Capítulo Seis:
"Un San Valentín Imprevisto"
El invierno se iba instalando en Clovis, aunque la rutina diaria se había vuelto más agradable. Por un lado mamá y mi tío ya no mantenían en secreto su relación. Aunque las primeras semanas a mamá se la veía un poco vacilante delante de mi abuela o de mí. Pero después de esa etapa de incertidumbre y titubeos, parecía que mi tío y mamá llevasen toda la vida juntos. Y dado que ahora compartían el mismo dormitorio, me acabé instalando en el cuarto desalojado de mi tío. Disfruté, por fin, de una habitación más grande y con una ventana que daba al atardecer.
Por otro lado estaban mis progresos en el control de mi habilidad. Suresh me había asegurado que una vez mi cerebro se adaptase a ese 'sentido' dejaría por fin de dolerme la cabeza. Pero en eso se había equivocado. El dolor de cabeza continuaba y lo único que había cambiado era su alcance, parecía que estuviese creciendo a pasos agigantados. En mis primeros intentos podía percibir el entorno que rodeaba los terrenos de tío Badger cuando me hundía en ese estado que no era ni vigilia ni sueño.
Así pues, dos meses después, mi sentido se había agrandado más de lo que hubiese creído posible. Podía percibir cualquier fenómeno atmosférico, que hubiera sucedido, que estuviera sucediendo o que fuera a suceder en todo el condado de Curry. Y yo me preguntaba, inquieta, cuál era mi límite.
Además Josh y yo nos veíamos más a menudo, en los partidos que disputaba. Había 'descubierto' que sí me gustaba un poco el béisbol o al menos cómo jugaba el lanzador titular de nuestro equipo. Ahora pasábamos más tiempo hablando al final de las clases sobre los futuros partidos. Él se tomaba la revancha (por los cientos de veces que le había corregido en las clases de español) y me explicaba, una a una, todas las reglas del béisbol para mi suplicio.
Pero era un martirio que no me importaba soportar por tal de estar al lado suyo. Y así pasé el mejor invierno que había tenido hasta el momento: entre los partidos de béisbol, mis avances en el control de mi 'don' y la relación entre mamá y tío Badger.
Pero a mediados de febrero volvió a suceder. Volví a soñar esa pesadilla que hacía meses que tenía olvidada. Sólo que esta vez era diferente, muy diferente. No estaba en aquel puerto a orillas de ese mar desconocido, sino en una especie de paseo marítimo. El vendaval de fondo azotaba las costas con toda su fuerza mientras avanzaba acompañada de una figura.
—Creo que me equivoqué al traerte —me gritó a través del sonido del viento y de la lluvia que caía a cantaros.
—Usted no lo entiende —le respondí alzando la voz por encima de aquel estruendo—. Sé que puedo hacerlo.
La figura agitaba la cabeza (como desechando la idea de contravenirme) y seguía avanzando junto a mí a pesar del fuerte viento. Después de andar un buen tramo se detuvo mirando a los lados, mientras yo me ajustaba el chubasquero para poder soportar mejor el viento.
—Molly dijo que los últimos se encontraban en el puerto, al final del paseo marítimo —dijo la figura, que reconocí en ese instante como Suresh, por la mención de Molly.
«¿Qué hacía Suresh en mi sueño?» pensé mientras que mi 'yo' del sueño imitaba a Suresh y no hacía otra cosa que examinar el final de ese paseo marítimo y el puerto. Después de unos instantes me paré en seco y dejé de buscar a mí alrededor.
—Esto lo he soñado —exclamé casi en un susurro que apenas pude oír debido al viento. Suresh me echó un vistazo e hizo señales de no haber oído lo último que había pronunciado—. Suresh, esto ya lo he vivido —le explique gritando a pleno pulmón—, ahora deberían de aparecer… —continué, pero una voz a través de la galerna nos llamó.
—¡SPARROW! —gritó una figura, acompañada de otras tres, que salía de una calle aledaña al paseo marítimo. A pesar de que se acercaron a nuestra posición, seguía sin poder ver las caras de ninguno de los presentes.
