Pues en estos días he estado con algo de tiempo libre, por eso es que he ido actualizando este fanfic de manera más o menos constante. Sé que nadie lee mis absurdas notas al principio del capítulo, pero espero que el buen Sabines me perdone por utilizar un poema suyo en el capítulo anterior… Prometo que las rimas que encuentran en éste son de autoría propia; se darán cuenta de que no soy poetisa y que me gusta bastante la narrativa (aunque tampoco soy buena narradora). ¡Nos leemos el jueves!


Quédate.

-Está bien. No fue tu culpa, Tenzin – Lin posó la palma de su mano sobre el hombro de su novio, quien no había cambiado su posición desde que la pequeña acólita de ocho años había entrado a la habitación de curación junto a su madre, la poderosa Katara. Con los brazos cruzados y la espalda contra la pared, el monje permanecía con la melancolía en la mirada, carcomido por su error descomunal.

-Lo fue. Todo esto pasó por mí culpa… debí vigilar a los niños adecuadamente y mira lo que ha sucedido. Ha sido mi falla, sólo mía.

-Esa curiosa impertinente estará bien, Tenzin. Te sorprendería ver la resistencia que tienen los pequeños monstruos; son más fuertes que los adultos.

El maestro aire volteó hacia su novia, quien trataba bajo todos los medios de cambiar su semblante triste. Con ojos tibios, Lin abrió sus brazos para proteger a Tenzin.

Así duraron por un momento colosal, hasta que Aang llegó hasta su lugar:

-¿Cómo sigue todo? – preguntó.

-De momento, mi madre no ha salido de allí. Espero que todo resulte bien.

-Así será, muchacho. ¿Dudas de los poderes de tu madre?

-No es eso. Es que…

-Lin, ¿Me permites un momento a Tenzin? Saldremos a hablar al patio.

-Adelante, tío Aang.

Éste hizo una reverencia a la heredera del legado Bei Fong, y pronto condujo a Tenzin por un par de pasillos, hasta que finalmente arribaron a un invernadero pequeño repleto de plantas medicinales.

-¿Sucede algo, padre?

El avatar inhaló los diversos aromas del lugar.

-Sé que algo te consterna, Tenzin. Sé cuanto piensas, y a veces lo haces en exceso… Eso a largo plazo…

-Sí; eso me hace daño. Me lo has dicho durante muchos años.

Aang comenzó a indagar entre los ramajes; escrutó las hojitas de un gracioso bonsái, y tomando las tijeras de jardinería, prosiguió:

-Eres el señor espiritual y no necesitas de tu papá. Lo sé.

Tenzin suspiró.

-Yo lo siento, padre.

-Acepto tus disculpas, muchacho. ¿Qué fue lo que te dijo Jinora?

-¿Te lo contó mi madre?

-No. Fuiste tú, ahora mismo.

-Tipo listo.

-Lo sé – dijo, riendo –, pero no has contestado a mi pregunta.

-Contó de todo un poco. Luego de que Pema fuera a molestarnos a Lin y a mí, ambas fueron a jugar, pero el patio del museo les parecía un reto poco tentador, y las dos cruzaron las dos calles que quedan entre el parque y el sitio…

-¿Se fugaron? Vaya…

-Mientras Jinora jugaba con los patos-tortuga del estanque en un lado, Pema tomó otro rumbo y vio un par de lirios estelares flotantes en las orillas del lago; creyó que los alcanzaría, pero… ¿Por qué hace estas cosas? Después de eso, Pema llegó a la parte profunda del lago y no supo cómo salirse… De repente escuchó pataleos y manotazos sobre el agua y cuando llegó hasta donde estaba Pema, ya estaba flotando. ¡Fue una iditoa!

Tenzin gruñó.

-No entiendo la razón de tu molestia…

-Es sólo que sí los alcanzó. Y Jinora me los dio. Pema los buscó para mí, porque llevaba varios días con una "mueca triste" y quería cambiar eso.

-Alguien tiene una pequeña admiradora – sugirió Aang sin abandonar la poda del bonsái.

-¡Esas son tonterías, padre! – gritó, sonrosado, aunque su padre no logró ver su rostro (pues se hallaba de espaldas).

-Claro que no; es lo más normal del mundo.

-¡Pero estuvo a punto de morir!

-¿Por eso te sientes culpable?

-Sí... digo, no. Es decir… ¡No sé! Es una niña muy fastidiosa.

-Reitero lo que dije: te admira. ¿Qué hay de malo en eso?

-Muchas cosas…

-Está bien que la gente te admire.

-Pero en ella no es normal. ¡Es una pequeña niña!

-Para que alguien te admire no hay edad.

-Quizás tú estás muy acostumbrado a que otros te admiren y por eso no te parece irritante.

