Título del capítulo: Levantando sospechas.
Resumen: Inglaterra estaba nervioso, rayando la paranoia cosa que todos notaban aunque de formas diferentes, y pese a ser el centro de atención, Inglaterra no se sabía objeto de estudio.
Advertencias/Nota: Semi AU, BL, insultos, algo de OOC. Sé que he tardado en actualizar, pero hay muchos motivos, mi computadora se descompusó, he tenido muchos examenes y cosas que estudiar, y no me convencia del todo el capitulo, pero finalemente después de terminarlo se lo envié a mi nii-san para que lo beteara x'D y le hizo algunas correciones, por lo cual se agregaron algunas cosas que antes no estaban. Finalmente quedó esto y espero lo disfruten, cualquier error haganmelo saber.
Beta: Scath Wolff


Inglaterra parpadeó incomodo cuando los rayos de luz entraron por la ventana de cristal que había en la ventana de su habitación de hotel en Ottawa, Canadá, quien sería cede para la reunión del G8 en esa ocasión, lo cual había sido una extraña sorpresa para todos los miembros del mismo.

Sin muchas ganas la nación abrió finalmente los ojos, el sol que entraba por las ventanas sin cortinas fue el detonante que lo hizo salir de la cama al final, pues como todo buen inglés, estaba en su naturaleza amar los días en que el amado sol se dignaba a salir. Cuando salió de la cama estiró los brazos y las piernas además de invertir algunos minutos en la vista que tenía desde el quinto piso del hotel. La ciudad parecía vibrar de vida, e Inglaterra pensaba que se debía principalmente al buen clima.

Se metió al baño y veinte minutos después salió del mismo con sólo una toalla para secarse el cabello, mientras el agua escurría del resto de su cuerpo, contorneando algunas de las viejas cicatrices dejadas por las guerras y las plagas. Inglaterra terminó de secarse el cabello, dejándolo con una apariencia más desordenada que de costumbre, al terminar de secarse el cuerpo no perdió de vista lo diferente que era, y su mente parecía despertar apenas del inminente sueño.

Normalmente Inglaterra no se avergonzaba de su cuerpo debido a las pequeñas y grandes marcas que lo cubrían casi por completo, pues parecía que siempre había espacio para futuras marcas sin importar los siglos, y aquella ocasión no era del todo diferente o eso se decía. No era vergüenza ni aversión, después de todo no podía odiarse así mismo, era un sentimiento más bien parecido al desencanto el que lo inundaba. Y prefiriendo no pensar más en aquel cuerpo igual al suyo pero de piel tersa y joven, se vistió con ropa casual pero abrigadora, pues a pesar del brillante sol mañanero estaba conciente del frío que hacía ahí afuera.

Cuando salió a dar una vuelta por la capital canadiense se aseguró de hacer dos cosas, la primera fue dejarle una extensa y explicativa nota a su ministro, haciendo hincapié en que había salido por voluntad propia y no había sido secuestrado por ninguna ex-colonia o francés fastidioso, por lo cual no se debían tomar acciones legales contra dichos individuos, y lo segundo fue llevar su teléfono móvil completamente cargado, pues estaba seguro que el ministro obviaría la carta y de todas formas lo acosaría telefónicamente queriendo cerciorarse de su salud física y mental. Una vez realizado aquello, comenzó a pasearse por Ottawa sin ningún tipo de remordimiento, la reunión oficialmente no comenzaría hasta las diez de la mañana del día siguiente y él ya había preparado su discurso con antelación, a pesar de saber que Estados Unidos monopolizaría el estrado.

—Como si ocurriese algo diferente en alguna reunión, de verdad, nos estamos volviendo viejos y repetitivos —susurró para sí mismo, mientras ojeaba distraídamente con la vista los llamativos escaparates de las tiendas. No es que hubiera algo que quisiese comprar, todavía, simplemente quería distraerse un poco para evitar pensar en aquel extraño sueño donde era feliz, ya que de lo contrario terminaría cayendo en una pequeña etapa de depresión.

Mientras caminaba por las blancas calles, pensaba con diversión que la casa de Canadá era realmente acogedora y peculiar como el chiquillo en sí, pues a pesar del calido sol que acariciaba sus mejillas el piso se encontraba pintado de una capa blanca de nieve, y si se detenía algunos minutos bajo la sombra de un árbol podía sentir la fría brisa meciendo sus cabellos, en su casa por el contrario a pesar del horrible y frío invierno, raras veces llegaba a nevar.

