Primer Año: ¡Perro malo!
—¡Ese maldito hijo de...!
—¿De qué, Severus? —preguntó el director mientras entraba en la sala de profesores, momento que aprovechó Filch para salir rápidamente debido al humor en el que estaba el profesor de pociones.
—¡De Potter! —gritó Snape, como si fuera eso justamente lo que estaba a punto de decir.
—¿Sucede algo con él? —preguntó el hombre, sentándose frente a él.
—¿A parte de su completa falta de neuronas? ¿su incapacidad para entender que si nadie responde al otro lado de una puerta NO debe entrar? —fue ofreciendo el profesor, su voz convirtiéndose cada vez más en un siseo.
—¿Debo entender que el joven Harry ha entrado aquí estando tú dentro y eso... te parece mal? —ofreció el hombre, por su tono dejando claro que Snape se estaba quejando por algo que no tenía ninguna lógica: todos los alumnos podían entrar en la sala de profesores mientras hubiera un profesor en ella.
—No así —gruñó Snape entrecerrando sus ojos—. Él no sabía que yo estaba aquí, por tanto es como entrar sin que haya nadie.
—Pero estabas —acotó el director—. Seguramente te vio entrar...
Snape se pinzó el puente de la nariz, sintiendo una migraña venir. Como si no tuviera suficiente con el mordisco de ese maldito perro. Dumbledore iba a defender a ese maldito mocoso hiciera lo que hiciera. Seguramente incluso le daría una palmadita en la espalda si de pronto le decía que quería ser el segundo Lord Oscuro... sí, ya lo estaba viendo.
—De todos modos, veo que nuestro querido Fluffy te dejó una herida algo dolorosa —le sonrió el director cambiando de tema mientras a Snape le chirriaban los dientes ante el uso de la palabra "querido".
—Si tan solo me dejaras usarlo para experimentar con pociones... o hacer varias pociones con las partes de su cuerpo —medio refunfuñó Snape, levantándose la parte que cubría la herida y sacando su varita para lanzar algún hechizo que al menos aliviara el dolor.
—Oh, ya sabes que a Hagrid no le gustaría eso —le sonrió el hombre, inclinándose hacia delante y palmeando la rodilla de la pierna herida, logrando que Snape siseara y cerrara sus ojos, conteniéndose de mentar toda la familia de Dumbledore en ese momento—. Bueno, debo irme. Trataré de hablar con Fluffy para que no te tenga tanta manía —le aseguró mientras se levantaba y salía de la sala.
Snape solo pudo imaginar al director ofreciendo un caramelo de limón por cabeza a ese estúpido perro. Y lo iba a tener bien merecido si una de las cabezas le rebanaba la mano de la 'emoción'.
Gruñó por lo bajo, sabiendo que eso no iba a pasar. Los locos siempre tenían suerte.
