Luz de luna.

Aquella sería una mañana como cualquiera, y Tenzin despertó con la firme idea de ver a Lin por la mañana, y en la noche cenar con una gran acólita en los jardines del Templo. Despertó sabiendo el lugar exacto en el que la señora de las azucenas solía vender sus productos, y de la misma manera, caminó directamente hacia la estación con el ramillete que debía llevarl… ¿Debía? Sí; se trataba de un contrato involuntario que había firmado, e incluso Tenzin se detuvo por algunos momentos. ¿Por qué lo estaba haciendo? Al principio titubeó para entrar a la estación, a sabiendas de que no había cumplido con el único requisito que Lin le pidió el día anterior; la barba seguía en su sitio, se hallaba en un estado nefasto cargando un par de azucenas que Lin dejaría secar por ahí en su oficina. ¿Qué propósito tenía? De todas maneras entró, pero era más bien un reto para sí mismo; deseaba ver la reacción de Lin.

-Prometiste que te afeitarías, Tenzin. ¿Qué fue lo que pasó?

-Un pequeño detalle se atravesó en mi camino, y aquí sigue conmigo – comentó, acariciando su rostro con cierta satisfacción.

-¿Pequeño detalle? Sabes que no me gusta.

-Pero a mí sí. No puedes quitarme una parte de mí; es como si se hubiese encariñado conmigo y yo con ella…

Algunos curiosos miraban oteaban la escena; por ello, Lin tomó del cuello de la camisa a Tenzin, llevándolo hasta las afueras de la estación (y un poco más afuera):

-No seas ridículo, Tenzin. Es sólo una barba, y volverá a crecer.

-¿Por qué me debo afeitar? Entonces córtate el cabello

-Estás loco.

-No lo estoy. Es equivalente.

-¡Ush! – exclamó, azotando los brazos – eres imposible, Tenzin.

-No lo soy. Sólo reclamo mis derechos como son.

-¿Ah, sí? Entonces tienes derecho a guardar silencio; todo lo que digas será usado en tu con…

-No me trates como a tus presos, Lin.

-¡Y tienes derecho a no besarme hasta que te quites ese horrendo bigote!

-¡¿Qué?!

-Es mi última palabra.

-¿Te vas a poner así sólo por un poco de bigote? Entonces no te veré hasta que te cortes el cabello.

-No es lo mismo. ¿Quieres que me afeite la cabeza como tú, calvo?

-¿Qué? No soy calvo. Mantengo mis hábitos monacales.

-No es cierto.

-¡Basta! ¡Míranos! Parecemos niños, peleando por asuntos simples.

-Esto demuestra lo simple que eres… ¡No te puedo dar una pequeña orden porque ni siquiera puedes cumplirla!

-¡No soy nadie para que me des órdenes! Si crees que vas a mandar en esto, te equivocas.

-Y si tú crees que harás tu voluntad, te equivocas.

-¡Se acabó!

-¡Bien!

-¡Bien!

Ambos se miraron furibundos, a punto de deshacerse con los ojos. Después, Lin giró de nuevo hacia la estación de policía, y allí azotó la enorme puerta de metal que debía permanecer abierta. De su parte, Tenzin viró tan abruptamente que sus togas se levantaron con violencia, al igual que una persona que iba pasando cerca de él, y pronto le gritó más de un insulto o dos.

Lin regresó a su estación de trabajo con evidente enojo; los policías, al verle, supieron que no debían de cruzar palabra en esos instantes, pues cualquier gesto amenazante se volvería su sentencia de muerte. Sin embargo, el teléfono de la estación sonó justo cuando la recién nombrada jefa de policía se dejó caer pesadamente sobre la silla principal, y éste conoció su destino cuando la dama lo sacó volando por los aires, estrellándose sobre la puerta.

-¿Qué ocurrió? – entró un oficial alarmado ante el estruendo que provocó el teléfono deshecho.

-¡Está todo bien, Saikhan! ¡Largo! Si vienes sólo a molestarme, aléjate de aquí.

