DISCLAIMER:Los personajes no me pertenecen son de S. Meyer y la historia tampoco ya que es una adaptación de la historia de Simona Sparaco..
Isabella
En la puerta de entrada de mi piso cuelga un cartel que dice: Maison de ma vie.
"La casa de mi vida".
Es de hierro forjado pintado en blanco, oxidado por el tiempo. Lo hallé hace unos años en un mercadillo de antigüedades. Quien me lo vendió me contó que lo mandó hacer una noble dama francesa hacia finales del siglo XIX.
A veces me gusta imaginar que yo también he sido una dama francesa en una vida anterior. En otro caso, no se explicaría mi pasión enfermiza por una ciudad que jamás he visto: París.
Francés es el estilo que he escogido para mi casa. Un poco por todas partes, reina soberana la madera decapada. Algunos muebles salen de casa de la abuela, pero fui yo quien los lijó con papel de vidrio para otorgarles cierto estilo rústico.
En la cocina, en los cajones de un antiguo aparador, he pintado, con una letra de estilo lejanamente clásico, las palabras journaux, plats, recettes. Naturalmente en su interior se encuentra cualquier cosa menos periódicos, platos o recetas. Simplemente, esas palabras eran las que me gustaban.
La cama de Matita es una cuna de hierro forjado de principios de siglo, oxidada y también sacada de un rastro. Lo que es un tanto complicado es subirse a ella, a menudo Matita se golpea el hocico contra el estribo donde he colocado el velo. Se mece o, mejor dicho, chirría, y creo que es muy incómoda a juzgar por la mirada de odio de Matita en los primeros tiempos, cuando la obligaba a dormir en ella por razones puramente estéticas, porque me gustaba la idea de verla tumbada en una cuna antigua.
Qué tonta he sido. Por suerte Matita acabó encontrándole el punto y ahora no hay quien la aleje de la cuna.
La última pieza antigua, la más preciada, la causa de que no pudiera renovar mi ropero durante una temporada entera, es la bañera con pies, de 1912. Como no entraba en el baño la puse en el comedor, delante de la ventana, y le pedí al fontanero que consiguiera que le llegaran todas las tuberías necesarias, agua caliente incluida.
Lo increíble es que ahora mientras me baño puedo ver al mismo tiempo la estación de autobuses de la plaza Mancini y la tele. Mi madre, cuando la vio, me dijo que no tengo remedio y que de haberlo sabido antes habría puesto la casa del abuelo en alquiler.
En las paredes del comedor y de la pequeña cocina azul hay una secuencia ininterrumpida de carteles de películas francesas de los años cincuenta y setenta y de famosas fotografías de Robert Doisneau. Sobre el sofá de la sala de estar, perfectamente visible desde la bañera, campea la reproducción tamaño gigante de la inolvidable fotografía El beso del Hôtel de Ville.
El beso que un día le daré al hombre de mi vida. Si llego a encontrarlo, ese día le haré vestir la misma chaqueta que el personaje de la foto, con la bufanda beis que sobresale como quien no quiere la cosa, y me pondré un jersey negro corto, una falda larga tipo años cincuenta y me peinaré exactamente como la chica retratada.
Entonces, justo delante del Hôtel de Ville, que a decir verdad no tengo la menor idea de dónde queda, cerca del primer bistró que encontremos, él me besará y yo fingiré que me pilla desprevenida, obligando naturalmente a un peatón a registrar el momento para la inmortalidad en una foto. Y entonces ése será Mi beso del Hôtel de Ville, y lo enmarcaré y colgaré donde ahora está el original, para ofrecerlo en bandeja a la envidia del mundo.
Volviendo a la decoración, el dormitorio es sin duda la mejor habitación de la casa, de la que más orgullosa me siento. Y es que en las paredes, en lugar de una pintura de color o de un papel pintado cualquiera, decidí colgar imágenes panorámicas de la ciudad (es decir, que te parece estar en el mismísimo centro de París visto desde el último piso de un rascacielos). Cada pared representa un punto de vista diferente: sobre la cama, por ejemplo, campea la Torre Eiffel.
