Capítulo Doce:
"El Legado"

—Deberías secarte bien el pelo —exclamó mi abuela serenamente, recogiendo la toalla que se me había caído de las manos. Pero yo estaba sobrecogida por lo que acababa de decir y no pensaba para nada en mi pelo empapado—. Te pareces muchísimo a tu padre. Has puesto la misma cara que cuando él lo descubrió.

La mención de mi desaparecido padre me alarmó, sacándome de mi sobrecogimiento y pudiendo reaccionar de una vez para coger la dichosa toalla. Pero seguía atónita por aquella revelación, aunque por suerte las palabras sobraban para ella.

—Sí, te he leído la mente —explicó lo que me resultaba obvio. Y sus ojos negros como los de un águila se quedaron clavados en los míos, mientras tenía la sensación de que me estaba examinando cada rincón de mi mente con esa mirada—. No te asustes, por favor.

«¡¿Qué no me asuste?!» pensé involuntariamente y percatándome de que mi abuela acababa de 'oírlo'. Su rostro se contrajo de angustia al notar mi temor. Me relajé a medida que intentaba acostumbrarme a la idea, pero su mirada me inspiraba cierto desasosiego.

—No eres la primera de esta familia que ha sido bendecida con un 'don' por los Kachina —dijo sentándose en el filo de mi cama y dando un par de golpecitos en la colcha para que me sentase a su lado—. Ni creo que vayas a ser la última.

—¿Ha habido más como yo en nuestra familia? —pregunté asombrada, mientras me sentaba encima del cobertor con el albornoz húmedo, casi sin poder creer lo que me estaba contando. Pero ella simplemente se molestó en afirmar con la cabeza y me miró con indulgencia.

«¿Por qué me lo has ocultado?» pensé sabiendo que ella estaba oyendo mis pensamientos.

—Hemos tenido nuestras razones —exclamó mirando brevemente hacia la mesilla de noche.

«¿Hemos? ¿Cómo que 'hemos'?»

—Tu tío y yo pensamos que era mejor que no lo supieses. Aunque yo opinaba lo contrario al principio —añadió casi al instante, al percibir mi duda. Recordé la conversación que habían mantenido mi madre y mi tío la noche de Acción de Gracias—. La primera razón tiene nombre y apellido, así como nacionalidad Hindú —continuó ella ignorando los pensamientos que cruzaban por mi mente. Se estaba refiriendo a Suresh, al genetista que había recorrido medio mundo para buscar a la gente como yo, a la gente como nosotras.

—¿Teníais miedo de él? —interrogué de manera precipitada, observando el impasible semblante de mi abuela. Pero ella no mostraba ningún temor, a diferencia de mi madre, ante Suresh.

—No, en absoluto —respondió con una ligera sonrisa insolente en sus labios—. Él tendría que tenerme miedo a mí, más bien. No sabe en qué se está metiendo con su investigación.

«¿Qué quería decir?» me pregunté a mí misma y, sin quererlo, también a ella. Pero fingió no haber escuchado aquella pregunta. Se levantó de la cama para abrir una caja de cartón, llena de cosas sin desempaquetar de mi antigua habitación.

—Nos preocupaba mucho que metiera su nariz en nuestras vidas. No nos gustaba la idea de ser unos conejillos de indias —exclamó ella, cogiendo una mascara ritual y examinándola con cuidado—. Pero quería que alguien me ayudase a abrirte los ojos, a mostrarte lo que podías hacer.

—¿Y por qué no lo hiciste tú? —pregunté casi sin pensarlo. Ella se giró hacia mí fulminantemente mientras soltaba precipitadamente la mascara en el interior de la caja.

—No era lo mejor para ti, te lo aseguro —proclamó mirándome fijamente.

«Tenías que descubrirlo por tus propios medios» resonó la voz de mi abuela en mi cabeza. Un escalofrío me recorrió el cuerpo al notar semejante intromisión en mi mente, mientras me levanta de mi asiento asustada.

