Será un fanfic más o menos largo, así que agarren sus palomitas y disfruten. Estoy enferma y, para mi fortuna, no tendré las clases respectivas de mañana. Por eso accedí a subir este otro capítulo.

Con la barriga llena…

Luego de las clases de literatura, los niños acólitos se dispersaron por el patio frontal de los "salas de las ideas", que consistía en una serie de salones pequeños en donde los infantes tomaban clases de diferentes materias; música, danza, artes, literatura, lenguaje, matemáticas y, la favorita de muchos, la clase de repostería que impartía el mismísimo avatar Aang. Quizás la alumna más destacada de dicha materia era la pequeña Pema, quien adoraba hacer pasteles de rellenos frutales, glaseados diversos, y por supuesto, reír y meterse en problemas junto con aquel legendario ser que todos llamaban "avatar", que algunos llamaban "maestro", y que los niños llamaban "Tío Aang". Puesto que los deberes del consejo y la ciudad eran atendidos por Tenzin, el avatar contaba con un poco más de tiempo libre para diferentes actividades, tanto para convivir con los acólitos del templo, así como con aquella mujer que todos sabían cuán adorable era, y al mismo tiempo, poderosa, y dueña de la atención del avatar Aang: Katara.

-El maestro Tenzin sí que sabe declamar poesía – comentó Jinora, haciendo maromas sobre el pasto del jardín de los salones, observando a Pema devorando un trozo de hoja con un fragmento leído en clase.

-Es inspirador, ya lo sé Jin – respondió la niña, quien no evitó dar un pequeño suspiro.

-Y alguien tenía ojos románticos en la clase…

-No es cierto.

-Sí es cierto.

-¡Que no!

-¡Que sí! No dejas de hablar del maestro Tenzin desde que cumpliste ocho años. Y eso fue hace como – la niña hizo un ademán con los dedos, contando los días que habían pasado desde que eso ocurrió –, como seis o siete días.

-Es que es tan inteligente y… y lo sabe todo. Y sus palabras… es hermoso – Pema se atirantó sobre el pasto.

-Presumida. Sigues así porque prometió que algún día se casaría contigo.

-Estás celosa.

-No es cierto. Pero es muy viejo, y su novia ya es grande y es muy bonita.

-¿Dices que no soy bonita?

-No es eso. Es que ella es de su edad… El maestro Tenzin es un anciano.

-Nadie es un anciano. Ni el tío Aang lo es… No sé por qué te cuento estas cosas.

-Porque soy tu mejor amiga, y porque me quieres – sonrió, regalándole un ligero puñetazo en el hombro. Ambas rieron.

Tras levantarse de aquel pequeño empastado, las dos niñas corrieron a lo largo de los espaciosos pasillos de la escuela, en donde habrían de ir a tomar clase de pastelería.

-Bien, pequeños. ¿Cuál es la parte más importante de un pastel? – preguntó Aang, colocándose un delantal y una mascada.

-¿La harina? – Dijo Jinora.

-¿Las frutas? – preguntó alguien más.

-Todos esos elementos son importantes – contestó el avatar –, pero se están olvidando de uno muy importante. No tienen idea de qué tan importante es…

-¿El amor? – sugirió Pema.

-Exacto. ¡Eso es lo que mueve a todos los que cocinan un pastel! Dicen que con una barriga llena tendremos un corazón contento… ¿Ustedes no quieren un corazón triste, cierto?

Todos negaron, aunque la sola idea de decir la palabra "amor" provocaba náuseas en varios de los acólitos, mientras que a muchas niñas les parecía algo tierno, incluso destacable.

-Entonces, hoy vamos a cocinar un delicioso pastel con mermelada de higos del desierto. Y otro ingrediente que no deben de olvidar: la diversión.

Era imposible no motivarse con la sonrisa pacífica que emanaba del rostro del maestro legendario, y en la misma forma en la que sonreía, los pasteles se esponjaban excepcionalmente, con un volumen sublime que provocaba a cualquiera. En cuanto todos los pequeños acólitos tomaron los diferentes enseres de cocina, y cuando los pasteles comenzaron a tomar forma, alrededor del templo se dejó oír un aroma que delataba a esa peculiar clase de cocina, puesto que pocas veces se encendían los hornos bajo la dirección del avatar Aang y, cuando ello sucedía, se volvía una ocasión especial.

