Este capítulo es más de "introspección". Es decir, no hay tantas acciones pero será el único que siga dicha monotonía (luego entenderán por qué el poema, por qué la introducción a la relación disfuncional de Tenzin y Lin… Tendrá más desarrollo en los capítulos venideros).

Les quiero agradecer a todos y cada uno sus comentarios, y haciéndoles saber que dejaré dos días entre cada capítulo que suba a partir de ahora (Es decir, si hoy viernes subo un capítulo, el lunes subo otro, luego el jueves, después el domingo y así sucesivamente).

Aquí y ahora

Bumi había dejado a los acólitos en el templo, y al poco tiempo pidió su permiso vacacional en la base central de las fuerzas armadas. Sólo tres semanas después llegó hasta Ciudad República, y estuvo hospedado por un tiempo más o menos copioso, en el cual jugó a ser un fastidioso "Doctor corazón", tanto para su hermano como para la pequeña acólita.

Por razones ajenas a él, Bumi observó el comportamiento retraído y errante de su hermano menor, el cual volvía a sonreír sin fatiga alguna, ignorando en ocasiones los problemas del consejo y permitiéndose, de vez en cuando, algunos escapes del templo; más de una vez encontró a Tenzin cantando desafinadamente en las duchas, o reposando la cabeza contra algún arbusto leyendo poesía, tan apegado a los libros como siempre había sido. ¿Lo extraño? Bumi conocía a ese "pequeño calvo" que estaba a nada de cumplir los cuarenta años, y sabía que esas características pueriles y casi propias de los adolescentes no le correspondían a un individuo serio como él.

Rara vez se atrevía a llegar a altas horas de la noche. Se encontraba en casa a las seis de la tarde y sin falta; consumía sus alimentos, divisando los movimientos de Pema de manera atenta, casi fría y aparentando cero sentimientos, y entonces apartaba la vista; luego, se encerraba durante horas en su despacho, en donde Bumi encontró montones de libros y pergaminos regados por doquier, tras haberse preguntado qué tanto hacía adentro de dicho cuarto.

De la misma manera, el alférez se dedico a rastrear los movimientos de Pema, quien mostraba señas de haber olvidado a Tenzin. ¿Era posible que hubiese olvidado a su maestro después de dicho viaje misterioso? Las actividades de la acólita caían en un círculo casi monótono; alimentar animales, ir de aquí para allá, acarrear agua, lavar trastos. Empero, las clases que Tenzin le había asignado en los "Salones de las ideas" se volvían un foco de atención para su peculiar labor militar de campo. Varias veces entró a la clase de gramática elemental, buscando alguna seña que corroborase su teoría… Empero, no notó nada raro, hasta que cierta mañana, ya entrada la primavera, Bumi despertó con una resaca inmensa. Pero como todo militar adiestrado, su hígado se daba a respetar, y sin importar el dolor de cabeza, el alférez se levantó de la cama para entrar a la absurda clase. Sin embargo, al recordar las palabras de su padre respecto a las artes liberadoras del espíritu, supo que no se encontraba haciendo algo netamente estúpido, como cualquiera lo diría.

Corriendo y casi derrapando, Bumi logró entrar al aula, para encontrar la inusitada presencia de su hermano Tenzin, acomodado pésimamente en una de las butacas más chicas del pequeño salón. Empero, al prestar atención a su pose particular, entendió que no se trataba de una coincidencia o algún síntoma de sonambulismo de parte de él, de su hermano, y que mucho menos se encontraba soñando algún momento descabellado en el que todos los soldados de repente se hallaban en interiores danzando en alguno de los cuarteles.

-¿Tenzin? ¿Qué diantres haces tú aquí? – Bumi bajó la voz en tanto tomaba asiento a un lado de su hermano.

-Vengo a observar las clases de los profesores. Es una de mis múltiples labores como rector del templo – contestó Tenzin.

-Claro… A observar solamente.

-¿Algún problema?

-Para nada – dijo, riéndose levemente, haciendo resaltar el sarcasmo evidente en su frase.

-Alférez Bumi – pidió Pema, haciendo que todos los acólitos virasen hacia su dirección. Aquél sintió el poder furtivo de los doce pequeños, y se repuso:

-Presente.

-¿Nos haría el honor de declamar el poema del día de hoy?

-Anda Bumi, que quieres hablar tanto – dijo Tenzin, burlándose de su hermano mayor.