—Es como cuando un polluelo tiene que saltar del nido para comenzar a volar junto a sus padres. Tenías que darte cuenta de tu poder. Si no eras capaz de aceptar lo que te han concedido, no podíamos enseñarte lo que somos capaces de hacer.

—¡Mierda! ¡Me podíais haber ayudado! —exclamé encolerizada, en español, por su comportamiento en los últimos meses y su reciente desconsideración. Pero ella sabía que aquella blasfemia sólo era pura fanfarronería—. ¡Llevo meses pensando que estaba aquí sola!

—Nunca has estado sola. Siempre hemos estado aquí, dándote apoyo. Como la familia que somos —exclamó ella soberbiamente, mientras paseaba lentamente en círculos por la habitación—. Eras tú la que no quería abrir la boca. Y en cuanto a ayudarte, sí lo hemos hecho. Pero sin que te dieses cuenta, eso sí.

«Debes hacer caso a lo que diga tu corazón» sonó el pensamiento de mi abuela, con ímpetu y fuerza en mi cabeza, mientras yo reprimía un estremecimiento. Recordé las indirectas que más de una vez me había hecho, cuando estaba pensando en Josh, en mi don o en mi padre.

—Además, aunque lo hubieras sabido. Tampoco te hubiéramos podido ayudar mucho —continuó ella tomando la foto de mi padre al lado del 'Gorrión'—. Tu tío y yo tenemos 'dones' diferentes al tuyo. Suele ocurrir muy a menudo. Estas habilidades son muy caprichosas, no siempre se heredan y casi siempre son distintas.

«¿Y mi madre, también está metida en esto?» pensé encrespada. Creía que todo se estaba desmoronando a mi alrededor al descubrir este secreto. Y para mi sorpresa, mi abuela afirmó con la cabeza al mismo tiempo que dejaba la foto de nuevo en la mesita.

—No del modo en el que piensas. Ella es normal… —se corrigió al notar mis pensamientos—… aunque tenga un temperamento fuera de serie. Lo que quiero decir, es que sabe lo que somos. Lo sabe desde que tu padre se lo contó.

«Yo era la única que no se ha enterado de nada» pensé afligidamente, mientras me sentaba de nuevo en la cama y miraba a mi abuela con decepción. Recordé la mirada de mi madre cuando manifesté mí poder por primera vez. No me había enterado cuando era pequeña, cuando pensaba que lo que hacía era completamente normal. Y tampoco me había enterado de mayor, acerca de lo que acontecía a mí alrededor, imaginándome que mi familia era totalmente corriente.

—No eres la única que le pasa eso —comento mi abuela oyendo una vez más mis pensamientos—. Hay muchos allá afuera que tampoco se enteran. Que están esperando a que alguien les abra los ojos y descubran su verdadero yo —añadió sentándose a mi lado y tomándome de las manos para darme consuelo—. Pero tú ya has encontrado a alguien así por tu cuenta.

«¿No es verdad?» volvió a sonar la voz de mi abuela en mi mente. Y me pregunté, lo más para mí misma que pude, si no era esa la razón por la cual mi madre y mi abuela no se soportaban. Mi abuela tenía una clara ventaja en cualquier tema o discusión.

—Más bien Josh me descubrió a mí, que yo a él —contesté un poco molesta, mientras intentaba mantener un poco la compostura. Ella asintió repetidamente ante esa respuesta.

—Es sincero y tiene mucha confianza en ti —expresó mientras me miraba brevemente a los ojos—. La sinceridad es muy importante en una persona. De eso sé mucho, de mentiras y de engaños.

«No hace falta que me lo digas» pensé de manera impetuosa, debido a aquella trasgresión de mi intimidad. Ella no tenía ningún derecho de conocer ese secreto que Josh me había confiado. Si había podido confiar en él, y él en mí, había sido por que teníamos pruebas de nuestra franqueza el uno en el otro.