-Pero es importante, jefa Bei-Fong. Nos acaban de informar que habrá una redada en la noche, dirigida por el Zolt El relámpago; es la oportunidad que hemos buscado por meses para atrapar a su triada y toda su cadena de crimen organizado.

-¿De qué habla? ¿Esto es en serio?

Saikhan asintió.

-Entonces tenemos que prepararnos, porque esta noche no dormiremos. ¿En dónde dices que será exactamente?

O-O-O-O-O-O-O-O-O

Tenzin viajó por las calles de Ciudad República con la firme intención de olvidarse del altercado que tuvo con Lin más temprano; pronto se olvidarían de que eso pasó, se perdonarían, cenarían en la casa de ella, y al entrar la madrugada ambos terminarían haciendo el amor. Era lo natural… ¿Lo era? Al mismo tiempo, viendo las parejas tomadas de la mano entre los callejones de la urbe le hacía pensar qué tan normal era repetir ese ciclo durante cuatro o cinco veces al año; durante más de tres veces, Tenzin le había propuesto matrimonio a la poderosa hija de Toph Bei Fong. Sin embargo, en todas ellas obtuvo una negativa rotunda.

A pesar de todo, Tenzin sabía que no habría otra mujer que lo aceptara de esa manera, y menos cuando se encontraba a nada de alcanzar los cuarenta años de edad, y con pocas oportunidades de formar una familia estable; más allá de los ideales no compartidos, en Lin aún existía un embrujo mágico que le hacía perderse en ella… Algo que, por ingrato que pareciese, él sólo lo descubría en la cama y en ningún otro lugar; cada detalle rechazado, cada palabra siendo herida por el desdén y crudeza de Lin. Ambos, dejándose morir por necios.

De repente, Tenzin recordó que esa misma noche tenía una cita con Pema, y su semblante se transformó. Pasó de tener un pensamiento ominoso a uno más alentador… ¿Qué iba a hacer? ¿De qué hablaría con esa mujer?

Ciertamente había algo diferente entre ellos dos.

Pema había crecido para convertirse en una jovencita que podía captar la mirada de cualquiera; había dejado de ser esa niña traviesa y desordenada que revoloteaba junto a Jinora por los jardines del templo, para ser una acólita pensativa y que denotaba una espiritualidad casi atemorizante. Era, sin exagerar, una domadora de aguas sulfurosas.

En tanto Tenzin buscaba algo desconocido en los estantes, en varias siluetas femeninas observaba a la misma de la acólita… ¿Qué le sucedía? ¿Por qué sentía una emoción al saber que pronto vería a Pema? Algo había cambiado en Pema. ¿Hechicería? Era poco probable.

Cuando menos lo había esperado, la única razón por la que se había encontrado a sí leyendo poesía, llegando temprano a casa y respirando pesadamente se transformó en el motivo de su inexplicable marcha acelerada cuando ésta cayó por el árbol y se posó sobre él; toda ella, todo su ser frágil e imponente le había hecho sentir un poder inconmensurable y, a la par, una humildad inmensa.

Ella ya no era una niña, no. Y él ya no era un jovencito.

Ese instante se repetía, y repetía. ¿Por qué no paraba? ¿Por qué no volvía a tener veinte y tantos?

-¡¿Por qué?! – gruñó, causando que varios de los compradores de las tiendas lo voltearan a ver con extrañeza. En cuanto lo notó, se repuso y siguió caminando; esperaba sentir en la ciudad un momento de paz entre tanto ruido; esperaba silenciar sus propios pensamientos.

O-O-O-O-O-O-O-O-O

-¿Entonces caíste encima de él? – el interrogatorio de Jinora no se hizo esperar, en tanto que ambas recogían los vegetales del huertecillo.

-¿Quieres dejar de gritarlo, Jin? – musitó Pema, pidiéndole un poco de más compostura.

-¡Es emocionante! Tú y el maestro Tenzin acostados bajo un árbol, besándos…

-No hicimos nada.

-¿Te habría gustado que algo pasara?

-¡No!

-¿No?

-Digo, no lo sé. Quizás sí… Es decir, ¡No! Él ya tiene a alguien más. Y tal como dijiste: debo olvidarme de que él existe. Pronto me voy a ir del templo para siempre.

