Capítulo Trece:
"Despedidas"
Seguía con la carta fuertemente sujeta en la mano, debido a que me costaba un considerable esfuerzo dejar de leer aquellas que eran las últimas palabras de quien fuera una vez mi padre. Recordé, con gran dolor, el momento en el que mi padre partió de casa aquella mañana de abril. Cómo él había llorado la despedida por adelantado, soportando la decisión que había tomado para esconderme.
Esconderme de las mismas personas de las que me había avisado Suresh. Gente que tenía miedo. Que por miedo a lo diferente, a lo que se salía de lo 'normal', habían condenado a muerte a mi padre de una manera innecesaria. Tal vez fuera una muerte voluntaria, pero que no dejaba de ser lo que era, un asesinato.
«No te preocupes, papá. Seguiré tu consejo» pensé, sabiendo que en algún lugar entre las nubes, mi padre me escucharía. Algún día encontraría a los culpables y les daría su merecido. Ese pensamiento de venganza, una emoción que también formaba parte de mí aunque no la quisiera, me inundaba el corazón como un torrente, haciendo que latiera con brío. Desataría toda mi furia contra ellos, una ira como nunca habrían visto.
«Quien siembra vientos, recoge tempestades» recordé ese viejo refrán que tomaría al pie de la letra. Pensé en el sufrimiento que había pasado toda mi familia. En lo que pudo haber pensado mi madre, cuando le notificaron el "accidente", un accidente que pensó que jamás ocurriría. Yo me había recuperado de esos pensamientos, los había olvidado. Pero el resto de mi familia no había tenido esa suerte. Se habían enfrentado a la realidad de vivir sin él. De creer que se había suici…
«No, él no había hecho ESO» pensé, doblando con cuidado aquella nota manuscrita. Él no había cometido ningún acto de cobardía, se había enfrentado a su destino y había tomado la única decisión posible. Se había comportado como un héroe para darme una oportunidad, y yo no la desaprovecharía. Les enseñaría esa carta a mi madre y al resto de mi familia, les diría lo que sucedió en realidad y…
…la danza de la serpiente sonó en el horizonte, una música que calmó mi agitado corazón. Y me hizo recordar otro pedazo de la despedida de mi padre.
«¿Era posible que él lo supiera?» pensé temerosamente. No había casualidades, al menos para mí no las había. Puede que para el resto de las personas, las cosas sí sucedan porque sí, al azar. Dejé la carta encima del escritorio y me quedé observando el desorden de mi habitación, mientras me preguntaba cómo no había puesto remedio antes a aquel caos, a aquel desbarajuste que era mi vida. Bajé a la cocina dónde estaba mi abuela preparándome el desayuno.
—Se te van a enfriar las tostadas —exclamó ella animadamente, pero tenía la voz pastosa y me daba la espalda—. Te las he preparado con pan de molde, no quedaban panecillos de maíz —continuó ella, pero al final de la frase oí cómo se sorbía las lágrimas y me acerqué para verle mejor el rostro.
—¿Estás llorando? —pregunté al ver que tenía los ojos congestionados y el semblante cabizbajo. Ella negó con la cabeza lo que era evidente a simple vista. Y finalmente asintió cuando le sostuve la mirada unos segundos más.
—Ha sido como volverle a oír. En tu mente —aclaró ella, sonándose la nariz con un trapo de cocina que había al alcance. Y comprendí que aunque había leído la carta en silencio, mi abuela la había escuchado igualmente—. Es extraño cómo puedes acabar olvidando algo tan importante como la voz de alguien.
«Pero tú me la has hecho recordar» exclamó ella con su pensamiento, mientras se sonaba ruidosamente la nariz. Yo también la había olvidado, su voz. Pero ahora su recuerdo estaba muy vivo dentro de mí, como si aún siguiera aquí, como si acabara de salir por la puerta para dirigirse al aeródromo.
—Lo siento, no pensé que lo oirías —exclamé consternada, mientras tomaba una de las tostadas que me ofrecía. Y me sentaba a desayunar con ella.
—No te preocupes, es culpa mía —respondió ella serenamente, pero con los ojos ligeramente enrojecidos todavía por la llorera—. Debía de haberme cerrado a mis pensamientos, por una vez.
Desayunamos pausadamente, sin prisas y sin hablar acerca de lo que estaba cruzando por mi mente. Como si se tratara de un geiser que fuese a erupcionar y estuviésemos viendo quién de las dos comenzaba. Pero me estaba impacientando con ese silencio tan incómodo, y al final acabé estallando.
