DISCLAIMER:Los personajes no me pertenecen son de S. Meyer y la historia tampoco ya que es una adaptación de la historia de Simona Sparaco.


Edward

La historia de nuestra empresa vinícola empezó hace medio siglo en un pueblo de las Langhe en Piamonte, una zona de la que salen vinos como el Barolo o el Nebbiolo.

Cuando mi abuelo decidió quedarse con ella puede que no imaginara que un día se convertiría en una empresa tan importante.

Hoy cuenta con más de seiscientas hectáreas de viñedos sólo entre Piamonte y Toscana y nuestro Barolo es de los más premiados del sector. Las tierras Adinolfi, de las que toma su nombre el grupo, son ya famosas en todo el mundo y cuentan con propiedades inmobiliarias únicas por su valor e historia.

Las oficinas legales y administrativas están ubicadas en Roma, en una bocacalle de Via Veneto. Desde el día de mi graduación, es allí adonde me dirijo cada mañana.

Vista así, mi situación parece de lo más envidiable, pero nadie imagina lo que hay detrás. No soy un tipo que vaya contando sus miserias, y ciertas sensaciones desagradables me las guardo para mis adentros, como por ejemplo el hecho de que a menudo me siento un malabarista que, mientras hace equilibrios en la cuerda floja, se pone a darle vueltas a una cantidad alucinante de botellas.

Estoy tratando con todas mis fuerzas de mantener en pie lo que se ha construido con trabajo duro a lo largo de los años, y me encuentro solo en esta empresa. Mi padre me observa sin reaccionar, es como si me hubiera pasado el testigo y hubiera decidido que me las puedo arreglar incluso sin él.

Antes no era así. Cuando mi abuelo materno llevaba la empresa, mi padre trabajaba a su lado con empeño y dedicación. A lo mejor tiene razón mi madre, nunca ha tenido tacto para ciertas situaciones, pero siempre ha puesto el corazón, la experiencia y la cabeza a su lado.

Desde que mi abuelo nos dejó, muchas cosas han cambiado. Mi madre y mi padre han empezado a darse guerra, tanto en el trabajo como en la vida privada, y hace al menos dos años que parece que todo está a punto de derrumbarse.

Siempre han tenido ideas opuestas en relación con el futuro de la empresa.

Mi madre no trabaja, pasa los días de compras, sin embargo es a ella a quien le tocan las decisiones importantes, como por ejemplo la de traspasarme a mí las acciones de la sociedad y hacerme de esta manera el socio mayoritario.

Cuando empecé a trabajar, estaba de acuerdo con ella en que podíamos diversificar nuestros intereses e incrementar la producción para conquistar nuevos mercados, mientras que las ideas de mi padre han sido siempre más conservadoras al respecto: él prima el control de la calidad.

Huelga decir que el Consejo de Administración, aunque presidido por mi padre, siempre ha apoyado las elecciones de mi madre y que por esta razón al final él decidió quedarse al margen, hasta perder todo interés por la empresa.

Allí está, sentado detrás de su voluminoso escritorio, en el que rebosan baratijas.

Desde hace cierto tiempo no hace otra cosa que coleccionar objetos curiosos que utiliza para pasar el rato: desde un billar en miniatura hasta una esfera de cristal animada por pequeñas descargas eléctricas de colores. Vamos, que hay de todo. Como de costumbre, su cabeza está en otro lado.

—Hola, papá.

Me sonríe. A su alrededor, además de los premios acumulados a lo largo de los años y de las botellas más significativas, hay también una ruborizante cantidad de fotografías en las que aparezco en varios momentos de mi vida: en un triciclo cuando no tenía más de tres años; de joven con la mochila en los hombros; encorbatado el día de la graduación.

Se diría que soy el centro de sus intereses, lo único que cuenta. Sin embargo su mirada está perdida en la constante búsqueda de algo que nada tiene que ver con esta oficina y con el futuro de su hijo.

Está jugando con una de sus baratijas, esta vez una matriz de pequeños clavos de metal que cambia de forma según los objetos que se le acercan. Parece que le divierte el hecho de poder modelarla.

— ¿Hay algo en particular que tengas que decirme?