De hecho, cuando voy a dormir es un poco como si subiera en un helicóptero suspendido sobre la ciudad. Algo exclusivo. La mayor parte de las personas que han entrado en esta habitación, Jake incluido, han tenido la impresión de padecer vértigo. Mejor, al menos este trozo de paraíso queda reservado exclusivamente para mí.
Todavía falta una habitación por mencionar, una habitación que ya está vacía, ya que todo lo que en ella importaba ha sido retirado. Era la habitación de Jake, mejor dicho, el lugar en el que dormíamos juntos cuando él se quedaba por la noche.
Aquí estaban sus cosas, su ropa, su olor. De vez en cuando abro los armarios vacíos y respiro a pleno pulmón, esperando sentirlo otra vez, ese olor inconfundible, una mezcla de pienso, canarios, tabaco y champú de ortigas. Tiene razón Ángela, tengo que volver a tomar el control, no puedo deshacerme por un borrico que vende animales.
He ido al comedor, he encendido el ordenador y he aprovechado para conectarme a la red inalámbrica de la vecina, lo cual no está nada bien.
Echando a un lado el sentimiento de culpa, voy a comprobar si mientras tanto algo se ha movido en Facebook.
Nada que hacer, mar en calma.
Para darle una banda sonora a mis decepciones, elijo un CD de Yael Naim, una cantante israelí que me gusta muchísimo, y abro el último yogur de malta que queda en la nevera.
Estoy lista para concluir con dignidad también este duro día, cuando de repente alguien toca el timbre de mi puerta.
No he tenido tiempo de preguntarme quién puede ser a estas horas, cuando ya me veo arrollada por una furia imposible de controlar.
Es Félix, mi mejor amigo. Invade mi casa con sus maletas.
— ¡Bella, Bella, Bella! —me dice con un tono muy excitado—. ¡No te imaginas lo que me ha pasado! —Se abanica con la mano, tratando de recuperar el aliento.
Se mueve de forma teatral, ostentosa, como una estrella del mundo del espectáculo—. ¡Rodrigo me ha echado de casa!
Sólo me faltaba el amigo gay abandonado por el novio. ¡No estará pensando que puede trasladarse aquí!
No he acabado de formularme tal hipótesis cuando Schopenhauer, su horroroso perro pincher, aparece por detrás de la puerta.
El hocico de Matita asoma por debajo del velo de la cuna, levanta las orejas y se prepara para saltar a darle la bienvenida.
Pero Schopenhauer la menosprecia, Matita no forma parte de su mundo, es una hembra y encima sin pedigrí. Es decir, un insulto.
Mientras tanto Félix, bulímico también cuando de palabras y gesticulaciones se trata, me ha pedido, en este orden, un vodka, un trozo de pastel y si puede utilizar el teléfono (cuatro veces), mientras sustituía el disco de Naim por otro de Madonna del 82, sin ni siquiera darme tiempo a abrir la boca.
Ahora se está meneando en el comedor al ritmo de Holiday, salpicando con vodka el sofá. ¿Qué he hecho para merecer esto también?
Según cuenta, Rodrigo, cansado de ser comparado ininterrumpidamente con Ewan McGregor y de despertarse cada mañana acompañado por Your Song seguida por el resto de la banda sonora de Moulin Rouge, hace nada menos que tres horas se ha rebelado contra la prepotencia uterina de Félix y ha dicho basta, echándolo de casa junto con Schopenhauer y sus cajitas de comida maloliente, que ya han empezado a apestar en mi nevera.
Naturalmente Félix ha interpretado la afrenta de Rodrigo de la peor manera: dice que no podrá vivir sin él y, en el mismo tono melodramático de Escarlata O'Hara al pie de la escalinata, jura que encontrará la manera de reconquistarlo, que tarde o temprano conseguirá su perdón.
Durante un instante parece que ha terminado de desahogarse.
