Capítulo Nueve:
"Entre El Cielo Y La Tierra"
Estaba muerta, o al menos eso pensaba yo. Para mí ese tornado que se avecinaba hacia mi desamparado cuerpo, no sólo iba a la velocidad de una locomotora. Si no que además iba por un camino ineludible, como guiado por unos rieles.
Así que pensé que irremediablemente el tornado acabaría conmigo, que levantaría mis frágiles cien libras de peso por las alturas, para acabar estampada contra el tejado del granero.
Pensé que nunca volvería a ver a mi familia, ni que conocería a mi futuro hermano. Y mi único consuelo era que al menos no vería morir a la familia McKencie con mis propios ojos. Aun cuando había intentado todo lo que me era posible para salvarles. Por eso no es de extrañar que al despertar pensara algunas cosas equivocadas.
Lo primero que vi fue una luz blanca y diáfana que me alumbraba los ojos. Y a medida que mi visión se hacía más clara, pude distinguir una figura que anhelaba abrazar. Quería acercarme un poco más para ver claramente los ojos azules de Josh y decirle aquellas palabras al oído que en vida no pude decirle.
Pero en cuanto alcé la cabeza un poco me di cuenta de que no estaba en el cielo, ni que estaba muerta. Cuando una punzada de dolor penetrante me embistió en la cabeza y la garganta no me respondió debido a que la tenía reseca, lo comprendí definitivamente.
Fue un verdadero golpe de suerte que me hubiera quedado afónica, por que habría pasado un momento demasiado embarazoso con mi declaración. Me derrumbé otra vez en las tinieblas debido a mi agotamiento.
—Doctora Andrea McKencie acuda a cuidados intensivos, Doctora Andrea McKencie acuda a cuidados intensivos —oí una extraña voz reverberante que parecía proceder de todas partes. Mientras mi mente intentaba recordar qué había sucedido. Me acordaba del tornado, de cómo había tocado suelo. De los gritos de la familia McKencie dentro de la casa. De la herida que me había hecho antes de que llegase a la casa. Y mi último recuerdo, que creía que era fruto de mi imaginación, era el ruido de los tambores y los cánticos alzándose cada vez más alto.
—Creo que se ha despertado —escuché una voz que me recordó a una tarde en la que el día se convirtió en noche. E intenté salir de ese estado de sopor en el que me encontraba, como si me hubiera pasado toda una noche despierta oyendo música a todo volumen—. Ha abierto los ojos un instante, te lo aseguro.
«A ver si puedo repetir la hazaña» pensé, mientras notaba como iba sintiendo poco a poco mi cuerpo, como si lo tuviera adormilado. Así mismo empezaba a recuperar los demás sentidos, primero el gusto. Noté un sabor amargo en la boca y la aspereza de mi lengua, por la falta de hidratación. También notaba una sensación apremiante de sed como nunca había tenido. Como si cada fibra de mi cuerpo clamara por una gota de agua. Finalmente pude abrir de nuevo los pesados párpados que me liberaron de la penumbra.
Para ver unos ojos verdes atentos y examinadores, que me examinaban las pupilas con una dura y demasiado brillante luz blanca. Pero eso duró un instante antes de que apagase la condenada luz y el dueño de esos ojos aceitunados se alejará de mí.
—Está consciente. Aunque no ha perdido mucha sangre para que esté… —comenzó a decir una voz femenina que me era familiar. Pero dejó la frase a la mitad, como si estuviese pensando para si misma—…. sigo sin entender qué le ha pasado —añadió finalmente y reconocí la voz por completo. Era la madre de Josh la cual (si no me fallaba la memoria) era jefa de planta en el hospital.
—Josh —le llamé lacónicamente con los ojos aún entreabiertos y los labios cortados, aunque apenas se me debió entender. Cuando noté una cálida mano amiga estrechándome la mía, me desperté de sopetón.
—Menudo susto nos has dado —contestó él mirándome afectuosamente, sin soltar su brazo del mío mientras iba recuperando el sentido—. Pensábamos que te ibas al otro barrio.
—¿Qué es lo que…? —intenté preguntar, sin ningún éxito, porque sonó a un montón de silbidos amortiguados. Me incorporé un poco en aquella cama. Me encontraba en el hospital, de eso estaba segura. Con uno de esos albornoces horrorosos de color verde, pero no me preocupaba en absoluto mi aspecto. Ni me preocupaba el dolor que me causaban los puntos que tenía en la sien izquierda, los cuales me tiraban del pelo. Quería saber cómo había acabado aquí y porqué estábamos aún vivos.
—No hables, debes de estar agotada —me aconsejó Josh atentamente, pero su madre tenía una actitud mucho más crítica y estaba examinando mi historial.
—¿Qué es lo ultimo que recuerdas? —me preguntó cuando se aproximó para comprobar si tenía fiebre.
—Tornado… Acercándose… —dije, tragando un poco de saliva, con el termómetro en la axila—. ¿Ian, Kyl...? —intenté preguntar a Josh, aunque la garganta me seguía pidiendo a gritos una mísera gota de agua. Y su madre mientras tanto me auscultaba.
—Están bien, no te preocupes —me consoló Josh, estrechando más firmemente mi mano—. Están en casa con mi padre.
«¿En tu casa?» No podía ser.
No, era totalmente imposible.
La casa debía de estar derrumbada, el tornado la aplastó a su paso.
