Capítulo Once:
"Los Kachina"

La tormenta continuó toda la noche así como la mañana del sábado. De la misma manera que las lágrimas afloraban de mis ojos la lluvia arremetía en la ventana. Pero a mediodía del sábado la tormenta finalizó cuando acabé agotada de tanto llorar.

O tal vez es que los cielos ya no podían mantener el mismo ritmo que yo. Sea como fuere el día se tranquilizó finalmente aunque mi corazón seguía oprimido por una desesperación cuyo origen me era desconocido.

Aquel descontrol no provenía de lo que sentía por Josh o al menos no en gran parte. Esos sentimientos sólo eran la punta de un iceberg. Y el impulso que tuve en la fiesta había abierto una brecha en algo más profundo, algo que me dolía aún más que la pérdida de Josh. Aun así no quería estar cerca de él por lo que pudiera pasar si volvía a perder el control. Si le ocurría algo por mi culpa jamás me lo perdonaría.

E intentaba dejar de pensar en lo que sentía por Josh. En ese amor que me había alegrado el corazón desde el día que le conocí. Y en que había descubierto que me era correspondido, como que también había encontrado a alguien más que era como yo, otro de los cientos de personas de las que me había hablado Suresh. Pero no podía dejar de darle vueltas a todo ello, en mi pequeña cabecita.

—¿Te encuentras mejor? —preguntó en voz baja mi abuela desde la entrada de mi habitación, sin asomarse. Pues sabía que no soportaba que me viesen llorar. Y yo le respondí con un sonido leve de negación que sonó como el lamento de un chihuahua—. ¿Puedo pasar al menos? —pidió con un tono amable. Le afirmé con un cabeceo, después de secarme las lágrimas con un pañuelo de papel.

—Cariño, debes comer un poco —dijo dejando la bandeja de la comida encima de la mesita, apartando como pudo algunos trastos que había encima—. No puedes pasarte todo el día así —añadió acercándose a la cama y dándome un leve apretón de hombros. Pero yo no tenía fuerzas para hacer nada de nada, estaba agotada y notaba que me pesaba todo el cuerpo como el plomo. Estuve toda la noche llorando y no había dormido por temor de que tuviera pesadillas.

Así que me comí los huevos revueltos de manera mecánica sin paladearlos siquiera. Y no pude beberme entero el vaso de zumo porque tenía el estomago revuelto de mi desesperación. Pero mi abuela parecía aliviada con ese frugal tentempié que había ingerido.

—Cuéntame qué es lo que te pasa —instó mi abuela después de que terminase de comer y yo me recostase de nuevo en la cama—. ¿Es por ese chico, por el vecino? —añadió mirándome tiernamente, deseando darme consuelo a mi corazón. Asentí levemente, afirmando su pregunta.

—No quiero volver a verle —exclamé un hilo de voz y mi abuela me miró con angustia—. No debo volver a verle —añadí casi para mí y contemplé el rostro de incertidumbre de mi abuela.

—Ya veo, ya. Entiendo que… —comenzó a decir mi abuela mientras se levantaba del asiento.

—No entiendes nada —ronqué pausadamente, con la voz tomada—. No puedes entender lo que siento —añadí con el rostro contraído, de dolor.

«Lo tengo que abandonar, por su bien» quería explicarle mi problema.

—¿Crees que siempre he sido vieja? —preguntó mi abuela en respuesta a mi impertinencia—. También yo sé lo que es sufrir por amor a otra persona. —exhortó mirándome firmemente, mientras que yo apenas podía levantar la cabeza—. Pero quedándote ahí, llorando, no vas a conseguir nada.

Sabía lo que pretendía mi abuela, pincharme para que dejara de estar abatida y le respondiera a sus críticas. Pero en aquel momento tenía miedo de sentir cualquier cosa, incluso de sentir el mismo miedo. Y veía aquellos intentos como un sinsentido.

—Todo era mucho más sencillo antes… —acabé respondiendo a mi abuela mientras ella me miraba con brío, que se tornaba en una mirada de curiosidad. Noté que no entendía a qué me estaba refiriendo—… cuando éramos simplemente amigos —exclamé, declarándole mis sentimientos hacia Josh. Y ella me rodeó con los brazos para darme un apretón—. Ahora ya no sé que somos.