Por un instante, las tijeras de jardín cesaron de cortar, y Aang quitó la atención que tenía puesta sobre el árbol para ponerla en su hijo.

-¿Tenzin?

-Padre… Lo siento, es.

-Has tenido un día difícil, Tenzin. Te entiendo… todos tenemos días complicados. Tal vez tengas razón con eso de que "me admiran", pero también me odian. Escucha, Tenzin; esa niña te admira, y no hagas nada tonto por favor... Quien te admira te quiere, y quien lo hace, es capaz de seguirte hasta la otra vida – exclamó, justo antes de volver a sus actividades.

Sólo se escuchaban la manera en la que Aang usaba las tijeras para ayudar al pequeño bonsái a crecer un poco más, y algunas respiraciones vagas de parte de ambos. Después de que Tenzin tratara de analizar lo que su padre le había dicho, el avatar interrumpió el devenir mudo que los había separado por algunos instantes:

-Cuando era muy pequeño, el monje Gyatso era una figura de admiración para mí; él siempre me cuidó y me protegió de todas las maneras en las que pudo. Fue de las pocas personas que me brindaron su apoyo poco después de que me revelaron mi identidad como el avatar. No tienes idea de cuánto lo quise, hijo…

-¿Por qué me cuentas todo esto?

-Por algo sencillo: siempre admiras a quien te brinda un suelo estable, alguna razón para continuar. Voy a sonar similar a tu madre, pero está en lo correcto cuando dice que eso te brinda esperanza…

O-O-O-O-O-O-O-O-O

Lin dejó un hervido de algas marinas cerca de la mesilla de Pema; la pequeña necesitaría un cuarto propio y no su lugar habitual en los dormitorios colectivos de los infantes, pues más de uno podría resultar contagiado. Por eso, Katara le asignó una de las habitaciones vacías que había en la sección de las mujeres, asegurándose que hubiese buena ventilación y la calidez, ambas muy necesarias para que la niña sanase pronto.

-Tendrá un resfriado terrible. Al menos ya pasó su fiebre alta – exclamó Katara, retirando amablemente los flequillos empapados de la frente de la niña.

-Le dije a Tenzin que no debería de preocuparse… Los niños resisten a todo – contestó la maestra tierra. Aunque la mirada tibia de Katara estaba sobre el semblante enfermo de la niña, no evitó dirigirse hacia Lin.

-¿Acaso no son hermosos? – preguntó la maestra agua.

-Son como todos los niños.

-Yo daría cualquier cosa por tener uno más.

-¿Más? Tía Katara, no quiero ser grosera, pero tuviste muchos problemas con Kya y Bumi. Tenzin era un poco más…

-Los niños son un dolor de cabeza y duelen; te quitan tiempo, exigen toda tu atención, te desesperan y…

-… Te quitan toda personalidad. Dejas de ser tú misma para ser abnegada.

Katara, de repente, dibujó una mueca de intolerancia ante lo que Lin había dicho.

-¿Crees que no tengo personalidad, cierto?

-Espera, tía Katara. Es sólo que hay mujeres que nacieron con ese don. Yo soy de esas pocas mujeres que no quieren vivir para sacrificarse por un hijo o una hija… Ser madre era tu naturaleza, y en ocasiones el tío Aang afirma que eres una demente.

-Al menos no soy una niña hiper-crecida como ese anciano…

-¿Te molesta?

-A veces. Yo sé que somos diferentes en muchas cosas, pero aprendemos a vivir con esos detalles que no nos gustan del otro. Yo sé lo que él piensa de mí y ¿Sabes? Eso también te ayuda.

-¿A qué?

-Si te callas lo que sientes, vivirás en una isla eternamente, Lin. Te lo digo porque eres como una hija para mí, tanto como lo es Kya. Cuando acumulas las cosas, por más pequeñas que sean, pronto se pueden convertir en terribles bestias para ti.

-Entonces, ¿Ese es el secreto por el cual mi tío Aang y tú siguen juntos?

-Eso, más mucha constancia y amor. Siempre resalta las virtudes por las que te enamoraste de él… En tu caso lo digo por Tenzin.

El rostro pensativo de Lin capturó la atención de Katara, quien exhortó a la joven a salir del cuarto con rumbo a la pequeña sala para beber un poco de té.

Luego de atravesar varios pasillos y andadores del templo, finalmente llegaron hasta el punto señalado, en donde habrían de encontrar a Aang y a Tenzin conversando amenamente y ambos tomando una taza de té.

-Buenas noches, señoritas – exclamó el avatar al verlas entrar.

-Pensé que estarían en algún otro lugar – dijo Lin.

-Así fue. ¿Cómo está Pema? – cuestionó Tenzin inmediatamente, esperando alguna respuesta favorable de parte de su madre.