Pero mi cara debía de ser un libro abierto para Josh, porque contestó a mi intrigado rostro.
—El tornado no llegó hasta nuestra casa —explicó, atento a mi reacción. Después soltó mi mano, para acercarse a una mesita supletoria—. Se detuvo. Simplemente, se paró sin más.
«¿Cómo que ese tornado se paró?» pensé estupefacta, mientras asentía agradecida a Josh por el vaso de agua que me ofreció. Bebí pequeños traguitos para calmar ese ardor que tenía, mientras me aliviaba con la buena e inesperada noticia.
—Tu pulso y respiración se han estabilizado y ya no tienes fiebre. Además el MRI tampoco indica ninguna hemorragia interna, ni traumatismo —determinó la Doctora McKencie, mientras revisaba esa información en el historial—. A parte de la ligera pérdida de sangre y de los puntos de sutura, estás sana como una rosa. Lo que fuera que tuvieses, ya ha pasado.
—Entonces, ¿ya le puedes dar el alta? —preguntó Josh adelantándose a mí. Por que yo seguía aturdida por mi garrafal error, no entendía cómo había vuelto a fallar tan estrepitosamente.
—Antes me gustaría preguntarle algo, a solas —añadió las dos últimas palabras mirando duramente a su hijo. Pero Josh no hizo ninguna señal de haber escuchado esa orden implícita y seguía sentado al lado de mi cama. Su madre agitó la cabeza, en señal de resignación al ver la desobediencia de su vástago.
—Sparrow, ¿puedo saber qué hacías tan cerca de nuestra casa, en medio de la tormenta?
No tenía ninguna respuesta para esa pregunta, no había pensado en eso cuando me lancé a la carrera. Y ahora notaba que la mirada atenta de la doctora McKencie mostraba una curiosidad desconcertante. Pero antes de que pudiera abrir la boca, seguramente para meter la pata, Josh intervino velozmente.
—Mamá, si ya te lo ha explicado su madre —saltó él impertinentemente, con la mirada fija en mí—. Le pilló la tormenta cuando regresaba a su casa, y se accidentó —continuó, volviendo decididamente los ojos a su madre—. Y se acercó a nuestra casa porque estaba más cerca.
—¿Y es en ese momento cuando viste el tornado? —preguntó ella, alternando su mirada entre su hijo y yo.
—Sí, señ… —logre mentir, mientras cabeceaba afirmativamente.
—Si te lo he dicho antes, mamá. Yo también lo vi —me cortó Josh con un tono rotundo, como dolido porque su propia madre no le creyera. Pero yo no entendía nada, de nada. Josh no había podido ver el tornado cuando se lo dije, él estaba dentro de la casa cuando hizo aparición. Aunque empezaba a dudar de lo que recordaba, todo era bastante confuso a partir de la caída, y a lo mejor era yo la equivocada—. Además vosotros visteis el rastro que dejó. Ha sido pura suerte que el tornado se parara a tiempo.
—¿Y mi familia? —le pregunté, con el habla recuperada por fin—. ¿Puedo verles?
—Sí, es lo mejor, tu madre está aquí —comentó ella vacilantemente, al notar que no iba a sacar más información de mí—. Júnior, deberías ir a avisarla y de paso descansa un poco en el cuarto de guardia.
—No estoy cansado mamá —contestó Josh lozanamente, aunque noté que tenía los ojos un poco cargados y se movía un poco entumecidamente. La doctora McKencie se dirigió prestamente a avisar a mi madre, dejándonos a solas en aquella habitación.
Mientras que yo procuraba no pensar en el aspecto tan deteriorado que debía tener, con el pelo desgreñado, esa bata horrorosa y sin haberme dado una ducha en…
—¿Cuánto tiempo llevo aquí? —pregunté al percibir que por la posición del sol era antes del mediodía. Noté el estomago vacío, como si llevara bastante tiempo sin comer.
—Desde la tarde del viernes y estamos a domingo —me respondió levantándose del asiento, para desentumecerse de la postura—. Has estado unas treinta y tantas horas aquí. Y te han hecho un montón de pruebas para saber qué te ocurría —añadió mientras señalaba mi historial, metido en el cajetín de la cama.
—¿Y has estado aquí todo el rato? —pregunté al darme cuenta de que Josh había reprimido un bostezo. Él asintió levemente con la cabeza y se encogió de hombros como quitándole importancia al gesto.
—Mi madre tiene bastantes enchufes dentro del hospital —explicó Josh sencillamente—. Además quería hablar contigo a sol…
—¡Hija mía! ¡Por dios que estás bien! —sonó efusivamente a todo volumen la voz de mi madre, que entraba como un vendaval a la habitación. Tras lo cual se abalanzó a la camilla para abrazarme y saturarme la cara con un bombardeo de besos.
Josh salió de la habitación con su madre para dejarnos tranquilamente. Pero aunque mamá estaba contentísima por verme restablecida, mientras me ponía la ropa que había traído para quitarme el feísimo batín verde. Y seguía eufórica, cuando la madre de Josh me dio el alta definitivamente, al ver que no podía explicar las causas de mi fiebre idiopática. Su humor cambió sutilmente cuando montamos en el coche de camino a casa.
—Castigada sin salir este viernes y el fin de semana —sentenció firmemente mientras encendía el motor del coche. Yo pensaba quejarme de esa injusticia, pero se me adelantó—. Y nada de 'peros'. No debías haberme desobedecido.