—Debes hacer caso a lo que diga tu corazón —dijo mi abuela, después de aquel gesto de consuelo. Y me contempló con ojos que me dejaban ver su sabiduría. La sabiduría que sólo se obtiene al haber pasado por la misma experiencia—. Te traeré la cena más…

—No, bajaré a cenar —le interrumpí, cogiéndole de la mano.

«Es mejor que nadie más sufra, que yo» pensé viendo su mirada de preocupación.

—Gracias, pero creo que ya estoy mucho mejor —mentí piadosamente y comprobé que el semblante de mi abuela se serenaba.

Y mientras me aseaba delante del espejo del baño, me hacía un juramento a mí misma. Nadie debía de soportar esa carga más que yo, ya tuviese que hacer lo hiciera falta. Cuando bajé para la hora de la cena, aparentaba estar bien, aparentaba que aquel dolor había desaparecido. Pero aún golpeaba en mi interior deseando liberarse, sin que yo supiera de dónde procedía. Todo era una farsa. Ingería la cena fingiendo apetito, cuando en realidad apenas me sabía nada bien. Simulaba haberme recuperado, conversando con ánimo y fingiendo interés e incluso intentaba esbozar una sonrisa.

Pero pensaba para mí misma que nunca podría sonreír como antes, que nunca podría sonreír de nuevo de corazón, como si me faltara un pedazo de alma. Como muchas otras veces antes, estaba completamente equivocada, sólo desconocía mi destino.

—Buenas noches —me deseó mi tío, mientras me arropaba en mi habitación. Yo le correspondí con un beso en la mejilla. Pero cuando cerró la puerta, mis párpados seguían abiertos y seguía mintiendo al fingir que dormía. Notaba cómo pasaban las horas sin necesidad de oír el tic-tac del reloj de la mesita. A pesar de que intentaba dejar la mente en blanco y caer dormida.

—No aguanto más —susurré a mi vacía habitación, horas más tarde, cuando ya había aparecido una perezosa luna llena en el horizonte. Me incorporé de la cama para vestirme. A lo mejor si daba una pequeña vuelta conseguía conciliar el sueño por puro cansancio.

Salí de mi habitación con las zapatillas deportivas en la mano, procurando no hacer el más mínimo ruido. Pensé en todas las noches en vela que había disfrutado viendo las estrellas en Alburquerque, cuando mi padre estaba en vida acompañándole en el jardín de nuestra casa.

«Ya no volverían aquellos felices tiempos» recapacité mientras lograba salir del caserón, contemplando el cielo cuajado de estrellas. Y caminaba un poco a través de los campos de cultivo con la única luz de las estrellas y una argéntea luna ligeramente mellada.

Intenté recordar a otra persona que también había sido muy importante para mí y que igualmente había perdido para siempre. Mi padre. Eché de menos como su sola presencia me daba confianza, como hacía que todo fuese más vivo y más alegre con sólo estar él.

«Está muerto» pensé.

Él nunca volvería nada volvería a ser igual, nunca.

Lo único que no cambiaba era mi rumbo, parecía que estaba destinada a acabar en una decadente espiral. Nada me podía ir a mejor.

«Necesito ayuda, necesito que alguien me diga qué tengo que hacer, dónde tengo que ir» rogué a algún lugar entre las estrellas, cuando me paré a los pies de un árbol. Suplicando, a quien fuera que me escuchase, que me echase una mano. Pero agaché la cabeza de nuevo a la tierra después de unos minutos. Tendría que valerme por mí misma y únicamente por mí misma.

«Tal vez Suresh me pueda ayudar» me di cuenta de la ingenuidad de la idea. Tendría que contarle a mi familia lo que me ocurría. Y en el caso de que, después del shock, aceptaran llevarme a Nueva York, estaba el peligro de que volviera perder el control en medio de la urbe. Aún no había habido víctimas, sólo un viejo árbol chamuscado, pero los destrozos que podía causar en la 'Gran manzana' eran considerables.