Pero ella hizo como que no había escuchado aquello. Ahora entendía mucho mejor a mi madre, mi abuela tenía por costumbre ignorar no sólo las palabras que no le gustaba oír, sino al parecer también los pensamientos que le importunaban.

—Además te quiere mucho. Estás muy en el fondo de su corazón, un recuerdo grabado a fuego en lo más profundo de su mente, imborrable —continuó ella, sin ningún miramiento. Yo me ruborice al recordar que Josh había compartido un té junto con mi abuela. Ella sabía lo que él sentía por mí a pesar de que ahora yo intentara ocultárselo—. ¡Ahh! ¡Por todos los Kachina! No debes sentir vergüenza por ser correspondida, no todo el mundo tiene esa suerte.

«Aunque sabes muy bien que no es suerte» sonó el susurro de su pensamiento en mi mente. Agité la cabeza levemente al notarlo. Era completamente cierto, no había sido la suerte la que hizo que nos conociéramos, ni tampoco fue el destino. No fue coincidencia que escogiera ese pedregoso sendero, el día del eclipse. Ni que estuviera en la parada del autobús, bajo una copiosa lluvia y con un oportuno paraguas, el día que me pidió ayuda en español.

Tampoco lo era el hecho de que siempre encontrase a Kylie cuando se escondiera. Ni que acabase en medio del trayecto del tornado, aquel día en el que casi le pierdo. Y tampoco había sido el azar el que me había encaminado al lugar donde estaba Josh bailando en la fiesta. O que sintiera en el fondo de mi corazón, ese corazón que no me había parado a escuchar, que Josh y yo estábamos predestinados a conocernos.

Nada de eso había sido por que sí, había sido mi 'don'.

Mi verdadero poder, el cual había estado ignorando, el que me había guiado siempre en mi devenir. El mismo don que me marcaba un rumbo en el horizonte, un rumbo a un lugar que me estaba llamando desde hacía meses. Casi de manera refleja, un sonido de tambores y de cánticos, la danza de la serpiente que ya reconocía, se escuchó desde la distancia. Señalando el nordeste geográfico, en la lejanía.

—¿Los has escuchado? ¿Son de verdad? —articulé al notar la expresión de alarma en su mirada. Y su rostro se relajó cuando finalizó unos segundos después.

—Sí, los he escuchado —contestó, afirmando con la cabeza, mientras se incorporaba de la cama y recogía unos pantalones que había dejado tirados en el suelo—. Aunque sólo los oigo en tu mente, como si fuera un eco, nada más.

«Sólo son de verdad para ti» escuché su pensamiento una vez más, sorprendiéndome por aquella afirmación. E incomodándome ya de oír tantas cosas ajenas a mí, en mi pequeña cabeza.

—¿Nunca te has preguntado por qué siempre te he estado hablando de las antiguas tradiciones de los Hopi? —me preguntó súbitamente después de ese pensamiento—. ¿El por qué de tantos de estos regalos? ¿O por qué te hablo siempre en esta lengua, pudiendo no hacerlo? —continuó ella al ver mi pasmo. Recapacité sobre esa insistente costumbre de mi abuela, de que me aprendiera todo lo relacionado con esos ancestrales ritos.

—¿Por mi don? ¿Ha sido por eso? —pregunté animada pensando que tenía razón, pero se me aplacó el entusiasmo al ver que mi abuela negaba con la cabeza. Y ponía la misma expresión de hastío, que cuando ella intentaba hacer que aprendiera algo importante.

—No, no era por eso —exclamó mientras doblaba los pantalones y miraba la pila de regalos que me había regalado en el pasado—. Esas tradiciones no son importantes en si mismas. Lo importante es su espíritu, la lección que aprendes de ellas. Todas las cosas, el mundo incluido, cambian. Evolucionan, diría el doctor Suresh. Y aunque nos pese, tenemos que adaptarnos igualmente.

Me sentí como una estúpida al haberme centrado sólo en la superficie de esas creencias. Por no haber visto aquella realidad que se escondía detrás, y que ahora consideraba tan diáfana.