Con las narices pintadas de harina, las manos pegajosas de diferentes tipos de azúcar y algunas risas, los acólitos sacaron los pasteles de los hornos de piedra, lo que también causó que muchos más acólitos se acercasen a esa zona en especial, incluyendo a Katara, quien dejó algunas de sus actividades de la Orden de Loto Blanco para indagar en la clase de su esposo.

-¡Miren estos pasteles! Todos se ven deliciosos. Y el secreto está…

-¡En el centro cremoso! – exclamaron todos al mismo tiempo, sacando sus cucharas para engullir todos los exquisitos manjares, excepto por una niña. Aang, al ver que la pequeña Pema veía su pastel con cierta rareza se acercó a ella:

-¿Qué sucede, Pema? – preguntó.

-Nada. Es sólo que – la acólita resopló con un tanto de duda.

-¿temes no poder comértelo?

-Temo que no le guste al maestro Tenzin. ¿Y si no le gusta?

-Seguro que a él le gustará. Adora los pasteles de frutas, y el de higo es su preferido.

-¿De verdad? – su cara se notaba un poco más animada de nuevo.

Aang asintió.

-Es un glotón. Le encantan los dulces y los come a escondidas, pero quiere pensarse como un chico rudo.

-A Pema le gustan los niños rudos – se entrometió la pequeña Jinora, provocando en aquella una mirada furibunda, y en Aang una risilla.

-Entonces sé que le gustará este pastel…

-¿Lo probaría? – pidió Pema, esperando la aprobación de su tutor en repostería, quien de inmediato engulló un trozo de ese sabroso postre, que de inmediato causó una sorpresa inmensa al saber el talento que la niña poseía.

-¡Es delicioso! Apuesto que adorará tu pastel, Pema – dijo, despeinando juguetonamente los flecos de la acólita –. Es exquisito… Apuesto a que lo hiciste con el "elemento sorpresa", ¿Cierto?

Pema asintió.

-¿Y tú para quién hiciste tu pastel, tío Aang? – preguntó Jinora.

-Para alguien muy especial. Por eso lo hice con amor…

Desde el alféizar, Katara arrojó una mirada de ternura hacia su esposo, seguida por una sonrisa sincera y cálida que sólo a él le derretía. Aang se dirigió hasta donde se encontraba ella, proporcionándole una cuchara:

-Para ti, cariño – exclamó, brindándole un beso en la mejilla. Aquello causó revuelo inmediato: ternura en las niñas, algunos niños sintieron ganas de vomitar, mientras que Katara y Aang salieron del lugar. Luego de que el avatar diese la orden de limpiar, entre los acólitos adultos y el resto de los infantes levantaron un poco del desastre que habían dejado luego de una pequeña pelea de harina, producto de las travesuras de todos, y por supuesto, de Aang.

Empero, a Pema no le interesaba levantar un desastre como aquél, dado que contaba con el sello de calidad del avatar, quien le aseguró que ese pastel sería el ideal para ese curioso hombre llamado Tenzin.

"Barriga llena, corazón contento" pensó la niña, quien al vaivén del cepillo, fregaba varios de los trastos que habían quedado sumamente asquerosos.

O-O-O-O-O-O-O-O-O

Luego de un día atendiendo los asuntos esenciales del consejo, Tenzin arrojó sus togas hacia el canasto de la ropa sucia; frotó sus ojos con la palma derecha en clara señal de fastidio. Lanzó los zapatos por debajo de la cama. En eso, su estómago comenzó a rugir, pero estaba consciente de que a esas horas de la noche nadie habría de estar disponible en la cocina.

-Tengo mucha hambre – dijo para sí –. Es mejor no cenar pero, a este paso pronto morir…

Sin embargo, cuando el joven maestro volteó accidentalmente hacia su mesilla de noche, encontró un trocito de salvación, y mejor aún, una salvación dulce. Sobre de él se hallaba un simple tenedor, así como un vaso con té de jazmín.