-Con mayor razón, Pema. Estás por irte a un viaje del que no vas a volver…

-Lo sé. Es por eso que no quiero ir a la cena de hoy en la noche y…

-¿Qué? ¿Cena? ¡Cuéntalo!

-Después de haberme caído del árbol, Tenzin me dijo que debía compensar su error; quedamos en cenar debajo del árbol hoy en la noche.

Jinora emitió un chillido alterado para contener su emoción. Igualmente, sus manos se sacudían para expresar su sentir:

-¡No inventes! ¡No inventes! ¿Y planeas hacerle el am..

-¡Jinora!

-¿Qué? ¿Acaso tú no…

Las dos se levantaron del campo, y justo cuando ella estaba por terminar su pregunta, Pema la interrumpió.

-No puede ser, los cultivos han estado saliendo mal en estos días. Me temo que debemos ir a la ciudad a comprar algunos víveres, o en todo caso nos quedaremos sin vegetales para la próxima semana.

Caminaron de regreso al cobertizo, y de allí reportaron al acólito Lee sobre las circunstancias:

-Con gusto las puedo llevar en el bote a la ciudad. No es un viaje tan largo; además, soy el encargado del huerto y el invernadero. Es mi deber.

-Muchas gracias, muchacho – dijo Jinora, y todos salieron con rumbo al embarcadero de la isla.

Una vez que el barco zarpó con rumbo a la ciudad, las dos amigas continuaron con su plática.

-No trates de evadirme, Pema – susurró la acólita –, te pregunté que si tú no habías…

-¿De qué hablas?

-Tú sabes bien a qué me refieron.

Pema suspiró pensativa, y girando la cabeza hacia la mar, dijo en un tono muy bajito:

-Una vez. La anciana Woo estaba muy enferma cuando viajamos por el Reino Tierra… Han-Gu se encontraba con nosotros auxiliándonos con las ubicaciones del reino. Era nuestro mejor lector de mapas. Salimos de la posada en donde amablemente nos dieron asilo… Ambos nos sentíamos atraídos el uno del otro, y no teníamos la presión de Woo sobre nosotros; él sabía de Tenzin, y de cuánto lo amaba, pero me pidió una oportunidad de conquistarme y de ser quien estuviera en mi cabeza y en mí.

Cuando su relato hubo concluido, Jinora sólo escuchó el sonido de las olas yendo y viniendo hacia todas direcciones. Aquella siguió:

-No pasó nada más – rió con tristeza –, porque el resto imagino que ya lo sabes.

-No todo – replicó Jinora –. ¿Te sentiste mal?

-Podría decir que fue la mejor noche de mi vida… Pero no fue así; sólo lo utilicé para engañarme a mí misma.

-Todos lo hacen…

-Yo no.

-Yo me acosté con Lee hace mucho tiempo… ¿Estoy angustiada? No lo creo.

-¡¿Que hiciste qué?! – gritó, pero Jinora la apaciguó con un pequeño zape.

-Baja la voz, impertinente… Y sí, fue un tiempo antes de que llegaras al templo.

-Quisiera ser como tú, Jin. Y con todo y eso parece que se llevan bien… Yo no podría volver a ver a Han-Gu cuando él sabe que quiero a Tenzin…

En eso, Lee anunció su llegada al puerto de la ciudad. Ambas bajaron ayudadas de su mano, y pronto se dirigieron al sector comercial en busca de vegetales frescos.

O-O-O-O-O-O-O-O-O

-Pronto serán las seis, Jefa Lin. No ha comido nada, y debe estar preparada para lo que venga en la noche… No puede combatir el crimen con el estómago vacío. Si quiere podemos salir a comer algo a la ciudad, ¿Le parece? Yo invito – sugirió una mujer policía al ver los ánimos indiferentes de la maestra tierra.

-No tengo hambre. Estaré bien – respondió Lin, de espaldas hacia su oficial, en tanto los últimos rayos del sol entraban por las persianas de su oficina, impactándose contra su rostro.

-Insisto en que debe comer, Jefa Lin. No pierde nada y quizás el aire de afuera le haga bien para poder sus pensamientos en orden.

