DISCLAIMER:Los personajes no me pertenecen son de S. Meyer y la historia tampoco ya que es una adaptación de la historia de Simona Sparaco..
Edward
El ruido de las llaves en la cerradura y la voz chirriante e inconfundible de mi madre que pregunta:
— ¿Molesto?
Si estuviera enrollándome con una desconocida, ni siquiera tendría tiempo para aclarar la voz o tartamudear una excusa. Por suerte ése no es mi estilo. Ni la excusa, ni mucho menos la desconocida. Además de que detrás del griterío de mi madre y el crujido de sus innumerables bolsas está Tanya, mi novia, que ya la sigue a todas partes. Desde la peluquería hasta las compras, se están volviendo inseparables.
Al principio fue mi madre quien la engatusó, de esa manera suya tentacular que siempre he encontrado inaguantable. Lo ha hecho con todas las otras y ahora lo repite también con ella: es una forma maniática de ejercer control, la suya.
Tanya no lo entiende, cree que a mí me gusta, quizá está convencida de que la alianza con mi madre acabará fortaleciendo nuestra relación. En realidad, como de costumbre, eso me molesta, y no sólo porque las llaves de casa que le he dado a Tanya acaben automáticamente en manos de mi madre, que entonces aprovecha para intensificar sus visitas, sino también porque Tanya ha empezado a imitarla, en el estilo, en la manera de hacer, de mover las manos, como si no tuviera más que suficiente con mi madre.
—Edward, querido, acabamos de volver de un muy agradable paseo por el centro —me informa mi madre antes de volcar todas las bolsas de marca en el sofá y pedir a Tanya que le acerque un vaso de agua—. ¡Señor, qué calor hace! Roma se está volviendo cada día más insoportable... ¿Te estamos molestando? ¿Trabajas incluso los domingos?
Me han encontrado sentado en el sofá del comedor mientras repaso algunos correos electrónicos con el ordenador encendido en las rodillas. La casa está desordenada, la mujer de la limpieza tiene su día de descanso. No se trata de una situación tan grave que requiera la intervención de un servicio de protección civil, pero por la mirada disgustada que mi madre echa a su alrededor deduzco que el desorden está a punto de pedir permiso e irse.
Enseguida se ocupa de recoger la chaqueta de la butaca y pasársela a Tanya, con un comentario implícito: un ama de casa sabe siempre cuándo tiene que intervenir. Mira tú por dónde. Ella, que jamás ha puesto agua a hervir, ya que en casa hay una multitud de filipinos adiestrados para servirla. Encima Tanya ejecuta sus órdenes, le encanta ponerlo todo de su parte en su presencia.
Cuando mi madre dice algo, lo que sea, Tanya escucha sus palabras como si probara un destilado de sabiduría, sucumbiendo a su fascinación. Por otro lado es normal, mi madre posee una personalidad carismática; a veces detestable, pero nadie es capaz de decirle que no. Sabe cómo conseguir lo que quiere, encontrar su hueco en cada situación y obtener la atención que se merece.
De joven era una mujer guapísima, alta, delgada, muy seductora, aunque sólo fuera por su porte. Hoy tiene poco más de sesenta años, y sin embargo parece que se ha quedado en una edad indefinible, por mérito o culpa de los continuos retoques. Si no fuera por el cuello arrugado y las manos con manchas en la piel y agrietadas, sería imposible determinar su edad.
Su cara está tan estirada que no le queda ni una arruga, lo que pasa es que sus ojos, por culpa de tantas intervenciones, se han alargado hacia las sienes. Hay días en los que me cuesta reconocerla. Aunque ciertas noches, cuando tiene que participar en algún acontecimiento mundano, sé que la multitud aún podría detenerse para admirarla. Sea cual sea la joya o el traje que lleve, en ella reluce único y atemporal.
Mi padre fue el primero que cayó en su red. En casa es ella quien lleva los pantalones, y no sólo porque su familia es de lejos la más rica y todo lo que tenemos nos lo dejó mi abuelo materno. No. Se trata más que nada de una cuestión de carácter: mi padre no hace otra cosa que padecer, hasta en la empresa, donde es el presidente, pero sólo formalmente: asistiendo a un Consejo de Administración te das cuenta enseguida.