El pelo, ligeramente ralo, no se lo corta desde hace unos meses y el nudo de la corbata es aproximado, como todas sus respuestas al fin y al cabo.

Tenemos un problema con uno de los proyectos más importantes, la construcción de un hotel de lujo en una de nuestras mejores propiedades en la Toscana, y espero que mi padre vuelva en sí para ayudarme a solucionarlo, pero me pregunto si todavía merece la pena confiar en esa postura aburrida y distraída.

—El asunto del Château Relais nos está costando mucho más de lo que preveíamos —le digo—. He convocado una reunión dentro de una hora con Martelli, el jefe del proyecto. ¿Participarás?

Mi padre suspira. No estaba de acuerdo con esa «suntuosa» idea desde el principio, y hasta podría decidir echármelo en cara.

—Creo que sí —me contesta, en cambio, con desgana, mientras echa un vistazo a su agenda, que desde un tiempo no especificado se ha quedado abierta en una esquina de su escritorio.

Me gustaría sacarlo de ese sopor cargado de hastío y recordarle que también le necesito para reconocer mis errores. Tendríamos que ser un equipo, él y yo, sostenernos el uno al otro, sin abandonar jamás el campo; no puede haberse rendido tan pronto.

No soporto que me trate con la misma suficiencia con la que trata a mi madre. A estas alturas nada le importa un pepino, ni nuestras reuniones, y algo me dice que tampoco se presentará esta vez.

—Entonces nos vemos luego. — le digo.

Asiente sin mirarme, se lo está pasando bien moviendo la mano por la matriz para verla transformada en una enorme mano de metal que de él sólo conserva la forma. Parece un niño con arrugas y pelo rubio. Y es mi padre.

Anna, la secretaria, entra en mi estudio trayendo el café y el periódico y me recuerda citas y reuniones; después me deja solo para que ponga orden en mis ideas.

Esta habitación es una copia en miniatura de la de mi padre, el mismo escritorio en brezo, las paredes color ocre. Sólo faltan las baratijas, los premios, las botellas y las fotografías, por lo demás la decoración es la misma, siguiendo el gusto de mi abuela.

Antes aquí trabajaba mi padre y al otro lado mi abuelo. En apariencia todo se ha mantenido como entonces. En el escritorio campea el único portarretratos que me veo capaz de soportar: mi abuelo, mi padre y yo al lado de uno de nuestros stands en una feria de hace muchos años. Sonreímos y aparentamos felicidad. Detrás de la cámara estaba Consuelo, la secretaria y amante de mi abuelo.

En esa época yo no tenía más de catorce años, pero ya lo había entendido todo, y en ese momento estaba sonriendo, claro, pero no por la feria, ni por el premio que acabábamos de recoger, sonreía porque entonces Consuelo tenía la mirada enamorada, como mi abuelo, y yo pensaba que no podía haber nada de malo en querer a alguien de esa manera, aunque mi abuela muy probablemente había muerto sumida en la tristeza porque los había descubierto.

El amor entra en nuestras vidas para destrozarlas y tiene todo el derecho. Yo también quisiera encontrar a una Consuelo que me hiciera sonreír como sonreía mi abuelo en los últimos años de su vida. De lo que estoy seguro es que me guardaré de llenar de odio la vida de quien esté a mi lado, como mi padre y mi madre han hecho conmigo en los últimos años.

El correo electrónico me informa de que mi Facebook está a reventar de mensajes. Voy a ver quién es.

Pero antes de lograr abrir el correo me doy cuenta de que al final Emmett sí se atrevió a cargar como foto de mi perfil esa tremebunda caricatura que hizo con Photoshop.

Vaya hijo de su madre. En el muro hay una retahíla de protestas, entre otras una que dice:

«Vale, siempre tuviste confianza en ti mismo, pero ¿no crees que te estás pasando un poco?».

Mejor actuar rápido y eliminar esa caricatura antes de que alguien me invite a unirme a un grupo de ayuda contra la expansión de la obesidad.

El sistema de Facebook está listo para recortar un primer plano mío de una foto en la que, sin yo saberlo, una relación pública de Roma que ni conozco me ha etiquetado: se trata del día en el que acompañé a Tanya al cóctel ese que le gustaba tanto.

