Capítulo Final:
"Volando Del Nido"
Me encontraba enfrente del mar a la espera de algo que parecía imparable y demoledor. Algo que hacía que me sintiese igual que si cayera al vacío. Pero no tenía ni pizca de miedo, a pesar de que los vientos se iban haciendo cada vez más intensos y amenazaban con arrastrar mi fibrosa figura por el puerto marítimo. Estaba sola, completamente sola, pero en mi corazón palpitaban los recuerdos de todos los que habían significado algo importante en mi vida.
Mis padres, mi tío que era un segundo padre para mí, mi abuela que había acabado pasándome la herencia de nuestra familia. Y, por supuesto, había un lugar especial en mi corazón para Josh. Todos ellos estaban conmigo aunque yo estuviera sola. Todo el dolor, la alegría, el sufrimiento y el amor que me habían dado y que habían recibido latían ruidosamente en ese corazoncito que pugnaba por dejarse oír por encima del temporal.
Pero un sonido empezaba a acercarse, a mi espalda, de tierra adentro. Un sonido ancestral, la danza de la serpiente, que me atravesaba el cuerpo y hacia que palpitase aún más fuerte mi corazón. Y de repente ya no me parecía enorme aquello que venía a por mí, ni me parecía imparable. Se habían igualado las fuerzas y le iba a costar acabar conmigo.
—He venido a por ti —reté a los vientos que azotaban con vigor aquella zona sin hacer que me moviera ni un ápice, ni que huyera amedrentada—. Te conozco y te voy a vencer, Ulur… —continué diciendo a pesar de que mi voz no se oía con el vendaval. Pero el sueño finalizó antes de que concluyese la frase, cuando una gentil mano me agitó ligeramente para que me despertara.
—Ya hemos llegado al destino —me explicó amablemente una anciana que había viajado junto a mí en el mismo vagón que iba rumbo a Nueva York.
Oí de fondo la llamada de megafonía indicando de nuestra llegada a la Estación Grand Central de Nueva York. Intenté centrarme para darme cuenta de que no estaba durmiendo tranquilamente en mi habitación de Nuevo México. Me desperecé un poco mientras recogía la manta que me había abrigado, saliendo al andén de la estación.
Había sido un viaje bastante largo desde Clovis, tomando varias líneas de autobús de un estado a otro, hasta dar con este expreso directo a Nueva York. Pero por fin había acabado llegando a la que sería la primera parada de mi viaje. Pensaba que llamaría mucho la atención, una adolescente india viajando sola a través de nueve estados, pero no había sido así. No había tenido ningún problema en todo el trayecto, ni siquiera ahí en medio de esa estación, con una gran mochila negra y verde fosforescente en la espalda, nadie se fijaba en mí.
La verdad es que dudo mucho que llamara la atención con el ajetreo de personas en medio de la hora punta. Todo el mundo iba y venía de algún sitio, a un ritmo que me parecía demasiado acelerado. Tal vez fuese yo, la que estaba muy acostumbrada a la vida tranquila de Clovis. O era que ya estaba harta de ver tantas estaciones de autobuses y de comer la comida de las maquinas expendedoras.
Sólo conocía a dos personas en Nueva York. Una era mi tío Albert que trabajaba en Wall Street, y vivía en un loft con vistas a Central Park desde Manhattan. Y la otra persona era Mohinder Suresh en Brooklyn. Pero yo no tenía ni idea en ese momento de adónde dirigirme y tampoco sabía exactamente qué era lo que debía de hacer. Aunque sospechaba que tendría que ver con alguno de los dos. Así que me dirigí a una tienda de souvenirs para comprar un mapa de la ciudad antes de salir de la estación.
«Falta menos para el final del viaje» pensé mientras observaba brevemente la foto de Josh en Chicago, junto con sus primos a la entrada del estadio de los Chicago Cubs, en la billetera. Cuanto antes terminara lo que fuera que tuviese que hacer, antes podría regresar a mi hogar.
No pude resistirme a comprar una bola de nieve, con la imagen de la estatua de la libertad nevando cuando le daba la vuelta, al recordar fugazmente la oferta de Josh de viajar con él las próximas navidades para ver mi primera nevada. Pero en cuanto salí de la estación empezaron a asediarme las dudas, al ver la marea de personas que había en las calles. Temiendo que fuera a meter la pata de nuevo y provocara un tornado en medio de la calle 42.