Mi madre tiene el don de llevar a la gente a hacer todo lo que ella desea, es un hecho. Como ahora con Tanya, que se ha empeñado de repente en limpiar el comedor. Está recogiendo de la mesa el plato con las migas del bocadillo que acabo de comer y la lata vacía de Coca-Cola. Si estuviéramos solos, jamás lo haría. Llegados a este punto puedo aprovechar y entregarle la servilleta manchada de kétchup.
Mientras tanto, mi madre ha empezado a abanicarse la cara con el folleto de un instituto de belleza. «Señor, hace un calor inaguantable...», repite, metiendo los dedos en su amplio peinado color caoba, con la intención de volver a darle algo de volumen.
Entonces Tanya abre la ventana. Ella se acerca con desgana al espejo. Luego se acaricia el flequillo, lo aplasta delicadamente con la palma de la mano en la frente, como para mantenerlo tranquilo. Se da la vuelta y me mira, mientras saca a relucir su habitual sonrisa de plástico, astuto preludio de alguna incómoda petición.
—Hablábamos Tanya y yo de la boda —me dice, sabiendo que vuelve a meter el dedo en la llaga.
Tanya finge no haber oído y se aleja hacia la cocina con el plato en la mano.
— ¿Y qué? —Trato de disfrazar mi malestar, más por respeto hacia Tanya que otra cosa.
—Me ha informado de que se está mudando aquí —me comunica con una seriedad ambigua.
—Todavía nos lo estamos pensando.
—Sus padres son de la vieja escuela, lo sabes, y no creo que les guste saber que su única hija se va de casa sin haber fijado una fecha con anterioridad para...
¿Por qué no dice la verdad? Es decir, que su único hijo ha pasado el umbral de los treinta y que ya sería hora de que pensara en sentar cabeza, para regalarle algún nieto al que enloquecer.
—Además hay que reconocer que este loft no es apto para una pareja. Podrías pensar en la posibilidad de comprar un piso más grande. ¿No te parece, querido?
—Ésas son decisiones que tenemos que tomar Tanya y yo, mamá.
Finalmente le cambia la expresión en la cara, ahora asoma su contrariedad. Puede que esté pensando en rendirse, soy el único que a menudo la ha obligado a hacerlo.
En cambio, esta vez me equivoco, opta por otra estrategia y viene a sentarse en el sofá. Vuelve la sonrisa de plástico. Y ahora también una caricia en el hombro. Está tratando de apaciguarme, pero yo no soy su flequillo.
—Estoy ocupado —le digo—. En un rato llegará Emmett para ver el partido.
Mira a su alrededor, tratando de ganar tiempo. No tiene ganas de volver a casa, es tan evidente... Una sombra de infelicidad acaba de nublarle la mirada. Cuando esto sucede, no hay estrategias, es sólo que su parte más débil gana la partida. En casa tiene que lidiar con un matrimonio que hace años que no funciona, con una atmósfera que se ha vuelto irrespirable.
Cuando esto sucede, sólo me entran ganas de protegerla.
—Me voy, querido. Si no llegaré tarde a mi partida de rummy —dice volviendo a esconderse.
Deja el piso casi con prisa, saluda a Tanya con un beso desde lejos y recoge todas sus bolsas.
—Llama a Antonio —me ordena luego expeditiva, refiriéndose al chófer—. Necesito que venga a ayudarme al ascensor; con todos estos paquetes no puedo sola.
—Y al segundo siguiente desaparece detrás de la puerta, dejándome encima una molesta sensación de impotencia.
Después de unos minutos, me toca enfrentarme también con Tanya.
Mientras se peina su largo pelo rubio, me recuerda que esta noche habrá una fiesta en la Casina Valadier que no quiere perderse.
—Hay partido, ya lo sabes. Está a punto de llegar Emmett.
— ¿Y yo?
—Ve, si quieres.
Me lanza una mirada cargada de veneno.
—Pero yo quiero ir contigo. —Está cayendo en una pálida imitación de mi madre, sin tener su habilidad—. ¿Qué hago cuando venga Emmett? —continúa con tono quejica—.
Esta noche duermo aquí, lo sabes, pero no quiero ver el partido con vosotros.
—Eres libre de hacer lo que prefieras.