Me arremoliné en el asiento con los brazos cruzados, mostrando mi enfado. Pero tenía toda la razón, había hecho una absoluta estupidez. Les había dado un susto tremendo a los McKencie, diciéndoles que un tornado iba a destrozar su casa y finalmente me había equivocado. Cuando llegamos a casa mi tío y mi abuela fueron más suaves conmigo.
—¿Qué es lo que te ocurrió? —preguntaron intrigados, pues al parecer no sabían el relato en su totalidad.
—Me equivoqué —exclamé abochornada por mi fracaso—. Metí la pata completamente —añadí resignándome, mientras mi tío me daba un reconfortante abrazo.
«Voy a ser el hazmerreír, mañana en el instituto» pensé acostada en la cama, la noche del domingo, sin poder conciliar el sueño. Seguramente, mañana por la mañana, comenzaría el rumor a primera hora. Y para el final de las clases ya sería conocida como la 'chiflada del tornado'.
Pero el lunes a primera hora mientras avanzaba por los pasillos del instituto, de camino a mi taquilla, no noté miradas furtivas. Ni cuchicheos a mis espaldas, con un dedo índice señalándome.
Sí noté que había bastante agitación entre el alumnado, pero no entendía qué era lo que lo motivaba. A la hora de la comida, el ambiente seguía igual como si todo el mundo estuviera hablando de algo.
Cuando me decidí a escuchar una de esas conversaciones, aun a riesgo de llevarme una desagradable sorpresa, capté que estaban hablando de algo relacionado con el viernes próximo.
«El baile de Primavera, al que no voy a poder ir» caí en la cuenta. Al parecer la noticia del falso tornado, y de la chiflada chica india no había llegado a ser de dominio público, todavía.
—Me enterado de lo que pasó entre Josh y tú, menudo desastre —oí la voz de Zoe, cuando me disponía a recoger los libros de la taquilla para la siguiente hora. La historia del tornado ya estaba en los pasillos y yo pensé que había sido demasiada suerte que hubiera tardado tanto en llegar a mis oídos—. ¿Cómo se te ocurre decirle que no?
—¿De qué hablas? —pregunté viendo como Zoe tenía una pose autoritaria, como de una profesora pidiendo una explicación a un alumno por no entregar sus deberes.
—Te pidió que fueras su pareja en el baile y le dijiste que no —respondió Zoe, cruzándose de brazos—. Lo he oído en el cuarto de baño.
—¿Qué más da? No voy a ir de todas formas —contesté, mientras soltaba un suspiro de alivio al ver que se trataba de una nimiedad como esa. En comparación con lo que me había ocurrido ese fin de semana, el baile era una soberana tontería.
—¿Qué no vas a ir? —preguntó con un tono exagerado—. ¡Si va a ir todo el mundo! Desde el equipo de fútbol, hasta el club de ajedrez. Sobre todo, después del milagro del viernes. Incluso voy a ir yo con…
—¿Qué es lo que ocurrió el viernes? —inquirí al notar un nudo en el estomago, como una extraña sensación de sospecha.
—No me digas que no lo sabes ¿Qué ocurre, has estado abducida por los alienígenas? —preguntó burlonamente Zoe, viendo mi cara de desconcierto.
—Algo así. ¿Qué es lo que ocurrió? —insistí mirando fijamente a Zoe a los ojos.
—El director se negó a reabrir el baile cuando acabó la tormenta. El muy cabro… —comenzó a decir soezmente.
—¿Cómo qué se acabó la tormenta? —la miré con los ojos abiertos como platos.
—Ya sabes, el viernes a media tarde, la tormenta se tranquilizó. Todo el frente se deshizo, como por arte de magia. Tanta alarma con los tornados y luego apenas fue un poco de viento y lluvia…
Pero yo apenas la escuchaba, me había quedado estupefacta al oírlo. 'El viernes a media tarde' 'Como por arte de magia'. No podía ser una coincidencia.
—Oye, ¿te encuentras bien? Te has puesto de un color casi verde —se preocupó al ver que me había indispuesto. Me excusé diciéndole que era probablemente por algo que había comido en el almuerzo.
Y mientras tanto me empecé a replantear lo que había ocurrido realmente la tarde del viernes. Pero cuando quise pedirle su versión de los hechos a Josh, en la parada del autobús al final de las clases, ya estaba montándose en el coche de su padre que había venido a recogerle más temprano que de costumbre.
«Milagro» así es como lo había descrito Zoe.
Pensaba mucho sobre lo que me había sucedido, intentando acordarme de la extraña música que había oído cuando caí inconsciente.
«¿Podía ser que yo hubiera parado la tormenta?» me pregunté e inmediatamente agitaba la cabeza negándolo. Pero seguía dándole vueltas a la idea, aquella tarde en mi habitación. Y no paraba de andar de un lado a otro de mi cuarto, pensando esa absurda posibilidad.
Una cosa era desear cambiar las cosas. Y otra muy distinta hacer realidad tus deseos. Yo comprendía, mejor que nadie en el mundo, la enormidad de las fuerzas que movían el clima. Era demasiado pequeña, minúscula diría mejor, en comparación con lo que percibía a través de mi sentido.