—Pareciera que las cosas bellas huyen de mi presencia —murmuró, deteniéndose en un pequeño parque para descansar, y contra su voluntad, pensar en cosas amargas—, las personas amables también me tienen miedo o simplemente se van —prosiguió, pensando ligeramente en los italianos, que parecían tener un sensor que los alertaba de su presencia, Inglaterra no podía dirigirles un hola amable sin que los italianos temblasen de pies a cabeza, lo cual terminaba irritando a la isla.

Una voz conocida lo hizo estremecer por completo, reconocería ese horrible acento que destrozaba su amado idioma con cada pronunciación, además de sentir que todo el aire comenzaba a oler a colonias caras y francesas, estaba apunto de gritarle parte de su amplio repertorio de insultos al francés pero la voz de su acompañante le impidió hacerlo.

—Entonces, mon ange, ¿estás seguro de que deseas seguir jugando ese "deporte" como le llamas? El patinaje sobre hielo se te da tan bien que nadie se daría cuenta si dejas el 'okey —hablaba el francés con gran consternación, en su doceavo intento por convencer a Canadá de dedicarse al patinaje artístico y dejar el vulgar y grotesco deporte.

—Completamente seguro. Además, ¿qué pasaría con la noche de jockey? ¡Es tradición! —exclamó, olvidando que si era por conveniencia Francia podía olvidarse de las tradiciones o abolirlas.

—No digo que prohíbas el juego, simplemente que no lo practiques —resolvió sin mayor complicaciones el país mayor, pasando por alto el pequeño tic nervioso que comenzaba a nacer en el ojo derecho del canadiense.

¿Olvidarlo?, ¿No jugarlo? ¡Canadá y jockey eran prácticamente sinónimos! ¡Como Estados Unidos y hamburguesas, o béisbol! No podía simplemente esperar que así como así dejase aquel juego y se dedicase únicamente al patinaje porque no pensaba obedecer algo como aquello.

—Francia posee su propia selección de Rugby.

—Pero no soy yo quien juega en ella, como si no tuviera suficiente con el fútbol.

Canadá suspiró exasperado, comenzaba a quedarse sin argumentos educados y convincentes para hacer que, al menos, Francia olvidase el tema de que su "pequeño" Matty jugaba un deporte tan común, pero fue justo en ese momento que volteó la vista hacía un lado, tratando de idear algo, que vio la figura de su antiguo colonizador y una pequeña sonrisa se extendió por su rostro. Si Francia veía a Inglaterra dejaría el tema por la paz, y él podía disculparse luego con Inglaterra —en el raro caso de que éste notase su presencia— por ocasionarle problemas.

—¿No es ese papá Inglaterra? —soltó la pregunta con un tono casual, después agitó los brazos tratando de llamar la atención de la isla.

Francia se mordió el labio inferior de forma dramática, ¿en qué momento su pequeño angelito había adquirido la costumbre de llamar "papá" a ese delincuente y vulgar vecino suyo? No lo recordaba con exactitud, pero el hecho de que Canadá utilizase ese calificativo para Inglaterra lo molestaba en demasía y lo peor era que el canadiense lo sabía y por el mismo motivo lo empleaba.

Inglaterra por su parte fingió ignorar las señas de Canadá, no estaba listo para un duelo verbal contra Francia, los recuerdos de aquel mes ficticio se agolpaban en su cabeza confundiéndole las ideas y el rostro de un Francis completamente diferente se sobreponía al del verdadero Francis que estaba al lado de su antigua colonia.

—No voltees, Inglaterra, simplemente sigue tu camino —se dijo, comenzando a caminar hacia el lado contrario, odiándose por ignorar concientemente a Canadá.

—Creo que no me ha escuchado —suspiró resignadamente el canadiense, hundiendo la cara en su oso quien lo miraba confundido.

—Uhg —Francia hizo un gesto de desagrado, pero se forzó a llamar al inglés— ¡Arthur!

Inglaterra se paró en su sitio, y cuando escuchó pasos acercándose volvió emprender la marcha, pasando de caminar a correr desesperadamente para salir de ahí, repitiéndose continuamente que no estaba huyendo de nadie y que simplemente quería estar solo para poder pensar con tranquilidad.

