Capítulo Diez:
"La Danza De La Lluvia"

El sol empezaba a proyectar su anaranjada luz sobre el lugar donde había comenzado nuestra amistad. Y mientras el calor de ese fugaz beso que me había robado Josh se iba enfriando, recapacitaba demasiado tarde sobre lo que acababa de hacer. Había tenido miedo. No porque descubrieran mi secreto, sino todo lo contrario. De que nadie lo supiera nunca, que nadie conociera mi verdadero yo, mi verdadero potencial.

Si no lo hubiera contado a alguien habría estallado como una olla a presión. Y Josh había resultado ser el desahogo perfecto de ese desvivir. Ahora iba a abusar de su confianza, de la confianza que tenía en mí y que no deseaba perder por nada. Él seguía hipnotizado por aquella revelación, observando las nubes que aún se desplazaban por la inercia. Sin ser consciente del embrollo en el que le estaba metiendo.

—No se lo cuentes a nadie —dije firmemente, mirándole con una expresión de dureza. Y aunque me estaba refiriendo exclusivamente a mi 'don', pensé que también valdría para aquel gesto de gratitud que había tenido conmigo. Josh volvió la vista hacia abajo, hacia mi cara que estaba medio pie por debajo de su altura, y por su expresión de desconcierto supe que estaba aún en shock. Esto era demasiado fuerte para asimilarlo en unos minutos.

—La gente me tendría miedo, me harían daño, si lo supieran —añadí recordando el 'discurso' tan cortante de Suresh. Pensé que a lo mejor la razón de que Josh no me tuviera miedo, era por que no había comprendido lo peligrosa que era su vecina.

—¿Por qué iban a hacerte daño? —preguntó con un tono claramente ultrajado, por semejante idea—. No lo entiendo. ¡Dios mío! ¡Eres mi heroí…!

—No soy nada de eso —le corté antes de que terminase de decirlo. Tenía que ponerle los pies en la tierra, que no se creara ideas equivocadas sobre mí—. Sólo tuve la suerte de estar en el sitio y el momento adecuados —señalé con la mirada la devastación del tornado. Pero Josh no estaba de acuerdo con mi postura y lo negaba con la cabeza, mientras se aproximaba al borde del barranco.

—Lo único que sé. Es que no estaría vivo, si no fuera por lo que hiciste —exclamó mirándome firmemente, aunque con la mirada aún cargada del reciente dolor rememorado.

—Necesito que me jures, que no se lo vas a contar a nadie —le reclamé en un tono duro e hiriente. Me odié a mí misma por ser tan hipócrita, le iba a pedir que hiciera algo que yo misma no había podido realizar—. Esto no es como la tontería de querer ir a la universidad —añadí con un tono demasiado mordaz, arrepintiéndome de haberlo hecho en el acto. Pero al menos había conseguido mi propósito, no quería que me idolatrara de algún modo. Tenía que hacerle entender que nada había cambiado entre nosotros dos y que, al mismo tiempo, todo había cambiado con este secreto que le había revelado.

—Te lo juro. No voy a decírselo a nadie —prometió con un tono sosegado. Pero aunque no había ninguna sonrisa en su semblante, no noté que estuviera irritado conmigo. Se aproximó hacia donde yo estaba con un paso firme, con la misma seguridad en sí mismo de siempre. Por un segundo temí que volvería a besarme, pero en lugar de eso me rodeó con los brazos de manera amistosa—. Yo no te tengo miedo —añadió con un tono de voz paternal, posando levemente su mano sobre mi cabeza, para tranquilizarme. Josh me conocía muy bien, tal vez demasiado bien para mi gusto, y había visto el miedo asomando en mis ojos. Era agradable notar la calidez de ese abrazo, como me reconfortaba aquel sencillo acto. Así como notaba su rítmica respiración y la certeza de que Josh seguía siendo mi amigo a pesar de lo que acababa de suceder.

—Josh, si no me dejas de abrazar… —comencé a decir después de unos eternos momentos que disfruté gratamente—… voy a empezar a pensar cosas raras de ti —añadí burlonamente, intentando quitarle hierro al asunto. Él se separó un palmo de mí para responderme con una sonrisa. Pero se le borró el gesto de la cara instantáneamente, mientras se pasaba la mano sobre los labios, al recordar el impulso que había tenido antes.

—Lo siento —exclamó soltándome del abrazo, y recobrando un poco de compostura—. No sé qué me…

—No hace falta que me digas nada —intenté decir serenamente, aunque apenas podía contenerme de la risa, al ver la cara de apuro que tenía—. Tampoco es que seas el primer chico que me besa —el bochorno de su expresión se convirtió en incredulidad, teñida por el naranja intenso del atardecer.

«Aunque eres el primero que me sube al cielo con un beso» pensé divertida para mis adentros.

—Creo que son demasiadas emociones para un día —exclamé con una sonrisa marcada tanto en los labios, como en la mirada. Le hice un gesto para señalarle la llegada del ocaso—. Mañana te seguiré contado —añadí regocijándome en la expresión que tenía por respuesta.

