvidaba! —saltó de bote pronto—. Espera un momento aquí —añadió mientras me preguntaba porqué pensaba que iba a desaparecer—. Toma, tu regalo de navidad —dijo tendiéndome un paquete que había traído de su dormitorio.

—No te tenías que haber molestado —repuse educadamente. Yo no le había comprado nada en Navidades y los remordimientos volvían a aparecer. Era una gorra de sol de color verde militar con una gran 'C' en negro ribeteada en blanco—. Esto… me encanta. Aunque no tengo nada para ti —contesté. El rechazó la idea con un gesto de encogimiento de hombros.

—Es de los Chicago Cubs —indicó entusiasmado, señalando la C.

—¿Qué es? ¿Un grupo de música? —pregunté entusiasmada, pero el rostro de Josh se tornó a un asombro tremendo, como si le acabase de preguntar si la Tierra era plana.

—Es un equipo de béisbol… de Chicago —explicó aturdido. Empezó a recoger el papel de regalo, para evitar que viese su cara de pasmo.

«No es para tanto, sólo es un equipo de béisbol» pensé.

Minutos después empezamos con la tutoría, así como el repaso de las clases que habíamos tenido. Pero aunque había recobrado el ánimo después de darme su regalo, estaba totalmente distraído. Y se le notaba mucho.

Estábamos repasando los 'falsos amigos' lingüísticos, y me fijaba en que la vista de Josh estaba clavada en la página del libro de texto, pero totalmente desenfocada.

—… y dos vacas pasaron volando, por delante de la furgoneta de mi tío —dije al final de una frase para ver si al menos me estaba escuchando. Pero no daba señales de haber oído aquella majadería—. ¿Josh? ¿Me estás escuchando? —le di un ligero apretón en el hombro. Aquello sí que lo sacó de su ensimismamiento.

—Lo siento… estaba distraído… ¿Qué decías? —preguntó mirándome a la cara trabando la vista en mí.

—¿Te pasa algo? ¿Quieres que lo dejemos para otro día? —pregunté amablemente.

—No, estoy bien —contestó de manera precipitada—. Sólo que no paraba de acordarme del partido de mañana.

«¡Por Dios! ¡Te ha dado fuerte con el béisbol!» pensé, pero no lo expresé en voz alta.

—¿Te preocupa mucho ese partido? —pregunté, pensando que si hablaba un poco del tema a lo mejor se centraba de una vez.

—Es que tienen un lanzador muy bueno —contestó mirándome con fijeza a mis ojos—. En el anterior partido eliminó él solo a trece de nuestros bateadores.

—¿Y crees que va a volver a repetirse? —inquirí, sabía muy poco de béisbol, pero trece bateadores eliminados debían de ser muchos.

—No, no va a jugar mañana, porque tiene una contusión en el cuello —contestó mientras cerraba el libro de texto, al ver que por primera vez le mostraba interés en el juego—. Pero si su entrenador atrasa en partido sí lo hará.

—¿Puede hacer eso? ¿Retrasar un partido por un solo jugador? —pregunté extrañada, no me parecía justo.

—No, pero puede hacerlo por mal tiempo —respondió con una mirada angustiada en su bello rostro.

—¿Mal tiempo? Si mañana va a hacer una tarde estupenda… —comencé a decir y me cosqué en ese momento de que había metido la pata. Josh me observaba con una expresión que me recordó a la de su padre, unos ojos azules examinadores y atentos.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó haciendo que un escalofrío me recorriera la espalda por completo.

Llevaba varios meses sin escuchar los pronósticos 'oficiales' de las cadenas de televisión y no estaba al tanto.

—Lo he dicho para animarte —contesté intentando parecer tranquila. Pero él seguía con su mirada clavada en mí.

—Has puesto la misma cara que pones cuando me corriges un error —añadió él muy seguro de sí mismo.

