Titulo: Canción de la perdición.
Titulo del capítulo: Puerta: La realidad de Arthur Kirkland (II)
Resumen: En el viento se escucha una canción y los límites de lo real se vuelven confusos. El aire está repleto del mortal olor de dulces y flores.
Advertencias: Semi AU, BL, insultos, algo de OOC.
Beta: Hagobi Riench ¡Mil gracias Haga! =).
N/A: Sé que tarde mucho en actualizar esta historia, no diré que lo siento porque no es así. Esta trama realmente me gusta, pero he tenido dificultades para adaptarla y moldearla, así que el capitulo ha sido re-escrito al menos tres veces, por eso no me arrepiento de haber tardado, ya que creo haber conseguido crear un capitulo de calidad. Hay una constante aparición de las Islas Británicas, a continuación les dejo sus nombres (dados por mí, nada oficial): Escocia = Ian, Gales = Oliver, Irlanda = Cian, Irlanda del Norte = Liam.
Traté que el capitulo no fuese muy angst (por lo de Arthur y Alfred), creo que lo conseguí muy bien, incluso creo que fue un capitulo divertido. También creo que me centre mucho en Alfred y Francis, y la relación que Arthur tiene con ellos, dejando muy de lado a Canadá, eso es porque en mi mente Canadá y UK siempre se han llevado bastante bien, por lo cual no sería nada anormal que Matthew actuara de una forma agradable, por eso es que me centré más en los otros dos. Ahora si, aclarado todo esto, disfruten la lectura y ténganme paciencia para la próxima actualización.
La cena pasó en silencio. Inglaterra se fue a su habitación, se desnudó y se miró en el espejo de cuerpo completo, se preguntaba si despertaría pronto o seguiría soñando hasta que su jefe decidiese despertarlo. Sus manos recorrían su cuerpo pálido y liso, era extraña la sensación, estaba acostumbrado al contorno de las cicatrices recientes y a las antiguas, a que su piel estuviese rasposa y vieja. Una sonrisa irónica se formo en sus labios ante aquel pensamiento.
—Incluso cuando parece que no envejezco nunca, mi cuerpo marcado y cansado desmiente esta farsa —susurró, sin dejar de observarse embelezado—. Pero ahora realmente parezco un adolescente.
No supo si habían pasado minutos u horas, sólo era conciente de que no se había movido de su posición desde el momento en que había cerrado la puerta de su habitación con seguro. Su cuerpo jamás le había embelezado tanto como ahora, a decir verdad, el cuerpo de ningún humano o nación le había atraído tanto como el propio en esos momentos. Se sentía hechizado, cautivado…enamorado. Era su cuerpo, suyo. Pero diferente. Lo tocaba y lo recorría una y otra vez, queriendo memorizar cada rincón de piel liza que estaba a su alcance. Estaba extasiado.
Después de todo aquel proceso, finalmente se puso el pijama y se acostó en la cama, tapado con las cobijas hasta la cabeza, sintiendo frío de forma repentina. Claro, pasar desnudo tanto rato en las bajas temperaturas inglesas no era una buena idea. Cerró los ojos y tarareó una vieja nana que conocía muy bien, era la canción que sus hadas solían cantarle cuando los viejos dioses existían y el era pequeño, no recordaba cuando la había oído por primera vez, sólo que siempre lograba hacerlo dormir tranquilamente.
No se preocupó en lo que tendría que inventar para Estados Unidos, estaba seguro de que jamás volvería a tener ese hermoso sueño, aunque deseaba con todas sus fuerzas lo contrario.
No habrían pasado más de tres horas de quedarse dormido, cuando Inglaterra escuchó golpes en la puerta de su cuarto, desvió la mirada cansada al reloj de pared que marcaba las tres con quince de la mañana, bufó irritado antes de pararse y caminar hacía la puerta, pensando que al parecer aún no lograba salir del sueño en el que estaba. Abrió la puerta, dispuesto a golpear a la persona que le hubiese molestado de aquella manera, cuando el rostro intranquilo de Estados Unidos… no, de Alfred apareció frente a su puerta.
—¿Qué quieres? —gruñó, nunca había sido una persona de buenas maneras si estaba recién levantado, aunque en los últimos doscientos años se había moderado mucho—. ¿Tienes idea de la maldita hora qué es?