-Todo está normal, salvo que tuvo mucha fiebre. El agua helada le hizo daño, y más porque debió tragar montones de ella. Pero estará bien… Espero. Puedes respirar tranquilo, hijo.

La maestra legendaria tomó asiento a un lado de su esposo, y Tenzin se situó justo al lado de Lin Bei Fong para tomar sus manos.

-Te lo dije. Estaría bien – exclamó ella, regalándole un beso en la mejilla.

-¡Hey! Estamos aquí.

-Papá… - Tenzin salió a la defensiva.

-De acuerdo, entonces no les molestará si nosotros también…

-Claro que no.

Entonces, Katara tomó gentilmente a Aang de la mandíbula para brindarle un pequeño beso, y él le regresó el gesto, seguido de un abrazo.

-Está bien, ya entendí. Esto es asqueroso – repuso el joven maestro, causando la risa de sus padres.

-Mejor iré a ver cómo está Pema. ¿Vienes, Lin?

-Yo vengo de allá. Si quieres te espero en los establos y luego vamos a mi casa, ¿Está bien?

-En un momento te alcanzo – dijo, poco antes de besar sus labios y partir hacia la habitación de la pequeña.

O-O-O-O-O-O-O-O

Desde el cuarto se alcanzaban a escuchar el choque de las olas y el cuchicheo ligero de las hojas al ritmo de la brisa casi primaveral que se avecinaba. La media luz del cuarto ahondaba la consternación que Pema sentía, puesto que desconocía el lugar en el cual se encontraba; se halló a sí misma en un mundo repleto de visiones caóticas, y después estaba inmersa en un mar de fuego, como esos que describían los libros de cuentos de la clase de gramática, cayó de espaldas en un océano de nubarrones listos para arrojar su lluvia al suelo. Allí fue donde despertó, y observó que ese no era el lugar en el que solía dormir.

Repentinamente, se escuchó que alguien venía hacia ella; como los acólitos mayores solían regañar a los acólitos menores si los veían despiertos, Pema volteó hacia la pared, fingiendo un sueño profundo. Cuando los pasos se dirigieron hasta donde se encontraba, encontró que eran unos que conocía muy bien; cesaron en cuanto estuvieron cercanos a la cama, y esa persona se sentó a su lado, acercando su mano hasta su cabecita.

-Discúlpame. Tal vez no soy tan digno de que me admires… Lo que hiciste fue tonto y casi te mueres. Si no fuera porque mi madre usó su agua-control para rescatarte y que mi padre te trajo pronto a la isla, tú… Tú… ni yo estaría aquí. Hiciste una completa locura, casi una idiotez…

Internamente, Pema se encontraba agradecida por ese momento tan cercano, aunque las palabras que el maestro estaba diciéndole no fuesen las ideales. Justo cuando ella estaba a punto de gritarle por lo antes dicho, Tenzin continuó:

-Sin embargo, los lirios que me trajiste son hermosos y… Gracias – finalizó, suspirando un poco.

Su pulgar se movía al ritmo de su mano, acariciando parte de la mejilla de Pema, quien debió de ruborizarse ante todos y cada uno de los gestos de Tenzin, quien canturreó sólo una parte de un cántico viejo de Ciudad República:

Un gatito-gavilán que desciende hasta la mar

Anda solo desde que su gatita lo dejó

Pobre gato, triste andrajo, tiene ganas de llorar

Maúlla flojo desde que su gatita lo dejó.

Un zapato va volando

Los bigotes le golpeó

Pobre gato, triste andrajo, tiene ganas de llorar.

Si los niños hubiesen entendido la crueldad y crudeza de la letra, quizás no la habrían cantado con tanto ahínco y alegría cada que las acólitas les enseñaban la canción. Sin embargo, Tenzin no recordaba alguna otra, y más porque era un canto típico de la región y que medio universo (al menos en esa urbe) conocía.

-Buenas noches, pequeña – susurró, y tras subir las cobijas de la cama de Pema, el maestro se retiró del lugar.

O-O-O-O-O-O-O-O-O-O-O

Dos días después, el estado de la acólita había mejorado de manera notable; bajo la vigilancia de Katara, la niña de ocho años ya volvía a comer normalmente, y a pesar del desagradable mejunje de algas que la maestra embadurnaba en su pecho, ella se sintió mejor que nunca. Durante ese tiempo, su amiga Jinora tuvo restringido el paso hacia la habitación, y rara vez se vieron. Empero, en cuanto llegó el tercer día (donde finalmente podría entrar), las dos se abrazaron por un largo instante, debido a que Jinora por poco y perdía a la mejor amiga que había tenido.

-Casi me matas – aseguró, estrujando a la niña.

-Fui yo la que morí – respondió Pema sin despegarse de su amiga.

-Debió ser horrible estar tanto tiempo encerrada sin nada que hacer.

