Primer Año: Los Directores merecen divertirse

—¡Tú...! —gritó Snape entrando en el despacho del director, señalándole indiscriminadamente con su dedo.

—Te aseguro que no soy otra persona —sonrió Dumbledore sin inmutarse por eso.

—El partido... lo sabías... me dijiste que no pero... y fuiste... y yo tuve que... —trató de decir el profesor, pero se encontró que esta vez quería decir demasiadas cosas y no las estaba colocando en el orden correcto—. ¡Dijiste que no irías al partido! —gruñó una vez organizó sus pensamientos.

—Bueno, al final hubo un cambio de planes, realmente fue de los partidos más cortos de la historia —le aseguró Dumbledore—. ¿Un caramelo de limón?

—¡Me ofrecí a arbitrar porque dijiste que NO irías! —siguió Snape, demasiado encendido como para prestar atención al pequeño dulce de limón.

—Mis compromisos cambiaron —siguió el director con la misma sonrisa.

—Lo hiciste a propósito —siseó al final, volviendo a señalarle—. Te pregunté si irías al partido, dijiste que NO y por tanto me puse como árbitro para poder controlar mejor la situación porque TÚ no estarías.

—Te aseguro que si llego a saber que te molestaría tanto mi presencia no hubiera ido, querido Severus —aseguró el hombre, la sonrisa bien plasmada en sus labios en todo momento, viéndose bastante entretenido.

—¡Los gemelos del demonio casi me tiran de la escoba TRES veces! —acusó Snape, dejando claro que todo, completamente todo, era culpa del director y de nadie más.

—Realmente son una pareja divertida.

Snape tomó aire.

Los dos días siguientes el honorable director Albus Dumbledore no oyó bastante bien, eso sí, iba con una radiante sonrisa en sus labios.