«Confianza, recuérdalo» me decía, mientras veía que los cielos de Nueva York empezaban a ponerse más nublados a medida que se incrementaban mis temores. Tenía que tener confianza en mí misma, de la misma manera que Josh, y el resto de la gente que me quería, confiaban en mí. Así que me dispuse a buscar en el mapa dónde me encontraba exactamente, después de tranquilizarme un poco.
Antes de que llegase a pensar siquiera en la idea de dirigirme a Manhattan para visitar a mi tío, la llamada del destino sonó a través de los grandes edificios marcándome hacia el sur. Sin lugar a dudas hacia algún punto de Brooklyn.
Era un alivio que pudiese encontrar el rumbo exacto en medio de la inmensa urbe, mientras avanzaba por las calles, cruzando los gigantescos pasos de cebra y mirando de un lado a otro los escaparates de las tiendas. Lamentaba no poder detenerme un poco y disfrutar de aquella oportunidad de contemplar 'La Ciudad', de visitar por ejemplo Central Park o la estatua de la libertad de tamaño real. Pero notaba dentro de mí una sensación de acuciante urgencia que hacía que dejase a un lado todo lo demás. Y mientras seguía el insistente sonido que sonaba cada vez con más intensidad, aquella sensación se incrementaba a cada latido y redoble de tambor.
Me pregunté qué le iba a decir a Suresh, cuando ya estaba en el ascensor dirigiéndome al tercer piso del bloque en el que sonaba la música. Y cuando ya estaba enfrente del apartamento dieciséis, me tenía que convencer de que ese sonido sólo estaba en mi cabeza. Aunque parecía que retumbara a todo volumen al otro lado de la maltrecha puerta del apartamento. Cuando se silenciaron los tambores y los cánticos, indicándome que había llegado al final del trayecto, me dispuse a llamar a la puerta con los nudillos.
No llegué a tocar siquiera la madera, puesto que la hoja se abrió hacia dentro silenciosamente. Noté que el corazón se me aceleraba con una nueva efusión de adrenalina por aquel susto, quedándome con la mano suspendida brevemente en el lugar donde había estado la puerta. Pero no había nadie asomándose por la rendija de la puerta, o mejor dicho me pareció que no había nadie. Cuando bajé la mirada y vi a una niña de unos diez años con el pelo largo de color castaño cobrizo y unos ojos azules pensé que mi don me había fallado por enésima vez.
—Disculpa, creo que me he… —comencé a decir mirando de nuevo el número de la puerta.
«¿Era el apartamento 316, o el 613?» pensé intentando acordarme de la dirección que me había anotado Suresh en el libro que dejé en casa.
—No, no te has equivocado. Es aquí —exclamó la niña de los ojos azules, con una sonrisa burlona en el rostro, abriendo la puerta del todo y haciéndome un gesto para que entrara—. Estas buscando a Suresh, ¿no?
«¿Cómo demonios lo sabía?» pensé mientras entraba en el apartamento, detrás de ella. Y de pronto me dio la impresión de que estaba como en casa, tal vez fuera por que la vivienda tenía un cierto aire de desorden que me recordaba a mi habitación. O era el hecho de que la niña parecía comportarse como si me conociera y aguardase mi llegada.
—Ya ha venido —anunció la niña y en ese momento me percaté de la presencia de Mohinder en la habitación. Estaba casi igual que la última vez que le vi, aunque parecía que los meses que no nos veíamos le habían pesado lo suyo. Tenía unas ojeras bastante marcadas, aunque no había ni rastro de la barba. Y parecía bastante agitado mientras sostenía el auricular del teléfono en el oído.
Asintió al verme entrar por la puerta, sin ningún signo de sorpresa por mi repentina aparición en Nueva York. E hizo una señal a nosotras dos, con los dedos, cómo indicando que le dejásemos continuar con su conversación telefónica.
—Espera un momento, por favor —me pidió tapando brevemente el auricular. Y se dirigió a un rincón del despacho para hablar reservadamente. —. Sí, estoy aquí...