Al otro lado del parque, Francia se mantenía con una ceja alzada mientras observaba al inglés huir sin miramientos y Canadá le envió una mirada reprobatoria, pensando seguramente que le había hecho algo perverso a la isla y por ese motivo ahora no quería verlo.

—¡Eh, qué no le hice nada! —se defendió en el acto, sin darle tiempo al canadiense para formular el reproche, en la mente de Francia la imagen de Inglaterra corriendo tan rápidamente se repetía una y otra vez, preguntándose inconscientemente que había asustado al menor.

Canadá siguió mirando con ojos entrecerrados a Francia, obviamente sin creerle una sola palabra.

Finalmente Inglaterra se detuvo en algún lugar no identificado de Ottawa, aunque por el momento saber si estaba o no perdido era la última de sus preocupaciones, la que sí encabezaba la lista era saber con exactitud por qué no podía sacarse de la cabeza aquella imagen falsa de Francis diciéndole "no te desquites conmigo por algo que desconozco Arthur", incluso las voces más amables de sus hermanos parecían atormentarlo.

Era consiente de que la probabilidad de encontrarse con Estados Unidos, precisamente cuando no deseaba encantárselo, era mucho mayor que la que había de encontrarse a Italia y Alemania, sin embargo estaría agradecido si se topaba con Prusia, siempre que no lo llevase al pub (o bar, ¿así les decían aquí?) y no podía permitirse eso en viajes de negocios, sólo en vacaciones.

Estaba casi atardeciendo cuando su estomago comenzó a protestar y, pese a sus deseos, se obligó a buscar algún restaurante de comida, dándose cuenta que no había probado bocado en todo el día. No quería ponerse muy quisquilloso por lo que iría a cualquier restaurante que le ofreciese una buena taza de té. Después de tomar una merecida y deliciosa comida en una de las tantas cafeterías que poseía la ciudad, se encontraba de un mejor estado de ánimo, y tal vez si se daba prisa podría ver algunas tiendas con detenimientos antes del anochecer, también, si tenía suerte, encontraría algo que mantuviese a sus hermanos contentos y callados durante unas semanas.

—Especialmente a Ian —murmuró con una sonrisa marcada. No era desconocido para nadie ese cariño especial que sentía su hermano mayor hacia Canadá, el cual era en parte respondido, no por nada había una provincia con el nombre de su hermano en ella*. Aunque Alfred insistía en decir que era por un banco.

Lo primero es lo primero, pensó, preguntándole a un policía por la dirección de su hotel, una vez que el oficial lo oriento lo suficiente Reino Unido fue capaz de volver al área turística por su propia cuenta. Se anotó como un reto personal memorizar las calles de la capital de Canadá, si podía sobrevivir perfectamente sin ayuda en Paris, Washington DC, Oslo y Copenhague debía poder hacer lo mismo aquí.

Llegó hasta el centro turístico y se dirigió hacia las zonas más brillantes, donde supuso se encontrarían las tiendas que había visto al comienzo del día. Pasó por varios escaparates sin que nada le llamase demasiado la atención, con excepción de los bares a los cuales se prometió no ir. Transcurrió casi una hora sin decidirse entrar a ningún lugar, y estaba por resignarse y regresar a su hotel con las manos vacías hasta que encontró una tienda pequeña y no muy llamativa al final de la calle, escondida entre varios edificios de colores claros, la fachada era altamente contrastante pues se notaba quizás demasiado vieja, aunque el tono lila de las paredes indicaba que estaba recién pintada.

Si el color brilloso no era lo suficientemente llamativo, el titulo en letra cursiva y escrita en amarillo sí lo hizo. Rápidamente caminó hasta la puerta, cualquier cosa relacionada con el ocultismo llamaría su atención. Al entrar no vio nada demasiado diferente a las tiendas que había en Londres, las paredes del interior estaban cubiertas por cortinas oscuras y gruesas, había una mesa redonda en el centro de la estancia con una bola de cristal encima, varias estanterías en las paredes del fondo con velas y amuletos, además de algunas ouijas. Más al fondo del lugar había una puerta cubierta por unas cortinas de colores y piedritas.

Reino Unido caminó por la estancia, el olor a incienso era demasiado fuerte en el ambiente pero estaba acostumbrado a ello, incluso a olores más penetrantes cuando hacia hechizos, por lo cual no le molestó en lo absoluto. La voz de una mujer lo hizo girarse bruscamente.

