Fandom: Hetalia
Resumen: En el viento se escucha una canción y los límites de lo real se vuelven confusos. El aire está repleto del mortal olor de dulces y flores. (dispuesto a cambios)
Beta: Hagobi Riench ¡Gracias Haga!
Advertencias: Semi AU, ¿BL?, insultos, ¿violencia?
Notas: La serie no es mía sino de Himaruya. Este capítulo puede ser algo confuso en un principio, si resulta muy confuso sólo díganlo y trataré de corregirlo. Hay una constante aparición de las Islas Británicas, a continuación les dejo sus nombres (dados por mí, nada oficial): Escocia = Ian, Gales = Oliver, Irlanda = Cian, Irlanda del Norte = Liam. Una cosa más, "Albión" es el nombre más antiguo que se le conoce a la isla de Gran bretaña, por eso pongo que el nombre fue dado por las hadas y sólo ellas le llaman por él =).



Estaba corriendo en una inmensa pradera, el pasto era verde brilloso, iluminado por los rayos del sol del mediodía, el viento soplaba frío y el olor de la tierra húmeda se percibía perfectamente. Un inmenso y grueso árbol se alzaba orgulloso en medio de la pradera, era el único árbol en el lugar, ni si quiera había arbustos cerca, pero a lo lejos se encontraba un bosque oscuro. Estaba corriendo en dirección al bosque, atrás de él iba un unicornio y varios duendes y espíritus del fuego, de la lluvia y del viento se encontraban acompañándolo. Llevaba una túnica desgatada y una capucha oscura cubriéndole el cuerpo, tenía los pies descalzos, lo sabía porque sentía la tierra debajo de ellos de forma refrescante. Seguía corriendo, pero el bosque se alejaba más y más y más.

Estoy solo en este inmenso lugar. Totalmente solo.

Podía oír sus pensamientos como si alguien los gritara, pero no era su voz, aquel tono era más adulto, y triste, triste como jamás se había sentido realmente; porque las hadas y los duendes, los elfos y los pixies esperaban escondidos en el bosque, esperaban su regreso. Y el fuego, la lluvia y el viento estaban de su parte, los dioses sonreían y le animaban a correr con más fuerza. Podía ver la entrada al bosque perfectamente, había un lago oscuro y profundo que se interponía en su camino, pero el caminó encima del agua, porque tenía la bendición de la naturaleza. Era un niño bendecido.

¿Quién eres?

Esa voz nuevamente. Él era él, tan simple y común como eso. Las risas de las hadas se escuchaban en la lejanía, y sentía el lodo enterrarse en sus dedos descalzos, el bosque le daba la bienvenida. Los animales se unían a su carrera, pero se sentía perturbado; las hadas aún no acudían a bailar ni a cantar cerca de él, y los elfos aún no aparecían. Los escuchaba en la lejanía, pero no los veía. Se comenzaba a sentir solo.

¿Estoy siendo castigado acaso?

No, él no. Sus hadas lo amaban, siempre le hablaban con ese nombre raro ¿Albión?, sí, Albión el niño de las hadas. Seguía corriendo, y vio un destello de luz atravesar el tronco de unos árboles, había un joven sentado en una roca, alrededor podía ver a las hadas, ellas corrieron a su encuentro, iba a sonreír pero el desconocido volteó. No tenía miedo, sacó un arco demasiado grande para su cuerpo, pero no iba a lucir intimidado, el hombre lucía sorprendido.

¿Eres quién me ha estado llamando?, ¿Eres tú quien lloraba?

—¡No te acerques! —gritó, apuntándole con la flecha. No tengo miedo, no tengo miedo, se repetía mentalmente—. ¡Yo no he estado llorando y tampoco te llamé! —volvió a gritar, pero sentía que las lágrimas caían de sus ojos, no podía entenderlo.

Ese hombre, era muy parecido a alguien que recordaba. Pero no era un hombre, sólo era un niño muy grande, más grande que sus hermanos pero menos que el viejo Roma, lucia ropas muy extrañas, parecía un extranjero.

—¡Fuera de mi tierra!

¿Por qué debo irme si… tú eres el intruso?

El bosque despareció, era como si nunca hubiese estado ahí en primer lugar. Estaba en un lugar oscuro, pero por algún motivo podía ver una puerta delante de su cara, su nombre estaba grabado en él. El lugar era frívolo, y no podía sentir nada bajo sus pies; cuando bajó la mirada observó que llevaba unos extraños zapatos, también su ropa había cambiado, ya no era su túnica raída sino que llevaba ropas diferentes, eran unos pantalones pero no se veían como los que usaría cualquier persona de su pueblo, ni si quiera un rey, y la camiseta tampoco era parecida. Demasiado caras, dudaba incluso que Roma y los suyos usaran ese tipo de ropa elegante.