—¿Tu eres la chica del tiempo? ¿No? —preguntó repentinamente la niña después de cerrar la puerta a mi espalda. Se sentó en un sillón del apartamento, a la vez que me indicaba que tomase asiento.
«¿La chica del tiempo? ¿Suresh había estado hablando sobre mi don? ¿Así era como Suresh me llamaba a mis espaldas?» pensé lo último irritada, dirigiendo fugazmente una mirada ceñuda hacia la esquina en la que estaba Mohinder. Y me preguntaba qué otras cosas habría dicho de mí, desde que nos separamos.
—Me llamo Sparrow Redhouse —me presenté, dándole la mano tras sentarme. Pero tenía una extraña sensación dentro de mí, algo que me provocaba aquella chiquilla. Una sensación que me recordaba a las clases de tutoría de Josh, junto a sus dos hermanos pequeños. Algo que me hacía sentirme a gusto y a la vez extrañamente alarmada.
—¡...tienes que hacerme caso! ¡Necesito tu ayuda en esto! —nos sobresaltó la voz de Mohinder subiendo de tono en su conversación. Mientras se acercaba, con el teléfono móvil, a un mapa del mundo que había a un lado del despacho.
—Molly Walker —se presentó ella mientras volvía la mirada de nuevo hacia mí. Le devolví un apretón de manos bastante flojucho debido al pasmo. Me había hecho una imagen mental de la compañera de Mohinder muy distinta de la realidad. Pensé que tenía la misma edad que Suresh y por la manera en que había hablado de ella, lo que menos me había imaginado era que lo que estaba viendo con mis ojos.
—Al menos ocho de los que he podido encontrar están Nueva Orleáns. Sin ningún motivo, ni trabajo, ni familia, nada —se oía conversando Suresh a través de la línea telefónica, mientras examinaba minuciosamente el mapamundi. Y acto seguido se callaba para escuchar a su interlocutor.
—¿Vives aquí? ¿Con él? —pregunté estupefacta, señalando con la mirada a Mohinder. Me pregunté para mí misma, qué es lo que pintaba una niña de su edad a cargo de una persona como él. Y sobre todo cómo había acabado en esa extraña situación.
—Sí —contestó, asintiendo con la cabeza al mismo tiempo—. No se está tan mal como parece. Al menos sabe cocinar —añadió al ver que miraba en derredor, con una expresión de extrañeza grabada en el rostro.
—Pienso que es como el instinto de la polilla que va hacia el fuego —se oía de fondo a Mohinder, aunque ahora lo amortiguaba la puerta de su despacho. Mientras nosotras estábamos en un silencio incómodo debido a lo extraño de la situación—. Van ahí por una razón, para detener algo. Algo que uno de ellos puede impedir —se quedó en silencio unos instantes, escuchando la contestación de su contraparte—. No, no sé qué es… —se silenció inesperadamente al oír la replica—. ¿Si me equivoco…? Bueno, es igual que lo que le ocurre a la polilla con la llama… —añadió con un tono tajante, que me recordó a las últimas palabras que habíamos tenido.
—¿Eres como yo, verdad? ¿También tienes un don? —pregunté a Molly tras esos momentos de silencio. Lo notaba en mi interior, cómo latía de manera diferente mi corazón. O al menos cómo me parecía que lo hacía. Me di cuenta de que estaba conectada con ella debido a esa razón.
Era uno de esos evolucionados de los que me había hablado Suresh. Pero eso no explicaba el hecho de que viviera aquí con él.
—Encuentro personas —me reveló encogiéndose de hombros. Y cómo si se esperase mi reacción, señaló inmediatamente el mapa que Mohinder había estado observando—. Pienso en una persona y la marco en el mapa.
Me levanté del asiento para acercarme al mapa que me había indicado, para observarlo más detenidamente. Parecía un mapamundi normal y corriente, al cual se le habían pinchado chinchetas al azar. Tal vez marcando evolucionados ya visitados, había pensado en un primer vistazo. Pero al verlo a un palmo de distancia me percaté de que cada chincheta tenía un nombre sujeto. Y había muchos post-it pegados indicando varias direcciones.