Una estrella en el horizonte titiló unos segundos y luego desapareció, mientras yo reflexionaba sobre lo que tendría que hacer. No me habría dado cuenta de ese pequeño suceso si después de unos segundos no hubiera vuelto a centellear otra estrella vecina de la anterior. Levanté la mirada hacia ese insólito acontecimiento a medida que más y más estrellas comenzaban a extinguirse en el firmamento.

«¡Dios, es que no va a parar nunca!» pensé al percibir como otra tormenta se aproximaba eclipsando el cielo nocturno. No entendía porqué otra vez volvía a suceder, dado que no estaba llorando, ni estaba nerviosa, ni colérica. Pero eso no cambiaba el hecho de que acudía a mí.

«¡Eres peligrosa, estás fuera de control!» oí una voz que me hablaba desde el fondo de mi mente, en el idioma de los indios Hopi. «Acabarás por hacer daño a alguien»

—No es mi culpa —exclamé en voz alta.

No comprendía porqué mis emociones me afectaban tanto, porqué estaba empeorando cada vez a más. Y el ruido de un trueno retumbó en la lejanía, mientras comenzaba a caminar de vuelta a casa.

Después de unos pasos oí lo que me pareció un segundo trueno, pero definitivamente no lo era cuando volvió a resonar una segunda, una tercera y una cuarta vez. Un sonido de tambores me paralizó completamente, como si mi instinto me dijera que estaba en peligro. Pero lo más sorprendente no era que sonase de noche, sino que los redobles procedían del sur.

«No te vas a poder esconder, vienen por ti» susurró la vocecita infantil y un escalofrío de terror me recorrió entera. Un miedo atávico y visceral me arremetió cuando comencé a correr alejándome de aquel sonido hacia mi casa. Mientras notaba como la noche empezaba a enfriarse cada vez más y el viento que arrastraba la tormenta hacía acto de presencia.

Repentinamente unos cánticos que venían en mi dirección hicieron que me desviara buscando una manera de evadirlos. Y cuando comenzó a llover escuché como otros tambores y voces se unían a la cacería. Venían de cada punto cardinal mientras me adentraba en el bosque buscando algún refugio. Me di ánimos a mí misma para no desfallecer ante mis perseguidores que cada vez sonaban más próximos.

Cuando acabé llegando a un pequeño claro en el bosque escuché aquellos sonidos con tanta intensidad que me dolían los tímpanos y comprendí que estaba rodeada, que había acabado en un callejón sin salida. Y mientras escuchaba aquellos cánticos e instrumentos que retumbaban en el claro, supe qué era esa extraña música que durante tantos meses había oído.

Era la danza de la serpiente, la danza ritual con la que los Hopi convocaban la lluvia. Pero no llamaban a la lluvia que me estaba calando hasta los huesos. Habían estado llamándome a mí, solo a mí, durante todo este tiempo. Lo sentía en mi interior, cómo esa música parecía tirar de mí, desgarrando una parte de mi alma con cada redoble.

—¡CALLAOS! —grité desesperadamente mirando en torno al vacío claro mientras el sonido de la danza se unía a la cacofonía de los truenos. Y percibía incluso los pasos de mis acechadores bailando alrededor de mí. Pero los intérpretes del ritual ignoraron mi grito y continuaron no sólo alzando aún más el volumen sino acelerando el ritmo cada vez más rápido—. ¡Callaos! —exclamé un segunda vez, sin fuerzas para alzar el volumen de mi voz por encima de aquel estrépito. Mientras me tapaba los oídos y cerraba los ojos, para evadirme de esta agonía. Para zambullirme en mi otro sentido con el cual manipulaba los cielos.

«Ya están aquí» sonó levemente aquella voz infantil, a pesar del volumen de los danzantes. En ese instante pude 'verlos', percibiendo su silueta recortada en la lluvia y en los vientos mientras se agitaban bailando más frenéticamente. Eran enormes en comparación conmigo, de unos once pies de altura y me hacían sentir minúscula e insignificante.

—No sois reales —susurré quedamente, mientras seguía observándolos. Intentaba entrar en razón, pensar con claridad de nuevo. Aquello no podía ser verdad, era sólo un delirio de mi imaginación. Un mal recuerdo que había tomado forma en mi mente. Pero a pesar de que intentaba convencerme de que eran puras ilusiones, esas figuras seguían sin desaparecer.

