¡Hola a todos los lectores y seguidores de Fly! Antes de que otra cosa ocurra, me quiero disculpar ampliamente con todos ustedes. Es decir, dejé la historia varada más de dos meses, y quería retomarla (pero no había tiempo). Hace poco mi computadora chafeó en cuanto a monitor, y apenas ahorita la tengo (eso fue la semana pasada y allí tenía mis archivos de fanfiction, entonces no podía continuarlos). Hoy en la tarde acabé el último trabajo que debo entregar en el semestre (y que salga lo que tenga que salir). De momento estoy laborando en varias cosas al mismo tiempo, así que disculparán si se me van palabras fuera de contexto. Sin más, los dejo con un nuevo capítulo de Fly, que espero que sea de su agrado... si sienten que hay muchas incógnitas, se resolverán pronto (no se espanten). Muchas gracias a todos los que esperaron con paciencia por esto. (y pásense por "Mi nombre es Bumi", otro fic que estoy comenzando apenas).
El limbo.
Despertó en cuanto las pesadillas se terminaron, aquellas donde se volvían a repetir los mismos hechos aciagos que su mente venía dibujando desde hace un tiempo, poco después de que sus heridas le dejaran postrado en una cama por casi siete días.
Se sentó para recuperar la noción del todo, observando con ojos borrosos los primeros detalles concretos de lo que estaba en esa recámara, su recámara: sábanas beige arrugadas, y quizás no eran las mismas que él recordaba; instrumentos de curación, jarabes fétidos, hierbas medicinales, platos con alimentos a medio comer. Su habitación era la misma, a excepción de los enseres que le eran poco familiares.
-Ugh – alcanzó a gruñir, notando que portaba varias vendas en buena parte del torso, brazos y una minúscula herida encima de la ceja izquierda. Volteó hacia el reloj que debía estar detrás de una taza con jugo de lichi; aquél señalaba las cuatro, y por la poca luz que había, podría decirse que era de madrugada. De repente, Tenzin percibió un golpe leve en la pared, el cual dirigió su atención hacia la silla a pie de la cama; de todas las personas que podrían estar vigilando su sueño, ella se encontraba justo allí.
-¿Pema? – susurró Tenzin con signos evidentes de debilidad. Entonces la acólita despertó:
-¡Tenzin! ¡Al fin despertaste! – exclamó en tono mortecino, revelando el cansancio. Sin embargo, ello no impidió que la muchacha se arrojara con cierta sutileza hacia el hombre aún exhausto. – Pensamos que no volverías a abrir los ojos.
-Entiendo pero ¿Qué sucedió?
-Tus heridas se complicaron un poco más de lo normal. Tuviste una infección, e hicimos lo posible para que no se expandiera, o para que los médicos no amputasen parte de tu brazo izquierdo.
-¿Mi brazo? – musitó, volteando hacia aquél, descubriéndose una mole de gasas, al igual que una herida que apenas se notaba, aunque de cualquier manera dolía.
-No vuelvas a hacer esto, por favor – repetía Pema con los ojos un tanto llorosos, negándose a la idea de ver a Tenzin fuera de este mundo para siempre. Sobre el pecho del maestro recaía el peso que producen muchas semanas a medio comer, medio dormir y morir a media luz; no se trataba de su salud y de su lucidez, sino la de esa acólita.
-Es un riesgo que debo tomar de vez en cuando – contestó –. Estaré bien. Lo estoy ahora… Y ¿Cuánto tiempo estuve…
-Casi tres semanas. Temí lo peor.
Con un par de complicaciones, Tenzin tomó entre sus brazos a la joven suplicante de ojos desvelados, fatigada por el saco de remedios que tal vez había preparado en los días anteriores a ése.
Ya no había más maestro Tenzin; ya no había más usted, ni tratos preferenciales hacia el líder del Templo aire. Si bien el respeto entre ellos dos proseguía, las circunstancias habían virado de forma tal que ninguno de los dos podía permitirse morir en ese instante. Permanecían juntos, morían de igual forma.