Reparé en que había varias chinchetas con nombres en Nueva Orleáns, todas ellas con cordeles que comunicaban con otras partes del mapa. Y cuando Molly me dio un tirón de la manga de la cazadora, señalando un punto en el mapa, observé un cordel que unía el estado de Nuevo México con la ciudad de Nueva York. Y al final del cordel, una pequeña chincheta con una etiqueta que decía…
—Sparrow L. Redhouse —leí en voz baja y comprendí de golpe el significado de ese mapa. Así como el hecho de que mi llegada no fuera inesperada. Suresh y Molly hacían un seguimiento de los movimientos de todos evolucionados. Y cada chincheta, cada cordel, representaba el ir y venir de un individuo—. ¿Tú has hecho esto? —pregunté con la voz un poco tomada. Suresh no me había hablado acerca de un poder como este, cuando le vi hace cuatro meses. En cambio Molly solo se limitó a asentir con la cabeza afirmativamente.
Miré el mapa entre maravillada por el don de esta niña y horrorizada por esa trasgresión tan evidente de la intimidad de tantas personas. Pero no pude evitar echar un vistazo al estado de Nuevo México, donde había una chincheta que deseaba que no se hubiera movido por nada.
«Al menos no ha hecho una locura» pensé al ver la chincheta de Josh, con un etiqueta escrita a máquina indicando 'Joseph McKencie', y un 'Júnior' escrito a bolígrafo. Seguía en Clovis, aguardando mi llegada. Tal vez estaba siendo demasiado egoísta, pero era lo mejor para él. Podía llegar a ser demasiado peligroso el viaje y lo mejor que había hecho era no decirle a dónde me dirigía.
Suresh seguía hablando por teléfono aunque, por el tono de voz conciliador, parecía que estaban a punto de terminar la conversación. Pero yo me había fijado en un tablón de corcho con varias fotografías y recortes de prensa. Me sorprendí al ver una fotografía mía, del anuario escolar de hace dos años, de cuando me corté el pelo debido al estropicio que hizo mi madre con el tinte. Junto a la foto había un montón de recortes fotocopiados de periódicos de los últimos meses, mayoritariamente pronósticos meteorológicos de Clovis. Pero había dos cordeles atados a mi retrato, de la misma manera que en el mapa. Seguí con la mirada uno de ellos hasta una fotografía de Josh, sobre la cual estaba un post-it con su dirección marcada con un interrogante.
«Este tipo ata cabos de una manera muy literal» pensé, recordando cómo Suresh había estado molestando a la familia McKencie, con sus pesquisas. Continué siguiendo el otro cordel hasta algo completamente inesperado, una fotografía de mi difunto padre, procedente del archivo de las fuerzas aéreas. Junto a un pequeño recorte de prensa sacado de un diario dominical que estaba subrayado.
SE ESTRELLÓ AVIONETA EN AUTOPISTA
Tres fallecidos en accidente aéreo
Domingo, 4 de abril de 1999
Alburquerque, Nuevo México — Una avioneta se estrelló el pasado sábado cerca de la autopista interestatal, lo que provocó la muerte del piloto y dos pasajeros.
Según el control de tierra, el avión había despegado desde el aeródromo de Alburquerque y su plan de vuelo indicaba que se dirigía a Odessa, en el estado de Texas, cuando ocurrió el grave accidente.
El cuerpo del piloto, H.R. de 32 años, fue recuperado sin vida del interior del aparato, junto a dos empleados pertenecientes a una compañía papelera, a la espera de la autopsia que determine las causas del siniestro.
Aunque un primer examen ha revelado que las condiciones meteorológicas del pasado sábado afectaron al aparato.
La avioneta monomotor, modelo Piper P-28-A, se encontraba en perfecto es…
Arranqué el recorte de periódico del tablón leyéndolo un par de veces, fijándome en lo insignificante que resultaba ser la noticia, tan solo unas cuantas líneas en un periodicucho de poca importancia. Pero no era insignificante para mí en absoluto. Aquel suceso había marcado desgraciadamente mi vida y la de toda mi familia. Suresh ya había terminado su conferencia y se dirigía a una de las habitaciones en busca de algo.