Media hora después nos despedimos, entre titubeos y finalmente con un sencillo abrazo, a medio camino de nuestras casas. Para cuando la noche empezó a adueñarse de los cielos, llegué a mi hogar con la sensación de que casi flotaba, debido al peso que me había quitado de encima. Y que de haber suficiente viento echaría a volar como una hoja.

«Me encantan las sorpresas» recordé súbitamente la afición que tenía mi padre por lanzarse a la aventura, sin planes, ni nada previsto. Sabía que Josh debía de estar bastante agitado. Probablemente esa misma noche apenas durmiera, como le pasó a Suresh cuando me descubrió.

«O tal vez no» medité recordando que Josh ya llevaba sospechando desde hacía bastante tiempo y el libro de Chandra le había puesto sobre aviso.

No pude evitar sentirme un poco detestable, cuando me topé con mi madre en la cocina, así como con el resto de mi familia. Acabarían por enterarse de mi secreto, yo misma se lo contaría, pero ahora sencillamente no era el momento.

—¿Qué tal has pasado la tarde? —preguntó mi madre con una mirada de curiosidad examinando mis ojos que brillaban de la emoción.

—Bien, bien… —contesté, intentando evitar que se me notara la alegría que casi me desbordaba, pero no tuve mucho éxito. Esa noche la pasé pensando en Josh y en la suerte que tenía por poder compartirlo con él. Y al día siguiente en el instituto evitamos encontrarnos en los pasillos más de la cuenta, para no meter la pata y hablar del tema delante de oídos inadecuados. El único momento de intimidad que tuvimos para hablar fue durante el almuerzo.

Conversábamos tan bajito, que nos leíamos los labios, más que oírnos.

—Y además de lo de las nubes y el tornado… ¿Qué más haces? —preguntó Josh para que le explicase un poco acerca de mi poder. Mientras estábamos en una esquina del comedor, almorzando hombro con hombro. Yo miraba todo el rato a mi espalda para ver si se acercaba alguien—. Quiero decir, ¿puedes hacer que nieve, por ejemplo?

—Estamos en primavera y esto es Nuevo México —respondí con una expresión crítica, enarcando una ceja.

—No has dicho que no —exclamó, sabiendo que intentaba soslayar la pregunta.

—No, no puedo —contesté un poco molesta por aquella pregunta tan infantil—. Pero no porque no quiera —añadí al ver que ahora era él el que me miraba críticamente—. No puedo, porque no sé.

—No entiendo, ¿qué quieres decir? —preguntó aproximándose aún más, tanto que casi podía sentir su respiración sobre mi cara, como la brisa en un día caluroso de verano. Noté como si el ruido de fondo del comedor empezara a menguar.

—Nunca he visto una nevada —contesté un poco turbada, después de beber el zumo del almuerzo. Era una tontería, pero nunca había visto la nieve a excepción de en el frigorífico—. Tengo que sentirlo y conocerlo, para poder comprender cómo manipul…

—¡Parecéis Batman y Robin! —oímos una voz demasiado cerca. Nos giramos alarmados al mismo tiempo, para ver a Zoe detrás nuestro. Y una expresión de sorpresa se nos quedó impresa en nuestras caras—. Ya sabéis, los superhéroes insepara… ¡Bah, olvidadlo! Me ha pedido el entrenador que te diga que mañana no hay entrenamiento —añadió, dirigiéndose a Josh.

—Ah… vale, vale —contestó aliviado. Mientras que yo intentaba actuar con naturalidad, bebiendo un poco de zumo de naranja.

—¿De qué estabais hablando, tortolitos? —preguntó Zoe, en español, dado que notó que estábamos súbitamente en silencio. Intenté hacer como no había escuchado lo de 'tortolitos'.

—Nada de importancia, del tiempo —contestó Josh quedamente, haciendo que me atragantase del sobresalto y casi se me saliese el zumo por la nariz. Le lancé una mirada de angustia cuando me recuperé que Zoe interpretó erróneamente. Ella se excusó pensando seguramente que estábamos liados o algo así. Así fue como decidimos no hablar sobre mi 'afición' a la meteorología en el instituto. Apenas tuvimos tiempo a solas para hablar tranquilamente, por lo que teníamos que hablar de auténticas trivialidades. Sólo tuvimos un momento de verdadera soledad al día siguiente, mientras él me acompañaba a casa, después de que su madre me hubiera quitado los puntos. Yo le expliqué todo lo que le había contando a mi familia sobre mi 'don' y muchas más cosas.

—Tu madre es muy amable —le dije consideradamente, cuando llegamos a mi casa. Me atusé el pelo para tapar la pequeña cicatriz que me había quedado en la raíz—. Aunque creo que sospecha de mí —añadí al recordar las preguntas que me había hecho en el hospital y que no me había quitado ojo en todo el rato.

—No, no sospecha de ti —respondió Josh mientras se paraba a mi lado y me apartaba un mechón de pelo suelto que me había quedado pegado en la frente—. Es que al fin les he hablado a mis padres sobre el tema de la de ir a la universidad y les he dicho que tú estabas al corriente.