Alfred lo miró durante unos segundos, indeciso en que hacer o decir pero tratando de mostrarse lo más seguro y tranquilo que podía, que no era mucho. El Arthur que estaba frente a él era tal y como lo recordaba, se veía tan idéntico al de sus recuerdos, que sentía que su corazón dolía ante la posibilidad de que su visión fuese falsa y Arthur le desconociera. El de ojos verdes suspiró, notando la perturbación del menor, recordando viejas épocas donde él todavía era un gran imperio.
—Entra, ya —ordenó, haciéndose a un lado para dejarlo pasar—. Lo hago simplemente porque no quiero que mis hermanos te vean y se arme una pelea, te aclaro —cerró la puerta nuevamente y se regañó mentalmente, en realidad había estado a punto de decirle "Vamos, pequeña colonia, la tormenta pasara pronto, mientras puedes dormir conmigo", pero se había contenido a tiempo.
Estuvieron en silencio, para sorpresa de Inglaterra, quien dudaba que esa cualidad estuviese puesta en Estados Unidos, no importaba si era o no el real, y por otra parte, el menor se sentía incomodo. Normalmente no era tímido ni mucho menos, era muy sociable y solía decir lo que quería, lo que no, lo que le gustaba y lo que detestaba; hacía las cosas y ya, no se preocupaba de cómo afectaría a los demás, pero justo en ese momento se sentía cohibido. No era fácil, ¿qué si Arthur le decía algo realmente hiriente?, peor aún, ¡Si no recordaba nada de él y por eso era tan cortante!
—Creí que me ibas a cerrar la puerta en la cara y gritarías que te dejará en paz, o lo dejase para mañana. En el colegio haces eso todo el tiempo —soltó sin pensarlo, tratando de sacarse el nerviosismo y tanteando que tanto recordaba Arthur, por la cara de extrañeza que puso Alfred supo que no había entendido.
—Me recordaste a…alguien especial —Inglaterra murmuró incomodo. Alfred puso cara de circunstancias y nuevamente quedaron en silencio. La nación estaba pensando, su mente trabaja lo más que podía, pero el sueño se lo hacía difícil.
Era obvio que Alfred había ido porque estaba asustado o incomodo acerca del "Arthur-amnésico", pero Inglaterra no sabía qué decirle, tenía sentimientos encontrados respecto a Estados Unidos. Por una parte, le había tenido mucho cariño en su niñez, casi rayando en lo insano y por el otro lado, ahora que ya era un adulto, si bien no se llevaban mal tampoco es que fuese su nación favorita ni mucho menos, pero aun le tenía aprecio aunque lo negaría. Eran esos mismos sentimientos los que le hacían dudar de que responder o como tratarlo.
—Tal vez no debí haber venido.
—Así es —concordó tajante la nación, pero al ver la sombra de tristeza en los ojos azules sintió una punzada de culpabilidad. Se maldecía mentalmente, no veía a la persona frente a él como Estados Unidos, ni si quiera como "Alfred-el-chico-del-sueño", sino como a su preciosa colonia, quien corría a sus brazos aterrada por una pesadilla. No podía tratar mal a Estados Unidos cuando ponía esas caras tristes o asustadas, porque nunca las asimilaba con el Alfred actual sino con su querido niño—. Me refiero, es bastante tarde, ¿sabías? —agregó, como si se refiriese realmente a la hora y no a la compañía no deseada.
Alfred tardó un rato en responder, mientras se aclaraba su mente y decidía que decir y que no, quería saber que tantas cosas recordaba Arthur, tal vez… tal vez recordaba cuando se había conocido.
—Artie, necesito saber que tanto recuerdas —comenzó con confianza—. ¿Cómo puedo ser tu héroe si no sé cuales son tus recuerdos? —finalizó, sintiéndose menos nervioso al verse todavía dentro de la habitación.
Inglaterra sopesó sus opciones, podía ser cruel y luego sentirse mal, o podía mentir descaradamente y sentirse menos mal. Eligió la segunda. Una vez decidido eso, fue hasta su cama y prendió una luz de noche, después tomó asiento.