Como sabe lo que me llegan a molestar esas violaciones de la privacidad y tiene la prohibición absoluta de publicar nuestras fotos en su perfil, estará contenta de vernos al menos una vez fotografiados juntos en Facebook.

Aunque, y me sabe mal por ella, esta alegría será de corta duración: el sistema recorta mi primer plano para darle una cara al perfil y acto seguido vuelvo a etiquetar la foto para retirar el cóctel de la comidilla virtual. Y, en un abrir y cerrar de ojos, me llega un mensaje de Tanya por chat:

«Esta vez no tengo nada que ver con esto ;-)».

Le sonrío con el emoticono de la carita amarilla.

« ¿Estás en el trabajo? —añade—. Me muero de ganas de verte esta noche...».

Soy un hijo de su madre, pero hasta cierto punto. Estas situaciones necesito aclararlas lo antes posible para que el momento del abandono duela menos.

Pero Tanya se me adelanta y matiza: «Sé que tenemos problemas —me dice—, pero anoche me volviste loca... A lo mejor podemos tratar de relajarnos y volver a empezar por lo que se nos da mejor, sin paranoias de futuro. En este momento sólo deseo manosearte».

Nada que objetar, Tanya es una experta en maniobras de recuperación y sabe cómo excitarme incluso en un chat.

Pero no tengo muchas ganas de seguir con sus juegos a las nueve y media de la mañana, de manera que me marco como desconectado. Lo trágico es que con ciertas mujeres, cuando te vuelves escurridizo, las cosas empeoran, y ellas no se te quitan de encima.

Mi correo rebosa de invitaciones, la mayoría organizadas por la sociedad de Emmett, y en ésas —tarde o temprano— tendré que participar, al menos en nombre de la amistad.

Encuentro también un mensaje suyo en el que me dice que se encontró con la chica esa, Rosalie, la del culo en el tanga que ni era suyo.

Me confiesa que lo ha vuelto loco. Se pierde en desvaríos sobre tetas explosivas y una cabeza que va a mil, para luego minimizarlo todo con un «pero no es nada serio, tienes razón, es una chiquilla, y además se va a examinar de la selectividad. ¿Sabes lo pedófilo que llego a sentirme en este momento?».

Ojalá fuera sólo ése el problema. El día en que Emmett siente la cabeza y encuentre a una tía que le haga portarse como corresponde, juro que me rapo al cero, como que existe Dios. Y no bromeo, Emmett lo sabe, estoy harto de verle hacer el gilipollas en locales sin una mujer que lo acompañe.

Con veinte años puedes parecer un tío bueno; después de los treinta, un triste.

Además mejor pedófilo que solo como un perro en medio de una manada de putitas.

Tampoco hay que exagerar, «pedófilo» es una palabrota. Esa Rosalie tiene dieciocho años, no es una niña. La del colegio..., ella sí era una niña. La situación es muy diferente.

Vuelvo a recordar esos grandes ojos cafés que desprendían admiración por todos lados. Isabella. ¿Isabella qué? Podría teclear su nombre y buscarla en Facebook.

No es un nombre común, no tendría que ser difícil.

La idea de verla hecha una mujer me produce un extraño efecto.

Isabella.

Sólo hay una. Y la reconozco enseguida.

Su apellido es Swan, y en la foto del perfil está delante del mar, abrazada a un perro muy simpático. Un par de téjanos claros y una ligera bufanda alrededor del cuello, el pelo largo, alborotado por el viento.

Es encantadora. En su sencillez se ha vuelto una mujer realmente encantadora.

¿Cuántos años tendrá ahora? Debe de tener al menos veinticinco.

Es la primera vez que busco a alguien en Facebook. Si no me equivoco en estos casos se suele enviar una solicitud de amistad, a lo mejor acompañada por unas palabras.

Ya, ¿y qué le voy a decir? La banal y odiosa pregunta tan típica de estas situaciones: « ¿Te acuerdas de mí?», y luego seguirá algún estúpido mensaje de chat en el que nos diremos que estamos muy contentos de volver a encontrarnos después de siglos de silencio, pero sin la más mínima intención de llamarnos para saludarnos de viva voz, porque de todas formas no sabríamos qué decirnos.