No podían ser lo que yo creía que eran.

Los Kachina.

Los espíritus de los antepasados Hopi, que una vez guiaron a nuestra raza hasta estas tierras. Recordé de las antiguas tradiciones que me había contado mi abuela. De cómo durante la danza de la serpiente, los intérpretes representaban a los Kachina. Los había estado ignorando durante todo este tiempo, y parecían que estaban impacientes.

—¡¿QUÉ ES LO QUE QUERÉIS DE MÍ?! —grité por encima de la música y de la tormenta, abriendo los párpados en ese preciso instante. Y el silencio tronó en el claro cuando los danzantes pararon de bailar. Me quedé paralizada de miedo, debido a que seguía percibiendo sus siluetas mirándome a pesar de haber abierto los ojos. Como si no tuviera ninguna escapatoria posible de ellos.

«¡Que recuerdes!» exclamó la vocecita infantil en mi cabeza. Y los pelillos de la nuca se erizaron de espanto, al darme cuenta de que aquellas figuras no estaban mirándome sino que contemplaban los cielos. Sólo tuve un instante para alzar la cabeza y ver, a través de la copiosa lluvia, el resplandor de un rayo cayendo sobre mí.

En el momento en que ese rayo me alcanzó dejé de sentir la lluvia, dejé de sentir la tormenta, dejé de sentir el viento que azotaba ese claro. Ya no los sentía, sino que era parte de la lluvia, de la tormenta, del viento e incluso del rayo que me atravesaba el cuerpo. Y sabía que responderían a mi llamada cuando yo lo quisiera.

Me sentía enorme en comparación con las figuras del claro y me parecía que estaba observándolas desde muy arriba. Y durante ese instante de omnipotencia, recordé algo olvidado.

Recordé a la niña que me hablaba desde el fondo de mi mente, desde el lugar donde residen los viejos recuerdos. Recordé a la niña de ocho años que hablaba con su padre en la lengua de sus antepasados. A la niña que una vez fui. Y aquellos recuerdos olvidados acudieron a mí como un enfurecido torrente, mientras perdía la conciencia de lo que ocurría en el claro y me sumergía en ellos.

—¡Papá, mamá! ¡Venid, rápido venid! —voceé mientras entraba corriendo en el estudio de mi padre en nuestra antigua casa, en Alburquerque. Observé cómo mi padre me miraba interrogativamente, por encima del periódico, con su pelo recogido en una coleta y unas gafas para ver de cerca. Mi madre dejó de hacer la colada para ver el motivo de tanto griterío.

—¿Qué ocurre, mi sol? —me preguntó cordialmente tras dejar el diario encima de la mesa, para prestarme atención. Pero yo no tenía tiempo para explicarme y le cogí de la manga de la camisa para que me acompañara. Y mi padre se encogió de hombros burlonamente ante mi madre al pasar nosotros dos delante de la cocina.

—Sparrow, ¿qué es lo que te ocurre? —quiso saber mi madre mientras acudía a ver qué era lo que me proponía.

—Mirad a la ventana —les ordené cruzándome de brazos y esperando impacientemente. Pero mis padres no entendían el motivo de tan extraña petición—. Cinco, cuatro, tres, dos… —comencé a contar lentamente.

—¿Qué es lo que tenemos que mirar? —preguntó mi padre, con un ligero tono de preocupación por aquella extraña cuenta atrás, pero yo no quería perder la concentración y no le contesté.

—…uno. ¡Ya! —exclamé casi con un pequeño gritito, cuando las primeras gotas de lluvia chispearon sobre la ventana. Y me giraba toda contenta para ver la cara de mis padres.

—Hare, ¿has visto...? —comenzó a decir mi madre con la mirada fija en el cielo que comenzaba a diluviar.

—Sí, cariño. Lo he visto, igual que tú —le interrumpió mi padre, mientras desviaba la mirada hacia mí. Sus ojos negros se clavaron en los míos, con una expresión de preocupación grabada—. ¿Cómo lo sabías?

Y yo no sabía qué contestarle, no entendía a qué se estaba refiriendo así que me encogí de hombros. Simplemente los cielos llovían. Pensaba que era algo normal. Pero la mirada de mi madre, una mirada de temor, ante aquel hallazgo hizo que me lo replanteara.