Tenzin sonrió inmediatamente, recordando que esa misma tarde hubo clase de repostería… Aunque su semblante se volvió un poco nauseabundo cuando de inmediato pasó por su cabeza alguna imagen de lo que pudo suceder con sus padres poco después de ello. No obstante, cualquier persona envidiaba la relación que esos dos llevaban.

En el momento, Tenzin no tomó mucha importancia sobre quién pudo haber dejado aquel mensaje sobre el relleno cremoso de higo, que sin duda era su favorito y, por alguna razón poco racional, le hacía creer que de verdad era un pastel casi especial, cual si hubiese sido hecho única y exclusivamente para él y para nadie más.

Pronto, el pastel feneció ante el hambre voraz de Tenzin, quien no dejó migaja alguna sobre la charola. Después de todo, algún espíritu benefactor le había ayudado aquella misma noche. ¿Quién habría sido, pues, ese o esa que había endulzado su día? Hasta donde recordó, ese día no había sido su cumpleaños, dado que Aang solía hornearle algún postre en esa ocasión.

No, claro que no estaba cumpliendo nada, y Lin ni siquiera sabía hacer pasteles.

-Sea quien haya sido… Gracias – susurró, y enseguida, el maestro aire se dispuso a entrar a la ducha.

O-O-O-O-O-O-O

-Buenos días Tenzin – saludó Katara en cuanto su muchacho entró a la cocina. No se levantó a saludarlo propiamente, dado que se hallaba cortando algunas rodajas de apio.

-Buenos días, madre – respondió, brindándole un beso en la mejilla.

-Regresaste tarde anoche, ¿Cierto?

-Sí. Los ancianos del consejo pueden ser…

-¿Molestos? Te entiendo. Son ancianos, como tu madre.

-Tú no eres anciana, madre. Sólo que no los entiendo…

-Cosas de política, hijo. E imagino que saliste a cenar con Lin, ¿Cierto?

-No.

-Se nota que cenaste anoche. Pensé que tal vez te habías ido a la cama sin alimento, pero tu cara me dice todo lo contrario.

-¿Entonces tú no dejaste el pastel de higo en mi cuarto?

De repente, Katara recordó las palabras de Aang, quien le había comentado sobre el singular interés de una pequeña niña hacia su muchacho, y más, cuando le contó sobre el exquisito pastel que la pequeña Pema había cocinado sólo para Tenzin:

Pema y Jinora se había adentrado a la zona de los dormitorios. Ambas niñas se acercaron a la habitación de Tenzin, y una vez estando allí, Aang las encontró:

-¿Qué sucede aquí, damas? – preguntó.

Las pequeñas, más que nerviosas, no encontraron forma de excusarse sobre su actuar. Aang sólo sonrió.

-Se le está olvidando esto – dijo, extendiendo la mano con un vaso de té helado de jazmín.

-¿Tío Aang? – exclamó Pema, extrañada.

-Pensaba tomarlo ahora mismo, pero sé que Tenzin llegará algo tarde, y se sentirá sediento… Lo necesitará más que yo y, apuesto que con el pastel se llevará muy bien. ¿Les apetece un té helado con galletas?

Ni Jinora ni Pema terminaban de entender por qué Aang las estaba ayudando… Pero de alguna manera, no les era una actitud ajena.

-Quizás tu papá sepa algo – contestó Katara, sin dejar de lado su tarea.

-¿Mi papá dejó el pastel?

-Lo dudo. Pero él anda por todos los rincones del templo…

-¿Y sabes en dónde está?

Katara se encogió de hombros.

-Tal vez está meditando. Cuando desperté, ya no estaba. Pero ya comiste el pastel…

-No era cualquier pastel, madre. Era uno muy diferente, con un toque irregular.

-¿Irregular?

-Es difícil de explicar. Era delicioso, aunque algo me decía que no debía de comerlo…

-¿Y por qué lo comiste?

-Tenía hambre. Estaba tan lleno de "algo" inexplicable… ¿Sabes? Me hizo sentir especial.

-Tú eres especial, hijo. Es sólo que a veces lo olvidas. ¿Piensas encontrar a quien hizo la tarta?

Tenzin asintió, aunque dudoso.

-Lo intentaré. Sé que saldrá…

-Yo sé que sí, hijo. Así será.