-Y usted también, maestro Tenzin.

Inesperadamente, el maestro aire sintió como si hubiese vuelto a sus años escolares, en aquellos en donde la profesora malhumorada lanzaba miradas furtivas y mortales hacia todos sus alumnos en espera de una respuesta afirmativa. Claro que podía negarse, y Bumi pensó igualmente que él habría de negarse. Empero…

-De acuerdo. Yo leeré el poema… Si me deja leerlo sólo a mí y no junto a Bumi.

La mirada de su hermano se dirigió hacia Pema, en cuyo rostro notó un ligerísimo tono rojizo. Para él era mejor no leer ninguna cursilería de aquellas que se usaban para cortejar señoritas, dado que la única forma retórica coherente que conocía eran las palabras como "hermosura", "cosa linda", y otro montón más del lexicón propio del marinero común.

El maestro Tenzin pasó al frente; orgulloso, propio, como siempre lo había sido, aunque con una agitación anormal en sus pasos, como si estuviese temeroso de algo, o afanoso de impresionar a alguien. Una vez que estuvo junto a Pema, aquél comenzó:

Cuando estoy en ti, cuando me hago pequeño

Y me abrazas y me envuelves y te cierras

Como la flor con el insecto,

Sé algo, sabemos algo.

La hembra es siempre más grande, de algún modo.

Las primeras líneas parecían flojas, casi incomprensibles y leídas por alguna especie de muerto viviente. Sin embargo, al ver que su maestro titubeaba, Pema le pidió un poco más de empeño; se encontraba inutilizado e incapaz de hacer algo, y el rubor comenzó a escalar a lo largo de sus mejillas.

Nosotros nos salvamos de la muerte.

¿Por qué? Todas las noches nos salvamos.

Quedamos juntos, en nuestros brazos,

Y yo empiezo a crecer como el día.

Sus palabras se tornaron firmes después de esa estrofa, pero sus palabras seguían tambaleando, cual si estuviese recordando algo justo en el instante.

Algo he de andar buscando en ti,

Algo mío que tú eres y que no has de darme nunca.

… Y en eso, sus ojos viraron hacia la acólita, quien no perdía detalle de cada frase, sustantivo, adjetivo y pronombre que brotaba de los labios tiernos de un dulce hombre de treinta y nueve años, cuya barba y bigote en candado podían engañar a cualquiera, haciéndole ver como un hombre rudo, espiritual y rara vez sensible, siendo que su amor por la lectura le hacía sumamente suave, al igual que su difunto padre.

¿Por qué nos separaron? Me haces falta para andar,

Para ver, como un tercer ojo,

Como otro pie que sólo yo sé que tuve.

De repente, entre cada verso se dibujaron claras algunas memorias que Tenzin conocía bastante bien, pero que no entendía el porqué de su manifestación; una pequeña Pema que corría debajo de los árboles para jugar a las escondidas; un Tenzin jovencillo que vigilaba a los acólitos y, poco después de haber deseado buenas noches a todos ellos, se dirigía a la cama de esa misma niña para vigilar su sueño y proveerle de algunos alimentos para que saliese de su resfriado pronto; una acólita hecha mujer, una que en el interior seguía adorando la clase de poesía con su profesor favorito. Ella, Pema.

O-O-O-O-O-O-O-O

-¿Te gustó el poema? – susurró Tenzin en el oído de Lin, aún abrazándola.

-No está mal – alcanzó a responder Lin con antipatía.

Tenzin azotó los brazos sobre la cama.

-¿Tardé medio día en memorizarlo para que me digas "no está mal"?

-No te pedí que lo memorizaras.

-Pensé que te gustaría. Antes solía declamarte algunos poemas…

-Tú lo dijiste: antes. Eso fue hace muchos años, Tenzin. Ahora somos adultos, no somos adolescentes febriles.

El maestro resopló, separándose de manera inmediata de su compañera, para entonces buscar por sus pantalones que yacían inmóviles sobre el suelo, al igual que el resto de la ropa de Lin y la suya. Mientras, ella avanzó hacia el espacio que Tenzin había vaciado apenas unos segundos antes, sintiendo el calor que allí permanecía clavado.

-¿Tan pronto te vas? Apenas dieron las dos de la madrugada.

-Mañana tengo una junta muy importante con el consejo. No puedo faltar…

-¿Por qué no te quedas aquí? ¿Es necesario que vayas hasta el templo de la isla? Puedes dormir aquí.

