Capítulo Ocho:
"Cuando Un Tornado Se Cruza En Tu…"

El alba había llegado y yo ya tenía los ojos abiertos, esperando aquel sonido de tambores que tantas veces me había incordiado durante los últimos meses. Pero seguía sin sonar nada de nada. Se había convertido en una extraña obsesión, el esperar volver a oír ese golpeteo rítmico que durante casi tres meses había sido un tedio en mi vida. Tenía la sensación de que algo iba mal, que no debía de haber acallado aquellos cánticos.

Pero no podía pedir consejo a Suresh, porque no le había hablado de aquel sonido que escuchaba en la lejanía en nuestra entrevista. Además Suresh parecía estar fuera de cobertura, porque no daba señales de vida cuando le llamé pidiendo explicaciones por importunar a la familia McKencie.

Me levanté de la cama, desconectando la alarma del despertador antes de que molestase a alguien y me preparé para otro infernal día de clases. Si hubiese sabido lo que el destino me iba a preparar habría pasado completamente de todo: las notas, los profesores, las clases y demás cosas absurdas y sin importancia del instituto.

De todo menos de mi familia y de Josh.

Aquel día no habría sido más otro miércoles común y corriente, con clases que parecen interminables y deberes que realmente nunca acababan, si no hubiese sido porque me topé con algo insólito que me llamó la atención. Había estado hablando al final de las clases con el profesor de Biología, en su despacho, sobre el detrimento de mis últimas notas. Y cuando terminó de darme la monserga me dirigí a mi taquilla para recoger mis cosas.

Ahí me encontré a Josh charlando animadamente con Zoe. No obstante abandonaron rápidamente la conversación en cuanto me vieron llegar.

—Os dejo que he quedado con… bueno, ya sabes… —se excusó Zoe mirando cómplicemente a Josh y haciéndome un gesto de despedida con la mano. A continuación se marchó a toda pastilla por el pasillo.

—¿Qué es lo que le pasa? —pregunté al ver que Josh se divertía viendo como Zoe había salido tan atropelladamente. Esperó unos segundos hasta que Zoe estuvo bastante alejada y entonces se explicó.

—Zoe me ha aclarado todo el malentendido de San Valentín —exclamó tan campantemente, desvió su mirada hacia mí pidiendo clemencia.

«¡Zoe!» me giré hacia dónde se había dirigido la Judas que tenía por compañera, sólo para ver su silueta desaparecer por el pasillo más próximo.

—Escucha, lo que te haya podido decir Zoe, es mentira —le expliqué presurosamente, pero sin mirarle a los ojos. No quería volver a perder el control como el domingo pasado en su habitación.

—Creías que la tarjeta era mía —dijo Josh tajantemente poniendo las cartas boca arriba.

—Bueno, eso es verdad —respondí cruzándome de brazos y poniéndome a la defensiva—. Pero creía que era en señal de amistad, nada más —añadí rápidamente y comencé a sacar las cosas de la taquilla al tiempo que notaba que me empezaba a acalorar—. Como cuando me regalaste la gorra después de navidades.

—Zoe me ha dicho exactamente lo mismo —comentó Josh sosegadamente, cuando comenzó a andar para acompañarme a la parada. Y yo reconsideré las acciones de Zoe, a lo mejor sí se merecía un indulto—. Pero no he venido a hablar de eso, sino para pedirte un favor, de amigo a amigo.

—¿Qué favor? —pregunté aliviada, aunque todavía sonrojada, mientras salíamos por la puerta del instituto.

—¿Me acompañarías al baile de Primavera? —pidió Josh llanamente, sin ningún tipo de tapujo. Y yo noté como toda la sangre que me ruborizaba el semblante desaparecía como por arte de magia.

—¿Cómo… has dicho? —logré articular aunque la garganta se me había secado.

—¿Que si me acompaña…? —comenzó a recitar la pregunta de nuevo.

—No, si te oído perfectamente —le corté apresuradamente. Si volvía a escuchar aquellas palabras me daba un soponcio—. ¿Pero qué clase de favor es ese? —le pregunte tempestuosamente unos segundos después. Mi asalto verbal apenas le afectó a Josh, que parecía estar divirtiéndose de lo lindo con mi desconcierto.

Le miré con estupefacción.

—Es que no se lo he pedido a ninguna chica todavía —comenzó a decir, mientras yo intentaba recobrar la compostura como bien podía—. Y si se lo pido a alguna, va a pensar que quiero ser su novio, o algo así.

