Como era y como es.

Tras un montón de juntas en el consejo, Tenzin apenas si había tenido oportunidad de descansar un poco. Desde que la brigada había llegado, tres días enteros se habían consumido sin mucha pena o gloria... ¿En realidad había sido así? Tal vez no.

Aunque Tenzin solía llegar hasta después de las seis, siempre estaba a tiempo para la cena: en el comedor observaba con claridad a todos los allí presentes, y a veces su vista se dirigía hacia la mesa de los niños acólitos, recordando que él mismo había sido uno de ellos. Era divertido mirarles juguetear con los palillos, reír ante trivialidades, o pequeños detalles sobre el templo, los demás niños y sobre ellos mismos.

Al verlos recordaba que no podía acercárseles de la misma manera en la que él solía hacerlo cuando era más joven; recordó, pues, que ni siquiera tenía uno propio, uno con quien pudiera meditar, viajar en bisonte volador, o a quien pudiese llamar su hijo. Ciertamente, en algún punto sintió que si deseaba seguir con Lin Bei Fong, debía de sacrificar ese anhelo de tener en sus brazos a una especie de pequeño yo; llegaría a una edad en donde no tendría la posibilidad de concebir a uno, y al final sólo quedaría él. De alguna manera, el deber de preservar a los maestros aire caía en sus hombros, pero al recordar las palabras de su padre respecto a cómo una sola mujer no podría repoblar a toda una raza, supo que de alguna manera u otra la especie estaba condenada a morir en algún momento de la existencia humana.

-Mastiquen con calma - escuchaba las indicaciones de alguien que le pedía a los pequeños mejores modales en la mesa. Aunque al principio no le había tomado importancia, fue la obediencia inmediata de los niños la que le sorprendió, y más todavía, quien estaba al mando de ellos.

"¿Pema?" pensó. "¿Qué hace ella..."

En eso, Tenzin se puso de pie, dejando un plato de comida inconcluso y completamente revuelto, debido a que el apetito se le había ido.

En el breve espacio temporal que había entre él y la acólita, trató de procesar el porqué de su marcha acelerada, del vaivén poco común que caminaba adentro de su pecho, justo en donde parecía ser que tenía el corazón; se asemejaba a una presión que podría explotar, o que deseaba que explotase de alguna manera, pero que no se iba de ese sitio, y al estar cerca de esa acólita que apenas había llegado hace unos días, ese mismo sentimiento oclusivo iba a la alza.

-Los niños son sumamente traviesos - aseguró Tenzin, tomando un lugar junto a ella.

-Hola maestro Tenzin - saludó, haciendo una reverencia hacia aquél.

-Sólo llámame Tenzin... Dijiste que nos conocemos desde hace mucho tiempo, ¿Por qué esa formalidad?

Los infantes seguían en sus asuntos, mientras que un ligero rubor se manifestó en las mejillas de Pema.

-Usted siempre ha sido mi maestro - respondió -. Es así como funciona...

-No estamos en la edad de los imperios, o viviendo en alguna saga histórica, como esa en donde una chica se arroja a un volcán por amor...

-¿La misma en donde la heroína se enamora del hijo del general enemigo?

-Y la heroína quema toda la nación montando un dragón... Y es cuando se arroja a un volcán.

-La he leído. Forma parte de alguno de los libros que nos obsequiaron en el Reino Tierra.

-Sorprendente... – de repente sacudió la cabeza – Digo, es decir. Es interesante la cantidad de cosas que los acólitos peregrinos hacen. Todos se han adecuado bien adentro del templo.

Tenzin posó su mirada por un largo instante sobre Pema, quien no dejaba de ayudar a los niños a cortar diversos trozos de vegetales, a quitar algunas semillas; no despegó sus ojos de aquel sol resplandeciente que nacía de su sonrisa, de toda una juventud renovada. De alguna manera u otra, aunque la Pema de ocho años hubiese quedado en el pasado, la joven acólita que se manifestaba frente a él no difería mucho de la niña que pedía su atención en años anteriores; poco quedó de la ingenua muchachilla que había salido del templo tiempo después de la muerte de Aang, con afán de auxiliar al mundo y de dar a conocerse en diferentes lares. Allá afuera habría un centenar de misterios por resolver, varios que la acólita exploradora había desenvuelto, y cuyas respuestas llenaban sus ojos al momento de tocar los de alguien más.