—¿Qué haces aquí? —pregunté con un tono histérico a la figura que había pronunciado mi nombre, con la mirada fija en su opaco rostro.
—Te equivocas —me replicó alzando la voz por encima del temporal—. No tienes porque hacer tu camino sola.
—Esto es peligroso —le reprendí severamente a aquella misteriosa figura, mientras Suresh estaba hablando con los otros—. ¡No tenías que haber venido!
—¡Sparrow, tenemos que salir de aquí! —vociferó Suresh al notar que los vientos se estaban haciendo imposibles de aguantar y hizo señas a las otras figuras para que le acompañasen.
—¡Iros! ¡Evacuad a los que podáis! —les ordené a Suresh y a los demás que estaban en el puerto mientras avanzaba decididamente. Suresh hizo un amago de quedarse, pero finalmente ayudó a las otras figuras a salir ahí. Una última figura se quedó a mi lado, era el desconocido que había gritado mi nombre.
—Sparrow —suplicó con el rostro vuelto hacia mí para que me fuese con él.
—¡Veté! —le grité con todas mis fuerzas a través de la ventisca, sin mirarle al rostro. Finalmente se marchó en busca de Suresh dejándome a solas. Y una vez más me encontraba enfrente del mar a la espera de algo que parecía imparable y demoledor, algo que hacía que me sintiese igual que si cayera al vacío, pero el sonido de las anteriores veces no llegó…
—Sparrow, despierta que vas a llegar tarde —oí la voz de mi madre que me despertaba con una mano, meciéndome.
—¿Eh…? ¿Qué…? —logré articular a medida que me despertaba con un dolor de cabeza tremendo y miraba alrededor sin reconocer mi nueva habitación—. ¿Qué hora es? —pregunté mirando el reloj de la mesita. Abrí los ojos de par en par y brinqué de la cama.
«¡Dios mío, me he quedado dormida!» me dirigí a toda prisa al cuarto de baño para pegarme una ducha rápida. Y mientras me estaba aseando me pregunté porqué no me había despertado a tiempo. Llevaba semanas sin usar el despertador, siempre me adelantaba a la hora en que sonaba debido a mi poder. Sabía exactamente el momento en que amanecía y anochecía, pero aquella pesadilla me había trastocado todo y ahora estaba totalmente apurada de tiempo. Me vestí a toda velocidad y bajé al comedor para zaparme el desayuno en dos bocados.
—Afta luefo —me despedí de mi tío y de mi abuela con una tostada en la boca, cogí la mochila y me metí en el coche de mamá casi lanzándome propulsada por una cañón.
—Hace un día precioso, ¿no crees? —me preguntó mamá con un brillo alegre en los ojos y una sonrisa en los labios. Pero el paisaje que se veía a través del cristal estaba bastante nublado y muy frío.
«¿Qué mosca le ha picado?» pensé mientras agitaba la cabeza y me ponía el cinturón de seguridad. Últimamente el humor de mamá había cambiado bastante. Se había tranquilizado y templado los ánimos, pero mientras conducía hacia el instituto tenía un optimismo que rayaba mi desesperación.
La cabeza me siguió doliendo hasta que finalmente llegamos al instituto y el timbre de llamada me rompió un poco más los tímpanos. Tras entrar en la primera clase, de biología para más inri, con la cabeza como una zambomba, pude reposar un poco. Pero después de los primeros cinco minutos de clase empecé a despistarme y retomé el recuerdo de la dichosa pesadilla.
Mientras el profesor explicaba la teoría de la evolución de Darwin, yo me di cuenta de un detalle que se me había escapado en los dos anteriores sueños. Algo había cambiado en mi sueño y ese algo era yo. Ahora entendía porque no veía las caras de los individuos del sueño. No estaba viéndoles y oyéndoles a través de un vendaval. Sino que estaba sintiéndoles a través del vendaval de mi sueño. De la misma manera que sentía el vuelo de los pájaros y el retumbar de los truenos, a través de los vientos.