—¡Ay! ¿Cómo se lo han tomado? —pregunté con el rostro contraído.

—Mi madre está de acuerdo, pero mi padre… no. Bueno, sabe que puedo conseguir la beca —argumentó Josh un poco alicaído, le di un leve apretón de hombros para animarle—, pero supongo que acabará por ceder a mi madre. De todas formas tienes razón es una tontería.

—No lo dije en serio —exclamé sinceramente, despidiéndome de él con un abrazo en el cobertizo—. Y lo sabes muy bien —añadí después de que nos separásemos.

Parecía que mi vida había dado un giro de ciento ochenta grados cuando descubrí mi verdadero poder. Y que Josh me había vuelto a llevar por el mismo camino de vuelta a la tranquilidad. No sólo podía confiar en él para que me guardase el secreto, en eso no dudaba siquiera, sino que también me daba consejos. De hecho me ofreció el libro de Chandra para que le echase un ojo. Pero yo rechacé el gesto y no le expliqué que había conocido en persona al hijo del escritor.

—¿Qué haces ahí tumbada? —exclamó con un tono exagerado, mamá desde el quicio de la puerta de mi habitación, la tarde del viernes. Mientras yo estaba viendo algunas de las fotos que me había prestado Josh de sus navidades encima de la cama. Él también me había sugerido que en las próximas vacaciones de navidad, viajase a Chicago unos días con su familia, para ver mi primera nevada. Pero decliné su oferta, pensando que con Josh a mi lado a lo mejor Chicago sufría una ola de calor en enero—. ¿Qué haces que no te estás preparando? —añadió mi madre poniendo los brazos en jarras.

—¿De qué hablas? ¿Prepararme para qué? —pregunté mientras observaba la sonrisa de mamá. Una sonrisa que me recordaba a la pequeña Kylie cuando hacía una travesura. Dejé las fotos a un lado para ver qué se proponía mi madre.

—Ha-blo del Ba-i-le de Pri-ma-ve-ra —pronunció exagerando el tono de cada silaba, mientras sacaba algo azulado de detrás de la puerta y me quedaba fascinada. Ese 'algo' era un vestido de fino algodón, de color añil liso. Y era realmente precioso además de toda una sorpresa.

—¿Qué? ¿Me dejas ir? —pregunté después de levantarme y tras recuperar el habla.

—Sí, he pensado que obraste mal, pero fue sin quererlo. De hecho han insistido mucho Badgie y tu abuela para que te levante el castigo —exclamó mientras yo comprobaba como me quedaba delante del espejo. Me fijé en la caída y en el enorme escote de la espalda y torcí el gesto—. Te va a quedar como un guante, ya lo verás —añadió acercándoseme por detrás de mí, para observar el reflejo del espejo. Asintió para sí misma, como si estuviera evaluando un monumento en vez de la estampa de su hija—. Tienes que estar preciosa para tu chico.

«¡Y dale con el sermón!» pensé molesta, observándola desde el reflejo del espejo. Había estado muy insistente con el tema toda la semana. Hasta el punto que pensé que si veía a Josh, acabaría por preguntarle alguna cosa demasiado comprometida.

—No hay nada entre Josh y yo —repliqué como tantas otras veces—. Sólo somos amigos, muy buenos amigos.

—Sí, pero últimamente las cosas han cambiado, ¿verdad? —preguntó ella astutamente con un brillo intenso en sus ojos color miel, mientras me desataba la cinta de la coleta. Era cierto que las cosas habían cambiado, estábamos mucho más unidos que antes. Pero no podía contarle de qué manera habían cambiado, así que me quedé en silencio—. Creo que te quedará mejor rizado por las puntas como a mí. El pelo recogido no te favorece en nada —añadió fijándose en mi cabellera.

—¡Ni hablar! —me negué en redondo, pero mi madre me miraba con una expresión que daba a entender claramente que no había sido una pregunta. Recé para que no pasara como la última vez que mi madre me metió mano en mi pelo. A los catorce años. Cuando intentó teñírmelo de un tono un poco más claro y por puro milagro no acabo con el pelo de color naranja chillón. Desde entonces me iba a la peluquería a ponerme en manos expertas.

—¿Seguro que ese chico no está enamorado de ti? —me inquirió mientras comenzaba a ponerme unos rulos pequeños, yo pensé que si ya era muy estresante la situación, quería hacer que me diera un ataque al corazón. Pero negué con la cabeza como pude, mientras continuaba con mis plegarias al santo de los imposibles.

—No, no lo está —dije firmemente, creyendo mis palabras—. ¡Uy! Cuidado con la cicatriz —añadí al notar un leve tirón en la zona de piel recién curada.

—Cuando se está enamorado de una persona… —continuó después de un rato siguiendo con su monserga y con los rulos—… se está más pendiente de esa persona que de uno mismo. Te importa más su felicidad o su seguridad, que la tuya propia… —siguió con voz pausada y romántica, refiriéndose a mi 'alocado' intento de avisar a los McKencie del tornado. Y de como él había estado pendiente de mi recuperación en el hospital. Pero yo no lo veía de ese modo—… pero a veces no se puede evitar hacer daño a los que te quieren —añadió con un tono súbitamente triste y melancólico, dejando los rulos por un instante.