Félix toma aliento y mira a su alrededor sólo para subrayar que toda esta empalagosa secuencia de amor parisino le ha causado diabetes.
Entonces, vuelta a la agitación, quiere correr a colocar todas sus cosas en la habitación de Jake y echarse agua fresca en la cara.
Ni siquiera me ha dado tiempo para encontrar una excusa, cuando la habitación de Jake está invadida por el ímpetu de Félix, tanto que acaba perdiendo por completo su identidad.
La habitación de Jake se convierte en un instante de manera inequívoca en la habitación de Félix.
No falta siquiera un póster de su tocayo, David Beckham, desnudo de cintura para arriba, colgado en la pared delante de la cama.
Vuelvo resignada al comedor, a mi ordenador, tratando de convencerme de que tenía que acabar así, que había llegado el momento de restarle importancia a la mitología de ese santuario abandonado.
Además no puedo negarle la ayuda a un amigo en apuros, los fantasmas tienen que hacerse a un lado y yo tengo que reaccionar.
Conocí a Félix cuando todavía vivíamos con mi padre en Villa Riccio, un barrio de casas populares.
Él era hijo de nuestros vecinos de la casa de al lado. Aunque unos años mayor, era mi compañero de juegos en la infancia.
Un día convirtió el Monopoly en Fashionpoly, lo cuento sólo para que se hagan una idea del personaje.
Cuando mi padre y mi madre se separaron y fuimos a vivir al edificio de la abuela, Félix y yo no perdimos el contacto.
Hoy es la persona que mejor me conoce; poner mi piso a su disposición es lo mínimo que puedo hacer.
Después de unos minutos, Félix vuelve envuelto en un albornoz color burdeos con una toalla enrollada en la cabeza, listo para abandonar el vodka en pos de un vaso de ron.
— ¿Te das cuenta, mi amor? —me dice—. Schopenhauer y yo estamos, y me quedo corto, en estado de shock.
Tanto que Schopenhauer se ha metido en la cuna de Matita y ahora no le permite volver a acercarse. Ella me pide ayuda con la mirada. ¡Mi pobre gorda, que tendrá que dormir en el sofá!
"Están en estado de shock, Matita, hay que tener un poco de paciencia".
—Puedes quedarte aquí todo el tiempo que quieras.
—Gracias, mi amor, te lo agradecemos un montón.
Si al menos dejara de hablar en plural e incluir a su horroroso pincher en cada frase, puede que Rodrigo considerara la posibilidad de volver a admitirlo.
— ¿Qué es eso? —Dice, cambiando de tono de repente y señalando la pantalla del ordenador—. ¡Milagro! ¡Tú también estás en Facebook!
— ¿Lo conoces?
—Cariño, ¡es imposible no conocerlo!
—Yo no lo conocía, lo han hecho todo Ángela y Rosalie….
— ¡Alabado sea el Señor! Claro, que el hecho de que tengas que esperar a la intervención de dos dieciocho añeras no habla muy bien de tu relación con el mundo.
— ¿Sólo porque no conocía Facebook?
—No, cariño, porque toda tu vida se concentra en un único camino: empieza en tu tienda y acaba en la de enfrente, la de Jake.
¡A lo mejor va siendo hora de dejar de jugar a la pequeña cerillera! ¡Tienes que mirar a tu alrededor, mi amor! Tienes que descubrir el mundo, no puedes conformarte con imaginarlo. ¿Te gusta París? ¡Pues ve a ver París! Tour du monde! ¡No hace falta que te lleve nadie! Y si encima ese alguien tiene que ser el hombre de tu vida y tomarse la molestia de besarte delante del hotel no sé qué, lo tienes muy mal, amor.
Esta noche habría preferido renunciar a su desfachatez. Con la excusa de que necesita entrar en su página de Facebook y comunicar a su grupo de amigos sus desgracias, se permite incluso quitarme de las manos el teclado del ordenador.