«Tengo que salir de aquí» pensé tras estar más de una hora dando vueltas a mi cuarto. Me sentía como un pájaro enjaulado y los pies me picaban deseando liberarse de los nervios andando. Había estado demasiado tiempo quieta este fin de semana en la cama del hospital y necesitaba moverme un poco. Así que bajé al piso de abajo y le pedí permiso a mi madre para dar una vuelta al menos.
—No te alejes mucho, ¿vale? —aceptó mi madre finalmente, sin poder dar ninguna excusa.
Pero aunque mi propósito inicial había sido deambular un poco por ahí, sin distanciarme mucho de mí casa. Mis pasos, que creía totalmente casuales y sin ninguna dirección determinaba, me condujeron lentamente muy hacia el nordeste, lejos de mí casa y de la de los McKencie. Cuando me acabé topando con un viejo árbol casi partido por el viento, me percaté de la distancia que había recorrido.
El árbol estaba doblado por la mitad y seguramente le esperaba una muerte lenta a medida que se fuera secando poco a poco. Era una verdadera pena que acabara así sus días.
«Y para colmo va a empezar a llover» pensé contemplando las nubes del cielo y percibiendo cómo faltaban unos quince minutos para que comenzase a chispear. Eché de menos los viejos tiempos en los que sólo miraba las nubes para buscar en ellas formas que se parecieran a un perro, una casa, o cualquier otra cosa. Ya no las volvería a ver de ese modo nunca más, sino que las vería como cúmulos, nimbos, cirros o estratos.
«Hay suficiente para uno, tal vez dos» sonó la voz infantil que me hablaba desde el fondo de mi mente, cuando estaba observando un cúmulonimbo situado en mi cenit.
«¿Dos qué?» pensé intrigada por ese comentario tan extraño.
«Rayos, por supuesto» siseó la voz que me hablaba en Hopi. Comencé a notar un extraño cosquilleo en la nuca. Cerré los ojos intentando centrarme en esa nube para percibirla. Había suficiente tensión eléctrica entre la base y la cima de la nube, sí. Pero la nube estaba en equilibrio y no iba liberar esa carga. Aunque algo había cambiado, me parecía más pequeña la nube de lo que era en realidad. Como si estuviera viéndola desde un punto de vista muchísimo más alto.
«No es deseo, sino confianza» exclamó enigmáticamente la voz que me hablaba en la lengua de los Hopi. «Hazlo, haz que se libere de esa carga» añadió refiriéndose a la nube.
—No puedo hacer lo… —comencé a decir en voz alta, necesitaba oír mi propia voz como algo real.
«Sí puedes. Antes eras demasiado pequeña, pero ya no» me interrumpió impertinentemente.
Era una locura, tanto discutir conmigo misma, como la idea de aquella vocecita. Pero algo en mi interior se despertó mientras me hundía en ese estado entre la vigilia y el sueño. Cerré los ojos de nuevo y me concentré en examinar esa nube en particular.
La nube estaba tranquila, desplazándose perezosamente con los vientos. Pero cuando me concentré en ella algo ocurrió. Reaccionó, como quejándose de mi intromisión. Como si no quisiera hacer lo que yo quería y percibí como se resistía a mi pensamiento. Me sorprendí de aquel triunfo bastante y ya me disponía ha abandonar, cuando la voz en Hopi me espoleó.
«Tienes que insistir, ser más terca» dijo con un tono de urgencia. Y yo me acordé de cómo mi abuela nunca daba su brazo a torcer en las discusiones.
«Vas ha soltar un rayo…» pensé, diciéndoselo a la nube. Mientras notaba como empezaban a flaquear sus defensas, ante mi pensamiento. «…¡A LA DE YA!» grité impetuosamente y noté como en la nube se iniciaba una descarga, como la columna de electricidad la atravesaba de arriba abajo y los pelillos de mi nuca se me erizaron. No me dio tiempo apenas de entreabrir los ojos y ni por asomo para taparme los oídos, cuando el rayo hizo impacto.
—"¡ZIIIIIUUUUUUM! ¡CROOOOOAAAAASSSHHHH!" —sonó un estampido que me dejó totalmente ensordecida y una fuerte sacudida me lanzó al polvoriento suelo. Cuando me levanté con la cabeza zumbando debido al estruendo, sentí la oleada de calor que me había sacudido y un aroma dulzón y amargo que me quitaba la respiración. Al recuperar un poco la visión, en el momento en el que viento apartó el ingente humo que surgía, pude observar el horror que había provocado.
«¡Dios mío! ¿Qué he hecho?» clamé mientras se me grababa en la retina, la imagen de aquel árbol semiderribado, que estaba ardiendo por completo.
Me había quedado petrificada, ante el espectáculo del incendio.
¿El árbol estaba carbonizándose a un ritmo que me parecía antinatural? ¿O era yo? que percibía el paso del tiempo como si fuera a cámara rápida debido al shock. Los pedazos de madera incinerada empezaban a caer como copos de negra nieve caliente, sobre el rocoso terreno.
Pero antes de que el incendio se propagase por los matorrales, la misma perezosa nube que había liberado ese desastre, empezó a llover. Como si fueran lágrimas por el acto que yo le había obligado a cometer.
En cuanto noté las primeras gotas de lluvia sobre mi frente, salí de mi estado de embotamiento. Huí despavorida, de vuelta a casa, como alma que persigue el diablo. No pensaba, sólo corría todo lo rápido que podían mis pequeñas piernas, hasta que finalmente no pude más. Y tuve que detenerme a medio camino de casa, recuperando el aliento bajo la lluvia.