—Oye… ¿Y yo que soy? —le pregunté molesta por su descortesía, dándole un leve puñetazo en el hombro.

—Lo siento —se disculpó con una media sonrisa—. Quiero decir que sólo quiero pasármelo bien en la fiesta, nada más que eso. Será divertido y habrá también un grupo de música. ¿Qué es lo que contestas? ¿Aceptas? —preguntó finalmente poniéndome ojos suplicantes. Pero yo me encontraba en un aprieto bastante gordo, porque no sabía qué responder sin quedar mal.

—No… sé bailar —dije tímidamente, mirándome los pies—. Además como no me lo había pedido nadie, no tenía pensado ir al baile. Y no puedo presentarme en la fiesta así como así, no tengo ni un vestido que ponerme, ni lo he hablado con mi familia, ni… —comencé a decir atropelladamente, todavía con la mirada fija en el suelo, juntando las palabras las unas con las otras.

—Vale, vale, sólo era una pregunta —me cortó Josh antes de me diera un ataque cardíaco y al ver que el coche de su padre se acercaba a recogerle—. De todas formas, me encantaría verte en la fiesta —añadió antes de abrir la portezuela del asiento del acompañante.

«Sí, y a mí también me gustaría ir» recapacité mientras estaba en la parada del autobús esperando la llegada de mi tío. No había pensado en ir al baile ni por asomo, ningún chico me lo había pedido y yo no me había hecho ilusiones de que lo hiciera alguno.

Además me había quedado totalmente alucinada por su actitud. Era verdad que a Josh le importaba un pimiento lo que el resto de la gente dijera de él. A diferencia de mí, que sí me preocupaba mucho. Era guapo, un buen deportista y bastante popular en el cuarto de baño de las chicas. Pero en todo el tiempo que llevaba en el instituto de Clovis jamás se le había conocido que hubiera tenido una novia. Y seguramente había un montón de chicas haciendo cola para pedirle que fuera su pareja en el baile.

«Y va, y me lo pide a mí» pensé, horas más tarde, mientras realizaba los deberes escolares en mi habitación. La verdad es que sonaba bastante bien su proposición, la idea de ir a la fiesta sin ningún tipo de compromiso. Sólo y únicamente como amigos, como lo que éramos. Además la excusa de que no sabía bailar tampoco es que sirviera de mucho. La mitad de los que iban a esas fiestas les pasaba lo mismo. Tal vez a Josh tampoco se le daba bien bailar y por eso quería salir conmigo.

«Aún podría aceptar. Sólo para hacerle el favor, por supuesto» recapacitaba mientras terminábamos de cenar y recogía los platos de la mesa. Pero antes tendría que decírselo a mamá, para comprarme un vestido. Y lo peor de todo, le tendría que decir con quién iba a ir. La conocía lo bastante bien como para saber que espantaría a Josh.

«¿Espantar, por qué?» me pregunté a mí misma. Josh no me estaba pidiendo que fuésemos 'pareja', me estaba pidiendo que fuese su acompañante en el baile, nada más. Una vez en la fiesta, no es que tuviéramos que comportarnos como novios, cogidos de la mano y haciéndonos arrumacos ni nada parecido. Sería igual que tantas otras veces que habíamos estado juntos en su casa y después de los partidos de béisbol, sólo que con más gente alrededor y vestidos de fiesta.

«Le llamaré, voy a aceptar» me convencí a mí misma, mientras veíamos el telediario de la noche. Ya reunía fuerzas para decírselo a mi familia cuando algo inesperado sucedió.

«No vas a ir al baile con Josh, este viernes» exclamó la incómoda vocecita que hablaba en mi cabeza, sin que pudiera callarla. Me sorprendió su impertinencia, siempre solía darme ánimos y ahora me daba la espalda completamente.

«¿Por qué no?» pensé irritada, pidiendo una explicación de esa extraña advertencia.

«No puedes ir al baile con Josh, si no hay baile» me respondió misteriosamente con un tono serio que no había oído nunca en esa vocecita.

«¿De qué hablas?» pregunté sin comprender ni una sola palabra de lo que estaba diciendo.

«Hablo de que deberías estar más pendiente del parte meteorológico» contestó dejándome sorprendida. En ese preciso momento el telediario estaba terminando y el hombre del tiempo estaba dando su pronóstico para el día siguiente.

[...]Cielos nublados, con riesgo de precipitaciones, así como vientos de moderado a fuerte de componente septentrional, y una severa bajada de temperaturas. Para el viernes, se espera la llegada de un frente tormentoso que ha puesto en marcha la alarma estatal de tornados. Según el instituto nacional de meteorología[...]