Tenía miedo de entrar, no podía oír la voz del viento susurrarle nada, no podía sentir la tierra hablándole, estaba sólo o al menos se sentía de esa manera. La puerta se abrió haciéndolo retroceder, pero entre más retrocedía más se acercaba a la puerta. La luz que invadió lugar momentos después lo dejó levemente enceguecido, frente a él estaba el mismo chico, pero ahora sabía a quien le recordaba… le recordaba a él. Era él mismo, de alguna manera extraña.

—¿Quién eres?... ¿qué es este lugar?

Soy tú. Sí quieres saberlo, tienes que entrar.

Con pasos lentos y temblorosos entró al lugar. Estaba vacío, no había nada en aquel lugar más que un enorme vacío. Pero era blanco, el vacío era color blanco.

—¿Dónde estamos?

Estamos aquí, justo ahora. O estaremos en cualquier lado, en cualquier segundo.

—¡Eso no me explica anda! —gritaba nuevamente, le molestaba que siempre le ocultasen cosas. Todos lo hacían excepto las criaturas—. ¿Por qué me has llamado intruso?

Porque este lugar… es mío. Tú no perteneces aquí.

Quería preguntarle cómo volver a sus bosques, con sus hadas, con el viento, a sus ropas de siempre. Quería regresar su casa. El chico sonrió, y estaba en sus tierras nuevamente, podía sentir la magia llenando su cuerpo, podía oír el viento llamarlo nuevamente.

Vete, tú no perteneces aquí. No son tus tierras.

Se sentía asfixiado, mareado. Quería gritar, pero no tenía voz para hacerlo, su cuerpo no podía moverse, el chico seguía sonriendo mientras se despedía con las manos, la tierra desaparecía y miles de luces se estrellaban contra sus ojos. Alguien lo llamaba, una docena de voces coreaba su nombre, deseó aferrarse a esas voces conocidas pero lejanas. Así lo hizo.

—¡Inglaterra, hemos llegado!

Abrió los ojos con pesadez, sentía su cuerpo pegajoso, como si hubiese sudado. Al incorporarse las luces de su vagón le dieron la bienvenida. Sentía la cabeza confusa, miró en dirección a las voces, y pudo distinguir al grupo de hadas con el que había salido, llamándolo con ojos preocupados.

Se sentía tan torpe y cansado, necesitaba dormir. Descansar… algo hico clic en su cabeza, quitándole el estado de somnolencia. Estaba en un vagón, acababa de llegar a Londres. Se levantó la camisa, observando las cicatrices de la guerra de los cien años, se tocó desde la cintura hasta la cadera, ahí estaba la cicatriz de la independencia de Estados Unidos. Sí, las tenía, jamás se irían.

—Un sueño. Un sangriento sueño —respiró aliviado—. ¿Estaban muy enfadas y me hicieron una broma? —rió, encontrando divertido el oscuro humor de sus amigas.

—¿Tuviste una pesadilla, Inglaterra? —preguntaron confusas, parecían preocupadas.

—Se podría decir que sí —quizás no habían sido las hadas, sino el estrés y el autosugestionarse demasiado—. No importa. Lo único que quiero es regresar a casa, tomar el té y… hacer cualquier otra cosa.

Si las hadas notaron su incomodidad para dormir no lo dieron a notar. Cuando terminó la cena y lavó todos los trastes subió a su salón de costura, y se puso a bordar. No tenía una idea de que quería bordar, pero necesitaba despejarse y francamente no le apetecía dormir.

Pasó toda la noche en vela, tejiendo, bordando y viendo televisión, incluso había recurrido a tomar café, cosa que odiaba. Pero lo había hecho, cualquier cosa con tal de no dormir y volver a tener ese sueño desagradable, dio gracias interiormente también a que sus hermanos estuviesen en sus propias casas, admitía que no podría verlos en ese momento sin derrumbarse. Durante dos días completos Inglaterra llevó ese mismo rol, sin dormir de noche ni de día, tomando café cada vez más concentrado. Al tercer día recibió una llamada de su ministro quien deseaba saber si ya tenía todo preparado para la próxima cumbre, pues partirían esa noche.