—Quiero ir a la Casina contigo —insiste, pataleando como una niña.
—Para de una vez, Tanya, sabes que no me gusta ese tipo de fiestas, y además está a punto de llegar Emmett, ya te lo he dicho.
Tanya suspira. Luego decide cambiar de tono e ir directa al nudo de la cuestión.
— ¿Me explicas tus intenciones?
— ¿A qué te refieres?
—Lo sabes muy bien.
—No creo.
—Estamos dando vueltas. ¿Qué somos tú y yo? ¿Una pareja seria o dos chicos que no paran de jugar?
Lo veía venir. De vuelta a las peticiones a largo plazo.
—Sabes muy bien cuál es mi opinión al respecto.
—No, no lo sé; si lo supiera no estaría preguntándotelo por enésima vez.
—Si consideramos el hecho de que llevamos juntos año y medio, no puede ser la enésima vez.
Si es a la boda a lo que te refieres, ya te lo he dicho, Tanya, me parece pronto para dar un paso de ese tipo, no estamos preparados...
—Pero tú quieres que viva aquí.
—Quiero que hagas lo que te apetezca...
—Me has hecho traer mis cosas, cada noche me pides que me quede a dormir, ¿me explicas cómo tengo que interpretar todo esto?
Nunca hay que dejar que una mujer se olvide unas braguitas en medio de las sábanas, porque esas braguitas acaban automáticamente en uno de tus cajones y en un pis-pás llegan otras, acompañadas por otras cosas, un día un calcetín, otro un sujetador, hasta hacerse con el cajón entero, y a partir de ese momento se convierten en «sus cosas en tu casa». De hecho es como desencadenar una reacción en cadena.
—Te he dicho nada más que no me gusta que vuelvas a casa sola a las dos de la madrugada.
—Claro, porque nunca quieres acompañarme.
—Tengo que trabajar, Tanya, me levanto todas las mañanas a las siete, no puedo acompañarte siempre a casa. Pedirte que te quedaras a dormir era una solución práctica.
— ¿Una solución práctica? —Empieza a increparme con los ojos abiertos de par en par, como si el demonio se hubiera apoderado de su cuerpo.
— ¿Te das cuenta, Edward, de lo que estás diciendo?
No soy estúpida, lo hablamos la otra vez, te he explicado lo que opino de las parejas de hecho, ¡y tu posición al respecto me parecía bien distinta!
Nunca emprendas la discusión de determinados temas si ella se desnuda y empieza a jugar con tus atributos, todo lo que digas será utilizado en tu contra cuando menos te lo esperes.
—Tanya, por favor, cálmate. Me parece una exageración considerarnos una pareja de hecho porque duermas aquí algunas noches a la semana...
— ¿Qué estás diciendo? —Vuelve a gritar, todavía más histérica, tanto que empiezo a pensar seriamente en la posibilidad de llamar a un exorcista.
— ¡No hemos hablado de pasar juntos algunas noches a la semana! ¡Hemos hablado de convivir! Cabrón egoísta, ¿quieres hacerme pasar por loca?
Ha empezado a dar vueltas por el comedor tirando al aire todo lo que hace tan sólo unos minutos, delante de mi madre, había puesto diligentemente en orden. No la reconozco, con la cara morada de rabia y el cuello hinchado por el rencor. Aunque no es la primera vez desde que nos conocemos que pierde el control de esta forma.
—Has escuchado lo que ha dicho tu madre, ¿verdad? —sigue cacareando—. ¿Crees que mis padres están contentos con esta situación?
Se está sumergiendo en un pantano muy poco digno y ni se da cuenta. Nunca ha estado tan lejos de conseguir sus objetivos como en este momento.
— ¿Entonces? ¡Contéstame! ¿Por qué pones cara de indignado? ¿Crees que me lo estoy pasando bien?
Bien, ahora empieza a llorar. Las lágrimas salen a chorros, es experta en llantos incontenibles; de existir un concurso sobre el tema podría conseguir un diploma tranquilamente. Con las manos se recoge el pelo hacia atrás, tuerce la cara en una mueca de desesperación.
—Eres un hijo de puta —masculla—, no te importo, te da igual verme en este estado.
Casi parece que te guste.