A los ojos del templo, aquello ya no apestaba solo a mejunjes herbales caseros, sino a lo que podría ser la sonrisa renovada de Tenzin, y no sólo una mueca mutilada, casi formal, tan obligada como la corbata, o cualquier accesorio de reemplazo; era una que venía desde el fondo del espíritu libérrimo del maestro aire.
-Debes descansar – sugirió Pema –. Ahora mismo traeré algo para que comas.
-No soy un discapacitado, sólo un enfermo. Ayúdame a ponerme de pie, por favor.
Por más que sus huesos lo anhelaran, Tenzin no lograba su cometido completamente, y al intentarlo, su cuerpo quedó por los suelos, cosa por la que Pema no dudo en correr hacia él para auxiliarle.
-¿Estás bien? Te dije que debías descansar.
-Tal vez estés en lo correcto. Sólo quiero agua; estoy cansado. Y tú también deberías dormir.
-¿Yo? Estoy muy bien…
-¿Pema?
-Tres semanas en vigilia no es tanto. Créeme… tuve peores jornadas cuando era acólita peregrina.
-Entonces no iré a dormir. Estoy harto de estar postrado…
-Debes descansar. Iré por agua, y no quiero que te alejes. ¿Lo prometes?
-De acuerdo; me quedaré aquí bajo la condición de que regreses y duermas aquí, a mi lado ¿Lo prometes?
Las mejillas de la acólita se llenaron de un tono rojizo.
-Bueno… yo…
-Anda. No iré a ningún otro lado, y no es como que pueda.
Tenzin le arrojó una sonrisa amable a la acólita, mientras ésta aún no tenía idea de cómo reaccionar.
-Enseguida vuelvo – dijo, yendo con rumbo a la cocina.
En cuanto salió, el maestro aire volvió a tomar su lugar sobre la cama, volviendo a captar con detenimiento todo el entorno; desorden, paños sucios… ¿Qué había ocurrido?
Pasado un momento, Pema regresó, portando una jarra con agua y un vaso. Él volteó a verla, detallando con la mirada cada movimiento; sirviendo el agua, la complicación, las ojeras… ¿Las ojeras? Sí. Al parecer había estado allí más tiempo del que en realidad debería estar. ¿Qué había sucedido en su ausencia? Entonces, la acólita extendió la mano para darle el vaso.
-Gracias – contestó, llevándose todo el contenido a la boca, derramando algo de líquido sobre sus vendajes. Pema le veía, aunque a lapsos parecía sufrir ligeros desmayos a falta de un sueño verdaderamente reparador.
-¿Qué hora es? – preguntó Tenzin.
-Es de madrugada. Duerme.
-No puedo. He dormido mucho tiempo… Y veo que por causa mía tú no lo has hecho.
-¿Hacer qué?
-Me prometiste que dormirías aquí a mi lado – dijo, indicándole con la mano ese espacio que quedaba justo a un lado de él.
-Yo… bien.
-Vamos.
Ella deseaba resistir ante todos los impulsos. Empero, fue necesario tomar el sitio que Tenzin le había reservado; después de varias noches en vela, a medio comer, dormir, y sobre todo, a medio vivir, su cuerpo gritaba por unas horas de sueño más o menos continuas, decentes, y dignas para alguien que se osara llamar "humano". El maestro aire la cobijó con sumo cuidado, admirándole en cuanto su cabeza tocó la almohada.
-Esto no está bien – masculló nerviosamente Pema.
-¿Quién lo dic… - Tenzin no alcanzó a completar su frase, dado que el dolor del torso no le permitía movimientos plenos.
-¿Estás bien?
-Estoy bien – dijo forzadamente –. Ahora duerme.
-No tengo sueño.
Tenzin la miró con ojos inquisitivos.