-Es una de las labores más nobles que he llevado a cabo, y me hace pensar en lo mucho que debo aprender. El planeta es un lugar inmenso pero… ¿Sucede algo maestro Tenzin? Lo noto muy… ¿Pensativo?

-Nada importante. Estoy cansado simplemente, y el aire aquí adentro es muy denso. ¿Te parece si hablamos allá afuera? Y deja de llamarme Maestro Tenzin. Sólo soy yo, el mismo de siempre.

Pema asintió, y encargándole la tarea de niñera a su amiga Jinora, la cual rondaba cual aura cerca de la mesa, asintió, sabiendo que tarde o temprano habría de cobrar el favor.

O-O-O-O-O-O-O

Todavía se dejaba ver la tarde, y pronto ésta habría de perecer. La sal de la Bahía Yue sabía a una especie de azúcar gourmet poco usual. Pema tomó asiento en una de las pequeñas fuentecillas del templo, seguida por Tenzin, quien dejó un espacio respetable entre él y la joven.

Ella dio un pequeño suspiro, y por mucho que el maestro aire intentó quitarle la vista de encima a Pema, no lo logró. Sin embargo, cuando la acólita se dio cuenta de aquella actitud poco convencional, no evitó sentir que algo estaba descompuesto.

-¿Y qué ha sucedido por aquí? – preguntó con nerviosismo, tratando de cambiar el tono del ambiente tenso que podía sentirse en los plomos oculares del maestro.

-Aquí nada ha cambiado – contestó él, resignado, virando hacia la próxima puesta de sol.

-La maestra Katara se fue de la isla. ¿Eso no es suficiente cambio?

-Sé que lo notarías… Es por eso que no te lo dije.

-Pero era importante, maestro Tenzin. ¿Por qué me lo…

-¿Otra vez con formalidades? – arqueó la ceja, mirando a Pema de reojo – ¿Qué dije respecto a los tratos antiguos? Me haces sentir más viejo.

-Usted… digo, tú… Maestro Tenzin… Yo…

Las normas de trato externo de Pema se venían abajo. ¿Cómo se hablaba frente a su mentor de toda la vida a quien siempre le trató como un superior?

-Está bien. Te acostumbrarás después.

Pema asintió.

-Pero el templo se siente triste sin la maestra Katara…

-Lo sé. La sola idea de que mi madre viera a diario el recuerdo de mi padre era algo con lo que sé que no viviría… Es como si en cada rincón se le apareciera.

-Sé de lo que habla… hablas. Perdón – la chica se sonrojó un poco. Tenzin sólo sonrió.

-Ahora mi mamá tiene otras cosas en qué pensar. Habría sido egoísta negarle ir al Polo Sur.

Se hizo el bendito silencio en esos enormes centímetros que delimitaban sus fronteras personales.

Algo seguía sin marchar correctamente en el pecho de Tenzin... ¿Por qué el corazón sufría estreñimiento? No se trataba de un síntoma malo, no; más bien, se trataba de uno en el cual deseaba estar por un tiempo más largo, que no deseaba sacarlo de sí mismo, pero que al mismo tiempo le era incómodo, y a la par, le imposibilitaba articular sus pensamientos y ordenar sus palabras (¿O era al revés?)

-Lo importante es que se recupere de ese duro golpe.

-Mi madre es una mujer fuerte pese a su edad; sé que podrá superarlo, o al menos, evadir el dolor por un momento.

-La maestra Katara ya ha vivido muchos años, cosa contraria a usted… Digo, a ti, maestro… digo, ¡Tenzin! Sólo Tenzin.

-¿Sigues teniendo problemas con el trato? – preguntó Tenzin, observando el rubor en las mejillas de Pema, quien de inmediato intentó reponerse. Luego de algunos segundos, ambos callaron, dejando que algunos otros sonidos hablaran por ellos.

-En realidad hay un pequeño problema – aseguró él.

-¿Problema? ¿Es sobre el consejo?

-No es eso… Es solamente que en un par de años habré de cumplir cuarenta años, y no he logrado nada en ese lapso.

-¿Por eso es que se siente "viejo"? Es decir, te sientes… Sí, eso último.

Tenzin asintió.

-Es únicamente un mal momento, maestro. Ha llevado una vida llena de estrés desde que recuerdo; atendiendo los asuntos del templo, dando sus clases a los pequeños acólitos.