Mi abuela debió de ser la primera que se dio cuenta, porque cuando le dirigí una mirada, estaba con los ojos fijos en mi expresión de estupor. A continuación se percataron mi tío y mi madre, seguramente al notar el extraño silencio que surgió cuando contuvimos ambas la respiración. Y de improviso me encontré con toda mi familia mirándome atentamente, esperando oír algo que casi estaba escrito en mi rostro.

—El hombre del tiempo tiene razón —dije, tras tragar un poco de saliva, aquellas palabras que jamás había pronunciado desde que mi poder se había manifestado.

«No habría baile de primavera» supe horas después en mi habitación, debajo de las sabanas, sin apenas poder conciliar el sueño. Mientras notaba como aquel frente tormentoso se acercaba lenta, pero decididamente, hacia el estado de Nuevo México. Y yo me reprochaba a mí misma por no haberle dicho que sí a Josh.

Al día siguiente la mitad del instituto demostró su consternación con pitos e insultos cuando el director anunció por megafonía el aplazamiento del baile, así como de todas las actividades deportivas durante el viernes, y el cierre de las aulas hasta que pasase la alarma.

—Es una lata que lo hayan cancelado —se quejé Josh a la salida del instituto, mientras esperábamos la llegada de nuestros padres—. Iban a traer a un grupo de música de Roswell que conozco, el bajista es primo mío.

—Sólo lo han aplazado. La próxima semana se celebrará —le contesté, intentando darle ánimos. Pero Josh puso una cara que daba a entender su postura de que no era lo mismo. Y yo no podía evitar tener una pizca de remordimiento, me sentía culpable por no avisarle el día de antes. Pensaba decirle que aceptaba su invitación, cuando sucedió un imprevisto.

—Bueno, hasta el lunes Spar… —comenzó a decir despidiéndose con la mano al ver que el coche de su padre estaba acercándose, pero se quedó congelado en medio de la frase.

—Espera —le dije, mientras le tenía cogido del otro brazo. No entendía por qué había tenido ese impulso, pero estaba firmemente agarrada a su antebrazo. Y una insólita sensación de desazón se apoderaba de mí.

—¿Qué ocurre? —preguntó, mientras me miraba fijamente a la cara pidiendo una explicación con sus ojos. E intentó zafarse de aquel agarre con cuidado de no hacerme daño, pero sin éxito alguno.

—No te vayas —salieron aquellas palabras de mi boca, aunque parecían ajenas a mí.

—Sparrow, si no me sueltas el brazo… —comenzó a decir Josh mirándome con una expresión de curiosidad, pero sin conseguir que liberase mi presa—… me voy a empezar a pensar cosas raras de ti —terminó con un tono burlón y yo solté su brazo en ese instante, como accionada por un resorte.

—Lo siento —me disculpé abochornada, tras recuperar un poco de mi autocontrol, desviando la mirada hacia el coche de su padre que estaba estacionado—. No sé qué me ha pasado —añadí sin dar crédito a lo que acababa de sucederme. Normalmente teníamos nuestros roces. Lo típico, una palmadita en la espalda, una colleja en plan de guasa y otras tantas camaraderías. Pero en ese momento, aquel gesto no había tenido sentido.

—¿Seguro que estás bien? —preguntó al ver que seguía agitada. Asentí con la cabeza fingiendo que había sido una tontería—. Pues entonces me voy antes de que llueva.

—¿Por qué crees que va a llover? —me sorprendí de su acierto. Él me respondió señalando con la mirada al paraguas que yo llevaba en la otra mano, antes de entrar en el coche de su padre.

«¿Qué leches me ha sucedido?» recapacité mientras abría mi paraguas segundos antes de que comenzase a chispear. Aún notaba una sensación de tristeza en el corazón, como cuando pierdes algo muy querido, pero no entendía el origen de aquel sentimiento. Esa molesta sensación continuó machacándome durante todo el día, pero no sabía porqué era.

—¡Ahh... Mierda! —blasfemó, en español, mamá desde la cocina, la tarde del viernes en la que azotaba el vendaval. Tío Badger había ido a la ciudad a recoger un encargo y se suponía que no iba a tardar más de una hora. Pero ya llevaba seis horas sin noticias y mamá había regresado a su genuino temperamento—. ¿Qué demonios es tan importante? —nos preguntaba, a mi abuela y a mí, tras regresar al salón. Mientras los truenos y la lluvia seguían atenazando el caserón.