—Además e insistido tanto para que le recordaras —dijo señalando con la mirada la foto de la pared, en la cual estaba mi padre. Y algunos fragmentos de mis recuerdos olvidados, acudieron a mi mente. Recuerdos de cuando mi padre me relataba las historias de los Hopi, a la hora de ir a dormir. Sus leyendas y sus profecías acerca del amanecer de un nuevo mundo. Y acerca de los cambios que había sufrido el mundo a lo largo de los tiempos—. Lo he intentado todo para ese propósito. Incluso pensé en llevarte este verano a Colorado, y que vieses de nuevo la danza de la serpiente… —añadió mientras colocaba los pantalones en uno de los cajones del armario—… pero nunca pensé que un rayo haría el mismo efecto.

«Terapia de choque, ¿no?» sonó burlonamente su pensamiento en mi mente, con una ligera risita discreta. Y yo frené las ganas de reírme por semejante ocurrencia.

«Sí, algo parecido» pensé recordando el rayo, que también encontré con mi don, y que había liberado esos recuerdos del fondo de mi mente. Pero los recuerdos de mi fallecido padre acababan desembocando siempre en la misma imagen mental, el 'Gorrión' perdiendo altura aceleradamente.

—Ya no suenas fragmentada —dijo enigmáticamente, mientras se acercaba a una blusa tirada al lado de una lámpara de pie, para recogerla—. Parecía que hubiese dos personas dentro de ti. Discutiendo todo el rat… —se frenó y quebró la voz, al advertir cómo mi pensamiento iba de nuevo hacia ese funesto momento y su rostro se contrajo de dolor al igual que mi corazón—… Cariño, no te culpes a ti misma por lo que ocurrió.

—Lo intento —dije con la voz ahogada por la falta de aliento, y los ojos empezaban a escocerme de nuevo, a la espera de las incipientes lágrimas—. Pero no puedo dejar de pensar en que podía haber hecho algo para impedirlo —añadí recordando que había conseguido cambiar el destino de una catástrofe una vez. Evité que la familia McKencie acabara en las páginas necrológicas de los periódicos—. Tal vez si le hubiera acompañado en ese vuelo, tal vez el rayo no habría impactado, tal vez…

«No mires atrás, no pienses en lo que pudo haber sido» retumbó solemnemente la voz de mi abuela en mi cráneo—. Fuiste demasiado precoz al manifestar tu don, como yo —exclamó ella unos segundos después de dejar la blusa en su sitio—. Tenía poco más de nueve años cuando leí por primera vez los pensamientos de otra persona. Fueron los de mi padre, tu bisabuelo —continuó, acercándose hasta donde estaba sentada y posando una mano en mi hombro—. Y al igual que tú, no comprendía qué me estaba ocurriendo. Tuve mucho miedo y cometí muchos errores, como escaparme de la casa de mis padres. Pero después aprendí a controlarlo, a comprender la razón por la que tenemos estos dones. Y mi poder también acabó creciendo como el tuyo.

—Pero mi error supuso algo más que una reprimenda —exclamé en voz alta, con la voz consternada, mirándola a los ojos con los míos inundados de lágrimas y me meneé evitando su roce.

—Tienes que seguir hacia delante —dijo ella volviendo la vista hacia una esquina de la habitación. Sabía muy bien que odiaba que me viesen llorar—. A todos nos afectó su pérdida, yo también perdí el control de mi don durante un tiempo y tu tío perdió la cosecha entera ese año. Pero creo que ya has sufrido mucho por él —añadió la última frase volviéndose hacia mi.

«Ya has llorado suficiente por él» me vino de su mente. Un pensamiento que parecía haberse escapado de la jaula que era su cabeza. Y había volado directa a la mía. Ella tenía razón, no podía seguir llorando por él. Aun cuando ya tuviera encadenado de nuevo mi don, bajo mi voluntad. Debía de continuar con mi vida, abandonar ese recuerdo de una vez.