—¿Se te ofrece algo? —preguntó con un marcado acento francés, era de baja estatura y algo pasada de peso, también se veía entrada en años pese a que se voz no lo denotase. La mujer se acercó hasta él y le puso la mano en un hombro—. ¿Tal vez te gustaría alguna leída de cartas o de mano?

Arthur dejó el amuleto en forma de herradura que estaba sosteniendo, debatiéndose entre aceptar la propuesta o simplemente comprar un par de amuletos para Irlanda y ver si poseían hiervas, de ser así no estaría mal hacerse de algunas que se le estaban agotando. La mujer pareció percatarse de su estado, el cual confundió con nerviosismo, pues agregó:

—Anímate que no pasa nada, además, la primera lectura es gratis.

Convencido por este argumento el británico tomó asiento en una de las sillas frente a la bola de cristal tal y como la mujer le indicó, después ella lo miró unos segundos antes de sacar unas cartas del tarot celta, Arthur elevó una ceja confundido.

—Tienes un aire extranjero, británico más precisamente —Arthur abrió la boca, pero la cerró de inmediato.

—Ciertamente, soy inglés —fue lo primero que dijo en todo el rato, confirmando lo que la mujer ya sabía de antemano.

La bola de cristal fue quitada de la mesa, dejando espacio para las cartas. Arthur se tomó su tiempo para elegir, normalmente no temía a la gente que leía el futuro, él mismo había practicado eso en algún momento, pero con circunstancias completamente diferentes. Finalmente las cartas elegidas fueron puestas en el tablero y la mujer comenzó a interpretarlas.

La templanza, los enamorados, el ermitaño, la sacerdotisa, el diablo, la muerte, la luna, el juicio (invertido), el emperador y la emperatriz. Arthur observó las cartas seleccionadas con cuidado, la mujer frunció el ceño antes de comenzar a explicarle de que trataba cada carta.

—Al parecer, hijo, estas pasando por un momento donde es muy importante que mantengas equilibradas tus emociones y te mantengas en armonía con tu entorno —mencionó cuando colocó la carta de la templanza ante su vista. Arthur frunció el ceño nervioso, esa mujer no tenía ni idea de lo acertado que era eso—. El contra… Los obstáculos que atraviesas en este momento tiene que ver directamente con tu falta de decisión, que es lo que detiene los procesos que se van dando por si solos. Tu mismo provocas el estancamiento al no tener claro que opción tomar ante determinadas situaciones.

Arthur elevó una ceja sin comprender, pero se abstuvo de reprocharle algo a la mujer, recordándose las palabras que Ian siempre decía cuando quería leerles el futuro, "no importa si no lo entiendes ahorita, ya lo harás". Sólo que Arthur no deseaba entender lo que acababa de escuchar precisamente. La carta que revelaba su presente lo mantuvo tenso, pues le instaba a ser precavido en sus acciones.

—¿La muerte?

La mujer lo miró preocupada por la cara que hizo el inglés al ver aquella carta. Estaba acostumbrada a ver reacciones de sorpresa, agobio e incluso incredulidad, pero ningún tan neutra como aquella. La cara de Arthur estaba libre de expresiones, pero su voz temblaba, como si estuviese terriblemente asustado.

—No es una muerte tangible —comentó la mujer, esperando tranquilizarlo—, indica que se aproxima un periodo donde te veras enfrentado a cambios drásticos y bruscos, puede parecer un periodo muy complicado y difícil de afrontar, pues indica el fin de algo, pero a la vez indica que el cambio es provechoso pues se refiere a una evolución desde el estado actual a otro superior.

Cada palabra y oración le recordaban constantemente a esos extraños sueños que había tenido, y todas le indicaban que tuviese precaución. Tomó aire un par de veces, y la mujer le esperó pacientemente, creyendo que al ser la primera vez que entraba en un lugar así los acontecimientos lo estaban desbordando, y no estaba equivocada del todo. Ya más tranquilo Arthur siguió escuchando, pero la alarma de peligro en su cabeza ya estaba encendida.

Para el momento en que la mujer estaba terminando de leerle las cartas, Arthur había vuelto a estar frío.

—Finalmente, el desenlace es el juicio invertido, indica que tu medio ambiente se ve afectado por un juicio erróneo respecto a aspectos judiciales o a situaciones personales relacionadas con la vida cotidiana, de esto nace una debilidad espiritual lo que te hace sentir vulnerable y vacilar ante la toma de decisiones.