-Me retiré de ello hace un año, poco después de un problema que tuve que resolver en la Nación del Fuego. Consumía mucho de mi tiempo… Sin embargo, hay gente más capaz que yo para llevar a cabo ese trabajo, por ejemplo… ¡Tú! Tú eres excelente con los niños acólitos; los acabo de ver allá adentro, y sé que serás una gran maestra. ¡Ya sé! ¡Te voy a asignar un lugar en los "salones de las ideas"! Ellos te adorarán.

-Maestro Tenzin…

-Dime. ¿Acaso no es una buena idea?

-Es sólo que…

-Además, tú pasaste por ese lugar y…

-¡Maestro Tenzin! – gruñó ella, cortando todo el entusiasmo de Tenzin, el cual la miró extrañado.

-Yo… lo siento. Me emocioné y…

-Le agradecería el gesto amable que me ofrece ahora mismo, maestro Tenzin. Es decir, te agradezco por esta oportunidad pero…

-¿Pero?

-Pero estaré por poco tiempo en el templo - exclamó Pema -. Además, no quiero encariñarme con los niños tan rápido; será traumático verlos hechos todos unos jovencitos y no reconocerlos.

-¿Se irán? ¿Cuándo? – de repente su tono frenético se detuvo – ¿Irse? ¿Qué no llegaron apenas hace unos días?

-Así es. Pero la brigada sólo vino a dejar a los acólitos que se nos habrían de integrar. Descansaremos de nuestro recorrido por algún tiempo, y después volveremos a irnos…

-¿Cuánto tiempo será?

-Quizás unos seis o siete años. Iremos a algunos pueblos del norte del Reino Tierra a reconstruir un par de pueblos que quedaron dañados por los últimos huracanes. La hermana Woo planea llevar a cabo el proyecto que tanto le propuso al avatar Aang: planea que nos establezcamos en las cercanías de Ba Sin Se para hacer algo similar a un, digamos, pequeño "Templo aire" fuera de éste.

-¿Seis o siete años? ¿Y cuánto tiempo planean quedarse? – Tenzin no tenía idea de por qué se encontraba armando un interrogatorio de tales magnitudes. ¿A él qué debía importarle si esa horda de ancianos tardaba años?

-Es poco tiempo para todo lo que debemos de hacer. ¿Acaso duda de mi capacidad para enseñar la filosofía de los maestros aire?

-Yo sé que eres excelente para ello. No por nada eras de las alumnas preferidas de mi padre, y una de las pocas que mejor aprendió las lecciones de filosofía.

Pema sonrió.

-Gracias, maestro Ten… Digo, Tenzin. He escuchado a la hermana Woo decir que quizás nos quedaremos hasta principios de verano, un poco antes de que comiencen los festejos del templo.

-Oh…

El sol se estaba ocultando, y era casi imperceptible. La noche se posó sobre de ellos, y buscando alguna estrella, Tenzin observó el cielo por varios instantes, justo para buscar palabras precisas:

-Cuando vuelvas, seguiré siendo el maestro Tenzin. Y, quizás no me reconozcas, pero ya seré un anciano con muchas canas...

-Seis o siete años no son mucho. Usted no es nada anciano, maestro Tenzin. Claro que no.

-¿Qué dije sobre las formalidades?

Ambos comenzaron a reír. Él lo hizo por no romper el momento; ella lo hizo con cierta inconsciencia, sin saber que por dentro Tenzin no tenía idea de cómo debía reaccionar frente a esta situación. ¿Por qué se le había achicado el espacio que quedaba en medio de sus veinticuatro costillas de maestro aire? De repente, la sonrisa de Pema, así como sus ojos incautos le provocaban una singular alegría oximorónica*, casi inconcebible, cosa que no recordaba haber sentido desde que era un pequeño tontorrón que le había robado más de un beso a la pequeña Lin.

O-O-O-O-O

-El maestro Tenzin anda muy raro.

-Tal vez está enfermo. Ha estado trabajando hasta muy tarde, y dudo que coma bien.

-Pienso que su novia le da la una cena "bastante balanceada" – exclamó Jinora, haciendo un ademán alusivo a otros actos que nada tenían que ver con comida.

-Deja de hacer esos gestos, Jinora.

-Es la verdad… Hace poco se fue con rumbo a casa de la Jefa de policía, y vaya que el maestro Tenzin llega bastante tarde. Hoy es una de esas noches…

Pema le arrojó una almohada a su compañera de habitación, la cual no paraba de reír.