Contesta a una veintena de peticiones de amistad, comprueba las innumerables notificaciones, anuncia que participará en un par de acontecimientos, y hasta encuentra el tiempo necesario para fundar un nuevo grupo cuyo nombre es «Save Rodrigo!». Coño, está chalado.
En su página de inicio, debajo de una foto en una fiesta en la que está sonriendo, con un Long Island en la mano y una cola de avestruz alrededor del cuello, se lee:
«Get into the groove... love profusión, we can get together. Give it 2 me to la isla bonita. Hang up me like a virgin or a material girl. Open your heart like a prayer! Nothing really matters. This is not American life or Hollywood! Tictac, tictac».
Como dice el escritor romántico Alessandro Manzoni en su oda El cinco de mayo, «júzguelo futura edad».
El muro de Félix es una sucesión de pensamientos y citas.
Cuando son cultos o se ocupan de temas de cierto nivel, firma con el seudónimo Guillermo Agitaperas (por si no lo habéis entendido, es la traducción literal de «William Shakespeare»); su seudónimo para los temas pop, en cambio, es Félix Le Bon: no se puede decir que no tenga imaginación.
Entre sus fotos, además, hay una serie de fiestas y festines no muy recomendables, y también una torre asomada a un precipicio sobre el mar en una localidad no definida, probablemente sacada de un catálogo para apasionados, con un único, larguísimo comentario: «Mi sueño es tener una casa asomada a un precipicio sobre el mar, un hombre como Ewan McGregor que venga a abrir la puerta con un jersey blanco con ochos de cuello alto y un par de téjanos Edwin lavados a la piedra, inexcusablemente descalzo, y que me acerque un vaso de Southern Confort diciendo: "A Schopenhauer ya lo he sacado yo a pasear". Al fin y al cabo me doy por satisfecho con poco».
Luego se queja de que Rodrigo huyó a toda velocidad.
Hablando de Rodrigo, aparece también una foto de él vestido de deporte, acompañada por un comentario de Félix: «Cuando te topas con él, piensas que no existe canción más verdadera que esa de Battisti que dice: "Dos labios rojos en los que morir". Es de lo más adecuada».
De todas formas, el mundo de Félix no es tan delirante e invariablemente pop como uno podría imaginar.
En una de sus actualizaciones de estado afirma que L'animale de Battiato es la mejor canción del siglo.
Sólo por esta declaración le podrías perdonar un montón de cosas, como por ejemplo que en su listado de amigos haya ochocientos individuos excéntricos, y hasta Madonna, Britney Spears y Kylie Minogue.
— ¿De verdad crees que Madonna ha tenido tiempo para confirmarte como amigo? —tengo la necesidad de precisar—.
— Éstas no son personas reales.
—No me importa si lo son o no —me contesta Félix con naturalidad, sin despegar los ojos de la pantalla—.
—Son como los broches de los Oasis, nada más que pequeños trofeos. Y es que si en Facebook no tienes al menos un amigo VIP no eres nadie.
Comprobado, está chalado.
—Tú en cambio... ¿estás ampliando tu ámbito de amistades?
Por fin se ocupa de mí, y me envía una solicitud de amistad. Subo a tres.
—Ya he tenido bastante con abrir la página de Jake —le contesto traspirando desesperación— y descubrir que su vida marcha viento en popa incluso sin mí.
— ¡Ya sabía que caerías en los errores más básicos! —Gruñe mientras coge mi cara entre sus manos—. ¿Crees que Britney estaría de acuerdo?
—¿Qué tiene que ver Britney?
—Tiene que ver, tiene que ver. Porque ella cae, pero vuelve a levantarse, y envía a la gente a tomar por culo cuando es hora de hacerlo. Tú en cambio, mi amor, no lo haces.
Lo que me faltaba: un discurso sobre la Spears.
—Mira hacia delante —continúa—. Bébete un Long Island y toma tu vida en tus manos. ¡Bús-ca-te a o-tro!
Como si fuera fácil. Félix sabe lo que me cuesta tan sólo pensar en la idea de volver a empezar desde el principio.