—Ahí hay un sillón, siéntate, porque presiento que será algo largo —respondió sin mirarlo, meditando cual sería la mentira que diría.
Alfred hizo lo que le dijeron, llevando el sillón hasta una distancia cerca de Arthur, se sentó con las piernas cruzadas y sonrió, pensando que quizás, sólo quizás, no sería tan malo. Mientras Arthur no dijese nada demasiado cruel.
—¡Ya sé! —volvió a hablar el estadounidense, sobresaltando a Arthur—. Yo te hago una pregunta y tú me haces una a mí, sería más fácil y justo responder así las dudas, ¿no? —le dedicó la misma sonrisa brillante y confianzuda.
Inglaterra no lo pensó dos veces antes de aceptar. Para decidir quien comenzaría jugaron un dos de tres en piedra papel o tijera, siendo Alfred el ganador para disgusto del inglés.
—Bien, bien Artie…
—No me digas así.
—Bueno, Arthur —corrigió divertido—. ¿Cuál es mi nombre completo?
Arthur bufó, el chico siempre sería un tonto.
—Alfred F. Jones, la "F" está prohibida —respondió, Alfred rió ante la respuesta pero asintió.
—Tú prohibiste mi "F", porque…
—Sí, sí, en fin. Mi turno —lo calló. Nunca le había gustado el segundo nombre de Alfred, y al parecer en ese sueño tampoco—. ¿Qué hay de la escuela a la que vamos?
—Pues, es un internado y está en Estados Unidos —se encogió de hombros—. No hay mucho que decir acerca de eso… ¡Ah sí! —exclamó, recordando algo de improvisto—. La playa nos queda a veinte minutos del lugar, ¡Y McDonalds a quince minutos!
—¿De qué están cubiertas las paredes de mi habitación?
Inglaterra lo meditó, nunca había ido a la habitación de Alfred cuando hacía alguna visita. Le dio una mirada para evaluarlo, ¿qué debía esperarse de alguien con complejo de superhéroe?
—Er… ¿superhéroes, la bandera estadounidense, extraterrestres? —aunque su voz estaba más cargada de dudas que nada, se permitió respirar tranquilo al ver a Alfred asentir sonriente. Se felicitó internamente, y agradecía que Alfred fuese predecible en algunos aspectos—. Muy bien, ¿cómo nos conocimos? —se mordió la lengua, y si hubiera podido habría golpeado su cabeza contra una pared. ¿Dónde habían quedado sus modales?, ¡Cómo había realizado pregunta tan personal! Pero no pudo contenerse.
Alfred guardó silencio, sintiendo la burbuja de aire desinflándose por completo, pero estaba decidido a no darse por vencido. Arthur recordaba cosas, quizás no algo tan importante como su primera reunión, pero definitivamente no estaba en cero. Tardó un rato en encontrar las palabras y la voz para comenzar a narrarle aquella historia.
—Bueno, no fue la mejor presentación del mundo, pero… deberías recordar un poco tan si quiera —murmuró, siendo oído por el mayor—. Bueno, bueno. Tú preguntaste y yo respondo —se rasco la parte trasera de la cabeza—. ¿Me pasarías alguna de tus cobijas?, Me estoy congelando aquí.
Inglaterra rió ante el comentario y le pasó una cobija, agradeciendo el esfuerzo que hacía el estadounidense para no incomodarlo. Se le hacía muy irónico, como ahora era él quien no recordaba nada de su "pasado" con Alfred, pero decirlo hubiese sido cruel. Alfred se abrigó con la cobija, antes de proseguir.
—Inglaterra tiene un frío horrible, además de sus lluvias —bufó antes de comenzar—. Era el inició de clases y era mi primer año en esa escuela, Matthew y yo llegábamos tarde, cuando entramos la campanilla ya había sonado. Matt y yo tratamos de no llamar la atención mientras corríamos, pero al doblar una esquina, estabas tú gritándoles órdenes a Toris, Feliks, Edward. Como el héroe que soy, pensé que eras un abusivo, y al ir corriendo pues uhm… te teclee contra el piso —rió nervioso al recordar aquello, Inglaterra puso los ojos en blanco, y antes de poder gritar si quiera, Alfred continuó—. ¡Luego supe que eras el presidente del consejo estudiantil! Y pues… no nos llevábamos muy bien.