—Sólo lo he dicho para que te centres de una vez —le señalé el libro, e intenté apartar de mi mente el pensamiento de que me hubiera observado tanto—. Ya sabes… Estudiar para ir a la… —continué—… Universidad —concluí moviendo los labios nada más.

Ese argumento le centró un poco en su sitio, y volvimos de nuevo a los 'falsos amigos' lingüísticos. Mientras me preguntaba, si no era yo la 'falsa amiga' de él. Cuando ya habíamos terminado la tutoría pensaba que se había olvidado del tema del béisbol, y de mi pequeño desliz, pero no fue así.

—Mañana podrías pasarte por el partido —me invitó cuando ya estaba bajando los escalones de la casa—. Bueno, si hace buen tiempo y te apetece verlo —añadió con un tono intencionadamente despreocupado.

—Me lo pensaré —exclamé, después de unos segundos de duda.

«Ejem, ejem» carraspeó la vocecita en el fondo de mi cabeza.

Cuando acabé llegando a casa, quince minutos después, tenía el corazón acelerado, brincando de emoción y no por la bicicleta. Pensando en el partido de mañana, que sabía muy bien que se celebraría y dudando entre ir o no.

—Sparrow, tienes una llamada —me llamó mamá desde la cocina al oírme entrar en casa. Aquello calló de golpe el hilo de mis pensamientos—. Es del profesor Suresh, de Nueva York —me indicó mientras me pasaba el auricular del teléfono. Suresh había analizado los datos que había obtenido de su 'sencillo test' y había llegado a una conclusión sobre lo que me pasaba.

Según lo poco que había entendido del libro del padre de Suresh. Estas habilidades brotaban cuando entre dos (o más) zonas del cerebro, que normalmente estaban aisladas entre sí, surgía una conexión. En esos casos aparecía una nueva aptitud del cerebro.

Y en mi caso al parecer había surgido una unión entre dos zonas muy dispares. Entre la zona del cerebro responsable de recibir las señales atmosféricas y la corteza cerebral responsable de comprender los sentidos.

Esa zona del cerebro recibía las señales responsables de los instintos que rigen la vida de todas las especies animales, incluida la humana. Como el instinto de buscar refugio cuando se acercaba una tormenta, el desove de las tortugas en la luna llena, el despertar de los osos en primavera o la migración de los pájaros al llegar el otoño.

Pero también percibía la llegada de la temporada de lluvias, la orientación norte-sur, las corrientes de aire en un valle o el paso del día y la noche.

—Es una zona muy primitiva del cerebro —me explicaba Suresh por el auricular—. Por lo que sé podrías llegar a predecir hasta cuando se producen las mareas.

«Estupendo. Eso estaría de fábula… ¡Si fuera una salmón!» pensé irónicamente.

Pero Suresh seguía hablando por el auricular explicándome que muchas personas seguían percibiendo esas señales de forma inconsciente. Se ponían tristes los días de lluvia o de otoño y alegres en los días soleados y de primavera, su temperatura corporal cambiaba según las estaciones, se orientaban intentando buscar el norte aunque no viesen las estrellas y un largo etcétera de cosas que me estaban calentando la cabeza.

—La única diferencia entre tú y el resto de la gente, es que tu cerebro comprende esas señales —terminó diciendo Suresh después de la perorata. —. Lo he denominado intuición meteorológica.

—Entonces, ¿estoy bien? —pregunté cuando se calló unos instantes—. ¿No se me va a freír el cerebro?

De todo lo que había leído y entendido del libro que me había prestado, el mayor peligro de este tipo de habilidades, era que el cerebro no aguantase tanto esfuerzo o información.

—No, no te preocupes. Por lo que he visto en los análisis, tu cerebro aguanta, por ahora —dijo Suresh, dándome ánimos a su particular manera—. En julio concertaremos una visita a Nueva York para hacerte más pruebas. Ahora estoy demasiado ocupado con otros asuntos —terminó diciendo. El último comentario pensé que era un eufemismo, daba a entender que estaba ocupado en otros evolucionados mucho más 'interesantes' que yo.