-Precisamente aquí haré sólo eso: dormir – respondió con un tono cargado de molestia visible, acomodándose la camisa.

De pronto ambos cesaron con las preguntas, con los movimientos y toda acción de ataque-defensa que pudiesen llevar a cabo. Con los codos reposando sobre sus rodillas y de espaldas a aquella dama, Tenzin se llevó las manos hacia el rostro, suspirando, a la par del silencio de Lin, que al acercarse lentamente hasta el cuello de Tenzin, musitó:

-Quédate por un momento más.

-¿Con qué objeto?

-No lo sé – siguió, dibujando un camino de besos hasta su mejilla, posando sus manos sobre sus delgados hombros varoniles –. Si no quieres dormir, no lo hagamos.

En eso, el maestro aire detuvo la marcha pasional de Lin, levantándose de la cama y colocando las pocas piezas de ropa que le faltaban.

-¿Acaso hice algo malo? – gruñó Lin – ¿Qué te sucede?

-No me pasa nada. Todo está bien… ¡Todo va de maravilla!

-No necesitas usar el sarcasmo conmigo, cabeza de aire. Si estás molesto por algo, dímelo de una buena vez.

-Ahora que lo dices, sí. Sí me molesta mucho tu actitud… Es como si le estuviera haciendo el amor al aire.

-¡Eres un maestro aire! – respondió Lin en el mismo tono.

-No tengo tiempo para tus bromas. Quizás la pared sería más cálida conmigo…

Echándose la toga sobre la espalda, Tenzin salió de la habitación mascullando un "buenas noches" poco entendible, seguido de un azote de puertas.

O-O-O-O-O-O-O-O-O

Con los ojos casi yéndosele de lado, Tenzin descendió de Oogi, dejándolo en su corral respectivo para que pasara la noche; caminó por un amplio jardín para acceder a su dormitorio, aunque encontró a su hermano Bumi bebiendo justo debajo de un frondoso encino del sur del Reino Tierra.

-¿Bumi? ¿Qué dije sobre el licor? – preguntó.

En eso, el alférez dejó la botella a un lado, y secándose algo del licor de la boca, exclamó:

-Hola, pequeño calvito. Ya no tendrás problemas; ya me voy. Sólo venía de vacaciones por un tiempo… Tú sabes, lo que me da la armada para relajarme y volver a ser esclavizado con mucho trabajo.

-Nunca te eché del templo. Sin embargo, quería dejar las reglas claras…

-Ya no me hallarás mañana, pequeño calvito… – el hipo no le permitía hablar de una manera propia – mañana me regreso con mi barco a mi base.

Tambaleándose y poniéndose de pie, Bumi se acercó a olisquear a su hermano, el cual lo sostenía por el brazo.

-Hueles a mujer Bei Fong, calvito. ¡Travieso!

-Deberías dormir. Mañana no querrás…

-¿Levantarme? He vivido peores. Me preocupas tú, pequeño calvito; tienes una maraña de cosas en esa cabecita sin cabello… ¡Cou-Cou! – exclamó, haciendo los ademanes propios que indican la locura.

-No sé de qué hablas. Te llevaré a tu cuarto…

En eso, Bumi rió histéricamente, para pronto decir:

-¡Tenzin! ¡Ay, hermanito! Escúchame, pequeño calvo. Hay dos cosas que no puedes disimular… Estar como yo, o estar como tú. Que lo mismo es "ebrio" y "enamorado".

-Sí, me gusta Lin y…

-¿Lin? ¡Por favor! Veo a miles de marinos y jovencitas como tú cada día. ¿Sabes por qué…. Hic… sabes por qué muchos entran a la armada? ¡Simple! Se sienten rechazados por a-l-g-u-i-e-n en especial. He visto esos mismos ojos en miles de marinos… ¡Miles! Quieres a una y quieres a otra… ¡Las quieres! ¡Hic! Las amas much… much… ¡Las amas! Pero una va enterrando todo lo que sentías, y otra te quiere mucho… ¡Y lo sabes! Y por eso no te le acercas…

-¡Silencio! ¡Te llevaré como sea a tu cuarto!

Tenzin, sacando fuerzas de algún lugar desconocido, cargó a su hermano como a cualquier ebrio de un bar vulgar, y al llegar a la alcoba, Bumi seguía mascullando palabras:

-la quieres y juegas con ella… la quieres… la quieres… ¡Hic! Tú la amas… tú la quieres…

-Suficiente. Duérmete ahora mismo.