«No, no puede ser» pero no dejaba de ser cierto que ese sueño lo había tenido a través de mi 'otro' sentido. Ese sentido que no era ni vista, ni oído, ni tacto, ni olfato, ni gusto, sino una mezcla de todos a la vez. Así debía de sentirse un ciego de nacimiento que soñase por primera vez con una imagen. Por eso no podía reconocer a nadie en esa pesadilla…
«¿Pero por qué debería reconocer a alguien?» me pregunté mientras el profesor de biología seguía dando clase. Sólo era una absurda pesadilla, nada más. Hasta que me acordé de lo que mi 'yo' del sueño había dicho:
—Esto lo he soñado...
«¿Es que acaso había visto el futuro?» recapacité.
No, era imposible.
Completamente imposible, para mí al menos. Era capaz de sentir el paso de sol, de la luna, de las nubes y de los vientos. Pero aquellas señales no tenían nada que ver con el futuro de las personas.
«¿Estas segura?» sonó la voz infantil que hablaba en Hopi, desde el fondo de mi cabeza.
—Señorita Redhouse, ¿le aburre esta clase? —preguntó por sorpresa el profesor al pillarme cabeceando. Me incorporé un poco en el asiento y negué con la cabeza, mientras mis mejillas empezaban a ponerse coloradas.
—Entonces no le importaría contestar una sencilla pregunta —dijo el profesor poniéndose delante de la pizarra y mirándome con autoridad. Yo no había escuchado nada de lo que había dicho el profesor desde el comienzo de la clase y estaba muy nerviosa—. ¿Qué animal de las islas Galápagos, usó Charles Darwin para iniciar su teoría del origen de las especies?
Estaba totalmente claro que el profesor acababa de exponer aquello y me había pillado por completo desprevenida. Los segundos pasaban mientras mis compañeros de clase me lanzaban miradas de burla. Pero el libro de Chandra Suresh acudió en mi ayuda y recordé una reseña que relacionaba las migraciones de ciertos pájaros y su evolución. Darwin había esbozado su teoría observando…
—Pinzones, fueron pinzones —respondí con la voz un poco afónica, viendo como el profesor se le quitaba su expresión de superioridad en el mismo instante que sonaba el timbre del final de la clase. Salí de clase dirigiéndome a mi taquilla con la cabeza llena de pinzones y pesadillas ominosas. Junto a mi estaba Zoe hablándome del desplante que le acababa de hacer al profesor.
—Tenías que haberle visto la cara cuando se ha dado la vuelta —estaba toda alucinada—. Parecía que le iba a dar un ataque al cora… —de repente se calló a media frase y se detuvo en seco, mirando en una dirección. Yo seguí sus ojos vista hasta nuestras taquillas, donde había algo rectangular de color rosa pegado. Me acerqué extrañada y lo despegué con cuidado, mientras observaba el corazoncito rojo que había dibujado.
«¡Hoy es San Valentín!» recordé de golpe la fecha que era ese día y del buen humor de mi madre.
—Eres el sol que me alumbra en la oscuridad —leí la nota escrita en español, del interior de la tarjeta.
—¡Genial! ¡Jo, que suerte! —exclamó Zoe, a mi lado, tras coger la tarjeta y leerla.
—¡Vamos! ¡San Valentín es un engaño de los grandes almacenes! —le contesté, aunque no sin volver a coger la tarjeta para leerla de nuevo.
—¿Quién dice eso? —preguntó Zoe cruzándose de brazos y mirando la tarjetita con ojos dulces.
—Tú —le recriminé su inesperada actitud—. Lo dices todos los años.
—Esto no es lo mismo —replicó hipócritamente abriendo su taquilla y mirándome de reojo—. Al final parece ser que has encontrado tú príncipe azul, ranita encantada —se burló de mí mezclando los cuentos clásicos a su manera.
—¿A qué te refieres? —pregunté, apartando con una mano la cara de Zoe, mientras ella hacía morritos con la boca en plan de guasa.
—Me refiero a Josh McKencie —contestó mirándome descaradamente y señalando la tarjeta—. ¡Venga ya! ¡Te has tenido que dar cuenta de cómo te mira! —saltó frenética al ver mi expresión de curiosidad en el rostro. Y yo me aparté de su escrutinio mientras guardaba el libro de biología y sacaba el de la siguiente asignatura.
