Capítulo Siete:
"Recuerdos Importantes"

[…]Existe un viejo proverbio chino que dice: "El aleteo de las alas de una mariposa se puede sentir al otro lado del mundo". Cada acción tiene su reacción, absolutamente todo tiene consecuencias, y un origen, aunque los desconozcamos.

Esto viene a significar que en sistemas complejos, tales como la meteorología, la bolsa de valores o la evolución, es casi imposible predecir con seguridad los fenómenos por acontecer, debido al inconmensurable número de elementos que lo conforman. Como si se tratase de una gigantesca urdimbre tejida capa sobre capa.

Sería casi imposible, pero no imposible del todo. ¿Y si pudiéramos ser conscientes de esos elementos y comprender cómo están relacionados? ¿Podríamos presagiar lo que está por suceder? ¿Tal vez evitarlo, o cambiarlo? ¿O incluso ser los arquitectos de nuestro propio destino?[…]

—Sparrow ¿me puedes echar una mano? —me interrumpió mamá, mientras estaba leyendo el último capítulo del libro de Chandra Suresh. Llevaba ojeándomelo desde hacía casi tres meses y me faltaban apenas unas pocas páginas para terminarlo, pero lo dejé rápidamente para ayudarla—. Guardamos algunas cosas de cuando eras bebé en el desván —dijo mamá mientras subíamos por las escaleras y la seguía a sus espaldas—. Tal vez aún puedan aprovecharse.

El desván contenía una surtida colección de muebles medio rotos, libros ya leídos, álbumes de fotos ajadas y todo un repertorio de regalos abandonados al polvo, casi todo de mi tío o de mi madre.

«Ya sé de dónde he heredado mi dejadez» pensé acordándome de mi caótica habitación, que siempre estaba por ordenar. Y me puse a la tarea de rebuscar entre ese enredo de trastos.

—¿Podríamos dársela a otro niño? —le pregunté a mamá cuando encontramos mi antigua bicicleta, pensando en los hermanos pequeños de Josh. Mamá hizo un gesto de asentimiento aunque parecía reacia a la idea. Pero era una lástima que se quedara allí cogiendo polvo, estaba en buenas condiciones para llevar tantos años en el desván—. ¿Quién me enseño a montar? —le pregunté después de unos minutos intentándolo recordar.

—Hare —me contestó parcamente con la mirada perdida en una montaña de libros de mi tío—. Te la regaló por navidades y no descansó hasta que aprendiste —añadió quitando y poniendo libros de un sitio a otro, removiendo hasta llegar al fondo—. Aquí está —exclamó con un tono triunfal cuando sacó algo verde. Al acercarlo a la luz de la entrada reconocí la mantita que me había pertenecido en mi infancia. Pero yo estaba distraída rebuscando entre los álbumes de mis padres. Esta era otra cosa que había heredado de mi madre: la increíble capacidad de irme por las ramas y desviarme de mis deberes.

—¿Por qué no hay ni una sola foto de vuestra boda? —le interrogué después de revisar casi todos los volúmenes que había en el rincón que estaba examinando.

—Bueno… Eh… Esto… Verás… Es un poco difícil de explicarlo —comentó con un tono dubitativo e intentó escapar de mi atenta mirada—. Sólo hay una foto de nuestra boda —continuó mientras se acercaba hacia mí y rebuscaba en uno de los volúmenes que ya había revisado—. Esta es —dijo sacando la imagen de debajo de una de mis fotos de cumpleaños y tendiéndomela en la mano. En ella aparecían papá y mamá vestidos elegantemente besándose delante de un altar presidido… ¿Por Elvis Presley?

—¿Qué es esto? ¿Es una broma? —exclamé acercando la foto hacia el foco de luz del desván, pero no me había equivocado en mi primer examen.

—Nos casamos en una capilla de Las Vegas —sonrió disimuladamente y miró de nuevo la foto que tenía en mis manos—. Tu padre y yo volamos a Nevada en el 'Gorrión' cuando lo compró. Y me propuso matrimonio en el pleno vuelo —dijo cogiendo la instantánea de nuevo para verla. Me quedé con la boca abierta ante semejante descubrimiento, mirando la foto en la que aparecía el imitador de Elvis oficiando la ceremonia—. Hasta que la muerte nos separe —recitó mamá casi para sí misma y me miró a los ojos devolviéndomela. Mi padre no se parecía en nada al chico de mi edad que describía mi abuela, indeciso y tímido. Parecía que fueran dos personas totalmente distintas.