—He pensado acerca de mi futuro… —exclamé quedamente, mientras recogíamos los platos después de terminar el desayuno—… acerca de lo que voy a hacer —añadí tímidamente, tanteando un terreno que jamás había explorado—. Y quiero saber qué opinas al respecto.
—Pienso que serías una buena meteoróloga —contestó ella, evadiendo el verdadero significado de mis palabras—. Si es lo que quieres ser. Entonces…
—No me estaba refiriendo a eso —le corté bruscamente, con la voz ligeramente temblorosa.
«No finjas que no has estado escuchando» añadí de manera sutil.
—¿Qué contestas?
—No lo harás —respondió tajante, dándome la espalda inflexiblemente. Y yo notaba cómo se estaba cerrando en banda, de la misma manera que cuando discutía con mi madre.
—Tengo que hacerlo —exclamé firmemente, mirando la nuca de mi abuela mientras se dirigía al salón. No era ninguna niñería, ni un arrebato de rebeldía. Al igual que mi padre, me tenía que enfrentar a lo que me deparaba el destino. Ese era el mensaje que me había mandado desde la tumba—. Debo de hacerlo.
—He dicho que no y es que no —exclamó enérgicamente, mientras se giraba y me miraba fríamente a los ojos. Y me preguntaba qué es lo que podía llegar a hacer mi abuela si seguía forzando el tema—. Crees que debes hacerlo, pero no es así.
—Tú misma me has animado a que explore mi 'don' —repuse acalorada. Comencé a notar una extraña sensación de entumecimiento que me provocaba su estampa. Como si estuviera encerrándome en un sitio muy pequeño. Algo me estaba induciendo mi abuela y que lo notaba en mi interior—. Y no pienso esperar a verlo en las noticias. ¿Qué es lo que vas a hacer para impedírmelo? —la última frase la solté en un jadeo, debido a que me estaba temblando todo el cuerpo. Me sentía insólitamente pequeña, minúscula, como si tuviera la impresión de que me estuviese encogiendo. Pero mis palabras hicieron efecto, pude parar lo que estuviera haciendo y su semblante se relajó un poco al darse cuenta de la situación.
—Te he estado cuidando, he estado cuidando de esta familia, durante mucho tiempo —exclamó ella sentándose perezosamente en el sillón del salón—. Apartándote de los peligros que hay ahí fuera, algunos de los cuales ni te los puedes imaginar —continuó, tomando aliento, mientras me sentaba en el sofá—. Sin siquiera saber que tu padre murió para mantenerte al margen de todo eso.
«Pero él sabía que algún día tendría que enfrentarme a ello» pensé, esperando que aquel pensamiento me diese algo de ventaja. Pero mi abuela hizo un gesto como si apartara una mosca molesta con la mano, al oírmelo pensar.
—Él sabía que este día llegaría —exclamé en voz alta, recordando el extraño remite de la carta. Mi padre lo sabía, había visto esta misma escena en el pasado. Pero no había visto más allá de lo que yo podía decidir—. Tengo que irme y lo sabes —añadí firmemente. Ella ya estaba desalentada, totalmente derrumbada debido a aquellas palabras. Por que tenía que darme la razón con respecto a la carta.
«¿No vas a esperar a despedirte de tu madre?» sonó su voz en mi mente, dándose por vencida. Negué con la cabeza, si me quedaba a despedirme de mi tío y de mi madre, no lo soportaría. No soportaría el disgusto que le iba a provocar con mi partida. No podría explicarle que tenía que marcharme, ya me costaba aceptarlo a mí misma y no tendría el arrojo suficiente.
—Voy a hacer la mochila —me convencí tras ver que mi abuela respondía conformemente y subía a mi habitación a prepararme para el viaje. No sabía cuánto podría durar, ni a dónde me llevaría exactamente. Así que decidí coger la mochila de viaje de mi tío, que era bastante más grande que la mía. Y mientras rebuscaba en mi armario, la iba llenando de cosas que tal vez necesitaría. Como un chubasquero, varias mudas limpias, el paraguas que más de una vez nos había acogido a Josh y a mí, la manta que me había regalado mi abuela por navidades, y algo de ropa para cambiarme.