—¿Qué le pasa a mamá? ¿He hecho algo malo? —pregunté observándola desde abajo y ella no dejaba de mirar la ventana del salón.

—No, no has hecho nada mal —me calmó mi padre alentadoramente, mientras me cogía en brazos y lanzaba una extraña mirada a mi madre—. No ha hecho nada malo —repitió mi padre mirando fijamente a mi madre y ella cabeceó ligeramente de manera afirmativa mientras una sonrisa se dibujaba en sus labios. Y aquel recuerdo se disipó con las gotas de la lluvia sobre la ventana cuando otro más regresó.

Pero en esta ocasión no me encontraba en Alburquerque, sino que me encontraba en un sitio al aire libre, un campo de tierra con matorrales y hierbajos. Era de día y me encontraba rodeada de otras personas que no me dejaban ver algo que quería. Sólo veía largas piernas por todas partes, que me impedían avanzar.

—¡Mierda! —exclamé en español, debido a mi frustración.

Aquellos desconocidos no me dejaban paso y me iba a perder el espectáculo. Otras dos enormes piernas, esta vez conocidas, se acercaron a donde estaba.

—Como te oiga decir eso tu madre. Te lava la boca con jabón —bromeó mi padre agachándose hasta mi altura, con una sonrisa de oreja a oreja.

—No me dejan ver nada —me quejé mientras pegaba un pequeño saltito, totalmente inútil, para conseguir ver algo de la danza—. Odio ser tan enana.

—No eres enana, mi sol —exclamó para darme ánimos y frenando con una mano mis intentos de ver la danza a saltos. Se agachó dándome la espalda, para que me subiera en sus hombros—. Eres pequeña nada más. ¡Alehop!

—¡Yuju! —exclamé mientras mi padre me izaba más alto que todos los espectadores. Y se me quitaba el enfado con aquel pequeño gesto.

—No te acostumbres. Cuando seas más grande no te podré alzar tanto —añadió alegremente, mientras avanzábamos al trote hasta las primeras filas, para encontrarnos con mamá—. ¡Ah! Anne, haznos una foto.

Y ese recuerdo desapareció con el flash de la cámara de fotos de mi madre a medida que otro regresaba de nuevo.

En esta ocasión me encontraba en la calle de nuestro vecindario, montada sobre una bicicleta que me quedaba un poco grande para mi estatura.

—No puedo, si no me empujas no puedo —le pedí angustiada a mi padre, tras fallar en mi enésimo intento. Él se acercó para calmarme, levantándome del suelo.

—Tienes que aprender a hacerlo sola —exclamó haciéndome una caricia en la mejilla, volví a sentarme en el sillín—. Piensa que sigo empujándote y no mires atrás —me aconsejó mientras comenzaba a empujarme y yo pedaleaba lentamente. Cuando noté que la bicicleta perdía fuerza supe que no estaba detrás, pero no me acobardé y seguí su consejo. Aumenté la fuerza de mis pedaleos, a medida que giraba lentamente para volver hasta donde había empezado.

—¡Lo conseguiste! —lo celebró él alzando los brazos cuando pasé a su lado con la bicicleta. Y el recuerdo se difuminó tan rápido como se veía el asfalto sobre el que circulaba.

De nuevo me encontraba en casa, sentada al lado del sofá del salón observando el cielo nublado a través de la ventana, pero con los párpados cerrados. Mientras notaba un nudo en el estomago y una extraña sensación de preocupación me aplastaba los pulmones de manera asfixiante.

—Deberías de hablar con ella —oí el susurro, amortiguado por las paredes, de mi madre hablando con mi padre. Estaba preocupada porque no había probado bocado en toda la mañana y apenas hablaba. Escuché como mi padre se aproximaba al salón, para ver la causa de aquello.

—¿Qué te pasa? —me preguntó curiosamente agachándose junto a mí, abrí los párpados para agarrarle firmemente del cuello, para que no se escapase de mi lado.

—Tengo miedo —exclamé con un hilo de voz, mientras él me daba una palmadita en el hombro.