«¡Desearía tener tanta convicción como él!» pensé, mirando aquella foto de mis padres.

—¡Vaya! de esta no me acordaba —señaló mamá otra foto olvidándose, igual que yo, de la tarea a la que habíamos venido—. Es de cuando fuimos a Mesa Verde, en Colorado, cuando tenías siete años. Te llevamos para que vieses la danza de la serpiente, y conocieses a tus tíos-abuelos —sacó la foto de detrás del protector y me la mostró más de cerca. En ella aparecía yo subida a los hombros de mi padre. Tenía mi largo pelo recogido en dos trenzas y le sacaba la lengua haciendo un guiño a quien estuviera tomando la foto, seguramente a mamá.

Pero aquellas imágenes no me evocaban ningún recuerdo, me reconocía en ellas porque mis ojos seguían siendo los mismos, un color marrón claro que destacaba a primera vista. Sin embargo no me acordaba de ningún viaje que hiciésemos ese verano, ni de haber presenciado alguna vez la danza de la serpiente.

Mamá seguía repasando ese viejo álbum, mientras yo me disponía a continuar. Pero a medida que sacaba más y más trastos, me quedé mirando fijamente la mantita que mamá había hallado.

—¿Por qué verde? —pregunté alzando la prenda del montón de ropa de bebé, estaba sorprendida por la insólita elección del color de esa prenda. Mamá dejó el volumen que tenía en sus manos, mirándome.

—Tu padre fue el que la compró —explicó acercándose para cogerla, y frotar ligeramente una mancha negra que tenía en un borde—. Supongo que pensaba en la posibilidad de que yo tuviera más hijos y escogió este color en vez del típico rosa o azul —razonó mirando con desgana, la dichosa mancha oscura que aún persistía.

—¿Es que querías tener más hijos? —pregunté sorprendida. Me acordaba de pocas cosas de mis padres antes del accidente. Pero siempre había pensado que no tenían en sus planes tener más hijos.

—No, no lo sé —contestó mamá mirándome de reojo y metiendo la mantita en una bolsa—. Sólo digo que a tu padre le gustaban las sorpresas. Por eso no quería que se supiese si eras niño o niña.

«¡Sí, pues fui una gran sorpresa!» pensé recordando la conversación que habíamos tenido Suresh y yo sobre mi insólita herencia. Sobre lo que había heredado de mis padres.

«¿Y si el futuro bebé también era una 'sorpresa' como yo?» medité con temor. Podía ocurrir de nuevo, otro 'bicho raro' en la familia. Tío Badger podía tener lo mismo que mi padre en su sangre.

—Mamá, tengo algo que decirte… —comencé a explicarle lo que me había contado Suresh, sobre estos 'dones' y su legado. Mamá escuchaba bastante tranquila, atendiendo a las explicaciones que le iba dando—… Quiero decir que puede volver a repetirse, o tal vez no —añadí al final intentando poner algo de optimismo en mi discurso.

—Estoy segura de que será como tú, muy especial —comentó ella tranquilamente, dirigiéndose a un rincón del desván en donde asomaba algo con patas de madera—. No me importa. Cuando era más joven tenía miedo de estas cosas. Miedo de no ser una buena madre para ti —se explicó, retirando una lona de la vieja cuna y haciéndome un gesto para que fuese con ella —Pero he demostrado de sobra que soy una buena madre, ¿no? —preguntó mirando atentamente la vieja cuna. Asentí con la cabeza mientras examinábamos ambas aquella antigualla.

—Está podrida habrá que comprar una nueva —señalé una de las patas que había acumulado bastante humedad y mamá chasqueó la lengua mostrando su desagrado.

—¿Qué desearías que fuera, niño o niña? —preguntó volviéndose de improviso hacia mí y pasándose la mano sobre el vientre que apenas abultaba.

—Me gustaría que fuera una sorpresa —respondí imitando a mi fallecido padre. Sabía que tío Badger deseaba que fuera niño, para equilibrar un poco la balanza en el caserón. Y mi abuela ya tenía en mente un montón de nombres Hopi de niña, por lo que se avecinaba otra 'batalla' con mi abuelo materno. Pero no me importaba ese detalle en particular. Me preocupaba más que se pareciese a mí.