Me giré al notar ese cambio tan insólito, para observar como su mirada se había posado en la foto que estaba colgada en la pared. La foto de la familia que un accidente de aviación había destrozado.

—Mama, yo… —intenté decir algo para consolarla, debido a que estaba a punto de echarse a llorar, pero me había pillado de sorpresa. Mamá tenía esa extraña manera de ser, habitualmente serena y a la vez repentinamente pasional. Como una tormenta que se desatara de improviso.

—No, no pasa nada. No te preocupes —exclamó mientras me giraba en el asiento y ella se retiraba las lágrimas que habían brotado—. Es que ha veces desearía que no crecieras, que no te enamorases, para que no sufrieras —dijo abrazándome, con cuidado de no estropear el trabajo realizado—. Pero soy demasiado protectora, demasiado egoísta —continuó cuando se calmó un poco y terminó el trabajo con los rulos echándome spray fijador, solo para comenzar con el maquillaje. Y yo mientras tanto intentaba estarme lo más quieta posible, ya que tenía los párpados cerrados debido a la sombra de ojos—. También tiene su lado bueno el enamorarse. Te hace sentirte completa, como si la otra persona estuviera destinada a encontrarte. Y hace que te sientas como si fueras a volar —continuó de nuevo, con el mismo tono romántico de antes.

—Te digo que entre Josh y yo no hay nada —repliqué y abrí un parpado aún a riesgo de acabar con un ojo escocido. Pero mamá no me hacia ni caso, pues ya acababa de terminar y estaba tasando la obra. Después me pasó el vestido para que me lo pusiera. Y mientras me ponía los zapatos a juego, ella ya me iba quitando los rulos.

—¡Ya está! Échate un vistazo —dijo sentándose en el filo de la cama para observar mejor mi reacción cuando me mirase en el espejo de cuerpo entero—. ¿Dime cómo te ves?

«Rara» pensé en cuanto me eché un vistazo y me sentía igualmente con esos pequeños tacones que no acostumbraba a utilizar. Pero el aspecto que tenía era sencillamente impresionante. El vestido me quedaba largo hasta por debajo de la rodilla, disimulando un poco mis estrechas caderas. Los dos tirantes anchos que se juntaban por detrás de mi pequeño cuello, dejaban al descubierto una buena parte de mi espalda.

El color azulado resaltaba mi oscura piel aún más, casi sin poder creer que ese fuera mi color natural. El pelo que me caía por los hombros y por delante escondía un poco esos hombros y esa espalda que el vestido me había dejado al desnudo. Y el maquillaje no era para nada cargado, sino sutil. Lo justo para enfatizar aquellos ojos de color miel, que mi madre me había obsequiado y que sentía como de orgullo propio. No dejé de mirarme pensando que mamá sí tenía un verdadero 'don' y no el mío.

—No me lo puedo creer —dije sin por evitarlo.

—Créetelo, lo estás viendo. ¡Ah el toque final! —añadió levantándose y saliendo un momento de la habitación, mientras que yo seguía viendo y queriendo creérmelo—. Un poco de perfume, para tu chi… digo, para que huelas bien ante tu buen amigo Josh —se corrigió, tendiéndome un frasquito que destapé y olfateé. El aroma me recordó, extrañamente, a cómo sentía el sol de primavera y el rocío de la mañana con mi 'don'.

—¡Estás encantadora! —exclamó mi tío, cuando bajamos al piso inferior. Y mi abuela cabeceaba a su lado dando su visto bueno.

Después de despedirnos de mamá y mi abuela, nos dispusimos a partir para la fiesta en el coche de mamá.

—¿De quien fue la idea? —le pregunté a mi tío con una sonrisa, cuando ya estábamos a solas en el automóvil. Tenía claro que tanto mi abuela como mi tío, se habían confabulado en darme esta sorpresa. Pero no entendía como mamá había acabado cediendo.

—De tu abuela. Sabía que te encantaría ir a la fiesta, y que Annie no tenía razón con el castigo —exclamó mientras intentaba acostumbrarse al cambio de marchas del utilitario y nos incorporábamos a la carretera principal—. Pero no todo es gracias a ella, yo también tuve que convencerla.

—Gracias —dije simplemente sin poder contener la alegría que tenía.

Y mientras nos acercábamos a la fiesta, observaba el manto estrellado de la noche. La luna aún tardaría en salir unas cuantas horas y la bóveda celeste estaba cuajada de estrellas que yo veía, y sentía, con más intensidad que nadie. La noche sería perfecta, ni una sola nube en el cielo y una suave brisa que caldearía su frialdad.