—No tienes que tener miedo —dijo mientras me separaba lentamente y me acariciaba el pelo que tenía recogido en una coleta—. Estoy contigo, mi sol.

Pero aquellas palabras no me consolaban, sentía que algo malo iba a ocurrir. Pero no sabía qué era esa desgracia que me azotaba el corazón. Aunque yo ya conocía esa sensación, la sensación que tuve cuando Josh y yo nos despedimos el día antes del tornado. La sensación que se tiene cuando sabes que es la última vez que vas a ver a una persona muy querida. Cuando sabes que es la última vez que se cruzan vuestros caminos.

—No te vayas, por favor —le pedí aferrándome más firmemente.

Sin comprender el porqué, solo dejándome llevar por mi corazón. Pero él se separó de mí con una expresión de angustia en su mirada, como si hubiera visto algo que no quisiera ver.

—Es mejor que me vaya —exclamó dándome un tierno beso en la frente. Y noté una lágrima caer en mi rostro, como si se tratase de una gota de lluvia. Le vi marcharse con el corazón en un puño, mientras mi madre continuaba tranquilamente con las tareas del hogar después de despedirse de él.

Y aquel recuerdo avanzó velozmente.

Siendo ya de tarde y seguía aún enfrente de la ventana del salón, mirando los cielos sin ver. Notando la estela del 'Gorrión' alejándose lentamente de Alburquerque, cuando percibí un escalofrío en la espalda. La silueta de la avioneta recortada por el viento, zozobraba en el momento en que un rayo hizo impacto en ella.

Comenzó a perder altura cayendo en barrena. Solté un grito ahogado cuando la estela de la avioneta desapareció, cuando hizo contacto con el suelo y perdí su rastro. Un sentimiento de impotencia me embestía, a medida que las lágrimas brotaban de mi corazón, por la pérdida que acababa de sufrir. Y seguían fluyendo más lágrimas cuando mi madre vino a decirme la noticia, después de que una pareja de policías hubieran acudido varias horas después.

—Sparrow, tengo algo que decirte… —dijo con la voz ahogada de las lágrimas a las que también ella había sucumbido. Pero yo no la escuchaba, ni tampoco la miraba. Únicamente en mi mente estaba la silueta de esa avioneta cayendo más y más rápido hacia el sólido y frío suelo.

Y los recuerdos se desdibujaron hasta el momento de su funeral, bajo un radiante sol que no le hacia justicia a aquel día tan triste. Mientras lanzaba una mirada a los cielos para maldecirles por mi pérdida, por quitarme lo que más quería en mi vida… y el breve instante en que el rayo me había golpeado, finalizó.

Caí dormida, abrumada por todos esos recuerdos borrados de mi memoria y por la descarga que acababa de impactarme.

Y mientras dormía, tuve un placido sueño, no una de esas pesadillas que me hablaban de mi destino. Soñé con el día que encontré lo que me faltaba, el día que encontré a Josh.

Avanzaba lentamente por la colina, a medida que el sol empezaba a oscurecerse. Sin saber muy bien el porqué estaba cogiendo ese camino, dado que no parecía que condujese a ningún sitio en particular, y estaba lleno de rastrojos y piedras que me obstaculizaban a cada paso. Pero tenía el presentimiento de que valdría la pena ver el eclipse desde aquel lugar.

—Lo siento, no sabía… —comencé a decir cuando vi que alguien ya se encontraba allí. Pero en el momento en el que se giró me quedé atónita al verle y enseguida desvié la mirada al notar el rubor en mis mejillas.

—Quédate, va a comenzar ahora mismo —exclamó señalando el cielo que se volvía paulatinamente oscuro, a medida que la luna iba cubriendo más y más el sol. Y la temperatura empezó a bajar debido a la falta de luz. Acepté uno de los cristales tintados que había traído consigo mientras me acomodaba nerviosamente a su lado, sin apenas rozarle. Más nerviosa por estar cerca de ese chico, que expectante por ver el eclipse que durante una semana habían anunciado las televisiones.

Pero todos esos nervios y dudas desaparecieron, cuando el último rayo de sol quedó cegado. Y las estrellas aparecieron en el firmamento. Cientos, tal vez miles o más, se podían ver gracias a la conjunción cósmica. Una exclamación ahogada salió de mis labios al ver aquel maravilloso espectáculo que me inundaba el corazón y que me recordaba un sueño ya olvidado.