Luego dicen que Facebook consigue que nos sintamos más cercanos, en realidad sería mucho mejor no volver a encontrar a ciertas personas, a no ser que quieras darte cuenta de lo lejos que están de tu mundo.

La niña del colé ha crecido, sus ojos cafés siguen siendo los mismos, pero hoy en día estarán mirando otro futuro. Si le enviara un mensaje me sentiría como alguien que se entromete en la vida de otro sin razones aparentes.

Me distrae una llamada de Emmett.

Hablando de viejos conocidos, me recuerda la cena de antiguos alumnos que nos espera mañana por la noche y me aconseja apuntarme al grupo de nuestra vieja escuela en Facebook.

—Por cierto, ¿sabes que circula el rumor de que están planeando cerrarla? — dice Emmett.

— ¿Nuestra escuela? ¿Hablas en serio? — Le pregunto.

—Nada oficial, de momento son sólo rumores. ¿Has llamado a Gianni para el suministro de vino a su restaurante?

—Lo haré luego. Estoy liado con una reunión... Hablando del diablo, mira, me voy que los demás ya habrán llegado.

Anna asoma por la puerta para avisarme de que me esperan en la sala.

—Me voy, nos vemos en la cena de antiguos alumnos, aunque sabes muy bien que los reencuentros a lo Verdone4 nunca me han entusiasmado.

—Pero no nos falles. Por favor, que además quiero hablarte en persona de Rosalie.

— ¿Entonces vas en serio?

—No, ya te lo he dicho, es sólo sexo. Sexo puro y duro.

— ¡Como si en tu vida no hubieras tenido suficiente!

—Ya sabes, el lobo pierde el pelo, pero no el vicio.

El ingeniero Martelli, jefe de proyecto en la realización de nuestro Château Relais en la Toscana, me espera, junto con algunos de sus colaboradores, en la sala de juntas. De mi padre, ni rastro.

—Anna, ¿puede comunicarle que estamos a punto de empezar?

La secretaria se apresura a llamarlo y yo me siento en la cabecera de la mesa, me aflojo el nudo de la corbata y examino rápidamente las cuentas. Estamos obscenamente atrasados en el calendario, y también nos hemos pasado obscenamente de presupuesto.

—Tuvimos ese problema con los permisos —se justifica Martelli—. De no haber tenido a la junta municipal tan en contra, nos habríamos ahorrado tiempo y dinero...

Sigo mirando la puerta, espero que mi padre llegue de un momento a otro.

—Además los precios de los materiales que habéis pedido han subido lo indecible...

La puerta se abre y Anna entra en la sala. Se me acerca para susurrarme algo al oído.

—El presidente ha abandonado el edificio —me comunica, visiblemente preocupada.

Trato de no mostrar mi contrariedad.

— ¿Y adonde ha ido?

—Desafortunadamente no ha dejado ningún mensaje.

Vuelvo a mirar a Martelli y sus colaboradores. Están a la espera de proseguir su discurso.

— ¿Todo bien? —pregunta Martelli.

—Todo en orden —contesto, y me ajusto de nuevo el nudo de la corbata—.

Sigamos con lo que estábamos diciendo, quiero conocer los pormenores de la situación.

Mientras Martelli trata de jugármela con sus habituales trucos de prestidigitador, no puedo dejar de pensar en la actitud que mi padre ha decidido adoptar en los últimos tiempos: se ha esfumado por enésima vez, demostrándome que no puedo contar con él.

Tengo que asumirlo y tomar el mando de la situación tal como lo haría mi abuelo.

Si algo de él sobrevivió en mí, no me resultará tan difícil gestionar este asunto y tratar de llevarlo a buen puerto de la mejor manera posible.


Bueno aqui esta el siguiente capitulo espero que les guste y como siempre

gracias a las que dejan reviews se los agradesco mucho y aunque he visto

que no muchos dejan reviews, pero seguire subiendo la historia para lo que

la leen, bueno nos leemos en el siguiente capitulo... ^-^.