Y mientras me vestía con unos vaqueros y unas botas de montaña me quedé observando mi reflejo en el espejo. No es que hubiese cambiado de alguna manera, no me había convertido de un patito feo a un precioso cisne. Pero al verme reflejada de cuerpo entero notaba que algo había cambiado. Aunque no sabía precisar el qué. Seguía teniendo la misma figura, pequeña y estrecha de algunos meses atrás.
Mi piel, así como mi rostro, seguía siendo mitad india, mitad blanca. Pero al detenerme en mis ojos, me fijé en la fuerza que transmitían. Me fijé en lo que se escondía detrás de esos orbes del color de la miel. En esos ojos que una vez, en el rostro de mi madre, habían cautivado a mi padre y a mi tío. Y que también habían llamado la atención de Josh en mí.
Me di cuenta de qué era lo que había cambiado en mí.
Ya no veía cada parte de ese reflejo por separado, exagerándolo y criticándolo, pieza por pieza. Sino que observaba el conjunto entero y veía la estampa de mis padres reflejada en mi cuerpo. Cada fibra de mi ser, de mi carácter, de mi don, se los debía a ellos.
Y no sólo a ellos dos.
No sólo poseía el temperamento de mi madre, y la confianza de mi padre, sino la obstinación de mi abuela así como la humildad y templanza de mi tío.
Me desaté el nudo de la cinta para deshacerme la coleta y dejar el pelo suelto. Al tiempo que observaba la fotografía en la que aparecíamos los tres. Sabía que a cualquier lugar donde fuese siempre estarían junto a mí. Cuando crucé el pasillo de camino a las escaleras, pasé por delante de mi antigua habitación. El cuarto del futuro bebé. Y observé desde el quicio de la puerta la cuna a medio montar y los botes de pintura listos para ser abiertos.
Deseé, con nostalgia, que esa no fuera la última vez que veía aquel lugar. El lugar que había sido mi hogar durante casi ocho años. Al llegar al recibidor mi abuela ya estaba a la espera de mi despedida. Con el rostro otra vez apesadumbrado y melancólico.
«Nada de lo que digas me va hacer cambiar de opinión» pensé, creyendo que intentaba retenerme. Pero me equivocaba, había estado recogiendo algunas provisiones de la despensa en varias bolsas. Para que me las llevara en el viaje.
—Eres tan terca como yo —exclamó tendiéndome los víveres y mirándome con desaliento—. Toma, necesitaras esto. No me des las gracias —negó ofreciéndome un fajo de billetes de diez y de veinte dólares, mientras la miraba con los ojos desorbitados—, vuelve sana y salva para devolvérselos a tu tío —añadió, aclarándome la procedencia de aquellos ahorros.
—Llamaré para que sepáis dónde est… —comencé a decir, al ver que mi abuela estaba a punto de llorar.
—No, será mejor que no sepa a dónde vas —exclamó cortante, mientras me ponía el fajo de billetes en mi mano—. Así no tendré tentaciones de sacarte de las orejas de allí —añadió con una media sonrisa.
Y mientras guardaba el dinero y las provisiones bajo la atenta mirada de mi abuela, noté que empezaba a dudar de mí misma. A pensar que a lo mejor aún se podían hacer las cosas de otra manera.
—Un consejo, que espero que no sea el último —exclamó ella, al ver las vacilaciones en mi mente—. No le hagas caso a este —dijo señalándome la cabeza con un dedo—. Déjate llevar por tu instinto, te llevará por el mejor camino —añadió dándome confianza de nuevo en mi empresa—. El camino de regreso a casa.
—Cuida de mamá, y no discutas con ella, por favor —exclamé con la voz amortiguada mientras le daba un cariñoso abrazo con fuerza. Recogí mis pertrechos para salir por la puerta de mi hogar.
«Lo intentaré» sonó, por última vez, el pensamiento de mi abuela cuando ya llevaba unos cuantos escalones bajados. Intenté no pensar en la expresión de mi tío y de mi madre cuando volvieran esta tarde de Roswell. Seguramente, mi tío intentaría sorprenderme trayéndome la rueda de recambio para la bicicleta o mamá habría comprado algo de ropa para que la estrenara, pero la sorpresa la iban a tener ellos.
«¿A dónde debo de ir?» lancé la pregunta al viento para que me respondiera. Guiada solamente por la fe en mí misma, sin saber el final del camino, de igual manera que los pájaros emigran a la llegada del otoño. Mi poder me respondió marcando el camino con el sonido rítmico del latido del destino. Pero me sorprendió que no marcara el nordeste, como tantos cientos de veces antes. En vez de ello, señalaba un lugar más cercano y a la vez más triste de visitar.