Apenas tenía ojos para mi insólito acompañante, pero me percaté de que él había desviado la mirada un solo instante para observarme durante ese lapso de tiempo que casi no se podía contar con los latidos. Aunque no estaba totalmente segura de que hubiera hecho ese gesto, porque estaba absorta. Los primeros rayos de sol empezaron a surgir después de ese instante único en el universo. Y nos escudamos detrás de los cristales protectores para observar el final del eclipse.

—Me llamo Josh McKencie —se presentó él después de que terminase de cruzar la luna, cuando vio que ya estaba comenzando a caminar de vuelta a mi casa y me ofreció la mano para saludarme.

—Sparrow Redhouse —me atreví a nombrarme con un hilo de voz apenas audible y sin mirarle fijamente a los ojos, mientras le correspondía con mi mano ligeramente sudorosa. Él me dedicó una sonrisa que robó mi corazón.

Amanecía en el claro en el cual habían acudido los Kachina, mis antepasados, para mostrarme el camino que debía recorrer. Para ofrecerme la ayuda que yo había solicitado sin ninguna esperanza. Me incorporé del frío y húmedo suelo, mientras recapacitaba sobre lo que había ocurrido la noche anterior.

«Es imposible» pensé incrédula.

Observé las suelas de mis zapatillas deportivas, derretidas por el impacto del rayo. Así como algunas quemaduras en la camiseta y en los pantalones. Pero estaba intacta, sin un rasguño, ni quemadura, ni nada. De hecho me sentía como nunca a pesar del dolor de cabeza. Y creí que aquello era tan imposible como que aguja e hilo se enhebrasen solos en el interior de un tornado. Y mientras volvía lentamente hacia mi casa, a medida que los cielos se volvían más y más claros, los recuerdos de mi padre seguían acudiendo a mí uno tras otro.

—Sparrow, hemos ido a Roswell, volveremos por la tarde. Cuida de tu abuela. x x x x. P.D.: la comida está en el fregadero descongelándose —leí el post-it del frigorífico tras regresar a casa y ver que faltaba el coche de mamá en el garaje.

Observé las 'x' de los besos de mi tío a medida que me dirigía a mi habitación y oía los resoplos de mi abuela en la suya. Minutos más tarde estaba dándome una ducha que me aliviaba la mala noche que había tenido. Y mientras el agua tibia me recorría el cuerpo, recordé con angustia aquel fatídico momento en el que mi padre murió.

—No fue mi culpa —me dije a mí misma, tras salir de la ducha, intentando convencerme de mi inocencia. Era muy pequeña entonces. No tenía todo mi potencial, ni comprendía el significado de esas señales que había tenido. Ese indicio de peligro que habría impedido su muerte. Pero aunque intentaba entrar en razón, una sensación de rabia e impotencia surgía de mi interior.

Deseaba manifestar aquellos sentimientos con algo más que con gritos y una pataleta. Deseaba que todo el mundo contemplase mi sufrimiento. Que todo el mundo mirase a los cielos. Pero el recuerdo de la voz de mi padre diciéndome que no tuviera miedo, me aplacó. Y aunque notaba la tormenta y los vientos bullir en mi interior, no se liberaron de mí.

Permanecieron atados a mi voluntad.

Un ruido de pasos me llamó la atención y me giré para observar como mi abuela me miraba desde el umbral de mi habitación, con una mirada extraña. Una mirada de las que helaban la sangre. Mientras me secaba el pelo con la toalla, mirándola de arriba abajo.

—Bueno días —saludé mintiéndome a mí misma, pues para mí ese día no podría ser para nada bueno. Pero ella no me contestaba sino que seguía con su fría mirada observándome fijamente.

«¿Qué demonios le ocurre?» pensé mirándola con curiosidad.

Ya me disponía a preguntarle si se encontraba bien cuando ella empezó a hablar.

—A mí no me ocurre nada. Sólo estoy viendo que al fin lo recuerdas —dijo respondiéndome a mi pensamiento—. Creo que es hora de que hablemos largo y tendido sobre nuestra familia.