«¡He sido yo!» me acusé a mí misma, mientras reanudaba la marcha. La nube no tenía la culpa de aquel incendio, ni de haber soltado el agua que contenía antes de tiempo. Había sido yo la que había manipulado la balanza del destino y había provocado que cambiase todo. Y lo peor de todo era que me había gustado. Cuando la nube había liberado aquella carga había experimentado una placidez como nunca había sentido.
«Suresh se equivocaba, soy MUY peligrosa» reflexioné cuando llegué al porche de mi casa, recordando la conversación que habíamos tenido allí tan sólo tres meses antes. Todo había cambiado de golpe, esa mañana mi mayor preocupación era si los tres puntos de sutura que tenía en la cabeza me dejarían cicatriz. Y ahora me encontraba con ese problemón.
«No voy a contárselo a nadie» me juré mientras estaba enfrente de la puerta de mi casa. Ni a mi tío, ni a mi abuela y mucho menos a mamá. Le daría un patatús y en su estado los sobresaltos no le sentarían bien.
«¿Y a Josh, tampoco le vas a contar nuestro secretito?» me preguntó maliciosamente, aquella voz que hablaba con voluntad propia, en el fondo de mi mente.
—¡Ni loca! —me respondí en susurros, mientras abría la puerta de casa. Ya había tenido tentaciones de contarle acerca de mi don. Pero esto era muy diferente, podía llegar a tenerme miedo o alejarse de mí.
—¡Mamá, ya estoy aq…! —empecé a decir en voz alta anunciando mi entrada, pero me quedé atónita al instante. En el recibidor se encontraban mi tío, mi abuela y mi madre y un invitado de pelo castaño corto que se encontraba de espaldas a mí. Cuando se giró al oír mi saludo, súbitamente me dio la impresión de que el recibidor era menos oscuro que antes. Me quedé paralizada al ver cómo todos se me habían quedado mirando.
—¡Vaya, que sorpresa! ¡Estábamos hablando justamente de ti! —exclamó sonriente Josh al verme.
«¿Cómo que hablando de mí?» pensé temiéndome que acabaran de descubrir mi más oscuro y reciente secreto. Pero no veía en ninguno de los presentes ninguna mirada inquisitorial, sino de sorpresa por verme con la sudadera empapada de lluvia.
—Josh ha venido a traerte la bicicleta que perdiste el viernes —explicó mi tío, señalando a un rincón del recibidor donde se encontraba la bici.
—Y nos ha estado hablando del Baile… —comenzó a decir lentamente mi madre, mientras me miraba de arriba abajo.
—Perdonen, pero… —le interrumpió Josh a mitad de la frase—… es que tengo que ir a un partido de béisbol. Gracias por el té y por ser tan amables. —añadió mirando hacia mi abuela y luego enfocó sus ojos añiles hacía mí—. Hasta mañana, Sparrow.
—Un momento, ¿te vas a ir ahora? Afuera está diluviando… —exclamé cuando recuperé el habla y me giré hacia la puerta. Pero los cielos parecía que estaban riéndose de mí. Porque los nubarrones grises de lluvia de antes, se habían convertido en dulces nubes de algodón blanco. Y el sol brillaba intensamente a través del cielo azul—… O eso creía.
—Adiós —se despidió finalmente, en español, de todos nosotros, saliendo por la puerta. E inmediatamente me acordé de un detalle que había pasado por alto debido al sobresalto. Josh sabía que había mentido a su madre. Había dicho en mi versión que venía de la ciudad cuando sufrí el accidente. Pero él había recuperado aquella bicicleta olvidada del lodazal en que la había dejado toda llena de barro, a medio camino de nuestras casas.
—No entiendo porqué no me has presentado antes a Josh —exclamó mamá unos segundos después, cuando comencé a subir las escaleras hacia mí habitación para cambiarme de ropa. Era una muy mala señal que mamá le nombrase por su nombre de pila y no simplemente como 'el vecino'—. Es muy majo ese chico —añadió más para sí misma que para el resto de nosotros.
Así que el resto del día tuve que soportar las insinuaciones de mi madre. Que si Josh había sido increíblemente amable estando conmigo todo el tiempo en el hospital. Que los padres de Josh habían sido muy comprensivos al no haber hablado a las autoridades acerca del incidente del tornado. Que la madre de Josh se había preocupado mucho por mí y me hizo un montón de pruebas de manera extraoficial, ya que nuestro seguro no las cubría. Que era un chico muy atractivo y había hablado admirablemente acerca de mí. Que… Bueno, un montón de cosas más que mi madre nunca había dicho acerca de otros chicos que le había presentado.
Por suerte, mi tío desvió el monotema de mamá hacia los destrozos causados por el granizo y yo pude respirar tranquila un poco. Aunque seguía azorada por todo lo ocurrido en ese día: El árbol ardiendo, el 'milagro' que había realizado el viernes, la conversación entre mi madre y Josh.
Era cierto el dicho: «Cuando un Tornado se cruza en tu vida, ya nada vuelve a ser igual»
—Cuando arregle la furgoneta, iremos a comprar los materiales a Roswell. Me han dicho que pueden tenerla arreglada para el lunes —comentó mi tío, acerca del tejado que había sido dañado.