En otras situaciones parecidas, normalmente, a la hora de las lágrimas, yo me suavizo y trato de calmarla; ella se resiste un poco, pero al final cae en mis brazos y me pide que la perdone. Esta vez en cambio no siento el menor deseo de reaccionar así.
El guión se detiene, me quedo parado esperando a que se le pase. Y, cómo no, la situación empeora.
Si mi madre la viera en este estado puede que dejara de presionarme sobre el futuro: su fiel compañera de compras transformada de repente en una arpía imposible de manejar, un poco como las brujas en los cuentos de hadas, cuando sus planes malvados se hacen patentes.
Allí está el primer plato que llega al suelo, arrojado nada más que por el gusto de romperlo, y un implícito aviso: «Ven a calmarme si no quieres que lo rompa todo».
Realmente no se da cuenta de que con esta actitud sólo consigue alejarme. Está alimentando todas las dudas y sospechas que siempre he tenido hacia ella.
Como al principio de cada relación, también en este caso ha pasado lo mismo que con las demás: algo me dice que no puedo confiar en ella, que detrás de su amabilidad y su actitud seductora podría esconderse algo podrido, quizá una retorcida evaluación de posibles ganancias; como si pidieras un vino Barolo reserva y temieras que fuera a saber a corcho.
Y el tiempo acaba dándome casi siempre la razón. Tanya, por ejemplo, es una muñeca rubia capaz de causarte vértigo, y al mismo tiempo una joven frágil e insegura que se muere por asentarse para encontrar una identidad: la de señora casada con un joven de familia bien. Y debo decir que esta vez a punto ha estado de jugármela.
Por suerte nunca ha sido tan evidente como ahora el regusto en todos los sorbos que ella me ha ofrecido.
—¿Entonces? ¿Hasta cuándo tienes pensado quedarte ahí ignorándome?
Está tan furibunda como guapa; a pesar de todo siempre acaba por parecer irresistible.
Sonrío.
—Te lo ruego, Tanya, ¿te parece normal la escena que estás montando?
Peor que peor. Sólo por permitirme sonreírle, me merezco otro plato hecho añicos.
Por suerte el destino me ayuda y, antes de que la cocina se quede sin vajilla, alguien toca el timbre.
Las llegadas de Emmett siempre han sido de lo más oportunas, desde los años del bachillerato. Y esta noche estoy muy contento de que sea mi mejor amigo. Tanya lo está un poco menos.
Los dos se miran incómodos. Tanya se seca las mejillas con la manga del jersey y se arregla el pelo.
—Quizá sea mejor que vuelva en otro momento —dice Emmett, dudoso, quedándose de pie en el umbral.
— ¡Qué va!, ¡qué dices! El partido está a punto de empezar y Tanya tiene que irse.
Ella me dirige una mirada de fuego; luego, sin decir palabra, se eclipsa. Emmett tuerce la boca en una mueca de asombro. Después de un puñado de segundos, Tanya vuelve con un bolso en bandolera, imagino que preparado deprisa y corriendo, y se dirige ella también a la puerta. Saluda con desgana a Emmett y desaparece tragada por el ascensor. Me pregunto si por error entre sus cosas no se habrá llevado también algo mío.
Cuando Tanya ya está lo suficientemente lejos para no oírnos, Emmett estalla en una carcajada.
—Coño, ácida, ¿verdad?
—Cambiemos de tema.
—Debes de haberte acostumbrado ya a sus escenas de histeria —añade, al tiempo que echa una mirada a los fragmentos de vajilla tirados en el suelo.
— ¿Qué puedo decirte? Nunca lo tienes todo.
—Claro, y además con ese culo prieto y redondo que tiene, de alguna manera tendría que pasarte factura.
Sonrío.
—Lo tuyo es una obsesión.
—El lobo pierde el pelo, pero no el vicio —me contesta levantando las cejas con expresión de listillo.
Podría preguntarme cómo me encuentro, darme algún consejo de amigo, pero si no lo ha hecho en quince años, ¿por qué tendría que empezar esta noche? A Emmett no le agradan las palabras, detesta utilizarlas fuera de lugar.
Ha traído el ordenador y se ha sentado a la mesa para encenderlo. No puede vivir sin su tecnología y sin red, ni en este instante.