—Diviértete mucho —me deseó mi tío, tras despedirnos en la entrada del instituto. Entré en el pabellón deportivo donde se había montado el baile. Y mientras caminaba con paso vacilante, el volumen de la música de baile se fue incrementando más y más. Pensé que seguramente llamaría mucho la atención, pero no hubo tantas asombradas miradas. Principalmente porque había muchísima gente entrando y porque casi nadie me reconoció. Me sentía como uno de esos superhéroes disfrazados de las películas que no eran reconocidos cuando utilizaban otra vestimenta.

Pero francamente me sorprendió ver que algunos jugadores del equipo de fútbol, que me sacaban más de un pie de altura y de fuerte constitución, me daban paso echándome miradas que jamás me lanzarían en horario de clase. Yo no soportaba a esa clase de guaperas, pero no podía evitar reírme al ver cómo pasaba entre tantos gigantes, mientras buscaba a Zoe.

Después de unos minutos dando vueltas por entre la gente que se dirigía a la pista de baile la encontré cerca de la barra libre, conversando animadamente con un chico hispano cuyo rostro me era familiar. Ella no me reconoció en un primer instante, pero cuando observó cómo le saludaba con la mano desde lejos, pude ver que fruncía el ceño e intentaba reconocerme a mí.

—¿Te has puesto lentillas? —comenté alzando la voz por encima de la balada que estaba sonando, cuando me encontré a su lado. No llevaba sus gafas de montura fina para ver de lejos que solía llevar. Pero ella estaba atónita dado que acababa de reconocerme en ese preciso instante.

—¿Sparrow? —preguntó mirándome, con los ojos abiertos como platos, a la cara. Y yo asentí confirmando lo que veían. Después me echó un vistazo de arriba abajo, mientras que yo me giraba y le mostraba el vestido—. ¡Jo, qué pasote! —exclamó, casi en un grito, de puro jubilo.

—Al final sí he podido venir —exclamé, mientras nos apartábamos un poco a una zona más silenciosa, para servirnos una bebida. El chico que había estado hablando con Zoe se arrimó a un grupo de jugadores de béisbol—. Oye, ¿quién es tu acompañante? —añadí al notar que Zoe y él se lanzaban miraditas.

—Es uno de los jugadores del equipo de béisbol —contestó mientras servía un poco de ponche y me lo ofrecía. Y ahora que Zoe lo había mencionado lo reconocí. José León se llamaba. Era el bateador titular de nuestro equipo, y era muy bueno en su puesto.

—Es muy buen bateador, hemos ganado muchos partidos gracias a él —le halagué recordando que en el partido que vi a primeros del año, habíamos vencido por una carrera suya en la octava entrada.

—No sé si es bueno en el béisbol —comentó Zoe dando un sorbo a su bebida seguidamente—. Pero es tremendo dando clases de lengua hispánica. Ya me entiendes… —añadió pícaramente en español la última frase.

—Josh y yo, dábamos clases de verdad —contesté a su comentario picante, me reí un poco de su atrevimiento. Aunque recordé fugazmente el beso que me había dejado robar, en la cima del barranco. Eché otro vistazo a la pareja de Zoe, la cual por algún motivo no dejaba de desviar la mirada de mis ojos. Y hablábamos un poco acerca de quienes se habían presentado en la fiesta, del grupo de música que habían traído y de otras tantas tonterías a medida que me iba soltando un poco. Pero Zoe se percató de que había observado el extraño comportamiento de su acompañante.

—Era tu San Valentín. Él era tu anónimo San Valentín —aclaró al ver la expresión de mi rostro. Le lancé una mirada de reproche al aludido y éste se puso rojo como un tomate al interpretar que estábamos hablando de él—. No me lo mates, por lo menos esta noche —añadió en tono de burla al ver cómo me había puesto tensa.

—¿Cómo es posible que lo sepas? —pregunté desviando la mirada hacia Zoe. Y planteándome seriamente la idea de echarle la ponchera entera por la cabeza a su acompañante.

—Cuando me vio con tu tarjeta de San Valentín, pensó que se había equivocado de taquilla con los nervios —comenzó a decir Zoe, mientras comprendía porqué Josh había pensando que estaba saliendo con él. Debió de haberle visto con la tarjeta en los vestuarios y sabía quién era.

—¿Y no le explicaste la verdad? —pregunté, molesta por la actitud de Zoe.

—Es que como nunca me habían regalado una tarjeta de San Valentín, y tú echabas sapos y culebras por la boca —dijo encogiéndose de hombros, y haciendo una mueca de disculpa. Josh le habría oído hablar acerca de Zoe, en los vestuarios, pensando que se refería a mí—, perdóname, por fa —añadió finalmente con un tono casi infantil. Finalmente cedí a su chantaje emocional.

Por lo menos alguien había tenido un feliz San Valentín.

—¿Dónde está Josh? —le pregunté después concederle el perdón a Zoe. Ella me respondió encogiéndose de hombros. Dado el gran número de invitados a la fiesta, era como buscar una aguja en un pajar. Me excusé de Zoe y empecé a buscarle por los exteriores. Quería divertirme un rato con él recordando el malentendido de San Valentín y echarnos unas risas juntos mientras disfrutábamos de la música.