—No digo que le olvides. Ya has estado demasiado tiempo haciéndolo —exclamó después de unos instantes. Mientras seguía intentando poner algunas cosas de la habitación en orden—. Divida en dos partes, una queriendo sanar la herida, pero sin fuerzas para hacerlo —exclamó refiriéndose a aquella vocecita molesta que había escuchado durante meses—. Y la otra pudiendo curar esa desesperación, pero no queriendo recordar a su verdadero yo. Cuando le olvidaste, también reprimiste tu 'don', junto con los recuerdos de las tradiciones que él te enseñó. Pero ahora que tu poder ha salido a flote de nuevo, todo ello se ha mezclado —añadió mientras recogía la ropa sucia en un montón.

—Pareces una psicóloga —le respondí mordazmente, mientras me secaba las lágrimas que habían brotado. Era bastante extraño verla hablar de esa manera, aunque mostraba el mismo carácter enérgico de siempre.

«Sé algunas cosas sobre la mente, no es lo mismo» sonó su pensamiento por enésima vez.

—Es el 'don' con el que me bendijeron los Kachina —me respondió segundos después de poner toda la colada en el cesto de la ropa sucia. Y miró interrogativamente el albornoz húmedo que aún llevaba, haciendo un gesto para que se lo diese—. Tengo la capacidad de ver el corazón de otras personas y las mentiras que esconde su alma. Tu tío, en cambio, posee un vínculo con las plantas, algo parecido al tuyo con los cielos —continuó mientras le pasaba el albornoz y comenzaba a vestirme. Medio atendiendo al discurso de mi abuela, mientras me ponía la ropa interior—. Puede hacer que germinen más rápido, crezcan más sanas o más grandes, soporten las plagas o el mal tiempo… —continuó tras ponerme un chándal y una camiseta bastante vieja—… o incluso puede secar las malas hierbas, si es necesario.

Pero yo no pensaba en absoluto que tanto el poder de mi tío, de mi abuela o el mío propio, fuesen un regalo de los Kachina. Seguía, igual que mi madre, sin creerme esas absurdas historias. Y la miraba con cara de malas pulgas, a través del reflejo del espejo, mientras me recogía el pelo en una coleta con una cinta.

—Llámalo como quieras. Genes, Kachina o lo que sea. Pero eso no cambia el hecho de que tu don procede de tus raíces, de tus antepasados —exclamó vehementemente, mientras me correspondía a la mirada y a mis pensamientos—. Tanto los míos, como los originarios de tierras lejanas más allá del Atlántico.

Aquella mención a mi abuela materna hizo que empezara a pensar en la conversación que mantuvimos Suresh y yo el día anterior a nochebuena. Acerca de los linajes, el ADN y su extraordinaria búsqueda.

Una idea empezó a formárseme poco a poco en la cabeza.

—No es que tu herencia forme únicamente lo que tú eres —decía con el cesto de la ropa en vilo.

«¿Cuál era el don de mi padre?» le pregunté antes de que saliera de la habitación.

—También nosotros hemos puesto nuestro granito de arena al educarte —continuó impertérritamente, ignorando aquella muda duda.

—¿Cuál era? —pregunté en voz alta, al ver que estaba a punto de escapar de la habitación—. Antes has dicho que había puesto la misma cara que él —añadí, mientras observaba cómo mi abuela me miraba de reojo. Y me daba cuenta de que tenía razón en mis sospechas, al ver sus ojos. Ella podía saber muy bien cuando otra persona mentía, pero era pésima tirándose faroles.

«¿Estás segura de que quieres saberlo?» oí la voz de mi abuela, preguntar vacilantemente en mi mente. Asentí firmemente deseando saber el don de mi padre.