-De acuerdo – agregó ella –, trataré de dorm…
El sueño comenzó a ganarle, y aunque hizo su mayor esfuerzo para mantenerse despierta (y sentir la presencia de Tenzin más cerca de ella, y por ende, admirarla), no lo logró. Pronto se quedó profundamente dormida, volteando hacia el rostro del maestro. Éste, mirando por unos momentos la respiración pausada de esa joven, colocó un beso sobre su mejilla, haciendo que Pema musitara algo incomprensible aún sin despertar.
A pesar de no querer verse abusivo, Tenzin no pudo evitar abrazarla con delicadeza en cuanto sintió un pequeño temblor en el cuerpo de la acólita, fehaciente síntoma del frío de la madrugada; de golpe, notó que su cama no se encontraba vacía, ni precisamente llena. De manera más exacta, la estancia de Pema a la derecha de los cobertores le brindaba la certeza de cuán vacío estaba ese lugar, o como solía decirle Katara, sin una cabeza con la cual compartir el sueño o combatir las pesadillas.
Sólo por esa noche aparentaba estar llena.
Aunque él hubiese querido sostener a Pema por un rato más (y doblemente eterno), la fatiga de estar recostado fue mayor, y de alguna manera u otra (pero vacilante) se las ingenió para dirigirse a su guardarropa, del cual habría de tomar una toga y un viejo bastón de utilería que encontró sin haberlo buscado tan siquiera; emprendió su camino a lo largo del corredor del edificio principal del templo (que le correspondió en un instante a su padre y a sus hermanos, y ahora era sólo para él), para posteriormente encontrarse con un espacio más abierto… Después de haber probado el filo del limbo por breves parpadeos, el roce de los vientos terrenales le brindaba mayor estabilidad; los inhaló, los sintió por un momento para dejarse embriagar por ellos… En otras palabras, los apapachó.
Se sentó allí por corto tiempo, meditando y dejando que su mente se abriera a todas las posibilidades mundanas que rara vez se había detenido a observar, y que estuvo a punto de ignorar por algo tan repentino como lo era la muerte.
No habrían de pasar ni treinta minutos, cuando alguien se paró justo detrás de él:
-Te dije que entraras – llegó Pema, somnolienta.
-¿Qué haces aquí? Te dije que durmieras – replicó él.
-Debes tener cuidado. Te puedes enfermar con este viento… Hace frío.
-No es verdad.
-Tenzin… - pidió.
-Está bien. Pero… - en eso, su estómago rugió.
-¿Hambre?
El maestro aire asintió.
-Veré si puedo prepararte algo. Vamos – la joven caminó hacia Tenzin, pasando su brazo por su torso para sostenerlo con mayor fuerza, y así él pudiese desplazarse sin mayor dificultad.
Pese a todo, él no se encontraba listo para andar solo por los alrededores; se hallaba débil como un hurón de fuego recién nacido, con las piernas hechas hielo bajo el sol. Caminaba con dificultad; sin embargo, deseó que así fuese por un instante más, ya que adoraba sentir a Pema cerca de él, rodeándolo sin ningún temor o queja.
Cerca de él, como la última vez que ambos habían cenado debajo del árbol secreto del templo.
En eso, el pequeño momento llegó a su memoria; tenue pero poderoso, electrizante, con ánimos de prolongar los pocos segundos y de convertirlos en algo más.
A cada paso titubeante que iba dando con rumbo al comedor, Tenzin volteaba a observar a Pema, quien de repente se dibujaba como esa niña ingenua que arrojaba pasteles a los acólitos más ancianos, o después mutaba en una mujer poderosa que, aunque abnegada, sabía en qué punto debía entregar su ser en cada objeto, situación, persona, espacio… Caía, y volvía a ser una Pema con ojeras y sonrisa triunfadora, derribada por el paso de los días previos a su despertar; se volvía viento, pero siempre regresaba a su lado esa persona, esa mujer.
-Llegamos – exclamó ella, ayudando a Tenzin a sentarse sobre el cojín de la mesilla principal.