«¿Dónde te has metido?» pensé, diez minutos después de buscarle. Pero no estaba en ningún lugar de los exteriores y mis pies me acabaron conduciendo de vuelta al pabellón, a la zona de baile. Tal vez pensando, sin querer, en marcarnos una canción los dos juntos. Pero cuando mi búsqueda finalizó noté una extraña sensación de ahogo, como si a mis pulmones les doliera horrores coger una sola bocanada de aire. Y de pronto la música me pareció que se volvía estridente e irritante, como desafinada.

Una sensación punzante y gélida se me hundía en el pecho mientras observaba a Josh bailando con otra chica, probablemente su pareja, como si fuera una fría puñalada en el corazón. Y una urgente necesidad de salir de aquel lugar me impulsó a dar media vuelta y salir de nuevo al aire fresco. Mientras mis pasos se volvían más frenéticos y apresurados, hasta casi salir marchando al trote.

Pero el ruido de la música me seguía persiguiendo cuando inhalé la fresca brisa nocturna. Necesitaba urgentemente estar lejos de él, estar sola, para quitarme ese dolor que estaba creciendo en mi corazón. Por lo que continué caminando, encaminándome hacia las pistas deportivas y evitando las miradas de las parejas de enamorados que buscaban un poco de intimidad. No podía evitar dejar de pensar en aquella imagen que se me había grabado a fuego en la mente, en la imagen de Josh en la pista de baile.

«¿Por qué me duele tanto?» me preguntaba una y otra vez mientras me sentaba en una de las gradas del campo de béisbol. No me había hecho la falsa idea de que Josh vendría sólo al baile, no era tan estúpida. Pero no entendía el por qué de aquel sufrimiento, aquella sensación de pérdida. Josh y yo éramos 'sólo amigos, nada más' todo el mundo lo sabía. Pero en aquel momento quería ser yo, y sólo yo, la chica que estaba bailando con él. Sentía una rabia e ira crecer en mi interior, que no encajaba con mi manera de ser, que no deseaba que formara parte de mí.

«¿A quien quieres engañar?» me preguntó en respuesta la voz que tantas veces me había llevado la contraria. Y una vez más me di cuenta de mi error. Había dicho tantas veces que entre Josh y yo había un sana amistad, que me lo acabé por creer yo misma. Cuando lo que más deseaba de todo era estar a su lado y compartir esa noche con él. Tal vez había perdido la oportunidad de que conociera esos sentimientos. Tal vez él también había acabado por creerse la mentira que contábamos a todo el mundo.

Un dolor como nunca había sentido antes empezó a aflorar de mi corazón. Como si una vieja herida de pena ya cicatrizada, se reabriera de nuevo y manara inconteniblemente. Para acabar derramándose en mis ojos en forma de lágrimas que hacía largo tiempo que no había liberado. Y mientras me ocultaba el rostro con las manos, intentando contener aquellos sollozos, un destello en el horizonte captó mi atención.

Cuando alcé un poco la cabeza para ver mejor ese extraño resplandor y me enjuagué las lágrimas con el dorso de la mano, pude contemplar un segundo relámpago acompañado del rugido del trueno anterior. Y observé impasible cómo una nube de tormenta acudía a mi lamento.

«¡Oh, Dios mío, no!» clamé, mientras cerraba mis llorosos ojos e intentaba poner en su sitio aquella tormenta rebelde que se había salido de su rumbo. Pero la insolente tormenta no respondía y se negaba a doblegarse a mi voluntad. La nube acabaría por llegar y liberaría su carga. Iba a fastidiar una noche ideal, de igual manera que había aguado el día de San Valentín, sólo porque había perdido el control sobre mis emociones. Un ruido de pasos me sacó de mi desconsuelo y me giré para ver al recién llegado.

—¿Sparrow? —preguntó Josh, mientras yo me enjuagaba rápidamente las lágrimas y apartaba de nuevo la cara de su mirada—. ¿Eres tú? —preguntó, seguramente sorprendido por mi insólito aspecto. Asentí con la cabeza afirmativamente sin mirarle, aún sentada en el frío banquillo.

—Pensaba que no ibas a venir —dijo animado mientras se sentaba a mi lado, aunque apenas había luz para que viese las lágrimas que todavía seguían surcando mis mejillas.

—¿Te ha dicho Zoe que estaba aquí? —pregunté intentando que no se me notara el nudo que tenía en la garganta. Zoe era muy a menudo una bocazas y seguramente habría largado más de la cuenta. Pero Josh no respondió, sólo se limitó a mirar hacia la tormenta y esperó que un trueno respondiera por él. Mi tarjeta de presentación era inconfundible.

«¡Que manera de entrar en una fiesta!» pensé, acordándome de que todo el instituto había acudido, por una vez, a un mismo evento.

—Es una catástrofe —exclamé con la voz ahogada, sabiendo exactamente cuantos minutos faltaban para que llegara.

