DISCLAIMER:Los personajes no me pertenecen son de S. Meyer y la historia tampoco ya que es una adaptación.


***Isabella***

Esta mañana mi madre y mi tía llegarán más tarde, han ido a la escuela, a la reunión con el director y los profesores. Me han dejado sola en la tienda, puedo aprovechar para escuchar una y otra vez y a todo volumen Que reste-t-il de nos amours, en la versión de Cinthia M., sacada del álbum Bistrot Blue.

El volumen tan alto sirve también para alejar a los clientes, es algo que he notado, así como el hecho de que, sin esos dos mastines montando guardia, puedo hasta concederme el lujo de ignorar las sonrisas y las expresiones de urbanidad y ocuparme de todo el que moleste lo estrictamente indispensable.

Es decir, intervengo sólo si no tienen más remedio que gritarme que no pueden encontrar en los estantes lo que están buscando.

Sin embargo cuando le permito al disco seguir más allá de esa canción y Cinthia M. entona La vie en rose, me veo obligada a enfrentarme con otro aburridísimo asunto: con estas románticas notas de acompañamiento es difícil apartar la mirada.

Más allá del escaparate, justo debajo del cartel amarillo de Mundo Animal, está el sinvergüenza trasteando detrás del mostrador, revolviendo cajas y firmando recibos.

Coge en sus brazos un cachorro de perro labrador que acaban de entregarle y le sonríe con toda la ternura del mundo.

Se me rompe el corazón al verlo de esta manera, recordando cuando me tomaba a mí dans ses bras y me decía des mots d'amour, des mots de tous les jours, y ésta era nuestra Vie en rose, y tan sólo levantando la mirada más allá de los escaparates y encontrando una sonrisa coloreábamos nuestros días.

Y ahora la del cardado entra en la tienda. Atado a la correa como un condenado de la milla verde, el pastor de los Abruzos está cada vez más enjuto e infeliz, y lo entiendo, pobre, llevar la vida de un caniche siendo un pastor de los Abruzos no debe de resultar nada sencillo.

Jake les da la bienvenida con una sonrisa, pero ella, la muy puta, no se queda contenta y exige un beso en los labios. Ahora tienen toda la pinta de una imagen de programa de televisión del corazón: él, ella y el cachorro en medio que les lame las mejillas.

El pastor de los Abruzos, naturalmente, ha quedado fuera de encuadre. Sus risas insonorizadas me ponen de los nervios.

Matitame observa torciendo el hocico, se le escapa un gemido. Su mirada promete que nunca más cederá a la tentación de las galletas de Jake, jura que resistirá a su infalible llamada, y lo hará sólo para protegerme, para sacarme de este complicado enredo.

Nunca la he sentido tan cerca de mí, creo que dormir abrazadas en la misma cama nos ha sentado muy bien.

Trato de distraerme con Facebook. De seguir así me volveré loca.

Durante la espera para que el ordenador se desperece mientras se enciende, los veo abandonar la tienda. Qué liberación. Acto seguido también en Facebook llegan buenas noticias.

Por fin un poco de sano movimiento, una cálida acogida. Invitaciones, mensajes, sugerencias, peticiones.

La nueva ciudadana empieza a cobrar cierta importancia. Si no consideramos el hecho de que ha sido Félix quien ha animado mi vida social.

Mirad un poco: sólo en este mes tengo nada menos que 14 invitaciones a eventos, entre los cuales hay un Pink Crazy Aperitif y un Smash Girls Party. Vaya.

Siguen 17 invitaciones a grupos. Además del ya mentado "Save Rodrigo!", están "Single... los sueños se vuelven realidad", "Volvamos a llevar a las azafatas a la calle así se libera alguna plaza en la tele", "Los que odian a los que abandonan a los perros", "Los de... Tres metros sobre el cielo" y "Los que ya no paran".