Salió de su trance, y de inmediato se acomodó como pudo.
-Gracias – contestó, llevándose la mano al estómago.
Pema tomó asiento cerca de él.
-Te prepararé algo ligero. Deberás recuperarte poco a poco.
-Podría comer un huerto entero.
-No debes. O esto no soportará tanto peso y podrías enfermar – replicó, dirigiendo su mano hacia la misma que Tenzin usaba para contener el dolor de la panza. Éste le regresó una mirada de sorpresa, aunque no por ello deseaba que la retirara. Fue un momento pequeñísimo, y pronto ella retiró la suya para salir corriendo hacia la cocina.
O-O-O-O-O-O-O
Frente a él se presentó un pequeño cuenco con arroz cocido, así como una taza de té de jazmín con un ligero toque de azúcar. Torpemente, Tenzin intentaba comer con los palillos, pero de manera inmediata se veía frustrado, causando que éstos terminaran conociendo el suelo.
-¡No puedo! – gruñía.
-Sí puedes… Necesitas estar más despierto. Te ayudaré.
Pema tomó unos palillos limpios, previendo que tal vez eso pasaría.
-Abre la boca – pidió, sosteniendo con ellos una porción de arroz.
-¿Qué? ¿Soy un niño pequeño? Puedo comer por mí mismo.
-No insistas. Abre la boca.
-No.
-Hazlo.
Tenzin seguía negándose. Pema resopló, siguiendo:
-Vamos, Tenzin. Necesitas fuerzas para poner en orden el templo…
-¿Eso debería motivarme?
-O hazlo por… por ti – se acercó un poco más, tomando una de sus manos. El maestro la miró, y con una sonrisa le dijo:
-De acuerdo… Pero no quiero nada de "aquí viene el bisonte volador".
Así, tras un par de bocados, gestos y jugarretas pueriles para hacer que los niños comiesen algo, tanto Tenzin como Pema terminaron riendo, aunque el cuenco de arroz permanecía casi lleno.
O-O-O-O-O-O-O
Amaneció, y el cielo se negó a mostrar el sol. Caía una llovizna tierna sobre la ciudad y sus alrededores, causando pasos presurosos sobre las calles, y que ninguno de los acólitos pequeños estuviera jugando en los jardines. Habrían sido las diez de la mañana cuando Tenzin abrió los ojos, sólo para percatarse que Pema todavía permanecía dormida, salvo que ahora ella se había acurrucado contra su pecho. Ello causó una sonrisa idiota en el maestro aire, quien por un instante no hizo mucho, e incluso posó sus manos sobre la espalda de la acólita, la cual a lapsos se movía o mascullaba algo en el sueño.
El semblante de Pema había mejorado notoriamente en comparación con aquél que había visto apenas unas horas atrás; renovado, fresco, y un poco más alegre… de hecho tenía una sonrisa liviana. Inclusive en esa ocasión podía escrutar con mejor definición todo rastro de esa joven; cabellos castaños y despeinados, y aún así parecía darle un encanto inusual, casi angelical; toda ella en suma calma. Hundió su nariz en la cabellera larga de la acólita, inhalando el aroma de hierbas que éste expedía; con el dorso de la mano, y sin perder de vista su rostro, Tenzin acarició las mejillas de la acólita durmiente, la cual despertó con posma, desconcertada primeramente por el sitio en el que se encontraba. Volteó, buscando la cara de esa figura humana contra la que había dormido.
-¿Qué sucede? – dijo, haciendo notar que apenas había despertado.
-Buenos días – respondió Tenzin besando su frente.
-¿Cómo llegué?
-El sueño te venció. Y prometiste que dormirías aquí.
Pema se percató pronto de lo que ocurría.
-Nos van a encontrar los acólitos aquí. ¿Qué van a pensar?
-No estamos haciendo nada. Necesitabas dormir… yo también. Sólo veía tu cabello… Me gusta.