—A mi parece hermoso —opinó Josh a mi lado, mientras contemplaba el tormentoso horizonte. Desvió sus ojos en el preciso instante en el que un rayo iluminó mi semblante—. ¿Estás llorando? —preguntó, alzando una mano para rozarme el hombro, me revolví evitándole. No quería su consuelo, no quería eso de él. Negué con la cabeza mientras evitaba que viese esas lágrimas.

—Deberías volver a la fiesta… —dije con la voz pastosa y enjuagándome las lágrimas que no acaban por frenar su avance—… con tu pareja —añadí con una pizca del orgullo que me quedaba. Pero él continuaba a mi lado, aunque desvió la mirada hacia el horizonte para mi alivio.

Detestaba que me viesen llorar.

—No es mi pareja, no es nadie de importancia —exclamó, manteniendo la mirada en la tormenta, respetando mi intimidad—. Sólo es una chica que tenía apuro por venir sola al baile —continuó después de que sonase el retumbar de un trueno—. Y yo le dejé bien claro que no quería ser su novio, ni malos rollos —añadió animadamente y por un segundo casi se giró para verme—. Cuando la he dejado, estaba hablando con el quaterback del equipo de fútbol.

—Yo pensé que… —dije con un hilo de voz y se me quebró a mitad de la frase cuando él me contempló con esos ojos azul cielo empañados por la tormenta. Me di cuenta de que algo se revolvía en mi interior, algo brutal, impulsivo y sobre todo incontrolable. No podía mirarle sin perder el control, quería abrazarle y no soltarle jamás—. Me voy —exclamé precipitadamente mientras me incorporaba de prisa y corriendo, no quería hacer algo de lo que luego me arrepintiera. Pero Josh se levantó y me frenó cogiéndome de la mano.

—No te vayas, por favor —pidió de corazón, mientras yo me limitaba a mirar al suelo. Medio deseando que me soltara o que no lo hiciera nunca—. No eres la única persona que le pasan cosas malas cuando está triste —añadió, mientras que con la otra mano me secaba una lágrima que cruzaba solitaria mi barbilla. Y yo me estremecí con ese pequeño roce—, ni la única que tiene un secreto.

«¿Qué?» alcé la mirada para verle mejor el rostro y descubrí en él algo que antes no había conocido. Una mirada de comprensión que me hablaba de secretos ocultos largo tiempo.

—Últimamente recuerdo mejor las cosas. Mucho mejor de lo que sería normal… —añadió mientras entrelazaba sus dedos con los míos e hizo un leve gesto con las cejas, marcando la última palabra. Comprendí de golpe el interés de Mohinder por Josh—… recuerdo el sabor de las natillas de esta mañana, el partido del pasado lunes, cada una de las cosas que me has enseñado y el día que me dijiste por primera vez tu nombre. Todo ello con una claridad increíble —añadió animadamente mientras él me enjuagaba, una a una, las últimas lágrimas sin que yo le mirase a los ojos.

Y una sensación de alivio me llenaba completamente al descubrir qué es lo que teníamos en común. Aquello que durante tanto tiempo había sospechado y no había podido precisar.

—Pero a veces tengo la sensación de que no lo controlo… —dijo, desviando la mirada hacia la tormenta, hacia mi arrebato de 'descontrol'—… de que no me va a caber todo en la mente. Y de que si me entristezco, olvide lo que me hace sentirme triste… —añadió volviendo de nuevo sus ojos como faros, hacia mi apenado rostro—… y tengo miedo de olvidar algo importante, de no acordarme siquiera de que lo echo en falta —continuó, a la vez que rodeaba con la otra mano mi cintura—. Y tú, Sparrow, eres muy importante para mí.

«No digas eso, por favor» pensaba, mientras notaba como el sonido de la tormenta se apagaba y una ligera brisa traía la música amortiguada del baile.

Over pushing myself
To finish this part
Handle a lot
One thing, I miss
It's in your eyes

—No importa cómo sea. Como compañeros de estudios, como amigos, como vecino… o como lo que tú quieras. Pero no quiero que desaparezcas de mi vida, por nada —añadió cariñosamente, mientras escuchaba el compás de una balada que hacía que nuestros corazones latieran al unísono. Noté su mano firme que acariciaba mi espalda descubierta, ahí donde el escote terminaba. Y mis pies sentían el impulso de seguir ese compás lento y armónico, junto a los suyos.

In your eyes
In your eyes
In your eyes
In your eyes
In your eyes
In your eyes

—Y creo que también sientes algo parecido —dijo mirándome tiernamente, esperando mi respuesta. Aquellas palabras que siempre se me atragantaban y que quería liberar de mi corazón. Pero no quería que sufriera por mí, así que la cobardía habló en mi lugar.

Have you seen this film?
It reminds me of
Walking through the avenues

Washing my hands
Attachment scared
Land on the ground
One thing I miss
It's in your eyes

—No, no siento eso —mentí con la voz acongojada, aunque mi tono era firme. Pero mis ojos se encontraron con los suyos fugazmente y vio la mentira de mis palabras a través de la puerta de mi alma. Aquel secreto que había tenido en el fondo de mi corazón, quedó al descubierto como cuando la bajamar revela un pedazo de playa. Y mientras mi barbilla me temblaba ligeramente, noté como mis labios me quemaban deseando apagar mi dolor con el bálsamo de su boca.