Muy fuerte. Y no se acaba. Siguen: 3 invitaciones a causas que supongo benéficas, 1 invitación para el "birthday calendar2, 1 solicitud para "send chocolate", 1 solicitud para "qué princesa de cuento eres", 1 solicitud para "you're sexy", 1 solicitud para "most lovable person", 1 solicitud para "smile at me", 1 solicitud para "good luck", 1 solicitud para "helio kitty", 1 solicitud para "friends forever", 1 solicitud para "this kiss" y, para acabar, una solicitud para "¿eres idiota?". Dadme unos días y desvelaré todos los misterios.

Naturalmente el mérito de tamaña explosión de vida no es sólo de mi amigo Félix, algo tienen que ver también Ángela y Rosalie.

Me han enviado también 35 sugerencias de amistad; algunas no son nada del otro mundo, pero no estoy en condiciones de ponerme muy exigente.

Por suerte, de subir el nivel se ocupa la estupenda Sara Carelli, mi antigua compañera de primaria, que ha aceptado con un dulcísimo mensaje mi solicitud de amistad y así muchos de sus contactos se han lanzado a saludarme.

Con un increíble salto hacia delante, he llegado a la cantidad de 25 amigos, de los que 12 están ahora mismo conectados.

A lo mejor chateo con ellos más tarde.

Ahora tengo una visión mucho más matizada de nuestro pequeño gran mundo. Sí, porque cuando descubres que Luca está contento de volver a ver a sus amigos después de un largo viaje, que a Cario le han etiquetado en un álbum sin que lo supiera o que Giulia ha pasado de una situación sentimental complicada a otra que es incluso más difícil, el mundo adquiere otra pinta.

De vez en cuando sienta bien meterse en la vida de los demás. Viendo su muro deduzco que mi amigo Félix de eso sabe bastante.

Está como una cabra y me ha atascado el correo con sus mensajes.

En uno me escribe que ha pensado mucho en la foto de nuestro Lowell y que si de verdad quiero volver a verlo él no está de acuerdo en absoluto, pero al mismo tiempo se pregunta: "¿Quién soy yo para oponerme a la evolución de las especies?"; en otro mensaje me comunica que acaba de preparar "un pastel salado con uva pasa de Coñito" en mi cocina azul.

No quiero ni imaginar el caos que encontraré a la vuelta, quiere llevársela a Rodrigo para que vuelva a admitirlo en su casa. A ver cómo le va. En otro mensaje, Félix me recuerda que esta mañana ha llegado después de las cinco, trayendo a casa remordimiento, dos números de teléfono y una mamada en el baño.

Cómo me tranquiliza. Y para acabar cierra con un comentario: «El único álbum del que dispones, ese que lleva el superoriginal título de "Familia", te saca en el cumpleaños de tu abuela mientras te atiborras de manjares. ¿Y esa... informalidad en tu vida? Hasta en Facebook me causas alergia. I mean, mi amor, ¡al menos podías elegir algo más interesante!».

Bien. Siempre dando ánimos. Por lo que respecta a Edward, el hecho de que se haya convertido en un hombretón gordo y calvo no me ha quitado las ganas de reencontrarme con él.

Y, como todavía confío en la hipótesis de un escenario más digno para nuestro encuentro, no me plegaré ante la realidad virtual y predominante de Facebook y no me humillaré enviándole una solicitud de amistad; prefiero darle una segunda oportunidad al destino y mantener los ojos abiertos, en los aeropuertos, en las estaciones o en los cócteles, a lo mejor incluso en un jardín público.

La única diferencia respecto a todas mis pormenorizadas fantasías será que esta vez no tardaré nada en reconocerlo.

Hacia el mediodía mi madre y mi tía atraviesan la entrada de la tienda con el mismo entusiasmo que una procesión fúnebre.

Me doy prisa en bajar el volumen del estéreo, pero al parecer ni se dan cuenta.

Casi ni me saludan, mi tía asume un aspecto digno, distante; mi madre, un aura resignada en la expresión de su boca.

Hay dos posibilidades: o están a punto de suspender a Rosalie o acaban de ver salir al último cliente de la tienda y se han dado cuenta de que no pueden confiar del todo en mí. Necesito aclaraciones imperiosamente.