La isla se paro tratando de no ser busco, tomo el par de amuletos que ya había considerado un buen regalo y se los entregó.

—¿Cuánto es en total? —preguntó con la voz queda, su mente estaba demasiado exaltada y casi podía sentir a la paranoia invadirlo de la misma forma en que hacia cuando era más joven y escuchaba a los lejos las voces de sus hermanos cantando, mientras se acercaban a sus tierras con crueles intensiones. Sí, Arthur sentía el frío en la espalda y un nudo en la boca del estómago, y la necesidad de mirar hacia todos lados era demasiado fuerte.

—Corazón, deberías tranquilízate, ven toma asiento —la mujer comenzó a preocuparse seriamente, en todos sus años haciendo aquello nunca había visto a alguien que cambiase de estado emocional tan rápido. Al principio parecía emocionado, después indiferente y al final estaba al borde de la histeria, pero manteniendo una extraña compostura.

—No es necesario, estoy perfectamente, simplemente me ha tomado por sorpresa el resultado, eso es todo —apretó el tono, no quería estar más tiempo en aquella tienda, necesitaba pensar y relajarse una vez más. Había cosas que no entendía, cosas que no deseaba entender y otras que le preocupaban, y todas se relacionaban con aquel extraño sueño que esperaba no fuese recurrente.

La mujer no estaba convencida pero no lo obligó a quedarse, simplemente le dio un par de recomendaciones. Después de pagar por los amuletos, Arthur abandonó la tienda a paso apretado. Iba tan ensimismado que apenas fue consciente del ruido que hacia su teléfono en el bolsillo, el móvil siguió sonando durante un buen rato hasta que finalmente dejó de hacerlo. Fuese quien fuese, Inglaterra no deseaba atender a nadie.

La noche ya había caído completamente, y el ministro de Reino Unido había terminado su reunión con el de Canadá y el presidente de Estados Unidos, habían hablado de asuntos triviales más que otra cosa, pues había sido una simple comida informal para quitar tensiones y preguntar cómo había resultado el viaje. Sin embargo había pasado todo el día sin una sola señal de Arthur, ni si quiera un mensaje de queja sobre algo, lo cual preocupaba bastante al ministro.

—Quizás simplemente salió a ver las atracciones turísticas —se dijo después de haberse despedido de sus compañeros. Le llamó un par de veces pero en todas atendió el buzón, lo cual lo desesperó un poco. Arthur no se había visto demasiado bien en el viaje, podría estar pescando un nuevo resfrío por la economía o tal vez era culpa de Islandia y sus constantes problemáticas, de todas formas, el ministro volvió a llamarle.

Al sentir un poco de hambre Arthur decidió que era hora de volver a su hotel y pedir algo de cenar, no sabía qué hora era exactamente, pero seguro pasaban de las ocho y mañana debía levantarse temprano para asistir a una reunión infructuosa con personas molestas, dejó escapar un gruñido de frustración y tras pedirle direcciones nuevamente a unos transeúntes regresó a su hotel con el ánimo perturbado, y hambriento.

El ministro lo vio cuando iba entrando por el vestíbulo, así que camino con prisa hacía él, molesto y algo preocupado por aquel semblante, Arthur lo vio apenas y al saber lo que seguramente se avecinaba se escabullo hábilmente tomando el camino contrario al de las escaleras, metiéndose entre un mar de gente hasta que entró en el elevador que cerró sus puertas apenas estuvo dentro.

—Hoy no, mañana escucharé cualquier cosa que quiera decirme, hoy no lo necesito —pensó. Una vez que estuvo en su piso, entró al cuarto donde se hospedaba y se lanzó a la cama, las hadas no tardaron en revolotear cerca de él y algunas otras criaturas aparecieron también, Arthur no recordaba haberles llevado con él, pero no le dio importancia, era algo que sucedía a diario.

Se cambió de ropa, dejó los amuletos en el tocador y charló un rato con sus criaturas, que estaban encantadas con el paisaje helado. Unos golpes en la puerta detuvieron la alegre charla que mantenían, Inglaterra corrió a su cama y se acostó dispuesto a fingirse dormido, sus hadas apagaron las luces, apenas el inglés cerró los ojos los golpes pararon.

—Descansa Inglaterra —corearon las hadas, arremolinándose en la cama con él.

Y Arthur lo intentó más no consiguió dormir ni un poco pese a que su cuerpo se sentía cansado por el viaje y el agitado día.