Sentí cómo su cuerpo tiraba de mí, como la luna ineludiblemente alzaba la marea de los océanos. Y a medida que nuestros labios se acercaban lentamente, me derretí igual que la nieve de la montaña bajo un sol de primavera. Cuando nuestros cuerpos se unieron en ese minúsculo punto, pensé que estábamos destinados a encontrarnos desde tiempos inmemorables. Escrito en las estrellas que nos amparaban.

In your eyes
In your eyes
In your eyes
In your eyes
In your eyes
In your eyes

Así permanecimos un tiempo, que yo no sabría decir si fue una eternidad o un fugaz instante, mientras nuestros pies bailaban torpemente al ritmo de la música, deseando que nunca finalizase. Y nuestros labios danzaban al ritmo de nuestros corazones desenfrenados. Me pareció que era como la primera vez que nos encontramos bajo la sombra de la luna, como si no hubiera nadie más que nosotros en el mundo, como si todo lo demás desapareciera ante aquella visión y no hiciesen falta las palabras para ese íntimo momento.

Sólo deseaba estar más cerca de él, más de lo que nunca había estado antes. Pero una desagradable sensación me atravesó entera, como el chirriar de unas uñas en una pizarra. Un escalofrío de dentera me recorrió por la parte baja de la espalda, donde él me acariciaba dulcemente. La imagen de un árbol estallando en llamas me devolvió a la realidad de la que había escapado volando, a lomos del beso de Josh.

—No, no puedo hacerlo… —dije con la voz tomada, retirándome del beso con toda mi voluntad y observando sus labios manchados de mi carmín. Josh ya se disponía a hablar, seguramente para decirme algunas palabras de alivio que no debía escuchar—. No puedo hacerte esto —exclamé después de que sonase el trueno, de cuyo rayo había sentido anteriormente el rastro. El viento volvió a cambiar, trayendo el sonido de la cercana tormenta en vez de la lenta música del pabellón.

—Cuando estoy contigo me acuerdo mejor de todo. Haces que me centre, que lo controle —exclamó Josh consoladoramente, mientras me rodeaba con ambos brazos en un intento de retenerme. Pero su aprisionamiento cedió poco después y era yo la que estaba sosteniendo aquel momento más de lo conveniente—. Tú también puedes, confío en ti.

—Es mejor que me vaya —exclamé separándome un palmo de él y evitando como pude la llamada de sus labios—. No controlo nada en absoluto —añadí entristecidamente, aunque una serie de truenos silenciaron mis palabras. Me separé de aquel abrazo, alejándome lánguidamente de él.

—Por favor, no quiero perder esto que siento por ti, no quiero olvidarte —exclamó Josh con la voz ahogada por la tristeza. Noté como las primeras gotas de lluvia me fustigaban para que me alejara de ahí.

—Por tu propio bien, olvídame —increpé sin mirarle, haciendo de tripas corazón y deseando también olvidar aquello que me hacía infeliz. Me encaminé hacia el parking dejándole bajo la lluvia que crecía por momentos, así como crecía mi pesar en mi interior. Casi sin poder creérmelo me encontré delante del coche de mi madre, en cuyo interior estaba aguardando mi tío a la espera de que el baile terminara para recogerme.

—¿Qué te ha ocurrido? —preguntó solícitamente mi tío al ver mi rostro empapado de lágrimas y de la lluvia, con una evidente preocupación marcada en su rostro. Pero yo no quería estar ni un solo minuto más cerca de la persona que más amaba.

—No ha ocurrido nada, sólo quiero que me lleves a casa —exclamé abrochándome el cinturón y viendo de refilón en el espejo del retrovisor la imagen de mi cara desmaquillada a chorretones. Mi tío aunque me lanzaba miradas interrogantes cada dos por tres, no abrió la boca para realizar ni una molesta pregunta, comprendiendo el motivo de mi dolor, sin que yo se lo dijera. Y cuando llegamos al final del trayecto, me encontré con la atenta mirada de mi madre y de mi abuela en el recibidor. No pude evitar que se me crispara el rostro debido al sufrimiento que me atenazaba el alma.

«¡No tenías razón!» pensé con rabia, al mirar el rostro preocupado de mi abuela. Recordé la predicción que no podía cumplir y que no debía de haber realizado nunca. Yo sabía lo que quería, por primera vez en mi vida con toda seguridad y las cosas no iban a ir a mejor. Noté que tanto mi madre como mi abuela abrían la boca para realizar una pregunta que no quería contestar.

Así que subí raudamente las escaleras para entrar a mi cuarto para estar a solas, para alejarme de todas las personas que me eran importantes. Y mientras los cielos gemían y rugían reflejando mi dolor, intentaba dejar de sentirme triste, dejar de amar, dejar de sentir rabia, dejar de sufrir…

…mientras intentaba conseguir lo imposible.