—Ni hablar. Ni se te ocurra mandar a reparar ese montón de chatarra —replicó gravemente mamá a pesar de la dura mirada que le lanzó mi tío, por llamar 'chatarra' a su vehículo—. Este fin de semana partiremos en mi coche. —añadió con una sonrisa insolente en los labios. Yo mientras escuchaba todo aquello sin mucho entusiasmo. Dudando entre no contar lo que había ocurrido durante mi 'paseo' y cómo meter el tema en la conversación.
No podía simplemente decir: 'Pues hoy he aprendido como fulminar un árbol con un parpadeo'. Era demasiado alucinante para esas horas del día y para cualquier otra también.
—¿Qué tal te va con tu don? —preguntó de improviso mi abuela, debido a que mi tío y mi madre estaban enfrascados en una conversación sobre la 'chatarra' acumulada por mamá.
—¿Qué quieres decir? —pregunté con un desafino que me salió de las cuerdas vocales.
—Que si tiene problemas. Como venías con la ropa chorreando esta tarde. —me explicó con un tono afable.
—No, no es nada —respondí aliviada—. Sólo me equivoqué, una vez más.
«Sí, últimamente tengo muchas equivocaciones» recapacité mientras me terminaba la cena. Me fui acordando de mis 'presuntos' errores: El tornado del viernes, la lluvia de hoy y ahora que estaba atando los cabos sueltos, el fallo del Día de San Valentín.
Horas más tarde, mientras intentaba conciliar el sueño, pensaba sobre mi futuro. Desde que Suresh me había animado a explorar mi 'don', había tenido la absurda idea de convertirme en meteoróloga. Pensaba que me iría como anillo al dedo. De hecho ya había estado consultando al orientador de estudios acerca de esa idea. Pero ahora no podía hacer otra cosa que reírme acerca de ese pensamiento, mucho mejor que llorar.
«¿Qué clase de meteoróloga sería?» pensaba irónicamente. Claro que tendría éxito. Si fallaba en uno de mis pronósticos solo tenía que… No, no podía ir moldeando el tiempo a mi gusto. No debía de hacerlo, mejor dicho. Estaba mal hacerlo y era mejor que no lo volviera a hacer nunca más. Tendría que olvidarme de esa faceta de mi aptitud al menos hasta que Suresh me ayudara cuando lo viese en las vacaciones.
Sabía que él estaba buscando una manera de reprimir estos dones, me lo había comentado en una de nuestras conversaciones telefónicas. Para ayudar a la gente que tiene aptitudes demasiado peligrosas o aquellas que querían tener un poco normalidad en su vida. Y acabé conciliando el sueño con la esperanza de que Suresh encontrara el modo de curarme. De que todo volviera a ser como antes.
Pero al día siguiente me topé de nuevo con mi realidad, a pesar de que me había escapado de ella durante mis sueños. Tendría que afrontar el día de instituto sin perder los estribos.
«Si puedes sobrevivir a este día, el resto estará chupado» me dije tras salir de la ducha de agua fría que me había dado. Parecía que todo iba a ir bien durante el desayuno. Mi abuela esta vez había tenido la delicadeza de no preguntarme qué tiempo iba a hacer hoy debido al 'fracaso' de la tarde anterior. Y el resto de mi familia no se había percatado de ningún cambio en mí.
Parecía un día 'normal' de la semana, sin más. Pero cuando llegué al instituto tuve la sensación de que todo el mundo me estaba mirando. Me estaba volviendo un poco paranoica ante la idea de que se descubriera a medida que pasaban las clases. Sin embargo no sucedió nada parecido, nadie se fijó en mí. Nadie notó nada raro, bueno… excepto una persona.
—Que extraño —murmuró Zoe, al final de las clases mientras recogíamos nuestros bártulos de las taquillas. Le dirigí una mirada suspicaz al observar como se había fijado en mi muñeca izquierda—. Tu reloj debe haberse parado —exclamó señalando hacia el objeto que le había llamado la atención. Mientras que me percataba de ese pequeño detalle que había pasado por alto.
«¡Debió de estropeárseme al caer el rayo!» miré cómo las agujas del reloj se habían parado a las seis y trece minutos de la tarde. Pero Zoe no le dio ninguna importancia a ese desperfecto a pesar de que mi corazón parecía estar bailando samba. Cerré rápidamente la taquilla para dirigirme a la parada del autobús, sin esperar siquiera a Josh, que venía por el fondo del pasillo hacía mí. Sólo logré escuchar las quejas de Zoe por semejante grosería junto con mis latidos.
«¡Es que este día no acababa de una vez!» maldecía horas más tarde en mi habitación, tras terminar los deberes y mirando el estropeado reloj que llevaba meses sin utilizar. Parecía como si el astro rey fuera a paso de tortuga por los cielos y los nervios me estaban matando.
Quería bajar las escaleras y revelar a mi familia ese secreto que me estaba carcomiendo las entrañas. Pero cuando bajé diez minutos después a la cocina, decidí que lo mejor sería dar un paseo y alejarme lo más posible de aquella tentación.
Atravesé los campos de cultivo en dirección a un lugar que hacía mucho tiempo que no visitaba. Pero que me pareció perfecto para estar a solas. Y a medida que avanzaba hacia el barranco desde el cual había observado el eclipse de sol. Sentí como si aquel recuerdo perteneciera a otra persona, como si fuera una vida anterior mía.