Son ellas las que me llaman al almacén. Por primera vez en la historia de esta librería-papelería, exactamente cuarenta minutos antes de la hora de cierre, mi madre cuelga el cartel de cerrado en la puerta y echa la llave con dos vueltas.

Acto seguido nos reunimos en el almacén y nos sentamos alrededor de la mesa de echar las cuentas. Tiene una cara tan extraña... Si no se dan prisa, a mí me va a dar un infarto.

—¿Van a suspender a Rosalie?

—Oh, no, por favor —me tranquiliza mi madre—. Esperemos que no.

—Entonces, ¿qué pasa?

Empieza mi tía con una introducción sobre la historia de la tienda, los esfuerzos del abuelo y las "comodidades" que nos hemos podido permitir a lo largo de estos años gracias a todos los rollos de papel que tanto desprecio.

Mi madre añade que ha sido mérito de la tienda y de todo el papel que por ella ha pasado que mi abuelo haya podido comprar, sin dejarnos ni un euro de hipoteca, los pisos en los que vivimos, hechos de ladrillos y cemento, y le añade al conjunto hasta la cerámica de mi adorada bañera con pies de 1912.

— ¿Te das cuenta de la fuerza del papel?

—Vale, me doy cuenta, ¿y entonces?

Están cansadas y demacradas, les cuesta decirlo.

—Vuestra escuela... —se arma de valor mi madre— el próximo año cerrará sus puertas.

La noticia me coge desprevenida. Todavía estoy tratando de darme cuenta de su alcance y de entender la relación con la historia de la tienda, cuando mi tía continúa:

—Nos hallamos en un momento de crisis, Isabella, esto tendrías que haberlo entendido. Es difícil seguir adelante y, sin los ingresos proporcionados por los estudiantes, es prácticamente imposible.

Si lo exponen así, el discurso cambia. En mi cabeza se agolpan imágenes que hasta hace nada eran completamente impensables: el barrio cambia de aspecto, una residencia de pensionistas en el lugar de la vieja escuela y el cartel blanco y azul de la librería-papelería ruinoso. Ciencia-ficción en estado puro.

—Tenemos que buscar soluciones —prosigue mi madre, a punto de llorar—. Es justo que sepas que tu tía y yo estamos pensando en la posibilidad de cerrar la tienda antes de que sea demasiado tarde.

Estoy tratando de memorizar sus caras, sé que algún día se las describiré a alguien.

Son éstos los momentos que marcan la diferencia, los que determinan la historia de nuestro camino.

Mi madre y mi tía tienen otra cara, una de esas que crees que jamás sonrieron. Con los papeles de la contabilidad en la mano, el pelo aplastado, más o menos del mismo color rubio miel, y las facciones endurecidas por la tensión, jamás las había visto tan perturbadas, abatidas, perdidas.

—¿Ángela y Rosalie lo saben?

—Como tienen la selectividad, hemos decidido esperar.

— ¿Jasper tampoco lo sabe?

—No, naturalmente.

—Por lo menos sabrán que van a cerrar la escuela.

—El director hasta el momento ha podido mantener en secreto la noticia, cree que podría desestabilizar a los estudiantes y llevarlos a descuidar sus estudios.

Por primera y única vez estoy de acuerdo con él, es mejor que los jóvenes no sepan nada de este asunto.

Me desorienta la idea de que todo ese mundo, el director, los profesores, el gimnasio, los baños donde nos escondíamos para fumar, el aparcamiento de las motos en el que la de Edward estaba siempre en pole position dejará de existir en menos de un año. Sin embargo el hecho de que cierren la tienda hace que me sienta libre.

Como un preso ante el que por fin se abren las puertas, yo también me asomo a la vida pensando en las infinitas posibilidades de darle un estilo completamente diferente: los libros que no he podido leer, la universidad a la que nunca fui. Podría volver a empezar en un pub y trabajar de camarera unas horas a la semana; ganaré una miseria pero a quién le importa, al menos quedarán lejos las tardes encerrada aquí, las angustias por los recibos no emitidos, las existencias y los pedidos perdidos por el camino.