—Espera aquí un poco —dijo saliendo de la habitación, pero dejando el cesto en el suelo, hacia su dormitorio. No entendí por qué mi abuela me había hecho esa extraña pregunta. Tras unos minutos que se me hicieron eternos, regresó mi abuela de su cuarto con un fajo de cartas bajo el brazo—. Son de tu padre, de cuando vivíais en Alburquerque. Tras la muerte de tu abuelo mandaba una carta cada semana, contándome cómo os iba todo y a veces mandaba alguna foto vuestra —explicó sentándose en el filo de la cama y acomodándose sus gafas de media luna—. Esto también acabarás heredándolo algún día —bromeó señalándose la montura de los anteojos.

«¿Qué tiene que ver est…?» pensé apremiadamente, mientras veía como rebuscaba entre el fajo de cartas abiertas.

«¡No seas tan impaciente!» me respondió bruscamente, cortando literalmente el hilo de mis pensamientos.

—¡Aquí está! —profirió repentinamente, sacando una carta sin abrir al fin. Se quedó unos instantes mirando apesadumbradamente la epístola—. Esta es para ti —me tendió aquella misiva, mientras yo la miraba inquisitivamente buscando alguna respuesta.

La dirección que venía en el remite era la de nosotros, de cuando vivíamos en Alburquerque, reconocía bastante bien la letra de mi padre. Pero cuando le di la vuelta y leí el destinatario, no entendí qué demonios significaba.

«Para Sparrow, cuando recuerde» estaba escrito con la misma letra junto con la dirección de la casa de mi abuela en la reserva de Arizona.

—¿Qué es esto? —pensé que era el peor momento para que mi abuela empezara a hacer bromas por el Día de los Inocentes. Pero no podía tratarse de eso, porque era la misma letra escrita con la misma tinta.

—Esta carta la recibí una semana después de que tu madre me comunicara su muerte —exclamó levantándose del filo de la cama y recogiendo el resto de las cartas—. No comprendí qué significaba hasta que me vine a vivir aquí y pude ver la brecha que tenías en tus recuerdos.

—¿Qué significa esto? —le exigí una explicación, mientras agitaba la carta.

—Como he dicho antes, os parecíais mucho los dos —exclamó serena, mientras daba unos cuantos pasos hacia la puerta—. Ambos veíais el futuro, aunque de manera muy diferente —añadió al ver que la miraba con los ojos desorbitados—. Él veía las consecuencias de sus actos, de sus decisiones y de sus sentimientos. En cambio tú ves los caminos que conectan las personas las unas con las otras, y sus destinos.

—¡MIENTES! —vociferé en un alarido de rabia, ante sus palabras. No podía ser cierto. Pero la expresión de su rostro indicaba lo contrario. Eso significaba que mi padre sabía igual que yo el destino que le esperaba si volaba ese día en el 'Gorrión'.

—¿Por qué él haría…? —logré articular mientras sostenía aquella condenada carta apretujada fuertemente en mi mano. Comprendí la verdadera razón por la que no me habían hablado de sus dones anteriormente.

Porque acabaría haciéndome esa pregunta.

«No lo sé, Cariño. No sé esa respuesta» me llegó de su mente.

—Para mí esa carta está vacía de significado —añadió, mientras salía de mi habitación con el cesto de la colada, dejándome a solas con ese oscuro secreto del pasado. Rasgué la solapa de aquella carta para leer las últimas palabras de mi padre en vida. Para descubrir el por qué de su muerte. Porqué me había tenido que abandonar antes de tiempo y qué era tan importante para que yo lo supiera.

Sparrow:

Si estás leyendo esta carta significa que ya has recordado lo que ocurrió el día de mi muerte. Sí, has leído bien.

Te escribo esta carta minutos antes de tomar el 'Gorrión', aunque me cuesta encontrar las palabras que te puedan consolar. Sé que me debes de odiar por lo que te hice, por esta decisión que he tomado y pensarás que no tiene sentido. Pero no es así. Siempre me han gustado las sorpresas, el no saber qué es lo que te va acontecer.