Terminamos de despedirnos y justo cuando había colgado el teléfono me acordé de que debía haberle dado saludos a su padre. Era una idea que tenía desde que vi su foto en la contraportada del libro. En aquel momento no sabía que Suresh y yo teníamos en común una cosa: Para cumplir nuestro destino habíamos perdido a nuestro padre, y sólo nos quedaba su legado y su recuerdo. Al día siguiente después de comer estaba sentada en el porche del caserón, leyendo el libro de Chandra, junto con mi abuela que estaba tejiendo. Disfrutaba del día soleado que yo sabía que iba a haber y leía el capítulo del libro de Suresh que trataba de los instintos migratorios.

[…]Cuando se produce un cambio, algunas especies sienten la necesidad de emigrar. Lo llaman Zugunruhe, la atracción que siente el alma por un lugar lejano.

Siguiendo un olor en el viento, una estrella en el cielo. Y ese ancestral mensaje empuja al grupo a huir, y reunirse lejos de ahí.

Solo entonces habrá una esperanza de poder sobrevivir a la cruel época que se avecina[…]

Pero bien podía estar leyendo un jeroglífico egipcio, o un texto en latín. Porque no veía nada más que tinta negra impresa sobre papel en blanco. Y en mi mente se producía una batalla dialéctica entre la molesta vocecita y yo.

«¡Hace un día estupendo para ver un partido!» susurraba la insidiosa voz.

«No pienso ir, no me gusta el béisbol» pensaba en respuesta. Mientras mi abuela estaba a su tarea tranquilamente.

«¡Será divertido!» respondió la vocecita que hablaba en Hopi, alzando un poco el tono y llevándome la contraria.

«Josh me hizo la oferta para quedar bien, nada más» pensé yo, mientras me removía en el asiento.

«¡Le hará ilusión que tú vayas!» me respondía esa molesta voz, aunque en parte tenía razón.

«El partido ya habrá empezado» determiné yo, ya debían de estar por la segunda entrada.

«¡Pero si te mueres de ganas de verle!» bramó la voz con un tono agitado. Mi abuela soltó una maldición en Hopi cuando se le salió un punto que estaba cosiendo. Entró en casa meneando la cabeza y refunfuñando por su mala suerte.

«Para él solo soy una amiga» argumenté, aunque me estaba empezando a cansar de discutir conmigo misma. Cerré el libro definitivamente.

«Con más razón, los amigos se animan entre sí» continuó la voz, sin dar su brazo a torcer.

«Pero yo no quiero ser sólo su amiga» pensé, molesta de que aquella voz supiese mis más profundos anhelos, entré en casa para dirigirme a mi habitación en busca de un poco de paz.

«Será divertido ver el partido» me repuso la vocecita.

«Te repites» le recriminé, mientras reparé que mi abuela y mi tío estaban conversando en la cocina.

«¡Pero no deja de ser cierto!» me respondió con un risuelo casi infantil en el timbre de su voz. Parecía que estuviera discutiendo con una niña pequeña que no entraba en razón.

—Sparrow, ¿te apetece acompañarme a hacer la compra? —preguntó de improviso tío Badger, tras salir de la cocina.

—Esto… sí… vale… —contesté desconcertada por el hilo de mis propios pensamientos—. Espérate que me vista y te acompaño.

No me había dado cuenta de ese detalle. La voz que discrepaba siempre de mí, esa molesta voz que me daba la monserga con que fuera al partido, era una voz infantil. La voz de una niña no más mayor que la hermana de Josh, la pequeña Kylie. Mientras reflexionaba sobre esa revelación y me cambiaba de ropa en mi cuarto, sonaron los tambores y los cánticos por enésima vez. Pronuncié una maldición en español tras quedarme quieta oyendo ese sonido. Suresh me había explicado que para controlar lo que me ocurría debía entender el funcionamiento de mi don. Pero esos tambores no cesaron cuando aprendí a cerrar mi sentido.