Cuando llegué a esa posición privilegiada, desde donde tantas veces había observado a Josh lejanamente, me di cuenta de la magnitud de los destrozos provocados por el tornado. El campo de cultivo parecía haber sido surcado por el azadón de un gigante borracho, formando un terraplén de varias yardas en el suelo que acababa donde mi maltrecho cuerpo había sucumbido.
Ventaja genética, lo había llamado Suresh meses atrás. Y ahora que observaba como el rastro del tornado se cortaba de golpe en ese punto del suelo, me daba cuenta de mi potencial. De algún modo había sobrevivido al paso de un tornado, sin un rasguño.
No sólo era capaz de predecir qué tiempo iba a hacer, sino que además podía manipularlo y sobrevivir a ese depredador implacable. De improviso me vino una idea a la cabeza, una idea aterradora por su claridad.
«Y si no había pronosticado NADA de nada» pensé, acordándome que de pequeña no había sido consciente de mi poder. Recordé la tarde soleada en la que vi mi primer partido de béisbol en el que jugaba Josh. Todas aquellas veces en las que el hombre del tiempo se había equivocado. ¿Era posible que un experto, alguien que se gana la vida con ese trabajo, se equivocase tantas veces? ¿O era yo? La que manipulaba la atmósfera sin darme cuenta, todo el rato.
«No, no puede ser» intentaba negar esa posibilidad.
Porque eso significaba que yo podía ser la culpable de la devastación que estaba observando sentada al pie del árbol. Pero a medida que recordaba los acontecimientos del viernes…
—¡Vaya, estás aquí! —oí una voz que, por suerte, me borró esos oscuros pensamientos de mi cabeza. Era Josh que al parecer también había acudido también aquí a buscar un poco de tranquilidad.
—Ya me marchaba —dije comenzando a incorporarme del sitio, pues había venido para estar sola, antes de que Josh intentará convencerme de que me quedase.
—Tornado —pronunció Josh sencillamente, no en inglés, ni en español. Sino, sorprendentemente, en la lengua de los Hopi. Me quedé estupefacta mirándole, debido al asombro—. Lo dijiste el viernes, significa tornado en indio, ¿verdad? —preguntó después en inglés al ver que me había vuelto a sentar en el sitio, debido al sobresalto. Pero no podía encontrar la manera de negarlo, porque la sorpresa que se había reflejado en mi rostro ya le había contestado.
—Significa tornado en Hopi —le corregí, desviando la vista hacia el cielo. Aunque éste estaba bastante nublado y apenas se veía el sol de la tarde. No quería mirarle a los ojos, no porque tuviera vergüenza, sino porque tenía miedo de mí misma—. Aunque no es exactamente un sustantivo sino una forma verbal —intenté comentar, recordando aquellas clases tan tranquilas que habíamos tenido en su casa.
—Algún día de estos me tienes que enseñar a hablar Hopi —expresó tomando asiento al lado mío y observando el cielo gris plomizo que se extendía sobre nuestras cabezas como si fuera una inmensa carpa.
—Sí, algún día… —dije sin ánimo, desviando la mirada hacía el firme suelo que me sostenía. Tenía que olvidarme de los cielos. El ver esas horrorosas nubes me habían provocado la súbita idea de apartarlas de la vista.
—Sé que crees que mentí a mi madre —dijo él con un tono firme, mirando aún a los cielos—. Que no pude ver el tornado con mis propios ojos.
—Escucha, lo que pasó el viernes fue una estupidez mía. Tú no tienes la culp… —comencé a explicarme mirándole a la cara pero él me hizo un leve gesto para que le dejase hablar. Él no pudo verlo. Sólo yo y únicamente yo, pude anticipar su llegada y casi hizo que echase el bofe por la boca de las náuseas que me provocaba.
—Lo vi —reiteró, mirándome a los ojos e hizo que volviese a sentirme como la primera vez que compartimos los dos un paraguas—. Pero no en el cielo, sino en tu rostro —añadió y yo tuve que desviar mis ojos de los suyos de nuevo al frío y sólido suelo—. Estabas muerta de miedo porque veías lo que se acercaba.
—Me pegué un golpe en la cabeza y creí ver lo que no… —intenté frenarle, pues estaba sacando conclusiones demasiado acertadas.
—No me lo niegues, sé que a ti te ocurre algo 'raro' —profirió de manera inflexible, con un tono de voz que nunca había empleado conmigo, que me dejó boquiabierta—. El día que te pedí ayuda en español tenías un paraguas… —añadió suavizando el tono sin fijar la vista en mí, mirando hacia el oeste—… pensé que eras una de esas frikis o algo parecido. Pero después adivinaste el tiempo que iba a hacer en el primer partido del año.
«¡Mierda! ¡Ese desliz!» pensé para mis adentros sobre la metedura de pata que Josh había retomado.
—Y luego están todas esas ocasiones en las que te quedas un poco paralizada —continuó dado que yo estaba aturdida por sus conclusiones—, como si estuvieras oyendo algo molesto que te llama la atención.
«¡¿Se ha percatado también de los tambores?!» pensé en cuanto tiempo debía de llevar sospechando sobre mis extraños hábitos.
—Por eso no dudé ni un instante cuando me dijiste que había un tornado acercándose a mi casa —añadió volviéndose hacia mi ruborizado rostro—. Ves y oyes cosas, que otros no pueden ver.
—A eso lo llaman estar loco —exclamé intentando desviar el tema de conversación. Era muchísimo mejor que pensara que era una especie de chiflada que la verdad pura y dura. Pero Josh hizo un gesto de negación con la cabeza y volvió de nuevo la vista hacia el horizonte, hacia el punto donde nunca se juntan la tierra y el cielo.