-¿Gracias?
-Es hermoso.
La acólita rió.
-Lo dices porque no puedes tener uno.
-¿Qué?
-Nada. Pero igual, me gusta tu barba – señaló, llevando la palma de su mano a la mandíbula de Tenzin.
-Lo dices porque no puedes tener una – bromeó.
-Muy gracioso.
Los dos comenzaron a reír, adentrándose en las sábanas paulatinamente. Allí, lejos de toda tensión, Tenzin tomó la oportunidad de robar un beso de Pema, quien habría de regresarle el gesto suavemente.
-Pema, ¿No sabes si…
En eso, Jinora interrumpió la magia del momento, causando que su amiga quitara ruidosamente las cobijas que le cubrían a ella y a Tenzin; él sólo volteó, avergonzado. Pema cayó de la cama. Mientras, Jinora permanecía enajenada con lo que había visto.
-¡Jinora! – exclamó Pema, acoplándose sobre la cama.
-¡Pema! – respondió aquella.
-Está bien, haré como que no vi nada. De acuerdo, si quieren los dejo solos y yo vuelvo.
-¿Qué sucede, Jinora? – preguntó Tenzin.
-Nada. Sólo me alegra verlo entre nosotros… ¿En qué momento despertó?
-Era de madrugada. Pema me ayudó a levantarme y a salir de aquí.
-Ya veo. Y no es por ofenderlo, maestro Tenzin, pero algo aquí comienza a oler…
El maestro olisqueó el lugar. Pese a los brebajes herbales que tenía embadurnados por todos lados, algo no olía bien en él; al parecer había durado varios días sin tomar una ducha concreta.
-Tienes razón. Será mejor que tome un baño.
-Tenzin sigue muy débil – intervino Pema.
-¿Y? – replicó Jinora.
-No puede ducharse ahora.
-Él no, pero puedes ayudarlo.
Tanto Pema como Tenzin rodaron súbitamente la cabeza, reflejando temor, o el descubrimiento de algo que ni ellos mismos se atrevían a afirmar.
-¿Yo?
-Sí; estuviste tres semanas allí junto a él. ¿Qué tiene de diferente?
Hubo un momento tenso entre los tres pares de ojos. Sin embargo, a Tenzin no le parecía una mala idea:
-¿Me ayudarás? – preguntó él.
-Bien… yo.
-¡Vamos Pema! – pidió Jinora, ganándose el odio de la acólita.
O-O-O-O-O-O-O-O-O
Transcurrió una semana con eventos hondamente copiosos; Pema ayudando a Tenzin, en ocasiones dejándole a su suerte, pues había una serie de juntas a las cuales ella debía asistir sin falta. Esto dejo tiempo para que el maestro aire se sentara a meditar durante algunas horas al día, e incluso para analizar y desmenuzar aquella situación… A todo eso, Lin jamás se había parado por el templo en todo el lapso de tiempo que llevaba incapacitado, que estaba por sumar un mes aproximadamente; al principio pensó que sería una cuestión de tiempo, o que quizás estaría mal herida. Varias veces llamó hacia la estación de policía, obteniendo desvíos de llamada, o ella no se encontraba trabajando a tales horas…
Fue una semana frustrada. Empero, la única ventaja que obtuvo fue tener a Pema cerca de él.
Estaba más que consciente que su actitud dejaba mucho qué desear, pues estaba enamorándose de una manera clandestina; no debía, no podía… ¿No podía? Podía, por ello es que estaba cediendo a la hechicería de una jovencita.
"La edad es sólo un número" , así recordó Tenzin varias veces las palabras de su padre.
Una mañana, Tenzin se levantó de la cama con menos complicaciones, dispuesto a desayunar de manera normal. No obstante, al pasar por uno de los salones, alcanzó a escuchar la manera en que un tal Lee y la acólita Jinora conversaban, y al parecer se trataba de él... y de Pema. Si bien no debía de estar auscultando cosas que no le correspondían, ingenió una artimaña para quedar cerca de la puerta entreabierta del saloncillo:
-No puedo creer que después de todo lo que ha ocurrido, Pema haya aceptado tomar ese cargo tan pesado – decía Jinora.