—Realmente no te ves bien Inglaterra —había dicho el ministro apenas verlo, notándose preocupado—. ¿Sucede algo que deba saber?

—En lo absoluto… es la crisis, estoy agotado. Eso es todo —respondió, mintiendo a medias. Era cierto que la crisis económica había agotado una buena parten de sus fuerzas, pero su lamentable estado se debía más al no dormir que otra cosa.

Mientras iban en el avión, el ministro no pasó por alto el nuevo y, cabe mencionar desconcertante, habito de tomar café de su nación. Inglaterra siempre soltaba un discurso de lo desagradable que era aquella bebida, así que verlo pedir más y más tazas a las azafatas era realmente preocupante. Cuando estaba cerca de la décima taza el ministro tuvo más que suficiente, poniendo su mano sobre el hombro de la nación, le pidió a la azafata amablemente que retirará la taza y no trajera ni una sola más.

—Ya han sido suficientes Arthur —dijo firmemente cuando la nación intentó replicar—. ¿Qué sucede?

—No es…

—Efectivamente debe ser algo, viendo tu inusual comportamiento. Sé que no soy la reina, pero algo de confianza deberías tenerme.

Inglaterra desvió la mirada, ya sabía que no era su amada reina, y aquél comentario lo hizo sentir culpable. No había querido hacerle creer a su jefe que no le tenía confianza, pero se sentía avergonzado de decir que tenía terror de dormir debidó a n sueño extraño que tuvo días atrás. Un comentario así, de un país como él, sería muy vergonzoso.

—No es falta de confianza, simplemente es delicado. Prefiero evitar el tema.

—Muy bien, pero si continua tendremos que tratarlo, después de todo si te afecta tanto me concierne —el país asintió sin mayor opción al ver la decisión de su jefe.

El resto del viaje fue relativamente tranquilo, con Arthur tratando de desviar su mente con cualquier cosa. Desde leer alguna revista como tratar de concentrarse en su reproductor de música, pero era demasiado el tiempo que llevaba sin dormir, y la cafeína en su cuerpo se iba agotando. Necesitaba café, pero con Brown despierto para vigilarle dudaba conseguir un poco.

—Deberías dormir un poco, te ves demasiado cansado e intranquilo. Apenas vamos a mitad del vuelo.

Arthur suspiró, sabía como se veía. Llevó sus manos al lado izquierdo de su cintura, trazando el contorno de una de sus cicatrices sobre la tela del traje, cerró los ojos. No se irían a ningún lado.

—No me deje dormir demasiado, o en el hotel no dormiré —pidió, quería rogar que su jefe en el último segundo decidiera pedirle un consejo sobre cualquier cosa. Pero estaba cansado y no podía negarlo. Su último pensamiento conciente fue el desear tener un sueño tranquilo, y que las hadas a su lado cuidaran que así fuera.

No llevaba mucho rato durmiendo, o al menos así lo sentía debido al exceso de cansancio mental y físico que tenía; cuando sintió una mano fría y pesada mover su hombro sin delicadeza. Le zarandeaba una y otra vez, después el aire frío recorrió su cuerpo, como si hubiese sido desprendido de un cobertor o algo similar, una voz conocida le hablaba, instándole a abrir los ojos.

—Arthur, despierta ya. Arthur, ya es tarde y debes despertar.

No estaba seguro de quien le hablaba, pero era molesto. Quería seguir durmiendo y no despertar, estaba tan cansado y su cuerpo no quería responder tampoco. Estaba empeñado en dormir y no iban a hacerle cambiar de opinión, fuese quien fuese, o eso pensó hasta que sintió el peso de otro cuerpo sobre el suyo, apresándolo. Se removió incomodo tratando de escapar, no fue hasta que sintió unos labios ajenos rozarse con los suyos que abrió los ojos asustado, ese no podía ser su ministro de ninguna forma.

—¡Qué diablos! —gritó agitado, usando toda su fuerza para empujar el cuerpo desconocido y enemigo lejos del suyo. No estaba seguro de quien era el degenerado, pero sus instintos le gritaba golpear a Francia hasta dejarlo inconciente, cuando abrió los ojos vio a Estados Unidos en el piso, mirándolo desconcertado, aunque sonriente—. ¡Qué te pasa estúpido!, ¡Quién te crees que eres para venir y hacer eso!, ¿Acaso olvidaste los modales que te enseñé? —comenzó a reclamarle, mientras se ponía de pie dispuesto a golpearle, tal vez no tenía tanta fuerza como Estados Unidos, pero sí tenía la suficiente como para darle una buena lección.