Ambas fijaron las miradas, y Jinora notó la mueca sonriente de su amiga.

-¿El maestro Tenzin vino?

Asintió.

-Y me dijo que le gustaron los lirios.

-¿En serio? ¿Y qué le dijiste?

-Nada

-¡¿Nada?! ¿Por qué?

-Pensó que estaba dormida. Entonces pasó su mano por mi cabeza y me cantó la canción del gatito-gavilán.

-¡No inventes!

-¡Sí!

Las dos niñas gritonearon emocionadas, pero Pema se vio incapaz luego de que un ataque de tos le llegara.

-Lo siento. ¿Estás bien? – preguntó Jinora, obteniendo una afirmación como respuesta.

-Sí. Pero todavía tengo tos. La maestra Katara dice que si sigo así, me voy a mejorar muy pronto.

-Más te vale, porque la maestra Woo no duda en preguntar las cosas de filosofía, y no hay nadie que le responda. Le haces falta a la clase para salvarnos a todos el trasero… Y la clase de pasteles de hoy estuvo muy floja sin ti.

Se escuchó que alguien llamaba a la puerta.

-Adelante – pidió Pema, y entonces entró Katara.

-Buenos días, niñas. ¿Cómo has estado, Pema?

-Mejor, maestra Katara.

-¿Mejor? Tus pulmones casi se salen de su sitio por la tos – terció Jinora.

-Es normal. Pronto mejorarás y volverás a correr por el templo, traviesa. ¿Por qué no vas al jardín a jugar junto a Jinora un momento? Necesitas ventilación y algo de sol para la gripe. Hace un día hermoso allá afuera.

Las dos niñas asintieron. Ni tardes ni perezosas, las dos tomaron rumbo hacia un patio cuadrado que se encontraba afuera de ese segmento de habitaciones, dejando a Katara pensando por un instante considerable.

De repente, las memorias de los viejos días de Kya, Bumi y Tenzin venían solas y sin permiso alguno de colarse en su mente; al divisar la manera en que ambas niñas jugaban le remitía a aquellos tiempos que habían pasado hace mucho, y por ende, su anhelo de haber tenido un hijo o dos más; uno de ese mismo hombre a quien siempre había amado, y aunque él no había tenido mayor problema en haber tenido sólo tres, en los adentros de Katara existía un vago sentimiento de que había fallado en ese simple deber de repoblar a la raza de su marido. Sin embargo, Aang le recalcó muchas veces que una sola mujer no podía reconstituir a millones de personas y que, de alguna manera, no era su culpa ni su deber.

Hace muchos ayeres se encontraba cobijando a sus tres hijos, bañando a su hija mayor, mientras que Aang jugueteaba con ella, llevándola a pasear en patineta de aire y bisonte volador, o tejiendo collares. O la primera vez de Tenzin haciendo aire-control, o el primer diente que Bumi perdió… Todo ello parecía distante y a la vez tan cercano, que al simple regreso ya anhelaba sentir de nuevo esos abrazos de un par de bracitos minúsculos y poderosos…

O-O-O-O-O-O-O

-Cariño, ¿Sigues despierto? – Katara susurró, hallándose acostada sobre el pecho de Aang.

-Dime – respondió entre dientes, con señales evidentes de estar adormilado.

-¿Extrañas a los niños?

-No tienes idea de cuánto. No tengo a quien culpar si me como los dulces…

-Aang…

Éste rio levemente.

-¿Es normal que hablemos de nuestros hijos a estas horas de la madrugada?

-Era curiosidad. Hay días en que quisiera volverlos a arropar… Sé que no se puede.

-Tienen que seguir con su vida, cariño. No pueden estar para siempre con nosotros.

-¿Y qué hay de Tenzin? Él sigue aquí.

-¿Y te molesta?

-Tú bien sabes que no. Es sólo que estoy preocupada por él y por Lin...

-Igual.

Callaron por un instante, y luego Aang preguntó:

-¿Estás dormida?

-Aún no. Sigo pensando en ellos dos… Tenzin la ama, y sé que ambos se aman. Pero Lin se niega a tener un hijo.

-Debe tener sus razones.

-No quiere dejar de ser ella.

-Es aceptable.

-Es egoísta.

-Es cuestión de ellos.

-Sé que no tolero ver a Tenzin así…

-Cuando el amor es verdadero, siempre encuentras la manera, cariño. Ellos dos sabrán qué hacer.

-¿Cariño?

-¿Quieres otra ronda? Tengo sueño.

-No te lo iba a pedir – dijo, sonriendo –. También quiero dormir. Tu corazón tiene un sonido hermoso…

-Buenas noches, Katara.

-Buenas noches.

Ambos se abrazaron, y acercando la cabeza de Katara contra su pecho, Aang se acomodó en las almohadas de la cabecera, cobijando el sueño de ambos.