La maestra se dirigió hacia su oficial, y exhalando ligeramente, dijo:

-Está bien. No es una mala idea… Es posible que encuentre a Tenzin. Le gusta indagar por el centro cuando necesita tiempo para pensar.

-¿Lo ve? Quizás pueda arreglar sus diferencias con él, y hasta comen juntos. ¿Qué me dice?

Lin sonrió, y enseguida las dos mujeres salieron a rondar el sector de alimentos y restaurantes de la ciudad.


-Tenemos papayas, mangos, y las berenjenas-calabacines. Creo que debemos irnos – pidió Pema.

-Sí, porque alguien no querrá llegar tarde con el maestro Tenzin – Jinora insistía en arrojar más leña a la lumbre, causando que aquella rodase los ojos.

-No es un juego, Jin. Estoy en medio de nada.

-Déjame adivinar… ¿Un poema?

Asintió.

-Es tonto.

-Es muy bonito.

Las dos acólitas se abrían paso en el sector restaurantero, mirando y admirando las luces de los amplios locales con alimentos de la Tribu Agua, la Nación del Fuego; malandrines en las afueras jugando y apostando, espectáculos de animales domésticos, bailes y teatro callejero.

A diferencia del resto de las mujeres, tanto Jinora como Pema destacaban por ser las únicas que vestían togas ceremoniales de la Isla del Templo aire, y por cargar un canasto para comprar las cosas del mandado, tradición poco usual entre las damas citadinas de esos tiempos.

-No sé por qué no salimos más seguido del templo – dijo Jinora al ver la algarabía del ocaso sobre Ciudad República.

-Porque somos acólitas – respondió Pema, acomodándose el canasto en el brazo.

-Pero tú eres una acólita peregrina – agregó, llevándose un mango a la boca, para después seguir su discurso con la boca llena –. ¿Sabes? En días así quisiera ser una de ellos… Es decir, gracias a ese viaje regresaste siendo una caja completa de misterios. Eres un enigma para todos los que te ven… Hasta para Lee te volviste más atractiva.

-¿Qué?

-Nada… Sólo decía.

Siguieron caminando.

-¿Jin?

-Dime.

-No hables con la boca llena. Es desagradable…

-No lo es.

-Lo es cuando eres la única – exclamó Pema, tomando un mango de la canasta y engulléndolo al instante. Pronto, las dos hablaban un idioma poco entendible y con sabor frutal.

-Eres una boba, ¿Lo sabías Pema?

-Pero soy tu boba, boba mayor.

Las dos jóvenes rieron tendidamente, aunque en ocasiones chocaban con la multitud que les rodeaba sobre ese amplio callejón. Se encontraban tan hundidas en su juego pueril que Jinora no notó que había chocado con un hombre.

-¡Oye, idiota! ¡Fíjate por dónde…

Empero, cuando notó de quién se trataba, pronto se disculpó.

-¡Maestro Tenzin! ¡Yo no quería! ¡Yo..

-Comprendo. ¿Día difícil? Esperen, ¿Qué hacen ustedes dos aquí?

-Los vegetales del huerto han salido un poco mal, entonces vinimos a comprar algunos para surtir la despensa para la semana entrante – terció Pema.

-Eso que dijo ella – añadió Jinora.

-Está bien.

Los tres estorbaban el paso peatonal. De inmediato se orillaron.

-¿En dónde está Oogi, maestro Tenzin? – preguntó la acólita mayor.

-Lo dejé en el techo del consejo, hermana Jinor…

-¡Me adelanto a Oogi! ¡Luego los veo!

Por más que la mirada de Pema insistía en que no la abandonara con el maestro Tenzin, la cobarde salió corriendo hacia allá, tomando la canasta de vegetales que colgaba en el brazo de su amiga.

-Ni siquiera preguntó si podía montar a Oogi – musitó Tenzin.

-Es Jinora. Siempre lo hace.

-Deberíamos alcanzarla. Debo alistarme… Tengo una cita.

-¿Con la señorita Lin?

-No. Aunque también es una dama muy especial.