En la escuela le llamaban «el publicista llena locales», porque si había que hacer un cartel o imprimir unas entradas se encargaba él. No es casualidad que ahora trabaje en ese sector y se dedique a organizar eventos.
El, que siempre tiene ganas de fiesta. Sigue siendo el chulito del colegio, le encantan las mujeres guapas y los líos. Eso es.
— ¿Cuánto falta para el partido?
—Media hora.
—Nos da tiempo a pedir una pizza. ¿Cuál es tu contraseña de acceso a la red?
Como de costumbre se pone a hacer sus cosas en Internet. Hasta para pedir pizza; se las sabe todas.
Mientras tanto recojo los fragmentos de Tanya y voy a ver lo que se ha llevado.
En el baño su cepillo sigue allí, simpatizando con el mío. Juegan a entrelazar tiernamente sus cerdas, lo cual me echa para atrás.
— ¿Te ha llegado la invitación para la inauguración del local de Gianni? —Me grita Emmett desde el comedor.
—De la promoción me encargo yo. ¿Podrías llamarlo para hablarle de tus vinos? Se lo he prometido.
Vuelvo junto a él, ya me ocuparé de Emmett y su cepillo en otro momento.
—Me ha llegado algo a Facebook, pero no lo he mirado con atención.
— ¡Cómo no! —Subraya con ironía—. ¿Cómo es posible que entres en Facebook sólo para enviar las invitaciones de las catas organizadas por tu célebre empresa vinícola e ignores todo lo demás?
Existimos también nosotros, los pobres mortales que hacemos lo que podemos para encontrar nuevos clientes. ¡Podrías echarnos un cable de vez en cuando!
Mientras tanto aprovecha para dar una vuelta por Facebook y ensuciar muros con tonterías. A estas alturas ya vive en el ciberespacio, siempre tiene algo que descargar, alguien con quien chatear.
— ¿Cómo es posible que no hayas cargado todavía una foto en tu perfil? —Me riñe en broma—. Hace meses que estás en Facebook, tienes un montón de contactos, pero ¡te falta una cara que te represente! Edward Cullen es un perfil blanco y azul, ¡qué vergüenza! ¡Y pensar que además eres eje la Roma!
—Si pasara en Facebook la mitad de tiempo que tú, la empresa de mi familia, la que tanto citas, caería en picado —le recuerdo antes de dejarme caer con desgana en el sofá y ponerme a hacer un poco de zapping con el mando a distancia.
—Con lo que has dicho, ¡acabas de ganarte una estupenda caricatura retocada con Photoshop! ¡Ahora te la hago y la cargo luego en tu perfil! —me amenaza entre bromas, empezando a buscar una foto en la que aparezca yo.
Después de unos minutos llegan las pizzas. Muy puntuales. Emmett está satisfecho. Y, más satisfecho aún, me enseña la obra maestra que acaba de terminar: una caricatura en la que peso ciento cincuenta kilos y he perdido todo el pelo.
Reacciono ante tal horror con un ademán de superioridad.
—Esto no es más que el resultado de años y años de envidia —le tomo el pelo, mientras cojo un trozo de pizza.
— ¿Crees que no soy capaz de subirla?
—Haz lo que quieras, si te divierte —le contesto sin prestar mucha atención y con la boca llena, convencido de que no se atreverá.
Emmett se ríe divertido, como si de todas formas estuviera tramando algo. Luego me dice que Facebook es la invención del milenio; acaba de apuntarse al grupo de nuestra vieja escuela y ha encontrado a casi todos nuestros antiguos compañeros de clase. El próximo miércoles hay convocada una cena de reencuentro.
— ¿Vendrás o estarás de viaje de trabajo?
—Creo que iré, de todas formas te lo confirmo. En cinco minutos empieza el partido, será mejor que te desconectes.
—Espera, Ed, espera... He contactado con una tipa genial, forma parte del grupo de nuestra escuela. Te diré sólo que como imagen ha puesto un culo en tanga.
—Es decir, la mujer de tu vida.
—Bueno, bueno: tiene dieciocho años, es de Roma y se llama Rosalie. ¡No está nada mal la chavala!
— ¿No acabas de decir que está en el grupo de nuestra antigua escuela?