Podía percibir el paso de las nubes y de las lluvias, así como trayecto del sol y de la luna y otras tantas cosas más. Y también podía dejar de sentir esas sensaciones igual que una persona cierra los ojos para dejar de ver o se tapa los oídos para dejar de oír. Pero los tambores y los cánticos no los podía callar.

«¿Qué debía de hacer? ¿Ir hasta donde sonaba esa música y pedirles que se callasen de una vez?»

Antes de salir de mi habitación eché un vistazo a la gorra que me había regalado Josh. No sabía si llevármela o no. Posiblemente no me daría tiempo para ver el partido pero no iba a tenerla tirada en mi habitación sin darle un uso. La cogí finalmente y me dirigí a la furgoneta de mi tío.

—Annie —apostó el tío Badger mientras me abrochaba el cinturón de seguridad. Yo estaba tan distraída que no entendía qué es lo que estaba diciendo—. Apuesto por Anne —aclaró el tío Badger al ver mi expresión de desconcierto.

—Apuesto entonces por la abuela —jugué recobrando un poco el norte. Después de un rato mirando las nubes por la ventanilla, tío Badger empezó a hablar. Pero se le notaba que estaba forzando la conversación.

—Es de los Cubs, de los Chicago Cubs, ¿no? —me indicó haciéndome un gesto como señalándose la cabeza.

«¿Es que todo el mundo conoce a los Chicago Cubs menos yo?» asentí de manera perezosa y vi que tío Badger se estaba poniendo nervioso.

—¿Hoy no jugaba un partido, el chico que te la regaló? —preguntó después de unos segundos incómodos. Yo empezaba a ver por dónde iban los tiros, pero sabía muy bien que a mi tío le desagradaban esos temas.

—Sí, ya habrá empezado —contesté, como si no le diera la más mínima importancia.

—Si quieres te puedo dejar cerca del campo de béisbol —se ofreció desinteresadamente. Yo le negué con la cabeza y pareció que se tranquilizó un poco, pero unos minutos después no pudo contenerse más.

—¿Te gusta ese chico? —preguntó con la misma sutileza que un elefante en estampida. Mi tío odiaba hablar de chicos, había acabado muy mal en las anteriores conversaciones que habíamos tenido, y ahora estaba tan nervioso que temblaba como un flan. Iba a soslayar el tema diciendo que entre Josh y yo no había nada, pero lo que salió de mi boca fue tan suave como su misma pregunta.

—¿Y a ti, te gusta mamá? —demandé, en Hopi, y casi enseguida me tapé la boca para intentar sin ningún éxito, callar mi ocurrencia. Mi tío desvió su mirada un segundo de la carretera, para mirarme con desconcierto.

—¿Cómo has dicho? —exclamó, aunque con la voz un poco tomada.

—¿Quieres a mamá? —pregunté en inglés. Ya puestos, de perdidos al río. Tío Badger tenía una expresión extraña en la cara, como la de un niño al que le hubieran pillado haciendo una travesura—. Os oí hablar la noche de Acción de Gracias y sé lo que hay entre ambos —añadí, me quedé mirando fijamente a través de la ventanilla, sin fijar la vista en ningún punto. Después hubo unos instantes en silencio, mientras mi tío intentaba encontrar la manera de capear ese temporal.

—¿Estás molesta? —preguntó, al cabo de un rato, en un tono calmado.

—Sí, estoy molesta —respondí aún con la mirada fija en el paisaje—. Pero estoy molesta porque intentasteis ocultármelo, no por que piense nada en contra de lo que tengáis —aclare volviendo mi rostro hacia él.

«Es mejor no tener secretos» opinaba siempre mi abuela y tenía toda la razón.

—Pensáis que soy una niña pequeña, que no puede entenderlo, pero sí que puedo.

—No sabíamos cómo te lo tomarías —respondió mientras estaba pendiente de la carretera.