A la mañana siguiente se paró temprano y dos hadas jóvenes se sentaron en su cabeza y otras dos en sus hombros. El ministro lo miro reprobatoriamente por las ojeras que lucía bajo los ojos, Reino Unido simplemente sonrió quitándole importancia y alegando insomnio, el resto del camino fue en un silencio incomodo.

—Necesitamos hablar —dijo el ministro al final, Arthur se tensó, pero terminó accediendo a hacerlo después de la reunión.

La sala de reuniones perteneciente a las naciones era grande y espaciosa, lo cual era necesario para que cada una tuviese su espacio personal, lejos de las demás. Se evitaban muchos problemas de esta forma.

Inglaterra pasó de largo a Francia, saludó secamente a Alemania e ignoró al resto de las naciones ahí reunidas en el camino hasta su puesto, una vez sentado se dejó que sus hadas tomaran sus manos y empezaran a dibujar en una de las hojas limpias, a la espera de que llegase Estados Unidos, quien como siempre iba tarde.

—Definitivamente debí esforzarme más en enseñarle el significado de puntualidad —masculló, una de sus hadas hizo un comentario gracioso sobre eso, provocándole una ligera risa.

A lo lejos Canadá lo observaba en el silencio de siempre, una de las ventajas de ser alguien tan callado y que pasa desapercibido, es la cantidad de cosas que puedes notar de la gente. Reino Unido se veía más cansado y su cuerpo lucía tenso, además de que en un estado de ánimo normal ya hubiese comenzado alguna discusión con Francia o una charla con Alemania, pero esta vez se había apartado del grupo completamente.

—¿Estará enfermo? —se preguntó preocupado, apretando al pequeño osito con fuerza contra su pecho.

—¿Lo crees? —Preguntó Francia a sus espaldas, sobresaltando al canadiense—. No actúa como siempre, pero puede que simplemente este con sus alucinaciones y nada más.

Canadá no contestó, no creía que las hadas de Arthur tuviesen mucho que ver, por lo general el inglés no hablaba con ellas a la vista de las otras naciones, y aunque él no pudiese verlas no juzgaría a su ex-conquistador. Además, se dijo con preocupación, la actitud de su otrora hermano mayor estaba extraña desde ayer.

—No le des importancia, seguro se pone con el humor acido de siempre apenas entré tu hermano por la puerta.

Tanto Matthew como Francis esperaban que eso ocurriese, el primero para sentirse aliviado y el segundo para evitar sentir esa preocupación que se negaba a admitir. Para bien o para mal, cuando Estados Unidos abrió la reunión con sus ideas salidas de tema, Reino Unido se mantuvo en silencio mirando su hoja rayada.

Alemania, tras mucho esfuerzo, logró que Estados Unidos bajara del podio y se sentase al lado de Canadá, acción que todos agradecieron, incluso Lovino le dio un apretado "grazie". Francia fue el siguiente de la lista, comenzando a mostrar su presentación con el profesionalismo del que sólo hacía gala en desfiles de moda, muestras gastronómicas o exposiciones de arte.

—Bah, como si alguna idea fuese mejor que la mía, todos son unos viejos aburridos y cuadrados —se quejó Estados Unidos, mirando directamente a su hermano, esperando un poco de comprensión de su parte—. Especialmente Inglaterra, ¿no puede admitir que está celoso de mis impresionantes ideas? Te lo juro Mattie, el robot gigante era una buena idea, pero tenía que despreciarla ese inglés estirado.

—Pero Arthur no ha dicho nada en toda la reunión, y el que despreció la idea fue Lovino —dijo Matthew algo consternado, él hubiese esperado que Reino Unido fuese el primero en ponerle los pies en la tierra a su hermano, pero no—. Me preocupa.

Alfred guardó silencio, haciendo memoria una vez más. Matthew estaba en lo cierto, quien había despreciado su idea había sido el gruñón de Italia del Sur. Alfred puso una mueca antes de volver a su sonrisa de siempre, más su hermano supo que estaba era fingida.

—Quítale importancia Matty, ya sabes cómo son los ancianos, seguro sólo está pasando por una etapa o algo así. Es más, ¡al fin está de acuerdo con mis ideas! —gritó con una alegría excesiva. Pero mentalmente se obligó a prestar atención a Arthur, Matthew era muy observador, él no se equivocaba fácilmente y si decía que Arthur estaba mal entonces así era.