Arthur rió después, no sabía la razón exacta, pero estaba riendo con sinceridad. Alfred al ver aquello siguió narrándole el encuentro, reclamándole por la detención que había recibido después de aquella confusión, lo que hizo reír aún más al inglés. Alfred terminó acaparando el protagonismo como siempre. Narró historias divertidas, extrañas e incluso algunas espeluznantes, que consistían más que nada en cuando Arthur iba de un humor especialmente malo, aterrorizando a los alumnos con amenazas sobre "marcar el expediente permanente" y similares.
Inglaterra rió, hizo muecas disgustadas e incluso notas mentales de todo lo que le decía el rubio. Todo lo que Alfred le contaba parecía tan natural y ordinario, que era increíble y lo llenaba de alegría. Al parecer, en ese sueño sí se llevaba realmente bien con Alfred, y no era un invento de éste. Se preguntó, por un momento si su situación real con Estados Unidos era tan mala, que su inconciente terminaba realizando semejantes historias como un consuelo.
El reloj marcaba la cinco con diez, y Arthur maldijo por lo bajo.
—Alfred —llamó, pero fue ignorado—. Alfred —intentó con un tono de voz más alta, pero el estadounidense seguía hablando—. ¡Cállate Jones! —gritó, logrando lo deseado.
—Hey... que sólo tenías que pedirlo.
El británico le señaló la hora, y Alfred ahogó un gemido, sorprendido de haberse desvelado tanto. Después de eso, y de escuchar ruidos de pasos fuera del cuarto, Arthur decidió que era hora de sacar al estadounidense de su territorio, y con palabras poco amables le hizo entender que debía irse a la brevedad posible.
Una vez cerrada la puerta, Arthur volvió a quedar sólo en aquel lugar, pero el sueño lo había abandonado por completo y su mente comenzaba a vagar, cosa que no le gustaba. Cuando era más joven, un poco antes de ser un imperio incluso, solía soñar en como sería su futuro y le preguntaba a la hadas, a los duendes, a los pixies y a toda criatura viviente, pero nadie le daba una respuesta. Ni si quiera las brujas o los elfos. Aun ahora, pasados tantos años, seguía haciéndose la misma pregunta, ¿desaparecería? Bueno, sí, eso se imaginaba. ¿Qué pasaría con él cuando sucediera?, ¿Sería igual que Prusia o quizás Roma?
Si llegase a desaparecer, le gustaría mucho poder vivir como un humano. Aunque fuese imposible.
—Debo dejar de pensar en tonterías —se regañó, desviando la mirada del techo y tratando de volver a dormir una hora o dos.
Por algún motivo se sentía feliz y en calma, y deseaba con todas sus fuerzas no despertar jamás, aunque jamás es mucho tiempo…
Sin sentir el tiempo, había pasado un mes completo desde aquel día, y poco a poco Inglaterra se había acostumbrado a su situación, o al menos a la mayor parte de ello. Inglaterra era reacio a los cambios drásticos, incluso si eran para mejor le costaba adaptarse a ellos, mucho más aceptarlos. Hacía lo mejor que podía por no mantenerse a la defensiva con sus hermanos mayores, por no maldecir a Peter cada que hacía algo y buscaba su reconocimiento —Mira Arthur, planté estas flores sin ayuda o, mira Arthur, yo solo hice este crucigrama—; por dejar que Alfred se acercara a su espacio personal y tratase, a su manera, de ser cariñoso. Trataba de acostumbrarse lo mejor posible a que Matthew le hablase por "Arthur" en vez de "hermano" o "papá", pero principalmente trataba de acostumbrarse a Francis, quien corría la misma suerte que sus hermanos mayores.