Pasará un siglo antes de que llegue un nuevo amor. Y de repente mi mente escoge su propio rumbo y decide volver al pasado, al corazón de una niña que latía acelerado.
Y entonces me atrevo a pedirle un consejo.
—Ang y Rose me han enseñado que en Facebook puedes encontrar personas que has perdido de vista.
.
— ¡Chispas! —exclama Félix, perspicaz como siempre—. Te conozco, cuando empiezas a hablar dando tantos rodeos, ¡eso significa que estás pensando en algo o alguien!
—Tendrías que recordarlo bien. Mi gran amor de la infancia...
No tengo ni tiempo de terminar la frase cuando Félix se pone a gritar dando saltos por la habitación.
—Oh, Señor mío, ¡Edward Cullen!
Éstas son las satisfacciones de la vida. Saber que todas las palabras dichas en el patio de Villa Riccio no se perdían en el viento.
— ¡Tu Lowell! —añade.
Por lo visto también recuerda que cuando veíamos juntos la serie de dibujos animados japonesa Lady Georgie la comparación con el príncipe azul de la protagonista surgía de forma espontánea.
— ¿Y lo has encontrado?
—No, no me he atrevido a buscarlo...
Por qué lo he dicho. Félix parece enloquecido, vuelve al teclado, tiene la intención de actuar sin ni siquiera pedir mi opinión. Trato de arrancarlo de allí.
— ¡Félix, para! ¡Deja que te explique!
— ¡No hay nada que explicar!
Intento impedirlo, pero él consigue teclear un par de letras.
—Has pasado diez años persiguiéndole —me dice sin dejar de escribir—, era el chico más guapo de la escuela, se daba cierto aire a Ewan McGregor, ¿y ahora no te atreves a saber qué ha sido de él?
Ya está su nombre entero. Trato de detenerlo, pero ya es demasiado tarde: Félix ha lanzado la búsqueda.
Me alejo de la pantalla y corro hacia el sofá como una niña tapándome las orejas.
No han pasado ni siquiera dos segundos y la cara de Félix cambia de color.
Adquiere la misma pinta fúnebre que tenía el día que entró en Internet para ver la foto de Lady Di justo después del accidente.
— ¿Qué te pasa? —le pregunto sin alejarme del sofá.
No contesta. Si le hubieran comunicado que Beckham ha tenido otro hijo con Victoria, puede ser que hubiera reaccionado mejor.
— ¿Entonces? ¿Qué ha pasado? ¿Ha muerto?
—Peor —me contesta después de otro sorbo de ron—. Parece el hermano gordo de Jim Belushi. Y ha perdido todo el pelo.
— ¿Bromeas?
—Ojalá, mi amor. Está aquí, delante de mis ojos. Y es él, no cabe duda. Si prescindes de los kilos de más y la falta total de pelo, sigue idéntico.
—Gracias, Félix —le digo, fingiendo un reproche—. Como siempre, sabes cómo animarme.
—Pero ¿qué quieres? ¿Ahora resulta que es culpa mía que se haya pasado quince años atiborrándose de nocilla?
No podía imaginar peor final.
Las generaciones futuras escribirán: así acabó un estupendo amor platónico que duró diez años. Adiós al cruce de miradas en medio del gentío, adiós al tropiezo fortuito en medio de un aeropuerto o donde sea, en una estación, como en un atroz, romántico y casual beso de Doisneau. ¿Y el cóctel en la inauguración de la exposición de pintura flamenca? ¿Adónde ha ido a parar todo lo que imaginé y decoré con tantos detalles a lo largo de los años? ¿No es trágico que todas esas fantasías se hayan estrellado repentinamente en Internet, donde un icono digital me comunica la caída de Edward Cullen? Más catastrófica aún que la de Wall Street.
Lo sabía, hubiera sido mejor dejarlo como estaba, en los recuerdos de niña, guapo y macizo como era, con el pelo ligeramente largo y revuelto, la chupa de piel oscura y la mochila cargada en los hombros. Mi «pequeña yo» no me lo va a perdonar fácilmente.