—Siento no poder atenderte en este momento, Sparrow —exclamaba Mohinder por lo alto, mientras continuaba con su ritmo ajetreado—. Pero es que tenemos que irnos de viaje, urgentemente —prosiguió al llegar al despacho con una gran maleta y a continuación abrió uno de los cajones del escritorio y empezaba a sacar portafolios para meterlos en la maleta—. ¿Has metido el atlas y las demás cosas? —preguntó Suresh a Molly sin apenas dirigirme la mirada.
—Sí, lo he metido todo, no te preocupes —contestó ella con un tono de tedio—. Tú adivinas qué tiempo va hacer, ¿no es así? —me preguntó Molly ilusionada, mientras me guardaba discretamente el recorte de periódico en el bolsillo de la chaqueta.
—Ajá —afirmé con la cabeza levemente, viendo cómo Suresh iba y venía de las habitaciones llenando la maleta hasta los topes.
—Ya sé que es una grosería, pero… —comenzó a decir Suresh mientras intentaba cerrar la maleta, sin ningún éxito—. ¿Podrías decirme si va a llover? Es que la autopista de salida se hace imposible en cuanto caen cuatro gotas —añadió cuando la maleta se abrió de sopetón debido al exceso de carga.
—Eso depende… —contesté enigmáticamente, viendo que Suresh no se dignaba ni a mirarme—… de mí.
En ese preciso instante Suresh se quedó paralizado, tal vez por que acababa de cerrar con éxito la maleta o bien por que tuvo la impresión de que no había escuchado bien. Y el cielo se oscureció de manera repentina, pero ni por asomo casual, cuando Suresh desvió la mirada hacía mí. Quedándosela trabada con la mía, de la misma manera que meses atrás en mi hogar. Aunque en su rostro no había sorpresa, ni miedo, ni incredulidad.
Su expresión me recordaba a la de mi madre cuando terminó de hacer la cena de Acción de Gracias. De autentico júbilo, cómo si hubiera estado esperando a que el resultado saliera perfecto, y todas sus expectativas se hubiesen cumplido. Sólo que…
«¡...yo no era un pavo relleno metido en un horno!»
—¡Usted lo sabía! —le recriminé a voz en grito, vi que no se molestaba por mi severa acusación.
—No, solamente tenía mis sospechas —exclamó izando la pesada maleta y poniéndola en el suelo, mientras le miraba con el rostro rojo como un tomate—. Supuse que estabas reprimiendo tu poder de alguna manera. Por los análisis, había demasiada actividad sináptica y comprendí que había algo más detrás.
Al parecer Suresh también 'sabía algunas cosas' sobre la mente, al igual que mi abuela. Pero eso no quitaba que estuviera molesta por su forma de actuar. Parecía que, todo el que estaba enterado de mi verdadera aptitud, no se hubiera molestado en echarme una mano.
—¿Ahora ya lo controlas, verdad? —preguntó él con un ligero tono de miedo, asentí levemente como contestación—. Una vez me contaron que estas habilidades son como la experiencia de montar en bicicleta… —exclamó repentinamente mientras se ponía una chaqueta de cuero—… o como montar un puzzle. Acabas por encontrar una pieza que encaja, algo que te faltaba, y todo se hace más claro. Suele ser un recuerdo, un estado de ánimo o una emoción —continuó mientras recogía el llavero de un coche—. ¿En tu caso qué era?
—Un recuerdo —contesté lúgubremente, el recuerdo de la muerte de mi padre que había sido una espina en mi alma durante demasiado tiempo.
Suresh no insistió en preguntar qué recuerdo, tal vez intuyendo mi trauma infantil, o tal vez porque estaba realmente apurado de tiempo.
—Lamento que hayáis hecho el viaje en balde, tu familia y tú. Pero como ves no… —explicaba pausadamente, hasta que se percató de que no había nadie más que yo en el despacho—. ¿Has venido sola? —preguntó con una absoluta expresión de sorpresa en su rostro.
—Sí —contesté sencillamente, observé cómo Suresh empezaba a comprender que me había escapado de casa de mis padres para verle a él. —. He venido por un asun…
—Tengo que llamar a tu familia —profirió él, cogiendo la agenda de teléfonos y buscando rápidamente entre las fichas anotadas—. No tendrías que estar aquí, no tendrías que haber venido —continuó diciendo casi para si mismo, cuando encontró el número que estaba buscando y empezó a marcarlo en el teléfono del escritorio.