Al principio, Francis había sido para él igual que sus hermanos, alguien a quien no quería cerca. Podía soportar la presencia de Alfred, a pesar de que este quisiese entablar conversaciones algo intimas, las cuales él prefería evitar, pero tener a Francis cerca de él, preguntándole si estaba realmente bien, lo enfermaba. "¡Hipócrita francés!" gritaba su mente cada que lo tenía cerca, hasta que aprendió a diferenciar a Francia de Francis. Fue lo más difícil de la adaptación, tener que aceptar que realmente había formado una especie de alianza amistosa con el francés. Pero había logrado adaptarse a esa nueva vida, y especialmente a su cargo como presidente estudiantil, aunque eso significase pasar más tiempo con Francis, quien era el vicepresidente
En ese preciso momento se encontraba leyendo la petición que el club de teatro había enviado dos días atrás, dónde pedían permiso para realizar una obra en los jardines de la escuela dentro de dos meses, pues necesitaban recaudar fondos para los nuevos vestuarios. Releyó la petición varias veces sin encontrar más fallas que algunos errores gramaticales, sin detenerse más Inglaterra firmó el papel, aunque las firmas del resto del consejo ya estaban ahí si la firma del presidente no iba incluida el director no accedería a firmar el documento.
—Oh, veo que por fin te dignaste a firma la petición del club de teatro —Francis dijo cuando entró a la sala de consejo, su voz seguía siendo tan burlista como Inglaterra conocía, aunque sin ese tono realmente venenoso que se infiltraba en los puntos más vulnerables de la victima. A diferencia de la nación francesa, "Francis" sabía cuando estaba yendo demasiado lejos y se detenía, Francia si te veía vacilar probablemente daría un ataque más fuerte, aunque sólo fuese verbal.
—No es como si tuviese otra opción.
Francis rió, últimamente Arthur se veía más feliz y menos estresado, como si el trabajo del consejo no fuese realmente tan pesado como él sabía que era. Desde aquellas vacaciones en Inglaterra que Arthur se veía de aquella forma. Al principio había estado muy a la defensiva, especialmente con él, Francis recordaba muy bien aquello.
Siempre les había gustado pelear con el otro, demostrar cual de los dos era mejor. Si Francis tomaba dibujo técnico, Arthur también lo hacía. Si Arthur elegía esgrima, Francis se presentaría al mismo lugar, lo habían hecho desde que se conociesen en un campamento de verano en Canadá, y el hecho de que los padres de Arthur hiciesen negocios con los de Francis no había ayudado a disminuir la rivalidad entre los dos, aunque con el transcurrir de los años habían forjado una muy extraña relación.
Pero ni todos esos años de discusiones lo habían preparado para ser herido realmente. Era cierto que entre ellos solían ofenderse, pero a pesar de ello, nunca se herían realmente, al menos hasta aquellas vacaciones. Arthur realmente parecía odiarlo, y a la más leve queja por parte del francés sobre algo, Arthur reaccionaba más bruscamente de lo normal.
—Oye, rana, ya que estás aquí haz algo productivo.
La voz de Arthur sacó a Francis de sus pensamientos, y ambas miradas se encontraron por un momento. Los ojos de Arthur, cuando lo observaban, seguían pareciendo más fríos de lo que él recordaba, pero la palabras que salían de sus labios eran más amables que durante aquel extraño mes.
—¿Te me estás insinuando Arthur? —provocó el francés con una sonrisa ladeada, Arthur frunció el seño—. Tsk, tsk. ¿Por esto querías ser nuestro presidente? Haberlo dicho antes, no necesitabas serlo para pedirme tales atenciones, aunque dudo que a Alfred le guste demasiado compartir.
—Estúpido francés pervertido —rodó los ojos, antes de aventarle una cinta adhesiva que se encontraba en la mesa. La mención a su relación sentimental con Alfred fue completamente ignorada, pues Inglaterra aún no podía aceptar completamente estar en ese tipo de relación.
Francis no dijo nada, pero la tensión en el cuerpo de Arthur era visible. No importaba si parecía estar relajado, Francis sabía que Arthur lo golpearía al menor paso en falso, la forma en la que sujetaba el bolígrafo, como si fuese a partirlo por la mitad, lo delataba. El francés dejó el juego, encargándose de la pila de papeles que Arthur había señalado cuando pidió-ordenó su ayuda, cuando lo hizo el cuerpo del británico se relajó.