—Hey, hey, tranquilo —comenzó el menor, poniendo sus manos al frente para cubrirse de un futuro ataque.

—No me digas "tranquilo", cuando tratas de invadirme mocoso traidor —comenzó, pero cerró la boca después de decir aquello, mirando el lugar. ¿Cómo había pasado de estar en un avión rumbo a Canadá junto con su primer ministro, a estar semidesnudo en su habitación y con Estados Unidos delante de él, con claras intensiones invasoras?, ¿Cómo diablos estaba en la habitación que poseía en su casa de Wiltshire?, ¡Ese mocoso ni si quiera sabía de ese hogar suyo!, y de saberlo, dudaba que pudiese llegar sin perderse.

—¿Arthur?... —esperó varios minutos, pero el mayor siguió en silencio con una mirada pérdida—. Genial, otra vez está delirando.

—¿Dónde estoy?, ¿Cómo llegué aquí? Y más importante aún, ¡Por qué diablos estoy sin camiseta! —gritó, mirando amenazador al menor, antes de agregar—. Más te vale que sea una buena respuesta o te lanzaré una maldición

—Una pregunta a la vez, ¿de acuerdo? Primero, no entiendo a que te refieres con eso de que te estoy "invadiendo", mucho menos con "traidor". Segundo, creo que como novios que somos, tengo derecho a besarte… al menos mientras tus hermanos no estén, creí que ya habíamos discutido esto en el tren Arthur…

No terminó de hablar cuando el inglés estaba a menos de diez centímetros de su cara con una expresión aterradora y ambas manos muy cerca de su cuello.

―¡Estados Unidos te voy a…!

―¡Qué le estás haciendo a mi hermanito bebé, yanqui! ―gritó Oliver, apareciendo de improvisto en la puerta y amenazándolo con una espátula. Ambos rubios se voltearon a ver al recién llegado, Arthur con una cara completamente enrojecida y en sus ojos había expresión entre abochornada y desconfiada; Alfred aprovechó el momento para guardar una distancia segura—. Repito, ¿qué crees que estabas haciendo?

Arthur respiró profundamente varias veces, mirando una última vez a Alfred, después volteó a ver a su hermano, el rojo de sus mejillas aumento aún más de ser posible aunque no estaba del todo seguro si era vergüenza por el nombre con que había sido llamado o enojo por el mismo. Además, ¿qué tenía él de bebé? ¡Era mayor que Estados Unidos!

Alfred por su lado, estaba en una situación incomoda. Sabía de antemano que no era estimado por los hermanos de Arthur, y se podía decir que los gemelos eran quienes le ponían más nervioso, pues en un instante lo trataban con una amabilidad que asustaba, como al momento siguiente tenía que revisar minuciosamente lo que comía y bebía para evitar ser víctima de alguna "broma inocente" (que sospechaba eran totalmente intencionales). Lo frustrante en sí, era que ahora ni si quiera contaba con que Arthur mantuviera a raya a sus hermanos mayores pues parecía que éste estaba sufriendo alguna especie de perdida de memoria.

—¿Qué diablos estoy haciendo aquí? —habló después de un buen rato—. No debería estar aquí, sino de camino a una reunión para resolver los problemas en los que TÚ nos metes —declaró, señalando a Alfred en un momento de "olvido-mis-modales-por-enojo" tan usuales cuando se trataba de hablar con el estadounidense—. ¿Y dónde está el primer ministro?

—Arthur… apenas llegaste ayer del campamento estudiantil, ¿recuerdas qué fuimos por ti a la estación? —preguntó despacio el mayor, sus ojos buscando la mirada de su hermano menor.

—¿Campamento estudiantil?... —murmuró el inglés, su mente comenzó a procesar la información, cuando entendió todo una sonrisa pequeña se formo en sus labios, ahora lo entendía todo—. Ya veo, así que es eso. Muy bien.

—¿Es qué? —preguntaron los dos rubios, mirándolo curioso.

—Estoy soñando —respondió con simpleza, yendo al armario en busca de ropa—. Eso lo explica todo perfectamente.

—¿De qué diablos hablas?

—Nada, no es nada —pasó sus dedos por donde debería estar la piel marcada, ahora lisa. No se preocuparía, sólo era un sueño. Mientras se vestía siguió hablando con ese aire ligeramente presumido que él tanto odiaba de Estados Unidos, pero inconcientemente utilizaba seguido. Dado que era un sueño les seguiría la corriente, fingiendo tener amnesia—. Es sólo que no recuerdo nada… todo es muy confuso.