—¡Usted no lo entiende! ¡Debo de estar aquí y ahora! —le grité casi a pleno pulmón, colgando el teléfono con la mano, antes de que tuviera señal. Le id un fuerte puñetazo con la otra mano en el mueble. Llevaba dos días sin darme una buena ducha y sin dormir más de tres horas seguidas, y no era por gusto. Cuando podía estar tranquilamente en mi casa disfrutando de la semana de vacaciones de Primavera, con Josh. No haciendo este viaje—. ¡Es mi misión! ¡Tiene que hacerme caso!
—¿Tu misión? —repitió él incrédulo. Debido a aquel arrebato que había puesto tensa hasta a Molly—. ¿Tu imperativo evolutivo? —añadió segundos después con el mismo tono de incredulidad. Yo no entendía aquella mención al libro de su padre. Pero recapacité unos segundos y me di cuenta de que era la mejor definición.
—Algo parecido —contesté prematuramente tras serenarme, viendo cómo la expresión de Suresh adquiría un tinte crítico. En sus ojos había un brillo extraño, de suspicacia, mientras alternaba la mirada entre Molly, el mapa y yo. Susurró una palabra tenuemente, que me pareció que era 'migración'.
—Tu poder te dice donde ir… —acertó él, viendo como yo cabeceaba afirmativamente.
—…pero no me dice el por qué —concluí yo por él la frase. Tal vez no era buena idea que supiera todos los pormenores de mi don. Y por supuesto no le iba a insinuar la idea de que podía hallar a otros evolucionados. Mi abuela y mi padre me habían mantenido a salvo durante mucho tiempo, ahora era yo la que debía de cuidarse a si misma de los peligros.
—Tengo que llamar a tu familia —repitió él apresuradamente, aunque con la voz un poco tomada. Le di la espalda pensando que había sido una estúpida al confiar en tu tipo como Suresh. Vi de reojo cómo volvía a marcar el número en el teléfono, hasta que daba señal—. —¿Hogar de los Redhouse? Me llamo Mohinder Suresh… —exclamó mientras yo me dirigía, paso a paso, a la puerta. Si él no me iba a ayudar, encontraría el camino yo sola—. Es tú vecino, Josh —exclamó, tapando el auricular del teléfono, haciendo que me frenase un momento. Me quedé con la mano en el picaporte. Josh al parecer estaba preocupado por mí y había acudido a mi casa para estar al corriente de las ultimas noticias—. Póngame con la Señora Redhouse. Sí, su madre, por favor… Sí soy yo… No, no he llamado para preguntar por Sparrow… Ella esta aquí… Sí, en Nueva York… Sí, está bien… —contestaba de manera intermitente a las preguntas de mi madre, cabeceando inconscientemente. Podía reconocer su voz, a pesar de que fuera sólo un zumbido que sonaba desde el auricular—. Le he llamado para pedirle que Sparrow me acompañe en un viaje a Nueva Orleáns —exclamó repentinamente Suresh cortando el murmullo de mi madre. Yo me giré precipitadamente para mirarle a la cara, creyendo que había escuchado mal. Pero no había sido así, Mohinder me hizo un gesto que para que no me marchara.
—¡¿CÓMO QUE MI HIJA VA A IRSE A NUEVA ORLEÁNS CON USTED?! —se oyó nítidamente que gritaba mi madre al teléfono, aunque amortiguado por el escaso volumen del auricular, Suresh tuvo que apartar el oído ante semejante estrépito. Sonreí al ver la expresión de Mohinder, y segundos después volvió a auscultar el aparato, con cuidado eso sí.
—No, no se lo pediría si no pensara que es un asunto de gran importancia… —dijo Suresh, ofreciéndome el auricular del teléfono seguidamente. Pero yo le negué con la cabeza presurosamente, no quería recibir un sermón desde el otro lado de la nación—. Sí, lo haré. Descuide… —contestó Suresh, mientras yo me acercaba a la mesa del escritorio—. Sí, cuidaré de su hija, Señor Redhouse… —exclamó mirándome brevemente a los ojos. Y yo respiré tranquila al ver que mi tío, como otras tantas veces, respetaba mis decisiones—. Les mantendré informados —expresó segundos antes de colgar el teléfono.