—Para mí eres casi como mi padre —dije en un susurro, volviendo el rostro apenado de nuevo hacia la ventanilla. De improviso, tío Badger redujo la marcha del vehículo y lo detuvo a un lado de la carretera. Apagó el motor de la furgoneta y se giró hacia mí.

—¡Yo no soy tu padre! —prorrumpió con sequedad y mal genio. Me sorprendió su inesperada actitud jamás me había hablado de esa manera—. Mi hermano sí era tu padre —asentí con la cabeza, estupefacta, sin saber a qué venía eso—. Lo que siento por tu madre no tiene que ver nada con él, absolutamente nada —terminó diciendo, aunque estaba un poco alborotado, como si acabara de recordar algo que le hubiese agitado su corazón. Unos instantes después se dio cuenta de lo que acababa de revelarme y se giró de nuevo mirando al frente.

—Al principio no la soportaba —comenzó a decir mi tío—, a tu madre —aclaró al notar mi curiosidad—. Cuando os mudasteis de Alburquerque, ella estaba sobresaltada por la muerte de Hare —continuó, encendiendo el motor de la furgoneta y empezando a conducir de nuevo rumbo a la ciudad—. Tenía los nervios a flor de piel.

«Tampoco es que haya cambiado mucho con el tiempo» pensé para mis adentros.

—Era normal ninguno nos esperábamos la muerte de Hare, nadie… —siguió diciendo aunque su voz estaba consternada—… y para colmo mi madre vino a meter las narices…

«Sí, en eso es experta. Una maestra» pensé, pero me callé dado que mi tío no solía hablar acerca de sus sentimientos.

—… y me encontré con mi hogar repleto de mujeres que no paraban de darme problemas —exclamó añadiendo una mueca burlona y mirándome —pero mi rostro reflejaba claramente que aquello no tenía ni pizca de gracia, y su mueca desapareció con un resignado suspiro—. Y poco a poco fui acostumbrándome a todo aquello: a tener que cuidarte, a ver a tu madre todas las mañanas, su temperamento, las discusiones que mantenía con tu abuela, su sonrisa… —continuó mientras conducía—… y una mañana, hace casi un año, me desperté preguntándome cómo sería mi vida si todo volviese a ser como antes de la muerte de tu padre —añadió casi para sí mismo.

«No eres el único que se ha hecho esa pregunta» pensé, mientras observaba su rostro.

—Y me di cuenta de que mi vida no sería la misma, estaría más vacía, sin todas vosotras —se emocionó mirándome por el rabillo del ojo—. Tu padre me dijo una vez que encontraría a una mujer con la que desearía pasar el resto de mi vida, y que echaría raíces. Como él la había encontrado —me explicó cambiando el tono, más animado al recordar a mi padre en vida—. Yo le decía que se equivocaba en eso, que no iba a seguir los mismos pasos que él —continuó sonriendo, con su mente rememorando tiempos pasados. Pero su rostro se volvió a ensombrecer de nuevo al recordar que mi padre estaba muerto y había tenido razón—. No soy tu padre, pero no es por que no quiera serlo.

Había estado tan absorta escuchándole, que no me percaté de que ya estábamos en el área metropolitana de Clovis. Y más concretamente al lado de las canchas deportivas de mi instituto.

—Te recogeré dentro de un par de horas, ¿vale? —exclamó con un tono más socarrón, abriéndome la puerta de la furgoneta y tendiéndome una encerrona—. ¡Que te diviertas!

«Vería el partido. Lo quisiese o no» pensé mientras me dirigía con paso vacilante, al campo de béisbol tras despedirme de mi tío.

«¡Bien!» proclamó la vocecita en Hopi, que una vez más se había salido con la suya. Me senté en las gradas observando el marcador de las carreras obtenidas. Resultó que el partido estaba mucho más avanzado de lo que me pensaba, iban por la octava entrada con un empate a cuatro carreras cada equipo.