Seguí el rumbo me encaminé, paso a paso, hacia la granja de los McKencie, sin comprender para nada la razón. Cuando ya tenía a la vista la silueta de la granja en la lejanía, lo tambores cesaron repentinamente, y me acordé de la mañana soleada de noviembre en la que los había escuchado por primera vez. Y al igual que aquel día, me encontré con que Josh estaba practicando su lanzamiento contra una de las paredes exteriores del granero.
No quería despedirme de él, no podía despedirme de él.
La última conversación que habíamos tenido había acabado muy mal y no quería que se repitiera de nuevo. Pero acabé avanzando lentamente hasta donde él se encontraba, guiada por mis pasos.
—Si has venido para decirme que te olvide, pierdes el tiem… —comenzó a decir enojado, mientras seguía lanzando la pelota furiosamente contra el chapado de metal. Me miró de reojo, al darse cuenta de mí presencia. Pero la última palabra salió silbando de sus labios, cuando se fijó en la mochila—. Dime que es una inocentada. Dime que no es cierto —exclamó volviéndose hacia mí, con sus ojos mirándome severamente.
—No es una broma. Me voy —exclamé decididamente, asintiendo con la cabeza y desviando los ojos en dirección a la pelota de béisbol que yacía en el suelo inmóvil—. He venido para…
—¡¿Te vas?! ¡¿Por lo que ocurrió el viernes?! —vociferó exageradamente Josh, mientras que yo dejaba en el suelo la pesada mochila—. Solo fue un poco de lluvia, nada más. Vale, se empapó un montón de gente vestida de fiesta —añadió él mientras se acercaba lentamente a mí—. Pero me importa un bledo que no lo controles. Aunque atraigas lluvias, granizo o rayos estaré junto a ti.
Una sensación de absoluta gratitud me llenaba el corazón, con aquellas simples palabras. Ese voto de confianza que iba más allá de lo que yo podría imaginar nunca. Aunque no impedirían que siguiera mi designio.
—Ya me has ayudado bastante —contesté, cuando ya se encontraba a una yarda de distancia—. Me has hecho ver lo que puedo hacer. Ahora lo controlo mejor, lo comprendo mejor. Y es por eso que me tengo que ir.
Pero su rostro expresaba claramente su desconcierto y sus celestes ojos su dolor.
—No lo entiendo. ¿Por qué...? —inquirió él suplicantemente y pensé que se merecía una buena explicación de mi partida.
—Tenías razón en que no fue casualidad lo que ocurrió con el tornado —dije, mirando de reojo el rastro de la catástrofe—. A veces me quedo quieta atendiendo a algo que no puedes oír. Una señal que me marca un camino que sólo conozco yo —añadí fijándome en sus ojos azules y sintiendo cómo los vientos empezaban a traer las nubes—. Y sólo sé que si no sigo ese camino sucederá algo que puedo evitar. Algo que hará daño a otras personas, a personas como nosotros. Algo como eso —añadí señalando el terreno horadado, a medida que el día empezaba a ponerse más y más gris, reflejando la tristeza de mi corazón.
—No tienes porqué hacerlo, nadie te obliga —exclamó él incomodo, acercándose un poco más. Y yo notaba que mi corazón ya no podía soportar un poco más, que acabaría por desbordarse.
—Nadie me obligó a salvarte —respondí dando un paso más, a medida que notaba otro latido llamándome rítmicamente. Quería explicarle mi deber, mi misión. Pero en aquel momento no me salían las palabras para hacérselo comprender. Decirle que ya había cargado antes con la muerte de mi padre, y no soportaría otra carga a mis espaldas—. No puedo quedarme con las manos cruzadas. Tengo que ir, sólo yo sé que va a ocurrir algo.
—No, ni hablar. No pienso dejarte escapar otra vez —exclamaba, él negando con la cabeza rabiosamente, mientras cerraba los ojos fuertemente debido al sufrimiento—. No vas a ir sol… —no pudo terminar la frase, porque quedó ahogada con mis labios.