A mi madre y a mi tía no se lo diría nunca; por supuesto que siento su abatimiento y que estoy un poco preocupada por el futuro, pero sobre todo estoy convencida de que una vez libres del peso de la responsabilidad, de las dificultades de la gestión y de la monotonía de nuestros días, será un poco como volver a nacer.

—Tu tía y yo no vamos a comer. Tenemos que cuadrar las cuentas. ¡Y nada de decírselo a la abuela! —Me avisa mi madre—. Lleva tú a los chicos a casa; como esta mañana llovía no les he dejado coger la moto. Llegarán aquí de un momento a otro.

Tocan el timbre, serán ellos.

Pero no. Se asoma al cristal de la puerta la señora Marcella. Lleva en la mano un bolígrafo y por sus señas intuimos que tiene cierta urgencia.

Mi madre se queda en el almacén, mientras que la tía y yo vamos a abrirle la puerta.

Desde hace años la señora Marcella es nuestra cruz: la más detestable y fiel dienta. La única que consigue que resoplemos sin tratar de disimular.

Como de costumbre, nos mira mal.

— ¿Se puede saber por qué habéis cerrado hoy antes?

Mi tía está sorprendentemente tranquila.

—Le pedimos disculpas, señora Marcella —le dice—, ¿podemos hacer algo por usted?

—Me habéis vendido este bolígrafo y no escribe. —Su tono es siempre el mismo, en su punto de acidez—. Un bolígrafo que no escribe es la pera, digo yo.

Yo la mataría, mi tía en cambio parece otra persona.

—No se preocupe, se lo cambiamos enseguida, señora. —Nada de cejas levantadas, nada de resoplidos; coge la caja de los bolígrafos y el papel de prueba y se los entrega—. Elija uno a su gusto.

La señora Marcella me lanza miradas desconfiadas, cree que hay algo oculto. Ella y sus teorías de complot: está convencida de que el mundo entero se ha puesto a dar vueltas sobre su eje sólo para jugársela a ella. De hecho prueba todos los bolígrafos una y otra vez, mientras mi tía la mira manteniéndose increíblemente calmada, hasta que al final escoge uno. Entonces mi tía la despide con un "que tenga un buen día, señora Marcella", cosa que jamás hubiera hecho antes, y ella se aleja pasmada.

Un minuto después llegan los chicos. Frescos de la escuela, llevando encima los restos de las últimas conversaciones. Feliz ignorancia. A mi madre y a mi tía en cambio se las ve más apuradas a cada instante, tanto que me piden que los acompañe a casa sin perder más tiempo. Evidentemente no saben cómo gestionar el marrón.

En el coche, Rosalie se sienta delante, Angela se asoma entre los dos asientos y Jasper, como siempre, nos ignora, atrincherado en sus pensamientos misóginos, con toda la pinta de estar meditando sobre nuevas posibles gamberradas.

Lo que no imaginan son los escenarios que se nos abren por delante: una vida sin la tienda. Están charlando de sus amigos, que llevan los nombres más absurdos que puedas imaginar, como Ali, Billa, Cochi, y no saben que pronto cambiará todo, que la tienda saldrá de nuestras vidas para permitirnos volver a empezar desde cero.

Claro, al principio no será fácil, pero podremos saborear la euforia de no tener ataduras y no tendremos que volver a preocuparnos por todos esos anacrónicos rollos y pliegos de papel.

Durante el trayecto, las chicas me preguntan que cómo me va con el Facebook. "Bien", les digo, y les doy las gracias por todas las invitaciones y sugerencias.

Rosalie se lanza enseguida al intríngulis de la cuestión, quiere saber si ya he conocido a alguien interesante. Tiene un aire extraño hoy, más pícaro que de costumbre.