—Me refiero a que va ahora a nuestra escuela.
—Ah, vale. Te recuerdo que podrían detenerte.
—Te equivocas, es mayor de edad. Y según su actualización de estado no pone pegas de ningún tipo. Aquí dice: «Quiero un hombre que se deje torturar como es debido y si acabo en YouTube será porque estaba destinada». ¿Qué te parece? ¡Qué fuerte!
—Tiene dieciocho años, Emmett, es una chiquilla. Mayor de edad o no, os lleváis casi quince años. Estamos al borde de la pedofilia.
— ¡Vaya palabrota! —Se burla—. No quisiera tener que recordarte el apodo que tenías en el colé —me dice, señalándome burlón.
Me coge desprevenido.
— ¿De qué apodo estás hablando?
— ¿Cómo? ¿No te acuerdas? Esa niña que se quedaba horas mirándote atontada y tú tratabas de hablar con ella todas las veces que podías... ¿Por qué crees que te ganaste el apodo de asaltacunas? Por lo pedófilo que parecías.
Vamos bien, vaya historia ha ido a sacar. Claro que recuerdo muy bien a» esa niña y su mirada, que destilaba amor cada vez que me encontraba. Tenía un nombre particular, Isabella si no recuerdo mal. Ella y sus trenzas oscuras con pompones rojos, parecía salida de una peli neorrealista.
— ¡Mira con lo que sales! ¡El hecho de que una niña estuviera enamorada de mí y que yo para ser amable me portara bien con ella no se puede comparar con tu locura de seducir chavalitas en Internet!
— ¡Llámala chavalita! Tiene dos tetas de miedo. El culo de la foto no es suyo, pero te aseguro que su chasis no está nada mal.
Trato de llamar su atención sobre los equipos, que están a punto de salir al campo.
—Ojo, que empieza el partido.
—A juzgar por las fotos, parece que sus amigas tampoco están mal... Podríamos pasar un buen rato.
—Te dejo a ti el dudoso placer de acabar en un coche de policía.
Los jugadores calientan durante unos minutos antes de ocupar cada uno su posición en el campo. Andrea sigue leyendo en la pantalla.
—Habla sin tapujos de todas las personas con las que se ha acostado y da unas respuestas de lo más duro a cualquiera que se meta con ella.
Balón al centro, el árbitro está a punto de pitar el inicio.
—Va, date prisa, ¡no querrás perderte el derbi!
Finalmente se levanta de la mesa, coge un par de cervezas y echa una última mirada de desafío a la pantalla.
—Contigo echaré cuentas más tarde, niña mala —le dice antes de reunirse conmigo en el sofá—. ¿Crees que no te voy a castigar? —concluye con una risa socarrona.
—Me das miedo, ¿lo sabes? —le tomo el pelo—. Un caso patológico.
Esta noche la Roma lo pasa peor que yo. Recibe más golpes que los que yo he recibido de Tanya. Somos dos despojos la Roma y yo. Emmett, que es de la Juve, apasionado como pocos, al menos tiene el buen gusto de no regodearse, a pesar de que si el Lazio gana, la Juve saca tajada en la clasificación.
En fin, unos auténticos buitres.
El árbitro pita el final del partido y la desesperación acompaña a los jugadores de la Roma hasta el vestuario. El canal emite publicidad. Emmett se levanta del sofá con la cara de alguien que está tratando de desaparecer con el botín.
—Entonces hablamos a lo largo de la semana —me dice misterioso dejándome sufrir en la derrota—. Recuerda la cena de antiguos alumnos el miércoles, y llama a Gianni por lo del vino en su restaurante; trata de hacerlo mañana por la mañana.
—De acuerdo, secretaria —accedo, inerte, tumbado en el sofá.
—Voy un rato a la Casina Valadier. Viéndote la cara, ni te lo propongo... No me equivoco, ¿verdad?
—Ve a donde quieras.
—Pues eso. —Y desaparece detrás de la puerta.
No hay nada peor que tener a alguien de la Juve en casa después de que la Roma haya perdido el derb se haya hundido aún más en la clasificación. Me conviene rescatar un pensamiento agradable antes de que el pesimismo se cebe conmigo.
Quizá por eso vuelvo a pensar en aquella niña del colegio.