-Eres cruel – respondió la acólita sonrosada.

-Ya lo sé, pero por eso me quieres, pequeña – Jinora, ni tarde ni perezosa se lanzó hacia la cama de su amiga, y entre risas y manoteos, Pema quedó estampada contra el entablado del suelo, sin que por ello se acabase la diversión. Luego siguió un soplo cansado, mismo que llevaba abotonándole el pecho a la chiquilla.

-Lo sigues queriendo, ¿Cierto?

-No lo sé. Es que el mundo es un lugar tan amplio… Si vieras la cantidad de hombres que aspiraron a ser acólitos, con la condición de que hiciéramos una familia en el templo…

-¿En serio? ¿Cuántas orgías hubo?

La acólita rodó los ojos, y respondió:

-No, Jinora. No hubo nada de orgías, nada de… eso.

-¿Detalles sucios?

-No

-Encuentros cas…

-¡No hubo nada! ¿De acuerdo? ¡Nada! Somos acólitos, pero algunas veces nuestras labores se veían frustradas por pequeños inconvenientes. Estuve a punto de aceptar la propuesta de un hombre en el Reino Tierra.

-¡No!

-Sí… Era un soldado retirado del ejército del Rey Tierra. Se encontraba incapacitado para caminar plenamente; solamente tenía una pierna, pero si tú hubieras visto sus ansias de llenarse de paz y comenzar una nueva vida…

-Pero…

-Pero lo dejé. No podía dejar mi misión inconclusa, y más cuando nos faltaban algunos meses para regresar a casa…

-¿Y sólo por eso lo dejaste? Es la oportunidad que tenías para olvidarte del maestro Tenzin y finalmente dejar de pensar en él… ¡Era tu oportunidad y la dejaste ir! ¿Qué haré contigo, Pema?

-No te pedí que hicieras algo.

-¿Y quieres a…

-Han-Gu. Así se llama. Y sí, lo quiero. Pero…

-¡Pero el maestro Tenzin nunca se ha salido de tu cabeza! ¿Cómo te hago entender que no puede ser? Ese amor estaba condenado desde que pusiste los ojos en un anciano como él…

-Vaya. Te agradezco por los reproches constantes – respondió Pema, molesta y sin dar crédito a las palabras de su amiga. Empero, ella no lo decía por ninguna razón más allá que el bienestar de la más grande amistad que jamás haya tenido. Jinora tomó un pequeño lugar en el suelo justo junto a Pema, y al tomarla por los hombros, siguió:

-Cariño… No seas ingenua. Él un día de estos se casa con la Jefa de Policía Bei-Fong, y te quedas sin nada. Es mejor que vayas pensando si deseas vivir toda tu vida viendo a tu "alma gemela" con alguien más, y te resignas a morir sola y no correspondida… O si abres tu corazón a alguien que cuidará esto – señaló hacia su pecho, dirigiéndose luego a su cabeza –, para que de acá se salga alguien más. Como tu amiga, casi tu hermana, te lo pido: libérate de tus ataduras, o después no serás capaz de enamorarte de nadie más…

Pema no sabía cómo reaccionar ante el discurso improvisado de su amiga, quien tenía la boca toda llena de razón. Durante sus viajes por el Reino Tierra, ella había conocido a decenas de jovencitos varoniles, ricos, acaudalados, y toda clase de personas que en algún momento la pretendieron. Su aspecto de dama serena e inocente solía despertar la curiosidad de cientos de lujuriosos, que ansiosos de probar carne sin mancha, la buscaban para una o dos noches como máximo; varios más estuvieron dispuestos a donar cantidades estratosféricas de dinero al Templo para que Pema se quedase con ellos, pero al final ella terminó rechazándolos a todos, o al menos a la mayoría. ¿Su duda? En cualquier momento sería capaz de regresar por ese soldado retirado del Reino Tierra para seguir el consejo de su amiga Jinora pero, como su tío Aang le había dicho durante muchas ocasiones, el amor era difícil cuando sobraba juventud.

*Oximorónica: la palabra ni siquiera existe, y es de aquellas que la RAE debería incluir en el diccionario porque, si existe el oxímoron, ¿Por qué no el adjetivo? Lo he leído mucho, pero nadie le ha hecho promoción a la pobrecilla. ¡Carajo!