«Tal vez le pueda ayudar cuando se manifieste su don» pensé con determinación mientras seguíamos metiendo ropa de bebé en las bolsas. A pesar de que mamá estaba por la octava semana, no había hablado con Suresh del tema de su embarazo, ante el temor de que viniese desde Nueva York para encontrar otro 'precursor genético' en mi tío.

—¡Vaya, que hora es! —exclamó mamá mirando mi reloj a la luz de la bombilla—. ¿No tenías hoy tutoría con el vecino? —me preguntó mientras cerraba una de las bolsas de ropa.

—Sí, me he debido de despistar. No sabía qué hora era —le respondí con una mentirijilla mientras bajábamos del desván. Sabía muy bien la hora que era, mi poder no me había vuelto a fallar desde aquel aciago día. Pero deseaba retrasar un poco más lo inevitable.

Así que me dirigí al hogar de los McKencie, veinte minutos después, avanzando al paso más lento que podía en mi bicicleta mientras observaba el cielo diáfano y azul. Y aunque parecía que no había nada más que aquel perfecto azul de la tarde. Sabía que había algo oculto, una luna nueva escondida en su propia sombra. Pero esa luna invisible no podía ocultarse de mí, la notaba sobre la bóveda celeste como si fuera un gran faro.

Después del día de San Valentín temí que Josh aplazase las clases de tutoría o se distanciase de mí de algún modo. Pero, aparte de mantener un mutismo absoluto en el tema de la tarjeta anónima, Josh había decidido olvidar todo lo posible aquel día y centrarse en aprobar la asignatura con mi ayuda. Y yo convertí su anhelo de ir a la universidad en mío también, en una empresa que me había prometido conseguir. Pensé que tal vez nuestra amistad era más importante que un estúpido día de San Valentín, hasta que descubrí algo que había intentado ocultarme.

—Pensé que no vendrías. ¿Por qué has tardado tan… —empezó a preguntarme Josh al abrirme la puerta de su hogar, pero su rostro de alegría por verme se truncó en curiosidad al ver el papel que le sostenía delante de sus ojos—. ¿Qué es esto? —pronunció cogiendo el papel que le había tendido, mientras yo entraba en el recibidor.

—Mi último control de español —expliqué mirándole fríamente a los ojos, mientras él recorría con la mirada las preguntas hasta la esquina en la que estaba anotada mi nota.

—Un ocho... ¡Enhorabuena! —exclamó alegremente y mirándome a la cara con ánimo, pero mi rostro seguía teniendo un rictus de seriedad que le aplacó el entusiasmo.

—No es mejor que tu nueve —dije cruzándome de brazos y arrugando el ceño. Me había estado ocultando aquello, que estaba sacando mejoras notas que yo, desde hacía dos semanas. Y me había tenido que enterar por boca de la profesora de español. Aún me acordaba de la cara que había puesto la maestra cuando le pregunté, a última hora del viernes, cómo iba Josh en la asignatura.

—Veo que te has enterado —se apresuró a decir Josh devolviéndome el examen y cerrando la puerta de la casa—. Verás Sparrow, es que no…

—¡Me has estado tomando el pelo! —espeté en español, antes de que se inventase cualquier excusa para aquella mentira. Pensaba que éramos buenos amigos y me había estado mintiendo durante todo ese tiempo, riéndose de mí. Me gustaba pasar ese tiempo con él, ayudándole en su idea de ir a la universidad. Pero había conseguido que pasase noches enteras en vela preocupándome por sus posibilidades de éxito—. ¡Llevo semanas pensando que vas fatal en esta asignatura!

—Vale, admito que cometí un error al no decírtelo —me contestó a su vez en español, intentando mantener la mirada fija en mi iracundo rostro—. Pero no creo que sea para tanto…

—¡Que no es para tanto! —respondí frenética, los hermanos de Josh acudieron al recibidor al oírnos en nuestra discusión, que no comprendían—. A ver. ¿Por qué no me lo dijiste? —le pregunté sosegadamente mientras le miraba con displicencia, conteniendo como podía mi arrebato. Le daría una sola oportunidad de explicarse, porque sus hermanos pequeños habían venido al rescate.

—Bueno… es que me lo paso bien contigo… —comenzó a decir, en español, titubeando, y mirando de reojo a sus hermanos.

«Sí, seguramente que sí. Debe ser muy gracioso reírse de la chica india» recordé los años de burla en mi colegio de primaria. Siempre se reían de los que eran diferentes.