—No te preocupes, ya llamará —contestó mi abuela intentando serenarla Pero eso no evitaba que mamá continuara haciendo su ronda particular para vigilar el teléfono. Del salón a la cocina y de la cocina al salón, vuelta a empezar. Estaba de los nervios, porque ya se habían registrado varios tornados en el condado y los vientos ya habían causado algunos accidentes graves—. Quédate quieta de una vez, que me estás mareando.

—Espero que tenga una buena exc… —comenzó a decir impacientada, cuando regresó por decimoséptima vez de su ronda. Pero sonó el teléfono de la cocina y salió disparada a descolgarlo—. Cariño, ¿qué es...? —empezó a preguntar, con un tono efusivo y dulce, al oír la voz de mi tío al otro lado del auricular.

«¡Lo que ahí que ver!» pensé burlonamente, ante el súbito cambio de humor de mamá. Mientras que mi abuela reprimía una carcajada como podía.

—… te he dicho mil veces que te deshagas de esa maldita antigualla… —seguía hablando mamá por el teléfono. Al parecer la vieja furgoneta de mi tío le había vuelto a dejar en la estacada—… sí, estamos bien. Es mejor que te quedes en el refugio municipal hasta que se calme un poco —continuó hablando tranquilamente. Aunque se calló enseguida, cuando las luces de la casa se apagaron de improviso. Y el ruido de la tormenta se hizo más intenso al cortarse la electricidad.

—¿Qué ha pasado? ¿Han saltado los plomos? —preguntó mi abuela en medio de la oscuridad. Pero mi madre ya venía con varias linternas de la cocina. Mientras que yo ya estaba buscando una explicación por mí cuenta.

—No creo que sea de aquí, también el teléfono está igual —respondió mamá, mientras nos pasaba las linternas. Ya se disponía a comprobarlo en el sótano.

—Ha sido un rayo —indiqué con los ojos cerrados, antes de que mamá bajara—. Ha impactado contra un transformador y se ha ido toda la corriente de la ciudad —les expliqué mientras sentía como me apuntaban con las linternas. Podía percibir el rastro que había dejado el rayo en su impacto, la silueta del transformador recortada por la forma del rayo. La notaba como el chirriar de unas uñas en una pizarra, una sensación de dentera que me recorría la parte baja de la espalda.

—Espero que no haga alguna tontería —murmuró mamá refiriéndose a mi tío, pero yo apenas la escuchaba porque seguía centrada en mí 'otro' sentido, evaluando cómo progresaba la tempestad—. Como venir para acá en medio de la tormenta para saber si estamos bien.

—Conozco muy bien a mi hijo y sé que no hará una locura como esa —contestó mi abuela para tranquilizarla.

«Eso no te lo crees ni tú» pensé acordándome de que mi tío ya había hecho algunas 'locuras', como llenar la habitación de mamá con rosas el día después de San Valentín. O sin ir más lejos ese mismo día, salir con la furgoneta con la tormenta a punto de llegar, para recoger la cuna nueva del bebé. Sólo para poder darle una agradable sorpresa a mi madre.

Pero de improviso aquella sensación de pesadumbre volvió a sacudirme. Y ya no estaba escuchando la conversación de mi abuela y mamá. Mi atención se había centrado en esa sensación y buscaba su origen. Me acordé de que había comenzado cuando me despedí de Josh el día anterior y enfoqué mi sentido hacia la granja de mis vecinos. Sólo para llevarme una sorpresa descomunal.

—¡Dios mío! ¡Un tornado! —exclamé casi en un chillido, mientras abría los ojos y me incorporaba del sillón, al percibir cómo se empezaba a formar. Un relámpago iluminó mi rostro crispado en ese mismo instante.

—¿Un tornado? ¿Aquí? —preguntó mamá exaltada, cogiéndome de los hombros. Yo le negué con la cabeza presurosamente mientras me explicaba.

—En la granja de los McKencie —dije con un hilo de voz y volví a centrarme en mi sentido buscando su trayecto en el tiempo—. Dentro de media hora llegará.

—Hay que avisarles —terció mi abuela tajantemente, señalando a la cocina. Dónde estaba el teléfono que nunca utilizaba.

—No funciona, ¿recuerdas? —le contestó mi madre impertinentemente—. Además, ¿qué leches les vas a decir? ¿Cómo se lo vas a explicar…?