Media hora más tarde Arthur estaba sentado en el comedor, siendo observado como un espécimen exótico, en la sillas cercanas a él se encontraban los demás chicos, el ambiente era asfixiante y molesto, Arthur se removió en su silla incomodo. Peter no estaba, sus hermanos lo habían enviado a casa de un amigo suyo, temiendo que el estado emocional y delicado de Arthur afectara al niño. Pasaron veinte minutos más en silencio, sin que nadie hablase, algunos por no saber que decir, otros quizás por timidez (como Canadá) y otros porque habían sido amenazados fuertemente.

—Si no piensan decir nada, no sé porque hicieron esta reunión de emergencia —dijo al final el inglés, cansado de soportar las miradas pesadas—. Hablen ya o me iré —a pesar de eso no se movió de la silla, ¿a dónde iría de todas formas?

—Realmente me resulta poco creíble que tenga una amnesia temporal —habló Francis, escudriñando al inglés sin ninguna vergüenza—. Luce como siempre.

—Pero eso explicaría las reacciones de ayer, y las cosas raras que estaba diciendo. Un shock emocional que le provocó amnesia y alucinaciones —dijo Alfred, convencido. Esa era su explicación favorita.

—¿Qué recuerdas Arthur? —preguntó Liam preocupado, mientras jugaban con el cabello de su gemelo, se notaba nervioso, Inglaterra no estaba acostumbrado a ver así sus hermanos.

—Recuerdo… que fui a una casa abandonada a las afueras de Manchester, y escondí un espejo, después me dormí en el vagón y cuando desperté ustedes esperaban en la estación.

—Es grave, muy grave —murmuró Oliver mientras se mordía los dedos—. ¿Qué recuerdas acerca de nosotros y nuestros padres?

Inglaterra estaba riéndose internamente de la situación, sueño o no, sus hermanos parecían al borde del colapso nervioso. Sólo recordaba haberlos visto así durante la peste negra; sólo de verles las caras tenía ganas de sacar una fotografía y mandársela a Prusia para que la publicara en su blog.

—De nuestros padres nada —la palabra "padres" la sentía rara, como si fuese un sabor nuevo nunca antes experimentado. Ciertamente lo era, pero no le desagradaba demasiado, estaba radiante de felicidad y aprovecharía la situación tanto como pudiera—. De ustedes si recuerdo varias cosas.

Los rostros pálidos de sus hermanos brillaban como si estuviesen recibiendo el mejor obsequio de navidad. Muy dentro de sí, Inglaterra sintió una punzada de remordimiento por lo que estaba apunto de decir, los hermanos mayores que tenía en su sueño no era los de su vida diaria, ¿realmente se merecían el veneno que estaba por soltarles? Hasta el momento no le habían hecho nada malo.

—¿Qué cosas? —Ian parecía ser el más entusiasmado, y eso casi hizo que Inglaterra dudara, pero al final siguió con su plan inicial.

—Recuerdo que hicieron mi infancia un infierno, y cuando los demás trataban de abusar de mí ustedes reían y les ayudaban, sí, esas cosas las recuerdo —cerró los ojos, las memorias de las invasiones sufridas pasaban por su cabeza, después los abrió—. También recuerdo las cicatrices que me hicieron, Ian y Cian fueron los peores de todos, hasta que un día simplemente crecí —su voz era irónica, iba a reír pero se detuvo, no pudo hacerlo.

Sus hermanos estaban en silencio, y sus rostros bañados en pesadez y tristeza, mucha tristeza. Inglaterra se mordió los labios, sintiendo que el remordimiento lo inundaba, él conocía esa tristeza, pues era la misma que había sentido cuando Estados Unidos le había dejado. Era el sentir que había fallado como hermano mayor, y no soporto verla en esos rostros familiares. Quiso decirles que esas memorias no eran del "Arthur" que ellos conocían, pero no lo hizo, no estaba acostumbrado a disculparse con sus hermanos, y no lo estaba porque ellos nunca se habían merecido una disculpa de su parte. Pero quienes estaban frente a él no eran sus hermanos, eran simples ilusiones de su mente y decirles lo que iba dirigido a los verdaderos Gales, Escocia, Irlanda e Irlanda del Norte había sido infantil de su parte.

—Ya veo… —murmuró el irlandés, con la voz queda, asimilando la información recibida.