—… y me has ayudado mucho desde que nos conocemos…

«Sí, y así me lo pagas» pensé en cómo yo había sobrevalorado nuestra amistad.

—… y esto no sería lo mismo sin ti —añadió señalando con la mirada a sus dos hermanos.

«¿Qu...?» me había quedado estupefacta al recordar algo. Algo que había oído de boca de mi tío dos meses atrás.

—Olvídalo, vale… tienes razón. He sido un mamona…

—Tenías que haber empezado por ahí y no haberme mentido —le corté su frase al comprender la razón por la que me había mentido. Él me miró con cara de sobresalto, sin entender qué estaba queriendo decir. Era una razón bastante egoísta, el porqué me había mentido, pero al menos no se burlaba de mí—. Puedo seguir ayudándote a hacer de niñera —añadí mirando a los hermanos de Josh—. Bueno, si me pides perdón —le exigí marrulleramente. El rostro de Josh tenía una mueca entre el regocijo y la incredulidad.

—Lo siento —contestó, poniéndose colorado por primera vez desde que le conocía. Mientras que yo aceptaba sus disculpas y me disponía a echarle una mano para mantener ocupados a sus hermanos pequeños. Josh se había 'acostumbrado' a mí, a tenerme cerca esas tardes de domingo. A ir a animarle en los partidos y compartir todos esos momentos que pasábamos juntos. Igual que mi tío se 'acostumbró' al temperamento de mi madre. Tal vez no había llegado a enamorarse de mí, pero sabía muy bien como se sentiría si dejase de formar parte de su vida, la habría notado más vacía.

Y mientras pasábamos la tarde jugando con los pequeñajos, a varios juegos de mesa y al escondite, divirtiéndome con sus chanzas y travesuras, me di cuenta de lo mucho que apreciaba aquello. Me había hecho muchas ilusiones aquel día de San Valentín, pero acabé dándome cuenta de que lo que realmente me importaba era nuestra amistad.

—Te encontré —anunció Ian, el mediano de los McKencie al descubrirme dentro del armario del baño.

«¡Te escondes fatal!» me reprochó la vocecita infantil de mi cabeza. Pero al menos Josh había sido pillado antes que yo, por lo que le tocaba el siguiente.

—Ahora a por Kylie —exclamó con ánimo Ian. Pero tras quince minutos buscando por todos los rincones no aparecía.

—Le advertí que no volviera a hacerlo —se enfureció Josh mientras subíamos las escaleras yendo al último sitio que podíamos encontrarla, el desván—. No sé como lo hará —dijo al comprobar que la escalerilla plegable, de la cual pendía una anilla fuera del alcance de sus hermanos estaba completamente cerrada. Cuando la vimos escondida en un rincón del desván se dio cuenta de que había desobedecido a su hermano mayor. Pero en su semblante seguía teniendo un aire de arrogancia y descaro.

—¿Qué te dije de esconderte aquí? Cuando se entere mamá… —amenazó Josh con un tono serio. Mientras yo me preguntaba como había podido subir aquí sin usar la escalera. Los únicos que podrían andar por sus anchas por toda la casa serían las sabandijas que van atravesando las paredes de un lado a otro.

—Si tú se lo dices a mamá, yo le digo a papá qué tienes escondido debajo de la cama —le retó la pequeña de los McKencie, pero Josh le devolvió la desafiante mirada. Mientras que yo intentaba fingir un oportuno ataque de sordera, debido a aquella referencia tan embarazosa.

—¿Con que husmeando en mi habitación… Eh? —le soltó Josh con el mismo tono anterior—. Entonces le diré a mamá quien fue el que realmente destrozó su traje de noche preferido —le contestó, mientras observaba la cara de sorpresa de su hermana al ver que contraatacaba con artillería pesada, ganando la disputa.

—Los hermanos son una gozada, te lo aseguro, te va a encantar tener uno —me comentó mientras volvíamos al piso de abajo, detrás de Kylie, y cerrábamos la escalera—. Al menos hasta que empiezan a contestarte, entonces son todo un infierno —apuntó finalmente. Pero al ver mi cara ruborizada, se acordó del 'chantaje' de su hermanita—. No es lo que te imaginas —se defendió de manera precipitada y yo agité la cabeza velozmente, negando. No era de mi incumbencia lo que Josh pudiera tener debajo de la cama—. Ven, te lo voy a enseñar —dijo al ver que no conseguía convencerme de su inocencia.