No me habría dado cuenta de que era San Valentín, si no hubiese sido por aquella tarjeta. Tal vez habría acabado viendo a algunas parejas dándose esas ridículas tarjetas y me habría percatado. Pero como a mí nunca me regalaban ninguna no solía prestar mucha atención al catorce de febrero. Para mí no habría sido más que otro miércoles cualquiera.
«Son bobadas de Zoe» razoné.
Era verdad que Josh a menudo se me quedaba mirando fijamente cuando dábamos tutoría o hablábamos de algún tema. Pero no era la única persona con la que lo hacía. Tenía esa singularidad de mirar a los ojos a las personas con las que hablaba, sin importarle lo que pensasen de él. Podía parecer atrevido o insolente por esa actitud, pero no lo era en absoluto.
Así que me pasé las siguientes horas echando vistazos una y otra vez a la tarjeta, en medio de las clases. Casi sin atender a los profesores y releyendo, una y otra vez, aquellas palabras escritas, buscando algún otro significado.
«¿Josh se había enamorado de mí el día que nos conocimos, el día del eclipse de sol?» me pregunté al ver aquella tarjeta con aquella dedicatoria tan evidente. Aunque visto de otro modo tal vez sólo quería darme las gracias por todo lo que le había ayudado desde que nos conocimos esa tarde. Aquella tarde que compartimos, en la que el sol dejó de brillar.
Y así pasaron las clases a la velocidad de un tifón, a medida que me iba haciendo más y más ilusiones, contagiándome con los ánimos de Zoe. Hasta que llegó el final de las clases.
—Ahí tienes a tu príncipe azul —dijo en broma Zoe mientras estábamos en las taquillas. Señalaba con la mirada el fondo del pasillo por el cual se acercaba Josh.
—No me dejes sola —le imploré a Zoe, al ver que hacía una tentativa de marcharse. Josh venía como todos los días que me acompañaba a la parada del autobús, al terminar las clases.
Y a medida que se acercaba vi la expresión de mi rostro lleno de júbilo me correspondió con una mirada igual de alegre.
—Hola —le saludé con la mirada fija en sus tiernos ojos azul cielo. Pero sus ojos se habían fijado en la tarjeta de San Valentín que tenía en las manos y no en mi rostro.
—¿Es una tarjeta de San Valentín? —preguntó con la mirada aún prendada en aquel trozo de cartón, mientras yo asentía con la cabeza sin comprender nada. Noté un nudo en el estomago al ver el desconsuelo que se reflejaba en sus ojos azules, que parecían haberse nublado y oscurecido.
«¡No me la había regalado Josh!» me di cuenta.
—Me alegro por ti —alzó un poco el rostro y sonrió un poco. Pero no sostenía la mirada conmigo por primera vez y tampoco su sonrisa era totalmente sincera—. Lo siento pero tengo que recoger un libro de la biblioteca —se excusó finalmente de nosotras. Me había quedado paralizada, observando el pasillo por el que Josh se había marchado, con la tarjeta en la mano. Y Zoe estaba totalmente pasmada por lo que había sucedido.
—¡Ay va, mi madre! —logró articular Zoe cuando recuperó el habla—. Estaba segura de que era él quien te la había regalado —añadió mirándome a la cara. Pero yo sólo tenía ojos para la tarjeta que acababa de estropearme el día por completo. Solté una maldición en español y tiré aquel trozo de cartulina rosada en la papelera más cercana, mientras avanzaba hacia la salida hecha un basilisco.
—¿Pero que haces? —inquirió Zoe mientras recogía la maldita tarjeta y se dirigía conmigo a la salida—. Alguien te la habrá regalado, ¿es que no quieres saber quien es? —argumentó mientras la sostenía delante de mis ojos.
«Sí, me encantaría saber quien es» pensé irónicamente. Quería saber quien había sido para mandarle a freír espárragos, por haber arruinado las ilusiones que me había creado en este día. «¡Ojalá le parta un rayo!» le maldije con una rabia que casi no podía contener que estaba haciendo que me acalorase. Y justo en el momento en el que salíamos del instituto por la puerta principal… empezó a llover a cantaros tras el retumbar de un trueno.