Pero yo no estaba escuchando su discusión, seguía intentando encontrar un error. Ver si me estaba equivocando. Aunque al final desistí. El tornado se estaba gestando en ese mismo instante y podía 'ver' su trayectoria sin ninguna equivocación. El embudo tocaría suelo demasiado cerca de la casa, y la cruzaría de lado a lado, para después arrasar el pozo de irrigación. Después de haberse llevado a todo el que estuviera dentro del edificio.

«Tal vez no haya nadie en la casa. Tal vez estén ya en el refugio del sótano. Tal vez…» pensé intentando evitar oír la acalorada discusión de fondo, entre mi madre y mi abuela.

«… no vuelvas a ver a Josh nunca más» añadió juiciosamente la voz infantil que retumbaba en mi cabeza, de la misma manera que los truenos lo hacían en todo el caserón. Y aquella idea me paralizó totalmente con un sudor frío recorriendo mi espalda.

«¿De qué sirve ver lo que va a suceder, si no puedes hacer algo?» Me di cuenta de que no había ninguna alternativa. Que no había absolutamente nada que discutir.

—Abuela, tienes razón —exclamé mientras me levantaba lentamente del sillón y observaba la cara de sorpresa de mi madre y de mi abuela cuando se volvieron a mirarme. La sorpresa por reconocer las facciones de mi padre, y su determinación, en mi férrea mirada—. Hay que hacer las cosas uno mismo. Voy a avisarles —añadí viendo como mi abuela no daba crédito a lo que estaba oyendo.

—¡¿QUÉ-DEMONIOS-LE-ENSEÑAS-A-MI-HIJA?! —ametralló mi madre al atónito rostro de mi abuela. Pero yo ya me estaba dirigiendo hacia la salida, después de ponerme mi cazadora vaquera—. ¿A dónde te crees que vas?

—Mamá, lo siento. Pero no puedo quedarme de brazos cruzados —repuse mientras abría la puerta y un soplo de aire frío entró en el recibidor—. Quedaos dentro de casa, va a granizar en diez minutos —añadí antes de cerrar la puerta. Y me monté rápidamente en la bicicleta para dirigirme a la casa de los McKencie, pedaleando contra el viento que arremetía con violencia e intentando quitarme de la mente la última imagen de mi madre y mi abuela en el recibidor.

«Tengo que hacerlo, soy la única que lo sabe» me repetía a mí misma para darme fuerzas contra los elementos. Llegaría a tiempo para avisarles, saldrían de la casa antes de que el tornado pudiera hacerles algún daño. Cuando ya estaba a medio camino y empezaba a notar como me afectaba la cercanía del tornado, estaba convencida de que lo conseguiría. Pero aunque podía prevenirme contra los golpes de viento y haber escapado del granizo que estaba castigando la zona que había dejado. Seguía sin poder controlar algo a lo que también me enfrentaba: la tierra que aún me sostenía. Salí despedida al suelo, cuando la rueda de la bicicleta se metió en un profundo charco de agua, empapándome completamente el pantalón de peto y la cazadora, así como el pelo.

«Al menos no me he torcido nada» me consolé en la desgracia, mientras me incorporaba trabajosamente del suelo, tras recuperar el sentido. Pero al volver la vista hacia la bicicleta, el alma se me cayó a los pies.

—¡ #$%! —solté una maldición, en español, tras dar una patada en la rueda doblada de la bicicleta.

«¡Por dios, sólo necesito un poco de ayuda!» pensé para mis adentros, mientras me retiraba el pelo mojado de la cara. Un trueno que vino del nordeste pareció que me contrariaba. Y encima debía de tener una plasta de animal en el pelo, porque lo notaba pringoso. Cuando examiné mi mano, casi me desmayé en el sitio, al verla manchada de sangre escarlata debido a un corte bastante profundo en la cabeza que me había hecho.

«Tengo miedo» exclamó la vocecita infantil realmente asustada por el accidente.

«No tienes que tener miedo. Estoy contigo, mi sol» pensé en respuesta para tranquilizarla. «¿Mi sol?» recapacité mientras intentaba frenar la hemorragia un poco. Debía de haberme dado un golpe más grande de lo que creía. Pero no podía quedarme quieta, quedaba muy poco para llegar hasta la casa de los McKencie. Así que continué andando contra el viento y la lluvia, aun cuando me zumbaba la cabeza debido a la contusión. En el momento que llegué hasta el desvío de la carretera, por fin pude vislumbrar el perfil de la granja cuando un rayo restalló en el horizonte.