-¿Sí? – su tono comenzó a llenarse de algunos celos.

-Te lo aseguro, Pema.

-¿Y cómo es ella?

La sonrisa de Tenzin comenzó a llenarse de más y más alegría, aunque no sabía bien la razón por la cual ello le hacía sentir júbilo.

-Es de tu altura.

-¿Y es bonita?

-Te lo aseguro.

-¿Y cuándo la verás?

-Hoy en la noche. Cenaré con ella.

-Pensé que me habías prometido una cena hoy.

Tenzin carcajeó, causando irritación en la mueca de la acólita.

-Tengo una cita contigo, Pema. ¿Acaso se te olvidó?

Los colores se le subieron al rostro. Había sido una idiota.

-Cierto… No lo he olvidado, maestro Tenzin.

-Espero que así sea. Pasaremos un momento agradable… Disfruto tu compañía.

-Lo dices porque debes decirlo. Eres un maestro simplemente.

-¿Tú no?

-Yo también soy maestra. Por eso sé lo que digo.

-Pregunto si nunca has disfrutado de la compañía de alguien.

-Sí... alguna vez.

No obstante, aunque la plática parecía un pequeño encierro o burbuja en medio de la multitud que caminaba por aquel lado de la ciudad, pronto se vieron en problemas al no avanzar hacia algún lado en específico; un maestro fuego que portaba sombrero pasó junto a Pema, y al observar con quién se encontraba, éste se detuvo.

-Buenas noches, señores. Veo que están estorbando en nuestro territorio – dijo, mirando de pies a cabeza a ambos, y más a la joven.

-¿Tu territorio? La calle es para todos – contestó Pema.

-¿Cuestionas mi poder?

-Estábamos por irnos – entró Tenzin, pasando su brazo alrededor de la cintura de Pema para acercarla más hacia su persona y así protegerla. El maestro fuego sonrió con malicia.

-Es lo más prudente, o sino alguien saldrá herido.

-¡Vámonos, Pema! – sugirió el maestro aire, caminando en dirección contraria al maestro con el que se habían topado. Apresuraron el paso hasta que estuvieron en un lugar menos viciado, justo afuera de un restaurante de comida típica del sur del Reino Tierra, cinco cuadras más lejos de su punto original.

-¿Qué sucedió? Algo no me daba buena espina en él, maestro Tenzin.

-Ni a mí. Debe ser algún maleante de las triadas de Zolt; tiene a medio consejo de Ciudad República de cabeza, y nadie lo ha logrado atrapar. ¿Estás bien?

-Sí. En algún momento tuve miedo.

-Pero estoy aquí para defenderte. Créeme, no pasa nada. Todo está bien.

-Gracias – exclamó Pema, abrazando de inmediato a Tenzin; ante tal gesto, él permaneció absorto, pero al cabo de un rato terminó por ceder, y sus brazos la juntaron más a él.

Sin embargo, al estar tan cerca de la puerta del restaurante, ninguno de los dos advirtió que una mirada conocida estaría observando sus movimientos con cautela y, por ende, causaría un par de dudas y celos en aquella mujer de ojos verdes que deglutía sus fideos con suma comodidad… hasta que vio ese gesto.

O-O-O-O-O-O-O-O-O

Dieron las diez de la noche, y todo se encontraba listo; Yue en su máximo esplendor atravesando la verdura de los árboles del "patio misterioso", chocando y jugando con las formas caprichosas que formaba el juego de té que reposaba sobre una manta en el empastado, así como de un suculento pastel de higo con relleno cremoso. Todo se encontraba listo; Pema y Tenzin también.

-El té está exquisito, Tenzin.

-Gracias. Lo preparé con la receta secreta de mi madre.

-La maestra Katara sabía hacer un excelente té – aseguró Pema, llevándose a la boca la pequeña taza.

-¿Y yo?

-Necesitas practicar.

El maestro rodó los ojos, haciendo un pequeño puchero.

-Está bien. ¿Y qué opinas del pastel?

-Es magnífico. Se asemeja a uno que comí hace muchos años, y que también estaba relleno de higo.

-¿En tu cumpleaños?