Sus grandes ojos cafés, preciosos, abiertos hacia mí, durante años han sido una constante. Cuando menos lo esperaba, la veía salir de algún lugar. Tenía una fuerza extraordinaria; si no era amor, era algo muy parecido. Imposible encontrar una mujer adulta capaz de mirarte de esa manera; la suya era admiración en estado puro. Sincera, límpida, tenaz.
Le bastaba con mirarme para sonreírme, si yo lo hacía primero. Pero cuando la saludaba, bajaba enseguida la mirada; era descarada a la hora de buscarme y tímida a la hora de enfrentarse a mí.
En tercero los amigos me tomaban el pelo, porque a todos les quedaba claro que esa niña estaba colada por mí. Las chicas con las que estuve la tenían fichada. No es que tuvieran celos, pero era tan adorable que lograba enternecerme, y esto a veces llegaba a molestarlas.
La vi volverse un poco más mujer con cada año que pasaba. Creo que dejé la escuela justo un año antes de que saliera del capullo. La última vez que hablamos, llevaba el pelo suelto. Recuerdo que la felicité, le quedaba bien, parecía mayor.
— ¿Vas a ir a París? —Recordaba que la vez anterior le había dicho que me iba a Francia de excursión tres meses antes de la selectividad.
—No, me quedo por aquí.
— ¿Y no me esperas? El próximo año yo también estaré en bachillerato.
—Pasaré a saludarte.
— ¿Iremos juntos a París cuando yo haga mi viaje de fin de curso tres meses antes de la selectividad?
Creo que se lo prometí, y ella, si no me equivoco, se alejó con una sonrisa gigantesca.
La vi correr hacia la escalera con el pelo agitado por el aire. Se dio la vuelta un par de veces para comprobar que seguía mirándola.
Dos meses después me apunté a la universidad y no volví a verla. Debe de haberse quedado en algún rincón de mi memoria hasta esta noche, cuando Emmett la ha mencionado por casualidad. La niña del colegio y sus grandes ojos cafés abiertos hacia mí.
Vuelven a tocar el timbre. Espero que no se trate de él, de vuelta con alguna de sus amigas, a lo mejor con la intención de animarme.
En cambio es Tanya. La espalda apoyada en la pared del ascensor, un vestido con lentejuelas cortísimo, el mentón levantado, la mirada voluptuosa y el rímel ligeramente difuminado en los párpados.
—Me has lanzado algún hechizo —me explica—. No hay manera. No me lo puedo pasar bien sin ti.
Se me acerca como si hubiera ensayado de antemano todos sus pasos. La postura y la mirada tienen cierto aire de película, roza mis labios con los suyos, su aliento sabe a ginebra y cigarrillos.
—No puedo sacarte de mi cabeza —continúa, con la expresión de quien merece unos azotes y desearía que se los propinaran.
No parece satisfecha con mi reacción, sabe que puede conseguir mucho más. Entonces coge mi mano y se la pone en medio de las piernas, quiere que note su excitación. Aparta sus braguitas y me dice que esta noche no le diría que no a ninguna propuesta. Esta vez no me quedo indiferente. Me abro camino en su intimidad y la beso en la boca como le gusta a ella, con prepotencia. Es como si encendiera una mecha.
Empieza a desabrocharme los pantalones en el rellano. La obligo a entrar con dificultad, está buscando desesperadamente mi sexo, quizá para que la perdone por el numerito que ha montado antes de salir. Aunque por la avidez de su proceder se diría también que le apetece un montón. Imagínate si en este momento la vieran sus padres, tan preocupados por nuestra convivencia, o mi madre, que es posible que mañana se encuentre con ella en la perfumería para aconsejarle un nuevo pintalabios. El que llevaba puesto esta noche no os cuento adonde ha ido a parar.
Sigue meneándose como una posesa. Algo me dice que no se dará por satisfecha con facilidad y que la noche será muy larga. Con tal de que luego no exija que la acompañe hasta la puerta de su casa... Al fin y al cabo esta vez ha acertado al dejar su cepillo de dientes en mi baño.
Bueno como lo prometido aqui esta el siguiente capitulo, espero que les guste y gracias a
todos por sus reviews y los favoritos, nos leemos... hasta el proximo capitulo ^-^...