Matthew, Francis y Alfred habían salido cuando Arthur comenzó a hablar, sintiendo que ellos sobraban en aquella discusión, y que Arthur nunca les perdonaría escuchar algo íntimo y familiar.

—Irlanda… —murmuró, después se corrigió, no era Irlanda sino simplemente Cian.

—No recuerdo haberte hecho nada de eso, Arthur.

E Inglaterra estaba de acuerdo con Ian, no le habían hecho nada, ellos no. Incluso una parte pequeña de él sentía que sí se merecía un buen puñetazo por lo que había dicho, pero no lo admitiría nunca, su orgullo iba de por medio.

—No lo hicimos —repuso Oliver con voz firme—. Recuerden que tiene amnesia, probablemente simplemente ha confundido recuerdos, ¿no es así Arthur? —y era tanta la intensidad con la que el galés lo miraba, que Inglaterra simplemente asintió—. Se los dije, nuestro tonto hermanito sólo está confundido, porque cuando era pequeño… solíamos defenderlo de cualquier cosa.

—Es verdad, no sé de dónde sacó ideas tan disparatadas como esas —continuó Liam, más repuesto, se acerco a Inglaterra y le puso la mano en la cabeza, éste inmediatamente se tenso y Liam quitó la mano cuando terminó de acariciarle la cabeza.

Inglaterra suspiró, no se acostumbraba a esas reacciones. Sus hermanos le sonreían casi con sinceridad, podía ver la chispa de duda y tristeza en el fondo de los ojos de cada uno de ellos. Desvió los ojos a un rincón de la habitación, iba a odiarse por lo que estaba apunto de decir.

—Yo… sola-solamente estoy confundido. Es como si fuese otra persona, ¿me explico? — esperaba que entendieran que eso sería lo más cercano a una disculpa por su parte y pareció funcionar, porque Cian recuperó el brillo perverso de sus ojos.

—Muy bien, entonces mejor que aclaremos tus recuerdos, lo que sucedió fue algo muy embarazoso —Inglaterra asintió, riendo al igual que los demás, Ian tenía razón.

La hora siguiente pasaron contándole anécdotas graciosas y embarazosas a Inglaterra quien reía o se sonrojaba ante las historias. Algo en su mente le decía que ese sueño era demasiado fuerte, demasiado estructurado para serlo, pero no quiso escuchar esa voz.

Cientos de historias fueron contadas, desde la infancia hasta la adolescencia, y la que más gracia le hacía eran las primeras, estaba feliz aunque su felicidad fuese fantasía. Hubiese dado cualquier cosa porque sus verdaderos hermanos fuesen como en ese sueño, donde lo protegían de cualquier cosa, si bien era raro, también era un calido sentimiento.

Al terminar, ya era tarde, y parecieron darse cuenta por fín de que los otros tres habían salido de la habitación, interiormente agradecieron el íntimo gesto, no creían poder soportar la vergüenza de lo contrario.

—Será mejor cenar e irnos a dormir, tú serás un vago en vacaciones, pero nosotros sí tenemos trabajos que hacer —se quejó Oliver, tronándose la espalda. Inglaterra rió divertido, pensando que quizás podría llegar a acostumbrarse a soñar eso todas las noches.

En la cocina mientras tanto, Matthew y Francis preparaban algo de cenar, mientras Alfred los observaba aburrido y pensante, se preguntaba y no sin razón, cuales serían las memorias que Arthur guardaría de él, también si estaba listo para escucharlas fuesen cuales fuesen, de esto ultimo no estaba tan seguro.

—Oye, Matthew… —su hermano volteó a verlo, pero él no dijo nada, Matt sonrió y negó con la cabeza. Alfred asintió, no ganaba nada preocupándose de antemano, además él era el héroe, podía manejar cualquier cosa. Incluso el desprecio de Arthur…

—¿Por qué no vas y les dices que la cena está lista? —dijo Francis, empujándolo fuera de la cocina.

Alfred abrió la puerta de la cocina y fue hasta donde se situaba el comedor, los hermanos le miraron curiosos.

—Como héroe, mi deber es decirles que está lista la comida —dijo con una sonrisa que no era la suya, todos se encaminaron a la cocina y cuando Inglaterra estaba apunto de salir del rango de alcance de Alfred éste lo tomó de la mano, girándolo. Inglaterra lo miró, no había odio pero tampoco el cariño oculto que solía encontrar. Lo soltó, sintiendo que no estaba preparado para un Arthur amnésico.