8 de octubre.
Sólo hay una manera de describir a una semana como ésta: excelente. El sábado pasado creí que no tardaría en volverme loco, y a mitad de semana pensé que no lograría sobrevivirla, pero las cosas no han salido tan mal como lo pensé… nada mal en realidad.
Resulta que hace justamente una semana, por primera vez desde que el torbellino Tomoyo llegó a mi vida hace casi 3 meses, hice lo que al parecer tenía que haber hecho desde un inicio: hablar de manera CLARA con ella (sí, con mayúsculas). Le comenté sobre mis sospechas de que alguien nos había jugado una maldita broma pesada, pero también le corroboré que todo cuanto le había dicho (mi declaración y todos esos detalles vergonzosos que prefiero omitir sobre ese día) era verdad. ¿Qué pasó? El alivio total. Mi conciencia quedó limpia y descubrí que ya no tenía nada que temer respecto a mis secretos, ¡porque ya no tenía ninguno! Tomoyo sabía lo que tenía que saber y con eso me bastaba, así que me pude enfocar en mi siguiente objetivo: vengarme de los zopencos que tramaron esa estúpida broma para ponerme en evidencia contra ella.
Y la venganza es dulce, vaya que lo es: el primero en caer fue Sohma-san con su muy conocida obsesión por sus preciados trajes. Sé que está mal disfrutar de la desdicha de otros –y la de este sujeto fue magistral cuando creyó que su pieza favorita había desaparecido para siempre-, pero la verdad ya me debía bastantes y, es más, creo que esa deuda aún no queda saldada. La siguiente fue Fujioka-san quien, como toda mujer, ama sus 40 mil pares de zapatos (o no sé cuántos le quepan en ese enorme par de maletas), de manera que no me costó trabajo hacer el "plan de ataque" en cuanto supe que había comprado uno nuevo para la noche de gala. Por cierto, si tuviera que escoger entre cualquiera de los dramas que armaron esos dos, creo que simplemente me quedaría con ambos. A fin de cuentas, acepto que lo que hice fue algo infantil, pero eso no me va a quitar el placer de haberlo hecho y eso es lo que importa.
Por otra parte, el asunto de Tomoyo continuaba en pie. Cada día que pasaba me causaba más ansiedad respecto a ella y eso comenzaba a causar algunos estragos en mi cabeza. En cierta forma estaba calmado, sabiendo que no podía hacer nada más al respecto, pues no quería presionarla, pero no dejaba de sentir el temor de que las cosas así quedarían: como una declaración infructuosa y una amistad a medias. Intenté incluso estar tranquilo cuando la veía y actuar como si todo estuviera en orden para que ella no se sintiera incómoda, pero aún así ella siempre estaba bastante nerviosa cerca de mí y yo no tenía idea de qué hacer al respecto. En realidad, no sabía si todo eso era bueno o malo… hasta hoy.
Resulta que hoy fue el concierto de clausura; es decir, tuvimos nuestra última presentación de la temporada, y al final de ésta hubo un evento de gala en la recepción del teatro para brindar por lo bien que ha resultado la gira y todo en general. En fin, luego de las múltiples felicitaciones, buenos deseos, palabras de agradecimiento, fotografías, bromas, etc., regresé a la sala de teatro para sentarme en uno de los mullidos sillones, en las hileras del medio (un momento, ¿mullidos? A veces escribo como si en verdad se tratara de una novela). Me gusta imaginarme cómo aprecia la gente normalmente nuestras presentaciones desde las butacas. Es increíble pero, aún cuando un coro se trata de algo meramente auditivo, lo visual también es un factor importante. En fin, para no hacerla más de emoción (no sé a quién, a menos de que se me ocurra la pésima idea de leer mi diario a mis nietos dentro de 40 años… lo cual no sucederá), estaba ahí sentado, disfrutando de la copa de vino tinto que me adjudiqué en la recepción, cuando escuché que los asientos de la fila de atrás se removían, y descubrí que ella (sí, Tomoyo, ¿quién más?) caminaba para acomodarse en el sitio justo detrás del mío. Se veía tan fabulosa con su vestido de gala que di gracias a las 3 o 4 copas que me había tomado antes, de lo contrario me hubiera puesto a sudar como puerco, sonriendo como un geek frente a un videojuego o babeando como un coleccionista frente a la última pieza de su colección.
Bueno, sinceramente no recuerdo exactamente cuál fue mi reacción. Creo que me puse un poco rojo, pero dentro de todo estaba tranquilo mientras ella me sonreía, nerviosa. Lo increíble (lo perfecto, diría yo), es que ella no hizo nada que yo hubiera podido esperar que hiciera, y mucho menos la forma en la que lo hubiera podido imaginar: ella se sentó y bajó un poco la cabeza, pero cuando vio que la estaba mirando agarró mi cabeza entre sus manos y me giró bruscamente hacia el frente, advirtiéndome muy seria: "quédate así, ¡ni se te ocurra voltear!" Yo le hice caso (aunque no dejé de pensar que algo se le había zafado a esa muchacha) y me dediqué a mi vinito. Ella comenzó…
… y cuando me di cuenta de lo que estaba sucediendo hice algo que quizá no debí haber hecho, pero la verdad me da igual, porque ahora sí puedo escribir tal cual cada cosa que me dijo: activé la grabadora de mi celular. ¡Oh sí! Soy un genio y esta vez lo digo en serio (mientras ella no se entere y me haga lamentarlo). Y el asunto fue el siguiente (después de los primeros segundos que no pude grabar, pero que fueron algunos tartamudeos y divagaciones de su parte):
"…pues toda esta semana he estado pensando al respecto," lo que yo le dije "y la verdad es que no ha sido fácil."