Le besé en un arrebato, como el día que él me robó un beso en la colina que nos conocimos. Perdiéndome en la dulzura de ese beso, a medida que dejaba de sentir el paso del tiempo y de los cielos. Abrazándole con ternura por el cuello mientras me erguía un poco de puntillas para alcanzarle mejor. Él se dejaba llevar por ese beso, rindiéndose a continuar con la discusión. Y me rodeaba con sus brazos mi cintura, izándome livianamente para poder besarme con más intensidad. Cómo intentando retener a un pequeño pajarillo entre sus manos. Pero aunque nuestros labios marcaban el ritmo de nuestras caricias, su boca tenía sabor a amargas lágrimas no derramadas, mezcladas junto con la miel de sus labios.
—Te quiero —me declaré finalmente, unas palabras que se desbordaron del fondo de mi corazón, para acabar volcándose en mi boca, cuando nuestros labios se separaron brevemente. Me quedé mirando aquellos ojos añiles ensombrecidos por la pena.
—¿Qué significa? —preguntó él, sin soltarme ni por un instante de su desesperado abrazo, debido a que desconocía el sentido de esas palabras en el idioma de los Hopi.
—Cuando vuelva te enseñaré qué significa exactamente —le prometí, mientras le acariciaba el cuello suavemente. Observé como su semblante adquiría una expresión de asombro al oír mis palabras. Articulándolas sin sonido, moviendo los labios ligeramente. Al darse cuenta de que aquel no era el último beso, sino el primero de muchos que nos aguardaban—. Esto no es un adiós, sino un 'hasta luego'.
Y nuestros labios se conocieron de nuevo, pero esta vez más esperanzadoramente. No fue un beso de despedida, ni un beso desesperado. Sino un beso de perspectivas, de promesas por cumplir, de sueños por realizar y nuevas cosas que compartir. Así estuvimos besándonos bastante tiempo, dado ninguno de los dos quería concluirlo.
Un trueno resonó remotamente, señalando su final.
—Creo que aún necesito un poco más de práctica —exclamé con una sonrisa, observando sus labios marcados con el calor de los míos, así como él paladeaba el sabor de mi beso.
«Tenía que haber hecho esto mucho antes» pensé, lamentándome por un instante el tiempo que había perdido con mis dudas y inseguridades, mientras nos quedábamos abrazados el uno junto al otro.
—No me olvides, por favor —dije antes de separarnos momentáneamente. Mirándole tiernamente a sus profundos ojos azules que eran mi lugar—. Necesito saber que estarás aquí cuando vuelva —le susurré al oído, posando mi cabeza sobre su hombro mientras me mecía lentamente al compás de una música que él no escuchaba. Al compás de la llamada que no podía ignorar. Aunque él se dejaba llevar por mí esta vez.
—No te olvidaré —me prometió mientras nos separábamos, después de que dejase de sonar la danza.
Y mientras me alejaba de la casa los McKencie, observando el plomizo cielo que había sobre nuestras cabezas, supe cuál era el rumbo a seguir. No sabía exactamente cuando había comenzado todo esto. Tal vez fue el día que nos habíamos conocido, el día del eclipse. O cuando me mudé a este nuevo hogar, tras la muerte de mi padre. O tal vez estaba señalado mucho antes que todo eso.
Pero sí sabía cuál era el origen del camino que estaba siguiendo. La primera señal que había marcado el comienzo de algo más grande que yo misma, la noche que se convirtió en día. Aquel signo que había llamado mi atención una mañana de noviembre, al igual que al resto del mundo. Me iría a Nueva York para llegar al final de ese camino e impedir lo que fuera ha suceder. Un silbido agudo y penetrante a espaldas de mí, hizo que dejase a un lado esos pensamientos. Me giré al tiempo que oía un segundo silbido de Josh con los dedos y observé como ponía las manos alrededor de la boca para gritarme algo.
—¡TE QUIERO! —voceó a pleno pulmón, en Hopi, desde la distancia. Aunque el viento me trajo el sonido claramente—. ¡Te quiero! —repitió con menos fuerza su llamada, unos instantes después. Me despedí con un gesto de la mano, al tiempo que me giraba sonriendo.
«Al menos ya había aprendido los más importante» pensé con consuelo, mientras atesoraba ese recuerdo en el fondo de mi corazón. Un recuerdo que haría menos pesado mi deber y que me daría fuerzas cuando me flaqueasen. Mientras que caminaba a un destino que a cada paso estaba más cerca.
—Estés o no estés preparado, allá voy Nueva York —dije en voz alta mientras avanzada decididamente, bajo el soleado día que reflejaba mi sonrisa.
Nota de Traducción:
Te quiero en Hopi se dice 'Nu' umi unangwa'ta'