-No. Jamás supe qué ocurrió; de repente apareció en mi habitación junto con un gran vaso de té helado. Lo recuerdo porque esa noche moría de hambre.

-Ya veo…

La acólita tragó todo el té, pero por poco y se atragantaba con él. Tosió un poco.

-¿Estás bien? – cuestionó Tenzin.

-Sí… Sólo algo de tos. Hace frío.

-¿Tienes frío?

Asintió. El maestro aire se quitó la toga para colocarla sobre la espalda de Pema, quien de repente suspiró.

-¿Sucede algo?

-Nada. Simplemente que la luna es hermosa. La princesa Yue es hermosa.

Sus ojos volvían a verse resplandecientes en tanto oteaba los relieves indefinidos de la luna llena; Tenzin no podía quitarle la vista de encima, y de nuevo le ofreció té, llenando su taza.

-¿En qué piensas, Pema? ¿Hay algo que te incomode?

-Sí, y no.

-No importa lo que sea; si te está sacando de tu balance, debes exteriorizarlo. Después pueden hacer implosión y matarte hasta que te amargas y…

-Yo lo sé. Estoy consciente de que es un veneno.

-Puedes confiar en mí.

-Ése es el problema.

-¿Yo soy un problema?

El viento les susurró por un momento. Algunas hojas caían sobre el pastel y el té, y el vuelo de algunos animales nocturnos aumentaban la tensión.

-Tú lo eres. Sí.

-¿Qué hice? Adelante…

-Es más bien lo que yo hice…

Pema volteó hacia él, acercándose cada vez más hacia su lado.

-¿Y qué hiciste? – preguntó él, nervioso, notando la poca distancia que quedaba entre ambos.

-Callarme por tanto tiempo – dijo, y pronto recogió todo el valor que pudo, procedente desde el fondo del estómago – Tenzin, yo te amo.

En cuestión de segundos, Pema cubrió los labios de Tenzin con los suyos en un beso suave y breve, dejando a Tenzin anonadado; no era por el gesto, sino por el valor que ella había tenido para hacerlo y porque ese beso, a diferencia de los últimos que había recibido en los meses anteriores, le hacía anhelar otro de manera sincera. Tan breve fue que, en cuanto él se dio cuenta de lo que ocurría, Pema se separó de él, cortando ese flujo de corriente eléctrica que se había producido en ese choque.

Ambos intercambiaron miradas de sorpresa por un momento, claro, sin apartarse mucho el uno del otro.

-Yo… Lo siento – musitó Pema.

-¿Por qué?

-Estás con Lin. Yo no debo. Lo sien…

De la misma manera y sin dejar que su denuedo titubease, Tenzin volvió a cerrar la distancia entre ambos, correspondiendo al beso que Pema había puesto en su boca; había un encanto inusual en ese detalle. Empero, ella seguía creyendo que no debía hacerlo, aunque las manos de Tenzin ya se encontraban tomando las de Pema, jugueteando y dibujando algo desconocido en sus palmas; Ambos, ya recostados contra el pasto.

-No debo, Tenzin – dijo con voz muy baja contra su rostro, aún con los ojos cerrados.

-¿Por qué no? ¿No dijiste que me amabas? – comentó de igual modo.

-Estás con Lin… Ella no lo merece. No.

Pema se separó y acoplándose, dejó a Tenzin tendido; se sacudió el pasto.

-Espera – pidió el maestro.

-Ya dije lo que tenía que decir.

-¿Y por qué te vas?

-Ya te lo dije, Tenzin. Ella no sabe nada de esto… ¡Ella también te ama!

-Ella no me ama… Escucha, ella ya ni siquiera me ve. Volvió a romper nuestra relación.

-Y volverán. Ya lo sé… ¿Crees que no lo veo desde que era una niña?

-¿Qué?

-Todos lo ven: se pelean, y vuelven. Vuelven, se pelean, se aman y vuelven a pelear. Durarán meses sin hablar, y luego… Tú sabes el resto.

Tenzin exhaló pesadamente, y al levantarse se sacudió la hojarasca que le estaba cayendo.

-No es cierto.

