Primer Año: Pirómanos
—Esos malditos y estúpidos mocosos —gruñó Snape entrando en sus aposentos, sacándose la túnica y tirándola al suelo con rabia.
Sabía que habían sido ellos, Potter no, suficiente tenía con estar aguantándose en el aire... ¡Suficiente tenía él tratando de contrarrestar el maleficio!
Pero estaba convencido: o el último hijo macho de los Weasley (esperaba, aunque siempre cabía la posibilidad que tuvieran Otro) o esa sabelotodo de Granger...
—Granger... —murmuró despacio, sus ojos entrecerrándose. Sí, tenía que haber sido ella. ¿Pero por qué? Eran estúpidos, los tres, pero no lo suficiente como para tratar de gastar una "broma" cuando su amigo corría el riesgo de estamparse contra el suelo.
—Ah, Severus —una voz conocida y la única persona que se atrevía a entrar sin llamar apareció—. Tan entretenido partido el de hoy, ¿no? Por lo que tengo entendido con fuegos y todo —le sonrió mientras Snape entrecerraba sus ojos sin verle la maldita gracia.
—Fue Granger —sentenció él directamente, sin ninguna duda pese a la completa falta de pruebas.
—Vamos, vamos, ¿a caso lo viste? —le preguntó mientras él mismo se depositaba en una de las sillas sin pedir ningún tipo de permiso.
—Fue ella y punto —insistió él, no le iba a hacer cambiar de opinión, sabía perfectamente que había sido ella.
—Bueno, al menos así no la puedes acusar de lo que le pasó al joven Harry... aunque debo admitir que eso de coger la Snitch con la boca al final fue sorprendente. De hecho lo más parecido que llegó a pasar creo que fue en uno de los partidos oficiales en el año...
—Dumbledore —lo cortó Snape con un suspiro—. SÉ perfectamente que los amigos de Potter no tratarían de matarle, por mucho que yo les pudiera llegar a prometer cien puntos a su casa por ello. Alguien estaba intentando hacer que Potter cayera y era alguien suficientemente poderoso —explicó poniéndose más serio, su irritación yéndose por un momento.
—Pero no tanto —sonrió el director, logrando que Snape arqueara una ceja, sin entender—. A fin de cuentas... pudiste detenerle.
—No sé si tomarme eso como un halago o como un insulto —gruñó el profesor de pociones, esta vez siendo Dumbledore el que arqueó sus cejas—: Si es fuerte pero yo pude detenerlo y lo dices como un cumplido... todo bien PERO si realmente crees que no es tan fuerte porque yo puedo detenerlo... es que crees que yo soy ¡débil! —le remarcó.
Dumbledore rió ante eso.
—Ah, Severus, siempre buscando los cien pies al gato —dijo, levantándose para irse—. Estate tranquilo, me encargaré yo mismo de investigar lo sucedido.
Snape gruñó, esperaba que fuera lo de la escoba de Potter y no lo de la combustión espontánea de su túnica.