—Strike tres —dictaminó el árbitro, tras el último fallo de uno de los bateadores de nuestro equipo. El siguiente bateador fue Josh, y yo no pude evitar pegar un bote del asiento. Me senté tranquilamente al ver que el resto de espectadores de nuestro equipo estaban más serenos. Pero en las otras gradas estaban más agitados. Estaban silbando y abucheando a nuestro bateador, a Josh.

—Strike uno —indicó el árbitro cuando Josh falló el primer intento y los abucheos de la otra grada fueron en aumento.

«¡Por dios, no quiero mirar!» pensé, mientras volvía a cuadrarse. Josh era bueno de lanzador, pero lo suyo no era el bateo. Ya había un jugador en la tercera base y sólo necesitaba conectar un golpe para que su compañero obtuviera una carrera.

—Ball uno —anunció el árbitro cuando el lanzador falló. Y aquello al menos hizo que el público del equipo visitante se callara un poco.

«¡Anímale!» me aconsejó la vocecita en Hopi, cuando se disponía a batear de nuevo.

—¡ÁNIMO JOSH! —bramé en español al levantarme de las gradas. Pero aquello tuvo el efecto contrario, Josh falló el golpe debido a mi distracción y nuestro entrenador se puso morado de rabia. Los espectadores de la otra grada en cambio estaban muy jocosos.

—Strike dos —sentenció el árbitro y yo me senté con el rostro más rojo que un tomate. No siempre acertaba esa vocecita infantil. Pero Josh había vuelto su rostro hacia las gradas y me lanzó un saludo, como si aquel fallo no hubiera tenido ninguna importancia.

Estaba de los nervios.

Si Josh fallaba otra vez, lo eliminarían y puede que perdieran el partido en la novena entrada. Todo por mi culpa. Así que tenía las manos aferradas al banquillo para evitar saltar del asiento. Mientras Josh se disponía a batear otra vez más, y…

…esta vez consiguió conectar un ligero golpe, salió a toda pastilla hacia las bases y su compañero completó una carrera. El resto de la entrada continuó cinco a cuatro, ganando nosotros. Hasta que al final comenzó la novena entrada y Josh se puso de lanzador.

A mí nunca me había gustado el béisbol, debido a que no entendía algunas de sus reglas, pero era indiscutible porqué el entrenador le había escogido como lanzador titular. La novena entrada apenas duró doce minutos más sin que el marcador de moviera de cinco a cuatro ganando.

—Strike tres —sentenció el árbitro al tercer bateador del equipo contrario, y en ese momento sí pegué un bote del asiento. Habíamos ganado el partido al fin, después de tanta angustia.

«Te dije que te ibas a divertir» soltó eufórica la voz infantil.

—Me alegro de que hayas venido —me saludó Josh tras abandonar los vestuarios veinte minutos después. Tenía una sonrisa de oreja a oreja, aunque no sabía exactamente si era por mi presencia o por haber ganado el partido.

—Es que pasaba por aquí —solté una mentirijilla mientras le dedicaba una sonrisa. Como me había perdido casi todo el partido, Josh decidió hacerme un resumen elaborado, y concienzudo, entrada por entrada. Yo intentaba seguir sus explicaciones lo mejor que podía. No lograba entender cómo podía acordarse de todas las jugadas que se habían realizado en el partido.

«Si le pusiese tanto empeño al español como al béisbol, lo aprobaría sobradamente» pensé, mientras seguía atendiendo a su exposición. Un buen rato después (aunque me pareció muchísimo menos) regresó mi tío para recogerme.

—Si quieres te acercamos a tu casa —se ofreció tío Badger, viendo la desilusión marcada en mi rostro. Josh aceptó tras hacer una llamada a su padre, para que no le recogiera al salir de la fábrica. Y continuó hablando sobre las vacaciones en Chicago y el partido de los Cubs que había visto. Pero tras ver que me estaba distrayendo con el pasar de los postes de la luz, debido a mi aburrimiento, decidió cambiar de tema.