Les cuento la historia de Edward, lo de las montañas de nocilla y su precioso pelo desaparecido, pero no se muestran sorprendidas, de hecho un instante después me confiesan haber visto esa foto horrorosa, tanto que todavía no se han recuperado de la impresión. Mira tú lo entrometidas que son.

Rosalie insiste en el hecho de que el mundo está lleno de hombres y que no tengo que fijarme en un gordo cualquiera, aunque el gordo en cuestión sea Edward Cullen, mi gran amor de la infancia.

En la vida siempre hay que mirar hacia delante. Ella por ejemplo está profundizando en su relación con un tal Emmett, de treinta y dos años. Lo ha conocido en Facebook, participa en el grupo de la escuela, en fin, un antiguo estudiante. Ang vuelve a poner su mueca de desaprobación.

— ¿Y ya te has ido a la cama con ese ex estudiante?

—Claro que sí —nos contesta Rosalie con su también acostumbrada desfachatez—. Hay platos que tienes que consumir calientes, si se enfrían pierdes las ganas. Facebook es una plataforma de salto, pero tienes que tirarte deprisa, es inútil quedarse allí meditando.

Empiezo a preocuparme en serio.

— ¿De verdad te has ido a la cama con él? —insisto—. ¡Es demasiado mayor para ti!

—Ha sido estupendo —nos cuenta—. Un tipo que sabe lo que hace. Si en toda la vida encontrara al menos diez como él, podría declararme satisfecha.

Lo tiene claro la glotona.

—Bueno, empieza a hartarte de este primero, luego verás. ¿Es una historia seria? ¿Por una vez podremos considerarte novia de alguien?

—Eres una carca —reacciona con desgana—. El noviazgo es algo de abuelos. No tengo ganas de que me corten las alas con dieciocho años. El amor te atonta, te quita lucidez, en cambio el sexo te exalta, y sienta bien a la piel. Ésta es la diferencia básica que vosotras sois incapaces de comprender.

—Cuántas píldoras de sabiduría —subrayo con ironía, mirando de reojo el retrovisor, donde encuentro la cara de mi hermana torcida en una expresión de asco.

— ¿De verdad te gusta tanto representar ese papel de estúpida caricatura que has elegido? —vuelve a increparla.

—Emmett me divierte, como a ti te parecerá divertido tu aburridísimo novio, el Ben ese. Y creo que Emmett me ha entendido, cosa que vosotras no hacéis.

—Si estás contenta... —le contestamos mi hermana y yo a coro.

—Tócate la nariz, si no, no nos casamos —me dice Ángela, e intercambiamos una sonrisa mientras nos frotamos la punta de la nariz con los dedos.

En casa la abuela está enfrascada en una de sus series de televisión. La asistente social está de pie, al lado del televisor; probablemente acaba de terminar la limpieza y ha subido las cortinas para que entre algo de luz en el comedor, para que los antiguos sofás de terciopelo saquen un poco su aliento putrefacto, un hedor nauseabundo a almendras garrapiñadas estropeadas y naftalina; las bagatelas de mi abuela, recién lustradas, se empeñan en reflejar todos los rayos de sol que llegan a la habitación. Estoy convencida de que la sala de estar de la abuela Esperanza demostraba, en comparación con ésta, un gusto exquisito.

La serie llega al clímax final, la mano de la abuela aletea como una mariposa, intolerante ante cualquier murmullo, y todos y cada uno de nosotros, incluyendo a Matita,se queda parado, aguantando el aliento, esperando los títulos de crédito finales. ¡Lo que hay que hacer a diario para conseguir una comida caliente!

Sin embargo tengo que admitir que hay algo en la figura encorvada de la abuela que me transmite tranquilidad, tan centrada en el pequeño teatro de la vida, con las piernas que parecen un callejero de varices y los pies hinchados y nudosos, que cuando los mete en sus pantuflas de fieltro azul se pone a nevar, porque tiene siempre la piel agrietada y seca, no importa la crema que se ponga.

A veces me quedo parada mirándola, y de repente todas las ansiedades y los pequeños tormentos cotidianos adquieren su justo tamaño, dejando camino a preguntas más profundas, de tipo existencial.