Alemania carraspeó con fuerza, llamando la atención de ambos americanos quienes sonrieron nerviosamente antes de ser regañados (en realidad sólo regañó a Estados Unidos, Canadá fue invisible una vez más). Francia les dedicó una mirada reprochadora antes de continuar.

Al cabo de una hora Francia logró terminar la presentación, sin mayores interrupciones. Debido a la hora que era decidieron suspender para la comida y reanudar la reunión al día siguiente, dónde les correspondería hablar a Rusia e Italia, para finalmente terminar el tercer día con la presentación de Alemania y Reino Unido.

—¿No es extraño, ve? —dijo Italia con una cara adormilada, a su lado su hermano lo encaró con el ceño fruncido tan común en él y a una distancia más atrás Alemania también le miraba expectante.

—De qué hablas —gruñó Lovino con sequedad, quitando su vista de su hermano para ponerla pesadamente sobre Alemania.

—Reino Unido estuvo muy tranquilo hoy, ve, ¿estará enfermo?

Italia del Sur soltó un par de insultos antes de arrastrar a su hermano fuera del lugar, ¿a quién le importaba si ese demonio de Reino Unido estaba bien o mal? A él claramente no, y a su hermano tampoco debía importarle, si alguien tenía que estar preocupado entonces quizás alguna de esas antiguas colonias. Alemania lo siguió con una negación de cabeza, acostumbrado a todo aquello, pero las palabras de Italia lo hicieron pensar, ciertamente había sido una reunión extraña.

Más al fondo, Reino Unido recogió sus cosas que no era demasiadas, les sonrió a sus hadas con vergüenza, había perdido la noción del tiempo. Su cuerpo se sentía descansado, como si hubiese tomado una siesta, a pesar de que no había sido así.

—No sé que han hecho, pero no lo hagan otra vez, no he podido prestar nada de atención —dijo en voz baja, aunque estaba en parte agradecido por la preocupación que expresaban sus amigas en sus rostros—. No importa, ya le robaré sus notas a Francia —dicho eso salió de la sala de reuniones para encontrarse con su ministro, dejando tras de sí a un invisible y preocupado Canadá.

—¿Realmente estará bien?

El osito lo miró un segundo, antes de ponerle una patita en la cara.

—Reino Unido es fuerte, estará bien. ¿Quién eres?

—Soy Canadá… —respondió la joven nación, con una actitud derrotada, aunque apreciaba el gesto.

Estados Unidos había sido el primero en salir y se encontraba esperando en las afueras del hotel donde se habían reunido. Estaba recargado contra una de las paredes, esperando que Reino Unido saliese, pensaba hablar con él u obligarlo a invitarle a comer, pero sus planes se vieron frustrados al ver salir al inglés hablando con su ministro, o mejor dicho, él que hablaba era el ministro que tenía una mueca completamente molesta desde el campo de visión de Estados Unidos.

—Quizás, en otra ocasión será —se dijo malhumorado, no le gustaba tener que esperar, especialmente no le gustaba que Arthur lo desplazara a un segundo plano, lo cual era obvio siendo que el inglés siempre le había dado prioridad.

—No has dormido otra vez, ¿no es así? —Preguntó el ministro por tercera vez en menos de un minuto, Arthur rodó los ojos—. El café no es la solución, tú no bebes café ni bajo amenaza Arthur, ¿qué sucede? Y no aceptaré un "nada" por respuesta.

—Es simplemente demasiado estrés.

Si el ministro le creyó o no a Arthur no le importó, pues se las ingenió para cambiar el tema de la conversación. Metros atrás Francia se quitaba el periódico de la cara y les observaba salir del lugar rumbo a un restaurante para comer.

—Con que estrés ¿eh?

Era obvio que Arthur mentía, lo cual en sí era malo, pues Arthur sabía mentir bien. Canadá se quedó en su casa pensando en algo que pudiese estar molestando al mayor, Francia por su lado ignoraba las conversaciones de su jefe con su esposa, tratando de recordar si había sucedido algo recientemente que preocupase a su vecino y Alfred por su lado no dejaba de quejarse sobre lo entrometido que era el jefe de Arthur, mientras Obama simplemente trataba de ignorarlo. Incluso Alemania y las dos partes de Italia se preguntaban qué ocurría. Sin proponérselo el británico había causado una conmoción de la que era ajeno, y el único indiferente era Rusia.

Notas:
Mon Ange - mi ángel