Pero mi don no me ha permitido ese lujo. La primera vez que tuve una premonición del futuro fue la muerte de Fang, un pastor alemán que teníamos de pequeños tu tío y yo. Supe cuánto le quedaba de vida, y cómo moriría lentamente meses después, debido a una infección.

Fue entonces cuando descubrí nuestro legado familiar. Una herencia de la cual está muy orgullosa tu abuela. Pero que a mí me pareció atroz en ese momento. Era sólo un crío, y lo único que veía era la muerte de ese perro. Fue tu tío quien me ayudó a superar su pérdida. Y me hizo darme cuenta del tiempo que debía de aprovechar junto a él. Desde su muerte decidí que no esperaría que las cosas me pasaran simplemente, sino que iría a su búsqueda. Me enfrentaría a lo que el destino me tuviese reservado sin dudas, ni titubeos.

Algunos que me conocieron pensarán que vivía como si cada día fuera el último, pero no es así. Procuraba vivir como si cada día fuera el primero de muchos, sin mirar los errores que pudiera haber cometido en el pasado Y aprendí a disfrutar del uso de mi don. De las sorpresas y las posibilidades que me ofrecía. Así como de los compromisos y disgustos que traía consigo.

Fue por él que acabé metiéndome en las fuerzas aéreas. No fue un impulso juvenil, ni un arrebato de rebeldía irracional. Tuve una visión de mí mismo pilotando un avión del ejército, y quise saber qué me estaba perdiendo estando abajo en tierra.

Aún me acuerdo de la primera vez que piloté un avión por mí mismo. El instructor de vuelo me dejó los mandos durante tan sólo tres insignificantes minutos. Yo estaba de los nervios, con las manos agarrotadas y el sudor me surcaba la frente, pero cuando los sostuve y contemplé el infinito horizonte azul, supe que aquel era mi lugar.

Otra de las cosas que debo agradecer al don que nuestros antepasados me concedieron, fue conocer a la que es tu madre. Trabajaba de camarera en un bar cercano al aeródromo, y cuando la vi, me enamoré de sus ojos y de su sonrisa.

La noche que me declaré a ella, supe qué vida íbamos a compartir. Las alegrías que me podía dar, y que yo podía regalarle. Uno de esos regalos eras tú, nuestra deseada hija. De pequeña te llamaba mi sol, te decía que tu sonrisa alumbraría los cielos algún día.

No era una metáfora, Sparrow.

Tienes un don que debes honrar y respetar, así como aprovechar y disfrutar. Puede que te lleve a lugares que no quieras ir, o a situaciones en las que no te gustaría estar. Pero mientras tengas confianza en ti misma no debes tener miedo de nada.

Sé que la vida sin mi debe haberte costado mucho esfuerzo. Pero te escogí a un padrino de bautizo, mi hermano, el cual te quiere y se preocupa por ti tanto como yo. Aunque él me tenga rencor por obligarle a seguir el augurio que una vez le hice. Tu madre estará bien con él, lo sé. Ese es al fin y al cabo mi don, saber las cosas que ocurrirán. Aunque no sé qué futuro te esperará a ti. Tú no solo sigues los caminos del destino, sino que también los surcas.

No sé qué te acontecerá. Pero estaré orgulloso de ti. Lo único que le hecho en cara a mi don es el poco tiempo que nos ha permitido estar juntos. Y el dolor, así como el olvido, que mi pérdida te ha provocado. Has de entender mis razones. Esta mañana mientras me despedía de ti he tenido que afrontar la decisión más sencilla y a la vez la más dolorosa de mi vida. Si me quedaba contigo, a reconfortarte y darte cariño. Unas personas horribles acabarían encontrándote y llevándosete por culpa mía.

Personas que no dudarían un instante en destrozar una familia, bajo falsos pretextos. Aunque intentase ponerte a salvo y esconderte de ellos, no podría. Ellos sospechan de mí, de mi don, y no deben hacerlo nunca de ti. Sé que mi muerte eludirá esas dudas, lo sé muy bien.

Piensa que sigo empujándote, mi sol.

Hare Redhouse