—Y sé que de algún modo paraste el tornado —añadió firmemente, antes de que pudiese replicarle continuó hablando apresuradamente—. Kylie se escondió porque tenía miedo de los rayos. La perdimos de vista unos momentos... y no quiero ni imaginar qué hubiera pasado —se paró debido al sufrimiento de recordar aquellos momentos angustiosos dentro de la casa—. Cuando vi la luz del sol a través de la ventana del desván, lo supe. Supe que conseguiste impedir que ese tornado nos matara.
«¡Lo supiste antes que yo!» pensé queriendo gritar aquellas palabras. Josh había confiado en mí más que yo misma.
«¡Demuéstraselo! ¡Demuéstrale lo que puedes hacer!» me aconsejó aquella voz infantil que hablaba en mi lengua paterna.
—Entiendo que no quieras admitirlo, es algo bastante difícil de asimilar. A mi también me cuesta admitir… —comenzó a decir animadamente, tras restregarse unas lagrimillas que habían intentado asomarse a sus ojos.
—¿Cómo están los cielos? —pregunté con una firmeza en mi voz que me sorprendió a mí misma.
—¿Eh? ¿Cómo dices? —dijo vacilante, sorprendido por la extravagante pregunta y desvió la mirada al apagado cielo que yo no miraba—. Esta nublado. Bueno, un poco nublado.
—Fíjate bien en esas nubes —le ordené mientras cerraba lentamente los párpados, zambulléndome en mi otro 'sentido' con el cual dominaba los cielos. Tal vez me arrepintiera más tarde de lo que estaba a punto de hacer. —. No apartes la mirada, para nada.
Y enseguida ya no estaba atrapada en esa minúscula cáscara de carne y hueso, sino que sentía la silueta de nosotros dos recortada en la brisa que surcaba ese barranco. Y a pesar de la extraña impresión que esto me producía, el 'verme' lo cerca que estaba de Josh desde fuera, me centré en lo que tenía que realizar.
Me elevé a los cielos, más alto de lo que nunca podría alcanzar físicamente y observé esas insulsas nubes que estropeaban una perfecta tarde de primavera. Mi primer pensamiento fue el de azuzarlas, cargarlas con electricidad y humedad, haciendo que los cielos rompieran en ebullición. Pero descarté esa opción enseguida, no quería que Josh huyera despavorido, sólo que se callara de una vez.
Y decidí que lo más sensato sería despejar los cielos. De hecho, sería lo más sencillo. Tanteé la manera en que se desarrollaban esas nubes y encontré el método para conseguir mi propósito. Sólo necesitaba un poco de viento que ascendiera desde las capas intermedias.
Así que me centré en las corrientes de aire que cruzaban todo el territorio de Clovis. Los vientos acudieron raudamente a mí, como deseando liberarse de sus ataduras y azotar con violenta furia aquella zona en particular. E inmediatamente noté como se agrupaban, separando en dos aquel frente de nubes. Abrían rápidamente una brecha que se iba extendiendo más y más.
Noté a mi lado, abajo en la tierra, cómo Josh se movía agitado y cómo intentaba soltar una exclamación de asombro, no pudo porque se había quedado sin aliento. Seguramente debía ser un buen espectáculo el ver cómo los cielos se rompían de esta manera. Pero para mí solo eran unas nubes que iban de un lado a otro como ovejas guiadas por un pastor, el cual era yo. Y ya percibía como el sol volvía a proyectar su ardiente estampa en mi piel mestiza.
Estaba a punto de abrir los ojos, para observar la cara que se le habría puesto a Josh, cuando noté algo cálido y ligeramente húmedo posado en mis entumecidos labios. Mientras sentía como una mano firme me acariciaba tiernamente mi mejilla para acercar más aquellos tímidos labios, a los míos.
Mi adormecida piel se despertó de golpe, percibiendo con más intensidad de la que hubiese creído posible. Durante unos instantes que me parecieron una eternidad, a medida que una sensación de plenitud me sacudía entera como un cosquilleo, noté como si nuestros corazones latieran al unísono.
Y esa sensación perduró unos leves latidos más cuando él apartó sus dulces labios de los míos, mientras yo mantenía cerrados los párpados deseando que aquello no fuera un sueño, que no fuera un espejismo demasiado real.
Pero al abrir los ojos, bajando por segunda vez de los cielos, su mirada estaba esperándome y su mano seguía apoyada en mi mejilla acariciándome suavemente.
—Gracias… —dijo de todo corazón así como con una expresión de absoluta gratitud. Mientras yo me perdía en aquellos ojos azules que eran un cielo sin explorar para mí. Apenas podía pensar en otra cosa que no fuera en aquel beso que había soñado tantas veces despierta. Pero él retiró su exaltada mano con la que rozaba mi mejilla, para sujetar afectuosamente las mías—… gracias por parar el tornado… —continuó con la voz consternada por la emoción y desvió de nuevo la mirada hacia el occidente para observar la puesta de sol—… gracias por salvarnos —se le quebró su voz a media frase.
Le imité el gesto, para advertir que la casa de los McKencie seguía en pie dentro del paisaje. Y que todos sus ocupantes seguían vivos ya fuera por culpa, o debido, a mí. Y eso era lo único que realmente importaba.