-Pero si a ella le gusta, ¿Por qué no? – respondió Lee, encogiendo los hombros.
-No lo entiendes, zoquete. Es simple: Pema ama a Tenzin.
-Correcto.
-Y al parecer él le está correspondiendo.
-Lo dudo.
-Los encontré juntos, más que juntos hace unos días. ¿Eso es suficiente para negar que Tenzin le corresponde?
-Él ya tiene a la señorita Lin, a la jefa de policía. No es por ofender a Pema, pero eso le resta puntos.
-¿Puntos? ¡Tú que sabes de mujeres!
-Sólo decía.
-Mejor no digas nada. Si yo pudiera hacer que Pema se quedara en la isla, y si yo pudiera tomar su lugar, te aseguro que lo haría…
¿De qué hablaban esos dos? ¿Qué era aquello tan misterioso que Pema estaba por hacer?
-¿Por qué tuvo que irse la anciana Woo? Tenía su carácter, pero ¿Por qué dejó a Pema al mando de los acólitos?
¿Woo? ¿Acaso se había ido? ¿Cómo era eso de que Pema estaba al mando de los acólitos? El maestro siguió escuchando:
-No era su responsabilidad, Lee.
-¿Y por qué no sólo le cede el mando de los acólitos peregrinos a alguien más?
-porque tú sabes cómo era la anciana Woo; adoraba a Pema, y quién mejor que ella para estar frente a la labor de toda su vida.
O-O-O-O-O-O-O-O-O-O
Tenzin buscó por todos los rincones del edificio a aquella a quienes muchos comenzaron a reconocerla como líder de los acólitos peregrinos. Al parecer su ausencia había dejando cientos de cosas que no tenían una respuesta coherente, entre ellas, que la anciana Woo se hubiese ido sin decir siquiera "adiós".
De repente recordó que la acólita podría estar cerca de los salones de las ideas, y de inmediato tomó rumbo hacia allá:
-¡¿Pema?!
No obtenía respuesta.
Seguía gritando su nombre por doquier, pero al parecer no había rastro de ella.
Caminó por los pasillos y nada… sólo Jinora se dejó ver, y en cuanto notó que Tenzin la hubo divisado, trató de ocultarse en un pilar; el maestro avanzó con el poder del aire control, y estuvo pronto frente a la acólita.
-¡Ah! Maestro Tenzin, yo…
-¿Sabes en dónde está Pema? Sé que sí, ¿por qué me acabas de evadir?
-Maestro… Pema salió a la ciudad a buscar algunas cosas para la comida. Algunos frutos salieron mal, y ya sabe, la lluvia de la semana pasada arruinó las cosas…
-Está bien… pero necesito hablar con ella cuando regrese. Si la ves, pídele que me busque, ¿quedó claro?
Jinora asintió.
-De acuerdo… que tengas buen día, Jinora.
Tenzin se retiró.
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-Correspondencia… consejo, basura… diarios.
Tenzin reordenaba la papelería de su despacho, tirando algunas cosas inservibles o que en realidad no quería ver. Iba de arriba hacia abajo como podía; ya estaba mejor y el dolor estaba casi desapareciendo. Se hallaba subiendo algunas guías espirituales en los estantes más altos, cuando escuchó una voz conocida.
-Te faltó ordenar un poco más allá, cabeza de aire.
Viró la cabeza en un sobresalto inusual.
-¿Lin?
Se halló con el porte femenino que no se había pasado por ahí en mucho tiempo. Caminó hasta donde estaba y lo abrazó con efusión, una que le era desconocida hasta al propio universo. Tenzin no entendía muy bien lo que ocurría.
~Continuará~