—Ha hecho un tiempo estupendo, tal y como dijiste —apuntó retomando el desliz que había cometido el día de antes. Y yo me puse tensa al darme cuenta que Josh estaba observándome atentamente—. ¿Qué tiempo crees que va hacer mañana?

—No lo sé —mentí, fingiendo que estaba mirando las nubes pasar. Cuando no me hacía falta verlas con los ojos para saber que estaban ahí. Josh estaba a punto de abrir la boca para insistir cuando mi tío me echó una mano.

—¿Crees que los Cubs ganaran la Liga, este año? —preguntó, desviando la conversación de nuevo al béisbol. Luego se pusieron a hablar de los jugadores preferidos de la temporada hasta que finalmente le dejamos en su casa. Solté un hondo suspiro después de que hubiera pasado el peligro.

«Espero que acabe olvidándolo» deseé mientras recorríamos el trayecto de la granja de los McKencie a la nuestra.

—¿Te gusta ese chico? —preguntó mi tío, aunque apenas parecía una pregunta. Al parecer tío Badger no había terminado con el tema, sólo lo había dejado en barbecho.

—Sí, un poco —admití finalmente, ya sin armas con las que contraatacar—. Pero no se lo digas a mamá, me lo espantaría —le supliqué recordando a los dos chicos anteriores que me habían gustado.

—Descuida, mis labios están sellados —respondió expresivamente, haciendo un gesto como de cerrar una cremallera en su boca.

No entendía en aquel momento por qué mi tío me dio el sermón de antes. Para mí él había ocupado el puesto de mi padre en mi corazón cuando murió. No sólo era mi confidente. A menudo hablaba conmigo en los mismos términos, como si fuera una adulta. Y por eso le apreciaba mucho.

—Te pareces mucho a él —dije con la mente deambulando por esos pensamientos, cuando el contorno de nuestro hogar estaba perfilándose.

—¿Al vecino? —preguntó extrañado, desviando un segundo la vista hacia mí.

—No, a mi padre —aclaré mientras miraba el camino que había por delante—. Ambos sabíais lo que queríais.

Mi tío me echó un vistazo tras aparcar en la cochera y exclamó después de apagar el motor del coche—. Sólo que yo tenía los pies en la tierra y mi mayor deseo era tener mi propia parcela. Y tu padre siempre tenía la mirada fija en el horizonte y en el cielo.

—No hay nada malo en desear ser humilde —opiné dándole la razón—. Te gusta cultivar plantas —mi tío tenía la suerte de poder hacer algo que deseaba. Una suerte que yo no iba a compartir.

—Sé algunas cosas de las plantas —puntualizó desabrochándose el cinturón de seguridad y saliendo de la furgoneta—. Que no es lo mismo.

—Creo que la abuela también sospecha lo vuestro —le avisé, mientras nos acercábamos a la entrada. Aunque la verdad es que un secreto así no podía ocultarse fácilmente en un caserón tan pequeño.

—No, no lo sospecha —me llevó la contraria—. Lo sabe, seguramente desde antes que yo mismo —rectificó mientras me dirigía una mirada alegre.

Al entrar en casa nos encontramos con que nuestra apuesta, que teníamos completamente olvidada, la habíamos fallado ambos. Mamá estaba en la cocina preparando la cena y tío Badger se dirigió hacia ella con paso firme.

—¿Qué tal habéis pasado la tar…? —comenzó a decir mamá, pero le cortó la frase el dulce beso que le daba mi tío al rodearla de la cintura—. ¿Pero qué haces…? —comenzó a decir tras desembarazarse avergonzada del beso, mamá me dirigió una mirada cohibida. Pero en mi rostro no había ningún signo de sorpresa y ella arrugó el ceño sin comprender qué estaba pasando.

—Annie, nos han descubierto —explicó con una media sonrisa, tío Badger.