«¿Qué demonios...?» pensé mientras le seguía a su cuarto, después de que mi hiciese señas para que le acompañase.

—Pasa, pasa, no te quedes en la puerta.

Yo esperaba encontrarme con que el cuarto de Josh fuese parecido al mío. Es decir desordenado y muy descuidado, pero me llevé un chasco tremendo. Era tan pequeño como mi anterior dormitorio, tenía un montón de póster de los Chicago Cubs pegados en las paredes, así como un bate de béisbol firmado y otras cosas de su equipo favorito. Pero lo tenía bastante ordenado y no daba la impresión de andar dentro de una jungla de artículos de souvenir.

Sentía vergüenza de mí misma viendo todo aquel orden. Porque a pesar de haber conseguido una habitación más grande, únicamente había traslado mis cosas de un lado a otro, sin aprovechar lo que tenía.

—No sé porqué mi padre se enojó tanto… —comentó Josh mientras estaba agachado tanteando debajo de la cama intentando sacar algo. Y yo mientras estaba haciendo como que examinaba una pelota de béisbol, que tenía en una estantería con varios libros, porque estaba escandalizada por su manera de actuar—… además no puede prohibirme que lo le… ¡Ajá! —añadió al encontrar lo que había escondido.

—No hace falta que me enseñes nada, ¿vale? —me excusé mientras daba un paso hacia atrás, hacia la puerta abierta y empezaba a girarme. Pero Josh ya se había incorporado del suelo y vi de refilón aquel secreto que escondía a su padre.

«No, no me lo puedo creer» me quedé paralizada de golpe.

—No creo que haya nada de malo… —dijo ofreciéndome para que cogiera aquel libro. No lo había visto más que un segundo pero lo reconocí al instante. Un libro azul y voluminoso con un extraño símbolo serpenteando en la portada. No me hacía falta leer el título para nada—… en leer un libro —terminó de decir cuando cogí el libro de Chandra Suresh en mis manos.

«Depende de qué libro» abrí la tapa y vi la ficha de la biblioteca.

—Cuando volvimos de Chicago estas navidades había un paquete de Nueva York en el correo. Con un libro idéntico en su interior a nombre de mi padre —comenzó a decir mientras yo intentaba aparentar que no había leído ese libro en mi vida—, tenía una dirección y un teléfono de un tipo llamado Mohinder Suresh, que vivía allí —continuó hablando cuando le devolví el volumen.

«¿Qué demonios tenía Suresh en la cabeza?» pensé irritada, recordando lo mucho que había insistido en que fuera discreta con mi problema.

—Así que mi padre le llamó pidiéndole explicaciones.

—¿Y qué es lo que pasó? —pregunté con un nudo en la garganta, pero por suerte Josh estaba mirando el libro y no vio la angustia que se debía estar reflejando en mi cara.

—Pues no lo sé. Pero mi padre le amenazó por teléfono y luego tiró el libro a la basura —relató mientras intentaba serenarme y me giré para examinar un póster bastante antiguo de los Cubs—. Este es el único que había en la biblioteca.

—¿Y de qué va? —pregunté con un tono ingenuo, aunque me pareció que apenas era creíble.

—Bueno, va de la teoría de la evolución, igual que lo damos en el instituto. —respondió mirando la foto de contraportada atentamente—. Pero lo hace de un modo… —se paró unos instantes buscando la palabra más suave posible—… distinto, no sé como explicarlo —pero yo sabía a lo que se refería. Chandra partía desde la misma introducción del libro, con la premisa de que las habilidades especiales existían, aunque lo hacía de un modo sutil para que el lector más escéptico no lo notara—. La verdad es que me ha servido para comprender algunas cosas —añadió bastante más animado.

Yo en cambio estaba bastante más agitada, deseando salir de aquel cuarto enseguida o al menos intentar comentar algo sobre la habitación. Lo que fuera por salirnos del tema de ese dichoso libro.

—Sparrow. ¿Puedo preguntarte una cosa...? —su mirada se ensombreció brevemente.

«¡Ay, ay, ay, ay!» sonaba excitada la vocecita infantil de mi cabeza. Y me sentía acorralada cuando su mirada se posó en mí.

—¿Qué tal lo llevas con él? —emitió enigmáticamente.

«¿Ein?»