Ya faltaba poco, tanto para mi llegada como para la llegada del tornado. Lo notaba en mi interior, una sensación como de estar cayendo por un profundo pozo que nunca acababa. Y aquella sensación se iba incrementando a medida que me acercaba al momento y el lugar por el cual iba a cruzar. Así que procuraba no mirar la sangre que me estaba goteando por el antebrazo. No es que fuera mucha pero siempre me causaba mucha más impresión de la que debía.

Continué avanzando fatigosamente contra el viento y la lluvia que comenzaba a molestarme. Mientras empezaba a sospechar que alguien ahí arriba me odiaba de verdad. Pero por suerte ya estaba lo bastante cerca, cuando me flaquearon las fuerzas y ya apenas podía dar un paso más debido a las náuseas que me causaba la proximidad del tornado.

—¡Sparrow! —oí la voz de Josh llamándome desde el cobertizo. Debía de haberme visto derrumbarme a través de la ventana—. ¡Sparrow! —me volvió a llamar mientras se dirigía hacia donde estaba arrodillada. Pero no había tiempo para que me atendiera, había venido a por una sola cosa.

—¡Tornado! ¡Un Tornado! —grité a pleno pulmón, señalando hacia donde aparecería. Pero enseguida me di cuenta de la futilidad del gesto.

Aún no había tocado suelo.

Aún no lo verían.

—¿Qué has dicho? —me preguntó con una expresión extraña en el rostro, cuando ya se encontraba a pocas yardas de mí. Y yo me disponía a repetirlo cuando me di cuenta de mi error.

—¡Un tornado va hacia tu casa! —le dije, en inglés esta vez y no en Hopi, todo lo alto que podía con mi dolorida garganta. Observé como Josh abría desmesuradamente los ojos y corría de nuevo a su casa a avisar a su familia.

«Lo conseguí» pensé derrumbándome en el suelo al ver, a través de las ventanas, como las linternas de la familia McKencie se ponían en movimiento. Pero algo iba mal, tardaban demasiado en salir y los minutos volaban.

—Vamos, salid, salid —exclamé con un hilillo de voz que apenas salía de mis labios, ya que me estaba quedando afónica. Mientras el dolor de la cabeza se incrementaba por momentos. Pero algo iba rotundamente mal cuando las luces de las linternas empezaron a aparecer en los pisos superiores.

«¿Pero que demonios ocurre?»

Oí varias voces alarmadas dentro del hogar, como si estuviesen buscando desesperadamente algo. Y otra oleada de arcadas me acometió cuando el tornado tocó suelo.

Me giré para ver como se acercaba velozmente, toda una nube de polvo levantado y feroz viento, que rugía y bramaba como un animal hambriento buscando su próxima victima. Escuché como dentro del caserón seguían gritando agitadamente. Una última ventana, la del desván, se iluminó con la fría luz eléctrica de una linterna y comprendí que ya era inevitable. Vería morir a la familia McKencie delante de mis propios ojos sin poder evitarlo.

Nunca más vería a los hermanos pequeños de Josh y a sus padres.

Nunca más me volvería a perder en los ojos azules de Josh.

«¡NO!» pensamos al unísono tanto yo como la voz que me hablaba en Hopi. Y con las fuerzas que pude reunir me levanté del suelo. Tenía que hacer algo y no podía hacerlo estándome quieta. La verdad es que no pensé, tan solo me puse a andar cojeando como podía, de manera automática, casi instintiva diría yo. Como guiada por algo que era más grande que yo. Tal vez guiada por el Destino.

Corrí como pude trastabillando un par de veces. Pero cuando me paré del todo estaba enfrente del tornado, en medio de su trayecto hacia el caserón, mientras el feroz viento agitaba violentamente mi pelo y mis ropas. Me percaté de cómo era de colosal en comparación conmigo. Apenas era un insecto, una cucaracha siquiera, que iba a ser aplastada en su camino.

«Voy a morir» concluí al darme cuenta de la estupidez de mi acto. Y rogué a quien fuera que me ayudase, antes de tropezar por enésima vez y acabar de nuevo de bruces en el suelo.

Y mientras el dolor de la herida aumentaba, haciéndome creer que se me iba a abrir la cabeza por la mitad, noté como mi corazón latía aceleradamente. Me pareció oír el ruido de unos tambores y unos cánticos que hacía mucho tiempo que no escuchaba, acercándose velozmente desde algún lugar lejano. Pero los silenció el aullido del tornado aproximándose a una velocidad de vértigo antes de quedarme inconsciente. Antes de que todo se volviera oscuro y silencioso.