—No lo entiendo. Usted decí… —comencé a decir mientras Suresh volvía a coger la pesada maleta.
—Si no me equivoco. Creo que tengo la respuesta al por qué de tu viaje —exclamó mientras abría la puerta del apartamento, conmigo detrás—. Ha llegado la hora de que conozcas en persona a los otros evolucionados —añadió él cerrando la puerta de la vivienda.
Y así he acabado yo, de viaje a Nueva Orleáns, con Mohinder contándome una historia que es casi imposible de creer. Narrándome la verdadera naturaleza de la extraordinaria explosión que iluminó los cielos de Nueva York. Y explicándome que ha estado investigando las migraciones de los individuos dotados genéticamente, buscando una pauta para su comportamiento.
Al parecer estaba equivocada en una cosa, no era la 'única' que seguía este camino. En los últimos días, un grupo de personas, todos ellos evolucionados como yo, y aparentemente al azar, han iniciado un insólito éxodo a Nueva Orleáns. Guiados de manera inconsciente por las circunstancias de la vida. Sin saber siquiera que han coincidido en el mismo momento y en el mismo lugar, y sin ser conscientes de lo que les une realmente.
En realidad, ahora que lo pienso, yo no he metido la pata realizando este viaje. Soy la 'única' que conoce realmente este camino, que puede afirmar perfectamente que no es una coincidencia. Ese es mi don, al fin y al cabo. Y ahora nos dirigimos a esa ciudad, en intento de reunirlos a todos ellos, y aclarar la amenaza que todos han presentido en su corazón. Para encontrar al único entre todos ellos que pueda pararlo.
[…]Todos los vuelos han sido cancelados, ante el aviso que ha dado el instituto Nacional de Meteorología. Uluru, cuyo paso por Miami, en la península de Florida, como tormenta tropical apenas tuvo incidentes. Ha pasado a ser huracán de categoría dos, en su transcurso por el golfo de México. Se espera que alcance la categoría tres a su llegada a Nueva Orleáns en las próximas horas, cuyo plan de evacuación está en marcha. Este sería el segundo Huracán que azota a esta ciudad del Estado de Louisiana, desde que fuera devastada en el 2005, por el Kat…[…]
Se escuchaba en la radio del coche de Suresh, antes de que la desconectase. Ya habíamos entrado en el estado de Mississippi, después de casi dos días marchando en coche. Observé a través del espejo retrovisor la expresión de Mohinder ante la noticia, sus dudas al ver que tenía razón. Cómo si en el fondo esperara que todo hubiese sido una falsa alarma.
Así que comienzo a relatarle la historia de estos últimos meses sin verle, para tranquilizarle y despejar toda incertidumbre que tuviera. Si bien es cierto que no le he dicho ni una sola palabra sobre el secreto de mi familia, ni de la familia McKencie. Sólo le revelo lo necesario para que continúe, y no acabe cambiando de sentido a la primera oportunidad. Mientras tanto observo a través de la ventanilla del coche las nubes de tormenta acudiendo desde más de cien millas a la redonda y escucho el sonido de los tambores al frente de nosotros sin ninguna duda. Pienso enfrentarme a la amenaza con sus mismas armas. Viento contra viento, marea contra marea, tormenta contra tormenta.
—No se preocupe, podré hacerlo —le aseguro, tras contarle casi toda la historia, cuando ya estamos a media hora de Nueva Orleáns y él coge el desvío de la autopista. Seguidamente echa un vistazo al asiento del copiloto, donde Molly yace dormida y exhausta.
Yo mientras recapacito acerca de todas las vueltas que ha dado mi vida, de todas las cosas que hecho. Y de las que me quedan por hacer. Aún tengo que ordenar de una dichosa vez mi cuarto, ver mi primera nevada de verdad, mi primer partido de los Chicago Cubs, conocer a mi futuro hermano, enseñarle a montar en bicicleta, aprender a bailar y sobre todo me queda por enseñar a Josh el idioma de mi corazón.
Una frase sale quedamente de mis labios, en el idioma de los Hopi, al ver la llegada del final del camino. Al ver que finalmente voy a conocer cómo acaba ese sueño que tantas veces me ha incordiado.
—Aún me queda mucho camino por recorrer.
FIN