-¡Claro que lo es! Yo admiro mucho a la señorita Lin… Y le temo.

-¿Le temes?

-¡Es una Bei-Fong!

-Entiendo… pero.

-No puedo Tenzin. Perdóname por lo que hice… Lo siento.

De repente, la acólita tiró la toga sobre el piso, y enseguida salió corriendo. Cuando hubo reaccionado, Tenzin empezó a seguirla a través de los pasillos del templo, llegando al sector de dormitorios de las mujeres:

-¡Pema! ¡Espera! – exclamaba, haciendo que ella sólo corriese más y más rápido, hasta que pronto se escondió en su cuarto. Pema azotó las puertas casi en su cara.

-¡Pema! ¡Déjame entrar! ¡PEMA! – lanzó varios puñetazos hacia ellas, pero jamás cedieron. La joven se recargó contra la puerta – ¡Primero me besas y luego me dejas solo! ¡No lo entiendo!

Tenzin dio un último puñetazo, recargándose posteriormente contra la puerta dando un sentón.

-No entiendo a las mujeres… ¡No las entiendo!

-Nadie te dijo que las debes de entender – pasó Jinora por el corredor de las habitaciones, como si en realidad lo hubiese estado siguiendo por un largo rato. En eso, varias mujeres abrieron sus puertas para ver de qué se trataba aquel barullo.

-No la llamé, hermana Jinora. ¿Le importa?

-¡Sí, y mucho! Hablan de la jefatura de policía, maestro Tenzin – exclamó secamente –; el teléfono de su despacho sonaba sin cesar.

-¿De la jefatura? No necesito hablar nada con Lin. No ahora. ¿Y qué hacías por mi despacho?

-No se trata de ella… Y estaba alimentando lémures. No es que yo me entrometa en lo que no me importa. Además, habló un tal Saikhan; dijo algo de una reunión de triadas en el centro de la ciudad, y que varios elementos de la policía permanecen bajo arraigo. Parece ser que están secuestrados pero…

-¿Secuestrados? ¡Lin! – gritó, levantándose súbitamente del suelo y casi tirando a Jinora con un empujón violento que éste le obsequió.

-¡Gracias! – exclamó Jinora con sarcasmo – Soy mensajera, a sus órdenes.

Entonces resopló, para luego llamar a la puerta de Pema.

-¿Sigues allí?

No obtuvo respuesta.

-¿Pema? ¿Todo está bien?

-¡Necesito tiempo! ¡Déjame sola!

-¿Qué sucede?

-¡Nada!

-Está bien, te entiendo. Sé que no quieres hablar… Entiendo todo. Pero cuando quieras hablar, aquí estaré para ti. No lo olvides. Buenas noches, mocosa.

Jinora salió caminando con rumbo a su habitación, no sin antes acercar el oído a la puerta de su amiga, en donde escuchó un sollozar bajito, quebrado, que había implosionado cientos de veces, pero que jamás se había exteriorizado. Ella, Jinora, parecía no entender bien lo que ocurría, mas estaba consciente de algo; no le gustaba ver a su amiga sufrir por el mismo idiota que, si no sabía valorarla, la hacía llorar; en cambio, si la valoraba, la hacía llorar. No entendía bien de quién era el problema…


-Continuará-


Me disculpo por no haber subido capítulo el sábado. Se me complicó un poco llevarlo a cabo y, a diferencia de los capítulos anteriores, los presentes no tenían un adelanto. Se darán cuenta que tengo rollos existenciales con esta basura de escuela, pero espero que les esté gustando el fanfic. ¿Que cuántos capítulos le quedan? No sabría decirlo… Quizás otros seis u ocho, pero estaré subiendo los capítulos así: dos el lunes y uno el jueves. Serán como dos semanas más, quizás tres (no lo sé, la verdad), pero veamos qué ocurre con este fic. Bajo recomendación de lovelywtt, entré a NaNoWriMo (que será en noviembre), y debo dejar todo cuanto pueda ya listo, y más porque mis prácticas docentes y exposiciones están por venir pronto. Un saludo a todos los que llegaron hasta aquí, y muchas gracias :D

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