—No, no puede ser —exclamé estupefacta, contemplando el cielo totalmente nublado y notando como el aguacero me estaba empapando aplacándome los ánimos.
«¡Pues sí va a ser!» bromeó insolentemente la voz que provenía del fondo de mi cabeza, que esta vez no me había avisado de nada. Empezaba a odiar con toda mi alma el día de San Valentín, a medida que la lluvia me calaba hasta los huesos y me preguntaba como no había advertido la llegada de este chaparrón. Un bocinazo me sacó de mi ensimismamiento y eché un vistazo a la parada del autobús. Pero en vez del coche de mamá me encontré con la maltrecha furgoneta de mi tío.
—Hasta mañana —se despidió Zoe de mí con la tarjeta en la mano tras ponerse a cubierto en la entrada del instituto.
—¿Por qué no ha venido mamá? —pregunté extrañada a mi tío después de entrar en la furgoneta y abrocharme el cinturón.
—Tenía cita con el medico —contestó sobriamente, mientras me echaba un vistazo de arriba abajo viendo que estaba con la ropa chorreando—. ¿Te has olvidado del paraguas? —preguntó con una expresión de perplejidad en el rostro.
—Hoy no iba a llover —exclamé abochornada en mi defensa. Estaba casi completamente segura de que hoy no iba a haber precipitaciones. Pero no podía evitar mirar al cielo y poner cara de malas pulgas. Igual que a quién le falta la ultima pieza de un puzzle y no la encuentra en la caja del juego.
Suresh me había asegurado que estos poderes no eran cien por cien fiables. Que podían afectarles las emociones, los sentimientos y los recuerdos.
«No sabe cuanta razón tenía al decirlo» concluí mientras recordaba la cara de tristeza de Josh y se me revolvía el estomago de rabia por el dichoso día de San Valentín. No le tenía que haber hecho caso a Zoe, viendo falsos espejismos. Tenía que haberme dado cuenta de que Josh nunca me hubiera dejado una carta anónima en la taquilla. Si él hubiera decidido celebrar el día de San Valentín conmigo, habría sido más sincero y más claro.
Me lo habría dicho en persona y con palabras. Tal vez eso era lo que tenía pensado hacer cuando acudió a mi taquilla. Pero ahora no había manera de saberlo. Josh había visto esa tarjeta y debió de pensar…
«¿Qué es lo que pensó? ¿Qué era yo para él?» me exasperé.
Deseaba saber qué le pasó por su mente en el momento en el que me vio aquella tarjeta en mis manos. Porque Zoe tal vez se había equivocado en lo de la tarjeta pero tenía razón en todo lo demás. Josh y yo habíamos conectado de una manera especial, tal vez no como pareja. Pero había algo, un no-se-qué, que nos unía.
Creo que ese algo era la confianza.
«¡Sí, eso debía de ser!» El hecho de saber que hay una persona que te comprende y que está a tu lado. «Pero todo eso podía echarse al traste debido al día de hoy» medité casi a la llegada de casa. Y por nada del mundo quería perder aquello que compartíamos Josh y yo. Al cruzar la puerta de casa me encontré con una escena que no esperaba de mamá en absoluto. Estaba en el recibidor aguardando expectantemente la llegada de mi tío.
Nunca habría pensado que mamá fuese tan romántica, pero ahí estaba plantada con el rostro que casi brillaba de rubor. Mi tío le correspondió la mirada al tiempo que mi madre daba un ligero cabeceo, como afirmando algo que se habían dicho entre ellos antes. Y él le daba un tierno beso como no había visto en el mes que llevaban al descubierto.
«Lo que me faltaba por ver» rezongué con hastío, mientras subía las escaleras para quitarme la ropa que tenía empapada y darme una ducha tibia. Horas más tarde, con la lluvia todavía golpeando mi ventana, intentaba leer el libro de Activating Evolution sin ningún éxito. No dejaba de repasar lo que me había ocurrido en todo el día.
—Tienes demasiados problemas en la cabeza —me sobresaltó la voz de mi abuela desde el quicio de la puerta—. Eres igualita que tu padre a su edad, le das mil vueltas a todo —añadió acercándose al cabecero de la cama y posando tiernamente su brazo sobre mi hombro mientras se sentaba.