"Tomoyo, te dije que no tenías que sentirte presionada" respondí yo como buen amigo resignado que soy. Recuerden que yo soy el bueno de la película.
"No, tranquilo, tú no me presionaste… sino yo" un delicioso silencio, "es que, a pesar de todo, no me gustaría perder tu amistad."
De acuerdo, voy a aceptarlo: esto fue como una piedra de 10 kg sobre mi cabeza. ¿A qué hombre en su sano juicio le gusta escuchar algo así después de haberle declarado a una mujer sus sentimientos? Pero ahí va el bueno de Touya otra vez, sonriendo como un pedazo de cartón (aunque era inútil, porque de todas formas no podía voltear a verla) y diciendo: "Oye, por nuestra amistad no te preocupes, yo entiendo que te sientas…"
Y ella me interrumpió, ¡oh, gracias a Dios que me interrumpió, porque no tenía una maldita idea de lo que tenía que decir!
"Pero me gustaría arriesgarme, porque yo me siento igual que tú".
¡Dios existe! Yo estaba brincando por dentro, como si fuera delantero del Verdy (1) celebrando el gol para su primera victoria en siglos, aunque por fuera me limité a morderme la boca por completo para no gritar. No obstante, todavía me hice el que no entendía: "¿Igual que yo?"
"Pues… tú también me gustas"
¡Las palabras mágicas! La hubiera abrazado en ese momento de haber podido, pero había prometido quedarme quietecito.
"Entonces... ¿Aceptarías salir conmigo, mejor amiga del monstruo?" pregunté con una sonrisa casi guasona en el rostro. Ella no respondió inmediatamente, pero la escuché levantarse. Creí que se iba a cambiar de fila para llegar a mi asiento, pero simplemente se inclinó hacia mí desde donde estaba y me dio un beso que me dejó la mejilla helada y me subió el corazón a la garganta (y yo que creía que eso era una exageración). Luego respondió: "Sí, hermano gruñón de mi mejor amiga".
Gol. 2-0 a favor. Pero decidí que no me iba a conformar con eso, así que me levanté y finalmente la encaré, viendo que ella estaba roja como un tomate (y quizá yo también, aunque podría culpar al vino).
"¿Llamas a eso un beso? Creí que querías arriesgarte" (hasta me sentí James Bond con esa frase) y la besé como Dios manda, en la boca, primero muy suavemente para sentirla temblar como una niña y luego… pues como hace siglos quería besarla y, siendo sinceros, es como estar en la gloria. Luego de eso nos abrazamos y nos hubiéramos quedado platicando hasta el amanecer si no hubiera entrado el zoquete de Shinto-san a llamarnos porque ya nos iban a cerrar el teatro. De todas formas continuamos platicando en el bar del hotel cuando regresamos, hablando sobre lo que tuvimos que pasar para darnos cuenta de lo que sentíamos, sobre si le diremos a Sakura y cómo lo haremos, y analizando si debíamos informar al coro al respecto o esperar un poco más (de cualquier forma se enterarán). Platicamos sobre lo que pensábamos uno del otro hace 10 años y cosas así. Hace apenas una media hora que nos despedimos (lo primero que hice fue llegar a prender la lap para escribirlo todo) y, a pesar de que nos veremos mañana (bueno, al rato, porque ya son casi las 5 de la mañana), no sabíamos cómo despedirnos, cual mocosos adolescentes.
En resumidas cuentas: ¡Estoy feliz! Es como si la vida hubiera decidido ser un poco menos cruel y comenzara a darle algunas lindas sorpresas al buen Touya. De hecho, si estuviera lloviendo me saldría a bailar y cantar como Frank Sinatra (bueno, solamente cantar, porque lo de bailar no es lo mío). No fue fácil, y aún me parece increíble todo lo que tuvimos que pasar para llegar a esto, así como tampoco sé cómo resultará nuestra relación ni a dónde nos llevará, pero sé que valió la pena… y ahora no puedo esperar a ver las caras de los demás idiotas cuando vean que, a pesar de todo lo que hicieron para evitarlo, lo logramos.
Por otra parte, la cara que no quiero ver es la de Yuki cuando regresemos a Kyoto… ya casi puedo escuchar su voz cuando me diga "te lo dije".
(1) Tokyo Verdy es un equipo real de fútbol con pésimas rachas e incluso un descenso a segunda división, de donde no se ha recuperado.
Notas de la autora: los comentarios vienen en el siguiente capítulo