A pesar de todo, no se da por vencida, la siento patalear. «¡Ve al ordenador a verlo! —Grita en mi cabeza—. Tengo el derecho de volver a verlo, ¿no crees? No me importa en qué se haya convertido, para mí seguirá siendo mi Edward».
«Vale, tienes razón». Es justo enfrentarse con la realidad. Con todos sus kilos de más.
Me acerco al ordenador y me asomo a la pantalla casi con asco, ni que fuera la cama de un tanatorio. Félix aparta la sábana, y allí está, mi Edward Cullen, con todas esas toneladas acumuladas de nocilla.
«Pero ¿qué ha sucedido para que acabaras así? La última vez que te vi estaba convencida de que te comerías el mundo. Y has acabado cargándote tu hígado».
Necesito desahogarme con alguien, parece que Félix está aquí para eso.
— ¿Recuerdas cómo era? Pero ¿te das cuenta? Sabía que no teníamos que buscarlo. Todo es culpa de Internet y de quien inventó esta máquina infernal...
Mientras hablo, Félix, como es natural, empieza a intercambiar SMS con alguien. Él y su tempestivo altruismo.
—Te escucho, sigue —me dice cuando llega a la habitación de Jake.
Lo persigo, sin dejar de hablar.
— ¡Vaya con Lowell! ¿Recuerdas su aspecto con dieciocho años? Y sus ojos... ¿Recuerdas sus ojos?
Félix se está vistiendo. Ahora el móvil suena, difundiendo por la habitación las inconfundibles notas de Give it to me de Madonna. Félix contesta diciendo:
—Entendido, de acuerdo. —Y acto seguido ríe como un putón verbenero.
— ¿Qué pasa? ¿Me estás escuchando?
Cuelga enseguida.
—Sí; perdona, mi amor. Sigue, ¿decías...? —Me reconforta volviendo a ponerse serio.
—Sus ojos eran como imanes, ¿no era así? La vida se lo había dado todo... ¿Qué le habrá pasado?
Félix asiente, mientras se da volumen al pelo con el secador.
— ¿Me estás escuchando?
—Tengo que salir, Bella. ¿Tienes otro juego de llaves?
— ¿Adónde vas a estas horas? ¿Era Rodrigo?
—Qué va, sólo un fucking friend. No me esperes despierta.
— ¿Un faqui... qué? ¡Pero si acabas de llegar!
—No me encuentro bien, mi amor —me dice con una mirada trastornada por el vodka y el ron—. Echo en falta a Rodrigo.
—Lo entiendo, pero...
No hay nada que hacer, sale de la habitación con el bolso en bandolera.
—See you later. Sé que me entiendes.
No mucho, la verdad. Por hacer una comparación que él apruebe, en este momento parece Britney Spears en la noche de los Video Music Awards, cuando se presentó deshecha y tambaleante con sus insegurísimos tacones.
Con la misma violencia que usó para entrar, Félix se marcha y me deja sola, luchando con la imagen de Edward prácticamente irreconocible y la mirada agotada de Matita, que sigue preguntándose qué ha hecho para merecer perder su cama. Schopenhauer mientras tanto duerme como un cachorro, sin preocuparse por el hecho de que él y su amo acaban de revolucionarnos la vida.
Sólo me queda terminar el yogur de malta y dejar que Matita se suba a mi cama.
En veladas como ésta, con el encanto del Sena explotando ante tus ojos y el puente de las Artes asomando a lo lejos, dormirse no es fácil.
No sé durante cuánto tiempo antes de ceder al sueño pienso en Edward y en nuestro amor jamás vivido. Incluso gordo y decadente, logra llenar mi corazón.
Bueno, primero disculpas por no haber subido el capitulo ayer pero tuve algunos problema y no pude hacerlo pero sera la ultima vez que pasa...
espero que este capitulo sea de su agrado y siempre gracias a todos los que dejan sus reviews y por los favoritos y demas, gracias a todos, nos
leemos en el siguente capitulo.. ^-^