Su fuerza, su inquebrantable fe se convierten para mí en un estandarte de esperanza y me enseñan la meta de un camino que según algunos puntos de vista sigue siendo desconocido para mí.

Cuando llega la música final, la abuela encuentra enseguida algo por lo que merezca la pena refunfuñar, y como ella es la personificación de la sospecha y la exasperación, la ausencia de mi madre y de mi tía la pone en guardia.

Es un sexto sentido el suyo, porque yendo hacia la cocina, montada en el andador, me acribilla a preguntas sobre la crisis económica y las ventas de la tienda.

Yo contesto de forma imprecisa, mi madre y mi tía han sido muy claras al respecto: la abuela tiene dura sólo la cáscara, detrás de esos modales hoscos e irritados en realidad se esconde una niña frágil y sensible que corre el riesgo de no sobrevivir a una mala noticia.

Sus pequeños ojos cansados no paran de estudiarme, está buscando una señal para justificar su ansiedad.

—Son tiempos necios —me dice, mientras mezcla la salsa de la pasta—.No lo digo porque sea una cínica, pero se ha vuelto todo muy estúpido. Si al menos existiera un límite para la indecencia...

Cuando se queja, a menudo dirige la mirada hacia un punto cercano no determinado: es el abuelo que ya no está, que se manifiesta a su lado.

—Oh, Señor, antes éramos todos más idealistas —continúa—, dispuestos a machacarnos la espalda por el sentido del deber y el amor hacia el prójimo.

—Eso lo sabía bien tu querido abuelo, ¿sabes?, que se preocupó siempre por esta desgraciada humanidad. Lo suyo no era sencillamente un comercio. Allí iba todo el mundo a buscar consuelo a sus penas. ¡Sólo el Señor sabe lo bien que se le daba a mi querido marido escuchar las penas de los demás! Y yo lo puedo afirmar, ¿sabes?, porque un día entré en el comercio como cliente y salí de allí con una promesa de noviazgo.

Recuerdo bien ese día, el más memorable de mi bonito pasado. A nuestro alrededor brillaban las miradas de los demás; todos los que se hallaban en el comercio se sentían felices por tu abuelo, que por fin había decidido casarse.

—Se seca las manos húmedas de cebolla en el paño de cocina y sonríe, como si el abuelo que ya no está estuviera allí escuchándola. Luego vuelve a fijar su mirada despierta en mí, ahora oscurecida por un velo de inquietud—. Y tú, loca de ti, que no paras de quejarte de la vida del comercio... Tu abuelo dio de comer a cuatro hijos y nueve nietos vendiendo todo ese papel. Con crisis o sin ella, quisiera ver algo más de respeto por tu parte, estrellita mía.

Apaga el fuego, quizá con la intención de aplacar junto con el gas todos los malos pensamientos que la aquejan.

—Está listo —nos avisa mientras avanza renqueando por el pasillo. Quiere ir al baño a lavarse las manos. La acompaño, aunque su mano aleteante me indica que no necesita la ayuda de nadie.

Sin embargo se queja de que su cadera le da más dolores que la crisis económica y jura que si no estuviera tan fatigada, ella misma iría a ocuparse de la tienda del abuelo—. Las ataduras son las preocupaciones que nos mantienen vivos —me dice—. No puedes renunciar ni a los lugares ni a las personas que has querido.

Me paro para observarla mientras se arrastra tenaz apoyándose en su andador, y no puedo más que respetarla profundamente, estupenda tocapelotas como pocas hay en el mundo. Quisiera poderle ahorrar los disgustos venideros, el dolor por la pérdida del comercio del abuelo, como lo llama ella, pero es poco realista pensar que no va a enterarse de nada. La abuela está un poco ciega, un poco sorda y un poco coja, pero ve, oye y se mueve a la perfección.


Bueno aqui esta el siguiente capitulo espero que les guste y les este gustando toda la historia

y gracias a los que dejan reviews ...

nos leemos hasta el proximo capitulo adios ... ^-^