"Puedo aceptar que hagamos una 'alianza' o amistad, si quieres llamarlo así. Pero no pienso confiar en ti, que apuñalas a tus aliados a la menor oportunidad, Francis"
Esas habían sido las palabras que Arthur le había dedicado cuando Francis, hartó de jugar al "dime que te digo" con el británico decidió encararlo. Hasta este momento, las palabras seguían repitiéndose en la cabeza del francés, quien se preguntaba en que momento su relación con el británico se había estropeado tanto, llegando al punto de ser considerado un traidor.
—Parece que los chicos de fotografía quieren hacer otra pasarela este año —murmuró distraídamente el rubio mayor—. Han estado muy activos desde que ese chico japonés ingresó.
—Eso parece —Arthur levantó la vista de otro documento, dónde se les pedía realizar una colecta de libros para la biblioteca.
—El hermano menor de Gilbert, Ludwig, se ha unido también a ese club, ¿curioso no? Habíamos apostado a que iría a debate.
—No sé porque me hablas de estas cosas, rana —Arthur volvió la vista al documento, pensando en como llevaría acabo la colecta—. No es como si les hablara mucho.
Francis se encogió de hombros "Pero lo hiciste" pensó, la navidad pasada había sido la última vez que Gilbert y Arthur habían hablado. Últimamente Arthur se aislaba mucho, alegando que tenía trabajo. Decidió no instar más en la conversación, dejando un silencio tenso.
Afortunadamente, el descanso terminaría en menos de cinco minutos, y los miembros del consejo faltantes entrarían a la sala para terminar con el papeleo.
Ya era muy tarde cuando Inglaterra y el resto del consejo terminaron los asuntos pendientes, dejando sólo algunos papeles que tenían que ser revisados más a fondo antes de llegar a una decisión. Llegó a su dormitorio, y trató de hacer el menor ruido posible al entrar temiendo despertar a Kiku, con quien compartía habitación, para su sorpresa al entrar el japonés estaba leyendo un manga.
—Que bueno que ya regresó, es bastante tarde —dijo el japonés, cerrando la historieta y guardándola, al parecer sólo estaba esperando a que Arthur llegara para poder dormir.
—Lamento haberte mantenido despierto Kiku, ya te dije que no es necesario que me esperes —respondió cortésmente el británico, sintiéndose apenado. Kiku seguía siendo la misma persona considerada de siempre.
—No es ningún problema —Kiku se metió en su cama dispuesto a dormir, dándole la espalda al inglés.
—Gracias.
Cuando Arthur despertó no estaba en ninguna habitación, y a su lado no estaba Kiku ni los postres de una chica con colectas verdes*, sino que estaba sentado en un avión, la cabeza le dolía horrible, estaba confundido y había un sujeto extraño que lo miraba con preocupación.
—Arthur, ya casi llegamos, ¿te encuentras bien?
Por un minuto o dos no dijo nada, estaba mareado. ¿Dónde estaba Kiku?, ¿Quién era?, ¡Dónde estaba él! Lo último que recordaba era haberse ido a dormir.
—Yo... —calló, esperando que su mente se despejase un poco, cuando lo hizo pudo reconocer a su ministro, que seguía esperando una respuesta—. Sí, sí… estoy bien. Sólo estoy algo dormido aun.
Él era el Reino Unido de Gran Bretaña y el Norte de Irlanda, más concretamente la parte de Inglaterra e iba a una cumbre con el G8, sintió que algo dentro de él le dolía un poco, pero decidió ignorarlo. Porque no quería aceptar que podía haberse acostumbrado a un Alfred menos molesto y más afectuoso, tampoco a un Francis menos hiriente, a unos hermanos a los que realmente podría querer sin tener miedo de que, una vez aceptando esos sentimientos por ellos, podría ser abandonado o utilizado. Matthew era quizás el único que podría llegar a tratar de la misma forma, al menos cuando se dejaba ver.
—De nada nos sirve soñar —murmuró, las hadas que iban sobre su cabeza se entristecieron al sentir el humor de la isla, e hicieron lo mejor para reanimarlo, mientras le acariciaban el cabello.
Aclaraciones:
1.- La chica de coletas verdes es "Miku" de los famosos vocaloids. La puse porque creí que sería la más popular, aunque personalmente prefiero a los Kagamine (no es que a alguien le importe mi opinión en eso, creo xD)