Tenía una expresión bastante seria y serena en su rostro, pero yo no entendía en ese momento de qué puñetas me estaba hablando.

—¿De quién estas hablando? —pregunté tanto con palabras, como con mi mirada de estupefacción.

—Hablo de tu pareja —dijo claramente, pero se le notaba un poco molesto al decir esas palabras.

—Yo no ten-go nin-gu-na pa-re-ja —remarqué cada silaba de la frase, pero la expresión de Josh se tornó en desconcierto—. ¿Por qué crees que tengo una?

—En San Valentín… bueno, cuando él te entregó la tarjeta… empezasteis a salir, ¿no? —preguntó con un tono de absoluta seguridad. Pero yo no entendía en aquellos momentos a qué venía la mención sobre el cobarde que me había fastidiado ese día. Y le negué con la cabeza sin comprender nada de nada—. Entonces… ¿no has salido con él? —inquirió extrañado a su vez.

—Ni si quiera sé quien es —noté como me empezaba a subir la bilis a la boca de nuevo y advertí que Josh se había sorprendido al mencionarlo—. Y si lo supiera, no saldría con él ni muerta —añadí con aspereza. Josh soltó un suspiro de alivio extraño, como si acabara de cumplírsele un deseo.

—Es que como te vi tan contenta aquel día con su tarjeta —dijo con un tono alegre, mientras dejaba el libro de Chandra encima de la cama—. Oye, ¿por qué estabas tan contenta?

—Porque pensaba que me la había mandado otra persona —contesté mirando sin mucho entusiasmo el equipamiento de béisbol de Josh, que estaba colgado de la manilla del armario.

—¿Quién te crei…? —comenzó a decir Josh, pero se cortó tan de improviso que me llamó la atención y me giré para ver la razón. Y su mirada estaba esperándome cuando mis ojos se posaron en los suyos. Una mirada como las que compartían mi madre y mi tío, una mirada que hablaba más que las palabras. Josh sabía la respuesta de esa pregunta y yo me sentía abrumada por lo que él podría ver en mis ojos. Pero no percibía ningún rechazo en su rostro y aquello era más desconcertante aún.

—No es lo que te imaginas —exclamé apresuradamente antes de que se hiciese ideas equivocadas—. No es que yo quiera… —añadí desviando la mirada de su escrutinio y notando como la sangre se me agolpaba en las mejillas. Me empecé a dar cuenta de dónde estaba. A solas en la habitación del chico de mis sueños.

—No hace falta que me digas nada —expresó serenamente con una sonrisa—. De verdad, no hace falta.

Y mientras contemplaba sus tiernos ojos azules, notaba como si un cosquilleo me subiese desde los dedos de los pies hasta la cabeza, haciendo que sintiera hasta la última pulgada de piel de mi cuerpo. Mi corazón parecía latir con una fuerza tal que lo escuchaba en mis oídos. Pero el sonido de la puerta del recibidor cerrándose acabó con el embrujo de ese momento. Josh guardó rápidamente el libro debajo de la cama, mientras yo salí de la habitación apresuradamente.

—Oh… estas aquí, Sparrow —dijo sorprendida la madre Josh al vernos a ambos bajar las escaleras.

—Sí, es que se nos ha hecho un poco tarde —exclamé modestamente, mientras me dirigía a la salida.

—Es que me ha estado echando una mano con Ian y Kylie —salió en mi defensa Josh, al ver que los ojos verdes de su madre me estaban examinando de arriba abajo. Me despedí apresuradamente de ambos al notar que faltaba poco para el anochecer.

«La abuela tiene razón, ¡No sabes lo que quieres!» me amonestó la vocecita en Hopi, cuando realizaba el camino de vuelta a casa con la exigua luz de la carretera. Cuando llegué casi en la oscuridad absoluta hasta el caserón, miré hacia el nordeste esperando. Pero se hizo de noche y los tambores y cánticos no habían sonado tampoco ese día. Y ya llevaban un mes sin importunarme. Casi siempre se escuchaban cuando era de día, pero desde que los mandé callar no había oído ni un solo redoble de tambor. Era cierto, no sabía lo que quería. Tenía tranquilidad por fin y una buena relación de amistad con Josh. Pero seguía notando que algo faltaba, algo muy importante para mí. Y mientras entraba tranquilamente en casa, no sabía que al otro lado del mundo una mariposa había batido sus alas.