-Buenas noches, pequeño calvo.

Aquél no terminó con su canto, y éste solamente azotó las dos puertas corredizas de la recámara. Enseguida se llevó las manos hacia el rostro, porque ciertamente Bumi tenía razón; su pensamiento le estaba haciendo una jugarreta horrible.

En un tiempo sumamente corto (cercano a dos meses), esa joven acólita había logrado provocarle ese hervor que nace cuando, al primero roce de una mirada, de repente te encuentras alegre, o sencillamente comienzas a observar la vida con mayor colorido; era esa pesadez ligera que le motivaba a hablar con Pema lo que comenzó a preocuparle.

Irónicamente, al estar más cerca de Lin, se sentía cada vez más alejado de ese cuerpo, negándose a sentir el toque que sólo el amor provee; sin embargo, al estar cada vez más lejos y saberse ajeno a Pema en todos sentidos, algo en su interior le aseguraba que esa distancia pronto habría de unirlos más pero ¿Por qué con ella? ¿Por qué se sentía como un idiota en su presencia? ¿Por qué trataba de impresionar a esa, a la misma a quien había rechazado cientos de veces en el pasado por ser una pequeña loca fanática de su persona, y ahora se encontraba obsesionado por quién sabe qué razón? En Pema había encontrado alguna clase de magia, casi una brujería que, si había estado allí muchos años, él apenas la notó hasta ese instante.

Buscando un poco de consuelo en el sueño, y esperando aclarar todas sus dudas para cuando despertase, Tenzin arrojó las mismas vestimentas que solía desprender de sí ante Lin, y recubriéndose con el frío abrazo de las sábanas, sus ojos comenzaron a cerrarse de a poco, aunque no por ello encontró la paz total.

O-O-O-O-O-O-O-O

De un instante a otro, pasó de estar en su cama, a ser una masa flotante en medio de una atmósfera lóbrega y densa para respirar, donde de repente se escuchaba la voz de una mujer que le reprochaba una serie de defectos mínimos; entonces, una pared amarilla gigantesca comenzó a acercarse lentamente hasta donde se hallaba, pero la velocidad aumentó sin más y, aunque esperaba recibir un impacto mayor (uno que lo dejara deshecho), cayó sobre una masa suave, cual tierra. Entonces, la pared se volvió completamente horizontal, y las dunas arenosas comenzaron a aparecer en los horizontes; se encontró en un inmenso desierto y azotado por una ventisca salvaje que lo alejó de su punto original, azotándolo y haciendo su voluntad sobre de él. A pesar de intentar utilizar sus poderes de aire control, éstos no respondieron nunca, mirándose como un alfeñique que nada podía hacer.

En eso, una versión gigantesca de sí mismo, con la barba crespa y una capa totalmente blanca apareció justo en frente de él. Tenzin volteó para observar con mayor atención su rostro:

-¿Qué es lo que estás haciendo? – preguntó su gigante, hincándose para igualar la altura de aquél.

-¿Yo? – preguntó, temeroso de lo que le pudiera hacer.

-No veo a nadie más por aquí.

-El tío Sokka me habló de esto; debí beber jugo de cact…

-¡No bebiste nada! ¡Estás muy bien! Pero escucha, amigo. Estás condenado.

-¿De qué hablas?

-Que puedes escapar de ella, de Pema. También de Lin, y puedes estar encerrado durante horas en tu despacho buscando olvidar lo que esa acólita te hace sentir y que Lin ya no puede.

Súbitamente, otra ventisca del desierto se manifestó, y el gigante levantó a Tenzin sobre su palma, el cual por poco y perdía el equilibrio mientras ascendía. Siguió:

-Puedes olvidarte de todos, y alejar a quienes tú más quieres. Sin embargo, hay alguien de quien no puedes huir, y sus palabras son las más hirientes que nadie jamás te haya dicho.

-¿Sí? ¿Quién?

-¡De ti!

El Tenzin colosal se llevó a la boca al diminuto maestro, el cual no hizo mucho salvo gritar (dado que no había peor pesadilla para un maestro aire que la de caer desde lo más alto del cielo y no ser capaz de burlarse de la gravedad… Ello era lo más cercano a la muerte).

Al bajar por el esófago, descendió hasta una superficie plana; se había caído de la cama.