—No me pasa nada abuela —exclamé cerrando el libro y miré su rostro surcado por los años—. Es sólo que no he visto venir este día —añadí quedamente, incorporándome un poco y señalando con la mirada la ventana azotada por la lluvia. Aunque el menor de mis problemas era ese error. En cambio mi abuela no parecía tan sorprendida como mi tío.
—Eso es porque tienes muchas distracciones, no sabes qué es lo que quieres —me dio ánimos con un abrazo—. Cuando lo sepas, todo ira a mejor. Te lo prometo —añadió cuando salíamos de la habitación para cenar.
Pero la cena era extrañamente silenciosa. Mamá y tío Badger no paraban de lanzarse miraditas en silencio. Y mi abuela, que estaba a mi lado, también esta mirando alternativamente entre uno y otro. Mientras que yo no tenía ánimos de soportar sus intrigas, apenas ya para hablar siquiera. Deseaba que acabase lo más rápido ese día.
Cuando ya casi estábamos a punto de terminar de cenar, mi abuela miró con urgencia a mi madre y abrió la boca para romper el silencio tan incómodo. Pero mamá se adelantó más veloz que ella.
—Sparrow, tengo algo que decirte —dijo precipitadamente mamá. Aquellas palabras tan sencillas hicieron que un escalofrío me recorriera por el estomago, como si acabara de recordar una mala pesadilla hace tiempo ya olvidada.
Un viejo presagio de una mala noticia.
Mamá dirigió una mirada a tío Badger y él le correspondió cogiéndole de la mano. Pero yo seguía con esa angustia en el cuerpo porque el día podía ponerse peor aún. Y la inusitada serenidad que mostraba el rostro de mi madre me estaba poniendo de los nervios.
—Es una noticia importante que queríamos decirte ambos —continuó, mientras acariciaba la mano de tío Badger y volvía a mirarle de nuevo, como reuniendo fuerzas para continuar—. Sabemos que eres lo suficiente adulta para comprender lo nues…
—¡Por todos los Kachina! ¡Dilo de una vez! —espetó repentinamente mi abuela, que se estaba contagiando de mis nervios por tanto misterio.
—Estamos embarazados —contestó deprisa y corriendo tío Badger ante el asalto verbal de mi abuela—. Quiero decir que ella… que yo… que nosotros… —farfullaba tío Badger intentando explicarse.
—Voy a tener un bebé —explicó llanamente mamá mirándome a los ojos, como esperando ver algún signo de rechazo por mi parte—. Y queríamos que lo supieras.
—Eso es maravilloso, mamá —le felicité cuando recupere el habla, tras soltar un suspiro de alivio al ver que no eran malas noticias. Le cogí de la otra mano y sonreí sinceramente.
«¡Que bien!» dijo animada la vocecita infantil en mi cabeza cuando continuamos cenando. Mi abuela empezó a dar ideas para ponerle nombre al bebé, mientras que tío Badger hablaba de acondicionar mi antiguo cuarto. Yo escuchaba todo aquello con consuelo, recuperando un poco de ánimo con la buena nueva.
Tiempo después, cuando ya había dado las buenas noches a todos y estaba a punto de irme a dormir, me quedé contemplando la fotografía familiar que mamá me había regalado por navidades. Pensaba en el nuevo miembro de la familia y en los hermanos de Josh que tantos quebraderos de cabeza le provocaban.
Pero volvieron a sonar los tambores y cánticos que procedían de algún lejano lugar al que no quería ir. Como un recordatorio molesto de que mi vida no podía ser normal, por muchos momentos de felicidad que tuviese.
—¡Callaos! —pronuncié en voz alta girándome en la dirección de donde provenía aquel sonido. Segundos después reinó de nuevo el silencio en la habitación y me acosté en la cama intentando olvidar lo peor de este día. Sólo deseaba tener un poco de 'normalidad' en mi vida, como antes de descubrir mi poder. Sin obstáculos, ni secretos, ni pesadillas, ni destinos pronosticados que fueran a cumplirse.
